Tierra de fanzines X

Vamos con una buena ración de fanzines que he adquirido —salvo error por mi parte— en el segundo semestre de 2018 y primeros días de 2019. En esta ocasión, incluyo algunas obras que se mueven en un terreno intermedio, al ser publicadas bajo un sello editorial de microedición o haber salido adelante gracias a un crowdfunding.

Uno de los casos en los que encontramos una pequeña editorial implicada es el noveno número de Usted (Sugoi Ediciones). Esteban Hernández, que lleva años alternando sus obras largas con números de Usted y Mister, ha construido una de las trayectorias más sólidas y diferenciadas de la autoedición española. Usted 9 adopta un formato apaisado e incluye páginas en bitono y en color, en sus variadas historias, que exploran todo un abanico de estilos gráficos y enfoques narrativos. Hay piezas que son gags humorísticos, a la manera de Hernández, eso sí, con un poso existencial siempre presente; pero destacan las dos historias largas que abren el libro. La primera, en color, está protagonizada por un programador de software aparentemente normal, cuya cotidianidad se ve sutilmente alterada por algo que sucede en su entorno. Destaca cómo, sin que nos demos del todo cuenta, el protagonista va internándose en cierta locura, nunca etiquetada, porque, en realidad, lo importante es darnos cuenta de que la obsesión anida siempre en nosotros y lo anómalo es siempre cuestión de perspectiva. Tiene la narración, además, cierto aire al cine de Juan Cavestany y otros realizadores jóvenes españoles de cine independiente y low cost que no sé si es buscado por Hernández o está en mi cabeza, pero que, en todo caso, me ha agradado mucho. El segundo relato, esta vez en bitono, nos sumerge en un surrealismo etílico que impregna una situación bien común, la del grupo de amigos que pasan las horas nocturnas en un parque y acaban teniendo movida, pero la lleva a un nivel de farsa, primero por cómo se van sucediendo los acontecimientos —y cómo los dibuja Hernández—, pero, sobre todo, por la voz narradora en primera persona. Todo el proceso judicial posterior es aún mejor.

Otro autor con trayectoria que permanece en los márgenes es Molg H. Ha pasado mucho tiempo desde aquel excelente Moowiloo Woomiloo, el webcómic que realizó junto a Néstor F. y que creo, quedará para la historia del cómic digital en España como uno de los que mejor jugó con el soporte. Molg H. siguió experimentando con otros proyectos, como Un cuerpo humano —que, desgraciadamente, ya no está online—, pero también ha desarrollado en los últimos años una faceta de humor negro bastante extremo. Este camino, apuntado en Doctor, doctor (¡Caramba!, 2014), lo lleva a nuevas cotas de escatología y crueldad humorística en su autoeditado Humor negro para gente mala (2018), que publicó gracias a un crowdfunding. Evidentemente, estas historias no son para todos los gustos. Puedo entender perfectamente que a alguien le resulten insoportables estas historias en las que perros o niños pueden recibir horribles castigos, sobre todo porque la técnica que emplea el autor, basada en fotografías —similar, aunque con diferencias, al trabajo de Alberto González Vázquez— remite a la realidad de un modo muy inmediato, que inquieta más de lo que puede hacerlo un dibujo caricaturesco. Sin embargo, las concomitancias con la nueva carne —esas víctimas de accidentes que acaban transformados en retorcidas creaciones, o la perra que sufre de hipergénesis— y la increíble imaginación que puede demostrar —especialmente en la última historia, ya publicada en internet, y que recuerdo muy bien por cómo me impactó— lo elevan por encima de la pura provocación. Los gags con excrementos tienden a hacerme menos gracia, no porque me provoque reparo alguno, sino porque me parecen menos elaborados; sin embargo, hay aún otro elemento que me parece clave en este libro apaisado: la crítica cruel a la necesidad constante de llamar la atención y de ser especiales que tenemos, y que las redes sociales potencian. Su psicóloga honesta —personaje protagonista de una serie de tiras que, hace unos años, tuvieron bastante repercusión— es, en este sentido, azote de sus pacientes, ególatras ensimismados que necesitan un toque de atención.

El hombre que pesaba dos días es una obra autoeditada de Miquel Rof —autor de La estrella viscosa, aquel webcómic que, semana tras semana, se publicó hace unos años en Entrecomics— y Abúricus. Se trata de un cuento ambientado en una edad media oscura, donde la peste acosa a la gente y un heredero al trono inicia un viaje en busca de su amor, que, aparentemente, se ha marchado con él mismo. Llega a la conclusión de que es un doble que le lleva dos días de ventaja —de ahí el título—, e intenta darle alcance. El tono finisecular no está reñido con lo fantástico, de forma que la historia remite tanto El séptimo sello y a Borges —en su tratamiento del doble con intenciones metafísicas— como a ciertos cómics de Luis Durán o Jali. El personal dibujo de Rof, que aquí se esfuerza en sorprender con las composiciones de página, hace el resto en un trabajo notable.

Guy: Pionero del cine es un fanzine recientemente reeditado obra de Yeyei Gómez, una dibujante más conocida por sus viñetas, pero que en este cuaderno demuestra su versatilidad y buen hacer para adaptarse al género documental. Su investigación sobre la figura de una de las más importantes impulsoras del cine, Alice Guy, se plasma de forma rigurosa y muy atractiva en lo gráfico, no sólo porque Gómez es una excelente dibujante, sino también por cómo representa algunas de las películas de Guy, en tiras que rodean un texto o dibujo central y que van más allá de la mera copia del fotograma para utilizar herramientas puramente gráficas. Todo el fanzine es, de hecho, un ejemplo de cómo emplear el lenguaje del cómic para fines documentales o de investigación sin caer en la simplificación o infantilización de los contenidos.

