Los sentimientos de Miyoko en Asagaya de Shin’ichi Abe

De todos los autores de gekiga que estamos teniendo la suerte de poder leer en castellano en los últimos años —gracias a la labor de Gallo Nero, entre otros—, puede que Shin’ichi Abe no sea el mejor, pero seguro que es el que más me ha perturbado. Destacado representante del manga del yo, corriente también practicada por Yoshiharu y Tadao Tsuge, su obra se va volviendo más incomprensible, abstracta y oscura con el paso de los años y el avance de lo que, en los años ochenta, le diagnosticarían como esquizofrenia, agravada por su alcoholismo. Pero en todas las piezas incluidas en Los sentimientos de Miyoko en Asagaya (Gallo Nero, 2020; traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés) existe algo, un malestar vital, una angustia indefinida y nunca mostrada, que traspasa todo lo que sucede. Con pocos autores tengo la sensación de que está escribiendo para sí mismo como con Abe, que no está preocupado nunca, aparentemente, por hacerse entender, sino por capturar una verdad cruda, y las emociones que le asocia desde su recuerdo y su subjetividad.

Allí donde la mayoría de autores que practican la autobiografía, inclusos sus compañeros del gekiga, recurren a una cierta manipulación para convertir la vida en un relato, con toda la mentira que ello conlleva, Shin’ichi Abe parece alejarse deliberadamente de cualquier intento de narrativizar sus experiencias o ajustarlas a una estructura. Y es eso, precisamente, lo que me fascina de sus cómics: la mayor parte comienza in media res, los personajes carecen muchas veces de arco, y todo acaba en un punto aparentemente banal o azaroso. Si intentamos explicar el argumento de la mayoría, nos veremos en problemas, más allá de describir que uno o dos personajes deambulan, se encuentran o conversan. Las conversaciones, de hecho, son uno de los elementos más interesantes de las piezas contenidas en este libro, pues están construidas con una técnica pocas veces —tal vez ninguna— vista en los cómics: son erráticas e incoherentes, y huyen de cualquier utilidad. No van a ningún sitio, porque no hay ningún sitio al que ir. Solo sirven para generar al lector una desazón aún mayor, motivada por el desconcierto de no saber exactamente qué está pasando o por qué esos personajes actúan como lo hacen. En algunas historias, su escritura de naturalismo radical lo lleva a sincopar los diálogos, a atropellarlos y superponer las líneas de conversación errática y caótica, lo cual arrastra la propia narración a una corriente de elipsis encadenadas, que desconciertan aún más, porque no vamos a encontrar ningún indicio que nos permita saber cuánto tiempo pasa entre viñeta y viñeta. En relatos como «Pistola», perteneciente a una primera etapa de juventud, o «Paracaídas», es el alcohol el que parece servir para provocar ese desconcierto; la confusión propia de la borrachera se suma a la vital que abruma al alter ego del autor y el resto de sus amigos, o a Miyoko, su pareja y protagonista principal de algunas historias, como la primera del libro, titulada igual que este. Se trata de una pieza dibujada con un estilo más cuidadoso y estilizado, fruto de las abundantes referencias fotográficas que utilizaba en sus primeros años como autor de manga. El estilo de dibujo, espero que no haga falta decirlo a estas alturas, no puede separarse del tono narrativo; este dibujo invita a la contemplación, a recrearse en imágenes que dejan un poso sugerente, casi poético, y la lánguida figura de Miyoko transmite una abulia que, más que angustiarnos, nos produce cierta empatía. Lo mismo puede decirse del realismo detallista de «La espada del ejército», que describe una amistad juvenil entre dos chicos de instituto que, un par de años más tarde, se reencuentran en un momento muy diferente de sus vidas. El final es un buen ejemplo de la manera en la que Abe desarrolla sus historias, sin altibajos, sin cerrar conversaciones y sin explicitar nunca los sentimientos, pero también de la manera en la que las cierra: los dos amigos beben de noche, uno le pregunta a otro si volverá a casa en Año Nuevo, el otro responde que no, y se limita a decir, acto seguido: «Ha oscurecido, ¿verdad?» (p. 48). Sin embargo, incluso aquí puede intuirse el subtexto, que nos habla de un chico apocado, a la sombra de su amigo, más maduro y querido por su familia —sin que haga falta que su padre o su madre diga nada semejante—, y que dos años más tarde se ha convertido en un pieza de cuidado que está dispuesto a cortar lazos familiares.

