Tierra de fanzines XI

Hacía ya demasiado tiempo que no dedicaba un espacio en este blog a comentar algunos fanzines. Aunque nunca he dejado de escribir sobre ellos (por ejemplo, aquí), esta sección estaba abandonada desde hace más de un año, y eso no puede ser. Vamos allá.

Tu actitud cartoon atormenta mi alma (El Neu Cartooning, 2019) del autor alemán Robin Vehrs es cosa seria. Es el primer título (micro)editado por Joaquín Guirao, y contiene varias piezas breves de humor absurdo radical. Hay un tipo de humor absurdo que, en un contexto de normalidad, subvierte una regla para generar el gag; una pizca de caos en medio del orden que señala el absurdo cotidiano. Pero más extravagantes resultan aquellos que son capaces de generar su propia lógica rota: universos de locura en los que todo funciona, pero lo hace en unas coordenadas alienígenas. En ese grupo están Bendik Kaltenborn, Anna Haifisch, Nacho García, Antoine Marchalot o el mismo Guirao en muchas de sus historias. No es casualidad que todos esos nombres practiquen un dibujo poco ortodoxo, inmediato y rápido, pero también maleable como un bloque de plastilina. Vehrs practica esa forma de anarquía gráfica y plantea situaciones entre dos personajes —normalmente— que derivan a una ilógica tan extrema que acaba siendo tan extrema que ofrece un poso metafísico y poético. Es de esos autores que en la rareza manifiestan una humanidad casi inocente. Mi pieza favorita: la del tipo cuya dirección de correo es el texto de todas las novelas de Harry Potter. Y eso es solo el punto de partida; imaginaos cómo acaba.

Camille Vannier versus el mundo. Volumen 1: guisantes hijos de puta (2019) es la primera entrega de lo que esperemos que sea una larga serie. Camille Vannier ya demostró en Poulou y el resto de mi familia (Sapristi, 2018) su vis cómica y su capacidad para contar cosas con una síntesis perfecta  de un estilo de dibujo tremendamente expresivo y unos textos que muestran una voz propia, entre irónica y sarcástica. En este fanzine cuidadosamente editado, Vannier cuenta con muchísima gracia las fluctuaciones de su peso y afronta una de las mayores estafas de la historia de la humanidad: que los guisantes, a pesar de que pretendan engañarnos con su color verde, engordan mucho. Así, es imposible hacer dieta. Queremos más de esto, por favor.

Video de juego 1 (2019) es un fanzine colectivo coordinador por Luis Yang con historias breves con un nexo en común: abordan un recuerdo de la infancia vinculado a las consolas y los videojuegos. Me ha resultado muy curioso que, aunque soy de una generación anterior —siendo generosos— que la mayoría de participantes en el fanzine, tengo experiencias muy parecidas; solo cambia la consola concreta. Los enfoques son muy variados, pero casi todos tienen éxito recuperando la ilusión / obsesión de la infancia. Genie Espinosa o Xulia Vicente, por ejemplo, cuentan su enganche a La sirenita de Game Gear y a El hobbit de Playstation respectivamente. Marina Vidal ofrece una visión humorística de la frustración que a veces generan los videjuegos, sobre todo a ciertas edades, en las que parece que el umbral de tolerancia a la dificultad baja mucho. Cristian Robles, alias «Kensausage», se va a la ficción —quién sabe si con tintes de autobiografía— y cuenta lo que pasa cuando, para evitar que un niño pequeño juegue a violentos RPGs, cae en las garras de uno de los juegos más chungos que yo recuerdo:  el Abe’s Oddisey. Anabel Colazo, por su parte, hace una interesante reflexión acerca de ciertos juegos que proponen una experiencia cercana al trabajo organizado:  horas interminable de farmeo o de espera para conseguir una recompensa. El anfitrión, Yang, opta por una pequeña historia confesional, y explica cómo cogió dinero de la caja del restaurante de sus padres para comprarse una Game Boy Advance SP, con un estilo íntimo pero que no renuncia al humor, a través, sobre todo, de su particular estilo de dibujo. El cuadernillo se completa con historias de Henrique Lage, F. Covelo, María Pérez y Ghosttthead, centradas, casi siempre, en las entrañas de alguna partida.

Odiar es gratis es un fanzine de Roberta Vázquez, en  el que da rienda suelta a la catarsis y el cabreo. Dibujos rápidos, muchas veces sin lápiz previo, ideas crudas plasmadas en caliente en una libreta. En general, me gusta mucho este formato espontáneo y sin filtro, pero, en el caso de Vázquez, se suma un punto de vitriolo que no sorprende si se conoce su obra, pero que aquí se muestra, quizás, de una manera más directa, en primera persona. Autorretratos —tanto de su versión humana como de su avatar—, respuestas a preguntas que le hacen por internet, canciones convertidas en historietas, anécdotas pochas, expurgo de cabreos… Y muchos cómics breves, como sus crónicas del Primavera Sound. Uno de los fanzines de la autora que más he disfrutado, y que tuvo continuidad con A la porra!, que proseguía con ese tono inmediato y la variedad de piezas, incluyendo una pequeña joya, «Una mentecata en Bruselas».

