La auditora, de Jon Bilbao y Javier Peinado

Que el género de la ciencia ficción futurista ha sido, históricamente, un vehículo de crítica política y social del presente es algo que resulta tan obvio que casi no merecería la pena decirlo, sino fuera por la proliferación de obras que olvidan eso y se apropian de una cierta estética sin mayor reflexión. Conviene, por ello, reivindicar las ficciones nos obligan a repensar nuestro tiempo para evitar el futuro que nos espera. La auditora (Astiberri, 2019), del guionista Jon Bilbao y el dibujante Javier Peinado, transita ese camino, con una conciencia social evidente y una lectura actual casi directa. Y digo «casi directa» porque, en realidad, el futuro distópico que plantean es pasado mañana. Nunca se fecha el momento en el que transcurre la acción, pero todo tiene un aire tremendamentte familiar. Me encanta ese tono low sci-fi, en general, y en La auditora, en particular: si en España tenemos pueblos y barrios que tienen exactamente el mismo aspecto que hace cuarenta años, ¿por qué deberíamos pensar que en 2060 todo cambiará radicalmente? Bilbao y Peinado sitúan la historia en un pueblo ficticio, Santa Marina, en el litoral cantábrico, y todo tiene exactamente la misma pinta que tiene hoy una localidad de la zona salvo por el hecho de que la contaminación atmosférica ha alcanzado un punto crítico y se han introducido ciertos elementos tecnológicos novedosos. Pero la ropa, los edificios y la gente son los mismos. Así se presenta de manera visual una idea que está en el fondo de la obra: que nada cambia realmente nunca. Esta España del futuro tiene exactamente los mismos problemas que la nuestra, solo que agravados por el paso del tiempo, como veremos.

En un género en el que se tiende a la deslocalización, resulta interesante que los autores vinculen de forma tan estrecha su relato con España. Por supuesto, ya hay muchos novelistas —sobre todo recientes— que hacen esto, pero no recuerdo demasiados ejemplos en los cómics. Es así cómo, junto a esos grandes temas que acostumbra a tratar la ciencia ficción, en La auditora se habla también de problemas más específicos de nuestro país además de nuestra propia idiosincrasia. Se hace mediante tropos bien conocidos, incluso demasiado bien conocidos —luego trataremos esto—, y una trama que juega con elementos de los whodunit que pronto se deriva al retrato social panorámico y al viaje personal de Mar, la auditora del título, que llega al pueblo enviada por su corporación para evaluar el rendimiento económico de la plantilla de trabajadores del pueblo y, de paso, encontrar un robot oculto entre ellos. Esta historia se desarrolla mediante la dinámica gráfica de Javier Peinado, un dibujante con experiencia en el género, mediante sus trabajos con Santiago García, La tempestad (Astiberri, 2008) y El fin del mundo (Astiberri, 2015), y que siempre he pensado que está infravalorado, quizás por su intermitencia en el mercado. Siempre me ha gustado su estilo basado en la línea clara clásica pero con un punto brusco en el trazo, que rompe con la perfección de sus maestros —hay algo de Yves Chaland y de Daniel Torres en su estilo— y resulta más relevante de lo que sería como simple imitación u homenaje. Peinado sabe modular su acabado para ajustarse a lo que pide cada escena, y se apresura o se detiene en los detalles de una forma que le permite regular también el ritmo. En La auditora, además, experimenta con esos recursos puros del tebeo que tanto juego dan cuando el autor sabe lo que hace. Es el caso de las onomatopeyas, integradas en los movimientos y las acciones de una forma no solo enfática, sino también estética (p. 103).

Jon Bilbao, escritor de cierta trayectoria, debuta como guionista con La auditora; no sabemos cómo ha sido el guion que ha escrito ni su método de trabajo, pero podemos suponer que la colaboración de un dibujante experimentado como Peinado ha resultado de mucha utilidad, dado, además, lo ambicioso y complejo del relato. Peinado sabe hacer que cada personaje tenga sus rasgos distintivos y se mueva de una forma determinada, por ejemplo: desde Héctor, el cazador de perros enloquecidos que parece un héroe de la línea clara de los años ochenta a la joven Mar, pasando por los tres hijos de la matriarca que posee el pueblo en propiedad. El color es otro de los puntos fuertes, pero, al mismo tiempo, el trabajo de Peinado me parece sutilísimo. La mayor parte del tiempo, utiliza tonos apagados y colores verdosos para representar la tiniebla constante en la que viven los habitantes del pueblo, debido a los gases tóxicos que emiten las factorías. Sin referencias para comparar, no podemos ser del todo conscientes de esto hasta que, gracias a una tecnología capaz de despejar la polución durante unas horas, se vuelve a ver el sol, y entonces somos realmente conscientes de hasta qué punto estaba sucio el ambiente antes, ya que el dibujante nos lanza a los ojos colores brillantes, una paleta clásica de colores puros y luminosos.

