Dibujar el mapa de nosotros mismos: Las ciudades que somos y Viajes dibujados, de VVAA

En los últimos años, han proliferado los cómics que pueden equipararse a lo que se ha llamado «literatura de viajes»: ya sea con la forma de un diario dibujado improvisadamente —como el estupendo Viajes (Astiberri, 2016) de Álvaro Ortiz— o como un proyecto más preparado, el cómic parece haberse ajustado bien a este género y proliferan las obras interesantes. También los cómics periodísticos, por supuesto; y creo que por motivos parecidos. En primer lugar, creo que tiene que ver con la inmediatez del dibujo y la posibilidad de inmortalizar un momento con cuatro trazos —si se tiene capacidad para ello—. El dibujante se expresa normalmente a través de lo visual, además, de modo que si le apetece inmortalizar una experiencia, seguramente se sentirá cómodo haciéndolo con un lápiz y un bloc. Pero hay otro motivo más concreto por el que creo que el dibujo se ajusta bien a este tipo de relatos: es pura subjetividad. Uno puede hacer todas las fotografías que quiera si lo que desea es atrapar lo que es, pero mediante el dibujo expresará mucho mejor lo que vio. Es decir: su experiencia personal en un viaje a una tierra extraña. Cuanto más expresivo y sintético sea el dibujo, de hecho, más revelará de la mirada del viajero, y de la impronta que ha dejado en él su experiencia. En cuanto al cómic de aspiración periodística, basta recordar cómo Joe Sacco contaba cómo las personas que recelaban de las cámaras fotográficas se acercaban curiosas cuando sacaba sus herramientas, y le pedían que las dibujara, para entender otra de las ventajas de este medio.

Recientemente han aparecido dos obras en el mercado español que se adscriben a esta corriente, que comparten varios rasgos, aunque sus objetivos sean diferentes. Hablo de Viajes dibujados (Altaïr Magazine / Norma Editorial, 2018) y Las ciudades que somos (Sexto Piso, 2018). Ambas son obras colectivas.

El primero es un proyecto impulsado por Altaïr Magazine, una publicación especializada en viajes que define el libro como un número especial de la revista que «contiene viajes reales dibujados, crónicas ilustradas de no ficción». El asesor editorial es Jorge Carrión, toda una garantía de conocimiento sobre el cómic y buen hacer. En su introducción a las catorce piezas del volumen, Carrión traza una genealogía de los viajes dibujados en la que se remonta a la antigüedad, y subraya, con acierto, que el ser humano siempre ha recurrido a la imagen para entender el espacio. De hecho, eso y no otra cosa es un mapa: una representación simbólica de un territorio. Pero podemos ir un poco más allá cuando observamos las primeras páginas de este libro y encontramos dos mapas conceptuales, obra de Pere Ortin, una forma de ordenar la información y el pensamiento que resulta ineludible en la época del diseño gráfico y que demuestra que hay un vínculo estrecho entre el espacio y las ideas. Dicho de otro modo: si intento representar mi cosmovisión en términos visuales, los conceptos abstractos pasan a ocupar un espacio concreto, y el resultado es un mapa con sus conexiones, sus zonas más pobladas y sus desiertos. Este recurso, de hecho, se ha hecho tan popular en educación —entre otros campos— precisamente porque permite representar de una manera más fidedigna el pensamiento humano, que se parece mucho más a un racimo o a una telaraña que a una línea recta.

Esa relación íntima entre estar y ser se trata en muchas obras literarias, y por eso la idea moderna del viaje como viaje interior es tan popular. Conferimos al espacio la capacidad de transformarnos porque no podemos existir sin él. Y por es tan revelador el título de Las ciudades que somos, un cómic realizado por el colectivo de autoras Chick on Comics que ha ganado el último Premio de Novela Gráfica Ciudades Iberoamericanas —que el año pasado premió a María Luque con una obra que tiene mucho que ver con todo lo que estoy tratando, Casa transparente (Sexto Piso, 2017)—. Judith Gociol dice en el texto de contraportada, subrayando estas cuestiones, que las autoras conforman «una geografía nueva, imaginaria y colectiva, donde los paisajes externos se funden con los internos […] las ciudades son su gente y la gente sus ciudades».

