Una crónica de Dibujos Que Hablan 4

Los pasados días 17, 18 y 19 de octubre se celebró el cuarto encuentro Dibujos Que Hablan en Santiago de Chile. Yo tuve el gran placer de ser uno de sus invitados internacionales y participar en las sesiones de los días 17 y 18. Fue una visita de sólo dos días y medio a la capital chilena, más fugaz de lo que me habría gustado para conocer mejor la escena local, aunque el encuentro en sí fue interesantísimo y muy provechoso para mí, además de que, finalmente, sí que pude adquirir bastantes cómics autóctonos. Pero no quiero adelantarme.

Yo ya había entrado en contacto con el cómic chileno, gracias a la presencia de una delegación de editores que acudió a la edición de GRAF en Barcelona de 2017. Claudio Aguilera y Moisés Hasson, estudiosos y editores, trajeron títulos como Supernormal (Feroces Editores, 2015) de Gabriel Garvo o 4 Esquinas (Pánico Ediciones, 2016) de Claudio Rocco, pero, además, pude adquirir los tres libros enciclopédicos de Hasson publicados bajo su propio sello, Nautacolecciones: Cómics en Chile (2014), Pin-Up. Cómics picarescos en Chile (2015) y Sátira política en Chile (2017). Gracias a estos volúmenes, sobre todo al primero, pude hacerme una idea más ajustada de la historia del cómic chileno, un gran desconocido en España, como acostumbra a suceder con los mercados latinoamericanos.

Hace unos meses, además, acompañé a Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta en la presentación en Madrid de Los años Allende (La oveja roja, 2017), una de las pocas novelas gráficas contemporáneas chilenas que se han publicado en España. Hablando con ellos también pude ir haciéndome una idea de qué está pasando —y qué ha pasado hasta ahora— en Chile, idea que se completó con mi visita a Santiago y con los cómics que pude comprar o que me obsequiaron.

Es curioso que sepamos tan poco en España del mercado chileno, porque, seguramente, es, junto a Argentina, el país de Sudamérica con una historia más rica en lo que a cómic se refiere. Repasando el volumen de Moisés Hasson uno se da cuenta de la enorme cantidad de revistas que se publicaron , dirigidas a un público infantil y juvenil. Condorito, una creación de Pepo, es conocido en toda Latinoamérica, y su cabecera se encuentra incluso hoy en los quioscos de Santiago. Mampato, dirigida por Eduardo Armstrong Aldunate y publicada entre 1968 y 1978, fue otra importante revista que dejó una fuerte impronta en el mercado; de hecho, se están conmemorando ahora el cincuenta aniversario de su primera aparición. En sus páginas publicó Themo Lobos, un importante autor que, tras el declive de las revistas juveniles, jugó un papel igualmente relevante en las publicaciones orientadas a un público más adulto.

Es muy significativo que la evolución del sector en Chile guarda muchos puntos en común con otros mercados latinoamericanos y con el español: las revistas protagonizadas por personajes televisivos nortemaricanos aparecen más o menos a la vez —aunque allí, me da la sensación, con mucho mayor éxito—, como las historietas orientadas a un público más maduro —en este caso, eso sí, con cierto retraso debido a la dictadura militar de Pinochet—, vehiculadas en revistas que serializan las historias durante meses, como Ácido (1987-88), Matucana (1987-89) o «la más recordada», en palabras de Hasson, Trauko (1988-91). Como sucedió en la mayoría de mercados, la década de los noventa fue la de la de la diezma de todas estas publicaciones, aunque, paralelamente, en Chile se dieron varias experiencias fanzineras y autoeditadas. Sin embargo, en los últimos años, la reactivación de un mercado en caída se da, como en España, a través de la novela gráfica. Caso aparte de productos como el citado Condorito, la mayor parte de autores actuales en Chile publican obras cerradas en formato de libro, aunque también se puedan encontrar series y libros únicos de géneros clásicos, incluso superhéroes. Hay, eso sí, unn factor muy importante a tener en cuenta: existen bastantes ayudas institucionales a la cultura, y se apoya mucho la difusión del cómic nacional, de forma que es habitual que delegaciones de autores y editores visiten ferias internacionales.

