Primavera para Madrid de Magius frente a Yo, mentiroso de Antonio Altarriba y Keko: dos retratos de la política española

En este 2020 que agoniza se han publicado dos obras que comparten como temática la corrupción de la clase política española: Primavera para Madrid (Autsaider Cómics) de Magius y Yo, mentiroso (Norma Editorial) de Antonio Altarriba y Keko. No hay posibilidad de influencia de uno sobre otro, dado los plazos de producción; tampoco hay que buscarla, ya que, en realidad, no tiene nada de extraordinario que el circo político inspire obras artísticas. Recordemos, por ejemplo, la extraordinaria Necrópolis (Astiberri, 2017) de Marcos Prior. En concreto, las tramas de corrupción protagonizadas por el Partido Popular lo tienen todo para ser la materia prima perfecta de un thriller de relumbrón, como demuestran los dos cómics arriba mencionados. Aunque cada uno tiene objetivos diferentes, me resulta muy interesante analizar en qué estrategias coinciden y en cuáles divergen para tratar temas similares.

Primavera para Madrid, aparecida antes del confinamiento de marzo, ha sido una de las sensaciones de la temporada, como acreditan sus tres ediciones hasta el momento. Magius, nombre artístico de Diego Corbalán, ya había demostrado su calidad y capacidad en Murcia (Entrecomics Comics, 2015) y El método Gemini (Autsaider Cómics, 2018), pero con esta nueva novela gráfica ha logrado una repercusión mayor, quizás por tratar un tema menos local y con mayor atracción para los medios de prensa generalista. Pero también diría que hay una evolución en su grafismo, que se vuelve más rotundo y sintético, y en un  mejor manejo del ritmo y las elipsis narrativas. En Primavera para Madrid, como en sus cómics anteriores, Magius está interesado en tratar el gran tema del mal, y, en cierta forma, concibe esta obra que trata sobre la política como la que habla del mal más genuino y peligroso, como me contó en una entrevista que publiqué en agosto. De manera oficiosa, podríamos hablar de una «trilogía del mal» formada por Murcia, El método Gemini y Primavera para Madrid.

Y eso resulta curioso, porque Yo, mentiroso viene a culminar una trilogía oficial, formada también por Yo, asesino (Norma Editorial, 2014) y Yo, loco (Norma Editorial, 2018). Para Altarriba, el asesinato, la locura y la mentira serían tres pilares de nuestra civilización, tres grandes cuestiones que, en última instancia, también le sirven para hablar de la naturaleza humana y, de nuevo, del mal. De la ausencia de valores, de la amoralidad de las decisiones tomadas desde el poder. Si en el primer libro Altarriba y Keko ajustaban cuentas con el mundo académico y el mercado del arte, y en el segundo le tocaba el turno al negocio farmacéutico, en esta reciente conclusión de la trilogía egoísta abordan las cloacas de la política de los últimos años, de un modo que reduce la distancia entre ficción y realidad más aún que en las anteriores y acerca la trama al relato periodístico. Más allá de eso, las tres obras ofrecen otro punto de interés, pues forman una suerte de universo compartido, junto con El perdón y la furia (Museo de Prado, 2017), cómic derivado de Yo, asesino; en todas ellas hay hilos conductores y personajes compartidos. Desde mi punto de vista, Yo, mentiroso es la mejor de las tres o, al menos, la que más me ha interesado y perturbado por igual.

Como estrategia inicial, ambas obras se distancian de los hechos reales de una manera puramente formal y conscientemente irónica. Las dos modifican los nombres reales de las personas que aparecen en ellas, aunque Altarriba y Keko son bastante más directos en las variaciones que practican y, así, podemos ver a «Florencio Pérez», «Pedro Sanchís» o el comisario «Corralejo» en las páginas de Yo, mentiroso. Magius recordaba en la entrevista antes mencionada que la palabra España nunca aparece en su libro, que transcurriría en «un país inventado que se puede parecer a este. Es una crítica de la realidad, pero también es una ficción con personajes inventados con nombres diferentes». En esa línea apunta también el texto de contracubierta de Álvaro Pons, e incluso podemos encontrar el típico disclaimer que anuncia que todas las personas que aparecen en el cómic son ficticias y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En el caso del libro de Altarriba y Keko, una fórmula similar aparece al comienzo, aunque intencionadamente modificada: «Cualquier parecido con la realidad española entre 2016 y 2019 es insidiosa coincidencia». Estas decisiones, en apariencia, buscan más protegerse legalmente que enmascarar una obviedad innegable, aunque hay también intenciones más relacionadas con el propio discurso: al fin y al cabo, en ambos casos se especula con hechos no conocidos o se completan los que se conocen con episodios ficcionales, de forma que no es del todo incierto que el parecido con la realidad sea coincidencia; es solo que esta es obviamente buscada. De hecho, Magius resalta su labor de investigación y de recopilación de noticias aparecidas en prensa como parte de la realización del cómic, y es de suponer que para Altarriba no habrá sido menos importante, a tenor de todos los detalles que explica.

