La transición y la libertad de expresión

Ya han pasado casi cinco meses desde el lanzamiento de La satírica transición. Revistas de humor político en España (1975-1982), y la verdad es que no podría estar más contento del recibimiento que se le ha dado. Las ventas van bien, según me dicen desde la editorial, Marcial Pons, y han sido muchos los medios que se han interesado por mi trabajo, por lo cual solo puedo tener palabras de agradecimiento. Sin embargo, hay una cuestión recurrente que me ha hecho pensar que podría ser interesante publicar esta reflexión o aclaración. En muchas de las entrevistas que me han hecho ha acabado formulándose la pregunta «¿había en la transición más libertad de expresión que ahora?». En algunos casos los periodistas la formulaban porque sabían que es de interés para el público, aunque, intuyo, conocían la respuesta. En otros medios, habitualmente los conservadores, se le daba mucha importancia a esto, con intenciones obvias. En todas las ocasiones, mi respuesta siempre fue la misma: no, rotundamente no. No había más libertad de expresión durante la transición que ahora. Pero ni por asomo. Y ahora viene la respuesta larga, que creo que puede ser interesante dar aquí, en mi blog, por si más personas creen que durante los años setenta hubo en España una edad de oro del decir lo que a uno le saliera de las gónadas.

La libertad de expresión es un derecho regulado por la legislación. Para poder concluir que en una cierta época había más libertad de expresión que en otra, se debe acudir al marco legal, por tanto. Hasta bien entrado el año 1977, aún estaba vigente el tristemente célebre artículo 2 de la Ley de Prensa de 1966. Este artículo preveía sanciones administrativas —multas económicas o cierres, tanto temporales como permanentes— para las publicaciones de prensa que faltaran al «respeto a la verdad y a la moral» y a las instituciones, entre otras cosas. Los chistes sobre el ejército o la Iglesia, el uso de lenguaje soez, la exposición de demasiados centímetros de carne o las alusiones al sexo fueron motivo de varias decenas de sanciones hasta ese año. Y a eso hay que sumar los procesos judiciales, ya que en la vía administrativa no se agotaba la persecución a la prensa. En lo que respecta a las revistas satíricas, Por Favor sufrió cinco secuestros de números solo en ese 1977: en 1978, El Papus informaba de que había sufrido veintisiete secuestros hasta entonces. Ambas padecieron también un cierre de cuatro meses en diferentes momentos, y Mata Ratos fue cerrada definitivamente en 1977. Ivà sufrió arresto domiciliario, Ja se salvó de una condena de cárcel gracias a una amnistía y Forges se enfrentó a un tribunal militar. Después de la derogación del artículo 2, el margen de libertad se amplió, indudablemente, pero las revistas todavía sufrieron innumerables secuestros, y muchos autores continuaron yendo a los tribunales a explicar sus viñetas a los jueces. Aún en 1984, José Luis Martín fue a juicio por su personaje, Dios.

Plantear que en este escenario había mayor libertad de expresión que en el actual porque podemos ver viñetas que resultan muy agresivas para nuestra sensibilidad actual no tiene sentido, y responde a una visión equivocada del asunto, en mi opinión. Primero, porque no son los chistes que hoy nos parece misóginos, racistas y homófobos los que provocaban las sanciones o la censura; segundo, porque aquellos autores no se pasaban de la raya con ciertas viñetas porque hubiera mayor libertad de expresión, sino, precisamente, porque no la había: es decir, porque existía una «raya» que sobrepasar. Pero si viñetas como la siguiente de Chumy Chúmez en Hermano Lobo nos parecen hoy inaceptables —«esa viñeta hoy no se podría publicar»— no se debe a que ahora haya menos libertad de expresión que entonces, sino a que la sociedad española ha cambiado muchísimo desde los años 70 y hoy existe una sensibilización contra la violencia machista que hace que, para la inmensa mayoría de españoles, ese chiste ya no tenga ninguna gracia. Y, por tanto, deje de tener sentido como tal.

