La imagen frente a la mirada: un análisis de Bezimena de Nina Bunjevac

En el cómic aún denominado mainstream todavía es frecuente que se den —o se provoquen— polémicas que tienen como centro la existencia de una imagen. Fue el caso de la batalla cultural en torno a una portada de Howard Chaykin para The Divided States of Hysteria en 2018, en la que varias personas no solo exigían la retirada de la imagen, sino que afirmaban que nunca debería haber existido. Hay más ejemplos como este, que evidencian la compleja relación con las imágenes que tenemos. Racionalmente podemos ser conscientes de que la representación de la cosa no es la cosa, pero es obvio que le conferimos un poder a los objetos visuales en el momento en el que nos protegemos de ciertas imágenes o consideramos que la representación de un acto puede ser tan dolorosa como el acto en sí; que hay ciertas realidades que no deben ser representadas. Es una manifestación reciente de un fenómeno antiguo, el de la iconoclasia, que tiene una raíz religiosa de la que W. J. S. Mitchell ha dicho que sería ingenuo pensar que nos hemos desprendido, en su célebre ensayo ¿Qué quieren las imágenes? (Sans Soleil, 2017). Siguiendo sus ideas, existe un pensamiento cada vez más extendido y menos discutido en ciertos ámbitos que acepta como dogma que luchar contra la imagen es la forma de cambiar la realidad: si no se representan realidades deleznables, estas acabarán desapareciendo del mundo. El tema resulta polémico en el mainstream porque, al fin y al cabo, cuenta con un fandom activista que ha interiorizado esas ideas y las defiende como parte de su identidad. Hay determinadas imágenes que les agreden y no las quieren en sus cómics.

Pero existen otros ámbitos en el medio donde el poder de las imágenes no es ignorado, pero tampoco se renuncia a su potencial transformador o cuestionador. Las imágenes incómodas, las imágenes que no pueden mirarse —uno de los nudos gordianos de la historia del arte— son aquellas que pueden alcanzarnos de formas más profundas y menos limadas para encajar en nuestro marco. Nada resulta más estimulante que una imagen que nos interpela, que nos exige y que nos violenta.

Y creo que Nina Bunjevac estaría de acuerdo, a juzgar por el trabajo que ha realizado en Bezimena (Reservoir Books, 2020; traducción de Montse Meneses Vilar). En este libro, todo gira en torno a las imágenes y las representaciones: las que realiza la autora y que nosotros recibimos como lectores, pero también las que observa el protagonista en un cuaderno. Quizás por eso el motivo central del cómic sea el ojo, que nos escruta desde sus páginas. La mirada, en todas sus formas, pero, sobre todo, en la del voyeur, como veremos.

Bezimena tiene una estructura extraña, casi deliberadamente deconstruida y artificiosa, que en la indefinición de sus intenciones juega su mejor baza. Planteada como una secuencia de imágenes a página completa, con el texto destinado a las páginas pares, construye su ritmo con la supresión de las páginas de texto o el intercalado de páginas en negro, que sugieren elipsis temporales. Pero la información que nos llega es suficiente para entender la historia perfectamente en un nivel epidémico, aunque insuficiente para hacerlo en su nivel profundo, de significados ocultos o no necesariamente verbales. Es por ello que sorprende tanto que el relato arranque con unas estampas de época, propias de un cuento clásico: Bezimena, una especie de maga o augur, acaba de tener un trance del que le despierta una sacerdotisa que le informa de que los templos están siendo incendiados, los ídolos profanados: sin mencionarla explícitamente, aquí tenemos ya una cita a la iconoclastia en su sentido religioso original. Bezimena, sin mediar explicación, toma la cabeza de la sacerdotisa y la sumerge en el agua, un elemento que es tanto purificador como portal a otros mundos. Bezimena se presenta como «una adaptación moderna del mito de Artemisa y Sipretes», lo cual resulta una elección muy reveladora por parte de Bunjevac, pues es un mito oscuro, no tan conocido como otros, que evita que una gran parte de sus lectores entiendan que el libro va a girar en torno a la violación; pero si se busca información sobre la historia original, descubriremos que trata sobre un intento de violación de la diosa, que se salda con un castigo al agresor… en forma de transformación en mujer. Es, por tanto, una fábula eminentemente misógina, pero que contiene un potencial de reversión evidente, y que Bunjevac va a aprovechar de una forma tan sorprendente como espinosa.

