Los cómics de El Waibe

Recientemente, me he estado poniendo al día con algunas lecturas que tenía pendientes desde hacía tiempo. Algunas, mucho tiempo: desde el pasado GRAF de 2018. Es decir, casi un año. Allí fue donde conocía a El Waibe, un autor y editor argentino que visitó el festival con otras representaciones de su país. Él trajo mucho del material de su propio sello, Wai Cómics, y también algunos de sus fanzines. Alguna de sus obras, al igual que otras publicaciones de su editorial, ya las conocía gracias a mi amigo José Sainz, editor incombustible y animador de la escena alternativa argentina. La lectura continuada de varias obras de El Waibe me ha motivado a dedicarle este texto.

Una de las que he leído —releído, en este caso— es Defecaciones humanas (Wai Cómics, 2015), que fue su primera obra larga, realizada durante 2013, como explica un texto en el propio librito. La historia es una locura que se inserta en el underground histórico más provocador y sin filtros: un tipo con cabeza de culo tiene la capacidad de extraer toda la negatividad de cualquier persona con tan solo tocarla, para luego expulsarla por su ano superior en forma de, bueno, lo que os podéis imaginar. A chorro. Por supuesto, la cosa se sale de madre y el muchacho acaba teniendo su propia secta, porque hay mucha gente que lo sigue para sanar de sus malos pensamientos. El dibujo y el color muestran, dentro de la imperfección que caracteriza al estilo gráfico de El Waibe, un evidente cuidado en el acabado. Sus líneas pueden ser irregulares, pero hay un criterio claro. Incluso creo rastrear la influencia de Joann Sfar en la modulación de este estilo ligero, que a veces puede ser más elaborado y otras más rápido.

Aunque esta obra larga me gusta, creo que a El Waibe más puro y espontáneo se lo encuentra más fácilmente en los fanzines con los que he acompañado la lectura de Defecaciones humanas. En ellos, lo que vemos es un dibujante casi inconsciente, incontinente, que dibuja rápido porque de otro modo las ideas se le escaparían para siempre. Me transmite esa sensación incluso en Las desventuras de Mosquito Martinez (2016), que también contiene una historia larga, pero mucho menos elaborada. De hecho, la sensación que se tiene mientras se lee es que es una improvisación de naturaleza casi musical. Cuenta la peripecia de un mosquito desgraciado que durante un buen puñado de páginas es incapaz de picar a ningún humano. En concreto, se obsesiona buscando un tobillo desnudo, hasta el punto de que, en su delirio —provocado seguramente por el hambre— se le aparece un dios on forma de pie. Todo sucede muy rápido, y el lápiz furioso del autor va trazando viñetas llenas de angustia, sin borrar jamás. Hay un interés por la inmediatez que supera a cualquier otro criterio estético, y, de hecho, incluso podemos ver las huellas del proceso creativo en los bocadillos en los que el lápiz del texto no se ha borrado del todo.

Piletas de lona recopila historias muy breves, tanto en color como en blanco y negro, y es aquí donde comienzo a ver las cosas que más disfruto del Waibe. Su dibujo se convierte en una caligrafía, la acuarela llena la página sin cuidado, en bruto, y las ideas se agolpan sin filtro. Desde el enigma fascinante de una pieza como «Algo ha cambiado» al surrealismo radical e ilógico de «Pero hoy», un aire onírico recorre las páginas del cuaderno, con el brillo de la idea bruta y sin refinar, y la sinceridad de quien no esconde nada: lo que ves es lo que hay, lo que salió cuando el dibujante tomó una hoja y se puso a dibujar. Las líneas que forman los objetos, muchas veces, se superponen como si no tuvieran volumen. «Smartphone», por el contrario, está algo más elaborado, en la línea de Las desventuras de Mosquito Martínez, aunque, curiosamente, el hecho de no tener texto hace que la historia sea mucho más concreta y comprensible, como si Waibe quisiera compensar esa ausencia con una narración mucho menos abstracta.

Me gusta dibujar líneas es el título del tercer fanzine que he podido leer, y parece una declaración de intenciones, el manifiesto artístico de Waibe: es tan sencillo como eso. El dibujo es un gozo, y cuanto más espontáneo e irreflexivo es, más puro puede ser ese disfrute. En las páginas caóticas de este cuaderno encontramos muchas de las claves estilísticas presentes en el anterior: dibujo rápido, despreocupación absoluta por el acabado o la regularidad, con las líneas cruzándose para componer objetos que se superponen. Da la sensación de que el dibujante no sabe exactamente qué va a aparecer en la página cuando inicia un trazo. A veces se recrea en cuerpos mutantes y blandos, otras apunta a temas concretos, pero abordados desde el puro símbolo y la abstracción. Sus piezas concluyen con una ruptura de la realidad, de ésas que son solo posibles en el lenguaje del dibujo, mientras que en otras incluso las zanja relajando tanto el trazo que las figuras se difuminan hasta ser abstractas; se trata de una cualidad que llega a infectar a la escritura, y hace algunas frases ininteligibles.

El Waibe no tiene aún los treinta años, pero ya se ha convertido en una figura importante dentro de la emergente escena del cómic más experimental en Argentina. Sus obras me han fascinado por su libertad total y por el puro placer por dibujar que rezuman. Las preocupaciones que se reflejan, a veces de un modo muy inconsciente, lo insertan también en su generación: las relaciones humanas, la alienación, la vida precaria… El autor ha publicado también A todos por igual, una obra larga en la que, por lo que he podido ver, se profundiza en lo ya visto, y que espero poder leer pronto. Algunas de sus obras, por cierto, pueden encontrarse en la librería Fatbottom de Barcelona.


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