Esto es aplicable a muchos otros temas que aparecen con frecuencia en las páginas de las revistas satíricas de la transición y que no provocaban ninguna alarma entre el público las autoridades, por la sencilla razón de que, en el contexto sociocultural del momento, eran aceptables. Pero otros contenidos sí provocaban duras sanciones y condenas judiciales, como ya he dicho.

Es un lugar común que cada generación considere que las cosas están peor que cuando ellos eran jóvenes. En España, además, toda esta cuestión de la mayor o menor libertad se ha usado torticeramente con fines políticos, en muchos casos en boca de pimpollos que no vivieron la transición ni la han estudiado en profundidad. La idea de que hoy existe una «dictadura de lo políticamente correcto» o un «puritanismo progre», que «ya no se puede hacer humor de nada, todo ofende» pueden ser discutibles, allá cada cual, pero querer equiparar eso —o plantear que la situación es incluso peor— a una época en la que había un marco legal censor que actuaba desde el poder para eliminar determinadas obras —me centro en las revistas de humor, pero, por supuesto, es extensible a cualquier otra manifestación cultural— no tiene ni pies ni cabeza y solo responde a la falta de conocimiento o a la mala intención.

Que hoy la gente pueda opinar en foros públicos sobre un chiste y decir que no le ha gustado no es equiparable a una censura institucional: en todo caso, que todo el mundo pueda opinar significa que existe más libertad de expresión. Ni siquiera es comparable a que una empresa privada regule los contenidos que pueden compartirse en su red social, por reprobable que me parezca esto. Ojo: no estoy diciendo que no existan hoy dinámicas muy preocupantes. Los tribunales siguen condenando a artistas por el contenido de sus obras… pero, significativamente, suele ser por cuestiones que ya en la transición implicaban condenas —criticar al rey, atacar a la Iglesia, a las fuerzas de seguridad del estado, etc. También significativamente, a la gente que suele hablar de dictadura de lo políticamente correcto no suelen parecerle mal que metan en la cárcel a un rapero o a un artista conceptual. En fin, cosas curiosas.

Pero tampoco soy partidario del negacionismo: me parece innegable que existen, en la izquierda, tentaciones censoras que deberíamos quitarnos de encima. Existe una cierta tendencia a restarles importancia, pero no hablo solo de boicots, acosos y otras conductas colectivas en redes que, creo, aún no están tan desarrolladas en España como en EE. UU., sino también de determinadas decisiones institucionales: no veo, en puridad, una gran diferencia entre la cancelación del concierto de Def con Dos por parte del ayuntamiento de Madrid y la cancelación de la actuación de C. Tangana por parte del ayuntamiento de Bilbao, ambas en 2019.

No es mi intención profundizar en esto ahora. Así que termino diciendo que la defensa de la libertad de expresión es un ejercicio muy complicado. Resulta fácil defender las ideas que compartimos, pero no lo es en absoluto cuando se trata de defender la libertad de difundir discursos o ideas que no nos gustan, o defender a una persona que odiamos. Esa es la gracia del asunto. Lo otro tiene un nombre diferente. Pero además de esa honradez y la constante lucha contra la pulsión inevitable que nos empuja a querer dejar de ver lo que nos agrede o perturba, exige ser riguroso y no tergiversar la historia mezclando churras y merinas. No: la transición española no fue un periodo más libre en ningún sentido. Durante sus primeros años aún se aplicaba el código censor del tardofranquismo y la violencia institucional —y de la «incontrolada» extrema derecha— reprimía todo discurso disidente en la calle. Los dibujantes de sátira no disfrutaban de mayor libertad de expresión que ahora; se la jugaban cuando expresaban ideas contrarias al régimen y a la ultraderecha o reflejaban los valores de su época cuando hacían cosas que, vistas hoy, nos parecen muy brutas. Esas cosas, por cierto, se pueden hacer hoy también, y se hacen. Pero, en realidad, el que añora la supuesta libertad del tardofranquismo o de la transición está añorando un marco restrictivo con las ideas que le disgustan y tolerante con las que comparte. Añora la libertad de decir y hacer ciertas cosas sin que nadie le chiste. Y eso, claro, tiene otro nombre.


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