La sacerdotisa sumergida en el agua será transformada en varón y transportada a otra era, en algún momento y lugar de comienzos del siglo XX, a través de un proceso que, curiosamente, hemos visto empleado, con lógicas diferencias, en otro cómic reciente: La cólera (Astiberri, 2020) de Santiago García y Javier Olivares. Como en este, el viaje a través del agua simboliza un renacimiento, que en el caso de la sacerdotisa es literal, pues se encarna en un niño que va a convertirse en el protagonista de la historia.

Benny crece en una familia sin apuros económicos, y desde niño va a hacer gala de un impulso sexual desmedido e incontrolado. El tono de relato erótico neovictoriano, que juega con los tabúes de su época para manifestar y provocar el deseo está presente desde entonces, mediante evocaciones al bondage y al masoquismo que, por el momento, parecen benignas. La mirada se va adueñando del centro del relato y de la página gradualmente: primero nos interpela desde un plano medio, con el personaje sentado en una clase, como uno más entre sus compañeros. Pero, cuando crece, los ojos nos observan con ansia, primero desde los broches que colecciona, con fotografías o ilustraciones de ojos inquietantes —lo que inquieta es la mirada que se posa, la certeza de que hay una conciencia que nos observa—, y después frontalmente, en un primer plano de su rostro adulto, del que no podemos escapar. Sus ojos nos miran y nos escrutan, pero también nos invitan a entrar, a ver a través de ellos el mundo que percibe Benny. Es un voyeur que espía a niñas y jóvenes desde su puesto como limpiador del zoo, que nos ofrece un lugar de privilegio entre las sombras, junto a él, para observar lo que él observa, pero, también, como él lo observa. Y aquí empieza a ser perturbador, pues Bunjevac, sutilmente, dibuja a una niña que, cual Lolita inconsciente, atrae la mirada de Benny con una pose sugerente en su inocencia.

El juego continúa cuando Benny reconoce a Becky, una antigua compañera de clase que lo obsesionaba y que, en el zoo, le devuelve la mirada. En esa página, Bunjevac sitúa al lector exactamente en el mismo punto en el que está Benny, de forma que vemos a Becky desde su subjetividad y, por lo tanto, su mirada ambigua también se arroja sobre nosotros. Así crece el deseo, como una sensación no del todo agradable, pero que se transforma en un impulso: el mismo que siente Benny. A partir de aquí, pese a que el lector continúa sumergido en la subjetividad del personaje, su ventana a este mundo —su mundo—, la autora nos saca y nos mete de su mirada según convenga. Por ejemplo, en la página que muestra el momento en el que Benny sigue, a cierta distancia, a Becky y su amiga, nuestra posición como lectores es más bien la de alguien que camina junto al voyeur y espía con él, por encima de su hombro.

Los tiempos están perfectamente medidos para que nuestras expectativas crezcan a la par que las del obseso sexual. Y, por supuesto, el estilo de dibujo de Bunjevac resulta clave en el manejo del deseo, pues su realismo ligeramente desviado recrea una carnalidad cercana pero, al mismo tiempo, extraña; su riqueza de texturas y detalles refuerza esa sensación. Sus cuerpos pesan y sus miradas transmiten una vida real. Su estilo recuerda en buena medida a maestros de la tinta como Joe Sacco pero, sobre todo, Robert Crumb en su faceta más realista, aunque quizás sea porque ella excava en los mismos referentes que él. Por eso, por momentos, Bezimena puede recordar a ciertos grabados victorianos de corte erótico, en el hieratismo de sus figuras, pero también en una explicitud casi ingenua.

Quizás buscando esos efectos, Bunjevac escogió representar las escenas de sexo desde cierta distancia: son los únicos momentos en los que nuestra mirada se enajena de la de Benny, y lo vemos todo casi completamente  desde fuera. Y subrayo el casi, porque será clave, como veremos. En esas escenas, se repite un patrón que sigue la lógica de dominación y sumisión propia del BDSM: Benny ata a las mujeres, pero los encuentros sexuales tienen algo de juego en el que la sumisa disfruta de su posición. Es especialmente evidente en la secuencia en la que aborda con rudeza a la criada, a la que ata y azota, lo cual le genera un evidente placer a ella.

