Murcia, de Magius.

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Por muchos motivos, demasiados para profundizar aquí en ellos, la ficción española parecía reacia a mezclar nuestra historia y nuestra identidad con códigos de género y, más concretamente, con asuntos del fantástico. Cuando el cómic español ha tirado por esos derroteros casi siempre ha sido mediante una deslocalización: rara vez una historia fantástica se ambienta aquí. Lo nuestro era más el realismo sucio, más o menos estilizado o exagerado, desde Makinavaja a Makoki. Tal vez alguna historia de Martí sí tirara por ese camino, y por supuesto, a su manera, el Fanhunter de Cels Piñol demostró que se podía hacer ciencia ficción ambientada en España y que al público le interesara. Pero, seguramente, quien más ha hecho por abrir una vía del fantástico español que no sea una mera imitación neutra es Álex de la Iglesia, que con películas como Acción mutante y, sobre todo, El día de la bestia, demostró que el realismo y la sátira podían mezclarse con tramas fantásticas; y que la historia resultante podía asentarse totalmente en la realidad española más esperpéntica sin que por ello el resultado fuera cutre. Al contrario: potenciando ese esperpento se alcanzaba algo nuevo.

Y ahora, en 2015, acabamos de ver en la televisión estatal una serie, El ministerio del tiempo, que se entrega al fantástico sin rubor y lo entremezcla con medidas dosis de realidad social y hasta velada crítica política. Y mientras, ¿qué pasa en los tebeos? Hace muy poco tuvimos una fantástica muestra de esta tendencia: Nosotros llegamos primero, de Furillo. Pero en este caso el humor más bestia estaba en primer plano. La propuesta que hoy tengo entre manos es más sutil y requiere, seguramente, de una lectura más calmada.

Diego Corbalán es murciano, y este dato, que en otros autores podría ser más o menos anecdótico, es esencial para entender su obra reciente. Aquí, investido como Magius, culmina con una historia larga su búsqueda de algo así como una mitología oscura enraizada en la historia y la naturaleza murciana: Lovecraft en la huerta. En las páginas de Murcia se nos presenta un culto arcano, que se debate entre el dios cristiano y las deidades paganas, y cuyos miembros salen en procesión igual que realizan pactos de tintes satánicos en ignotos sótanos, que incluyen sodomía y sacrificios humanos. Pero hay algo más allá de la iconografía y la trama, digamos, oscura: la verdadera dimensión de este cómic no se entiende sin atender qué está reflejando, que es donde está el verdadero veneno. Los protagonistas son un grupo de empresarios conservadores y religiosos, con muchísimo dinero y ninguna intención de dejar de tenerlo. Controlan en la sombra la política y la economía de Murcia y tejen una red clientelar a la que atan con obligaciones mágicas, mientras usan como meros peones a la gente de clase baja, «los huertanos». La metáfora es maravillosa, y alude directamente a una casta que se ha situado en los principales puestos de poder de las empresas y bancos españoles, e incluso en los ministerios. Magius no menciona su nombre, «Opus Dei», pero sí alude a la universidad católica y al «camino neocatecumenal». Esa ligazón con una realidad tan oscura o más que la que se muestra en Murcia es lo que otorga a la obra una dimensión verdaderamente perturbadora.

Por lo demás, es interesante cómo Magius emplea el folclore murciano, bastante desconocido en el resto de la península. Los trajes regionales convertidos en uniformes sectarios, la huerta como siniestro escenario de sacrificio a los dioses arcanos —en una secuencia soberbia—, el dialecto panocho convertido en lengua críptica empleada por un grupo religioso-terrorista… Me encanta el ambiente que consigue y, sobre todo, pienso que es tremendamente original, algo de vaor incalculable cuando se publica tanto como ahora.

La edición de Entrecomics Comic acierta de lleno en el formato, suficientemente grande como para que los densos textos respiren y se lean con comodidad, y el dibujo de Magius, tan certero en la caricatura como en el reflejo de los ambientes de Murcia, se complementa con una paleta de colores sobria y oscura, perfecta. El final abierto redondea la estructura atípica de la historia, que deja enigmas por el camino; tal vez por eso perturba al lector como lo hace, aunque, como en los grandes esperpentos, el humor siempre está ahí.

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La vida se te escapa, de Joaquín Guirao.

