En otro lugar, un poco más tarde, de David Sánchez

Para un ateo convencido sin atisbo alguno de duda como yo siempre supone una experiencia radical enfrentarme a cada obra de David Sánchez. Especialmente en sus últimos libros, en los que ha profundizado en la idea de dios de un modo decidido y explícito. Por si fuera poco, el elemento psicotrópico, presente desde el principio, ha ido ganando peso, especialmente en lo visual. Dos a cero: en mi vida he tomado nada más fuerte que un caramelo de Fisherman’s Friends. Sin embargo, por algún motivo, cada cómic de Sánchez me toca más profundamente que el anterior. Conecto con sus imágenes y sus historias de un modo muy similar, y al mismo tiempo distinto, a como me sucede cuando leo cualquiera de los libros del Frank de Jim Woodring. ¿Será porque hay más formas de fliparlo que recurrir a la religión o a los alucinógenos?

En realidad, creo que tiene más que ver con el hecho de que esos elementos son puertas, modos de conectar con nuestras propias mentes, al menos cuando se interpretan de la manera en la que lo hace Sánchez. El arte, como yo lo entiendo, también puede tener esa función. Incluso la mente más racional se hace preguntas que no puede resolver, acerca de nuestra propia identidad, nuestro origen y nuestro futuro. Todos tenemos miedos y todos nos hemos enfrentado, alguna vez, al vacío o al infinito —que son una misma cosa—. Por eso lo que muestra este autor nos importa y nos afecta: está hablando de nuestra naturaleza e identidad. Pero eso daría igual si no lo hiciera con la conciencia profunda de que lo que está contando es la verdad. En cierta forma, sus cómics son estricto realismo o, al menos, los cuenta con técnicas que lo son. En una reciente entrevista que pude hacerle, Sánchez decía, sobre esto: «Joe Matt cuenta su vida, y yo cuento la mía. ¡Lo que pasa es que mi vida es muy psicodélica!». En eso se resume: todo lo que cuenta es cierto. Por eso funciona a un nivel que no es metafórico.

Y es que no hay metáforas estrictas en ninguna de sus obras. Tampoco en la última, En otro lugar, un poco más tarde (Astiberri, 2019), que ha sido al mismo tiempo su obra más experimental y la más cristalina en cuanto a los acontecimientos que cuenta. La historia presenta a una pareja de hombre y mujer serpientes —¿o reptilianos?— y a otra de homínidos que entran en contacto con algo, obviamente sobrenatural, divino o extraterrestre, que los afecta deliberadamente para transformarlos por dentro y por fuera, hasta el punto de que los empuja a la hibridación. Podemos pensar que todo lo que sucede es muy raro, pero, en el fondo, está clarísimo. Como siempre ocurre, el estilo de dibujo preciso, detallado y quirúrgico expone sin sombras y sin posibilidad de ambigüedades. Es imposible no mirar, porque el dibujo nos amarra, y representa todo. Cuando sucede algo extraordinario, aparece exactamente con el mismo nivel de detalle y el mismo registro que todo lo demás. Todo sucede en el mismo plano ontológico, todo es igual de cierto.

Pero, por supuesto, aunque el dibujo figurativo puede ser muy concreto, también resulta, si así se pretende, más abierto y abstracto que la palabra. En otro lugar, un poco más tarde prescinde de ellas, en un paso más de Sánchez en su viaje hacia lo esencial, hacia la verdad despojada de artificios o filtrada por símbolos. Lo único que encontraremos son escasos diálogos en la lengua de la gente serpiente y alguna onomatopeya aislada, con fines a veces humorísticos muy chocantes. No sé si es una referencia directa para el autor, pero mi reciente relectura me ha llevado a pensar en 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968), en cuyas largas escenas silentes se encerraba una potencia muy similar. La fuerza de lo atávico, de lo preverbal, de lo que no necesita ni puede expresarse con palabras porque escapa de cualquier cierre conceptual, se despliega en páginas en las que Sánchez dirige nuestra mirada de una manera muy consciente por escenas perturbadoras, tiernas o terribles. Nunca ha sido un autor especialmente interesado en hacer hablar mucho a sus personajes, pero, si en Un millón de años (Astiberri, 2017) los diálogos se reducían al mínimo, en este nuevo libro la comunicación se ejecuta siempre por otras vías, más transcendentales, por así decirlo, y, por ello, más íntimas.

