Línea editorial, de Arnau Sanz

Arnau Sanz es un autor difícilmente clasificable en el cómic español actual. Lo que hace no se adscribe exactamente a la corriente más visible de novela gráfica, sobre todo por su manera de dibujar y su forma de entender qué debe ser el dibujo de un cómic. Pero tampoco se encuentra acomodo para sus cómics en la vertiente más artie y experimental, porque, al fin y al cabo, sus cómics son narrativos y trata temas muy visitados por esa novela gráfica que mencionaba. Ha practicado la autobiografía y/o la autoficción —en Tito (AIA, 2015) y Albert contra Albert (De Ponent, 2013)— la memoria propia —Llavaneres (De Ponent, 2015)— y familiar —Tibirís (Trilita, 2017)— y, sin embargo, su trabajo insiste en esquivar etiquetas. Se mueve en un terreno intermedio y libre, en el que ha encontrado una forma muy personal de hacer las cosas, que le funciona y que le permite seguir adelante con obras cada vez más interesantes y complejas, aunque no lo parezcan.

Digo esto porque una de las características de las obras de Sanz es su engañosa sencillez. Su dibujo rápido y espontáneo —y lo es veras: no se trata de un recurso o una impostura artística— da la sensación de obra poco densa, incluso superficial. Los textos, nunca excesivamente explicativos, muy medidos, tampoco conceden largos monólogos o textos de apoyo que nos lancen a la cara los mensajes profundos de estos cómics. En lugar de eso, Sanz trabaja con lo que no se ve. Con las sensaciones y emociones, sí, pero también con lo que el lector puede extraer de lo que está viendo. Y si esto funciona es, sobre todo, porque se asume que el estilo de dibujo es parte del discurso y nos está dando información esencial sobre la obra y sus mensajes, nunca obvios, siempre sugeridos y abiertos a la interpretación. Era así en la fantástica Tibirís, una reflexión sobre la memoria y el recuerdo, en la que es, precisamente, gracias al dibujo que puede hacerse no a lo que sucedió sino a lo que se recuerda que sucedió.

En Línea editorial (AIA, 2018), su nueva obra, Sanz prosigue su carrera ajeno a corrientes. En esta ocasión, opta por una historia de ficción, pero de un tono costumbrista en el que, seguramente, influyen experiencias personales o de su entorno. La protagonista es una autora de cómic que se mueve en el ámbito de la microedición y los fanzines, que nunca ha tenido ningún éxito y que está planteándose seriamente dejar de intentarlo y buscarse un trabajo que le permita vivir con cierta seguridad económica. Hay en esta elección varias cosas que me llaman la atención. En primer lugar, cómo se asume el riesgo de que pueda pensarse que esto es una manera de desahogarse y criticar la escena a la que el mismo Sanz pertenece. En segundo lugar, el hecho de que escoja como protagonista a una mujer lesbiana —o bisexual—, pero no subraye ninguno de esos rasgos. Lo presenta con una naturalidad total, y se centra en lo que nos interesa para esta historia: que es dibujante de tebeos. No hay estereotipos ni afecta a la trama, y me parece que el hecho de que una orientación sexual no normativa simplemente sea, sin más, es muy positivo.

De lo que se trata aquí es de lo hace esa protagonista sin nombre. Podemos adivinar en los veintimuchos o treintaypocos; está quemada, ha dibujado varios fanzines sin repercusión y no para de recibir rechazos de editoriales. Eso le ha agriado el carácter, porque su ego de artista no alcanza a entender cómo pueden darse cuenta de su talento. «Luego publican cada basura…» (p. 15), dice tras calentarse ante la enésima negativa. En algunos momentos, no obstante, sí parece dudar de su propio talento, aunque, en mi lectura, la sensación que me queda es que gana ampliamente el ego a la falta de autoestima. La mayor parte del tiempo accedemos a lo que piensa mediante un monólogo interior parco, con muchos silencios, o bien a través de sus ensoñaciones. Cuando se queda sola en casa, habla con el lector mientras realiza las labores del hogar o nada en la piscina, de un modo que me ha recordado mucho a la primera parte de Ventiladores Clyde (Sins Entido, 2003) de Seth por su manejo del ritmo y de los tiempos. La impresión que transmite es que la autora de cómics no puede evitar volver varias veces a darle vueltas a las mismas ideas, en bucle. No entiende por qué no la llaman para las mesas redondas, por qué no le publican sus cómics, por qué no le dan una beca. Y como no lo entiende, tiene que echarle la culpa a los demás: los editores están ciegos, los de los festivales sólo llaman a sus colegas, etcétera. Del mismo modo, no puede evitar que la imaginación vuele, y recrea una y otra vez las entrevistas que le harán cuando triunfe. Esto último, por cierto, me parece una de las mejores muestras de cómo entiende Sanz determinados aspectos del ser humano y lo bien que sabe mostrarlo. La manera en la que Sanz plantea la historia es clave para entender a este personaje y leerlo en la clave adecuada: sólo conocemos su versión, y tenemos que ser conscientes de ello. La primera crítica de Línea editorial se dirige, en realidad, a su propia protagonista y su actitud negativa hacia los demás.

