Tierra de fanzines XII

Últimamente estoy que no paro y no me queda demasiado tiempo para este blog, aunque sigue siendo un espacio en el que pienso y para el que tengo ideas que, cuando se pueda, iré materializando. Hoy quiero retomar esta sección anárquica sobre fanzines  para hablar de algunos de los que he podido leer en 2020, un año complicado para la autoedición, sin ferias ni encuentros, que son los lugares donde resulta más probable encontrar cosas nuevas. Sin embargo, eso no significa que no haya seguido habiendo mucho movimiento. Gracias a los propios espacios de venta online de los autores, y, por supuesto, a la incombustible librería Fatbottom de Barcelona y su excelente web, he podido seguir conectado a este sector de auto y microedición que tantas alegrías me da. Vamos, sin más vueltas, con un repaso a algunos de los títulos más interesantes de lo leído en los últimos meses. Aviso que habrá más posts en el futuro, que tampoco es cuestión de escribir diez mil palabras de una tacada.

La villa luminosa es un proyecto muy original publicado por la Junta de Extremadura —otro día debería hablar de todo el cómic que se produce en esta comunidad autónoma con ayudas institucionales—, con obra de Ana Galvañ, Pepa Prieto Puy y Oriol Segarra, María Ramos y Elisa Victoria. Todas las piezas incluidas giran en torno a Chabel, una muñeca articulada producida en España, que intentó enfrentarse a Barbie en los años 80. Mi recuerdo de Chabel se reduce a los anuncios televisivos, entre los cuales estaba el dedicado a su chabolo, una casa de campo con luces que Galvañ reproduce en un póster desplegable en el que, cambiando solo un elemento, logra pervertir el spot y su machacón «¡Chabel, Chabel, qué bien!» —que toda mi generación tiene grabado en su neocórtex— y convertirlo en un cuento inquietante y retorcido. El cómic de Ramos se centra en el consumismo inherente a todo el mundo que recreaban estos juguetes, mientras que Prieto Puy y Segarra cuenta una historia de malos tratos y venganzas entre Chabel y su novio, que se revela como un perverso juego de una niña. Son tres historietas excelentes, bien apoyadas por los textos de Elisa Victoria, entre la nostalgia agridulce y la autoficción, todo ello agrupado en un bonito cuaderno de anillas. Es, sin duda, una de las obras más interesantes de las que se publicaron en 2020 en lo que a cómic experimental respecta.

Conocí en profundidad la obra de Yeyei Gómez gracias a la exposición Cómic 20, que comisarié en 2018 para Injuve. Gómez fue beneficiaria de una de las ayudas a la creación más recientes, con la que produjo Naufragio Universal (Naufragio Ediciones, 2017). Desde entonces, intento seguir todo lo que hace, porque la considero una de las ilustradoras y dibujantes políticas más interesantes que hay en España. En 2019 se autopublicó un proyecto muy diferente, pero maravilloso: Cuaderno de clase. Se trata de su Trabajo de Fin de Máster del Máster de Formación de Profesorado de la UAM, consistente en un cuaderno de actividades listo para ser trabajado e intervenido por el alumnado, con el fin de desarrollar su creatividad pero, también, su pensamiento crítico, centrado en el cambio climático. Me ha encantado esta propuesta que incluye la realización de mapas visuales, el recorte de prensa, el dibujo de viñetas y personajes… Me parece una herramienta muy útil para trabajar en el aula, animada por un espíritu de libertad que está en la base del propio medio del cómic: «TODO SE PUEDE DIBUJAR. Lo que existe, lo que no, lo real, y lo imaginado. Haz tus dibujos sin miedo. Déjate llevar por tu imaginación, el dibujo es el instrumento ideal para transmitir información e ideas, y expresar sentimientos y emociones».

