Poochytown, de Jim Woodring

El año pasado tuvimos la suerte de ver publicado un nuevo libro de Jim Woodring en el seno de Fulgencio Pimentel, en una edición tan fantástica como es habitual en la editorial de Logroño. Este quinto libro de la saga de Frank, titulado Poochytown, tiene una presentación impecable, totalmente diferente a los anteriores, como siempre, pero que, al mismo tiempo, mantiene una línea elegante y enigmática. Quienes me hayan leído en los últimos años sabrán que soy un defensor irredento de Frank, y que los anteriores libros me ha subyugado e impresionado más que casi ningún otro cómic de los últimos años. Hay algo en las páginas de Woodring que me fascina y aterra a partes iguales, y que, por supuesto, no alcanzo a entender del todo. Por eso me fascina y me aterra.

Poochytown llega unos cinco años más tarde de la aparición de Fran, un libro mucho más extenso, ya que incluía las novelas gráficas Congress of the Animals y Fran, y que, en su estructura circular, suponía la culminación de la saga hasta entonces. Una obra perfecta y profunda de un modo genuino, lleno de significados y de lectura inagotable. Tras aquella apoteosis, ¿qué podía hacer Woodring para superarse? Seguramente, nada: por eso el autor californiano ha optado por seguir trabajando como si nada hubiera pasado, como si no hubiera dibujado un díptico que constituye una de las obras más abrumadoras del cómic contemporáneo.

Es por ello que, inevitablemente, la lectura de Poochytown se realiza con una melancolía e, incluso, cierta sensación de vacío. Nada podrá alcanzar aquel volumen, pero eso no significa que no merezca la pena seguir visitando el Unifactor en  el que moran Frank y el resto de criaturas silentes que conforman la peculiar mitología de Woodring. Además, en cierta forma, esta vuelta a una historia de estructura máas sencilla e intención más modesta es muy coherente con la filosofía de estas obras, pues, en cada una de sus historias, la máxima es que todo vuelva a su ser al final del relato. En Unifactor, como obedeciendo al viejo adagio, todo cambia para que todo siga igual. La mutación constante de sus personajes y su entorno nunca subvierte definitivamente el statu quo, porque si el Unifactor significa algo, eso es el todo infinito e inmutable.

En Poochytown, de hecho, hay un énfasis especial en las transformaciones y en la flexibilidad de una realidad que calificamos de onírica a falta de un adjetivo mejor. Frank y sus dos amigos cuadrúpedos comienzan su historia encontrando una especie de saxofón del que, al ser soplado, salen formas viscosas y blandas, que casi podemos ver retorciéndose en el aire, en la fértil imaginación de Woodring, plasmadas en páginas tan impresionantes como siempre. Algunas de las escenas dibujadas en dos páginas completas son dignas de admirar durante minutos, en los que perdernos en todos sus detalles.

Si en Fran el tema principal era el amor, el conflicto central de este tomo parece ser la amistad. La que pierde Frank cuando sus dos amigos/mascotas se embarcan en una rave lisérgica con criaturas de su especie, y la que parece encontrar cuando, de inmediato, el asqueroso Manhog haga su aparición. Este ser, mitad cerdo, mitad humano, ha sido maltratado en anteriores historias, pero también ha mostrado un lado cruel y sádico, en ocasiones. En este caso, su violenta irrupción en casa de Frank es sucedida por una huida en la que sufre el ataque de una especie de caballo monstruoso, que también acaba por atacar a Frank, al que arranca un brazo y una pierta. No es mayor problema, porque le acabarán creciendo de nuevo, pero, en ese momento, parece forjarse una suerte de tregua o alianza entre los dos enemigos irreconciliables.

Comienza así un periplo de convivencia en el que el solitario Manhog muestra su cara más amable, y hasta dulce, y Frank, por su parte, encuentra un amigo que sustituya a los ausentes, además de alguien que lo ayude a moverse mientras sus miembros se regeneran. Ambos realizan el mismo tipo de exploración que suele ser habitual en las páginas de Frank, y conoce lugares abandonados y criaturas extrañas, deambulando por un Unifactor más extravagante que nunca. Valga como ejemplo la secuencia en la que los dos personajes encuentran un volante y un pedal que les permite conducir y avanzara a toda velocidad, pero que, en realidad, lo que hace es que sea el escenario el que se mueva, como si estuvieran en una película de dibujos animados.

Las emociones entre ellos son muy complejas: a veces de dependencia, a veces de camaradería. La ausencia de palabras, por supuesto de forma deliberada, refuerza esa indefinición, porque no siempre podemos estar seguros de qué está pasando entre los dos. La necesidad, como en otras historias de Frank, parece forjar un vínculo íntimo. Por eso el final de la obra es tan doloroso y revelador: cuando Frank logre rescatar a sus dos amigos, gracias, además, a la ayuda de Manhog, no moverá ni un dedo cuando aquellos hostiguen al pobre hombre marrano, que se marcha destrozado. Frank se encoge de hombros, vuelve a su casa y se sienta en su sillón de siempre, con la conciencia totalmente tranquila. O, mejor dicho: sin conciencia, porque carece de ella. Frank se revela así, como el verdadero monstruo de esta historia, que es, además, un idiota puro, alguien incapaz de aprender o de empatizar. Un egoísta al que ni siquiera un viaje transcendental, realizado simbólicamente con el tercer ojo abierto, puede cambiar o redimir. Frank sigue siendo el eterno niño que carece de sentido del tiempo, como el propio Unifactor, y que vive solo el momento presente. Quién sabe si se acordará de todo esto en su próximo encuentro con Manhog.

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2 respuestas a “Poochytown, de Jim Woodring

  1. He de decir que es la primera reseña que no termino, porque quiero sorprenderme cuando lo tenga entre manos y lo disfrute, pero tengo que decir que lo que está haciendo Jim Woodring con Frank es lo mismo que David Lynch con Twin Peaks, un acto demiúrgico capaz de alterar nuestra cconciencia y nuestra percepción dela realidad, son ya dos obras que forman parte de la historia.
    Por cierto, ¿harás reseña de Sabrina? Menuda progresión la de Drnaso.
    Saludos.

  2. Gracias por el comentario. Me parece pertinente la comparación con David Lynch, aunque, en cada caso, lleguen a esa alteración que comentas por vías muy distintas. Y sí, seguro que escribo sobre “Sabrina”, pero el tiempo que puedo dedicarle últimamente a escribir por puro gusto no es mucho, y voy muy retrasado… Gracias por leerme y por seguir el blog.
    Un saludo.

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