Japonismos

La estética japonesa ha sido una importante influencia en el arte occidental desde mediados del siglo XIX, cuando comenzaron a llegar a Europa toda clase de obras que fascinaron a los artistas más innovadores de su tiempo, desde los impresionistas a los modernistas, pasando por versos libres como Vincent van Gogh. El japonismo ha sido una moda cíclica en los gustos del público y los artistas, fascinados por el exotismo de una cultura que se les antojaba lejana, arcaica y mística. Ese japonismo sigue muy presente, pero ha mutado por las propias transformaciones culturales de Japón, y hoy en día se vehicula a través del manga, el anime y la estética kawaii. Japón es una potencia cultural cuya influencia tiene una raíz tradicional que conecta con mitos y costumbres que siguen fascinándonos como a nuestros antepasados por su exotismo atávico, pero, al mismo tiempo, tiene otra plantada en el progreso tecnológico y la estética futurista, que fascina igualmente: solo hace falta ver los últimos trabajos de Rosalía.

Vamos a centrarnos en el cómic: la influencia del manga y de lo japonés es tardía, por causa de las propias dinámicas de los mercados nacionales, históricamente cerrados sobre sí mismos. El manga empieza a calar a partir de los años 80, y supone toda una revelación. Creadores de talento como Frank Miller supieron leer más allá de la capa superficial de su estética e incorporaron a su lenguaje ciertos rasgos; otros se limitaron a copiar dicha capa. O hibridaron, con desiguales resultados, el cómic oriental con el occidental, como hicieron estrellas efímeras como Joe Madureira o Humberto Ramos en aquella corriente que se denominó amerimanga.

Ahora bien: ¿cómo se plasma esa influencia y esa fascinación en el cómic contemporáneo de autor? Las dinámicas no tienen tanto que ver aquí con la imitación o el calco, sino que suponen un diálogo fructífero, basado en un contacto mucho más directo con la cultura japonesa del que jamás tuvieron los artistas fascinados por Hokusai y los ukyo-e en el siglo XIX. Se puede observar muy claramente en dos cómics publicados durante 2022 en España.

Igort es uno de los más interesantes autores italianos de su generación, que, en las últimas décadas, se ha centrado en el cómic de no ficción. Su relación con Japón viene de lejos y ya hemos podido leer Cuadernos japoneses. Un viaje por el imperio de lo signos (Salamandra Graphic, 2016, trad. Regina López Muñoz) y Cuadernos japoneses. El vagabundo del manga (Salamandra Graphic, 2018, trad. Regina López Muñoz). Su nueva obra rompe con el formato de las anteriores: Kokoro. El sonido oculto de las cosas (Salamandra Graphic, 2022, trad. Regina López Muñoz) es un libro apaisado del que los puristas se apresurarían a asegurar que no es un cómic, cosa que en esta casa nos trae por completo sin cuidado. Es una obra con textos y dibujos que dialogan entre sí, un ensayo personal unas veces, un diario otras. Igort se sumerge en los recuerdos de sus múltiples viajes a Japón —fue uno de los primeros europeos en trabajar para su mercado, y publicó varias series allí—, y se mueve entre el Japón de sus primeros contactos, y el muy diferente lugar que puede visitar hoy. Es también, naturalmente, un diálogo entre el Igort de treinta años y el de sesenta, aunque nunca se diga explícitamente: nada puede verse igual con tres décadas por medio. El tono discursivo y la manera en la se relacionan texto e imagen me han recordado un poco a la excelente trilogía de Manifiesto incierto (Errata Naturae, 2016-2021, trad. Regina López Muñoz) de Frédérik Pajak sobre Walter Benjamin: Igort escribe pausadamente, sereno, parece que no va a ninguna parte pero, poco a poco, va construyendo un discurso, a través de capítulos breves solo aparentemente inconexos, en los que rememora sus encuentros con Katsuhiro Otomo, Tadao Tsuge, Rumiko Takahashi o Ryûichi Sakamoto, así como reflexiona sobre diferentes aspectos de la cultura japonesa. A veces las notables ilustraciones a toda página aparecen puntualizadas o identificadas por textos, otras, desarrollan su potencia y su propio discurso, que es lo que da sentido a un ensayo dibujado: los dibujos que Igort realiza capturando la naturaleza, reproduciendo el paisaje urbano o recreando una  escena de una película son elocuentes por sí mismos, y ya están planteando un posicionamiento por su parte.

Por otro lado, el término de «ensayo dibujado» no se debe solamente a la presencia de esas estampas, sino que también es importante entender el valor que tienen las páginas de texto, divididas casi siempre en viñetas, con fondos de colores sobrios que también aportan un valor sensitivo y emocional, y puntuales dibujos que se cuelan entre el discurso textual. El mismo texto planteado como una página de ensayo convencional, negro sobre blanco y a párrafo corrido, lógicamente, no podría tener nunca el mismo valor ni el mismo efecto. Todo es dibujo, incluso la caligrafía de Igort, que aquí, inevitablemente, perdemos, aunque se cuente con el buen hacer de Sergi Puyol como rotulista.

