¡A la aventura!, de Alexis Nolla

Hace unos días escribí sobre uno de los libros que ha editado este año Apa Apa, el Pulse enter para continuar de Ana Galvañ. Al mismo tiempo, la editorial catalana puso en las librerías otro libro interesante: ¡A la aventura! de Alexis Nolla. En este caso, se trata de un recopilatorio que incluye todas las obras publicadas por el autor en la misma editorial y con un determinado estilo —aunque con variaciones, como veremos—. Para los lectores, sin embargo, ofrece una novedad interesante: todas las historias excepto una —aproximadamente, dos tercios del libro— han sido coloreadas para la ocasión por Sergi Puyol. Más allá de eso, ¡A la aventura! también supone una oportunidad de tener reunidas obras de Nolla que ya no son fácilmente localizables, ya que todas ellas se publicaron como cuadernillos grapados de tiradas pequeñas.

Alexis Nolla, como la propia Galvañ, pertenece a ese grupo de autores que comenzó a tener mayor visibilidad gracias a la propia Apa Apa, hace unos años, junto con Marc Torices, Chema Peral y otras firmas. No es que, estilísticamente, tengan mucho en común, pero sí creo que comparten ciertos rasgos, cierta manera de ver el medio y el mercado. Nolla, curiosamente, siempre pareció el más clásico de aquel grupo, al menos en lo que respecta a las tres publicaciones que ahora se reúnen en este libro. Nolla practicaba su propia versión de la línea clara, con influencias canónicas como Hergé y otras más heterodoxas, como toda la que entonces era la nueva hornada indie norteamericana, con Sammy Harkham o Dash Shaw a la cabeza. Sin embargo, aquellas historias tenían algo que me encantaba, y que retienen hoy: un tipo de intimidad y sensibilidad que rara vez se encuentra en la aventura, género narrativo y expositivo por excelencia.

Porque aunque el volumen se haya titulado ¡A la aventura! e incluya piezas que, efectivamente, se puedan considerar como tales, lo llamativo es que, en realidad, lo que Nolla cuenta es lo que sucede durante una aventura. Los tiempos muertos, los momentos posteriores o previos a la peripecia en sí. Son aventuras sin aventura, dicho de otro modo. Pero tampoco recala claramente en el intimismo, sino que transita por un terreno intermedio en el que toma de las aventuras con sabor a Jack London o Herman Neville que parecen inspirarle lo contemplativo, la fascinación por la naturaleza, y lo mezcla con una visión un poco más posmoderna, que entiende la aventura, sobre todo, como un viaje interior más melancólico que épico.