No es el único punto de conexión con su cómic anterior. En realidad, los ejes temáticos y estilísticos de David Sánchez han sido constantes desde sus comienzos, de forma que todas sus obras tienen una sorprendente coherencia, dentro de una evidente y significativa evolución. Pero sí es cierto que estos últimos tebeos parecen parte de una etapa en la que el autor ha deslocalizado las historias, para llevarlas a un no lugar, un desierto apenas poblado de un pasado —¿o un futuro? No es casualidad que el título aluda al tiempo y al espacio— que remite a la imaginería psicotrópica del peyote y los chamanes mexicanos tanto como a otros autores de cómic como Max o Moebius. En todo caso, es un lugar de meditación y revelación, aunque, para las criaturas que protagonizan la historia, comienza siendo solo un hogar inhóspito. El tema de la paternidad, que era central en Un millón de años, también aparece en este trabajo: el hombre serpiente pierde a su familia, atacada por ese algo superior que interviene en las vidas mortales constantemente. Y el clímax de la historia no es otro que una fecundación híbrida que antecede al nacimiento de un monstruo sagrado, una criatura repugnante, pero, al mismo tiempo, hermosa —nada de lo que dibuje David Sánchez puede ser descrito de otra forma.

La presencia constante de esa cosa, ese dios sin rostro, pero manifestado como un átomo de cuatro electrones, interfiere en la realidad, normalmente en forma de iluminación: de una forma más espectacular que la que empleaba el monolito de 2001, transforma a los mortales para conferirle capacidades extraordinarias y percepción extrasensorial, pero también para revelarles la verdad de las cosas. Y esto resulta importante, porque ha obligado a Sánchez a buscar cómo representar esa realidad velada sin dejar de ser coherente con su estilo, potente visualmente, pero, al mismo tiempo, una suerte de jaula: un código tan cerrado no admite bien las rupturas. Sin embargo, el dibujante se las ha arreglado para escapar sin quebrar ese código, pero ampliando el espacio que acota. Como decía antes, la representación de los sucesos trascendentales se dibuja con la misma técnica que cualquier otro, pero Sánchez retuerce las posibilidades del dibujo para ofrecer más: la visión renderizada de las dos criaturas humanoides, la descomposición de la escala cromática… O el despliegue de rotundas dobles páginas que desatan el universo o el vacío ante nosotros. Lograr el mismo impacto con la nada que con el dibujo es algo al alcance de muy pocos.

Estos efectos, por llamarlos de algún modo, se insertan en una búsqueda deliberada por parte de un autor que aseguraba, en la entrevista antes mencionada, que en los últimos tiempos estaba aprendiendo mucho acerca del dibujo. Y se nota: ese conocimiento le da la seguridad necesaria para salir, cuando es oportuno, de la seguridad de sus características composiciones de páginas. Así, encontramos páginas de viñetas horizontales, que amplían el sentido de soledad e inmensidad del desierto, o páginas en las que dinamiza la acción gracias a la lección aprendida del manga, donde es muy infrecuente la regularidad en la secuencia de viñetas. Otro recurso interesante consiste en extraer de la naturaleza las formas geométricas para generar efectos abstractos: los fractales. El interior de una flor repetido en cuatro viñetas, mientras una abeja liba de sus estambres, nos recuerda la infinitud del mundo; la captura del insecto por parte de un pájaro nos recuerda lo finito.

Vida y muerte son parte de un ciclo, de una espiral —la del ADN— interminable que provoca una constante transformación, cuyo motor es ese algo de intenciones desconocidas. Muchos seres vivos mueren en las páginas de En otro lugar, un poco más tarde, pero uno nace en su espectacular final, esa secuencia en la que vemos la carrera ancestral y eterna de los espermatozoides por alcanzar al óvulo, y el consiguiente parto. El vástago de un hombre reptil y una mujer mona es… Quién sabe qué es. Ni siquiera podemos saber si es. Porque hemos visto desaparecer sin dejar rastro a suficientes personajes como para pensar que, tal vez, la última viñeta no nos está mostrando la trascendencia de la madre y su retoño sagrado, sino su no existencia. Quizás, si atendemos a quienes advierten de la disolución del yo en las experiencias con enteógenos, lo que David Sánchez nos está diciendo es que son una misma cosa.

En otro lugar, un poco más tarde es en muchos sentidos el libro más ambicioso de este dibujante, por el grado de despojamiento que asume, pero también por los resultados. Con cada trabajo, el autor parece ascender un nuevo nivel, no solo en su arte, sino también en su capacidad de comprensión. Cuando parece que ha alcanzado alguna clase de cima, el siguiente cómic descubre lo lejos que queda aún ese punto que, seguramente, no existe nunca como tal. A las historias de David Sánchez les pega más otro tipo de símbolo: quizás una banda de Möbius, de la que no sabremos nunca en qué punto nos encontramos. Solo que el viaje nunca termina


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