Y ya que hablamos de un TFM, me acerco ahora al nuevo fanzine de una autora a la que conocí por el suyo: Andrea Galaxina es la responsable del sello Bombas para desayunar y autora de ¡Puedo decir lo que quiera! ¡Puedo hacer lo que quiera!, un libro que presenta una genealogía de fanzines hechos por mujeres que creo que es una referencia ineludible para cualquiera que se acerque al tema. Recientemente, ha publicado un fanzine que lleva por título Chelo García-Cortés. Appreciation Zine y que me ha volado la cabeza. Es una especie de tributo a una de las colaboradoras habituales de Sálvame, el programa de Telecinco. Se trata de un ámbito que no me podría resultar más ajeno ni interesarme menos, pero, sin embargo, el fanzine es caso aparte. Y resulta que este cuaderno no solo es muy divertido, sino que supone un acercamiento a ese mundo limpio de la agotadora —y agotada— ironía posmoderna con la que mucha gente dice que le «gustan» —guiño, guiño— este tipo de programas. Galaxina es fan sincera de García-Cortés, y le dedica textos sentidos, pero también un test para que podamos saber hasta qué punto somos fans, un coloreable, una galería de cosplays de la susodicha… Un artefacto inclasificable que se ha convertido, con toda seguridad, en el fanzine más vendido de 2020.

Corre corre que te pillo ha sido uno de mis descubrimientos de 2020: no conocía a Carmen B. Mikelarena, pero su fanzine, cuidadosamente editado, me ha sorprendido mucho. Se trata de una historia sobre maternidad, que presenta una idea vista ya otras veces, la clásica carrera de espermatozoides para llevar al óvulo y fecundarlo, pero a la que sabe dotar de otra dimensión, pues con cada espermatozoide se desarrolla una posible vida, un tipo de hijo o hija y cómo se relacionará en su vida. Todo está presentado con mucha distancia irónica, que, no obstante, trasluce todas las preocupaciones propias de una generación abocada a la precariedad, con todas las incertidumbres que eso genera en torno a la descendencia. No deja por ello de ser un cómic muy lúdico —los espermatozoides se presentan como concursantes de First Dates, el presentador es una cigüeña…— y que, formalmente, resulta muy cuidado, en una curiosa síntesis de las composiciones de página más experimentales y diagramáticas y un trazo de inspiración underground, con personajes caricaturescos.

Elías Taño es un fanzinero de la vieja guardia, activista y marcadamente político. Fue el principal impulsor de Arròs Negre, una publicación valenciana muy interesante. Su último trabajo, publicado en 2020, ha sido Dios, patria, fueros y Altsasu, un libelo satírico en la mejor tradición del humor gráfico político, combativo, alegórico y visualmente brillante. Taño abreva en aguas muy variadas, de forma que sus páginas recuerdan tanto al arte africano y americano —por la renuncia a la representación naturalista de las perspectivas— como a David B. —o, tal vez, precisamente por esa influencia común—. Las imágenes de Taño tienen una fuerza expresiva imprescindible en el dibujo político, pues lo visual debe interpelarnos, provocar de forma que los mensajes lleguen. Los tres colores que emplea sirven a este fin, pero también para jugar con los contrastes y, en ausencia de tridimensionalidad convencional, separar los planos. Me gusta mucho cómo todo está contado desde el punto de vista del poder, lo que pone de manifiesto, indirectamente, todas las irregularidades del juicio por la pelea en Altsasu, sobre las que pesa un alarmante silencio mediático. Junto con Primavera para Madrid (Autsaider Cómics, 2020) de Magius y Yo, mentiroso (Norma Editorial, 2020) de Antonio Altarriba y Keko, este fanzine supone la muestra más brillante publicada en 2020 de cómic político y denuncia inteligente de los déficits del sistema.

Grano de pus de Aroha Travé y Rosa Codina es uno de esos fanzines que tendría que haber comprado en GRAF, pero que, por culpa de la pandemia, tuve que comprar a través de internet. A pesar de ello, ha sido una de las autopublicaciones más sonadas del año, pues llegaba tras dos trabajos de las autoras co mucha repercusión: Carne de cañón (La Cúpula, 2019) de Travé y Rompepistas (La Cúpula, 2019) de Codina. Esta fusión se hace respetando la autoría individual, ya que el cuadernillo está dividido en dos partes, que comparten sendas historias de autobiografía y costumbrismo punki ambientadas en sus adolescencias, que transcurren entre 1996 y 2006 —porque Codina es unos años menor que Travé—. En solo trece páginas cada una, sintetizan vivencias y experiencias que darían para un par de libros. Travé, con su trazo genuinamente underground y su capacidad para lo grotesco, recupera con humor negro muchos de los hitos del colegio, el instituto y la academia de dibujo. Tiene en común con la parte de Codina que relata su despertar sexual y el descubrimiento de su homosexualidad, aunque esta última le dedica más páginas. Codina tiene un estilo caricaturesco pero muy diferente al de Travé, más limpio, pero también mete caña y refleja un ambiente duro, de nazis bakalas y profesores bestias. De estas dos historias me ha gustado no solo su humor y su capacidad para reírse de ellas mismas, sino también que nos recuerda que este país ha sido muy cafre hasta hace dos días: si nos dicen que lo que se cuenta en Grano de pus sucede en los años 80, nos lo creeríamos por completo.

