Nieve en los bolsillos. Alemania 1963, de Kim

Kim es un dibujante que explica mejor de lo que parece los últimos cuarenta y pico años de historieta española, y digo «mejor de lo que parece» porque, creo, su larga estancia en El Jueves, a los mandos de Martínez el facha, ha podido distorsionar la imagen que de su carrera puede tener mucha gente. Pero lo cierto es que Kim ha estado ahí desde el principio. Fue uno de los primeros en introducir el underground en España —gracias a las revistas que su hermano, estudiante en Estados Unidos, le enviaba—, estuvo en Vibraciones, en Por Favor, en Mata Ratos e incluso llegó a publicar en El Víbora o Makoki. Cuando el boom de revistas de cómic adulto y humor satírico declinó, Kim pudo mantenerse profesionalmente gracias a su asiento en la única que capeó el temporal, El Jueves, pero, durante unas tres décadas, Kim fue, simplemente, el de El Jueves. Tampoco es que el ambiente invitara a un autor ya maduro a lanzarse a la aventura de publicar fuera de ese cabecera. O, al menos, fue así hasta que, ya en el siglo xxi, Antonio Altarriba contactara con él para realizar El arte de volar (2009, De Ponent), una obra clave para el cómic español contemporáneo, aunque entonces, claro, ninguno de los dos podía saberlo. Entre los muchos méritos de Altarriba, algún día habrá que reconocerle el de ver lo que nadie más podía ver: que el dibujante de Martínez el facha era la persona idónea para dibujar la vida de su padre. Y eso que, en un primer momento, yo fui de ésos a los que nos chirriaba un poco el estilo con reminiscencias caricaturescas de Kim en un relato dramático como el de aquella novela gráfica. Sin embargo, pasaron los meses, se sucedieron las relecturas, y acabas por darte cuenta de que ningún otro podría haber dado con el tono adecuado de una España gris, sí, pero tan ridícula en algunas cosas como dramática en otras. Y en ese terreno ambiguo se mueve, quizás sin demasiada reflexión, el estilo que Kim maceró en aquella primera obra en colaboración con Altarriba y que sofisticó en El ala rota (Norma Editorial, 2017).

Y aquí estamos, en 2018, con una nueva obra de Kim en las estanterías: Nieve en los bolsillos. Alemania 1963. Esta vez en solitario, de nuevo publicando en Norma Editorial, el dibujante aprovechar todo lo que ha aprendido con el díptico junto a Altarriba para contar su propia historia. Kim empezó a trabajar en esta historia pasados los setenta y cinco años, y recupera hechos sucedidos más de cincuenta años atrás. De modo que este ejercicio de memoria personal, que deviene en histórica muy pronto, se realiza desde la mayor de las subjetividades: son los recuerdos de juventud de una persona madura, aunque eso no significa que Kim los edulcore o renuncie a la crítica.

Kim escoge una línea narrativa muy cercana a la que dominaba El arte de volar y El ala rota, con la que no pretende sorprender con soluciones experimentales, sino, más bien, lo contrario: es un tipo de narrativa invisible, en el que todo se pone al servicio de la historia, contada con un evidente aliento literario, como en las dos obras anteriores, si bien todo parece más inmediato. En las primeras páginas hay cierto envaramiento en los textos de apoyo, una forma de escribir que se esfuerza demasiado en ser lírica, pero pronto se libra de esa carga y se suelta de una forma mucho más natural. El estilo narrativo de Kim es más directo, más centrado en la acción y en la sucesión de peripecias, aunque también se recreen las sensaciones que aquel muchacho que apenas empezaba a ver el mundo pudo tener en su experiencia. El arsenal de grises que emplea parece, desde nuestro momento, el único posible para recrear un pasado que hemos visto siempre a través de las fotografías o del cine de la época. Es un ardid con el que puede hacer más real lo que, en color, nos parecería paradójicamente más falso. Pero la habilidad de Kim va más allá de eso: tanto su España como su Alemania resultan reales, y no tanto por su buena documentación, sino por su capacidad para recrear atmósferas, y una serie de elementos intangibles que van más allá de si tal cafetera es el modelo correcto o esa camisa tiene bien o no la forma del cuello. El cómic es representación, e incluso uno con un estilo como este necesita tener eso en cuenta. No se trata de ajustarse a la realidad con vocación documental, sino de parecer real. De emplear los códigos del dibujo para sintonizar con lo que los lectores esperamos de un relato ambientado en la Alemania de los años sesenta y, gracias a eso, que lo que se cuenta sea aceptado como verídico. Es un estrategia casi opuesta a la de otros autores que recrean hechos que no vivieron, como Arnau Sanz en Tibirís (Trilita, 2017) o Ana Penyas (Salamandra Graphic, 2017), y que recurren, por ello, a otro tipo de recursos gráficos que subrayan la distancia con los hechos y la subjetividad de lo narrado.

