Karate, Satori y Cénit, de María Medem

Conocí a María Medem hace pocos años, en una edición de GRAF en Madrid. Entonces, era una autora principiante, que llevaba unos primeros fanzines —hablé de dos de ellos en este texto— que me llamaron mucho la atención, no sólo por pertenecer a una línea que siempre me interesa per se, sino también porque me parecieron sorprendentemente maduros y muy osados. Se notaba también que Medem estaba inmersa en un proceso de búsqueda y experimentación, tal vez de juego: De Jà Vu incluía páginas abstractas y desafiaba la supuesta función narrativa del cómic con otras contemplativas y puramente emocionales. Pero Kinki onírica —recopilatorio de su serie para el portal Tik Tok— no tenía nada que ver con ello, y, aunque empleaba un grafismo rompedor y reconocible por las personas que hayan descubierto a Medem por sus últimos trabajos, se alineaba, más bien, con el tipo de relato generacional nihilista de Roberta Vázquez o Bárbara Alca. En Palique, sin embargo, parecía que Medem ya había dado con la tecla y encontrado el estilo con el que se encontraba cómoda, y con el que ha explotado como autora en 2018 con tres obras: dos como autora completa y una tercera en colaboración.

Resulta llamativa la rapidez con la que María Medem ha evolucionado de sus primeras tentativas a obras sólidas, una de ellas publicada por una editorial profesional, pero, en realidad, aunque su caso sea particularmente veloz, el ámbito del cómic más experimental está lleno de autores jovencísimos que llegan con un concepto del cómic muy diferente al que podían manejar los principiantes hace quince o veinte años. No se aplican aquí los conceptos de «aprender el oficio» o «foguearse», porque su acercamiento al medio se realiza, en muchos casos, a través del contacto con la escena fanzinera, internet o los estudios de Bellas Artes. Medem ha cursado estos estudios en Sevilla, aunque, como explica en la entrevista que le realizó Octavio Beares para 13 millones de naves, no encontró en su facultad una especial atención hacia el cómic. Pero, en cualquier caso, su fulgurante trayectoria demuestra, por si había alguna duda, que existe una vía de expresión para el cómic con reglas nuevas.

Como decía, durante el año pasado Medem ha publicado tres cómics, diferentes entre sí, pero con características comunes. El primero que yo leí fue Karate: Espejo silencioso, realizado con Hugo Espacio, y publicado por Último Mono —aunque no es el primero en aparecer, según creo—. Como frecuentemente sucede en el cómic contemporáneo, no se separan las diferentes labores del cómic y no resulta fácil saber dónde empieza el trabajo de Espacio y termina el de Medem, más allá de reconocer el estilo de ésta en la mayoría de las páginas. Aunque creo que la impresión es offset o digital, el acabado en dos tintas de las páginas recuerda mucho a la risografía. La combinación de azul con amarillo o con rojo, según la página, genera un contraste entre escenas frías y cálidas que demuestra un sólido conocimiento de teoría del color y una intención clara de aplicarlo con fines emocionales y narrativos. En esta historia, quizá la más poética de las tres que ha publicado Medem, ya encontramos un concepto central de su universo: la idea de que el mundo es un lugar blando, donde las reglas de la física se someten al dominio de lo onírico y lo personal. La protagonista es una joven karateca que se encuentra en un paraje natural. En cada sección hay un elemento con el que se relaciona: una grulla, una flor, el lago… Aunque el agua siempre está presente, y funciona como metafórico espejo en el que la chica se refleja y se enfrenta, en cierto modo, a la idea de que la realidad que percibe podría no ser más que una ilusión. No hay textos, lo cual refuerza el efecto evocador y sugerente de las imágenes, más allá de un prólogo en primera persona que nos da una pauta, una guía para interpretar sin cerrar ninguna lectura: si la karateca logra ejecutar perfectamente el kata, «la realidad entrará en resonancia y desaparecerá». Pero no sabemos si lo que está experimentando es fruto de su esfuerzo, si le gusta, si le preocupa… Se trata de una protagonista hermética, a cuyos pensamientos sólo podemos acceder a través de sus reacciones a lo que le va sucediendo. Intercaladas con secuencias figurativas, encontramos páginas abstractas que, intuyo, representan la magia irrepresentable por medios más concretos que se logra ejecutando los katas, movimientos arcanos cuya complejidad matemática se traduce en un juego de rectas y curvas en imágenes que no guardan coherencia entre sí ni recurren a los mismos motivos, lo cual añade desconcierto al conjunto. El final, como será habitual, es abierto: no sabemos qué ha sucedido finalmente. Pero lo importante no es eso, claro: el principal valor de Karate reside en su capacidad para representar lo natural con formas mínimas y envolverlo todo con una atmósfera irreal, valiéndose del color y de las formas ambiguas. También encontramos recursos que empleará en otras obras: por ejemplo, superponer pequeños cuadros con animales u objetos sobre uno mayor para representar su presencia y el sonido que producen.