Pero las historias posteriores que aparecen en esta recopilación se sumergen en el terreno de lo inconsciente, aunque nunca recurra al surrealismo o el onirismo de otros autores de gekiga. Muy por el contrario, Abe siempre se aferra al suelo y al ambiente de barrio de la periferia, de bares tradicionales y pisos minúsculos. «Río» exhibe un trazo mucho más suelto, ya sin la referencia fotográfica, lo que provoca una lectura muy diferente: todo es más irreal y los hechos parecen transcurrir en una suerte de tiempo detenido. Las páginas 102 y 103, por ejemplo, que muestran una gran viñeta con una escena de lluvia, permiten entender que ya no se trata de reflejar unos lugares concretos, sino un estado de ánimo, no precisamente tranquilizador. Porque sus personajes principales, la mayor parte de las veces trasuntos de él mismo, parecen presas de ciertas pulsiones oscuras —por no mencionar el alcohol—, algo que se plasma, especialmente, en las perturbadoras escenas sexuales, totalmente alejadas del erotismo —en esto, sigue la estela de su maestro Tsuge o del propio Yoshiharo Tatsumi—, tanto que pueden resultar hirientes, pues más de una detalla lo que, sin duda, hoy sería visto como una violación. Abe parece ser especialmente escrupuloso en estas cuestiones, y no cae, ni por asomo, en la tentación de suavizar o justificar sus acciones. Incluso algunos autores de autobiografía controvertida, como Joe Matt, acaban explicándose, por no hablar de que el uso del humor, por supuesto, mitiga la sordidez. Pero en «Río», como, sobre todo, en «Paracaídas», donde el protagonista obliga a su pareja a tener sexo oral, no hay coartada de ningún tipo, y se percibe un intento deliberado por evitar el buen gusto, que solo serviría para aliviar un sentimiento de culpa que, creo, es el principal motor de esas historias.

Ese trazo suelto, incluso tosco, a veces, de las historias de lo que podríamos considerar una segunda época, resulta, hoy, más moderno que el virtuoso dibujo de sus comienzos. La cualidad espontánea de sus figuras las torna más cercanas, pero también más simbólicas, de forma que puede ser más fácil proyectarnos, incluso cuando no sabemos qué está pasando o por qué se comportan así. Sus caras hieráticas y sus ojos demasiado grandes se asemejan a máscaras, pero también provocan un efecto alucinatorio, cuando no directamente paranoide. «Una persona correcta», la más moderna de las historias del libro, está dibujada con un tipo de caricatura más elaborada, con recursos estandarizados del manga y, por tanto, más amable, pues incluso recuerda a series humorísticas más comerciales.

La niebla etílica y la esquizofrenia pronto oscurecieron la figura de Shin’Chi Abe, demasiado extremo como autor incluso para las páginas de Garo. Su deriva religiosa, tal y como cuenta uno de los textos incluidos en el volumen —qué importante es y cuánto se agradece el aparato crítico en ediciones como esta—, lo llevó a dibujar historias de esa temática que fueron sistemáticamente rechazadas; su conversión no le impidió mal ganarse la vida dibujando manga erótico. Pero este puñado de historias, una selección de su producción más cercana a ese manga del yo que practicó con entrega total, quedan como testimonio no solo de su propia trayectoria vital, sino de la de toda una generación. Porque ese algo que se transmite en las conversaciones herméticas, en las secuencias incoherentes y en los comportamientos nihilistas y desesperados de sus personajes es un desarraigo que define buena parte del gekiga y del sentir generacional de unos jóvenes que ya no creían en la tradición ni en sus valores, pero a los que la modernidad occidental tampoco había traído la felicidad. En el fondo, parece una insatisfacción inherente a la juventud en tiempos del capitalismo en cualquier lugar del mundo, y por eso leer Los sentimientos de Asagaya puede no ser una experiencia agradable, pero, desde luego, es una en la que cualquiera puede sentirse identificado si se deja llevar.


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