En estas coordenadas totalmente subjetivas e interpersonales se mueven parte de las piezas que podemos encontrar en ambos libros. En Viajes dibujados, «Un paréntesis patagónico», de Aude Picault, por ejemplo, es una buena muestra de mirada personal sobre un territorio extraño que parece descubrir algo interior a la artista, que ejecuta una interesante mezcla entre dibujo a tinta en blanco y negro y luminosas acuarelas, con las que logra capturar la luz de la región que visita. En «Turista», Sarah Glidden —autora de la reciente Oscuridades programadas (Salamandra Graphic, 2017), una de las obras hijas de Joe Sacco más destacadas— asume el papel invasor de una turista que visita Florencia e intenta entender el impacto en la ciudad y qué ciudad puede conocer. Es decir: pone el foco en la mirada y no en en lugar, pues el lugar no nos es dado sino a través de la mirada. Sus páginas se organizan a modo de diario —escrito en presente, una constante, casi una marca de estilo ya en los diarios de viaje— en el que el dibujo rápido de Glidden sirve como apunte, matiz del texto central. Es un ejercicio interesante, pero que, creo, no explora la complejidad verdadera con la que el lenguaje del cómic puede tratar estas cuestiones, como tampoco lo hace la aportación del ilustre Peter Kuper, que es en realidad dos: «Azul intenso», una historieta, y «Apuntes de México», una inconexa colección de ilustraciones que, sin embargo, también sirven para transmitir esa mirada personal y foránea que me interesa a mí de estos trabajos. Quien sí explora —y explota— estos recursos es Power Paola en Las ciudades que somos, una autora soberbia, de las mejores que ha dado el cómic latinoamericano en los últimos años y que, precisamente, ha vivido viajando entre varios países. En su historia, escoge contar la historia de un regreso, en lugar de una primera visita, para explicar cómo la ausencia prolongada puede alejarte emocionalmente de una ciudad que evoluciona sin ti hasta poder convertirte en un extraño. El dibujo de Power Paola, rico en texturas y con una cualidad casi física, por los materiales escogidos, sí profundiza en una dimensión emocional y, a través de aquello que escoge representar, lo dice todo de sí misma con respecto a este Medellín que empieza a no reconocer. En una línea similar emplea el dibujo Clara Lagos, quien, en una de las mejores historias de Las ciudades que somos, se vale de su dibujo naif, sin textos, para realizar una operación inversa: regresar no realmente, sino a través de la memoria, a un lugar de la infancia. Cualquiera que conserve en su memoria un espacio geográfico al que no haya vuelto nunca se reconocerá en la visión fragmentada y distorsionada que muestra Lago en su pieza.

Caro Chinaski, en el mismo volumen, también habla de un regreso, en este caso al viaje en sí: tras un largo tiempo sin hacerlo, vuelve a acudir a una feria de cómic en otra ciudad, y se centra por tanto en la sensaciones recuperadas, en lo que ha cambiado y en lo que sigue igual. Chinaski parece plantear que, tal vez, el propio viaje sea un lugar. Al fin y al cabo, aviones, aeropuertos y hoteles se parecen cada vez más entre sí a lo largo y ancho del globo, y, por tanto, la experiencia de cualquier viajero tiende a lo homogéneo. Por su parte, Zane Zlemeša —excelente dibujante a quien conocía por Fenix (Kus! Comics, 2017)— escoge un camino más críptico: su viaje es a una ciudad cuyo nombre no se enuncia, y su discurso se centra en la transpiración como metáfora del intercambio y de la memoria de la propia ciudad. En una línea similar se expresa Pixin. Esta autora, con un estilo abiertamente naif —incluso en su caligrafía—, escoge centrarse en lo interior. En lo emocional, en suma. De hecho, ni siquiera sabemos a dónde viajó, solo que, una vez llegó a su destino, encontró su verdadero ser. Por eso su relato ejemplifica perfectamente la relación entre lo personal y el territorio que uno habita.

De vuelta a Viajes dibujados, decía más arriba que también está presente el periodismo dibujado. La crónica es una forma de viaje, qué duda cabe, pero, en este caso, la subjetividad dialoga con la de otras personas. La sombra de Joe Sacco es inevitablemente alargada en varias de las piezas que se adscriben al periodismo más estricto, aunque sea nuevo periodismo. «Fronteras invisibles» de Barrack Rima y Christophe Dabitch adopta una fórmula común en los trabajos del maltés: dejar hablar a la gente de la calle, en este caso de la calle de Beirut, sobre todo a través de un trayecto en un taxi donde gente de diferentes confesiones y etnias pueden hablar con cierta libertad. El resultado tiene todas las virtudes del periodismo dibujado y expone de un modo directo el pensamiento de quienes pocas veces pueden expresarse en público. En la misma línea, aunque con resultados gráficamente más discretos, trabaja Olivier Kugler en «Domiz», sobre un campo de refugiados del Kurdistán. «La ciega del Nilo», de Mario Trigo y Xavier Aldekoa, aunque da voz también a los protagonistas, aporta la labor investigadora de los autores para construir el perfil de una anciana habitante de una región remota de Sudán del Sur. Susanna Martín, dibujante caracterizada por su compromiso activista, se encontró en su colaboración con una situación inesperada: en primera instancia, su idea era contar la crónica de unas vacaciones en Nicaragua, durante 2017, mediante pequeñas historias de la gente que allí conoció. Sin embargo, como ella misma cuenta, los funestos acontecimientos que recientemente asolan el país —digámoslo claro: la represión violenta e injustificable de la ciudadanía por parte del gobierno— le hicieron cambiar de idea y, así, su colaboración se convirtió en una denuncia y una llamada a la ayuda del pueblo nicaragüense, expresada con una técnica fragmentaria, de retazos que forman un interesante collage. Como decía al principio, es esta manera de presentar la información la que mejor maneja el cómic, y la que mejor se ajusta a la manera en la que asociamos ideas y comprendemos la información.

