Pantera, de Brecht Evens

Brecht Evens (Hasselt, Bélgica, 1986) siempre me ha interesado en sus propuestas. Alguien capaz de hacer un cómic tan maduro e interesante como Un lugar equivocado (Sins Entido, 2011) con sólo veintitrés años es, desde luego, digno de toda la atención del mundo. Los entusiastas (Sins Entido, 2012) no sorprendió tanto como la anterior, y seguramente no fue tan redonda, pero aun así resultaba notable. El cómic de Evens que ha publicado Astiberri en este año 2018, Pantera, es el tercero del autor, y se publicó originalmente en 2014. Había muchas ganas de leerlo, y la verdad es que no me ha defraudado en absoluto. Al contrario: considero que es el mejor de los tres libros, por motivos que después intentaré explicar.

Evens siempre se ha escabullido de las normas, y desde su primer cómic ha intentado con ahínco no hacer un cómic más. Su formación es de Bellas Artes, y, quizás por eso, su aproximación a la narrativa visual prescinde de algo tan esencial en el dibujo como la línea. Sus páginas, de composición siempre fluída, se llenan así de manchas de color con formas figurativas, pero blandas: los personajes y los objetos, al no estar encerrados en trazos, pueden tener cierto margen de expansión. Por supuesto, el tratamiento del color es otro de los rasgos más destacables y característicos de las obras de Evens. De asociaciones siempre sorprendentes, —tal vez porque, según se dice, es sinestésico— tiene, además, un indudable valor narrativo que escapa del naturalismo para sumergirse en el terreno emocional y anímico. El color en estos cómics se lee de un modo inconsciente.

Todo esto está en Pantera, pero llevado a un nuevo nivel, dado que, entregado a un terreno ya obviamente simbólico y onírico —por tanto, radicalmente subjetivo— el dibujo puede retorcerse y el raccord saltar por los aires de una forma natural. Así, el inquietante Pantera cambia de forma y aparece dibujado en un estilo diferente —a veces, remitiendo a tradicionales culturales muy específicas—, y los colores fluyen igualmente. El formato apaisado y la ausencia de viñetas parecen subrayar la cercanía del libro al cuento infantil ilustrado, algo que, por supuesto, persigue que el resultado final sea aún más perturbador.

Cuando lo visual no supone un asidero a la realidad, sino más bien todo lo contrario, el lector se sitúa aunque no quiera en el terreno de la incertidumbre. ¿Estará sucediendo todo esto en mi mundo, o será una historia que sucede bajo sus propias reglas? ¿Es alegórico lo que estoy leyendo, o literal? No lo podemos saber, y evens no lo desvela nunca, acertadamente. Por eso la lectura de Pantera resulta tan inquietante y perturbadora. Comienza con una niña que pierde a su gatita por una enfermedad y que, aparentemente, por no sentirse sola inventa amigos imaginarios. Como esto sucede en secuencias en las que podemos suponer que no existe un narrador omnisciente, sino que vemos todo filtrado a través de la mente de Cristina, no podemos estar seguros de que se esté imaginando que esos amigos vienen realmente de Panteralandia y llegan a su habitación a través del cajón de su cómoda.

Pero es evidente que algo no marcha bien. Las escenas que la niña comparte con su padre son inquietantes, principalmente por los tonos azules y rojos oscuros que Evens emplea, y que sugieren enfermedad, pero también por la inquietante sonrisa del padre cuando hace que su hija firme un contrato para recibir un par de euros más de paga semanal. Cuando Cristina se encuentra a solas en su habitación con Pantera, este supuesto príncipe de Panteralandia que viene a ser su amigo, todo se vuelve mucho más extraño. Sus juegos resultan particularmente problemáticos, porque siempre están teñidos de algo que no podemos ver directamente, pero que nos resulta indudablemente abyecto. Las intenciones de Pantera no son buenas, y el hecho de que la niña, en su inocencia, sea incapaz de verlo, resulta incluso angustioso, en muchos momentos. Pantera, sin embargo, es una figura ambigua, de la que sólo podemos tener claro que quiere poseer a Cristina en exclusiva. Hace desaparecer al peluche que compite por su cariño, y, cuando trae a sus siniestros amigos de Panteralandia a la habitación de Cristina para celebrar su cumpleaños, parece querer protegerla y mantener el juego en un nivel aceptable de sordidez, ya que corta cualquier situación demasiado perversa. Cuando esos amigos logran apartar a Pantera, se desataca el clímax del cómic, al inmovilizar a la niña y hacerle algo que sólo podemos empezar a ver, porque, enseguida, se muestra desde la abstracción, porque ella, dentro del juego, resulta anestesiada; y fuera de él, tal vez, lo que ocurre es que lo que está sucediendo es algo que aún no puede entender, simplemente, y su mente lo procesa así.

Hay algo más que resulta turbio: la indudable belleza de las imágenes que esboza Evens nos sitúan en una posición compleja, pues nos incita a contemplar con deleite estético unos hechos deleznables. En una época en la que cierta estética infantil, roma y cuqui parece imponerse para narrar historias dirigidas a un público adulto con un afán didáctico y positivo —lo cual, aclaro, no implica que desde esos postulados no pueda haber obras interesantes—, me ha resultado aún más valioso lo que propone Brecht Evens. Mientras algunos teorizan sobre la necesidad de dejar de representar el mal para emplear el arte con un fin inspiracional, en Pantera se plantea que el horror más absoluto también puede tener una estética. Como hace, con estrategias casi diría que opuestas, Suehiro Maruo, el belga nos confronta con unas pulsiones que podemos empeñarnos en reprimir e incluso negar, pero que siguen estando ahí. Y el arte también es esto, y por supuesto, también puede ser inmoral y ambiguo. no sabemos cómo acaba Pantera, si Cristina se salva o sigue a merced del siniestro personaje, si ha imaginado que ha sufrido abusos por parte de esas criaturas o lo que vemos es la forma en la que una niña procesa abusos sexuales reales, tal vez incluso proferidos por su padre —que, en algún momento, tiene alguna similitud con Pantera; nunca aparecen los dos juntos, además, así que bien podría ser Pantera el padre cuando entra en la habitación para abusar de su hija—. Las cosas nunca se nombran, y cuando esto sucede nos movemos inevitablemente en el terreno simbólico. Podemos recurrir a explicaciones freudianas, pero eso es sólo una opción personal que tenemos como lectores. La realidad es que no hay ninguna clave, y, cuando cerramos el libro, tendremos que aprender a vivir con la incertidumbre. Porque el arte no tiene por qué ayudarnos a dormir mejor por las noches, aunque en estos tiempos parezca que esto se ha olvidado. Pantera, no obstante, tendría valor por sí mismo en cualquier época, porque es un libro excepcional, brillante en lo visual y terriblemente perverso en todos sus aspectos.

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2 respuestas a “Pantera, de Brecht Evens

  1. Hola, y muchas gracias; la verdad es que lo sabía pero porque me topé con esta novedad escribiendo la reseña y buscando algunos datos, previamente lo desconocía. Espero que no tarden en publicarlo aquí. Un saludo.

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