La exclusión de toda épica de su relato se aprecia, sobre todo, en la historia que abre el libro: El polo sur —publicado originalmente en 2014—. Se trata de una mis favoritas de entre la producción de Nolla. En ella, se cuenta la última fase de la expedición Terranova, capitaneada por el británico Scott. La elección del que llegó segundo al polo ya está diciendo mucho acerca de las intenciones de Nolla, por supuesto: lo que le interesa es contar el fracaso, imaginar cómo gestionó aquel grupo de cinco exploradores el descubrimiento de que la expedición noruega de Amundsen les había ganado la partida, primero, y la certeza de que aquel viaje les depararía la muerte, después. Resulta inevitable, pero muy interesante, comparar El polo sur con otra obra española más o menos reciente, Endurance (Planeta, 2009) de Luis Bustos, un cómic que contaba otra historia de la era de los exploradores, la de Ernest Shackelton, quien intentó llegar a la Antártida poco antes que Scott. En este caso, también fracasó, pero su tripulación pudo salvarse tras dos años atrapados en el hielo. Bustos, en este caso, trató la historia desde los códigos narrativos épicos del manga de acción, concretamente, de los de Osamu Tezuka, pero no renunció a la expresión de los efectos que las adversidades iban teniendo en los hombres que formaban la expedición: de hecho, una de las cosas que resulta destacable de Endurance es cómo, a través de puros recursos gráficos, se expresa el dolor, la enfermedad y la locura. El camino que toma Nolla es casi exactamente el contrario: dibuja los rostros de los cinco individuos con su habitual contención expresiva, con una línea clara inexpugnable. Dos puntos para los ojos y una boca que se modula comedidamente, y eso es todo. Estos cinco hombres siempre están conteniendo sus emociones, nunca pierden el control y parecen asumir lo que va a pasarles. Nolla no enfatiza nunca la acción con intención épica, pero tampoco dramática: sus planos son neutros, y las viñetas, casi siempre pequeñas, no fuerzan los planos nunca. El polo sur que dibuja parece incluso amable: si sabemos del peligro que supone es más por lo que dicen los personajes y por lo que sabemos de la historia que por el código con el que se representa. Incluso el momento en el que llegan al polo magnético y descubren que los noruegos habían llegado ya está desprovisto de tragedia. Los héroes dan media vuelta e intentan volver con vida. Cuando es evidente que no lo van a conseguir, asumen su destino sin dramas. Todo lo que sabemos está rodeado de hermetismo y de un ejercicio por parte de Nolla admirable: dado que no sabemos, en realidad, cómo fue aquel viaje a la muerte, ni qué les pasaba por la cabeza a sus protagonistas, el autor se limita a contar lo que dejaron escrito en sus cartas, y en imaginar un sentir general y unas relaciones entre ellos de típica caballerosidad británica de la época, pero nada más. El final, impregnado de esa poesía que sólo se encuentra en la muerte, es fruto del talento de un autor que, ya entonces, demostraba que estaba llamado a hacer grandes obras.

También lo había demostrado, previamente, en un ramillete de historias cortas publicadas en 2012 como parte de un flip book de los que entonces publicaba con frecuencia Apa Apa, con la notable singularidad de que éste era fruto del trabajo de un único autor. Escondite/La isla del Diablo era un díptico organizado según el escenario de las historias: montaña para la primera parte y mar para la segunda. En ¡A la aventura! encontramos primero las dedicadas al mar, entre las que se han incluido Tres marineros, una historia publicada en 2015, y unas páginas de nueva factura. Los protagonistas principales de este ciclo son un padre y dos hijos que se hacen a la mar persiguiendo el sueño del progenitor: encontrar la Isla del Diablo, un lugar del que su padre le habló cuando era niño, y que quiere encontrar antes de morir. Lo insólito de la situación ya nos sitúa en un escenario muy diferente al que encontramos en El polo sur, porque esta aventura se concibe como irreal y simbólica desde el principio. Es un viaje alegórico, en el que los hijos quieren cumplir la última voluntad del padre. Pero el viaje, lejos de estar lleno de peligros, transcurre entre una cotidianidad parsimoniosa. Los hijos se dedican a jugar al ajedrez, leer y escribir. Detalles humorísticos sutiles, como el momento en el que el padre explica entusiasmado que ha quemado los bordes del mapa que ha dibujado «para darle mayor autenticidad» (p. 57), mantiene el relato siempre en un terreno ambiguo, entre la parodia de las grandes aventuras y la reflexión ante la inminencia de la muerte que intuimos en el padre. Finalmente, la aventura se plasma en el libro que escribe durante el viaje uno de los hijos, que, una vez concluido, será más real que la propia realidad, y será en sus páginas donde se sublime el último deseo del padre. «Tres marineros» está contado en un tono más bufo que la historia principal, y parece contar una peripecia sucedida en alguna de las muchas elipsis que tiene aquélla, aunque no puede descartarse que, simplemente, sea una historia alternativa, porque tampoco termina de encajar. Como tampoco lo hace la siguiente, «Claudia», en la que al hermano más bonachón lo acompaña una chica con la que convive durante el viaje. Si en la historia larga de La isla del Diablo Nolla empleaba un estilo muy similar al que después usaría en El polo sur —quizás menos sintético, algo más rico en líneas y detalles—, en estas dos piezas breves afila el trazo y enfatiza las expresiones faciales. «Preguntas tontas», una historia de dos páginas que también tiene un tono humorístico, se mantiene en su estilo limpio y cuenta, simplemente, un amago de conversación entre el hijo bonachón y el padre. En la última historia protagonizada por este peculiar trío, la más reciente, Nolla emplea un registro mucho más inexpresivo, en la línea de sus últimas historias, y, prescinde, además, de los textos, para entregarse al grafismo puro y experimentar con lo que las formas y los colores pueden sugerir al contar una historia. Este bloque se completa con «Dennis Wilson» y «El pintor subacuático», ambas interesantes, pero, en mi opinión, inferiores a las protagonizadas por la familia.

