La mentira y cómo la contamos, de Tommi Parrish

Continuo con este análisis de una serie de obras a las que encuentro un cierto vínculo común. Tras Sabrina y Niño prodigio, abordo otro cómic que llegó al mercado español en los primeros meses de 2019.

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«La mentira es algo que se esconde / para no tener que existir», cantaba Santiago Auserón en una de las mejores canciones de Radio Futura, «En alas de la mentira» (1985). Mentimos todos, de unas formas u otras, para evitar nombrar una verdad que, mientras permanezca oculta, no existe. Lo no nombrado es invisible, porque, y esto tampoco es que lo descubra yo ahora, aquello que no enuncia el lenguaje no tiene entidad. O si la tiene carece de relevancia. La mentira y cómo la contamos (Astiberri, 2019; traducción de Santiago García) aborda, precisamente, la distancia entre la realidad y el relato que expresamos acerca de esa realidad. Entre lo que sentimos y lo que decimos, o lo que somos capaces de decir. Trata de la identidad propia, pero siempre en relación con la de los demás, por lo que, inevitablemente, ha de hablar de comunicación. O de la ausencia de ella. Es, por tanto, otro cómic que se enfrenta a algunos de los temas esenciales de esta época.

A pesar de que apareció en el mercado español en fechas muy cercanas a Sabrina o Niño prodigio, este libro de Tommi Parrish (Melbourne, 1989) no ha obtenido ni de lejos la misma repercusión crítica que aquellos —basta con echar un vistazo a las primeras listas de lo mejor del año que están apareciendo ya—. No resulta difícil entender por qué: la narración de Parrish es mucho más etérea y elíptica, porque, aunque sus temas estén tratados con la misma sutileza, no existe una superficie narrativa a la que engancharse en caso de que no se profundice, como sí teníamos en los otros dos libros, donde ambos niveles de lectura tenían su interés. Si uno no se toma su tiempo —y tiempo precisamente no sobra en esta era de las prisas, de la reproducción de series al doble de velocidad y la lectura en diagonal— es fácil que La mentira… parezca una anécdota estirada, una banalidad acerca de un encuentro fortuito entre dos antiguos amigos, sazonada con una serie de tópicos muy comunes en cierto tipo de cómic de inspiración underground que giran en torno a la juerga nocturna —y que a mí, siendo sinceros, ya me cansa—. Es cuando empezamos a fijarnos en los gestos, las miradas —o la ausencia de ellas— y las vacilaciones que comienza a aflorar una verdad que está por debajo de las palabras que se dicen los dos protagonistas.

Supongo que el apartado gráfico del libro también ha contribuido a su falta de repercusión. Parrish es más difícil que Drnaso o Kupperman, porque su estilo se distancia mucho más del realismo. Pinta más que dibuja, y, aunque ignoro si hay una influencia directa, se emparenta con Olivier Schrauwen en su manera de descomponer la imagen, especialmente, los rostros, con fines expresivos. La historia de La mentira… se desenvuelve en un entorno extraño, metamorfo, rico en símbolos que pueden pasar fácilmente desapercibidos porque nunca están subrayados, ni mucho menos explicados. Es, en todo momento, una historia de Tim y Clearly, amigos íntimos hace un tiempo, compañeros de fatigas y confesiones, que se encuentran fortuitamente cuando el primero compra en el supermercado donde la segunda trabaja de cajera. Tim, a punto de casarse, le propone quedar tras su turno, y así se inicia una salida nocturna entre vino barato, tensiones y silencios cómodos —como dice, significativamente, una llamada al pie de la página 9— propios de quienes ya no tienen nada que decirse porque no son las mismas personas.

Sin embargo, sí que hay cosas que deben ser dichas. Una de las primeras cosas que le dice Tim a Clearly es: «Es hora de dejar de hacer el gili y madurar: ya no somos unos críos» (p. 9). Tiempo más tarde, Clearly le dice a una camarera a la que acaba de conocer que Tim: «… está igual, exactamente igual… / Sólo que ahora es un adolescente con el cuerpo de un adulto» (p. 91). ¿Quién tiene razón? No importa, claro. No existe una razón, porque esas dos personas no solo no se conocen ya, sino que, tal y como descubre al menos Clearly, nunca se conocieron. En su cruce de frases hechas, tanteos y alusiones veladas a cosas que fueron importantes —que fueron todo su mundo— y ahora ya no pueden ser dichas porque sonarían ridículas o vergonzosas se encuentra la única verdad de La mentira…: que todo es ficción. Que aquello tan especial lo fue porque escogimos que lo fuera, porque necesitamos creer que lo era. A la luz de los focos, alejado de la mística de la memoria de los tiempos gloriosos, la amistad entre Tim y Clearly se revela como algo tan poco profundo que ni siquiera pudieron hablar con franqueza de su sexualidad.

