Juan Jaravaca de Juanito Mediavilla

En su meticuloso proceso de recuperación del material primigenio de El Víbora, La Cúpula ofreció en 2021 la reedición de Juan Jaravaca de Juanito Mediavilla. Se trata de una serie extraña, y diría que un tanto olvidada: Mediavilla suele recordarse por ser coautor de «Makoki», pero pocas veces he visto mencionada esta otra aportación, ni había podido leer nunca todo lo que hizo con este personaje. La edición es inmaculada: un tomo que recupera las planchas a buen tamaño, con un color excelente, y bien ordenadas. Y el contenido es absolutamente fascinante, como solo las cosas perturbadoras y turbias pueden serlo.

Y eso que hay, en el trabajo de Mediavilla, una cierta inocencia arrebatadora, fruto del uso de esa primera persona inmediata, y del exponerse a los lectores sin trampa ni cartón, poniendo su cuerpo por delante. No es que Juan Jaravaca carezca de trucos y distorsiones de la realidad pero, como Mediavilla los va explicando mientras los ejecuta, consigue subrayar el componente de verdad del cómic. Un poco a la manera de Joe Matt, con quien tiene ciertos puntos en común, aunque aquí es todo incluso más crudo que en la obra de aquel: sea un recurso narrativo ficticio o no, la forma en la que Jaravaca nos va contando lo que está dibujando —o lo que va a dibujar— mientras lo vemos ya dibujado supone un ejercicio de improvisación, pero también de sofisticación metalingüística sin ínfulas muy fresco y sorprendente. Es como estar presenciando la elaboración de la página en directo, lo que alcanza un momento cumbre cuando, en una de las historietas, Jaravaca llama a Alfredo Pons para ver si se le ocurre dónde puede estar escondida la ansiada papelina en su propia casa, para poder metérsela pero, también, para poder seguir el cómic.

Pero si por algo destaca Juan Jaravaca es por su perfecta síntesis entre forma y contenido. Básicamente, son las peripecias improvisadas de Mediavilla como adicto a diversas sustancias —y a las tragaperras—, desde una posición de cierto acomodamiento reconocido, que le permite un acercamiento humorístico. La primera etapa, las páginas en diferentes bitonos publicadas durante 1987, principalmente, acumulan espacios claustrofóbicos afilados con perspectivas imposibles, y desarrollan en el protagonista una gestualidad exagerada de brazo estirados que no caben en sus propias viñetas, como dice Rubén Lardín en su imprescindible prólogo, cuestión esta que subraya la elocuencia incontenible de Jaravaca, cuyos tochos de texto infinito se van por los cerros de Úbeda con la deriva discursiva del que está bajo los efectos de la droga o tiene el mono. Son textos absorbentes, que chocan en una época de mayor economía literaria e incluso, de entrada, suponen una especie de muro, pero que cuando se leen se revelan como un testimonio vivísimo de una época, de una forma de hablar, de una jerga no sé si ya perdida. Una avalancha de vida, de época, que atrapa y arrastra, aunque nunca llega a agobiar porque Mediavilla no tenía una personalidad torturada ni se metía en jardines oscuros. La primera historia ya marca el tono: Jaravaca le pilla a su camello, pero por no esperar decide comprar para inyectarse, por primera vez. A partir de ahí, el esperpento: como en la frutería no tienen limones, necesarios para diluir el caballo, pilla pomelos y, claro, lo mismo no es. El resultado acaba siendo una masa amorfa, que cobra vida, comienza a hablar por los codos y a darle la brasa a Jaravaca. Son cosas que se hacen posibles porque el universo del personaje es un lugar blando, gracias al dibujo fluido y libre de Mediavilla. Cuando uno empieza a leer una de la historias, no sabe dónde va a acabar. Y, probablemente, no siempre lo supiera el propio autor.

Son, en realidad, pocas páginas las que componen esta primera etapa, la más interesante, pero dan de sí lo suficiente para parir dos o tres secundarios míticos —Pons, que llega a guionizar un par de historietas, y los camellos Alí y Foncho, principalmente— y para varios momentos antológicos, de una imaginación que se concentra en efectos indirectos de las drogas y su contexto más que en la clásica representación alucinada de raíz underground, que apenas si hace acto de presencia. Porque Mediavilla es un extraño verso libre, que, en algunos momentos, estéticamente se siente más cercano a Cairo, especialmente en sus dibujos de Barcelona, casi siempre vista a través de una ventana — la claustrofobia es otra cualidad de Juan Jaravaca—, una ciudad a las puertas de la revolución de los Juegos Olímpicos, pero también por esas líneas angulosas y elegantes, decididamente modernas. Aunque el alma, por supuesto, sea pura línea chunga: una rara muestra anticomercial de lo que el cómic de autor estaba dando de sí en un momento clave, en aquella primera etapa de una cabecera sin la que las cosas habrían sido muy diferentes.

El material aparecido en un especial de 1989 retoma al personaje y Mediavilla se permite dar una lección sobre representación y recepción del dibujo de quitarse el sombrero, entre vaciles e improvisaciones —«¿En cuál de los dos dibujos soy más yo?» (p. 70)—; previamente, en 1988, había publicado varias ilustraciones a página completa donde contaba su peculiar relación con las tragaperras, que nunca están simpáticas y le sueltan el premio. Las tiras que hizo a color entre el 90 y el 91 tienen cierto encanto absurdo y hasta tierno, con esa amistad con una hormiga que, por momentos, recuerda al tono de La Gorda de las Galaxias de Nicolás, pero resultan menos interesantes que las páginas originales, si bien era de rigor incluirlas en este volumen definitivo, que recupera una de esas obras que, quizás, no encuentren acomodo en la sensibilidad actual pero que nos recuerdan que España era esto. Que éramos eso.


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