El bloque titulado «Escondite y otros cuentos de montaña» es más heterogéneo tanto en sus tonos como en los personajes. Arranca con una especie de fábula cruel protagonizada por monstruos de los bosques, en la que uno de ellos —homenaje aparente al clásico de Maurice Sendak Donde habitan los monstruos— aprende una lección por la vía dura. No sé si es intencionado o no por parte de Nolla, pero en esta historia los personajes se muestran mucho más elocuentes y expresivos que en aquellas en las que son humanos los que llevan la voz cantante. «Ermitaño» cuenta, en realidad, con dos historias diferentes protagonizadas por un anciano de barba blanca que vive solo en una cabaña del bosque, en comunión con la naturaleza y en paz consigo mismo. Su estoicismo y tranquilidad chocan con la angustia de un visitante que confiesa haber cometido un crimen. La paz de la naturaleza se confronta con el caos de la civilización, pero al final se sugiere cierta posibilidad de sanación y de encontrar un nuevo comienzo. De estas historias resulta muy interesante cómo Nolla es capaz de transmitir las sensaciones de paz que uno tiene cuando se encuentra en medio de un espacio natural tan íntimo, al mismo tiempo, como un bosque de montaña, pero sin cargar las tintas o caer en clichés. La contención narrativa deja tanto espacio a nuestra interpretación que, en todo caso, de los clichés seríamos nosotros y nuestra lectura los únicos responsables.

«Mi abuelo era un vaquero» es una breve historia que en su momento no me dejó mucha huella, pero que he redescubierto gracias a este libro; se trata del relato de un ajuste de cuentas que está hablando de muchas cosas: de un cambio generacional, desde luego, pero también de un mundo que se transforma y una sociedad que cambia sus reglas. Como los buenos wéstern, pero condensado en cuatro páginas. Es llamativo, también, el estilo que emplea aquí Nolla: con un trazo más orgánica y nervioso, y un personaje infantil que parece un homenaje a los niños del Peanuts de Charles Schulz. Por último, «La ley del bosque» plantea otra historia de venganza, con una búsqueda en medio de la naturaleza fronteriza que recuerda mucho a London. Como en otros relatos, Nolla, juega con la ruptura de las expectativas, tanto del personaje principal como de los lectores: las cosas nunca son lo que parecen, y la venganza casi nunca nos redime.

¡A la aventura! condensa y hace perdurable toda una etapa de Alexis Nolla, marcada por la revisión del género clásico y un estilo gráfico variable, como hemos visto, pero con unas coordenadas muy claras. Tras estas historias, el autor siguió experimentando con la línea clara, haciéndola cada vez más pura y deshumanizada —como podemos ver, por ejemplo, en su aportación a Hoodoo Voodoo (Fosfatina, 2016) o sus colaboraciones en Voltio (La Cúpula, 2016-2017)—, pero, además, se ha sumergido en un tipo relato bien distinto, que, aunque no experimente con la secuencia narrativa, sí rompe las reglas clásicas al interesarse por el nonsense, y la peripecia sin aparente lógica, con trazas oníricas —que no fantásticas— y personajes ya totalmente herméticos. Esta nueva etapa —si es que puede considerarse como tal— me está resultando muy interesante porque, creo, abre una nueva vía de experimentación dentro del cómic español. Pero la etapa aventurera de Nolla resulta igualmente interesante, no sólo por el valor en sí de las historias que produjo, sino porque son testimonio de la rápida evolución de un autor inquieto y talentoso.

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