Ahora, años después —Tim habla de su futura esposa como alguien mayor, treintañera, de modo que tampoco ha podido pasar muchísimo tiempo desde su amistad con Clearly—, se hablan con frases hechas, y dicen lo que se supone que debe ser dicho —«Tienes que venir a cenar alguna vez» (p. 9)— mientras, parece, reúnen fuerzas para decirse ciertas verdades que quedaron pendientes, pero que, finalmente, solo se abordan de forma oblicua, con alusiones veladas, frases cortas dichas a la pared mientras se apura la botella de vino cutre. El estilo gráfico de Parrish es esencial para situarnos en un terreno blando, donde no hay certezas porque ni siquiera la imagen permanece inmutable, sino que se revela tan dúctil y maleable como los recuerdos o las intenciones.

Solo después de alguna dosis de alcohol y palabras un tanto huecas comienzan a aflorar las cuestiones relacionadas con la identidad sexual. Clearly confiesa que salía con una chica, a pesar de que Tim pensaba que solo se enrollaban de vez en cuando. Clearly es bisexual y no lo ha tenido tan fácil como Tim, «el puto tío hetero» (p. 73)… Pero, llegado el momento, Tim acaba por confesar que tuvo un encuentro sexual rápido con un chico, y que desde entonces y con cierta frecuencia, necesita repetirlo, aunque se ve en la necesidad de insistir en que no es homosexual. La mentira también es algo que nos contamos a nosotros mismos, y la identidad a veces es una etiqueta a la que queremos aferrarnos para encajar y no tener que replantearnos nuestro lugar. Es significativo que Clearly no reciba con especial sorpresa la revelación, de la misma forma que lo es que Tim parezca quitarle importancia y bromee con ligar con la camarera del garito en el que se han refugiado, para luego marcharse al baño a llorar. ¿Es verdad lo que ha contado? No lo podemos saber, porque los significados verdaderos se ven encerrados siempre en el hermetismo de los silencios y las elipsis.

Realmente, me ha sorprendido esa capacidad de Parrish para sostener la tensión de un modo al mismo tiempo tan artificioso —en cuanto que se ayuda de recursos gráficos bien evidentes— y tan natural, tan realista. Es muy difícil no reconocerse en las actitudes de los dos personajes y ese encuentro inesperado que reabre heridas y reactiva conversaciones. Y aún más difícil es hacer todo esto sin puntos de giro, sin clímax ni alguna revelación final. El final del relato me ha resultado no solo muy inteligente, sino el único coherente: una despedida patética y dubitativa en la boca del metro, en la que no saben si abrazarse, besarse o darse la mano, y en la que, como la verdad ha demostrado ser ya inalcanzable, solo quedan nuevas frases hechas para concluir el incómodo encuentro y no volver a verse nunca jamás.

Como Tim con su sexualidad, yo he evitado hablar hasta el final sobre el recurso narrativo más evidente que emplea Parrish en su libro, y que añade un subtexto de manera explícita que, de alguna forma, dialoga con el otro, el oculto y esquivo. Hablo del libro ilustrado que se encuentra Clearly en un arbusto, y que lee en dos ratos en los que se queda sola. El libro está dibujado en un estilo similar al del resto del cómic, pero, al mismo tiempo, muy diferente, pues Parrish emplea una línea sintética y renuncia al color: de alguna manera, ese libro ilustrado es más cómic que las páginas del cómic, que tienen un tratamiento de color directo más propio del libro ilustrado. No es eso lo importante, sin embargo: lo relevante es que su autor, bajo evidente pseudónimo, «Blumf McQueen», narra la historia de una relación amorosa aparentemente apasionada entre un hombre cis y una persona trans —aunque nunca se subraye— que rápidamente se revela basada en la mentira, en el guion aprendido que sirve a sus fines. «No me creo ni una palabra de lo que dice. Noto que no es la primera vez, que está siguiendo una fórmula» (p. 57). En el segundo tramo de lectura, cuando Clearly ya se ha despedido de Tim, el protagonista del libro, después de jugar con su ligue por pura curiosidad, lo deja sin más, por supuesto bloqueándole en su móvil, que es la manera en la que hoy podemos hacer desaparecer a aquellos que ya no queremos en nuestra vida.

A pesar de que lo manido del recurso del libro dentro del libro juega en su contra, Parrish logra hacer algo interesante con él porque la relación entre ambas narraciones no es directa. El libro que lee Clearly no explica completamente lo que queda pendiente en sus conversaciones con Tim, sino que, más bien, añade otra capa de significados, y abre vías de interpretación de todo lo que hemos leído en una clave puramente representacional. Las relaciones humanas como simulacro, inconsciente o consciente, y la identidad sexual como algo fluido, que depende no solo de lo que se sienta, sino de lo que ven los demás y de lo que mostramos a los otros.


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