Demencia 21 de Shintaro Kago

El proceso que ha experimentado Shintaro Kago en el mercado español me parece muy llamativo. Tras deslumbrar con Reproducción por mitosis y otras historias (EDT, 2012) celebrada como una obra maestra, el impacto de sus sucesivos mangas ha ido reduciéndose hasta la aparente irrelevancia. Ya sabemos que es difícil valorar sus ventas sin cifras oficiales —aunque el hecho de que se sigan publicando obras suyas supongo que implica un mínimo de réditos—, pero es evidente que cada vez resulta más difícil encontrar una reseña de una de sus obras, o verlas en las listas de lo mejor del año. Ni sé los motivos ni voy a intentar dar con ellos, aunque, seguramente, el hecho de que conocimos su trabajo en primer lugar a través de sus historias más metalingüísticas y experimentales ha distorsionado un tanto la forma en que vemos el resto. Al final, en perspectiva, nos hemos dado cuenta de que ese tipo de obras son una minoría en su producción, que va, más bien, por otros derroteros.

Sin embargo, las obras que prescinden de esa experimentación tan radical no son precisamente menores. Con lógicas diferencias entre unas y otras, Kago ofrece siempre una sátira de alto nivel, con escatología o sin ella. Y la última de sus obras que he leído me lo confirma: la negrísima Demencia 21 (Ponent Mon, 2020-2021). Publicada en dos tomos de gran formato —más «novela gráfica» que tankôbon, para entendernos—, se trata de un conjunto de historias protagonizadas por Yukie Sakai, una joven y voluntariosa cuidadora de ancianos que en cada relato se enfrentará a un desafío. La premisa ya resulta marciana pero, en manos de Kago, se revela como una estrategia muy retorcida: cada historia ahonda más en la gestión del cuidado a los mayores como un negocio, o, más bien, como si estuviéramos hablando de gestión de residuos: individuos que ya no son productivos y que suponen, a veces, un estorbo para familiares sin escrúpulos que quieren quitárselos de encima, con Yukie intentando evitarlo para cumplir con su trabajo. Otras veces, los ancianos resultan saqueados por sus familias, como le sucede al pobre abuelo que cada Navidad es asaltado por un creciente ejército de nietos que le exigen su correspondiente aguinaldo.

Como suele ser habitual en las historias de Shintaro Kago, la empatía brilla por su ausencia: todos los personajes se mueven por la psicopatía y el egoísmo, y están dispuestos a llegar a todo, sin barreras morales. Y eso incluye a Yukie Sakai, como veremos. Los avances científicos, lejos de redimirnos, sirven para agravar todavía más los problemas o empeorar las vidas de los ancianos. También, claro, para retorcer el grotesco humor negro de un autor que, a estas alturas, ya no tiene necesidad de detenerse ante ningún tabú.

Lo que me resulta interesante de Demencia 21 como sátira social es que se construye basándose en un modelo narrativo al que Kago suele recurrir. Casi todas las historias presentan sistemas que se basan en elementos muy sencillos, que rápidamente acumulan errores y variaciones, usualmente mediante una dinámica de acción y reacción entre fuerzas opuestas, hasta el colapso del propio sistema, que alcanza la entropía. Sin embargo, ese derrumbamiento no tiene mayores consecuencias, porque, en la siguiente historia, todo esta listo para empezar de cero y repetir otra vez la misma mecánica. No se me ocurre mejor estrategia para satirizar el neoliberalismo y su capacidad de llevarnos a una crisis catastrófica tras otra sin que eso dañe su capacidad de reinventarse sin que ninguna alternativa pueda sustituirlo. Y vuelta a empezar.

Eso es lo que vemos en Demencia 21. Por ejemplo, en una de las primeras historias, Yukie es enviada por su empresa, Green Net —por supuesto, el nombre ecofriendly no es casual—, a cuidar a una anciana. Al día siguiente, la cuidadora se encuentra con que ahora las ancianas son tres, para luego ser seis, treinta, y así hasta que el número de ancianos es tan grande que rebosan literalmente la casa en la que están y revientan sus paredes. Las iteraciones de esta premisa son muy variadas y nunca aburren, porque la imaginación de Kago nos lleva por caminos sorprendentes: una anciana con poderes mentales, un superhéroe gigante decrépito, una residencia en la que los cuidadores son zombis que se alimentan de la carne de los propios residentes, y hasta un Papa Noel con demencia senil que lleva armas cada vez más potentes como regalos para mafiosos que se hacen pasar por niños. Todo esto regado con el humor negro y retorcido, hasta desagradable, de Kago, y la mencionada falta absoluta de decencia y moral, que tiene su reflejo en una representación de la realidad que huye deliberadamente de la estetización. Kago no quiere dibujar personas guapas, e incluso ironiza sobre ello, en una de las historias más divertidas: cuando quieren convertir Demencia 21 en un éxito mainstream y deciden lanzar un webtoon, uno de los cambios que exigen a Kago desde su editorial es que erotice a su protagonista y la dibuje de forma más sexy, además de transformarla en cuidadora de otras jovencitas. Por supuesto, sale mal, pero le sirve a Kago para lanzar un venenoso dardo a una industria editorial con una fijación, digamos, discutible con la fetichización de adolescentes.