Hay bastantes editoriales que publican cómic, de forma exclusiva o no, y aunque hay alguna librería especializada, la mayoría de los cómics se pueden encontrar en librerías generalistas y grandes superficies, que cuentan con una sección más o menos surtida de cómics, y donde también pueden encontrarse algunas importaciones de España. Gracias a la amabilidad de Carlos Reyes, que me hizo de guía, pude visitar el barrio de Bellas Artes, lleno de librerías como Libros Prólogos, La Tienda Nacional, Contrapunto o Plop Ilustración. En estas librerías pude aprovisionarme de varias novelas gráficas, de las que espero ir haciéndome eco a su debido tiempo, pero, por el momento, sí puedo decir que parece predominar una línea gráfica heterogénea pero que resulta bastante elaborada técnicamente y, si bien no responde a un clasicismo ortodoxo necesariamente, sí se apega a estilos de dibujo dramático y figurativo. La novela gráfica mainstream de Chile parece más interesada, por lo que he podido ver, en la historia y la memoria que en la autobiografía —el otro gran genero de la novela gráfica internacional—. La dictadura pinochetista y los años inmediatamente anteriores son el gran tema, como es lógico: muy cercana en el tiempo, supone aún una herida abierta en la sociedad chilena, y no pocos políticos de derecha la blanquean a diario.

Algunos de los libros que pude adquirir o que me obsequiaron tratan sobre este periodo de la historia chilena. Por ejemplo, Historias clandestinas (Lom Ediciones, 2014) de Ariel y Sol Rojas Lizana, recoge historias reales de niños que vivían ocultos en las llamadas casas de resistencia durante la dictadura, en las que familias comprometidas contra ella escondían a personas buscadas por el régimen. Anticristo (Ediciones / Metales pesados, 2017) de Javier Rodríguez es un curioso libro que, en clave de falso documental, y con elementos fantásticos, también aborda la dictadura. Fuentealba 1973 (Pehuén, 2018) de Ricardo Fuentealba Rivera recoge episodios del golpe de estado desde el puro expresionismo, y supone un ejemplo muy notable, pues si autor lo ha realizado con 82 años. Lota, 1960 (Libros de Nébula y Lom Ediciones, 2014), de varios autores, se remonta un poco en la historia para hablar de una huelga del sector del carbón que sucedió en ese año. Y Las sinaventuras de Jaime Pardo (Ril Editores, 2013), de Vicho Plaza, recoge experiencias de niños en el Chile de finales de los setenta. Por supuesto, habría que añadir el ya citado Los años de Allende, que es la más internacional de las novelas gráficas chilenas recientes.

También he podido observar que existe otra corriente, diría que más minoritaria, que se acerca más a la autobiografía y lo cotidiano y recurre a un dibujo menos ortodoxo y más sintético. La pionera es Marcela Trujillo, alias Maliki, una autora que quizás sea la primera de Chile, pues lleva trabajando desde los años 80, y que a través de sus diarios ha ido construyendo una obra única. Trujillo acaba de publicar Ídolo (Reservoir Books, 2017), su primera novela gráfica larga, en la que se sumerge en el terreno de la autoficción. Catalina Bu es una joven autora que publica la serie Diario de un solo (Catalonia, 2014) en un circuito más alternativo —aunque sus obras pueden encontrarse en librerías—, y de Sol Díaz —compañera de Maliki en el interesante y divertido podcast La Polola— pude comprar Nacer bajo tierra (Catalonia, 2018), otra publicación más alternativa, de temática mítica y un dibujo a lápiz muy suelto y atractivo.

Como decía antes, espero que no pase demasiado tiempo antes de poder leer con calma y hablar de todos estos cómics. Pero ahora toca repasar qué ha sido y qué ha supuesto la cuarta edición de Dibujos Que Hablan.

Dibujos Que Hablan IV: un punto de encuentro

Dibujos Que Hablan es un encuentro académico que nace en 2015 con la intención manifiesta de «de pensar y reflexionar sobre las relaciones entre nuestras sociedades y las artes de la narrativa dibujada o gráfica, incluyendo disciplinas afines como las historietas, el humor gráfico, la ilustración, la animación, el muralismo, el graffiti y la experimentación visual». Lo organiza la Universidad de Santiago de Chile y cuenta con fondos del Ministerio de las culturas, las artes y el patrimonio, lo que les permite tener a un buen número de invitados internacionales. Sus organizadores hacen un esfuerzo, además, para que haya presencia de autores, que no sea un encuentro académico cerrado sin repercusión en el sector. De hecho, entre los organizadores se encuentran el citado Vicho Plaza, un editor y conservador como Claudio Aguilera y gente más estrictamente vinculada a la academia como Hugo Hinojosa o Nora Curin.

