La fábrica de problemas, de Paco Alcázar

Cuando Paco Alcázar abandonó El Jueves con un puñado de compañeros y participó en el posterior lanzamiento de Orgullo y Satisfacción, dio por concluida la serie que lo había convertido en uno de los puntales de la veterana revista: Silvio José. La saga de este simpático personaje había absorbido la mayor parte de las energías de Alcázar en los últimos años, a pesar de que su producción no se limitaba a ella. Cuando tuvo la oportunidad de iniciar un nuevo proyecto, su primer intento fue La gran época, una serie que establecía cierta continuidad con el formato y el tono narrativo de Silvio José: incluso, pocas entregas después de su inicio, el personaje se incorporaba a su reparto coral. No pasó mucho tiempo antes de que Alcázar decidiera abandonar La gran época y centrarse por completo en su otra colaboración en OyS, que comenzó más tarde: La fábrica de problemas.

La fábrica de problemas, como La gran época —y como casi todos los títulos de Paco Alcázar— no quiere decir nada; es sólo un contenedor para una extensa colección de tiras seriadas que aparecían diseminadas por las páginas digitales de OyS, de tres o cuatro viñetas, que ahora aparecen recopiladas bajo el sello ¡Caramba!, al igual que Troll Corporation o El show de Albert Monteys, también previamente aparecidas en OyS. En su edición en libro —cuyo formato es apaisado, para respetar el de la revista digital— se ha conservado el caos organizativo de las diferentes series, que, en realidad, no son tales: no hay una verdadera intención de continuidad, sino, más bien, de presentar como ejercicio una serie de más de dos docenas de propuestas que podrían ser series de tiras cómicas de largo recorrido. Siempre sucede con el humor que, de algún modo, se minusvaloran los logros de quienes trabajan en él. Los resultados que obtiene Alcázar en este proyecto son, en primer lugar, muy divertidos. Eso es obvio en cuanto se leen unas cuantas tiras, y tampoco extraña, porque estamos ante de los mejores dibujantes humorísticos españoles de la última década. Pero, más allá de eso, consigue cosas bastante complicadas. El cambio constante de tono y de tipo de humor —pero también de estilo gráfico— que obliga un proyecto así es algo que Alcázar hace que parezca sencillo, pero no creo que lo sea. Y no estoy hablando sólo de si el humor es más o menos negro, absurdo o cualquier otra etiqueta que queramos poner, sino a los mecanismos que operan detrás del chiste. La fábrica de problemas es muchas cosas, pero una de ellas es justamente eso: un auténtico catálogo de todas las formas que hay de hacer que una tira de viñetas provoque una reacción humorística en el lector. Y esto, que puede ser fruto de una reflexión más o menos consciente por parte del autor, según el caso, me parece algo interesantísimo; nunca he comulgado con las visiones esotéricas que atribuyen la gracia de un gag a un algo abstracto. El humor es un género más, con sus formas propias, y no una suerte de magia.

¿Cómo lo hace Paco Alcázar, entonces? Primero, dosificando muy bien las series, para que no cansen ni se echen de menos más de lo justo. Algunas, por su propio concepto, dan más juego y permiten más situaciones. Son el caso de «Amigo robot», «Post-Mortem» o «El presidente secreto de la Tierra». En el primer caso, la premisa de la serie es la amistad entre un humano y un robot, lo cual genera todo tipo de situaciones: es lo suficientemente abierta como para poder introducir muchas iteraciones sin repetirse. En el segundo, aparentemente, el concepto es más cerrado: un tipo ha muerto pero sigue teniendo conciencia dentro de su ataúd. Cada entrega consta siempre de cuatro viñetas en las que vemos al hombre enterrado, feliz de estar muerto. Y siempre consiste en un monólogo, que interrumpe una cancioncilla, con el que se congratula de estar muerto y recuerda la vida sin ninguna nostalgia. En este caso, el humor se activa por la inversión de valores a priori absolutos: la muerte debería algo menos deseable que la vida. Aunque pueda no parecerlo, de este escenario tan cerrado Alcázar extrae oro sin repetirse, porque, al fin y al cabo, la vida y la muerte es un tema que da mucha conversación. «El presidente secreto de la Tierra» parece recurrir al tipo de locura de lógica retorcida que podíamos encontrar en Silvio José: un reptiliano tiránico es el presidente de la Tierra, y resuelve dudas de sus habitantes de un modo totalmente loco. En este caso, se trata de una tira mucho más versátil porque la premisa no implica un mecanismo concreto, igual que sucede en la citada «Amigo Robot» Es una de mis series favoritas, porque el personaje es divertidísimo y, además, es uno de los que tiene una personalidad más desarrollada dentro de La fábrica de problemas. Los momentos descontextualizados suelen ser brillantes: por ejemplo, la madre del presidente de la Tierra echándole la bronca porque su hijo le insinúa que, cuando la Tierra sea destruida, perderá el trabajo y tendrá que volver a casa de sus padres. Sin embargo, mi tira favorita de esta serie es una en la que Alcázar ejecuta un recurso propio del humor gráfico, la elipsis brusca, de manera perfecta. Una mujer cuestiona al presidente de la Tierra acerca de si sería posible que los reptilianos estuvieran gobernados, sin saberlo, por una inteligencia superior; en la segunda viñeta, vemos al protagonista partiéndose de risa. En el tercera, que remata el gag, lo vemos en la cama angustiado, sin poder conciliar el sueño. Una elipsis violenta nos ha llevado de una situación a otra de un modo preciso y justo para provocar la carcajada inevitablemente.