Pero, por supuesto, la sátira no se detiene ahí, sino que, poco a poco, va desarrollando más aristas. Para empezar, Yukie no cuestiona en ningún momento el sistema en el que trabaja: hace lo que sea necesario para cumplir con su trabajo, cobrar y obtener una buena calificación, que los ancianos que cuida deben dar a través de un aparatito que Yukie lleva consigo. Lo divertido de esto es que Kago no necesita exagerar ni un ápice… porque ese sistema de valoración de la atención recibida ya es completamente normal en todo el sector servicios. Por otro lado, Yukie no ve a sus compañeras como a tales, sino que vive inmersa en una competición permanente por ser la mejor empleada, siguiendo una lógica neoliberal que proscribe la acción colectiva e incentiva el individualismo hasta sus últimas consecuencias, que en Demencia 21 se traducen en un concurso a nivel estatal en el que todas las cuidadoras compiten para ver quién es la mejor, algo que se decide mediante pruebas absurdas que gamifican las rutinas propias de su profesión. Esta espectacularización que deshumaniza los cuidados no puede ser vista más que como otra crítica afiladísima a la sociedad japonesa y un sistema económico de los más neoliberales del mundo, del que Yukie sería una de sus hijas más sanas.

Hay otra cuestión profundamente arraigada en la cultura japonesa, especialmente sensible y, diría, valorada desde fuera: su respeto a los mayores. Obviamente, esto salta por los aires en las páginas de Demencia 21, en las que Kago arremete con mucho ingenio contra ese supuesto respeto. Aquí, los ancianos son incordios o incluso un peligro, y la institución familiar resulta ser una farsa podrida hasta la médula. Tampoco es que la tercera edad salga muy bien parada: desde el chiste machista recurrente de que una de las funciones de las ancianas es criticar a las nueras hasta los daños que puede ocasionar una vieja obsesionada con la limpieza o un viejo empeñado en conducir aunque ya no está en condiciones de hacerlo. Los ancianos cumplen una cierta función en este sistema deshumanizado, que los relega a un lugar muy concreto: es habitual encontrarse en ambos volúmenes con escenas de ancianos postrados en sus futones, a los que los atentos cuidados anulan más que los achaques de la edad. Sin embargo, cuando una señora mayor pero aún capaz de valerse por sí misma se niega a cumplir su rol de dependiente —por lo que la descalifican en el concurso nacional de ancianos—, Yukie tendrá que entrenarla e incluso operarla para destrozarle la dentadura, la vista o la espalda, porque, de lo contrario, sería condenada a una vida de abandono en una especie de vertedero de ancianos que no se comportan como tales.

La última historia del segundo tomo de Demencia 21, consecuentemente, es una pesadilla neomalthusiana: se ha cuidado tan bien a los ancianos que no se muere ninguno y la pirámide de población japonesa es una desastre que amenaza con colapsar su economía, de modo que el gobierno ha iniciado un programa para eliminar el excedente: empiezan por medidas sutiles, como quitar rampas y otros elementos de accesibilidad para que haya más accidentes, pero pronto recurren a Yukie, experta en el tema, para que aplique sus conocimientos sobre los peligros que acechan a sus clientes en su contra. Por supuesto, los ancianos no se resignan y contratacan con todas sus armas.

Los delirios de la nueva carne y la escatología que siempre se encuentran incluso en las obras más light de Shintaro Kago no son accesorias. Puede que sean elementos comerciales e incluso exigidos por determinadas publicaciones, pero el autor las ha incorporado a su discurso y empleado como mejor forma de mostrar la corrupción y degeneración de un sistema en metástasis. Resulta inquietante que, pese a las exageraciones propias del estilo de Kago, haya demasiadas situaciones que se parecen inquietantemente a la realidad: no solo porque, en definitiva, el cuidado de los mayores es un negocio para muchos, vía privatización, sino porque no hay más que ver cómo el gobierno de la Comunidad de Madrid trató a los internos de las residencias en el estallido de la pandemia. Ni en su mejor día podría Kago imaginar algo más atroz que un responsable público prohibiendo el traslado de personas mayores enfermas a hospitales. Los que tomaron esa decisión no son menos inhumanos que los tarados psicópatas que pueblan las páginas de Demencia 21. Por eso, aunque puedo entender que la forma sea excesiva para algunos lectores, defiendo que la sátira tiene que doler, o no sería tal.


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