La incombustible Marta Cartu, una de las artistas más inquietas del panorama de la autoedición, ha publicado un nuevo fanzine en 2020. Tri-at-lón es otro artefacto sorprendete de una autora que no separa forma de contenido y que siempre impregna de discurso el soporte material de sus historias. En este caso, la cubierta de cartulina, con un intenso rojo, se ve sobrepasado por las páginas de su interior, que, con unas immersivas texturas de grises, presentan tres peripecias deportivas, protagonizadas por mujeres: una patinadora, una arquera y una corredora que, de una forma u otra, fracasan. Cartu extrae la poética de esos fracasos y reflexiona, sin subrayados, sobre su ética y sobre la competitividad, con la naturaleza de fondo, con esas flores fascinantes que enmarcan el relato. Cada fanzine de Marta Cartu es diferente al anterior, y eso es, quizás, lo mejor de su obra: que nunca sabemos qué nos depara.

Lo mismo podríamos decir de María Medem, otra prolífica autora, más conocida por el público gracias al éxito de Cénit (Apa Apa, 2018), pero que sigue moviéndose en el circuito de la autoedicion o las ediciones con sellos como Último mono, que fue a través del cual la autora publicó Tregua en 2019, aunque yo he podido leerlo hace poco. Tregua es una de sus historias menos abstractas, pero no por ello es menos poética: la potencia de sus colores tan característicos y únicos, brillan en la recreación del patio, como espacio nocturno y veraniego, escenario de descubrimientos juveniles e intensidades sin igual. Las dos protagonistas viven una noche de rito iniciático, de magia especial y tiempo detenido, en su carrera precipitada por los espacios puros que refleja Medem. Fantásticamente escrito, este cómic sumerge al lector en una mar sensorial y tiene esa rara cualidad de seguir con él cuando cierra su última página.

Cynthia Alfonso y Óscar Raña son dos de los referentes del cómic experimental en España: se lo han ganado a pulso. Cuando suman fuerzas, además, los resultados suelen ser espectaculares. Sopapo (Último mono, 2020) es un fanzine de gran formato, risografiado, en el que los dos talentos chocan y se confunden en una explosión en una persecución, una especie de misión de rescate en la que, como muchas veces pasa en este tipo de cómics experimentales, todo parece centrado en la peripecia física, y sus implicaciones de significado se sitúan en un plano muy ambiguo. Las composiciones más sobrias de Alfonso, que busca el equilibrio mediante formas más ortodoxas, repeticiones y espacios vacíos, se entremezclan con el caos sinuoso de las líneas curvas de Raña, que tiende al horror vacui y a romper, precisamente, los equilibrios. Entre transmutaciones y sorpresas como la existencia de dos desplegables en las páginas centrales —que prolongan y dotan de tres dimensiones la mirada del protagonista—, avanzamos por una experiencia sensorial que alcanza el paroxismo en un estallido de figuras, formas y colores. Hay, además, una cierta cualidad melancólica en esos colores desgastados que consigue la risografía, que impregna toda la experiencia. Sopapo es, quizás, el mejor cómic abstracto que he leído en 2020 —y he leído bastantes.

Amorcito 1 (2020), coordinado por Luis Yang, contiene cómics cortos inspirado en el shojo manga, de Paula Puiupo, Anabel Colazo, Pa Luis, Milo López y el propio Yang. Todos giran en torno a encuentros sentimentales de algún tipo: Colazo, por ejemplo, cuenta una historia en la que los protagonistas se encuentran en un tren, jugando cada uno con su consola portátil, hasta que surge la chispa; Yang, sin embargo, narra una triste relación de dos amigas que acaban alejándose. Todas las historias son interesantes, pero, a nivel gráfico, me ha sorprendido mucho la experimentalidad de Puiupo que tira de diversos recursos, incluyendo la fotografía, para contar un enamoramiento distante, un poco perturbador.