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Hay una manera de que la ficción conecte con la época en la que se engendra —si es que esto no sucede siempre de una forma u otra— que no tiene tanto que ver con las citas a la actualidad o el reflejo obvio de situaciones concretas, sino que escarba más profundamente y pretende algo diferente: plasmar lo que hay por debajo, lo emocional, el estado de las cosas más que las cosas en sí. Es la forma en la que funciona la obra de Joaquín Guirao, al que yo considero uno de los que mejor ha sabido entendernos en el cómic español de hoy. En las páginas de Bienvenido a Zaira, el webcómic posteriormente recopilado en papel de Guirao, los animales que protagonizan sus historias no viven en España, ni están en paro —que sepamos—, ni aparece Mariano Rajoy. Pero captan algo que va más allá de lo circunstancial: hablan de las enfermedades sociales, de la neurosis, de la incapacidad para la comunicación y de la casi permanente insatisfacción en la que vivimos. En Love thing, una de sus mejores historias, trazaba un certero retrato de la adolescencia, que es la época donde quizá todo eso se exacerba.

Tras aquella joya, tenía muchas ganas de leer La vida se te escapa, publicado recientemente por mis amigos de Entrecomic Comics, porque sentía curiosidad por ver cómo Guirao se adaptaba a la narración larga. En este cómic lo que se plantea es aparentemente humilde: un día en la vida de un pobre perdedor cualquiera —¿acaso no lo podemos ser todos?— que comienza una etapa nueva en una nueva ciudad y con un nuevo trabajo como profesor, que le permitirá dedicar tiempo a su pasión, la escritura. Por supuesto, todo se tuerce desde el primer momento. La manera en la que Guirao amontona meteduras de pata y desencuentros, ninguno catastrófico pero terribles por acumulación, consigue una respuesta inmediata en los lectores: una profunda empatía. Yo lo paso mal con estas historias, porque el clima constante de incomodidad —concretado en esas caras tan características que dibuja Guirao, matizadas con puros recursos de historieta— está muy bien medido.

Leemos La vida se te escapa con el deseo de que algo, aunque sea una chorrada, le salga bien al protagonista, pero al mismo tiempo sabemos que muchas veces la vida es justo así: un cúmulo de circunstancias que se nos escapan, situaciones que sobrepasan nuestra capacidad y que se imponen a nuestra voluntad, por buenas que sean nuestras intenciones. Esa zozobra, ese permanente malestar que se adueña del personaje, es quizás un signo no de debilidad, sino de consciencia. De hecho, ahí está la clave: el protagonista es el tipo más normal —neurótico y nervioso, pero por lo demás normal— del tebeo; son el resto los que hacen y dicen cosas extrañas, y él se da cuenta. Bueno, más que extrañas… completamente disonantes. La sensibilidad de Guirao aquí no admite comparación. Siento la tentación de asemejar su capacidad para reventarnos la cabeza asociando ideas inasociables y  saltándose lo verosímil a la de David Sánchez, pero en realidad son muy diferentes; Sánchez es más hermético. Guirao explica más, su protagonista, que es nuestra proyección en ese universo alterado, se asusta y sorprende como lo haríamos nosotros. Y hay, por supuesto, mucho humor. Humor jodido, del que te hace sentir mal por reírte, pero humor al fin y al cabo: la secuencia en casa de la profesora me parece una cumbre.

Quier destacar también algo esencial: Joaquín Guirao es un dialoguista brillante. Tiene un tono personal finísimo, que capta lo oral y llena de matices a sus personajes: ese «pásatelo pirata», por ejemplo, combinada con la cara sosa del que lo dice.

A Guirao se le puede emparentar con cierta tradición satírica americana, y de hecho conoce a muchos viñetistas clásicos. Yo siempre le he visto algo de Daniel Clowes, y por supuesto tiene cierta influencia de The Simpsons. Pero más allá de eso, el resultado es profundamente personal. Sus obras parecen inmediatas, sobre todo por el humor y el dibujo suelto, pero al mismo tiempo hay detrás una inteligencia a la hora de presentar los temas inusitada. Cada página deja huella y ganas de volver, no podemos abandonar a esos personajes machacados por la vida, explotados por la sociedad y abandonados a su suerte. Pero, en el fondo, Guirao es un humanista. Quiere a sus personajes y los trata con cariño. Al protagonista, desde luego, pero también a cada uno de los tarados con los que se cruza. Parece decirnos, sobre todo con su final, que sí, que la vida es un asco, pero que no estamos solos del todo. Tal vez no haya redención, tal vez nadie vaya a salvarnos, pero al menos alguien puede comprendernos cuando la vida se nos escapa. Guirao, que todavía es joven, es ya un autor a tener en cuenta. Lo es por personalidad, originalidad y relevancia, por su sintonía con el momento actual. Lo es porque cada tebeo suyo es mejor que el anterior, y porque en lugar de demagogia, autoayuda y/o nihilismo, ofrece algo más chungo y a la vez más necesario: preguntas sobre nuestra propia naturaleza.

