Heimat. Lejos de mi hogar de Nora Krug

Como tantas otras palabras de esa lengua fascinante que es el alemán Heimat no tiene una traducción directa al castellano. No es, desde luego, patria, por mucho que se empeñe el traductor de Google. En su libro, Nora Krug cita unas palabras de su padre, que habla de la Heimat como «un espacio pequeño y definido en el que te sientes cómodo».

Tras leer Heimat. Lejos de mi hogar (Salamandra Graphic, 2020; traducción de Esther Cruz Santaella), creo que la Heimat es algo más que un lugar: es un concepto mental y emocional, no tanto un hogar como un lugar ancestral al que uno puede regresar y sentirse completo. Pero, en realidad, Heimat es mucho más que una exploración de esa idea. Es un libro poliédrico que aborda varios temas, con estrategias complejas pero perfectamente sincronizadas. Para mí, es uno de los grandes cómics de los últimos años, sobre todo porque es una obra genuinamente original, que abre nuevos caminos que otros podrán recorrer luego. Nora Krug, que se dedica esencialmente a la ilustración, no sintió la necesidad de apegarse a las formas tradicionales del cómic. Porque, en realidad, no estaba haciendo un cómic, sino una obra. Y los debates esencialistas se los dejaba a otros.

La autora ha lidiado con una cierta culpa coletiva, muy estudiada, compartida por las generaciones posteriores a la que vivió la Segunda Guerra Mundial. Agravado por el hecho de que vive en Estados Unidos y que se casó con un judío, este sentimiento ha incomodado a la autora toda su vida, como describe en el libro, que no evita espinas históricas como los reveladores silencios alrededor de ciertas cuestiones tanto en su familia como en la sociedad alemana. No debe ser fácil asimilar la historia familiar cuando incluye nazis. Pero, en realidad, Heimat relata la investigación de Krug en torno a dos familiares que nunca llegó a conocer: su tío Franz-Karl y su abuelo Willi, hermano y padre de su padre respectivamente. El primero murió en el frente siendo muy joven; el segundo murió de viejo, pero dejó la incógnita de si fue simpatizante del partido nazi. La relación espectral entre Franz-Karl y su hermano menor, nacido después de la guerra, recuerda, no por casualidad, a la que se establece entre Art Spiegelman y su hermano Richiu en Maus, subrayada aquí por el hecho de que los padres decidieron ponerle el mismo nombre a su segundo hijo. El «Franz-Karl grande» era el hijo ideal, hasta el punto de atribuirle anécdotas de el «Franz-Karl pequeño», que resulta así invisibilizado.

Como forma de intentar purgar esa culpa heredada que siente, Krug inicia una investigación en varios niveles, pero cuyo centro es el viaje de regreso a la tierra de su familia, la ciudad de Külsheim. Se entrevista con sus propios parientes y con sus antiguos vecinos, acude a archivos, rebusca en tiendas especializadas en antigüedades de la época y navega por foros de fanáticos de la Segunda Guerra Mundial, algunos de ellos obviamente fascinados por la estética del Tercer Reich. Krug sigue, por tanto, un método que mezcla estrategias del periodismo con las de la historia del presente —aunque, convencionalmente, se entienda que el ámbito de estudio de esta arranca tras la Segunda Guerra Mundial—. Todo el proceso se presenta de forma inmediata al lector, sin juzgar o aportar más información cuando los documentos o las declaraciones pueden hablar por sí mismas, y centrándose, más bien, en sus propias dudas y en su proceso personal, que es tan importante como la propia investigación en sí, o, quizás, más aún. Porque, al fin y al cabo, lo que descubra en el camino no puede ya afectar a unas personas muertas hace mucho, pero sí puede marcar una diferencia en su visión de la historia familiar y en la gestión de esa culpa que la llevaba, incluso, a disimular el acento cuando hablaba con estadounidenses. Es un acierto, en esa estrategia, el uso del tiempo verbal del presente simple de indicativo, habitual en muchos practicantes del Nuevo Periodismo, y que permite que se mantenga la ilusión de que acompañamos a Krug en cada paso que da, como si estuviera teniendo lugar en el mismo momento en el que nosotros lo leemos, y no meses más tarde, cuando ella realice las páginas del libro. Así, cuando encuentre algún documento de archivo clave en su investigación, lo reproducirá tal cual, sin anticipar su contenido, para que lo leamos al mismo tiempo que ella.

