Tú, una bici y la carretera de Eleanor Davis

Cada vez estoy más convencido de que lo que define el cómic, la madre del cordero, el meollo del asunto, no es la secuencia. Creo, cada vez más firmemente, que las dos cuestiones sobre las que gira el lenguaje de este medio son la representación y la densidad. La primera fue el problema central de Maus y ha sido motivo de reflexión profunda para muchos autores desde Art Spiegelman: qué representar, qué no representar, y cómo hacerlo, con sus implicaciones narrativas, políticas y morales. En pocas obras recientes han sido tan vitales estas preguntas como en Lo que más me gusta son los monstruos de Emil Ferris. La segunda, la densidad, todavía está por explorar y asimilar totalmente, en mi opinión. Me refiero a la forma en la que se organiza la información, y qué volumen de esta se distribuye en cada página, para conformar un ritmo narrativo, una cadencia que es el motor del cómic. Nos hemos pasado años escuchando que tal cómic no cuenta nada, que tal otro podría contarse en la mitad de páginas o que el de más allá está bien pero se lee en cinco minutos. Esto demuestra la preeminencia que aún tienen lo discursivo y lo textual en nuestra recepción, y cómo seguimos valorando el cómic, aunque sea inconscientemente, con la balanza de la literatura. Nos olvidamos de que la imagen también transmite, también reta y también miente, de modos diferentes a las palabras, pero igualmente complejos.

Uno de los cómics más interesantes publicados durante 2019 es también uno de los más engañosamente ligeros. Tú, una bici y la carretera (Astiberri; traducción de Santiago García) de Eleanor Davis cuenta un viaje en bicicleta desde Arizona hasta Georgia, un reto personal para la autora, que salió de casa de sus padres con la intención de llegar a la propia, por medio, únicamente, de su bici y la fuerza de sus piernas —y su cabeza—. Por el camino, fue dibujando algunas entradas de un improvisado diario de viaje, que luego completó con más material hasta dar forma al libro final, en el que se intercalan páginas con mucha información acerca de algún tramo del trayecto o profusos diálogos con otras contemplativas, en las que la acción es mínima o no existe, o, incluso, páginas con una sola frase. El espacio en blanco se adueña entonces de (casi) todo, pero no puede ignorarse, para entender la profundidad de este libro, que la ausencia de imagen no implica la ausencia de discurso. O, dicho de otro modo, que la nada tiene valores estéticos, pero también semánticos.

Resulta clave también entender cómo tales decisiones están ligadas a lo material: como ha explicado la propia Davis en alguna entrevista, las páginas de mayor densidad son las que hizo durante el propio viaje, porque no podía acarrear mucho papel y debía concentrar la información lo máximo posible. Del mismo modo, la inmediatez y el poco tiempo disponible la inclinó hacia un estilo de dibujo rápido, más crudo que el que podemos encontrar en ¿Arte? ¿Por qué? (Barrett, 2019; traducción de Esther Cruz Santaella), de trazos limpios y dibujos estilizados. Como en los mejores cuadernos de viaje, las estampas capturadas por Davis están llenas de vida y nos trasmiten un hálito de realidad, a pesar de que no están cerca del realismo, sino todo lo contrario: se trata de un ejemplo perfecto de que, muchas veces, menos es más. Un dibujo sintético sugiere el referente y deja abierta la interpretación. Es una puerta por la que caben más significados y sensaciones. Pero hay otra cuestión fundamental: Davis se dibuja a sí misma constantemente. Montada en la bici o descansando, acampada o conversando con alguna de las muchas personas con las que se cruza y que la ayudan. Es su viaje, y es por tanto subjetivo: no se trata de representar lo que vio, sino lo que sintió al verlo. Es un matiz importante, que se plasma en dibujos donde no está todo lo que existe —de nuevo, aquí radica el problema de la representación— sino las líneas justas para transmitir lo que interesa, lo esencial de un paisaje. No de sus componentes materiales, sino de su espíritu. Valga como ejemplo una de las primeras páginas del libro:

Su tono, modulado por una voz en primera persona, es íntimo, pero no melodramático, pues el suave sentido del humor de Davis siempre está presente. Sí es profundamente emotivo, pero de un modo sencillo, sin subrayados: esa primera persona narradora sabe cuándo callar y dejar que sea el lector quien decida qué pensar o sentir ante determinada conversación. El hecho de que no haya viñetas también afecta directamente al ritmo: todo se vuelve muy fluido, pues los acontecimientos se desperdigan por la página, sobre la que la bici de Eleanor Davis se desliza en una poderosa metáfora gráfica, nunca subrayada. No parece, de hecho, que a la autora le interese demasiado dejar claro ningún mensaje. Ni siquiera hace demasiado hincapié en el hecho de que es una mujer sola cruzando el sur de EE. UU.: su perspectiva feminista se ve, se percibe en lo que le va pasando y cuáles son su reacciones y decisiones, pero no se evidencia en ningún discurso. Lo mismo podemos decir del conflicto con México y la inmigración, un tema que se cruza en el viaje de Davis de forma inevitable, pues, en su camino, se va topando con diferentes acciones de la policía de frontera para capturar a inmigrantes ilegales —de especial interés resulta la captura de un hombre a la fuga en Fort Hancock, a la que dedica varias páginas—. La presencia constante de vigilancia dibuja una sombra que oscurece los luminosos paisajes de Texas y otros estados, dibujados de forma igualmente minimalista, con especial atención a la flora y a los pequeños detalles. Aquí, el espacio en blanco es luz e inmensidad, que refuerza la pequeñez de la autora en medio de ese paraje enorme.

La limpieza de esas páginas no son un puro relleno, por tanto. Imponen una pausa en la lectura, una contemplación de esos detalles o de la nada inmensa: a través de ese recurso gráfico que proyecta una sensación inefable e irrepresentable es como Davis puede transmitir mejor su experiencia directa. Quien quiera ver aquellas llanuras y aquellas montañas ya tienen Google imágenes: esto es la historia de un viaje, y un viaje siempre es interior.

Me hace gracia haber empleado esta expresión porque, en realidad, cuando empecé a escribir este texto lo hice con el convencimiento de que Davis eludía conscientemente esos clichés narrativos. La idea de que el viaje real puede servir para encontrarnos con nosotros mismos o experimentar una transformación profunda que nos cambie para siempre está presente en gran parte de las obras adscritas a este género, sobre todo a partir del siglo XIX pero también por la influencia posterior del psicoanálisis y las teorías de Carl Jung, y su discípulo Joseph Campbell, quien empaquetó convenientemente este corpus para uso y disfrute de Hollywood y aledaños con El héroe de las mil caras (1949) y El viaje del héroe (1990). Por eso me gusta tanto que en Tú, una bici y la carretera se omita deliberadamente cualquier tipo de subtexto espiritual y las posibles revelaciones íntimas sobre sí misma y el mundo que Davis experimentaría, a buen seguro, quedan apuntadas, en escenas en las que sobran casi todas las palabras. La mayor parte del tiempo, lo que más le preocupa no es encontrar su destino, sino que sus rodillas le aguanten todo el trayecto, y ser capaz de soportar el agotamiento y el dolor.

Pero eso no significa que esta sea (solo) una historia de autosuperación. Muy al contrario, en su diferenciación con esas narrativas clásicas radica lo más maravilloso de este libro. Davis se aleja de esos clichés tan masculinos, quizás, sin pretenderlo, en dos cuestiones claves. La primera, que lejos de ser una historia de hombre contra la naturaleza, aquí el apoyo de otras personas, la red de amistades y solidaridad que se va tejiendo alrededor de la autora, resulta esencial en su avance. Pero la segunda es aún más interesante, pues supone la deconstrucción definitiva de la épica del viaje, ya que, con algo más de dos tercios completados, Davis decide renunciar y volver a casa. Sin dramas, sin que medie ninguna catarsis ni ninguna tragedia que la obligue a fracasar: en realidad, no lo vive como un fracaso. Ni como una victoria. Simplemente está contenta de haber llegado tan lejos, de haber conocido a tanta gente, y quiere volver a casa. Y ya está. Cuando se reencuentra con su marido, que acude a buscarla, ambos encuentran un cachorro de gato. «Es un final absurdo para esta historia, pero me temo que es verdad». Esta frase condensa tantas cosas que no creo necesario añadir nada más.


2 respuestas a “Tú, una bici y la carretera de Eleanor Davis

  1. Me ha encantado tanto el libro que me lo leí de una tumbada. Me ha fascinado tu profundo análisis sobre él, estoy de acuerdo con todo, absolutamente todo lo que explicas sobre él. Solo añado que es una aunténtica maravilla hacer ese viaje en bici mediante este fantástico libro. Para quien disfrutamos de la bici y del cómic no puede haber mejor lectura.

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