Kim, por el contrario, dibuja con minuciosidad y detalles. Pero su estilo no es en absoluto realista; o, por lo menos, no lo es de un modo fotográfico. En los rostros de sus personajes se leen rasgos de sus caracteres, por ejemplo, y los estragos de sus vidas. El toque caricaturesco, que siempre impregna todo, amortigua el drama y resulta en una historia —o historias— mucho más humanas. Y humanistas. Kim no denuncia, pero describe desde un posicionamiento idelógico y vital irrenunciable. Hay algo de nostalgia, porque, al fin y al cabo, el autor está recordando sus años de juventud, cuando todo estaba por hacer y todo era nuevo, pero la madurez y la distancia parecen hacer que tenga claro cómo era entonces el mundo y cuáles eran sus injusticias.

Y eso que Kim no marcha a Alemania por necesidad económica. O, al menos, no es la principal causa de su viaje. Cansado de la universidad, con la promesa del dinero que podía ganarse en un año de trabajo allí, el joven aprovecha para hacer el viaje antes de tener que incorporarse al largo servicio militar. Se va como turista, lo cual lo condena al trabajo en negro, pues sin permiso de residencia no se podía trabajar con contrato. Y conviene tener esto claro, y me alegra mucho que lo recuerde Kim: no es cierto, por más que se repita, que cuando los españoles emigraron para ganarse la vida lo hicieran legalmente y con contratos. Era así en muchos casos, pero los cálculos de los historiadores estiman que al menos la mitad de los españoles que emigraron en la década de los sesenta lo hicieron de forma irregular. Por poner las cosas en contexto. Así, Kim cuenta su viaje, y cómo encuentra acomodo en un albergue habitado por un gran grupo de emigrantes, destinados todos ellos a los trabajos más penosos, explotados por mafiosos aprovechados y a merced de todo tipo de imprevistos. Es en esa mezcolanza de procedencias y deseos donde Nieve en los bolsillos alcanza sus mejores cotas: cuando Kim convierte la historia en un contenedor de historias, y no se limita solamente a contar su experiencia, sino a recordar las de sus compañeros, y las vidas que los llevaron hasta Alemania. Las amistades que se forjaron en ese exilio en el que sólo se tenían los unos a los otros tienen algo especial. Kim conoció a todo tipo de hombres: refugiados políticos, gente pobre y desesperada, ¡y hasta un faquir húngaro! El relato de cada amigo se mezcla, así, con las vivencias de Kim, entre duros trabajos manuales y, pronto, la experiencia como artista que se gana la vida con sus cuadros, cuando el propietario del albergue en el que se hospeda le permita ocupar un estudio abandonado donde producir obras con las que pagar su estancia. Su habilidad lo llevó, incluso, a conocer a un arzobispo que quiso comprarle un cuadro.

La manera en la que Kim engarza todas las historias es brillante. Con naturalidad y sin rupturas, se van sucediendo los relatos sin que nunca se margine el propio, que sirve de columna vertebral. Es la historia de un año especial, lleno de sinsabores pero también de descubrimientos sobre la naturaleza humana: la camaradería, la libertad sexual, la xenofobia, la melancolía… No fue una experiencia traumática, ni mucho menos, pero Kim se esfuerza en no soslayar las malas experiencias ni restarles hierro. Sin embargo, también juega con una baza importante: las historias duras de los compañeros que acabaron en Alemania por obligación o necesidad contrastan con la relativa calma de la suya propia, y, de hecho, estos relatos le ayudan a madurar y a tomar verdadera conciencia del mundo.

Nieve en los bolsillos. Alemania 1963 es, finalmente, un testimonio que incluye otros testimonios. Es una obra que da voz a la experiencia de miles de emigrantes que van a verse reflejados en lo que narra Kim, emigrantes que seguramente tuercen el gesto cuando escuchan a determinados personajes televisivos explicar lo limpia, placentera y legal que fue su experiencia. Leyendo este cómic comprobamos que ni las cosas han cambiado tanto ni aprende el ser humano tanto como sería deseable de sus errores. Sólo basta atender a uno de los principales símbolos que emplea Kim: ese pollo asado que, durante un año, ansía comer, y que no come hasta que decide darse un pequeño capricho antes de volver a esa España gris en la que tendría que cumplir con su obligación con la patria. Como un moderno Carpanta, Kim concentra todas sus aspiraciones en ese pollo asado inalcanzable, que lo dice todo, sin que haga falta que diga nada. Detalle de maestro, pues no de otra forma debemos llamar a quien es capaz de entregar una obra como ésta.

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