Peter Hipnos, de Josep Maria Beà

La figura de Josep Maria Beà está viviendo, en los últimos años, una reivindicación muy justa. A la luz del ya no tan reciente fenómeno de la novela gráfica y la aparición de nuevas generación de artistas que conciben el cómic como un campo de libertad creativa, un autor como Beà —u otros, como Enric Sió— puede ser visto como un referente, un maestro que tuvo, en un momento primitivo, la conciencia de que su trabajo podía ser algo artístico y personal. Trilita Ediciones, que ya había recuperado obras como Josep Maria Beà. El hombre de los mil estilos (2017), trae ahora una obra anterior, Peter Hipnos, que contiene cinco historias cortas publicadas en las revistas de Warren en 1975. Su lectura me ha resultado muy interesante por muchos motivos, y no todos relacionados con las historias en sí o su calidad; hay que tener en cuenta, en primer lugar, que se trata de una obra temprana, la primera que su autor considera propia y no puramente de encargo, que hace cuando tenía treinta y tres años y con la oportunidad de escribir sus propios guiones para un mercado, el de las revistas de terror estadounidenses, que entonces era percibido como el colmo de la sofisticación adulta en el cómic —porque el underground era algo casi invisible desde aquí, y no era una industria en la que un dibujante español pudiera ingresar—. Beà se emplea a fondo para crear una obra que cumpla con los estándares de esas revistas, pero, además, introduce novedades ajenas a la típica historia de terror y a los referentes pulp y de serie B habituales: la mayor influencia del autor fueron los collages de Max Ernst. Y, sin embargo, Peter Hipnos también revela muchas de las carencias del alcance verdaderamente adulto que tenía el cómic de aquella época. El contexto de cuento infantil, la ambientación indefinida, los textos artificiosos, las exclamaciones gratuitas y el tono excesivamente explicativo y condescendiente con el lector son rasgos presentes en la narración de las siete historias, que se encuentran muy lejos de lo que, en los mismos años, se entendía por literatura adulta. Aquí, al menos en el comienzo de cada historia, encontramos la habitual estilización del cómic de género tradicional que caracterizó muchos de los trabajos de estos autores que aprendieron el oficio en agencias como Selecciones Ilustradas, y que, con mayor o menor acierto, intentaron salir de la jaula mental en la que allí les metieron.

Beà, a mi juicio, fue de los dibujantes españoles que lo logró en mayor grado. No es sencillo liberarse de toda una serie de condicionantes que les habían enseñado a respetar si se quería hacer buen cómic, y que tenían que ver, en la mayoría de los casos, con el destinatario infantil y juvenil —que confinaba el cómic a los mecanismos de los géneros clásicos—, por un lado, y con la serialización periódica, por otro. Cuando se dice que estos autores, en aquellos momentos, tuvieron libertad creativa, caben muchos matices. Pero, en cualquier caso, el contexto de la época permitía lo que permitía, y se fue forzando, poco a poco, por estos autores que, al menos, tenían la intuición de que otras formas de expresión eran posibles, fuera del marco en el que habían vivido.

Y es justo reconocer que así es incluso en una serie primeriza como Peter Hipnos, en la que las referencias a Little Nemo in Slumberland y Alicia en el País de las Maravillas son epidérmicas: Peter, un niño vulgar, se ve transportado al comienzo de cada episodio a un mundo de sueño, que rápidamente se vuelve pesadillesco. Cuando llega el final de la historia —esto es: cuando se acaban las páginas que el editor le ha encargado a Beà—, el chaval vuelve al mundo real y llega a su casa, donde le espera su madre. El final, siempre idéntico, es el equivalente al despertar de Nemo en la serie de Winsor McCay. No hay ninguna explicación acerca de estos viajes lisérgicos, lo cual nos introduce en el terreno de la fantasía más pura. El dibujo de Beà es todavía un tanto impersonal, apegado al realismo de agencia, y, como decía antes, los textos son bastante alambicados. Pero hay algo que lo redime de la convención: el humor. A través de la ironía y el sarcasmo, Beà rompe, aunque sea tenuemente, con la pretenciosidad, y los diálogos artificiosos entran en el terreno de la parodia, al igual que los textos del narrador se ven bajo otra luz.

Y, en cuanto al dibujo, su academicismo se rompe en cuanto Peter Hipnos ingresa en el mundo de la irrealidad, momento a partir del cual Beà recurre a efectos propios de la gráfica psicodélica, ya un tanto pasada de moda entonces —curvas, espirales y otras formas abstractas—, pero, sobre todo, se lanza a la experimentación con el collage a la Ernst, con mucha osadía teniendo en cuenta el medio en el que estaba publicando. Beà se apropia principalmente de grabados de los siglos XVIII y XIX, que recorta e introduce en sus dibujos, para generar efectos de raíz surrealista, pero también, claro, hiperrealista, por contraste con su dibujo. Seres humanos con cabezas animales de grabado, edificios reales que se incrustran en el escenario indefinido del sueño de Peter, criaturas híbridas, objetos cotidianos que flotan en el aire… Beà logra sorprender constantemente con un uso atrevido del recurso, en el que no se acomoda nunca. Quizás lo más interesante es el contraste que consigue entre la ambientación rural del mundo real de Peter, que parece vivir en una época indefinida preindustrial, y la maquinaria, las vestimentas y los objetos más propios de la revolución industrial e, incluso, de la época victoriana. De alguna forma, el protagonista está soñando con el futuro, uno que lo esclaviza y se asocia a personajes malévolos o locos y contra el que no puede hacer nada. Peter, simplemente, avanza por un territorio desconocido y hostil, en busca de la salida, pero nada de lo que haga tendrá ningún impacto en la resolución. Al igual que sucede con el progreso.

A eso hay que sumarle una lectura freudiana. En «Viaje al inconsciente» esta cuestión se hace evidente, pues se dice, explícitamente, que todo lo que Peter ve son pensamientos, creaciones del subconsciente, donde «se albergan contenidos reprimidos que crean resistencias al inconsciente, alterando los estados normales de comportamiento» (p. 36). Peter tendrá que liberar esos «contenidos reprimidos» de la mente en la que está atrapado para poder escapar, y lo hace de manera física, mediante el uso de dinamita, que libera una espectacular cohorte de criaturas, mostradas por Beà en una página completa y que reflejan de manera un tanto burda todas las referencias que tiene la serie.

Sin embargo, pese a estas objeciones, Peter Hipnos es una obra importante dentro del a producción de Beà, y supone un ejercicio artístico relevante, en su momento. Atreverse a basar una obra en el collage y referenciar el surrealismo, los grabados y la obra de artistas locos como Ernst, El Bosco o Lewis Carroll no es poca cosa. Las intenciones de un autor aún joven, pero que ya miraba un horizonte mucho más allá de lo que entonces era concebible en el cómic comercial, son suficientes para que la lectura de esta obra resulte jugosa, aunque Beà tenga aún que lidiar con condicionantes que limitan el calado de una propuesta que, en otro paradigma, habría podido desarrollar de una manera mucho más profunda.


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