Otro punto en común es que los dos escogen vehicular las tramas a través de un personaje ficticio, que encaja en los acontecimientos reales y sirve para cohesionarlos. En el caso de Primavera para Madrid, se trata de Lobo Madrid, un arribista desconocido para el público que va a medrar en los pasillos de la política madrileña acercándose a personalidades influyentes. Guarda muchos puntos en común con el protagonista de Yo, mentiroso, Adrián Cuadrado, asesor de comunicación del Partido Democrático Popular, en el gobierno al comienzo de la historia y, obviamente, trasunto del Partido Popular. Ambos personajes ascenderán en la jerarquía de sus partidos, si bien en el cómic de Altarriba y Keko sus avatares políticos y privados tendrán mucho mayor peso narrativo, mientras que, en Primavera para Madrid, habrá momentos en los que perderemos de vista a Lobo Madrid, que más que un agente activo de la trama será un testigo, un mediador entre los hechos y la mirada del lector. De hecho, en muchos momentos el verdadero protagonista es Fede, émulo de Francisco Nicolás en su medrar en la noche madrileña.

Primavera para Madrid se centra en las tramas de corrupción y las luchas de poder de la Comunidad de Madrid, inevitablemente enredada con el mundo de las finanzas y los negocios e incluso la Iglesia. La mirada de Magius también tiene algo de esperpéntico y carpetovetónico, pues se detiene en algunos de los aspectos más grotescos y folklóricos de la corrupción y el exceso de la élite: cacerías ampulosas, timbas de póquer goyescas y una intermitente presencia de la iconografía verbenesca. Esto se debe a que el enfoque de este autor es, en buena medida, satírico, empezando por un estilo de dibujo que, aunque no sea tan cartoon como en obras anteriores, no es del todo realista en la representación de los personajes y puede ser cruelmente caricaturesco cuando se precisa, como sucede con el retrato del rey. El peso del dibujo es tan importante que, si no lo tuviéramos en cuenta, por momentos el libro parecería una reconstrucción documental de los hechos.

En Yo, mentiroso, sin embargo, aunque pueda haber algún toque de humor negro o algún comentario jocoso por parte de ciertos personajes, tiene un tono coherente con los dos libros anteriores y se ciñe a un género negro más o menos ortodoxo, con una voz en off que diserta sobre la naturaleza de la mentira y su papel central en el juego político, mientras la trama se desarrolla con un enfoque verista. Altarriba, en este caso, expone hechos relacionados con diferentes tramas de corrupción del Partido Popular en el ámbito estatal, con un doble escenario situado entre Madrid y Vitoria, y con alusiones directísimas a hechos concretos que cualquier persona reconocerá, aunque el punto de partida es el asesinato de tres miembros del partido que, supuestamente arrepentidos de sus chanchullos, estaban dispuestos a declarar ante un juez. No es que no haya habido muertes en extrañas circunstancias asociadas a las citadas tramas de corrupción, pero en este caso se parte de un hecho ficticio, que permite, además, conectar la historia con la de Yo, asesino. El papel de Adrián Cuadrado, como decía, es más activo, y buena parte de las tramas tienen que ver con su propio juego de influencias y contactos para medrar, mientras teje su propia red de mentiras e informaciones veraces, tanto en su vida personal como profesional. La historia de Yo, mentiroso se sitúa en los meses finales del gobierno presidido por Mariano Rajoy y describe, además de los citados casos de corrupción, los hechos que desembocaron en la moción de censura que derribó al gobierno popular en 2018. El guion de Altarriba es implacable, y no deja espacio para ningún tipo de empatía hacia la clase política; Pedro Sanchís, líder de la oposición, no queda mejor parado, de hecho.