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Sobre cómic juvenil.

La supuesta escasez de cómics infantiles y juveniles es un argumento constante entre los aficionados al cómic en España. Mucha gente parece tener muy claro que 1) no hay apenas; y 2) los editores están cometiendo un error terrible al no hacer cantera y fidelizar a los lectores y lectoras desde su infancia. Dejando aparte el hecho de que si esto último fuera una estrategia tan clara ya habría editores en ello, lo cierto es que llevo tiempo pensando que este modo de pensar no se corresponde del todo con la realidad. Para empezar, hay que entender que el mercado ha cambiado muchísimo, que ya no hay suficientes menores como para sostener con sus compras un mercado masivo, que el envejecimiento de la población ha precisado que el cómic acompañe a su público, y que grosso modo, la infancia abandonó el cómic antes de que el cómic abandonara la infancia, para entendernos. Dicho de otro modo, dejó de haber tantos cómics infantiles porque su público dejó de comprarlos, así de sencillo.

Sin embargo hay aquí otra cuestión importante: la percepción que tiene el aficionado del sector, creo, está distorsionada por su propia idea de qué debe ser un cómic infantil, que suele corresponderse con lo que leía en su propia infancia. No voy a extenderme mucho porque creo que mi compañero Octavio Beares da con varias claves en este texto sobre el mismo tema, con el que estoy bastante de acuerdo; hay suficientes ejemplos de cómic infantil. Y, añado, la mayoría de personas que lamentan su escasez no conocen toda la oferta que hay, en realidad. Es normal, porque son personas adultas que consumen cómics para adultos, pero una mirada atenta al mercado es muy reveladora: incluso ese cómic que leían los niños hace tres décadas se está reeditando ahora —Los pitufos, Don Miki—, o siempre ha estado disponible —Astérix, Tintín—. Por supuesto, no creo que esos cómics estén en realidad dirigidos a la infancia actual, sino más bien a la nostalgia del comprador maduro; pero hay muchos nuevos cómics pensados para los niños y las niñas de hoy. Un dato que no demuestra nada, pero que me parece significativo: en las últimas votaciones de lo mejor del año en Entrecomics aparecen 51 títulos en el apartado de cómic infantil. ¿Conocerán aquellos que se lamentan obras como Hilda, Marieta o Ana y Froga? ¿O la colección Mamut, o mangas como Yotsuba? Tal vez, se me ocurre, parte de la respuesta a esta pregunta la encontremos en el hecho de que rara vez las librerías especializadas en cómic se molestan en tener éstos en su stock.

Hay que tener en cuenta también que el público infantil no es un bloque uniforme. A menudo se olvida esto. Seguramente sí exista cierta escasez de cómics para primeros lectores, pero aquí me parece evidente que, en realidad, lo que sucede es que hay una mezcla de medios: muchos libros infantiles que ningún aficionado percibe como tebeos emplean su lenguaje. A una niña de dos o tres años le da lo mismo la etiqueta, por supuesto, pero ya está disfrutando en cierta forma de un cómic. En cualquier caso, desde los seis años la oferta se va ampliando hasta el punto de que pienso que, a partir de los trece años, la inmensa mayoría de cómics del mercado son perfectamente válidos, incluyendo superhéroes, BD de aventuras, muchísimos mangas… Otra cuestión en la que no quiero entrar ahora en profundidad, pero que me parece interesante, es cómo la generación que leyó 1984 o Conan el bárbaro con doce años se ha vuelto bastante pacata con respecto a lo que les parece aceptable para sus hijos e hijas.

Pero en realidad de lo que quería escribir es otra cosa. Hasta ahora he mencionado cómics producidos por las grandes industrias del pasado o del presente, y series infantiles en formato álbum. Pero ¿qué tiene que aportar la novela gráfica a ese segmento de edad? Durante mucho tiempo, la necesidad de expresarse fuera de los términos estrechos de la industria y de significarse como un medio para adultos dirigió de un modo casi natural a los novelistas gráficos a pensar en un público maduro cuando realizaban sus obras. Pero ahora que esa batalla está ganada, creo que tal vez puede decirse que estar destinada exclusivamente a un público adulto era para la novela gráfica más un rasgo circunstancial que una condición sine qua non. En una época en la que los niños ya no consumen tebeos masivamente, la novela gráfica puede recuperarlos en parte, pero no será ofreciendo más de lo mismo, ni con series interminables, franquicias o versiones más o menos actualizadas de los personajes que gustaban a sus progenitores. El nuevo cómic juvenil no replica esas inercias, sino que bebe de otra tradición: la literaria. La literatura juvenil, al contrario que aquel cómic, no perdió el favor del público en la misma medida. De hecho es uno de los sectores que mejor está soportando la crisis del mercado editorial. La fantasía —medieval, futurista, o steampunk— y lo que se denomina Young Adult funcionan, y producen sus best-sellers con regularidad, fenómenos editoriales que generan a su vez un fenómeno fan. Esa dinámica basada en libros unitarios, pero también series cerradas de tres, cinco o siete libros, es la que está funcionando, y la que, creo, la novela gráfica contemporánea puede trasladar al cómic. Veamos algunos ejemplos.

