La chica con el sol en su cabeza y Sombra, de Brais Rodríguez

Brais Rodríguez no es precisamente un recién llegado al cómic; nacido en 1980, ha sido y es un gran animador de la escena gallega, y participó activamente en el seminal Barsowia, además de colaborar en otras revistas importantes para el cómic de autor del siglo xxi, como Argh!, Enfermo y Dos Veces Breve. Solamente ha publicado, que yo sepa, una obra larga: La mano del diablo (Astiberri, 2011), también con edición en gallego a cargo de Demo. En los últimos años parecía haberse alejado de la edición profesional para volver a la trinchera, en la que ha creado su propio sello, Carne Líquida. Desde éste, ha publicado en los últimos años dos obras muy interesantes que he podido leer recientemente.

La primera es La chica con el sol en su cabeza, publicada en 2016. Se trata de un cuaderno de gran formato —similar en dimensiones al típico álbum franco-belga— y muy bien editado, que contiene una historia de sabor victoriano, pero reminiscencias oníricas y surrealistas. Rodríguez juega a intervenir y/o imitar grabados decimonónicos para contar una historia de amor y obsesión, protagonizada por un hombre y una mujer que son representados mediante sombras. Esta factura construye un ambiente de farsa, porque subraya la impostura de la obra y su condición de artefacto. Los textos al pie —la obra carece de diálogos— tienen un estilo formal y utilitario, que contrasta con el aliento poético de las imágenes de un modo que me recuerda a lo que logra Olivier Schrauwen en Arsène Schrauwen (Fulgencio Pimentel, 2017), aunque carece de su tendencia a la ironía y a los dobles sentidos motivados por el contraste entre palabra y dibujo. Tiene pasajes mudos, además, donde la fuerza de las imágenes y la capacidad narradora de Brais Rodríguez son suficientes para entender todo, como sucedía en aquellas series de grabados de William Hogarth. Pero el tema central, la obsesión por alcanzar una quimera —en este caso, una isla misteriosa—, vuelve al primer plano en el capítulo final, que tiene el sabor de las narraciones arquetípicas.

Si La chica con el sol en su cabeza me ha gustado, la siguiente obra de Rodríguez, publicada en 2017, me ha parecido soberbia. Hablo de Sombra, en este caso de formato más pequeño, más cercano a la primera imagen que viene a nuestra cabeza cuando pensamos en un fanzine. Aquí el autor se entrega al puro dibujo y deja de lado los juegos que protagonizaban la anterior obra, y se despoja ya totalmente de la palabra. Con una férrea plantilla clásica de nueve viñetas iguales organizadas en tres filas uno podría esperarse una narración más convencional, pero Rodríguez consigue subvertirlo gracias, por un lado, a la ausencia de textos, y, por otro, al hermetismo de unas imágenes que bajo una apariencia de representación teatral —sobre todo, por la monotonía de los planos— contienen una simbología críptica, y eso que el uso de serpientes y zarcillos negros están remitiendo de un modo muy directo al mal como concepto abstracto. La trama no me parece lo más importante, más allá de ser el armazón de Sombra: un pintor que vive retirado en el campo, con su pareja, acepta ir a la ciudad para trabajar en un museo. Cuando llega allí descubre que no le van a dejar marcharse fácilmente. A partir de ahí, sobre todo, Rodríguez trabaja con el ritmo del relato, que acelera o decelera a placer: a veces, una banda de viñetas puede representar el mismo lugar en diferentes momentos sucesivos; en otras, el personaje permanece fijo mientras que es el lugar en el que se encuentra el que cambia, para representar no tanto el paso del tiempo como el recorrido. Es decir, que se puede poner el énfasis en el tiempo o en el espacio, según convenga. En este sentido, son modélicas dos páginas consecutivas que narran la partida del pintor protagonista. En la primera, vemos a su pareja, por primera vez sola en la casa que comparten, sentada a una mesa mientras fuma un cigarrillo. Ella solo aparece en la primera fila de viñetas; en las otras dos, simplemente, vemos el escenario abandonado, mientras que el paso del tiempo y el final del día se aprecian, de un modo sutil, a través del rayado, herramienta perfecta para plasmar la luz y, por tanto, para expresar los cambios según la posición del sol. La visión de esta página, además de reflejar la monotonía y el tedio mediante la repetición de un mismo lugar nueve veces, transmite de un modo modélico e íntimo la soledad en que ha quedado la mujer. La siguiente página, sin embargo, está protagonizada por el pintor, que, con su maleta, camina hasta la ciudad, mientras que pasa por diferentes pasajes, hasta atravesar un bosque. En este caso, la página transmite todo lo contrario: el dinamismo de un viaje enérgico, si bien desprovisto de aventura, pues los planos son repetitivos, aunque cambien los decorados —y uso está palabra porque, como decía antes, la intención teatral está siempre presente.

Acto seguido, por cierto, el pintor tiene una especie de encuentro sobrenatural: algo le habla con un bocadillo vacío que sube al cielo, mutando en una especie de maraña de tentáculos negros, que muestran el camino a la ciudad y anuncian ya su corrupción. Estos símbolos negativos no abandonan ya nunca el relato: la nariz ganchuda y la silueta negra del que parece ser el director del museo, las serpientes, las sombras ominosas que se proyectan sobre las paredes. La historia va alternando desde ese punto entre las escenas de la mujer, acechada por esas sombras, y las del hombre, recordando a su mujer, intentando pintar primero su imagen directa y después su recuerdo, su sombra, en vista de que a sus captores no les gusta que represente lo primero.

Lo más interesante de Sombra, finalmente, no es sólo la capacidad técnica de Brais Rodríguez y su capacidad para contar una historia compleja y ambigua únicamente con imágenes, sino cómo la simbología va desplazando al realismo hasta apropiarse del relato y dominar su final abierto, como no puede ser de otra forma. Las últimas páginas muestran espacios vacíos, que parecen sugerir un final triste para los personajes, pero la última de todas parece poner en marcha una vez más todo el proceso que acabamos de ver, encarnado en una nueva pareja. Pero no es algo cerrado ni obvio, sino, más bien, una reflexión personal que hago tras leer un par de veces una obra que invita a la participación y a la interpretación, con una vocación de obra ambigua y lírica que muestra la sensibilidad de un autor que sigue su propio camino en la experimentación y nunca entrega dos obras iguales.

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