Tanto la visión de Magius como la de Altarriba/Keko representan la política como un escenario de lucha por el poder a toda costa, una real politik absolutamente egoísta que solo busca mantener los privilegios de una clase gobernante amoral y sin apenas contrapesos. Significativamente, no hay apenas conversaciones ideológicas en ninguno de los dos cómics, pero sí muchas traiciones, venganzas y jugadas sucias. Las reuniones de la cúpula del partido y otros agentes de poder que describen Altarriba y Keko, por ejemplo, son perturbadoras en la naturalidad con la que se habla de todo tipo de ilegalidades, al igual que sucede con todos los momentos entre bambalinas que vemos en Primavera para Madrid, aunque, en esto, la imaginación de Altarriba llega más lejos, porque especula más. Todo en su libro es estrategia calculada, y todo vale para mantenerse en el poder, incluyendo el asesinato. Tanto uno como otro, sin embargo, coinciden en ampliar la red de corrupción al mundo empresarial y a las fuerzas de seguridad del estado —más presentes en Yo, mentiroso, en cuanto que se están investigando asesinatos—, pero también al cuarto poder, una prensa que aparece en ambas ficciones como un manso instrumento al servicio de sus amos. En Primavera para Madrid podemos presenciar una reunión en la que los diferentes directores de medios, tanto de izquierdas como de derechas, reciben directrices claras acerca de lo que deben hacer, de cuándo difundir ciertas informaciones y cómo hacerlo. Una  escena similar aparece en el libro de Keko y Altarriba, donde los periodistas reciben dinero en sobres junto a sus instrucciones, que aceptan sumisos.

El comisario Belisario de Primavera para Madrid frente al comisario Corralejo de Yo, mentiroso.

Aunque ambos libros son despiadados y profundamente críticos con la política española, hay divergencias en la posición que se detecta tras cada discurso. Magius es capaz de encontrar el lado tragicómico de los hechos que trata, y su mirada parece la de alguien que, aunque es consciente de la gravedad de los hechos, nunca ha esperado otra cosa. Su intención de denuncia nunca se subraya y confía en que la exposición de ciertos hechos hable por sí sola. Altarriba, en cambio, no tiene intención de ridiculizar lo que describe, quizás para no maquillar la maldad de sus actores; su mirada es más seria, igualmente pesimista, pero propia de alguien con una profunda desconfianza hacia el poder en todas sus formas y genuinamente desencantado. Son diferencias sutiles con un componente, quizás, generacional, pero que influyen en la forma en la que recibimos hechos similares.    

Por supuesto, las cuestiones formales y el grafismo afectan muy directamente al tratamiento de los temas. Resulta muy significativo que en ambos casos se haya optado por un uso del color muy limitado. En Primavera para Madrid es el llamativo dorado de las páginas, impresas con tinta negra, que evoca un lujo kistch en total sintonía con mucho de lo que se cuenta en ellas. Yo, mentiroso, como sucedía en las obras anteriores del tándem creativo, emplea un solo color, en este caso el verde, que aparece solo en momentos muy concretos, con fines enfáticos pero también simbólicos. Pero mientras que Magius deja mucho espacio en blanco con su dibujo para que brille el dorado del papel, Keko está tan opresivo como en los anteriores libros o más: el blanco es un bien escaso en estas páginas abigarradas con masas de negro, ensuciadas con tramas y asfixiadas de detalles. Cada uno de los dos estilos es coherente con los objetivos de cada obra: en Primavera para Madrid se favorece una lectura más rápida, con viñetas más grandes, sin excesiva información visual en cada una, con el fin de subrayar el cuadro general y acompañar el tono satírico del relato. Las estrategias de Keko son casi opuestas; mediante el uso de negros y viñetas pequeñas, sin apenas espacio en blanco, agobia y cansa nuestra mirada, de forma que refuerza la atmósfera opresora de la historia: hay momentos en los que prácticamente podemos sentir malestar físico, y esto se debe tanto a los acontecimientos que estamos presenciando como a unas páginas que no dejan respiro ni escapatoria. Resulta muy interesante que también la rotulación sea un elemento narrativo y atmosférico en estos libros: la compacta rotulación mecánica, con mucho cuerpo, como si fuera negrita, de Yo, mentiroso, refuerza la saturación de las páginas y se convierte en otro elemento más en la maraña de información que enreda a los lectores. Por su parte, Magius emplea su característica rotulación manual, de línea más fina, lo cual confiere a la página un cierto aspecto artesanal, más ligero e inmediato. Sumado al hecho de que no hay tantos textos como en Yo, mentiroso —hay más páginas sin ellos, además—, se logra que los bocadillos no interfieran en la lectura más ágil que busca Magius, ni tampoco nos obligue a detenernos demasiado si no lo deseamos. El ojo se cansa menos y eso aligera el malestar que provoca toda la basura que estamos presenciando, lo cual abre la puerta a la mirada satírica.

