Esto no está bien de Irene Márquez

Se dice a menudo y demasiado a la ligera que hoy en día ya no puede hacerse humor sobre nada, o que la corrección política ha matado a la sátira. Yo no estoy de acuerdo con esas afirmaciones, si bien sí creo que la sensibilidad actual y, sobre todo, la conectividad y la difusión ampliada que conllevan sí han hecho más complejo el asunto. De hecho, creo que lo que ya no puede hacerse, o lo que ya no tiene sentido hacer, es cierto humor facilón y obvio, contra minorías, estereotipos o diversidades varias. Pero eso nunca fue humor negro, que es, junto con el absurdo, el tipo de humor que más me interesa. Lejos de ser un simple ataque a quien no puede defenderse, el humor negro es más bien un violentamiento del marco ético y moral, una forma de forzar tabúes para exponer hipocresías y liberarnos de vanidades. Los chistes de suicidas de Gila no son, así, una burla hacia ellos, sino una desdramatización de la muerte y una denuncia de los motivos que pueden empujar a alguien a quitarse la vida. Si nos resultan crueles es porque la vida lo es.

Y si el asunto me parece hoy más complejo, como decía al principio, es, sobre todo, porque creo que quien practique este tipo de humor tendrá que asumir que, más que nunca, las obras están sujetas al debate público, y no a uno de mucha calidad, la verdad. La rapidez de las redes sociales y la falta de contexto con la que a alguien puede llegarle una viñeta macabra facilitan el juicio ligero y la indignación impostada caza likes. Hoy puede hacerse humor negro, por supuesto, pero quien lo practique tendrá que pensar bien qué quiere contar y prepararse para el enfrentamiento contra la escasa capacidad de lectura de imágenes que demuestra mucha gente. La literalidad con la que nos enfrentamos a ellas resulta, muchas veces, totalmente desalentadora.

Y por eso creo que tenemos mucha suerte de contar en España con grandes muestras de cómics de humor negro, y no solo el que puede encontrarse en los márgenes —pienso en el incombustible TMEO, en las páginas de Michael Perrinow en redes sociales o en los fanzines de Pablo Taladro— sino también en obras con más exposición y mayores ventas. Paco Alcázar, Alberto González Vázquez y, al menos parcialmente, Flavita Banana son buenos ejemplos de ello. Pero la nueva esperanza de quienes disfrutamos con este género es, sin duda, Irene Márquez, de quien, recientemente, Autsaider Cómics ha publicado Esto no está bien (2020), una recopilación de su trabajo en El Jueves de los últimos años. Yo la descubrí gracias a la entrevista que Manu Collado le realizó, publicada en 2019 en Canino —y que recomiendo como forma de entender la visión que tiene la autora del humor—, ya que no soy comprador de El Jueves desde hace tiempo. A esta revista, a la que muchos no le auguramos un futuro muy esperanzador tras el éxodo de los grandes autores que fundaron Orgullo y Satisfacción, hay que reconocerle un alto grado de resistencia y capacidad de reinvención, ya que, desde entonces, ha ido incorporando a toda una nueva generación de dibujantes muy interesante, de la que Irene Márquez es una de las muestras más destacadas y originales. Las influencias de Paco Alcázar, Alberto González Vázquez o la serie televisiva South Park son evidentes y confesas, pero Márquez va mucho más allá y construye un universo propio y retorcido, que funciona a un nivel de empatía muy elevado, debido, en primer lugar, al dibujo tan detallado y más realista que el de un Paco Alcázar o una Flavita Banana, por ejemplo.

Esto no está bien es un artefacto compuesto por varias piezas. Se trata de una caja, inspirada directamente en Fabricar historias (Reservoir Books, 2014) de Chris Ware, aunque los contenidos no guarden una relación narrativa entre sí. Principalmente, se incluyen tres libros de cómics, complementados por un desplegable con la historia más seria que podremos encontrar en la caja, un juego de postales y alguna otra sorpresa.