En una línea un tanto híbrida entre el modelo literario y la herencia del mercado del cómic mainstream es donde creo que se mueve, por ejemplo, Battling Boy de Paul Pope, y su serie paralela, El momento de Aurora West que dibuja David Rubín, ambas publicadas por Reservoir Books en España. Pulp, superhéroes y mitos mezclados con gracia, con un envoltorio molón, chavalas y chavales con actitud que hablan y se comportan como tales, monstruos que dan el miedo justo… Y un formato que busca explícitamente que el público los asimile con los tomos de manga, sólo que en este caso la serie se prevee más breve: dos tomos de cada serie, al menos por el momento.

Otro cómic recientemente publicado en España, Aquel verano (La Cúpula, 2014), de Jillian y Mariko Tamaki, se acerca con su historia de verano adolescente a toda la tradición de literatura de rito de paso y tránsito de la niñez a la adolescencia. Es un excelente tebeo que el público adulto ha disfrutado —a mí personalmente me encantó—, pero, en realidad, ¿qué mejor edad hay para leerlo y que nos afecte como debería que los catorce años? Es una historia que habla de cambio, del primer amor, de las amistades infantiles que se enfrían, de la inocencia que se pierde. Un adultó podrá leerlo y recordar su propia adolescencia; una adolescente se verá reflejada y por tanto significará mucho más para ella.

Plenamente integradas en la fantasía young adult contemporánea encontramos dos obras que ha publicado Sapristi —el sello de Roca con el que recientemente se ha lanzado a la edición de cómics—: Los Wrenchies de Farel Dalrymple y En la vida real de Cory Doctorow y Jen Wang.

los wrenchies

Ambos son dos ejemplos excelentes de cómo hacer cómic de autor de calidad dirigido a un público juvenil, sin que eso signifique rebajar el contenido o renunciar a cierta profundidad. Los Wrenchies es una locura ci-fi, tal vez incluso demasiado loca —muchos personajes y muchos conceptos a la vez—, que mezcla realidades paralelas, mundos de ficción que se vuelven reales —la sombra de Morrison es alargada— y magia arcana. La mayor parte de la historia sucede en un futuro posapocalítpico donde sólo los niños han sobrevivido: un gancho infalible para el lector infantil. Peleas brutales entre infantes, crueldad y compañerismo. Es una fórmula arriesgada, que además conforme avanza la historia se vuelve más y más oscura, y se llena de drogas, muertes y transformaciones personales. Y el dibujo de Dalrymple —al que conocía de la serie moderna de Omega the Unknown— es muy potente y claro a la vez. Me da la sensación de que Los Wrenchies encaja en ese tipo de tebeo que ciertos lectores nunca considerarían juvenil por su contenido, pero que, en realidad, es justo lo que alguien con quince años está deseando leer: nadie a esa edad quiere algo para niños.

en la vida real

Por su parte, En la vida real es un estupendo tebeo, con un dibujo precioso, original y que no renuncia a cierta experimentación. Trata sobre una chica con un problema de autoestima que comienza a jugar a un juego de rol on line, claro trasunto de World of Warcraft. A partir de entonces el cómic se mueve en dos niveles de representación, pero lo más interesante y logrado es el proceso por el cual Amanda madura en la vida real a través de su experiencia en el juego, donde se escenifica perfectamente la dinámica económica y social real. Doctorow introduce cuestiones incómodas y plantea dilemas que un adolescente occidental debería plantearse más a menudo, aunque nuestros sistemas educativos no parezcan muy dispuestos a ello: ¿cómo vive en otras partes del mundo un chaval de tu edad? ¿Qué implica tu bienestar económico para otros países? ¿Cuáles son los derechos de los trabajadores y cómo luchar por ellos? Por eso me ha resultado tan interesante este cómic, que por supuesto no es revolucionario, pero sí muy crítico con un sistema que rara vez se cuestiona. Y eso lo hace sin renunciar a la diversión y a la propia historia de crecimiento personal de Amanda, que permite que los y las lectoras nunca dejen de sentirse vinculados a ella. Amanda se empodera gracias al juego y toma conciencia de su propia capacidad de actuar localmente para mejorar el mundo: es un mensaje responsable e inspirador que no cae en la autoayuda ni en la demagogia, y que no sermonea, que es precisamente lo que odia cualquier adolescente.

