Señora, de Ana Belén Rivero

Ana Belén Rivero es una de las humorísticas gráficas —o ¿dibujantes de humor?— de progresión más interesante en los últimos años. En un panorama editorial propicio para este tipo de autoras, desde la irrupción del fenómeno Moderna de pueblo, Rivero se ha caracterizado, hasta ahora, por su persistencia en la autoedición y por una acidez y mala leche que yo siempre agradezco en el humor. Con más aristas que otras propuestas de humor gráfico que pueden tratar temas similares, sus dos primeros libros, Somos pobres en euros pero ricas en pelos del coño (2014) y Men sana in corpore ni tan mal (2016), demostraron, además, una rápida evolución que se apuntala con la colaboración regular de la autora en El Jueves. Su último libro ha sido Señora, publicado, esta vez, por una editorial potente, Penguin Random House, en su sello Plan B dedicado al humor.

Dicha evolución se aprecia, en primer lugar, en el dibujo: Rivero ha alcanzado un dominio del cartoon que le permite ser tremendamente expresiva y divertida solo por cómo representa personajes y situaciones y, en especial, por cómo se representa a sí misma. Convertida en un avatar nos guía por toda la narración con fluidez y con una gran habilidad para engarzar gags y chistes con su discurso. Todos los libros de la autora son, en el fondo, libros de tesis, en los que, aunque sea con recursos humorísticos, se acerca más al ensayo que a cualquier otro género. Y es que aquí se evidencia también la evolución de la autora en su capacidad expositiva y en la solidez argumentativa, sin ínfulas, sin que eso eclipse nunca que estamos leyendo un cómic de risas, aunque haya espacio para momentos de bajona o sorprendentes golpes de dura realidad, que rápidamente son mitigados mediante el humor. Todo esto se apoya en un buen dominio del lenguaje visual, que Rivero maneja con soltura: Señora no es un cómic al uso, sino que combina todo tipo de recursos gráficos, desde esquemas y cuadros a elementos tomados del diseño o la publicidad. Esta variación constante en la forma —que contrasta con la coherencia y solidez del mensaje y el tono con el que se transmite— requiere versatilidad en el estilo de dibujo, y Rivero también cumple aquí sobradamente: el estilo que escoge para cada secuencia o cada gag también está dando información y aportando elementos humorísticos importantes.

Pero ¿de qué trata Señora? El libro es, básicamente, un monólogo en el que Rivero reflexiona sobre el hecho de hacerse mayor, de convertirse en una «señora» y de descubrir que las expectativas propias y ajenas sobre nuestro futuro nunca se cumplen. Como en sus anteriores obras, Rivero se centra especialmente en todo lo que la afecta como mujer: la presión, desde que se es niña, por agradar, por comportarse como es debido, y las directrices familiares y sociales cuando se va creciendo. Es evidente que las mujeres están sometidas a siempre a un escrutinio específico por el hecho de serlo: todo el mundo parece sentirse con derecho a decirle a una mujer cuándo, cómo y por qué debe tener hijos, por ejemplo. Rivero, sin embargo, escapa del discurso victimista o de mera denuncia cuando, a partir de la mitad del libro se centra en cómo romper con esos estereotipos y cuál es el proceso de aprendizaje para que, en esencia, lo que digan lo demás te la traiga al pairo.

Pero también creo que hay un componente generacional importante en Señora. Aunque yo no pueda identificarme directamente con ciertas cuestiones que atañen a las mujeres, sí me he sentido identificado con muchas otras cosas. Tengo dos años más que la autora, pero comparto la mayor parte de sus referentes, y no me refiero solo a la cultura pop, sino a una misma experiencia vital. Crecimos pensando que si nos esforzábamos y estudiábamos una carrera tendríamos un buen futuro, mejor que el de nuestros padres, pero la crisis económica que estalló en 2007 nos ha pillado justo en el momento en el que deberíamos haber alcanzado una estabilidad económica que nos permitiera desarrollar nuestro proyecto vital. «Emo sido engañado». Vivimos en la incertidumbre y la desorientación, en la precariedad laboral y la presión biológica. Hemos alcanzado la edad en la que nuestros padres ya tenían la vida hecha, y aquí estamos, a verlas venir. Y, más allá de eso, uno empieza a tener achaques, a no sentirse tan ágil o vital como antes. A darse cuenta de que, bueno, estamos rondando el ecuador de este invento. Rivero trata todo eso, pero, de nuevo, no lo hace desde el catastrofismo. Al fin y al cabo, también somos la primera generación que puede permitirse algunas licencias en la vida adulta, o no renunciar a ciertas cosas que se supone que uno tiene que dejar atrás cuando se hace adulto. La adolescencia eterna, con todo lo que conlleva, no es un tema central en Señora, pero está siempre presente, en la actitud vital de Rivero. Y el «tedio adulto» también está ahí, por supuesto, en la parodia que se muestra de toda esa gente que vive como es debido: «Pago a plazos un robot aspirador». Cumbre absoluta de lo pocho.

Señora es un libro en el que Rivero se abre a los lectores, pero donde el humor siempre desdramatiza. Me he reído en voz alta muchas veces leyéndolo, que no es algo que me suceda a menudo. Y también he reflexionado acerca de muchas cosas, de mi propia vida y de nuestra sociedad. Ana Belén Rivero, sin caer en un tono grave y aleccionador, pero sin quedarse, tampoco, en el terreno de lo frívolo, ha realizado la que creo que es, por el momento, su mejor obra, y una que merece ser leída como lo que es: un manifiesto generacional.

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