Squeak the Mouse de Massimo Mattioli

Massimo Mattioli es uno de los grandes del cómic adulto italiano, al que, por aquello de los misterios del mercado, hemos leído poco en España, donde siempre se han centrado las editoriales en lo americano y francobelga. Igual que comenzaron a recuperar la obra de Andrea Pazienza, Fulgencio Pimentel se han atrevido a reeditar —y completar— Squeak the Mouse, en una excelente edición. Tenida por un precedente directo de The Itchy and Schratchy Show, los metadibujos animados que volvían loco a Bart Simpson, Squeak the Mouse consta de tres partes, de las cuales dos fueron publicadas en El Víbora en los años 80 y 90. En 2019, poco antes del fallecimiento de Mattioli, Coconino Press publicó un integral que incluía la tercera parte inédita: este es el tomo en el que se basa la edición de Fulgencio Pimentel.

La obra de Mattioli se inserta en el underground más puro, e incluso reproduce muchos de sus rasgos originales: abuso del sexo gratuito, violencia desenfrenada y perversión de iconos infantiles propios del cómic industrial. En este caso, los funny animals. Lo interesante es que Mattioli se está apropiando de una tradición importada, que le puede resultar familiar por la hegemonía cultural de lo anglosajón, pero cuya aproximación no puede ser la misma. Resulta también significativo que cuando el autor comenzó con esta serie, a comienzos de los años 80, el movimiento underground estadounidense ya era historia. En ese sentido, casi podría entenderse Squeak the Mouse como un epígono, de no ser por la abrumadora personalidad que destila cada página.

Lo que en origen parece una simple versión de Tom & Jerry para adultos o adolescentes ávidos de placeres más o menos prohibidos revela muy pronto una condición mucho más perturbadora. Sí: esto va de un gato y un ratón que no pueden ni verse y que intentan matarse el uno al otro durante ciento cincuenta páginas. Pero en ese enfrentamiento irracional no existe ningún tipo de componente moral. El ratón es tan cabrón como el gato, y ninguno de los dos da muestras de la más mínima empatía. Desaforada muestra del ello freudiano, estos animales antropomorfos existen para follar y matar, con una voracidad insana. El dibujo de Mattioli no se detiene en sutilezas: es directo y tan explícito que provoca ternura más que rechazo. Pero es perfecto para situarnos en una zona ajena a la razón. Nadie debería escandalizarse por estas páginas, porque al igual que no ofrece enseñanza moral tampoco admite crítica de este tipo: es un juego. De muerte y vida, pero juego al fin y al cabo.

Lo que sucede es que, como juego, Squeak the Mouse resulta tan divertido como abrumador. Su estructura en bucle, que nos lleva una y otra vez al punto de partida —el gato captura al ratón, que escapa desabrochando una cremallera de la mano de su enemigo—, como una pesadilla de fiebre o de drogas, provoca una sensación extraña, potenciada por los colores pop de Mattioli pero también por la inserción de fotogramas y carátulas de películas de terror de la época, como Videodrome (David Cronenberg, 1983). Las transformaciones cada vez más retorcidas de los cuerpos del gato y el ratón podrían relacionarse, de hecho, con la nueva carne, pero la manera en la que funcionan en el cómic no tiene nada que ver con el cine: la manipulación de los cuerpos mostrada a través de efectos especiales en la imagen fotográfica no tiene el mismo valor que si se hace mediante el dibujo, un lenguaje dúctil y maleable, en el que cualquier cosa es posible y, por tanto, lejos de provocar una sensación de extrañamiento, esta operación nos lleva a otro terreno más lúdico.

Es en el dibujo donde nos está permitido gozar con los desmembramientos, trituraciones y destrucciones que se inflingen entre sí estos dos animales desquiciados, de livido insaciable, a la que dan rienda suelta en largas escenas pornográficas, en los que solo los genitales femeninos están dibujados con cierto detalle naturalista: el resto es tan cartoon como en el resto del cómic. El resultado, claro, es más cómico que erótico, pero, sobre todo, abunda en ese exceso irrefrenable, que no da descanso ni siquiera entre entrega y entrega.

El comienzo de la segunda es muy interesante, porque, tras la aparente muerte del ratón, un científico es capaz de traerlo a la vida gracias a su invento, un invento de tebeo: una máquina que puede convertir cualquier cosa en dos dimensiones en una versión de tres. El científico coge lo primero que tiene a mano, que resulta ser un cómic de Squeak the Mouse. En una inteligente jugada metarreferencial, el ratón puede volver a la vida porque existe como personaje de cómic, pero, además, se entrega a la venganza porque, al leer esa historieta, descubre todo lo que el gato va a hacerle. Así, todo empieza de nuevo, aunque, en realidad, nada ha sucedido aún en lo que respecta al ratón.

La tercera parte, de algún modo, no añade nada significativo a la fórmula, pero al introducir a toda una pléyade de razas extraterrestres que transportan de un lado para otro a los dos protagonistas, sube la apuesta y aporta capas de locura y sorpresa. Las formas de matar y morir que vemos en Squeak the Mouse son tan creativas como las que, años más tarde, vimos en The Itchy and Scratchy Show, solo que aquí, además, el gato y el ratón se hartan de fornicio. Y dice mucho sobre muchas cosas que en los dibujos animados favoritos de los niños de The Simpsons pueda verse una violencia no demasiado lejana de la que emplea Mattioli, pero nada de su sexo loco.

Como decía antes, no creo que quepa indignarse o tomarse muy en serio una obra como esta, en la que el autor ha desactivado tan contundentemente su consciencia que no puede acusársele de ninguna fobia. Estoy seguro de que, en su momento, Squeak the Mouse escandalizó a más de uno, pues su dibujo haría pensar que era un producto infantil o juvenil; hoy, sin embargo, protegido por la aureola de clásico del cómic adulto, resultaría muy extraño que alguien iniciara una cruzada contra una obra que nos llega ahora como recordatorio de otro tiempo, uno en el que el cómic podía ser así de directo, amoral y brutal. De los más recóndito de la mente de Mattioli a nuestras retinas, sin filtros ni giros posmodernos. No voy a decir eso tan rancio de que «ya no se publican cómics así», porque sería mentira, pero sí reconoceré que resulta muy refrescante entregarse a esta lectura en la que la violencia de todo tipo no tiene víctimas.


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