Significativamente, tanto estos dos cómics como Battling Boy y Aquel verano fueron publicados originalmente por la editorial First Second. Un vistazo a su catálogo nos hace ver que la intención de llegar al público joven es clara. Por ejemplo, publican The Chronicles of Claudette de Jorge Aguirre y Rafael Rosado, que seguramente no tarde en aparecer en España, aunque sólo sea por su ambientación fantástico-medieval y su dibujo cartoon. También veo algunos títulos de los que no he visto nada pero que tienen pinta de seguir una línea similar, como Athena, de George O’Connor, Boxers de Gene Luen Yang o Broxo de Zang Giallongo. Y por supuesto, también hay que recordar clásicos como Bone de Jeff Smith y las obras de Jill Thompson, Scary Godmother y Beast of Burden —con Evan Dorkin—, que siempre han buscado al público juvenil sin renunciar a un tono oscuro fantástico.

En fin, que algo parece moverse en este sentido. La pregunta ahora sería si esta dinámica llegará al mercado español, cuya novela gráfica parece, por el momento, todavía en esa fase de reafirmación que comentaba al principio. Tal vez ha llegado el momento, o tal vez no, pero, en cualquier caso, la clave está en algo tan sencillo y a la vez tan complicado como que, ahora, los autores pueden elegir qué quieren hacer y para quién. Pero sea como fuere, no será por cómics infantiles y juveniles, desde luego.

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Luis Bustos en el club de lectura de novela gráfica de Muga.

Esta tarde vuelve el club de lectura de novela gráfica a la librería Muga de Vallecas, y por segundo mes consecutivo contaremos con la presencia del autor de la obra que hemos leído: Luis Bustos. Con él debatiremos en torno a Endurance y a Versus, su último cómic. Será a las 19:00 en la librería.

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¡Milagro!

Cada cierto tiempo nos toca aguantar el toque de una trompeta apocalíptica anunciando el fin del mundo del cómic. Es así desde hace años, lo sé, pero a veces la cosa es demasiado delirante. El último en tañer la trompeta ha sido un clásico: Ramón de España, en esta columna de El periódico, donde colabora regularmente. Sinceramente, cansa ya la actitud reaccionaria de determinados expertos en cómic que viven anclados en el cualquier tiempo pasado fue mejor permanente. En esta columna, de España, con la excusa de escribir una crónica (¿?) del Saló del Cómic de Barcelona, exhibe el mismo desprecio hacia los cómics que no se ajusten a su estrecha visión de lo que los cómics deben ser que mostraba ya en los ochenta, y que exhibía Cairo en sus editoriales sin pudor alguno. Por supuesto, no pierde la oportunidad de lanzar el dardo a los cómics con temática social: «la vejez, la enfermedad, la guerra civil, la violencia de género». Una cosa lleva a la otra y se pone inevitablemente nostálgico, y recuerda los tiempos dorados del boom del cómic adulto, cuando se hacían tebeos de verdad, que son los que le gustan a él. Y por supuesto, tampoco se resiste a ejercer el paternalismo cultural más clasista al afearle el gusto a la masa, que, claro, no sabe lo que es bueno y sólo consume «lo más primario y chabacano». Un crítico cultural empleando la palabra chabacano en 2015, sí. Porque lo bueno es lo que le gusta a él, y lo que, qué casualidad, hacían él y sus colegas en la revista que ya entonces llevaba un rollo de buen gusto bastante snob. Pero, claro, el público no lo supo apreciar. Ellos lo intentaron, pero es que así no se puede. Él, que con otro público podría haber sido «René Goscinny o Jean-Michel Charlier», piensa que ya no hay nada que hacer.

Resulta agotador leer este tipo de textos donde se trasluce el resentimiento de quien fracasó —lamentablemente— en el intento de generar una industria sólida en España, y ahora, sencillamante, no quiere admitir que otros puedan triunfar desde unos postulados diferentes a los propios. El desprecio a lo nuevo, sumado a una falta de autocrítica evidente, es lo que conduce a esa visión apocalíptica que está falta de cifras informadas. En algunas firmas, la verdad, esta insistencia en lo mal que está todo parece ya algo personal: necesitan que no haya remedio en el sector para justificar su propio fracaso.