«Te has pasado» es mi favorito y el que creo que resulta más redondo: recopila tiras de tres viñetas aparecidas en El Jueves, de un humor negro y absurdo purísimo. Márquez tiene esa capacidad de los grandes de generar personajes con vida en tan solo tres viñetas, personajes con una historia intuída y que nos importan lo suficiente como para sentirnos un poco mal cuando nos reímos de las burradas que les pasan. Esa empatía que pueden despertar, paradójicamente, no se corresponde con la que muestran entre ellos mismos. Muy al contrario, en el mundo de estas tiras infringir dolor es la forma más normal de relacionarse. También hay espacio para el juego de significados, el equívoco con las palabras y las imágenes, que recuerda también, en algunas entregas, a Nicholas Gurewitch. Como anticipa su portada, muchas de las tiras son un puñetazo en la cara: un niño quiere darle un susto a su padre, al que descubre follándose al perro; una chica rechaza un cigarro por estar embarazada, y acto seguido se mete en una clínica para abortar. Mutilados, bebés, mascotas y otros colectivos sensibles desfilan por este catálogo de recursos para provocar el humor que alcanza su cima, cómo no, en un chiste absurdo sobre el Holocausto, de los mejores que he leído nunca.

En «Trabajando para el bufón» se recopilan otro tipo de páginas, sobre temas de actualidad, muchas de ellas con un formato muy practicado en El Jueves, misceláneo, con diferentes chistes o imágenes, que tiene su origen en la sección de «Para ti, que eres joven» de Manel Fontdevila y Albert Monteys, aunque páginas como la dedicada a los tatuajes, «De guay a rancio» o «Los rebeldes» parecen beber más del concepto que rige los «Ranciofacts» de Pedro Vera: exposición despiadada de conceptos en los que todos nos podemos ver reflejados, mediante imágenes grotestas apuntaladas por frases hirientes. Tanto estas como las que son más narrativas —«La magia de la influencer», por ejemplo— funcionan bastante bien, sobre todo porque Márquez no deja de meterse en jardines. Más cerca aquí de la sátira social que del humor negro en sentido estricto, la autora no solo ataca el moderneo o ciertos lugares comunes fáciles de criticar en el contexto de una revista con un público eminentemente de izquierdas y progresista, como el machismo reaccionario a la nueva ola feminista, sino que también aborda otros temas más espinosos. En estos casos, se aprecia una reflexión previa por parte de la autora, que dice exactamente lo que quiere decir, y así es como vierte críticas al feminismo de mercado, a la tendencia a considerar facha casi cualquier cosa que nos nos cuadre o incluso la tendencia a medir la razón que tiene una persona en función de sus privilegios o la ausencia de ellos. Aquí, hay que decirlo, hay momentos en los que el mensaje se come al chiste, pero la mayoría de las veces nunca se pierde de vista el humor, y el equilibrio se mantiene.

Por último, «Otros» reúne piezas muy variadas, algunas inéditas, de muy diversa naturaleza. Sorprende ver la maleabilidad del estilo de Márquez, que llega a dibujar con una pulcritud notable páginas como «Crush». Otras las dibuja de un modo más tosco y expresivo, como la historieta sobre sororidad en la que los personajes reclaman el derecho a que les caiga como el culo otra mujer. La Márquez de «Otros» puede ser más oscura, en todos los sentidos, o incluso entregarse a ejercicios absurdos y macabros, como las historietas sin título protagonizadas por un tipo y su perro asesino.

Mi favorita, no obstante, es la última historia, en la que la autora nos habla dentro de cinco años: un último ejercicio de autoparodia y declaración de intenciones al mismo tiempo, que separa realidad de ficción y deja claro que, pese a la tenacidad de muchos, existe una distancia entre representación y realidad, en la que juega Irene Márquez con una inteligencia que la convierten en una de las autoras de cómic humorístico más interesantes del panorama actual.


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