Tamalut (2019) es el nuevo proyecto de Irkus M. Zeberio, que aquí firma simplemente como Irkus MZ. Se trata de la primera entrega de la que parece que será una serie de fanzines en gran formato, con tapas brillantes y papel plateado bajo tinta negra que confiere a la historia un aire retrofuturista que es continuista con otras obras del autor como Europa o Nato, pero que profundiza mucho más en su concepto de ciencia ficción política y oscura, deliberadamente oscura. El dibujo blando de Zeberio, rápido en las formas humanas pero con un peso atmosférico específico, conseguido con texturas de aerógrafo y un grueso entintado, representa un mundo sin valores ni referentes a los que podamos agarrarnos, más allá de algunos nombres: parece que estamos en el norte de África, parece que ha habido una guerra corporativa y parece que ahora, en el siglo XXII, los márgenes de las grandes urbes son espacios sin ley, donde la gente está desprotegida. Nada que ver con el siglo XXI, ejem. Los personajes hablan en un castellano roto, que huye de los tópicos del ciberpunk canónico: si no entendemos del todo de lo que se está hablando no es porque se usen muchos términos high tech, sino porque el lenguaje ha evolucionado a una mezcla que nos resulta extraña. La rotundidad de los dibujos de Zeberio, que modula el tono e introduce, en momentos clave, imágenes mucho más detallistas, graba en las retinas este mundo inhóspito y deprimente, pero donde la esperanza, parece, reside en las mujeres.

La obra de Klari Moreno ha ido evolucionado desde una línea poco ortodoxa pero, en el fondo, más apegada al academicismo de lo que podía parecer —dejando al margen su registro naturalista, empleado en fanzines como Origen, nudo y origen (La Malvada, 2015)— a tenor de sus últimos trabajos, mucho más experimentales y despreocupados de cómo se supone que debe hacerse un cómic. Más líricos que narrativos, evidencian la formación y los intereses multidisciplinares de Moreno y se conforman como artefactos vinculados a otras manifestaciones artísticas. Así, ¡Qué sed! ¡Qué hambre! (2019) se inserta en un proyecto expositivo que la autora realizó con una ayuda a la creación de Injuve y que pudo verse en su sede durante varias semanas, pero que también fue acompañado de una lectura dramatizada. Lo que encontramos en el fanzine es la traslación al papel de la exposición, que trata acerca del mundo vegetal, de los cuidados de unas plantas y cómo a través de ellas estamos hablando, en realidad, de las relaciones personales. Los dibujos de Moreno aún guardan esa cualidad de cuaderno de campo que podía verse en trabajos anteriores, con el trazado minucioso de las plantas, pero está cruzado con dibujos más rápidos y abstractos, incluso con ramalazos de un cuquismo perverso. El collage y la fotografía se integran igualmente, al igual que el texto manuscrito y con tachones. Se incluye, además, un cuento de Sabina Urraca. En la misma línea de construcción de un artefacto que trasciende cualquier clasificación, Klari Moreno ha realizado MALP 1 (2019), en el que confronta dos de sus temáticas predilectas: la naturaleza y el BDSM. Los dibujos rápidos de perros se mezclan y dialogan con la representación de mujeres atadas, colgando del techo casi siempre, en la línea de las que pudimos ver en Women, Wolfs n’ BDSM (2015). Los trazos gruesos, la suciedad de muchas páginas, que replican el acabado de una fotocopia antigua, buscan deliberadamente una estética del error, de lo feo: es ahí donde encuentra una nueva vía para explorar la belleza de lo cotidiano, en el que caben desde escenas de sororidad entre mayores observada en la calle a una terraza de un bar, pasando por los perros paseados y las sesiones de bondage. Los textos crípticos más que concretar lo que el dibujo muestra, abren aún más vías de interpretación poética y terminan de conformar un fanzine que quiere ser antes experiencia sensorial que historia al uso.

Terminamos con una auténtica rareza: Proñco Melenas no huele a azucenas (Mortal y rosa, 2019) de George Mager, publicado en el sello donde Lorenzo Montatore suele editar sus fanzines. Como sucedía en el caso de Joaquín Guirao y el cómic de Robin Verhs, resulta muy interesante cómo estos autores están intentando dar a conocer en nuestro mercado a dibujantes que les gustan y con los que comparten ciertos rasgos. En el caso de Mager, su adaptación de un cuento ruso muy loco —pleonasmo— en clave cómica, con esos personajes simpáticos que remiten a los tebeos clásicos —sensación que refuerza el color con puntitos— tiene mucho en común con el universo de Montatore, aunque la historia esté más cerrada y se mueva en parámetros más convencionales que los que hemos visto en los fanzines de aquel. El cómic es una delicia, pero hay una decisión que lo eleva al terreno de lo mágico: la traducción al castellano la ha hecho el mismo autor, sin saber demasiado del idioma. El resultado es un punto de surrealismo inesperado e involuntario que convierte la lectura de Proñco Melenas en una experiencia casi alucinada. «Día a día, año a año, Proñco cabelló como el cuegle». Es digno de Cortázar en el célebre capítulo 68 de Rayuela.

 


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