Pero, en realidad, esto es lo de menos. Es su opinión, y es libre de expresarla; Ramón de España puede en efecto creer que todo lo que se vende mucho es chabacano, que Cairo fracasó porque el público no tenía ni idea, o que todo lo que se hace ahora es pobre comparado con aquello. Allá él. Lo que me parece reprobable, y ante lo que creo que no podemos simplemente callar, es la desinformación de la que hace gala y que difunde en una tribuna pública, no sé con qué intención. No quiero ahora entrar en el debate de si el sector del cómic está mal, bien o regular, de si las cosas son mejorables —¡evidentemente lo son!—, si estamos estancados o no. Argumentos para ejercer la crítica responsable sobre la industria del cómic en España los hay, qué duda cabe. Tantos, que no entiendo la necesidad de recurrir a exageraciones y mentiras como las de este artículo. Simplemente a ésas quiero referirme:

Todos sabemos que el mundo del cómic español es una ruina en la que el creador independiente pasa hambre, a no ser que aborde algún tema de interés social -la vejez, la enfermedad, la guerra civil, la violencia de género….-, y a menudo ni así.

El concepto «pasar hambre» es tan ambiguo e hiperbólico que no merece la pena rebatirlo. Pero, desde luego, no es justo generalizar tanto. Hay muchos y muchas dibujantes de cómic españoles que se están empezando a ganar la vida trabajando aquí. Podemos negar la realidad y seguir insistiendo en que «Paco Roca sólo hay uno» o podemos preguntar a los propios autores. Muchos de los más exitosos del momento, por cierto, hacen humor. Nada de vejez, enfermedad ni guerra civil. Por si acaso: sé que muchos, la mayoría, aún no pueden vivir exclusivamente de sus tebeos. Pero no todos están en esa situación.

Todos sabemos que vender 300 ejemplares de algo digno es una hazaña y llegar a los 1000, un milagro.

No conozco ningún editor que no sea autoeditor que esté contento de vender solamente trescientos ejemplares —que rara vez daría, simplemente, para recuperar la inversión—, pero como de España habla de «algo digno», ahí está su coartada: a saber qué considera digno él. En todo caso, unos cuantos «milagros» de los dos últimos años que sepamos que han sobrepasado esa cifra de mil ejemplares, sin pensar demasiado ni buscar en internet: Croqueta y Empanadilla de Ana Oncina, Cooltureta de Moderna de Pueblo, Crisis (de ansiedad) de Juanjo Saez, No os indignéis tanto de Manel Fontdevila, Diario de una volátil de Agustina Guerrero, Las meninas de Santiago García y Javier Olivares, Beowulf de Santiago García y David Rubín, Los surcos del azar de Paco Roca, He visto ballenas de Javier de Isusi, Mox Nox de Joan Cornellà, Ranciofacts de Pedro Vera.

Todos sabemos que las editoriales independientes caen como moscas y que las que sobreviven lo hacen gracias a una estructura mínima carente de empleados y, a veces, hasta de oficinas.

La segunda  aseveración es cierta en parte; hay editoriales cuyas oficinas son la residencia del editor, efectivamente. Pero en cuanto a la primera afirmación, de verdad, por más que lo medito, no sé dónde están todas esas editoriales «independientes» que caen «como moscas». En los últimos meses, de hecho, han aparecido varias: Tyrannosaurus Books o Grafito Editorial. Puede que se refiera a Glénat, pero no creo que podamos considerarla «independiente» en el sentido que parece darle Ramón de España al término.

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Dos eventos universitarios.

En el futuro más o menos cercano según el caso voy a participar en dos actividades organizadas por sendas universidades.

La primera de ellas tendrá lugar el 21 de abril (el próximo martes) a las 11:30 en el Campus Dehesa de la Villa de la Universidad Nebrija, y será una charla-coloquio en torno al cómic. Yo hablaré sobre la historia de España a través de los tebeos. Aquí tenéis más información del evento.

Para el segundo todavía queda mucho, pero voy avisando porque se trata de un curso de verano en la Universidad de Alcalá y ya está abierto el plazo de matrícula. En él participaré con una ponencia sobre la aparición de la conciencia artística en el cómic. Os dejo aquí el tríptico con la información para inscribirse, por si a alguien le puede interesar. El programa y los ponentes pintan muy bien, os aviso.

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Sobre ventas y librerías.