My Name Is Greg esconde, bajo ese nombre de telecomedia yanqui, un montón de material de Andy Heck Boyd, un artista multidisciplinar con un acercamiento al cómic y la ilustración muy radical. Este fanzine, editado por Joaquín Guirao en su sello El Neu Cartooning, es una maravillosa colección de actos de libertad subversiva. Nonsense, ejercicios de dibujo automático, cómics improvisados e inacabados, collages y apropiacionismo —la portada, sin ir más lejos, es un dibujo de Archie intervenido—. La coctelera de referencias pop, la cercanía al art brut mezclado con dibujos sorprendentemente académicos y la capacidad para sorprender en cada página me ha recordado al trabajo de Nacho García: le anima el mismo espíritu ácrata, pero con una personalidad propia.

Natalia Velarde ha sido otro descubrimiento reciente, que le debo a las sesiones de club de lectura que hacemos en ACDCómic y a mi compañero en esta asociación Ander Luque. De esta autora ha podido leer Naguará (2020), un recopilatorio autoeditado en su sello Tarde y Triste Ediciones que incluye cinco historias cortas, publicadas en diversos sitios. La potencia gráfica de Velarde es apabullante: cada historia tiene sus propios códigos y una estrategia narrativa diferente. «Tío Cosa. Sobre el sentido de pertenencia», por ejemplo, utiliza fotografías a modo de collages y tintas metálicas para, partiendo del personaje de La familia Adams, realizar una reflexión íntima sobre el lugar que se ocupa y la relación con su perro. Esta forma de practicar la autobiografía o lo confesional desde una poética propia, no siempre abiertamente comprensible, parece estar de un modo u otro en todas las historias, aunque, en algunas de ellas, hay también un concepto alegórico, casi fabulado. Es así en «Bagheeta», en la que cuenta con el guion de «Elchinodepelocrespo», un pieza de trazos expresivos muy rotundos, y un color no realista que me ha recordado a las paletas que suele emplear Martín López Lam. La última historia que se incluye, de tan solo cuatro páginas, fue ganadora del 36.º Concurso de Cómic Ciutat de Cornellà: «Perro chévere», se presenta como lo que parece una conversación simbólica, interna, que se sumerge en las inseguridades y ansiedades propias de una generación que está encadenando una crisis detrás de otra, sin solución aparente. Ha sido, en su sencillez y concreción, mi favorita de una recopilación de notable nivel.

Termino por hoy con varios fanzines de una autora a la que he descubierto en 2020: Amanda García Orozco. Adquirí muchas de sus obras y me ha resultado muy interesante, por la coherencia entre unas y otras, como conformaran un mismo mundo. Se trata de una muy buena dibujante, en la línea de algunas de las últimas corrientes de la joven novela gráfica —veo cosas de Tillie Walden y de Anabel Colazo, por ejemplo—, que parece tener un interés especial en el paisaje, como puede verse en Sobre llorar en público (2019) o en uno de sus bonitos sketchbook (2018), donde encontraremos todo tipo de dibujos con pinturas pastel, entre ellos, unos pequeños paisajes naturales que me han encantado. Los dos fanzines más narrativos se insertan en una ciencia ficción íntima, centrada en las relaciones, que recuerda a las citadas Walden y Colazo. Panteón (sin fecha) se construye en torno a un rescate y a una relación entre dos chicas de las que no sabemos nada, en un entorno desierto, como si los tiempos mejores de ese mundo hubieran pasado ya. Llegaron si avisar (sin fecha) cuenta con elementos mínimos una invasión alienígena elidida, en la que no vemos nada más allá de dos personas que deciden huir. No es un relato de acción, sino, más bien, una reflexión en primera persona de uno de los personajes, envuelta en un halo de misterio y ambigüedad muy interesa para un relato breve del género, que me hace sentir mucha curiosidad por leer algo más largo de García Orozco.

 


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