Pero hay otra cuestión relacionada con el tipo de representación y el código del dibujo que me resulta clave. En Bezimena hay al menos otros dos niveles representacionales y ontológicos: el que pertenece a los dibujos del cuaderno que, supuestamente, Becky deja atrás para guiar los pasos de Benny; y el que corresponde a los sueños y visiones de este. En ambos, casos, Bunjevac utiliza exactamente el mismo estilo y, por tanto, dota a esas realidades de idéntica veracidad y fisicidad. De hecho, lo que Benny hace es ejecutar lo que ve en los dibujos, hacer realidad algo que, significativamente, es una profecía expresada a través de imágenes; o lo que es lo mismo: una representación que antecede a la existencia de su referente. En lo que respecta a sus visiones, que evocan motivos clásicos —quizá por conectar, de manera lejana, con el origen de la historia—, perturban porque, representadas con el mismo nivel de detalle, resultan especialmente extrañas, sobre todo cuando, de nuevo a través de un plano cerrado sobre el ojo del protagonista, se nos sumerge en una larga escena alegórica que termina con un velo de tinta negra, —luego sabremos que representa sangre— que sucede a una masturbación de una vagina minuciosamente detallada y que alcanza cierta cualidad monstruosa.

Pero lo que dota de sentido a todo el juego de miradas y puntos de vista es el final de Bezimena, en el que descubrimos que la libreta de dibujos está llena de bocetos infantiles y que, en realidad, lo que ha hecho Benny es violar y asesinar a tres niñas. Es entonces cuando somos conscientes de que todo lo que hemos presenciado era una fantasía producto de una mente trastornada y psicópata, una realidad imaginada en la que Benny creía estar viviendo una glamourosa pornografía. Cuando se da cuenta de la terrible realidad, no lo soporta y decide ahorcarse en la celda de la cárcel a la que lo han enviado; ese es el momento en el que el relato vuelve a la sacerdotisa del pasado que se vio reencarnada en el criminal. Como ella, nosotros hemos experimentado en nuestra propia carne y como si fuera real una historia que, dentro de sí, encerraba otra mucho más terrible y nunca representada. Lo no visto alcanza, así, una categoría abstracta e inefable,y resulta especialmente traumático porque no solo no ha sido vista directamente, sino porque ha sido desplezado por un simulacro, por algo que nos ha provocado excitación y disfrute. Mientras nosotros nos deleitábamos, tres niñas morían.

¿Cuál es la intención de Nina Bunjevac, qué significados encierra Bezimena? Dado que ahora estoy bastante sumergido en el estudio del giro icónico, no puedo evitar tener cautela ante la necesidad de enunciar significados emanados de estas imágenes. Pero, por otro lado, conviene tener en cuenta que el cómic no responde solo al código de los objetos visuales, y que, en este libro, hay además de un relato un texto que cierra la obra a modo de epílogo. En él, lo que hemos leído previamente adquiere una nueva luz, pues Bunjevac cuenta sus propias experiencias de abuso e intentos de violación, en el contexto violento previo a la guerra de Yugoslavia de los años noventa, pero también después. A tenor de esta revelación directa, resulta imposible no reevaluar lo que hemos leído e interpretarlo en clave de denuncia, pero, en realidad, si reflexionamos con calma comprobaremos que los significados no se han cerrado del todo. Por ejemplo: ¿para qué le hace vivir todo eso a la sacerdotisa Bezimena? Pero también: ¿está diciendo la autora con su historia que detrás de cada ficción pornográfica se esconde un abuso? ¿Puede una obra que se recrea así en las imágenes eróticas tener por objetivo la denuncia de esas mismas imágenes? Desde luego, lo que sí consigue es incomodarnos, cuestionar nuestras posiciones y proyectar nuestra empatía en diferentes sujetos, según avanza la lectura, sin miedo a retorcer nuestra mirada y agredirnos con sus imágenes.

Y un último apunte: todo ello se logra con un libro breve, a razón de una viñeta por página y con poco texto, lo que evidencia, una vez más, que la extensión de un cómic no tiene nada que ver con su densidad y con la complejidad de sus mensajes.


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