Hace unos días Jose A. Serrano hizo pública una lista de los cómics más vendidos en las tres librerías de La Central, La Central del Raval y La Central de Callao, más la librería Agapea de Málaga. Serrano exponía los datos y los comparaba con la lista de los más vendidos en varias librerías especializadas en cómic que podía encontrarse en el reciente informe de Tebeosfera, y dejaba en el aire las conclusiones… Así que recojo el guante y me lanzo a escribir unas palabras sobre estos datos.

Lo primero que hay que advertir, por si acaso, es que este listado sólo representa lo que se vende en esas librerías. En el caso de las tres La Central, no obstante, hay que decir que no hablamos de tres pequeñas tiendas, precisamente. Son establecimientos potentes que deben de facturar bastante. Sus secciones de cómic son amplias y de las que mejor les funcionan. Quiero decir con esto que cuando ofrecen una lista de sus cómics más vendidos que nadie piense, aunque no den cifras, que se trata de ventas de diez o veinte ejemplares. Tampoco hay demasiadas sorpresas, en todo caso. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que títulos con tantas reediciones como los que ahí aparecen se tienen que estar vendiendo bien por fuerza.

Sobre las diferencias con la lista de lo más vendido en librerías especializadas, hay que decir que La Central no se venden todos los tipos de cómics. No nada —o casi nada— de lo que convencionalmente llamamos mainstream norteamericano, que copa la lista de las especializadas, ni tampoco manga juvenil. Tiene un perfil muy concreto orientado a la novela gráfica y el cómic de autor, pero además de eso suelen tener bastantes ediciones modestas, fanzines y autopublicaciones. Al menos en La Central de Callao, que es la que conozco bien. También tienen bastante material de importación y libros teóricos. Por otro lado, aunque en teoría en las librerías especializadas tienen de todo, la verdad es que eso cada vez es menos cierto. No conozco las librerías de las que se recabaron los datos del informe de Tebeosfera, pero sí sé que en muchas otras están orientando el negocio a lo que les ha funcionado siempre, a lo que le demanda su clientela habitual. Es habitual ver la sección de cómic adulto, en ocasiones muy mal nutrida, arrinconada en el peor espacio de la librería, que invariablemente dedica los mejores al cómic americano y al manga. Y es totalmente lícito, por supuesto: simplemente son decisiones de negocio, de la misma forma que lo es para La Central cuando orienta su fondo. Todos conocen a su público y eligen en consecuencia.

Por eso pienso que la conclusión más relevante que podemos sacar de todos estos datos es precisamente constatar que ahí fuera ya no hay un único público lector de cómics, por si había alguna duda. Sigue existiendo una cultura que se articula en torno a las librerías especializadas, lo que siempre hemos llamado el fandom, que gira sobre tres ejes: el cómic europeo de aventuras clásico, los superhéroes y el manga shonen. La franquicia y lo multimedia son claves, sobre todo en los dos últimos, y tienden a generar un fenómeno de militancia en torno a la afición que uno ha escogido. Generalizando mucho, este tipo de lector, que a menudo se autoidentifica con lo friki, toma el todo del medio por la parte que él consume, y lo explica mediante categorías que encajan con lo que conoce exclusivamente. Lo vemos a diario en determinados sitiosde internet y medios de aficionados, donde nunca ha terrminado de calar la novela gráfica —salvo excepciones como Paco Roca—, porque, sencillamente, pasa por debajo de su radar, ajustado para localizar novedades en su librería habitual. Para esa cultura del fandom el cómic termina donde está la puerta de salida de esa librería, y el horizonte del cómic adulto acaba en The Sandman, Los muertos vivientes o algún álbum de Bourgeon. No estoy juzgando a nadie; cada uno es libre de decidir qué cosas le interesan. Sólo faltaba. Ese mundo funciona comercialmente, porque hay una inercia de décadas, y la afición que sustenta el negocio es muy fiel. No funciona tan bien para los autores españoles que escogen publicar su obra directamente en nuestro mercado, precisamente por ese hermetismo a otras propuestas.

Paralelamente a ese mercado tradicional —que no frente a él—, en los últimos años ha ido surgiendo otro que ha trascendido el espacio físico de la librería especializada y ha colonizado otros puntos de venta. Lo interesante de los datos recabados por Serrano para mí es precisamente ver cómo se ha consolidado ya ese mercado generalista de cómic, aunque sea tomando los títulos más vendidos en La Central nada más. En este mercado, que ya tiene unos años, se aprecian muchas tendencias y dinámicas consolidadas.

