Alto de la línea de Clara San Millán

Alto de la línea (Belleza Infinita, 2021) de Clara San Millán ha sido uno de los cómics más interesantes que he leído en el último año. Al menos, uno de los que más me estimulan para intentar analizar sus engranajes y objetivos. El cómic se adscribe a una línea ya muy desarrollada en el cómic español, en la que la experimentación con el lenguaje y el formalismo predominan sobre la narración; en este caso, no llegamos a la abstracción pura en ningún momento, aunque se roza a veces, y existe una peripecia, pero esta resulta secundaria, una mera excusa para desplegar el estudio formal de una serie de acciones y movimientos. El argumento: en un pueblo de montaña se celebra una famosa carrera ciclista, en la que participa un chico del pueblo. Durante la carrera, aunque va ganando, se tropieza con un pedrusco en medio del camino, y ve frustrada su victoria. A partir de esa premisa, San Millán despliega todo tipo de formas de representación para abordar el movimiento y la acción, que evaden el naturalismo academicista e, incluso, las formas convencionales del cómic que se establecieron en sus orígenes, relacionadas con la cronofotografía de Marey, y consistentes en la repetición del objeto en movimiento para simular este.

Desde el principio, con las páginas que nos muestran la carretera desde una perspectiva frontal y por segmentos horizontales del terreno (pp. 2-3), San Millán apuesta por la renuncia a la ilusión de tridimensionalidad, que deja sitio a otras maneras de representar el espacio sin profundidad de campo, salvo en casos excepcionales. De hecho, la gracia de Alto de la línea está, precisamente, en la variedad de formas de representar esos espacios, así como en la multiplicidad de puntos de vista. La línea limpia y continua de la autora, arquitecta de formación, cierra las figuras y aplana los volúmenes, ya que no usa ningún tipo de textura o trama. Recuerda en esto a algunos trabajos de José Quintanar o Conxita Herrero, con la que también comparte la estrategia de no dibujar rasgos faciales, aunque en el caso de San Millán solo sucede a veces. Se trata de un estilo versátil que ya estaba bastante maduro en un fanzine de 2018: Carmitas Wohnzimmer. Pero, aunque podamos encontrar referentes o conexiones con otros autores coetáneos que, lógicamente, están expuestos a influencias similares, la verdad es que si este cómic me ha enganchado tanto es por su originalidad. Cada página es una sorpresa, un giro de tuerca formal, una novedad: no hay una sola viñeta rutinaria o de paso, nada se deja al azar y hay una intención clara de construir el relato como una subida continua —como se sube a un puerto de montaña— hasta llegar al momento clave, la caída del ciclista, a partir del cual se despliega un clímax alucinante.

Hasta la página 47 —algo más  la mitad de la extensión del cómic—, Alto de la línea avanza imparable hacía ese momento que sirve como eje. Merece la pena detenernos en algunos puntos de esa primera parte, porque San Millán ya está ensayando cosas de interés.

Por ejemplo, en la página 5 se ve el rápido movimiento de un tren a su paso por el pueblo, mientras escuchamos al locutor de una radio anunciar: «amanece soleado en toda la región». San Millán descomponen el movimiento en solo tres viñetas: el tren se acerca, el tren se encuentra en pleno paso, el tren ya ha pasado. Una solución de manual, pero en la que introduce un recurso que subraya esa sensación de velocidad: la corta frase del locutor está igualmente fraccionada, y distribuida entre las tres viñetas, de forma que no ha dado tiempo a que la diga antes de que el tren pasara. Resulta llamativo que, con frecuencia, los autores que parecen cuestionar los límites del cómic más convencional —como hace San Millán aquí o Roberto Massó en sus trabajos más abstractos— evidencien un conocimiento profundo de sus mecanismos, que es lo que les permite elaborar este tipo de secuencias, y otras que veremos luego.

