La espiral, de Aidan Koch

Conocí el trabajo de Aidan Koch (Seattle, 1988) hace unos años, cuando, fiándome de algunas buenas referencias, compré After Nothing Comes (Koyama Press, 2016), un recopilatorio de fanzines experimentales que revelaban la inquietud propia de una artista multidisciplinar que toca la instalación, la animación y, por supuesto, el cómic. Tenía muchas ganas de leer algo nuevo de Koch, así que recibí con alegría e interés la publicación de una obra larga, La espiral (Ediciones Valientes / AIA Editorial, 2020), que es también la primera traducida y publicada en España.

La fusión de dos de los sellos más arriesgados del panorama de la microedición española, Ediciones Valientes —la pequeña editorial de Martín López Lam— y AIA —fundada por Garazi Pascual y Arnau Sanz— ha servido para lanzar este título en una notable edición, que hace justicia y se ajusta perfectamente al espíritu de La espiral. Koch es una autora que por generación e intereses resulta cercana a artistas españolas como Begoña García-Alén o Klari Moreno. Como ellas lleva a la experimentalidad no desde la caricatura, la abstracción o el cómic más convencional, sino desde el dibujo académico, que descompone cuando es necesario y que articula a través de una narración lírica, elíptica y esquiva, que deja mucho espacio a la interpretación del lector. Se trata de la historia de una mujer, artista, que decide marcharse de donde se encuentra, cambiar de vida y de proyectos. Se intuye, además, una historia sentimental, por debajo, que parece motivar sus decisiones, articuladas en el cómic a través de conversaciones fragmentarias y desconcertantes, inconexas entre sí, que permiten atisbar tan solo los posibles problemas que la artista y otros personajes de su círculo han podido tener. A través de estos elementos, Koch plantea —más que reflexiona— diversas sensaciones, en torno a esa situación vital tan frecuente de sentirse fuera de lugar. La protagonista de La espiral parece bloqueada, atrapada —sin dramas, pues la puesta en escena es más bien fría— en una vida que no es la que quiere llevar. Los interludios presentan una suerte de parábola, la descripción de dos ríos, que aluden obviamente a la trayectoria vital de la artista, pero sin caer en simbologías fáciles. Al contrario, mantiene el tono hermético y solo añade una nueva capa de significados esquivos, al tiempo que potencia una atmósfera brumosa persistente, que impregna cada página.

Y lo hace porque Koch adopta una estrategia artística que insiste en subrayar el proceso del dibujo, así como la materialidad de su trabajo artesanal. Las páginas de La espiral muestran con frecuencia tachaduras, anotaciones en los márgenes, manchas de grafito —un material que, inevitablemente, nos va a remitir siempre a la mano que dibuja de un modo más directo que la tinta—, textos borrados sobre los que se ha escrito otros, los definitivos. La reproducción directa de los originales sucios nos abre la puerta a otras posibilidades, a otras historias que Koch podría haber contado, que fueron descartadas, por diversos motivos, hasta llegar a las que vemos, que conforman un espacio blando, incierto, con la textura de los sueños.

El color es un elemento decisivo, y de lo más interesante de un cómic que se siente como un viaje íntimo: acrílico, guache, acuarela y lápices de colores se entremezclan con diversos efectos, siempre huyendo del realismo. Son toques enfáticos que no ocupan todo el espacio, que es propiedad, mayoritariamente, del blanco de la página. Los paisajes tienden a la abstracción, construidos casi siempre desde la mancha de color, mientras que las personas se dibujan partiendo de ese academicismo que mencionaba antes: casi como dibujos del natural, con especial cuidado en las expresiones faciales, pero, al mismo tiempo, inacabados, abiertos. Koch evita dibujar todos los elementos del dibujo, lo que refueza aún más esa atmósfera liviana, pero también la ambigüedad del relato, pues los espacios dejan de ser lugares reales, sino, más bien, espacios simbólicos, que valen en tanto que están habitados. Sin figuras humanas, todas las estancias serían iguales.

La lectura de La espiral deja una sensación intencionadamente desconcertante, porque no resuelve todas las preguntas que plantea. Es un viaje onírico, que genera inquietud y en el que podremos vernos reflejados sin aludir directamente a ninguna situación concreta, o precisamente por eso. Aidan Koch es una autora brillante, magnífica dibujante, que concibe el cómic como un campo abierto a la experimentación, a la que llega sin prejuicios y ni siquiera con vocación rupturista, porque sus referentes y su bagaje son otros. Espero que este libro sirva para que muchos lectores españoles interesados en este tipo de cómic puedan descubrirla.


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