Una de las cosas más interesantes para mí fue, precisamente, entrar en contacto con la investigación chilena sobre cómic, aún no muy numerosa, pero sí muy pujante; pero también fue muy enriquecedora para mí la presencia de gente de otros países. De Argentina estaban invitadas Azul Blaseotto y Lauri Fernández, ambas investigadoras y autoras. Además, también era invitada Judith Gociol, que es la coordinadora del Archivo de historieta y humor gráfico de la Biblioteca Nacional de Argentina. Desde Perú, además, acudió el historietista Juan Acevedo, pionero del cómic en su país y creador de El Cui, uno de los personajes más conocidos y queridos allá. Tuve la suerte de compartir momentos y charla sobre cómic y sobre nuestros respectivos países con todos ellos, porque, al estar alojados en el mismo hotel, se creó una pequeña comunidad, arropada en todo momento por la organización y por otros agentes locales, como el profesor y guionista Carlos Reyes, que mencionaba al principio. Además, entre los participantes se encontraban investigadores e investigadoras tanto de Chile como de otros países sudamericanos.

La primera jornada se celebró el miércoles 17 de octubre en el hermoso marco de la Biblioteca Nacional. Se trata de un edificio impresionante en cuyo auditorio tuvieron lugar durante todo el día las ponencias de DQH. Hubo mucho nivel tanto en éstas como en las preguntas del público, pero, además, las charlas informales en los descansos, en las comidas o en los trayectos resultaron, para mí, igualmente enriquecedoras.

La jornada comenzó con una ponencia de Judith Gociol sobre el tránsito que ha llevado al cómic «de la camisa al saco y corbata», o, lo que es lo mismo, de la cultura popular a alta cultura institucionalizada. Sus reflexiones, centradas en su experiencia en la Biblioteca Nacional y en el ámbito argentino, resultaron muy pertinentes.

Judith Gociol en un momento de su ponencia

La siguiente mesa fue «Memorias (chilenas) fragmentadas», en la que Moisés Hasson, el autor de cómics Álvaro Gueny y la investigadora María Rivera Vargas hablaron de diferentes cómics que, de un modo u otro, pueden servir para recuperar la historia de Chile. La aportación de Rivera Vargas, por ejemplo, se centró en algunos proyectos historietísticos que giran en torno a los selknam, un pueblo indígena de la Tierra del Fuego que fue masacrado sin contemplaciones.

Moisés Hasson en un momento de su intervención. A su derecha se encuentra María Rivera Vargas, y a su izquierda y de espaldas, Álvaro Gueny.

La siguiente mesa, «Memorias fragmentadas», daba paso a varias jóvenes investigadoras que, desde disciplinas diversas, están realizando trabajos utilizando el cómic como objeto. Madelein Osorio y María José Serrano hablaron sobre Fun Home de Alison Bechdel, y Thalia Fuenzalida Briones y Camila Lucero Lazo cruzaron el Persépolis de Satrapi con Arturo Prat is Not Dead de Rodrigo Salinas.

La mesa «Viñetas en dictadura» estaba compuesta por los argentinos Amadeo Gandolfo y Pablo Turnes —a quienes fue un auténtico placer desvirtualizar tras tantos años de relación a distancia— la chilena Alejandra Menichetti y la colombiana Diana Gómez.

De izquierda a derecha: Alejandra Menichetti, Amadeo Gandolfo, Pablo Turnes, Diana Gómez y Judith Gociol

La jornada se cerró con dos ponencias. La primera fue la de la investigadora y dibujante argentina Lauri Fernández, que habló, en coloquio con Hugo Hinojosa, sobre «Discursos revulsivos en la historieta argentina actual: memoria, resistencia y género», lo cual resultó muy interesante. Y la segunda fue la mía, y en ella intenté trazar una panorámica del cómic español de las últimas décadas y el desarrollo de una crítica y teoría asociadas.

El jueves 18 fue mi segundo y último día en DQH; aunque el encuentro se prolongaba hasta el viernes, mis obligaciones laborales me impidieron retrasar mi vuelta. Pero ese segundo día también fue muy provechoso. Esta vez nos trasladamos a la Biblioteca de Santiago, donde la casualidad quiso que nos encontrásemos con una exposición dedicada a los Pitufos de Peyo. El día comenzó con un coloquio sobre la relación entre el cómic y la academia moderado por Hinojosa y con la participación de Lauri Fernández un servidor. Fue de lo que más disfruté de todo DQH, y aprendí mucho de mi conversación con ambos.