En esas circunstancias, decide intentarlo una vez con un proyecto que le publicará… un colega. Ironía, obviamente buscada por Sanz. A partir de ese momento, las páginas que va dibujando e intercalan con las de su propia historia, y, así, se constituyen dos niveles de narración, que se suman a un tercero: el de los sueños y los pensamientos de la autora. Para diferenciar cada nivel ontológico, Sanz decide mantener el tipo de dibujo, pero cambiar la técnica de coloreado. Con esa decisión, permite una continuidad y una coherencia que, llegado el momento oportuno, le permitiría moverse con deliberada ambigüedad, pero, al mismo tiempo, marca las diferencias. El nivel real se colorea con una técnica mixta muy interesante, de intención expresionista más que naturalista, y sin llenar todo el espacio. Los sueños y escenas imaginadas se colorean con una densa capa de acrílico, que le da una textura espesa y, al mismo tiempo, irreal. Incluso se sirve de ello para representar el duermevela de forma abstracta. Por último, las páginas del proyecto en el que invierte sus últimas energías la dibujante están coloreadas con lápices, por sugerencia de su pareja.

Lo más interesante de Línea editorial, al margen de esos aspectos formales, es cómo va planteando una serie de cuestiones, pero no resuelve de un modo unívoco ninguna. Cuando el cómic se ha leído un par de veces —y apetece: su falta de densidad invita a ello—, uno se va dando cuenta del poso que le está dejando. La protagonista está tan bien construida que se empatiza con ella y con su frustración, pero, al mismo tiempo, cabe preguntarse si tiene razón. Porque, para empezar, ¿tiene talento? No podemos decirlo, porque las páginas que dibuja no la vemos directamente: lo que vemos es la representación de éstas que hace Sanz. Son páginas sin textos, en las que seguimos una historia extraña, que parece de género, convencional, pero que se vuelve muy rara hacia su final, hasta el punto de suscitar la sospecha de que puede haber alguna simbología, una relación con lo que le está pasando a la protagonista. Esto, que no deja de ser un cliché más que sobado en la ficción, no se resuelve: puede que la historia de ese guerrero perseguido por un monstruo en el que acaba convirtiéndose tenga que ver con el proceso vital de la autora, o puede que no, que sólo sea una historia de género de final a lo EC Comics sin mayor intención por parte de Sanz.

Pero, sobre todo, creo que Línea editorial está reflexionando sobre el concepto mismo del éxito. Y no sólo se plantea cómo puede alcanzarse en un medio como es el cómic, donde tan difícil es convertirse en un superventas a lo Paco Roca, sino que también se pregunta qué es exactamente el éxito, y si debería ser la meta de cualquier actividad artística. No es casual que, en un momento dado, la autora se queje de los pocos «me gusta» que tienen sus publicaciones en redes sociales. En ese comentario se encierra, quizás, una crítica a lo que hoy en día se entiendo por «éxito», y que resulta, en realidad, de una vacuidad casi total cuando no se traduce en algo tangible en el mundo analógico. Al final, lo que queda es una pregunta que no tiene por qué limitarse a los ámbitos artísticos: ¿por qué hacemos lo que hacemos? ¿Para qué nos esforzamos en cosas que no nos repercutirán económicamente? ¿Qué es lo que quiere la autora protagonista? Vivir de ello, dice; publicar profesionalmente, ser reconocida por la crítica e invita a eventos. Sin eso, se rinde y deja de dibujar. Pero ¿debería ser todo eso el motivo para hacerlo?

Esas preguntas quedan en el aire porque así lo quiere Sanz: en el final de Línea editorial, remate perfecto para una historia donde la ambigüedad es fundamental, la autora, dos años después, parece volver a sentir el gusanillo del dibujo. Pero en la última escena, la ausencia del color nos impide saber si lo que sucede es real o una proyección de la protagonista; pero también nos impide saber si es sincero o irónico.

Dejar la duda de si la autora logra triunfar o no finalmente parece indicar, o al menos así lo he leído yo, que esto no debería importar demasiado. Uno hace lo que hace porque no puede hacer otra cosa, cuando se trata de expresarse artísticamente. Por eso, tal vez, Arnau Sanz sigue haciendo cómics tan interesantes como éste.

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