Este recurso está muy presente en las primeras páginas de Satori, imbuido del mismo afán poético que Karate, pero con un hilo narrativo un poco más definido. En este cómic, el soporte ya nos está dando información: las tintas de colores saturadísimos de las tapas les procuran un tacto muy particular, rugoso, que ya provoca una cierta sensación de extrañamiento. Las páginas interiores también disponen de tres colores, pero el acabado imperfecto, gastado, contrasta con las tapas y le da a la historia un aire borroso e irreal. Sin embargo, como decía, el relato es algo más claro aquí. La protagonista nos guía con un monólogo, interrumpido por el encuentro con otra mujer, pero se trata de un discurso desorientado, como ella misma, que no parece saber a dónde va o quién es. Todo lo que dice sirve para manifestar ese desconcierto ante una realidad que, para ella, ha perdido su sentido: «even I feel weird in my own body». En Satori parece plantearse la cuestión de si es posible hablar de un yo si no existe el mundo: si este desaparece, nosotros desaparecemos con él. La identidad no es independiente de nuestro entorno. Hay un símbolo poderoso, que sobrevuela todo el relato: el ruido de la cigarra, siempre esquivo, que la protagonista persigue, quizá porque es lo único a lo que puede aferrarse. A partir de ese símbolo y otros —de nuevo, el agua está presente— Medem despliega una panoplia de recursos expresivos sobresaliente y muy coherente, que inserta la abstracción o la representación no figurativa en imágenes más asimilables. La constante variación de la composición de las páginas refuerza la sensación de desorientación, de no saber dónde estamos ni qué está sucediendo: la realidad, como en Karate, fluye y se modifica según las circunstancias y, parece, las intenciones de la mujer. En algunos momentos se desliza la idea, tan cara a Alan Moore o Grant Morrison, de que el lenguaje da forma a la realidad, pero, a diferencia de ellos, María Medem no siente la necesidad de explicarlo en largos textos, sino que lo insinúa como una posibilidad que explicaría parte de lo que está pasando; por ejemplo, por qué la historia que se inventa para intentar que su interlocutora se sienta mejor parece influir en lo que sucede después. Las excelentes páginas finales suponen un clímax gráfico rotundo, y sirven de epílogo a una búsqueda desesperada in crescendo que se manifiesta de un modo directo a través de lo visual. Si Karate ya suponía un notable trabajo de ambientación y atmósfera, todo en Satori parece llevado a un paso más allá, quizás también porque hay más espacio para desarrollarlo.

Ya en sus primeros fanzines, María Medem parecía interesada en moverse en un terreno ambiguo y fronterizo entre el relato lineal que puede enunciarse con palabras —o resumirse en una sinopsis— y el magma inconcreto de lo emocional y sensitivo. Esa mixtura se destila a la perfección en Satori, y también parece guiar la intención de la autora en su trabajo más mediático hasta el momento: Cénit. Publicado en un bonito libro por la editorial Apa Apa, supone el trabajo más extenso de Medem hasta el momento y su primera incursión en un mercado profesional, lo que le está dando mayor visibilidad —ha aparecido ya en varias listas de lo mejor de 2018 y se han publicado no pocas reseñas para lo habitual en un cómic de vanguardia.

Cénit propone un pulso entre dos personajes, de trazas casi teatrales. Existe un conflicto entre ambos, una tensión que gira en torno a lo que les sucede de noche… Si es que es de noche cuando les sucede, porque hay mucho en el aire. Pero sí sabemos varias cosas: que son artistas, que se reúnen una vez al día en una mesa en medio de la nada para comer y contarse su día —con actitud pasivo-agresiva— y que tienen un problema de insomnio; cuando tienen un episodio, las piezas en las que han estado trabajando aparecen destrozadas, sin saber quién ha sido el responsable. Lo más interesante de esto es lo que no sabemos: dónde están, por qué están ahí, quién los ha obligado a estar, si es que no están por voluntad propia. ¿Por qué nos hacemos estas preguntas? Porque, durante gran parte del cómic, los dos hombres tienen conversaciones más o menos convencionales y naturalistas —escritas con intención oral, quiero decir—, y eso hace que los percibamos más como seres humanos, como personajes con facetas, de lo que podía suceder con las protagonistas de Karate y Satori. Estoy seguro de que es algo buscado por Medem, y la consecuencia de construir un relato más convencional en su estructura y en sus textos; lo que se pierde en misterio se gana en implicación con los personajes y en interés por saber qué está pasando. Personalmente, creo que habría preferido menos escenas de diálogo entre los dos personajes: siento más inclinación por el texto extraño de Satori, en ese sentido. Pero entiendo lo que responde Medem cuando Beares le comenta, en la entrevista antes enlazada, que considera más narrativo Cénit que otros trabajos:

… no lo pensé de esa manera, era la historia que quería contar. Creo que depende también del formato, con los fanzines me siento más cómoda con lo evocador y lo ambiguo. Hay una narración en todos, en realidad, porque sin una estructura de fondo no me siento cómoda trabajando, pero creo que sólo se nota si el lector la busca. Cada persona lee de una manera y busca cosas distintas en un cómic.