Pero hay otra cuestión en la que coinciden ambos cómics, que me ha resultado de gran interés. Hablo del uso de la fotografía como soporte directo para elaborar los dibujos. El régimen de la imagen fotográfica es muy diferente al de la imagen dibujada; aunque lo digital esté provocando quiebras en ese régimen, como desarrolla, por ejemplo, Joan Fontcuberta en La furia de las imágenes (Galaxias Gutemberg, 2020), lo cierto es que la fotografía conserva aún su valor como índice de la realidad, el «esto ha sido» que conceptualizó Roland Barthes. Por eso, cuando vemos una imagen fotográfica empleada en el contexto de un cómic, de inmediato nos sitúa más cerca de la realidad y de la historia tal y como sucedió, algo que, por supuesto, no es más que otro relato construido a posteriori, pero así opera nuestro cerebro ante la fotografía. Tanto en Primavera para Madrid como en Yo, mentiroso, la fotografía es fácilmente identificable, con matices en cada libro, y la manera en la que aflora y se mezcla con el dibujo nos sumerge en otro plano de realidad. Con una consecuencia similar, hasta cierto punto, al efecto máscara que definió Scott McCloud para referirse al recurso del manga consistente en dibujar escenarios muy realistas con personajes caricaturescos, las figuras humanas de estos libros subrayan su condición de constructo, a pesar de su parecido a personas reales e, incluso, a pesar de que en Primavera para Madrid es evidente el recurso a la referencia fotográfica en muchos casos. El dibujo caricaturesco nos dice: «esto ha sido dibujado (inventado) por la mano del artista»; la fotografía de los escenarios, en cambio, nos dice: «esto ha sucedido en un lugar real». Se trata de un choque entre dos niveles ontológicos que nos provoca una disonancia buscada por los autores, ya que es idónea para el tono entre la ficción y lo documental que manejan ambas obras.

Las diferencias en el tratamiento de la fotografía como recurso gráfico y narrativo resultan igualmente coherentes con las divergencias en las dos obras: Keko usa la fotografía de manera más directa, para dibujar sobre ella los personajes, pero la somete a un tratamiento que la convierte en un dibujo en blanco y negro sucio, con mucho volumen y tramas, que no solo refuerza el abigarramiento de las páginas, sino que también evoca el noir. En Primavera para Madrid, por el contrario, la fotografía está presente de ese modo tan directo solo en algunas viñetas panorámicas que muestran, por ejemplo, las Cuatro Torres del parque empresarial cercano a Plaza de Castilla, pero, normalmente, Magius limpia las fotografías de elementos superfluos y economiza en líneas, de modo que incluso aunque sigamos reconociendo perfectamente los escenarios y conserven su función de atar las tramas a la realidad, también se aleja del nivel máximo de iconicidad que, al contrario de lo que a veces se puede leer, se encuentra en la fotografía, y no al contrario. Una reproducción más directa de las imágenes habría encajado peor con el dibujo más exagerado que Magius emplea en los personajes. En el caso de Keko, aunque su dibujo tampoco pretenda ser fotorrealista —de hecho, hay muchas veces una intención clara de exagerar ciertos rasgos físicos—, tiene muchos más detalles que el de Magius, de modo que sus personajes encajan bien en los fondos fotográficos.

Como puede verse, el análisis comparativo de estas dos excelentes obras confirma, aunque espero que a estas alturas no haga falta hacerlo, que no existen soluciones narrativas más o menos adecuadas per se. Magius y Altarriba/Keko toman caminos diferentes porque tienen intenciones diferentes, pero ambos libros alcanzan sus objetivos de manera clara. Juntos forman un involuntario díptico que levanta acta de la reciente historia política española, con todas sus infamias y vergüenzas, y una evidente falta de confianza en la clase dirigente. Cuando uno termina de leer cada cómic, tiene la misma sensación de desamparo y desaliento, ya que no hay ninguna esperanza a la que agarrarse. Magius, al menos, parece dejar abierta la puerta a la autodestrucción de semejante ralea, siquiera por la vía de la endogamia. Yo, mentiroso, en su tono oscuro y abrasivo, puede ser incluso más pesimista, pues no hay demasiado diferencia entre uno u otro partido que se alternan en el poder. No es casualidad que el único espacio en el que podemos depositar nuestra simpatía sea el romántico asesino artístico que ya protagonizó Yo, asesino, Enrique Rodríguez, de evidente parecido físico con Altarriba. Tal vez sea porque, como decía Makinavaja, en un mundo sin ética, solo nos queda la estética.


2 respuestas a “Primavera para Madrid de Magius frente a Yo, mentiroso de Antonio Altarriba y Keko: dos retratos de la política española

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