La visión de Igort sobre Japón es externa; es la de un extranjero que se interesa por una cultura que le resulta atractiva porque no es la suya, pero también porque todavía mantiene unos valores que encajan con su visión del mundo: la espiritualidad, la educación, el respeto mutuo, la relación con la naturaleza. Por supuesto, esto es una proyección: no es que todo eso no siga siendo parte de la cultura japonesa, pero hay mucho más que valorar. De hecho, durante buena parte de la lectura tengo que decir que me estaba empezando a irritar un poco el punto de vista acrítico de Igort, pero pronto se desvela como una estrategia deliberada, casi un gesto de educación hacia sus anfitriones: primero la reverencia, luego la crítica respetuosa. Esta llega cuando Igort aborda la situación de las mujeres en Japón y el fetichismo de muchos hombres con las chicas jóvenes y su ropa interior. Aunque Igort parta de un pensamiento conservador —no puede considerarse de otro modo que le parezca algo hermoso que, en sus primeros viajes, las mujeres bajaran la vista a su paso—, la denuncia es pertinente. Algo similar hace con el método de producción del manga, del que valora especialmente el trabajo en equipo y la relación entre autor y editor. «Me gusta la vida japonesa», le dice por teléfono a Yuka, su editora. «Te gusta tu vida japonesa», le replica ella: esa respuesta, que se debe interpretar como una autocrítica de Igort hacia su propia visión externa y romantizada, le da pie para reconocer, aunque sea muy diplomáticamente, que las condiciones laborales del manga son bastante lamentables.

Igort también adopta un cierto tono didáctico cuando explica las diferentes categorías de seres sobrenaturales del folklore japonés, o cuando se sumerge en la etimología de determinados vocablos. Poco a poco, va profundizando en aspectos espirituales y más abstractos de la sociedad japonesa, y ahonda en sus traumas, en la herida de la derrota en la Segunda Guerra Mundial y en esa tensión entre modernidad y tradición, acelerada por la presencia estadounidense y que engendra las historias oscuras y neuróticas del gekiga que tanto admira el autor italiano. El epítome de esa tensión bien puede ser Tadao Tsuge, autor de gekiga que cree en «los yôkai, en las fuerzas invisibles», que publicó una obra introspectiva y apegada al mundo que se esfumaba con la industrialización como es Mi vida en barco (Gallo Nero, 2019, trad. Fernando Cordobés), que dejó el manga porque no le daba de comer a él y a su familia y que, cuando Igort lo trató, llevaba con su mujer una tienda de ¡ropa vaquera!

El relato se ve puntuado por algunos dibujos rápidos de Igort, poco dado al garabato en sucio: hasta estos dibujos denotan un cuidado extremo y un pudor con respecto a lo que enseña como artista. Como escribe él mismo: «romper el tabú del dibujo bonito […] A veces a un dibujo le basta con existir». También se incluye una historia corta que hizo en colaboración con Ryûichi Sakamoto en 1986, y algunos dibujos realizados con diversas técnicas. Lo interesante es que en Igort la influencia del manga y la estampa japonesa no se traduce en una mímesis con su estética —salvo, lógicamente, cuando dibuja intentando imitar el estilo de otro autor de manga—, sino que es algo que incorpora a su estilo, que transforma su mirada y que se aprecia en el equilibrio de las composiciones, en la mirada hacia lo cotidiano y lo aparentemente superfluo y en la deliberada teatralidad de los gestos.

Esa misma transformación en su mirada es la que parece que buscaba Catherine Meurisse cuando acudió al Japón rural para tener una estancia artística. En el comienzo de su última obra, La joven y el mar (Impedimenta, 2022, color de Isabelle Merlet, trad. Rubén Martín Giráldez), la autora francesa escribe: «Sería formidable renovar mi banco de imágenes mentales. Es excesivamente occidental» (p. 8). La mirada de Meurisse es muy diferente a la de Igort, sin embargo, porque es la de alguien totalmente ajena a la cultura japonesa; sus referentes son el manga y las películas de Hayao Miyazaki —también presentes en Kokoro—, y todo, de entrada, le parece encantador y un misterio que la atrae porque lo desconoce. El tema central de la obra de Meurisse es la belleza: la ha explorado en La levedad (Impedimenta, 2017, trad. Lluís Maria Todó) y en Los grandes espacios (Impedimenta, 2021, trad. Rubén Martín Giráldez), principalmente, y su acercamiento es profundamente humanista: la belleza está en la naturaleza y en el arte, y por ello debe entablarse un diálogo entre ambas que no omita la difícil convivencia de la humanidad con su entorno. Su manera de tratar lo sublime, no obstante, es desde lo ridículo: la liviandad que trajeron los integrantes de la Nouvelle BD al cómic francobelga, sumada a las lecciones aprendidas en Charlie Hebdo, hacen que Meurisse trate todo con una ligereza que nunca debe confundirse con indolencia: la autora parece que no ataca de frente el tema, sino que da rodeos, cada vez más cerca, y va dejando ideas esbozadas. Al final, esa aparente superficialidad se revela como la mejor forma de dialogar con el lector, que nunca se siente abrumado y va formando su propia reflexión. En eso, evidentemente, tiene mucho que ver el vacile constante de quien es una humorista gráfica de categoría, sin miedo a lo vulgar porque sabe que no hay nada vulgar. Meurisse ejecuta maniobras envolventes, nos distrae y, cuando menos nos los esperamos, nos golpea con el mazo de la iluminación.