Pero, antes, hay otro detalle que resulta interesante. En la página 13, los voluntarios que montan el arco de salida hinchable desde el que arrancará la carrera posan tras terminar su trabajo, mientras otro los fotografía con el móvil. Últimamente estoy leyendo y pensando mucho sobre la relación entre realidad y representación, y, por extensión, sobre cómo se lleva eso al cómic, ya que, obviamente, filtrado por el dibujo todo es representación. Y me interesa mucho cómo puede introducirse una representación de segundo grado, una representación de una representación, cuando se contrasta con la realidad. En Las meninas (Astiberri, 2014) Santiago García y Javier Olivares optaron por no diferenciar a la persona de su representación pictórica, precisamente porque querían subrayar la idea de que Velázquez pintaba cuadros que llegaban a ser indistinguibles de la realidad. Clara San Millán juega con la representación de fotografías y, casualmente —o quizás no—, nos ofrece dos ejemplos. En el anteriormente citado Carmitas Wohnzimmer una familia posa frente a un fotógrafo —por el tipo de cámara, seguramente la escena sucede en las primeras décadas del siglo XX—; los momentos previos, en los que vemos a la familia directamente sin la mediación de la cámara, son dibujados con una línea síntética muy similar a la que emplea la autora en Alto de la línea, en tinta verde y sin texturas o volúmenes. Sin embargo, la ilustración que representa la fotografía tomada es muy diferente: está coloreada con tinta roja y verde, de diferentes intensidades, que replican el blanco y negro y dotan a las figuras de volúmenes y detalles que se revelan solo cuando resultan congeladas por la cámara. La representación de la fotografía no se ejecuta en clave realista, ni mucho menos, pero sí con una aproximación menos esquemática que la representación de la realidad, de modo que resulta más real que aquella, pero, también, más pictórica. En el libro que nos ocupa, sin embargo, la estrategia es casi la opuesta: en la fotografía que se toma de los trabajadores se aplica un esquematismo mayor al que rige la representación de la realidad, de modo que aparecen como poco menos que figuras de palotes. La diferencia, quizás, se deba a que esta imagen no se ve al mismo tamaño, sino que está integrada en la escena y aparece en la pantalla del móvil que se está empleando como cámara. La fotografía digital, así, se aleja de nosotros y de su objetivo de mímesis, al contrario de lo que sucedía con la de Carmitas Wohnzimmer.

Esos cambios en el nivel de síntesis del dibujo, no obstante, son continuos en Alto de la línea: San Millán, de un modo que recuerda al de dibujantes como el citado José Quintanar u Olivier Schrauwen, modula el grado de iconicidad de sus figuras y muestra u oculta los rasgos faciales cuando interesa, en función de si son relevantes. Por ejemplo, la multitud de ciclistas que sale en tropel cuando se inicia la carrera tienen las caras vacías; en cambio, cuando el protagonista explica su caída en lo que parece ser algún tipo de reportaje documental (pp. 58-59), su cara tiene todos los rasgos dibujados.

Más allá de esto, diría que el principal objetivo de de San Millán es representar el movimiento de todo tipo de formas. Incluso el de una mosca, en una secuencia previa al meollo del relato, inmediatamente posterior al pistoletazo de salida, (pp. 28-35), y que resulta un tanto inconexa, aunque sea divertida: una mosca vuela hasta introducirse por la caña de un cóctel, y flipa al probar su contenido. Es imposible no acordarse aquí de Branford la abeja de Chris Ware. En este caso, el movimiento del insecto se representa con una línea discontinua, un recurso común para mostrar el movimiento rápido y la trayectoria que traza.