Por ejemplo, aprecio que hay ya una serie de títulos que se han convertido en clásicos de la novela gráfica, auténticos best-sellers que se venden siempre: Maus, Persépolis y Pyongyang. Seguramente libros como María y yo, Píldoras azules o Blankets no anden muy lejos. Junto a ellos encontramos muchos éxitos de temporada, novelas gráficas modernas que cuentan historias más o menos convencionales pero que han conectado con el gran público lector o, por lo menos, con el tipo de público de La Central: El azul es un color pálido y Come Prima. Y tras esos títulos dramáticos, lo que destaca es sin duda el humor. No sorprende, porque el cómic humorístico siempre ha vendido bien en España, pero tal vez estemos ante nuevos tipos, más alejados de lo autorreferencial y de la parodia, y más cercanos a lo costumbrista y a la sátira política. Dejemos al margen los dos libros de El Roto, muy meritorios, y fijémonos en dos fenómenos. Por un lado, el humor más o menos amable —al menos en su superficie, luego cabrían todos los matices que queramos—, en historias cortas o incluso viñetas sueltas, a menudo surgido en internet o por lo menos fuertemente apoyado en la red. Es un humor que está llegando a un público diferente, en muchos casos mujeres, quizás por ese costumbrismo que comentaba, por hablar del día a día y de la sociedad actual. Los libros de The Oatmeal, Moderna de Pueblo o Ana Oncina son fenómenos de ventas muy significativos, impensables hace no tanto, y que están acostumbrando a leer cómic a gente que no tenía el hábito.

Sin embargo, no son los únicos libros humorísticos de la lista, y el segundo fenómeno al que me refería tiene que ver con dos de ellos: el Mox Nox de Joan Cornellá y Mejor que vivir de Miguel Noguera. Ninguno de los dos hace un humor «amable», ni en principio encajan en ese humor para todos los públicos que —dicen— asegura el éxito de ventas.Sin embargo ambos han triunfado comercialmente haciendo lo que hacen, sin variar su fórmula, el primero gracias a la difusión de su trabajo en internet, y el segundo a través de sus Ultrashows y en cierta forma también a través de internet, porque hay muchos de ellos colgados en la red. Estos canales alternativos permiten el acceso al mercado a autores diferentes que no tienen que pasar así por los filtros que pretenden saber qué le gusta al público de antemano.

Unas notas más: me sorprende mucho la presencia de La gran guerra en la lista, porque no es un tebeo convencional ni es un producto barato. Supongo que Sacco ha dado el siguiente paso y se ha convertido en un valor en sí mismo cuyos trabajos venden porque el lector sabe la calidad que conlleva. Y me sorprende, también positivamente, que No os indignéis tanto de Fontdevila, aparecido a finales de 2013, aparezca en la lista. Si nos dicen hace cinco años que un cómic ensayístico, aunque sea con humor, iba a alcanzar ese éxito, seguramente no nos lo habríamos creído.

En un nivel general hay varias diferencias significativas entre ambas listas, como ya señala Serrano. En la de La Central más de la mitad de los autores son españoles, un 35% de los títulos están realizados por mujeres, y, añado yo, Random House / Mondadori domina con siete títulos. El único cómic que aparece en las dos listas es sin duda el éxito de la temporada: Los surcos del azar, en la primera posición en ambas. Que un libro que cuesta 25 euros se haya vendido más que los comic-books más vendidos en librerías especializadas en cómic deja ya muy clara la magnitud del fenómeno Paco Roca. Y yo me alegro mucho, porque es una suerte que el autor de cómic más vendido sea uno tan bueno como él; no es tan habitual.

Pero, de todas formas, quizá lo más importante, porque son datos objetivos, son las cifras de ediciones y ejemplares vendidos que recopila Serrano. Cuando se insiste en la idea de que no es posible vivir del cómic en España a menudo se acompaña de la frase «Paco Roca sólo hay uno». Pero parece que cada vez hay más pacos rocas, más fenómenos de ventas. Ahora bien, lo que no es posible es imponer nuestros gustos al gran público. Gusta lo que gusta. Yo no veo mis gustos representados en ninguna de las dos listas, pero me parece que hay que evitar a toda costa el paternalismo y los aires de superioridad. Hay autores que conectan con mucha gente y eso, además de lícito, no es nada, pero nada fácil, y despreciarlos por ello, o pensar que al menos son una puerta de entrada para los lectores al cómic con mayúsculas, me parece un error. A lo mejor la persona cuyo primer cómic es uno de The Oatmeal no lee en su vida a Charles Burns o a Alan Moore. Y no pasa nada, aunque muchos lectores avezados a veces hablen de advenedizos que leen tebeos porque está de moda. Pues qué queréis que os diga: muchos advenedizos más hacen falta para que esto de los cómics funcione de verdad.

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