La isla de las pesadillas, de Hideshi Hino

Hideshi Hino es, quizás junto a Suehiro Maruo, el gran maestro mangaka del terror —lo de Shigeru Mizuki, creo, es otra cosa: nunca quiso dar miedo de verdad—. Sin embargo, no podrían ser más opuestos en sus planteamientos ambos autores: mientras que Maruo escoge el camino del realismo estilizado y una decadencia sofisticada, Hino opta por la caricatura cruda y grotesca y la recreación de ambientes sórdidos pero, también, con un cierto encanto primario e infantil. Todo esto puede apreciarse especialmente bien en el último libro del autor publicado por La Cúpula, La isla de las pesadillas (2018). Lamentablemente, no se incluye información sobre las fechas de publicación original de cada pieza, pero se intuye que estamos ante un Hino primerizo o que, al menos, juega con estilos gráficos reconocibles pero, a veces, muy influidos por el canon clásico que instauraron Tezuka e Ishinomori, entre otros. Se trata de una recopilación de historias cortas, con todo lo que eso conlleva: la mayor parte de ellas tienen personajes menos desarrollados y más estereotipados que los que podemos encontrar en obras como El niño gusano (La Cúpula, 2005). Como corresponde a los mecanismos propios de la historia de terror breve, todo es atmósfera y giro final en varios de los relatos, como «La niña de los cuentos» o «El cazador». Aquí se nota, me temo, cierta ingenuidad a la hora de plantear la estructura de las historias, especialmente en lo que respecta a «El cazador», cuyo final prácticamente se intuye desde el principio por ser excesivamente tópico.

Pero cuando Hino es bueno, es muy bueno. Y cuando quiere ser original, lo es sin ningún género de dudas. Hay dos historias excelentes en su planteamiento y en su remate, que comparten un rasgo fundamental: son relatos que hablan de un secreto, de un personaje que oculta algo que los demás desconocen. El monstruo que puede ser cualquiera; el monstruo que podemos ser nosotros. «Nuestro querido profesor» abre el volumen, y resulta especialmente perversa porque presenta a un maestro que oculta un secreto y que, lejos de ser una autoridad severa o abusiva, es querido por todos sus alumnos, cuya confianza se ha ganado con su buen talante y cariño. Por eso el final de esta historia es especialmente desagradable. «Hola, señor Siluro», es la típica bizarrada que solo encontramos en el folklore: un niño desgraciado se hace amigo de una especie de dios siluro que vive en un estanque y que se fusiona con su cuerpo para ayudarle a ganar confianza y dejar de ser un niño impopular y abusado. El cuento tiene un final feliz en apariencia, pero, en el fondo, lo que logra el siluro es que el niño se convierta en uno más: lo ayuda a ser fuerte y bueno en los deportes para que no se metan con él y se haga amigo de los malotes del colegio. Quizá no tenga intención crítica, pero, desde luego, es una lectura que cabe hacerse en 2019.

En «Sudor frío», dibujado con un estilo caricaturesco muy divertido, el monstruo es exterior y abstracto: un calor asfixiante que vuelve loco a un desdichado samurai. En «La sirena» el protagonista también es un samurai, al que su señor envía a buscar una sirena. Es, con diferencia, el que tiene un aire más tradicional, especialmente en su hermoso y poético final.

Pero, a mi parecer, la mejor historia que podemos encontrar en este libro es, precisamente, la que le da nombre. «La isla de las pesadillas» es, para empezar, la pieza gráficamente más compleja y brillante del libro. Hino rebosa de imaginación al recrear una isla llena de horrores incomprensibles, entre H. P. Lovecraft, El Bosco y la propia tradición japonesa, pero, además, lo combina con la grotesca caricatura de un protagonista que va degenerándose por el contacto con la propia isla y sus criaturas. Su relato enajenado y los horrores que desfilan ante nuestros ojos logran perturbar realmente al lector. Y cuando entra en contacto con el único grupo de humanos que vive en la isla, el relato adquiere una nueva dimensión de crítica hacia la sociedad que se mantiene en la misma línea anbigua y poética que el resto de la historia, sin discursos moralizantes, pero con una visión decididamente negra de la sociedad. El estupendo final añada una nueva capa a esta pieza, que cuestiona todo lo que hemos leído pero, al mismo tiempo, lo eleva a una categoría psicológica que parece sugerir que nada es más terrible que los demonios interiores que cargamos.

Es uno de los pocos ejemplos de alegoría tan directa que encontramos en la obra de Hino —o, por ser más preciso, de las que yo he leído—. En sus historias, los monstruos suelen ser reales, y los horrores de los que es capaz el ser humano brutales y despiadados. Este libro contiene algunos buenos ejemplos de la potencia de un autor que ha logrado alcanzar cotas de maestro en el que para muchos es el género más difícil en el cómic.

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