Por supuesto, también hay que decir que la historia planteada en Cénit dista mucho de ser convencional: precisamente, Medem juega con el contraste entre las conversaciones cotidianas y el día a día de sus personajes y el ambiente en el que los mueve. Si en los trabajos antes comentados la realidad podía mutar progresivamente o mostrar sus fallos en matrix en momentos puntuales, el mundo de Cénit es permanentemente extraño. Es un escenario irreal, en el que hasta la comida de la que disponen parece rara y anómala. Hay algo fascinante —y de ritmo impecablemente medido por parte de la autora— en cómo muestra en varias viñetas el simple acto de tomar la comida y la maravilla surge cuando nos damos cuenta de que a esa comida le pasa algo… O cuando uno de ellos acaba usando el cuchillo para partir a trozos su plato.

Es evidente, por tanto, que lo que vemos no sucede en nuestra realidad. ¿Es un sueño, quizás? ¿Están los dos artistas soñando todo lo que leemos? ¿Existe, tal vez, sólo uno de ellos? ¿O puede que ninguno? El hecho es que la vigilia podría estar simbolizada por ese espacio en el que se encuentran, con esa mesa innecesariamente larga, pero, en cierto momento, uno de los dos hombres aparece allí súbitamente —o eso parece— cuando despierta. La luz es muy importante en este cómic: es lo que nos permite ubicar mínimamente el relato en algún momento del día. Pero los excelentes colores rotundos que emplea Medem tampoco corresponden a una iluminación real, con lo cual, de nuevo, nos vemos a merced de un mundo extraño, donde no tenemos demasiados asideros. Está el sol, que parece moverse con las reglas del nuestro, pero quién sabe si no es otro trampantojo.

Este tipo de escenarios, que tan bien pueden emplearse en el cómic por ajustarse sin fisuras a la lógica del dibujo —pienso, por ejemplo, en Vapor (La Cúpula, 2012) de Max o en La muerte y Román Tesoro (DeHavilland, 2016) de Lorenzo Montatore—, pueden funcionar como puro espacio para el absurdo o el surrealismo, o como proyección simbólica de otras realidades, ya sean colectivas o individuales. El acierto de Medem está en saber mantenerse en un terreno deliberadamente ambiguo, porque el diálogo entre ambos, por muchas vueltas que dé, nunca llega a ninguna conclusión. Acabamos teniendo más información a través de lo visual. Medem se recrea en los sueños, emplea y pule recursos ya vistos en Satori para ello, pero, finalmente, no existen diferencias formales significativas entre la vigilia y el sueño.

Es por eso por lo que, finalmente, descubrir la solución de lo que está pasando en este whodunnit alucinado carece de importancia: si no tenemos garantía alguna de que lo que vemos es real, y no un sueño más, ¿qué importa lo que suceda? El impresionante final no lo es porque nos revele una gran sorpresa, sino por los mismos motivos por los que el final de Satori era tan bueno: porque es un clímax puramente gráfico, en el que el dominio del ritmo es fundamental para provocar emociones, por encima de lo puramente racional. Sólo queda, por tanto disfrutar del viaje, dejarse llevar por los colores y las formas, sorprenderse con cada secuencia, construida siempre de una forma distinta a la anterior, e intentar aprehender cuestiones que van mucho más allá de la trama con la que Medem nos distrae, y que tienen que ver, en realidad, con lo que revela de nuestra naturaleza y de la interacción social lo que sucede entre esos dos personajes que, como Sísifo, hacen una y otra vez lo mismo aunque estén condenados al fracaso y a empezar de cero una y otra vez.

Por lo demás, Cénit ha supuesto para María Medem darse a conocer a un público más amplio que, creo, hará bien en buscar y disfrutar sus trabajos más crípticos. Cada uno tendrá sus preferencias —de hecho, ella misma afirma que se moverá entre un polo y otro—, pero dudo mucho que Karate o Satori decepcionen a quien ha descubierto a la autora con su libro más reciente. Ya está trabajando en nuevos proyectos; con toda una carrera por delante, Medem ha hecho ya sobrados méritos para ser tenida en cuenta como una sólida realidad y una de las grandes revelaciones de 2018.

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