Pero es cuando empieza la carrera cuando llegamos a lo más interesante con respecto a la representación del movimiento. San Millán comienza recurriendo a las estandarizadas líneas cinéticas para simular la velocidad a la que se mueven los ciclistas (pp. 36-37, 40-41), pero pronto va introduciendo innovaciones y rupturas. En la página 38, por ejemplo, el movimiento se representa mediante la repetición de la figura del protagonista montado en su bici, que crea una diagonal en la página en blanco. Aunque recuerde a una de las cronofotografías de Marey, no parece haber intención de ello, ya que las sucesivas figuras no pertenecen a momentos diferentes: las piernas están siempre en la misma posición. En la página 41, San Millán dibuja el pelotón desde una perspectiva cenital, que anticipa la ruptura que nos espera al girar la página: los corredores se han convertido en puntos negros que se mueven dejando estelas de líneas rectas paralelas. No podemos hablar de abstracción en sentido estricto, ya que, aunque se haya alejado mucho, sigue habiendo un referente, pero la reducción de la realidad a formas geométricas básicas nos sitúa en un plano totalmente formalista. Es en ese plano donde vamos a disfrutar de lo que viene después. En la página 47 hace su aparición uno de los protagonistas de la historia: el pedrusco con el que va a tropezar el incauto protagonista. El impacto se muestra una primera vez (pp. 48-49) intercalando la secuencia con las palabras del locutor de radio que está narrando la carrera. A partir de esa primera vez, el grado cero de la secuencia, San Millán inicia un estudio minucioso de esta, repitiendo una y otra vez el accidente desde diferentes postulados. Cuando leí Alto de la línea por primera vez, me vino a la cabeza la expresión «anatomía de un instante», no porque tenga nada que ver con la obra de Javier Cercas, naturalmente, sino porque responde bien a la manera en que la dibujante desgrana todas las facetas posibles del hecho que sitúa en el centro de su obra. Así, la primera iteración (pp. 50-51) se limita a representar mediante líneas la trayectoria del ciclista, lo que da como resultado páginas que recuerdan en su composición y aspecto general al Cadencia (Fosfatina, 2019) de Massó. La página 52 desconcierta al hacer que sea la bicicleta la que vaya montada sobre el ciclista, de forma que aquí, en lugar de tener un juego de formas, lo tenemos de significados, y se acerca al nonsense y al absurdo. Las páginas 53 y 54, sin embargo, vuelven a retorcer la forma y representan la escena primero con formas geométricas sencillas —triángulos y círculos— y luego con líneas curvas que esbozan los elementos básicos de la acción.

San Millán profundiza en su propuesta y juega con el punto de vista del observador: en las páginas 55-56 este se sitúa frente al rostro del ciclista, que se retuerce entre la sorpresa y el miedo, multiplicado de forma que la secuencia se alarga sustancialmente. También veremos la escena desde el cielo, en perspectiva cenital y cada vez más cerca del camino (p. 62), o incluso desde la visión subjetiva del protagonista (p. 63) y de una de las ruedas de su bici (p. 70). Ya he mencionado que en las páginas 58 y 59 el suceso se cuenta indirectamente, mediante el testimonio del ciclista. Se trata del único momento en el que la autora pretende acercarse un poco a su personaje y generarnos cierta empatía hacia su fracaso; que sea, en definitiva un personaje en sentido estricto, y no un elemento formal más.

Sin embargo, no hay remisión posible, ni siquiera cuando una de las variaciones del tema sublime su deseo de evitar el trastazo y nos muestre al ciclista percatándose de la existencia de la piedra, quitándola de en medio y ganando la carrera (pp. 76-77). Si se ve desde el punto de vista del protagonista —lo cual exige de un ejercicio muy consciente por nuestra parte—, Alto de la línea es casi una historia de terror psicológico, ya que puede leerse como la repetición en bucle de ese momento que lo cambia todo pero que ya no puede ser cambiado, y que revive casi como en una pesadilla, atrapado y sin ser capaz de superar el fracaso y seguir con su vida. Pero las últimas páginas (pp. 80-84) muestran que, pese a todo, la vida sigue: en una secuencia tranquila y centrada en la naturaleza, que San Millán retrata con sencillez y, ahora sí, sin experimentos cinéticos, la piedra se muestra inmutable, incluso ante la meada de un perro. Es una manera de terminar la historia con humor, que quita hierro al fracaso y lo valora en su justa medida: en el gran esquema de las cosas, carece de importancia. La piedra seguirá ahí, los árboles crecerán como siempre y el monte del Alto de la línea seguirá donde está.

Alto de la línea es la prueba de que la vertiente más formalista y experimental del cómic, por mucho que para algunos fuera, simplemente, una moda, no deja de mutar y evolucionar. Con él, Clara San Millán se ha dado a conocer al público y ha demostrado un increíble potencial. Ha sido todo un acierto que Belleza Infinita haya apostado por ella, y esperamos que pronto podamos seguir leyendo sus trabajos.

Para profundizar en la obra y en el discurso de la autora, recomiendo ver esta entrega de La Resma en la que Marc Charles y yo hablamos con ella.

Las imágenes del artículo han sido tomadas de la web de Belleza Infinita.

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