Tras la comida —otro rato inolvidable con muy buena compañía—, la jornada se reanudó con una mesa sobre superhéroes, con diferentes aproximaciones de Hernán Marinkovic, Valeria Campos y Jean Paul Correa, Karoline Caetano y Jorge Montealegre —otro de los organizadores de DQH—. Fue interesante comprobar cómo en Latinoamérica han existido y existen personajes superheroicos, pero que parodian o deforman la idiosincrasia de los referentes norteamericanos. El debate posterior con algunos investigadores del público fue igualmente interesante.

Yo me ausenté de las siguientes intervenciones, para realizar un recorrido exprés por las librerías del barrio de Bellas Artes, guiado por mi Virgilio particular, Carlos Reyes, que tuvo la amabilidad de acompañarme y gracias al cual pude adquirir una buena selección de cómics chilenos, como comenté al principio.

A nuestra vuelta, comenzaba la presentación de la revista Brígida, a cargo de Maliki e Isabel Molina. Se trata de una iniciativa autogestionada, que reúne únicamente a mujeres en sus páginas, y que acaba de alcanzar su tercer número. Su perfil abiertamente feminista y su apertura tanto a jóvenes que están empezando como a autoras de más peso la hace una publicación interesantísima; yo pude hacerme con el segundo número unas semanas antes, en Bogotá, durante Entreviñetas.

Un momento de la presentación de Brígida. En la imagen, Maliki (izda.) e Isabel Molina (dcha.)

Por último, pudimos escuchar la ponencia de Azul Blaseotto, «Historia e Historieta: Tensiones y posibilidades contemporáneas», en la que reflexionó sobre sus experiencias y, muy interesante, sobre su evolución de autora a investigadora. Pude adquirir una de sus obras: Vamos a la playa (Tren en movimiento, 2018).

Tras el cierre de esta segunda jornada, un grupo bastante numeroso nos reunimos para cenar; pese a mi incipiente resfriado y todo el cansancio acumulado, resultó otra agradable velada en la que no sólo hablamos de cómic, sino que lo pasamos muy bien. Y el viernes por la mañana, ya acatarrado sin remedio, partí de vuelta a Madrid, lamentando no poder escuchar las ponencias de ese último día —por ejemplo, Juan Acevedo impartía la suya como acto de cierre de DQH—, pero también muy satisfecho por la experiencia y por las nuevas amistades y lazos que se habían creado. A nivel personal, pude comprobar el interés que había por parte de todos los presentes por el cómic español y la investigación que estamos llevando a cabo aquí. También fue una alegría toparme con bastante gente que conocía CuCo, Cuadernos de cómic y que está al tanto de no pocas publicaciones españolas —y eso que no resulta sencillo acceder a ellas desde allí.

Por último, también volví con la certeza de que, para fortalecer y sentar unas bases sólidas de los estudios de cómic en la universidad, es imprescindible celebrar este tipo de actos que permiten que florezcan las colaboraciones y alianzas, además de estar al tanto de qué hacemos en cada país. En mi ponencia, cité a Antonio Altarriba cuando, en el pasado Congreso Internacional de Estudios Interdisciplinares de Zaragoza, nos habló de cómo parecíamos avocados a «descubrir el Mediterráneo» una y otra vez, por culpa de la desconexión que existía entre los investigadores de este campo. Antonio nos llamaba a la coordinación y el asociacionismo, a la comunicación entre todos como mejor forma de crecer. Hugo Hinojosa me habló en los mismos términos durante mi visita; su convencimiento de que lo colectivo es imprescindible caló en mí, pero, más allá de eso, de mis viajes a Colombia y Chile volví, sobre todo, con una certeza ya fija en mi cabeza: ese fortalecimiento tiene necesariamente que pasar por el contacto y el intercambio de todos los países que compartimos la lengua castellana. Gracias a Dibujos Que Hablan por hacerlo posible, y a toda la organización, una vez más, por su generosa invitación, su cariño y su atención durante mi visita.

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4 respuestas a “Una crónica de Dibujos Que Hablan 4

  1. Hermoso y excelente racconto del DQH4. Solo una aclaración: Diana Gómez es colombiana, no chilena 😉
    ¡Abrazo!

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