Es curioso cómo, de alguna forma, Jon Bilbao es capaz de hacer lo mismo con ciertos aspectos argumentales. La trama principal se centra en la búsqueda de un robot oculto entre la población, que tiene que descubrir una auditora enviada por la multinacional propietaria de toda la cadena de producción. Si a eso le añadimos la idea de que los robots se hacen pasar por humanos, que algunos ni siquiera saben que lo son, y que existe una red de apoyo mutuo formada por ellos, la referencia a Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o incluso a la novela original de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) es evidente. Cambiamos una urbe posindustrial por un pueblo costero español pero tenemos la misma premisa. Sin embargo, el tratamiento de la protagonista es muy diferente. Mientras que en el film de Scott se jugaba —al menos, en la primera versión— con la posibilidad de que el personaje principal, Rick Deckard, fuera él mismo un replicante, no se atisba ni una sombra de duda con respecto a su equivalente en La auditora, Mar. Del mismo modo que hasta que no vemos los colores luminosos no nos damos cuenta de verdad de lo oscuro que era todo, hasta que se descubre el secreto de Mar no somos conscientes de hasta qué punto no sabíamos nada de ella. Bilbao, al situar desde ella el foco narrativo, provoca que todo se centre en las historias de las gentes del pueblo, y la de la auditora queda en segundo plano, desarrollada a través de algunas conversaciones con la inteligencia artificial que monitoriza su labor, pero nunca de forma suficientemente detallada como para que podamos anticipar el final: sin rastro de ambigüedad, por culpa de un ataque imprevisible, descubrimos que Mar es ella misma una robot de nueva generación, que la compañía estaba probando sobre el terreno, y que todos sus recuerdos —incluyendo los de su hijo pequeño, al que solo vemos a través de un vídeo que se revela como falso al final de la historia— son implantes de memoria.

Al igual que encontramos el tópico del robot que es indistinguible del ser humano, hay muchos otros: el apocalipsis ecológico, las grandes multinacionales que han usurpado el poder a los gobiernos e incluso cosas más concretas, como la inteligencia artificial que asiste a Mar y que resulta imposible no asociar con el HAL 9000 de 2001: una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968), tanto en su agenda oculta como en el desarrollo de emociones humanas, siempre dentro de cierta ambigüedad en el tratamiento de Bilbao, que resulta perturbadora pero gozosa desde el punto de vista del lector. Se aprecia en la abundancia de estos tropos una cierta falta de elaboración y reflexión, como si se asumieran ya como inherentes al género más allá de la referencia directa a ficciones concretas, pero también la urgencia de incluir todo lo que interesa en la primera obra, algo frecuente en debutantes.

Pero si La auditora me ha interesado tanto es porque hay algo más en sus páginas. Al mismo tiempo que se repiten motivos muy frecuentados en la ciencia ficción, también responde a una tradición muy española, que retrata el país y sus habitantes de una forma cruda y ácida, sin demasiada esperanza en nosotros. El cruce de las dos corrientes provoca efectos muy sugestivos: Blade Runner meets Los santos inocentes. Como decía al principio de este texto, los autores tienen un interés especial en hablar del momento actual con su proyección de futuro cercano, para mostrar que, en el fondo, nada ha cambiado en lo esencial. Sigue habiendo castas, sigue existiendo una élite que gobierna, caciques a quienes se obedece de una forma servil y sumisa. Da igual el nivel tecnológico: las relaciones de poder no se ven modificadas. La matriarca del pueblo exprime a los lugareños en un régimen neoesclavista, pero se preocupa mucho de que los niños vayan a la escuela donde ella misma da clase. Esa actitud paternalista se ve respondida con la sumisión de las familias, que trabajan sin parar para cumplir las exigencias de la gran corporación para la que producen. Hay escenas demoledoras, como una en la que, tras tratar en el pleno del ayuntamiento la muerte de un trabajador, uno de los presentes pregunta si todo eso afectará a la celebración de «las fiestas de nuestra señora» (p. 98). No hay énfasis ni subrayados de denuncia panfletaria por parte de Bilbao, pero sí existe un sustrato pesimista, una mirada desencantada sobre quienes, mientras tengan unas fiestas populares, son capaces de aguantar hasta la muerte de un compañero de trabajo. Pan y circo, solo que en esta historia ni siquiera hay demasiado pan. Pero, en cualquier caso, desde el «¡vivan las caenas!» que le gritaban a Fernando VII cuando volvió a España de donde nunca debió regresar, tenemos una ilustre tradición de amor por el tirano. También todo lo contrario, por supuesto, porque así es la historia y así es el ser humano. Pero en estos tiempos en los que nos hemos tragado una reforma laboral durísima sin demasiado revuelo resulta especialmente pertinente que las ficciones nos metan el dedo en el ojo. Más comentarios oblicuos sobre la realidad: uno de los hijos de la matriarca se defiende de las críticas externas con un argumento perverso: «Solo muestran el lado malo de los pueblos-factoría. Si no fuera por nuestra familia, Santa Marina sería un pueblo fantasma» (p. 63). Al margen de pensar que es un ideario que hoy hemos escuchado en boca de los responsables de empresas basura como Glovo y compañía, la historia de  esa familia que compra un pueblo entero nos hace pensar en la España vaciada y en cómo es cuestión de tiempo que a algún lumbreras neocon se le ocurra empezar a hacer ofertas a pueblos semidesiertos, aún a costa de destruir el ecosistema de la zona, una cuestión que no parece importar en ningún grado en la sociedad retratada por Peinado y Bilbao. En las postrimerías del antropoceno, se ha tirado la toalla y solo queda producir, sin más. Acaso en otras zonas del planeta brille el sol, mientras en este pueblo costero de la costa cantábrica se trabaja como hoy se hace en ciertos puntos del sudeste asiático.

Aunque, en cierta forma, todas estas cuestiones quedan en el fondo de la obra, especialmente cuando el final, lejos de resolver la situación del pueblo o mostrar algún tipo de conato de revuelta o, al menos, de resistencia ante las duras condiciones de vida, se centra en la revelación en torno a Mar y en su naturaleza y destino cíclico, condenada a ser reiniciada una y otra vez para seguir sirviendo a la corporación, bajo la supervisión de una inquietante inteligencia artificial, mientras, en el pueblo, la vida sigue igual y el sistema permanece incuestionado. Es esa perspectiva crítica lo que me parece que hace de La auditora un cómic tan interesante y abierto al debate, que debería ser siempre el objetivo último de la ciencia ficción, o de cualquier ficción.


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