Hay otras series con muchas entregas, como es el caso del divertido «Dr. Imbécil» que, como sucede con la serie anteriormente descrita, permite múltiples situaciones. «Mi padre es un koala» plantea una anomalía en la base de la que manan las situaciones humorísticas: un señor tiene como padre a, bueno, un koala. Un koala de verdad, que se comporta como uno. «Antes del desastre» o «Los Pérez del apocalipsis» comparten la aproximación costumbrista en entornos que, normalmente, se tratan desde la ciencia-ficción. En ese choque entre tema y tratamiento está, en este caso, la fuente del humor. «Atentamente, H. Medina» sorprende porque, en este caso, precisamente la gracia está en la repetición del mismo mecanismo una y otra vez: tres viñetas en las que vemos un avión y escuchamos las palabras que el piloto, absolutamente pirado, le dedica al pasaje. Así, la gracia está, precisamente, en saber que siempre le va a decir alguna barbaridad, pero la habilidad de Alcázar para el texto escrito sorprende igualmente. Recomiendo leerla siempre antes de tomar un vuelo.

Otras series se alejan de lo narrativo, como por ejemplo, «Curiosidades», «Letras inolvidables» o «Problemario», las tres introducidas con La fábrica de problemas ya bastante avanzada y que permiten variar el registro. Se acercan mucho al Alcázar que puede verse en Mongolia, que más que plantear un cómic narrativo, juega a la parodia de este tipo de texto de entretenimiento, entre lo divulgativo y lo lúdico, que impregna de un tono totalmente pasado de vueltas.

«Francisco Ibáñez» es, sin duda, una de las cumbres de la sección. Consciente de ello, Alcázar no la sobreexplota ni abusa de ella, de forma que cada una de las tiras que protagoniza el creador de Mortadelo y Filemón es un diamante en bruto. La premisa es que no hay premisa: simplemente, Ibáñez está completamente loco, y sus reacciones son siempre imprevisibles. Es una de las piezas de humor más hardcore, no tanto porque trate de una persona real —no es el único caso, como veremos, y, de todas formas, no es una parodia, el personaje no se parece en nada— sino porque las situaciones son totalmente desconcertantes e, incluso, propias del género de terror. El Ibáñez de Paco Alcázar está totalmente trastornado y consumido por su propia obra, de un modo escalofriante que recuerda al Alcázar más negro de hace unos años.

Otro de los mejores exponentes de la versatilidad de Alcázar la encontramos en una serie de título cambiante, en función de sus protagonistas, que tiene como premisa el hecho de que dos genios de la literatura universal comparten piso. Las situaciones que esto genera, fruto del choque de personalidades y maneras de trabajar de cada autor, son divertidas por sí solas, pero el éxito de estas tiras creo que se basa, principalmente, en los excelentes diálogos de Alcázar, que juega a imaginar cómo hablarían estos personajes de un modo brillante: el mejor ejemplo quizás sea la primera viñeta en la que dialogan Hunter S. Thompson y Torrente Ballester.

Entre estas series con bastantes entregas, Alcázar va intercalando otras que tienen una o a lo sumo dos; es una manera de descargar peso de las principales, sorprender a los lectores y apuntar posibilidades que abren camino de cara al futuro; supongo que no siempre fue intencionado que hubiera una única tira de joyas como «Fernández Meme», «Villa Fantasía» o «Payaso de noche»; pero, en cambio, otras, como «Los fuegos fatuos» o «Bermudas con mocasines» son perfectas como chistes de una sola tira y no necesitan más. Y no puedo dejar de mencionar, por supuesto, otra de mis tiras favoritas de este libro: «Joaquín Costa en el bazar Chen», una pieza que descontextualiza de un modo prácticamente aleatorio a una figura histórica, con resultados absurdos que siempre me hacen reír cuando la leo.

Lo he dicho varias veces en el transcurso de este texto, pero no está de más repetirlo: La fábrica de problemas es un libro muy gracioso. Quizás sea la obra de Paco Alcázar con la que más me he reído, precisamente porque aquí el humor tiene que ser conciso y efectivo en tres o cuatro viñetas, tiros rápidos que casi siempre dan en la diana, y que no pueden demorarse en su mecanismo como sí sucede en Silvio José, por ejemplo. La habilidad de Alcázar para la economía narrativa, la amalgama de elementos en principio incoherentes y la correcta distribución de una secuencia breve ya la conocíamos quienes disfrutamos de una de sus mejores obras, «Todo está perdido» —una serie incluida en El manual de mi mente—, pero en este libro va un paso más allá en un auténtico pulso en el que siempre sabe cómo dar una nueva vuelta de tuerca sin repetirse. Y eso no es nada sencillo.

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