Pop: ¡No me quito esa canción de la cabeza! y Fariña de Luis Bustos

En 2019, Luis Bustos publicó dos cómics. Este hecho, poco habitual en el mercado español, no extraña tanto en el caso de Bustos, pues es un autor prolífico y muy activo en los últimos años, que ha enganchado un proyecto tras otro. Más allá de eso, si por algo destaca el autor es por su versatilidad, que es fruto no únicamente de su talento, sino también de una inquietud que lo ha hecho arriesgarse en campos muy diferentes, desde la novela gráfica de aventura histórica con Endurance (Planeta, 2009) hasta el tebeo humorístico, con sus colaboraciones primero en El Jueves y luego en Orgullo y Satisfacción, pasando por el cómic infantil con Las aventuras de Zorgo (Dibbuks, 2008). De alguna forma, su carrera parece orientarse constantemente a lo  que todavía no ha hecho, lo cual lo ha llevado a adaptar hechos históricos en la citada Endurance, a colaborar con guionistas, primero en Rayos y centellas (Camaleón, 1996) con David Muñoz o, más recientemente, en ¡García! 1 y 2 (Astiberri, 2015, 2016) con Santiago García, a adaptar libremente un relato literario en Versus (Entrecomics Comics, 2014) y a lanzarse con su primer guion original en Puertadeluz (Astiberri, 2017). Los dos títulos publicados el año pasado también suponen algo nuevo en su trayectoria, ya que podrían considerarse ensayos gráficos. Es por eso por lo que me parece interesante hablar de ambos en el mismo texto, ya que en sus semejanzas y diferencias residen muchas claves para entender el estilo de Bustos.

Pop: ¡No me quito esa canción de la cabeza (¡Caramba!, 2019) apareció en febrero; se trata de un libro sobre música, fruto de la pasión de Bustos por ella. El concepto es muy original: un cómic con un formato cuadrado, inspirado en la funda de un vinilo y que evoque en el lector la sensación de estar manipulando uno. De este modo, el cómic tiene dos caras, con cuatro y cinco temas respectivamente. En ellos, presenta diferentes temáticas, con la intención de hacer un recorrido no lineal por la historia de la música popular, sin intención de abarcar todo sino, más bien, de analizar ciertos fenómenos, tanto musicales como sociales. Porque, por supuesto, el impacto en la sociedad de determinados estilos y bandas resulta al menos tan interesante como su aportación a la historia de la música. Bustos no oculta —ni lo pretende— sus filias y sus fobias, pero mantiene siempre una actitud abierta, nada pureta ni apocalíptica, lo que le permite analizar con tino muchas cuestiones, y establecer relaciones sorprendentes entre fenómenos en apariencia muy distantes. El enfoque es decididamente humorístico, lo cual no significa que no haya rigor en la exposición: generalmente, el humor se usa para dar el contrapunto al dato o la opinión, aunque incluso esa información se ofrece con un tono desenfadado y ligero, propio de un ensayo personal que recurre a la provocación y a la mala leche cuando es necesario, aunque sea en un contexto de complicidad con el lector. Este peculiar estilo de discurso, que fragmenta la información en cápsulas dentro de unidades más grandes —las canciones del libro—, recuerda a secciones de El Jueves como el «Para ti, que eres joven» de Albert Monteys y Manel Fontdevila, pero también es fruto de trabajos previos de Bustos como ciertas colaboraciones para la citada revista, como unos pósteres que realizó junto a Monteys, y su sección de Orgullo y Satisfacción, que consistía en pequeños reportajes en los que pulió todo tipo de recursos narrativos y visuales que luego ha podido volcar en Pop, como diagramas, flechas y más elementos de señalética. También ahí comenzó a introducir elementos paratextuales muy presentes en el nuevo libro: memes, personajes de la cultura popular, chascarrillos interneteros y otros recursos que aligeran mucho el tono y descubren nuevas facetas de los temas tratados, especialmente cuando resultan muy anacrónicos —un DJ de los noventa pidiendo que no se lo sustituya por Spotify, por ejemplo—. En Pop encontraremos el emosido engañado, el tenemo ke inventarno drama, personajes de Los Simpson y otras referencias que evidencian que Bustos, lejos de huir de lo coyuntural, quiere que su libro sea un producto del aquí y el ahora más inmediatos: el tiempo dirá si ese tipo de alusiones quedan desfasadas o no.

El segundo cómic firmado por Bustos en 2019 fue Fariña (Plan B), una adaptación del exitoso libro de Nacho Carretero, secuestrado por un juez durante unos meses y adaptado, también, a serie de Netflix. En este caso, se trata de un encargo editorial que Bustos asume desde una posición autoral clara, sin amortiguar su voz ni renunciar a hacer suyo el original. Como texto derivado, siempre resulta inevitable la comparación, pero he de decir que no he leído el trabajo de Carretero, de modo que no puedo llevarla a cabo. Sí sé de sobra que la adaptación de un texto en prosa es, seguramente, el tipo de novela gráfica más complicado que puede haber, junto a la biografía. Es fácil fracasar, porque el riesgo de caer en lugares comunes o de tirar de manual de fórmulas es grande. Sin embargo, asumir este encargo y tomarlo como un desafío es algo totalmente coherente con el resto de la carrera de Bustos: no en vano es algo que aún no había hecho.