Este tipo de estrategias pueden recordar al mayor referente del cómic periodístico de la actualidad, Joe Sacco, pero hay dos diferencias sustanciales que hace que podamos argumentar que Krug supone una verdadera innovación. La primera es que, al contrario que el maltés, ella no aparece representada en ningún momento. Su presencia es literaria, como una voz que nos guía por el libro, aunque constantemente hace alusión a sus sentimientos, a cómo evoluciona su culpa. Esto es importante porque es lo que nos permite empatizar. Los demás personajes son como espectros del pasado, personas congeladas en fotografías. Es con la autora y su búsqueda con la que nos podemos identificar. La segunda cuestión es, también, formal: la sofisticada mezcla de textos, fotografías, documentos, páginas de cómic puro y memorabilia de la Segunda Guerra Mundial hace que Heimat no solo sea único en su especie, sino que juegue constantemente con las respuestas emocionales que cada código provoca. Un documento de archivo no dice nada en un primer momento; necesita de una lectura atenta y, además, suele estar escrito en un lenguaje frío y corporativo. Una fotografía, por el contrario, supone un golpe inmediato, una primera impresión imborrable que luego será enriquecida con los textos y otros documentos. Su estilo literario, además, es muy interesante: preciso y cuidadoso en el uso de las palabras, pulido de sentimentalismo, pero cuyas descripciones de sus emociones llegan más lejos de lo que podría llegar cualquier truco del oficio. El texto es el espacio de lo articulado y de la reflexión pausada, pero también de lo objetivo, de la prueba escrita, del documento encontrado. Krug no aporta ni una palabra de más, y deja siempre mucho espacio al lector. No remata con conclusiones de tipo moral ninguna descripción de los hechos; solo lo que implican para ella. Es, vamos a decirlo claro, un texto verdaderamente adulto, que no necesita subrayar que el horror estuvo mal.

La imagen, en cambio, es el terreno de lo emocional, del golpe a nuestra conciencia, de lo abierto a interpretación. Krug invierte en parte esa condición de la fotografía como «prueba de verdad» y la sitúa en una posición mucho más ambigua. Sin ningún tipo de contexto, las fotografías que nos muestra al comienzo del libro no nos dicen nada concreto de las personas que aparecen; transmiten, más bien, una información general de la época, y nos sitúan espacial y temporalmente. Cuando profundiza en su búsqueda, Krug se vuelve consciente de que esas fotografías, por sí solas, no demuestran todo lo que ella está buscando. Por ejemplo, ciertas imágenes de su abuelo Willi evidencian que fue afilado del partido nazi, pero ¿cómo saber si lo fue de buen grado u obligado por las circunstancias? Krug incluso llega a verbalizar sus dudas: «Las fotografías de Willi, su uniforme, su libro de pagas y su librito de postales de Flandes revelaban algunos hechos de su vida, pero poca cosa sobre sus sentimientos».

El uso de la fotografía en Heimat merece un análisis aparte, pero daré aquí un buen ejemplo de alguna de las estrategias de Krug. Además de jugar constantemente con el punctum barthesiano de las fotografías, en determinados momentos manifiesta la lejanía emocional que siente ante la persona representa —y que no nosotros sentimos con ella— a través de la manipulación de esa imagen. Así, la fotografía de su abuelo aparece en determinado momento tapada, porque está explicando que no sabía qué clase de hombre fue: nos niega su rostro porque no puede asociar una personalidad a este. Es la forma gráfica de representar ese vacío. Sin embargo, en la página siguiente, aparecen tres fragmentos recortados del rostro de su abuelo, desordenados, porque el trabajo de Krug será, precisamente, juntar las piezas y descubrir quién fue realmente, y si fue un nazi convencido o no. El rostro completo no aparecerá hasta más adelante, cuando Krug tenga ya una respuesta satisfactoria a la pregunta que motiva el libro. Será entonces cuando los ojos de Willi nos interpelen desde el pasado y, ahora sí, la fotografía nos conmueva.

¿Dónde queda, entonces, el cómic? Las páginas de cómic más convencionales utilizan el estilo ilustrativo alejado del naturalismo de Krug, que remite, más bien, a grabados, aucas y otras formas artísticas anteriores a la historieta. Esto genera un cierto sentido de irrealidad, que encaja perfectamente con el uso que la autora suele dar a estas páginas: imaginar y especular cómo podrían haber sucedido ciertas cosas. A veces, incluso, la misma página muestra diferentes opciones. Allí donde no llega la imagen fotográfica ni el testimonio oral, el cómic es el lenguaje perfecto para lo subjetivo, lo imaginado y lo posible, porque su propia naturaleza nos transmite ya su condición de recreación interpretativa.

Krug lo sabe, y por eso lo emplea en esos términos. A decir verdad, la mezcla de recursos funciona de manera tan orgánica que cuesta creer que Heimat sea el primer libro en esta clave que realiza la autora. Y, además, sin apenas referentes. Krug no es una gran lectora de cómics, y aunque había leído algunos que tienen puntos en común con su trabajo, no imita sus fórmulas. En lugar de eso, creo una forma nueva y única, que se traduce en un libro atractivo y absorbente —en cuya edición española, por cierto, Sergi Puyol hace un excelente trabajo de adaptación— que, como decía al principio creo que abrirá interesantes caminos en un campo que ya se ha convertido en uno de los más frecuentados en la novela gráfica contemporánea, el de la memoria histórica y familiar, hasta el punto de que ha acabado por generar sus propios clichés y recursos más o menos estandarizados. Heimat demuestra que aún hay mucho que decir sobre esto, y mucho camino por recorrer. Pero más allá de todo esto, supone una de las aproximaciones recientes más interesantes a la sociedad alemana post Segunda Guerra Mundial, sus traumas y la gestión de la tremenda herida que el ascenso del nazismo dejó en ella. Solo a través del conocimiento y la aceptación de la verdad se podrá llegar a una cierta paz. Algo que el olvido de la historia nunca podrá alcanzar.

Para profundizar en Heimat, recomiendo el encuentro que tuve la suerte de moderar con Nora Krug en el marco de la FIL de Guadalajara (en inglés).


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