Otro fanzine excelente que he podido leer recientemente es Vida salvaje, aunque, en realidad, se publicó en 2017. Se trata del primer número, aunque sean dos cuadernillos independientes impresos en risografía, de un proyecto de Artur Laperla y Marcos Morán, que adaptan historias bíblicas. Laperla escoge la muerte de Juan Bautista y Morán, mucho más críptico —usa menos textos que su compañero—, parece tomar diferente fragmentos y citas para urdir una historia de venganza. Morán utiliza tinta roja y su estilo tiende a la línea recta; Laperla, por su parte, emplea un tono azul y basa su fuerza en la curva, algo que se hace evidente en el baile sensual de Salomé. Aunque ambas historias parecen, de entrada, que tendrán algún componente humorístico, lo cierto es que, finalmente, no solo resultan bastante literales, sino bastante oscuras. Las páginas finales del cuaderno de Laperla, por ejemplo, que cuentan el momento en el que a Jesús le dan la noticia de la muerte de su primo el Bautista, resultan espectaculares. Imposible no acordarse de una de las grandes adaptaciones del evangelio, la que Chester Brown publicó en su seminal Yummy Fur.

Magia africana es un proyecto bien curioso de David Calviño: parte de una colección de esos flyers de videntes y brujos africanos que inundan las ciudades españolas, y que suelen repartirse en las bocas de metro en Madrid, por ejemplo. Los papelitos aparecen escaneados tal cual, con todas sus faltas de ortografía y su conjunto de expresiones locas, sus «espíritus más rápidos de África» y su «nación de la videncia». Sólo por esto, como catálogo de esta legión de poderosos magos, al alcance de cualquiera que pueda pagarlos para conseguir dinero, amor y fama, ya valdría la pena. Cada uno de los anuncios se acompaña, además por el dibujo de un mago, generalmente en clave de humor. Y algunos son bastante graciosos.

Atraco, el fanzine colectivo que hereda el espíritu del mítico Migas, alcanza su segundo número. Su volumen de contenidos espinosos permanece intacto y, a pesar de que los tiempos cambien, el humor cafre de muchos de los autores sigue fiel a los orígenes. ¿La prueba? Un prólogo titulado «Yo salí de fiesta con Miguel Ángel Blanco (y me lo pasé de puta madre)». En el interior, históricos del colectivo como Riquelme, M.A., Sama, Gabi y Antoine Le Viril participan con páginas de todo tipo, algunos experimentando más, otros fiel a sus estilos de siempre, como es el caso de los dos últimos: Gabi entrega una historia corta muy chunga —en el mejor de los sentidos— sobre el Ratoncito Pérez, y Le Viril continúa con su sátira sin concesiones sobre las relaciones de género. Joaquín Guirao acude a la cita con una de sus historias de terror, y otro de los veteranos de Migas, Romano, dibuja una pequeña joya en dos páginas, en las que narra su encuentro, una noche, con Quimi de Compañeros —como si hubiera otro—. La interesante Teresa Ferreiro entrega varias piezas en blanco y negro, partes del universo que va construyendo poco a poco. También hay historias de Debelius, Julio Galindo, Ana Rodríguez y Paw Salcés, que hacen que este fanzine siga sorprendiendo y gane en variedad.

Y ya que he mencionado a Teresa Ferreiro, voy a abordar algunos fanzines suyos que pude adquirir en mi visita al festival vigués No Tengo Mamá el pasado septiembre: Coming of Age in Samil 1 y 2, en inglés, y su continuación, C.O.A.S., ya en castellano. Ferreiro es una de las jóvenes autoras españolas que, como Bárbara Alca o Roberta Vázquez, mejor han sabido capturar el modo de vida y las preocupaciones de su generación en tiempos de precariedad e inseguridad casi absoluta en lo que a valores se refiere. La angustia posadolescente se mezcla con la fiesta, lo frívolo con lo profundo. Zep, la protagonista, refleja muy bien todo esto, con un tono entre la sitcom y el drama. El resultado es muy divertido y, efectivamente, incluso los que ya pertenecemos a una generación anterior, es fácil reconocerse en muchas cosas, sobre todo lo que tiene que ver con la inseguridad y la ausencia total de un plan de vida. El estilo de Ferreiro, muy ágil pero que también evidencia esmero en el acabado, evoluciona rápido y se refina hacia el tercer fanzine —aparecen grises, por ejemplo— y también parece tender a reducir el número de viñetas y el volumen de textos.

Y termino por hoy —aunque quedan suficientes fanzines para un par de entregas de esta sección, por lo menos— con la última creación de Marta Cartu: Even in Deserts There Is Water. Se trata de un pequeño cuadernillo en color, con una paleta que recuerda a Un tumor muy guay y que está protagonizado por un gato antropomorfo alienado en un trabajo que lo deshumaniza —aunque usar este término con un gato igual no es lo más adecuado—. En pocas páginas, escenifica simbólicamente una certera crítica al capitalismo tardío: aquello que el protagonista fabrica día tras día se convierte en su objeto de deseo y signo de su aspiración social, mientras se conforma con una vida de miseria. Se trata de un ejemplo brillante de cómo el cómic más experimental o vanguardista puede usarse para la crítica social sin necesidad de recurrir al discurso explícito o la moraleja.

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