En este caso, toda la reflexión sobre las diferencias culturales y artísticas entre Occidente y Japón se vehiculan mediante diálogos, fundamentalmente con dos personajes, el pintor japonés con quien Meurisse comparte alojamiento en el campo, por un lado, y un tanuki imaginario, por otro, que la autora se va encontrando cuando se queda sola y pasea por el campo. Esa mezcla de realidad y ficción resulta interesante porque, por momentos, es el pintor quien habla de una forma poco realista, mientras que el tanuki es un sinvergüenza que le mete caña a Meurisse cuando esta se emociona de más. Pero, más allá de eso, conforme ella va entendiendo cómo funciona su nuevo entorno y se va empapando del arte japonés, va sintiéndose parte de ellos y eso hace que mito y logos se embrollen hasta hacerse indistinguibles, de modo que lo que en un principio parece real acaba destapándose como ambiguamente sobrenatural. El libro puede leerse como un proceso de aprendizaje sui generis, de alguien que conscientemente se presenta como una alumna torpe, incapaz de aprender las primeras lecciones ni de procesar ese paisaje tan diferente que, paradójicamente, iba buscando: por eso se dibuja a sí misma como un personaje tembloroso y deslavazado, con respecto a los demás, que pueden tener algún rasgo caricaturesco, pero mantienen una cierta dignidad muy oriental. Meurisse es incapaz de dibujar nada durante su estancia pero, claro, el propio libro evidencia que pudo hacerlo luego, como le dice en un determinado momento a su anfitriona: «Pintaré al volver a Francia, desde luego» (p. 112).

Y vaya que si pintó: todas las páginas en las que Meurisse refleja el paisaje que visitó son maravillosas, de lo mejor que ha hecho. Pero, como sucedía con el trabajo de Igort, su zambullida en el arte japonés no se plasma en una imitación literal de su estilo, sino, más bien, en esa transfomación de la mirada a la que antes aludía: Meurisse sigue siendo Meurisse, pero tras visitar Japón parece capaz de plasmar la naturaleza con una pausa y un trasfondo diferentes a los que veíamos, por ejemplo, en Los grandes espacios. Hay un momento en el que la autora ve o cree ver la casa donde se crió en medio del paisaje del pueblecito japonés que visita: es el símbolo de una asimilación cultural y estética. Solo cuando se siente como en casa, cuando tiene un sentimiento, aunque sea fugaz, de pertenencia, puede entender. Es algo que trasciende el aprendizaje intelectual, aunque este también esté presente, en su estudio de La ola de Hokusai —una imagen que, casualmente, juega un papel central en Seguir dibujando (Bang Ediciones, 2022, trad. Miguel Sánchez García) de otra colaboradora de Charlie Hebdo, Coco.

En La joven y el mar Meurisse siempre es protagonista; de hecho, en casi todas las páginas donde ofrece imágenes de la naturaleza ella misma está también ahí, mancillando con su presencia, a menudo en posiciones poco místicas —atándose las botas, por ejemplo—, la pureza y el equilibrio de esa composiciones. Es una obra que trata de ella, de cómo el contacto con una cultura y un paisaje diferentes la transforman. En el fondo, Kokoro trata de lo mismo, aunque Igort nunca aparezca dibujado y eso lo aleje, en cierto modo. Meurisse es más irreverente, menos solemne; no plantea su viaje como una revelación ni una catarsis, y es normal: si ni siquiera lo hizo en el libro donde cuenta su traumático duelo tras los atentados yihadistas que acabaron con las vidas de sus amigos de Charlie Hebdo, no va a empezar ahora. Su postura es ciertamente respetuosa, pero tampoco parece que se termine de sentir en sintonía con ciertas costumbres o puntos de vista, aunque no los critique. Es más bien una testigo un poco escéptica, a la que a veces le puede la lengua, que parece sentirse más cómoda con otro deslenguado, el tanuki. Ella está buscando otra cosa, que no tiene tanto que ver con la fascinación hacia Japón —ya que no conoce en profundidad su cultura— sino con la necesidad de enfrentarse a lo desconocido: entender un misterio para entenderse a sí misma.

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