Desastre, de Mamen Moreu

En Resaca (Astiberri, 2014) Mamen Moreu todavía tenía mucho camino por delante para convertirse en la historietista que es ahora, pero ya tenía lo esencial: gracia. Podía haber en aquella primera obra larga muchos detalles que pulir, pero ya encontrábamos a una autora con una manera personal de contar las cosas, desvergonzada —hasta lo escatológico, si era preciso— y cafre. Desde la publicación de las andanzas de Marcela, Moreu ha seguido puliéndose en las páginas de El Jueves mientras urdía su segunda obra larga, Desastre, que Astiberri publicó hace unos meses.

Desastre no se limita a confirmar la progresión esperable de una autora prometedora, sino que va mucho más allá. Para empezar, contiene una auténtica historia larga y más o menos cerrada, mientras que Resaca se estructuraba en gags de una página. Como explica Mauro Entrialgo en su prólogo para el nuevo libro, hay también un mayor dominio de los mecanismos narrativos y los recursos del cómic. Aquella voz ácida y nueva que encontrábamos en Resaca se ha beneficiado de cuatro años de hacer y leer muchas páginas de cómic, y, por tanto, resulta una obra igual de graciosa cuando tiene que serlo pero, al mismo tiempo, más rica y compleja. Hay, por ejemplo, un mayor riesgo en la planificación de las páginas y se domina a la perfección el control del tamaño de las viñetas para aumentar el efecto cómico de determinadas escenas —principalmente, mediante viñetas a toda página que, normalmente, descubrimos al girar la anterior—. Hay también un inteligente uso del color con fines narrativos, y un trazo más versátil y expresivo, que potencia la comicidad de ciertas situaciones, pero también enriquece la personalidad de Berta, la protagonista, y el interesante plantel de secundarios.

Quizá sea ésta una de las principales diferencias con Resaca, donde los personajes tenían que ser, por la propia naturaleza narrativa de la obra, más estereotipados. El humor de aquel libro era más exagerado, mientras que en Desastre todo es mucho más costumbrista, y la risa surge de las situaciones más que de un gag. Eso permite que Moreu pueda, además profundizar en los temas de Resaca, aunque lo haga a través de un personaje muy diferente a aquella Marcela. Berta tiene treinta y cinco años, está inmersa en una relación que no va a ningún sitio y en un trabajo (escasamente) alimenticio que odia. Como Marcela, Berta no se encuentra cómoda con el lugar que la sociedad parece haberle reservado y tampoco se ve cumpliendo el guion de vida que ésta le tenía preparado. Pero mientras Marcela se entregaba al nihilismo y a la fiesta, Berta es más comedida, y, en el momento en el que empieza la historia, está también más apagada, como si se sintiera resignada. Por eso todo se desencadena cuando su pareja decide que deben darse un tiempo —¿estamos ante un ranciofact de los de Pedro Vera?—. Y es gracias a eso que comienza el particular viaje de la heroína de Berta, de vuelta a casa de sus padres primero —donde vivirá inquietantes episodios, como el encuentro por parte de la madre de su original consolador—, y, después, a rehacer su vida encontrando un nuevo piso donde vivir sola, cerrando definitivamente la puerta de su antigua relación, reuniendo fuerzas para dejar su trabajo y adoptando a un perrete que termina de redondear su renacimiento y al que llama Desastre. Se trata de un proceso de empoderamiento alejado de la autoayuda y muy real, porque Berta no se convierte en una persona perfecta, y siempre tiene, como todo el mundo, miedo y dudas sobre su propia vida. No es fácil, para la generación que representa este personaje, sentir que lleva las riendas de su futuro.

Aunque Mamen Moreu no se exponga tan directamente en sus cómics como Joe Matt, me parece que sí hay algo de la desvergüenza de éste y del escaso filtro a la hora de contar las cosas que demuestra en cómics como Consumido (Fulgencio Pimentel, 2011). Es evidente que la construcción de un personaje ficticio siempre permite una distancia de seguridad para la autora, pero también lo es que, en Berta, hay algo de la experiencia vital de Moreu. Que es la de toda esa generación que mencionaba en el párrafo anterior, la que fue golpeada por lo peor de la crisis económica en el momento en el que tocaba hacerse adulto, ganarse la vida y formar una familia. Todo eso, que fueron las preocupaciones de nuestros padres cuando alcanzaron esta edad —si no antes—, parecen hoy quimeras para quienes bastante tienen con mantenerse con lo justo y tirar como se pueda. Pero, sin embargo, la presión social y familiar no desaparece, y mucho menos para las mujeres. Desastre, finalmente, parece tratar de eso, de cómo recuperar la ilusión en un contexto de precariedad y liberarse de la programación que le dice a Berta qué pasos debe dar su vida. Y eso implica, por añadidura, arremeter contra los diversos y perversos mecanismos que el capitalismo ha generado para cubrir el papel de la religión, como la autoayuda, el coaching y otras historias nombradas con palabras en inglés: el personaje de la coach es absolutamente maravilloso y una patada en la entrepierna de un conjunto de estrategias pensadas para mejorar la productividad y hacernos menos combativos en nuestros trabajos. Y me encanta cómo Moreu lo ha visto y lo ataca con saña.

El cómic español contemporáneo, como es lógico, está dando muchas obras que hablan de la coyuntura actual y de los problemas de esta generación nacida en los primeros ochenta, ya que ha sido en los últimos años cuando los autores nacidos en ella están comenzando a dibujar sus primeras obras largas. Pienso, por ejemplo, en Nadar y su El mundo a tus pies (Astiberri, 2015). La aproximación de Moreu es mucho más macarra, y emplea el humor en lugar de los recursos dramáticos porque así es su personalidad autoral. Resulta refrescante reírse de una misma y de las circunstancias, aunque eso no implica que se limite el calado que puede dejar una obra que, creo, demuestra que Mamen Moreu es una autora excelente con ese algo único para contar lo cotidiano, profundamente personal pero, al mismo tiempo, con alcance generacional. Es imposible no sentirse identificado con un personaje tan humano como Berta.

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