La manera de presentar la información debe ser radicalmente distinta: las diferencias —abismales— entre el texto escrito y el lenguaje del cómic quedan, cuando leemos una adaptación, más claras que nunca. Se convierte en un trabajo de poda y síntesis, que no puede desvirtuar el texto original pero tampoco puede ser enteramente fiel, sopena de convertirse en un ladrillo ilustrado. La temática de Fariña —una historia del narcotráfico en Galicia— se presta al uso de muchos recursos del cómic de género, que Bustos conoce y emplea perfectamente, pero esas secuencias narrativas se tienen que acoplar dentro de otras más expositivas, que no pueden ser, como decía, una mera sucesión de textos con dibujos decorativos: lejos de eso, el dibujante recurre a mapas, metáforas visuales, panorámicas… Y, lo más importante: a una organización de la página que muta constantemente, para adaptarse al tono que requiere cada secuencia, pero, también, para no aburrir al lector y mantener su atención. Bustos consigue hacer visualmente atractivo incluso algo tan rutinario —a priori— como un recuento de los principales señores do fume (pp. 26-27), que, en sus manos, se convierte en una dinámica secuencia que se lee en un suspiro. El dominio del color, un rotundo bitono de negro y rojo, compartido con Pop, también resulta clave para ayudar a guiar la vista de modo sutil, separar bloques de información dentro de la misma página o, simplemente, diferenciar planos de acción. Emplear un color completo habría vuelto tediosa la densidad de información del libro —porque, sí, el color también es información— y empastado las páginas hasta el punto de provocar rechazo en los lectores: con el bitono, sin embargo, se generan vacíos que permiten descansar y dan aire a unas páginas que Bustos tiene que exprimir al máximo, aunque eso no significa que, en determinados puntos, introduzca una ilustración a página completa con fines expresivos: por ejemplo, la doble página en la que le da el protagonismo y la épica que merecen las madres que salieron a manifestarse para enfrentarse a los narcos (pp. 70-71). Por añadidura, esas páginas tienen una función clara en el conjunto, ya que también suponen un descanso para el lector.

Organizar la información y traducirla en secuencias es algo complejísimo, que evidencia, por un lado, la importancia que tiene el ritmo en el cómic, y, por otro, la centralidad de la página como unidad narrativa. Bustos es totalmente consciente de que cada página tiene que tener su propia estructura y su propia personalidad. Un tono específico, que se articule orgánicamente con el resto en bloques que tengan su sentido y su encaje, a un nivel casi podríamos decir que sintáctico, dentro del conjunto. De esto depende que el producto final funcione y la lectura no cueste, porque cuando estamos ante cómics ensayísticos, la necesidad de introducir grandes cantidades de información tiene que pugnar siempre con la tentación de hacerlo mediante texto. Al fin y al cabo, eso es lo más sencillo y lo que todos sabemos hacer, más o menos. Conseguir que sean las imágenes las que transmitan parte de esa información es lo difícil, y más aún cuando se trata de que lo gráfico vaya más allá de las palabras y contengan otro tipo de significados, esos que van implícitos en las elecciones estilísticas: el tipo de plano, las relaciones entre los diferentes elementos de una viñeta, el uso de los ya mencionados paratextos o el estilo en sí. Bustos domina esto a la perfección, dada su amalgama de influencias, que van desde Bruguera a Osamu Tezuka, pasando por Miguel Gallardo y Frank Miller. Lo interesante es cómo esos diferentes registros que siempre ha empleado —desde sus comienzos, ha intercalado obras dramáticas con otras humorísticas— en estas últimas obras se integran de una forma mucho más natural. Ya no se trata de acomodar a una historia un único registro, sino a emplear todas las herramientas que hay a su disposición para enriquecer la obra y transmitir mucho más con ese tipo de decisiones. Así, todo lo aprendido en cada cómic se vuelca en el siguiente: incluso un experimento tan radical como Still Life (Libros de Autoengaño, 2016), donde jugaba con el glitch y lo digital, sirve para rematar la cara B de Pop y representar, así, la distorsión que se produce cuando un disco se ralla o cuando levantamos la aguja del vinilo.

Fijémonos en una última cuestión muy interesante: por regla general, Pop tiene más texto por página que Fariña, a pesar de que, en principio, podríamos pensar que para Bustos era más fácil aligerar de palabras el primero, por ser una obra enteramente personal, que el segundo, adaptación del texto de otro. Sin embargo, pesa más en sus decisiones la función de los textos en cada obra y el tono del conjunto: Pop, con su carácter misceláneo, puede permitirse una apariencia más densa en sus páginas, porque el lector sabe que después va a ir desgranando cada viñeta, y riendo con cada chiste. En Fariña, en general, el tono es mucho más serio —aunque Bustos no se resista a incluir alguna pequeña broma de vez en cuando—, y el relato es mucho más lineal: la información se tiene que presentar, por tanto, de una forma más ligera, a pesar de su mayor gravedad. Paradojas del cómic, que Bustos conoce perfectamente.

Para profundizar en la obra de Luis Bustos, invito a leer la entrevista que Octavio Beares y yo le realizamos en CuCo Cuadernos de cómic n.º 8.


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