La colaboración de Ramón Esono —con guion de Pere Ortín—, «28-N: Dimbo Dimbo» es, como escribe Carrión, un viaje «a lo más profundo de la desnudez y la violencia». Se trata de una crónica directa de una revuelta en la cárcel guineana en la que Esono estaba encerrado por sus viñetas satíricas contra el régimen del dictador Obiang. Un preso murió y el resto no pudo más y se enfrentó a los guardias. Las imágenes de Esono, vívidas e inmediatas, y la explosión de violencia, se anteponen a cualquier análisis o reflexión ulterior, pero en eso reside su valor, precisamente; también lo convierten en un contrapunto interesante para piezas más temperadas.

Viajes dibujados tiene también algunos contenidos que me hacen pensar que los editores buscaban cierto espíritu misceláneo: hablo, concretamente, de la historia de Carla Berrocal y la de Amanda Mijangos. La primera recupera un episodio de la vida de Martha Gellhorn, un viaje a Rusia que adapta directamente de una crónica de Gellhorn con su buen hacer habitual para este tipo de narraciones. Mijangos, por su parte, en «Mudanza» ensaya una representación semiabstracta del concepto en sí de viaje, con resultados irregulares, en mi opinión; no era sencillo lo que se planteaba, y, seguramente, precisa de más reflexión y de metáforas gráficas menos obvias. Puede incluirse en la miscelánea una colaboración de Zeina Abirached sobre «La lengua de Berlín» breve y casi anecdótica.

Sin embargo, aún queda un gran grupo de piezas que me ha resultado de lo mejor y más interesante del libro, y que podríamos identificar como ensayos dibujados. Son tres, y todos están realizados por parejas creativas que incluyen siempre a un escritor que colabora con un dibujante. Son, en general, metarreflexiones sobre el territorio y cómo lo concebimos, muy diferentes entre sí, pero todas provechosas. Pere Joan y Agustín Fernández Mallo —que ya colaboraron en la adaptación a novela gráfica de la Nocilla Experience del segundo— entregan «Escalar el arca de Noé», donde, con la excusa de un viaje a Nueva York de Fernández Mallo, se profundiza en la historia de Central Park como proyecto que buscaba resucitar un territorio extinto. Aunque Joan adopta aquí un registro más clásico que en la primera colaboración con el escritor, el resultado es interesante, por toda la información que da y por cómo se imbrica con un trama inmediata.

Otra pieza que podríamos encuadrar en este grupo es «Paisajes», de Gabi Martínez y Tyto Alba, una pareja creativa que ya ha dado frutos notables en el pasado reciente. En su historia, reflexionan sobre el color y la luz en su relación con el territorio. Se trata de un metarrelato que documenta las dificultades narrativas asociadas a un viaje de Martínez a Australia, en busca del casi extinto mala. Es un viaje que realiza como parte del proceso de realización de una nueva obra, cuya temática no podría interesarme más: animales cuya existencia roza el mito.

La tercera es la que cierra el libro y es, también, una de las mejores colaboraciones que podemos encontrar en Viajes dibujados: «Turistas de sí mismos». Los autores de este ensayo ilustrado —aunque el dibujo tiene una función mucho más relevante que la puramente ilustrativa— son dos creadores con mucho en común: Eloy Fernández Porta y Marcos Prior. Ambos han desarrollado su pensamiento en torno a la cultura y la sociedad posmodernas, y comparten una cierta aproximación a los temas de su interés desde una perspectiva transversal y multimedia. Su exposición fragmentaria se sumerge en la misma cuestión que abordaba, desde lo personal, Glidden: el turismo. Sin embargo, la pareja de autores está interesada en entender qué implicaciones sociológicas tiene el turismo del siglo XXI, cómo se desarrollan las tensiones entre habitantes y visitantes. La red de ideas que tejen —de nuevo: la idea del pensamiento como mapa— alcanza el arte, la museística y la psicología.

De vuelta a Las ciudades que somos, me parece oportuno concluir acudiendo a la historia que dibuja Delius, autora de grafismo antinaturalista y trazo cerrado y firme —a la manera de gente como Antonio Hitos, por ejemplo— que opta por hacer una prospección de futuro e imaginar la ciudad que está por venir. Es una pieza que reúne todas las tesis del libro: que la ciudad no es tal sin gente, principalmente, pero también que es las relaciones personales donde se haya el espíritu de una ciudad. Acierta al plantear una urbe futura, en un contexto de cierta distopía, pues así deslocaliza el relato y lo vuelve universal.

Pero si algo demuestran Viajes dibujados y Las ciudades que somos es que el territorio y nuestras relaciones con él han sido siempre una preocupación central para el ser humano, porque no existe la posibilidad de ser, sino de ser en. La consciencia de que somos como somos, en gran parte, por donde nacimos y vivimos, se acompaña por la certeza de que el mapa del mundo —su representación gráfica y simbólica— es también el mapa de nosotros mismos. El dibujo, entonces, se descubre como la herramienta más poderosa para relacionarnos con nuestro entorno y entendernos en él y con nuestros semejantes.

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