Orgullo y Satisfacción 8, de VVAA.

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El dossier del número de abril de Orgullo y satisfacción es aunque no lo parezca el más osado y el que más marca la distancia con los medios tradicionales de los que han publicado hasta ahora. Tal vez si no se conocen los entresijos de esto parezca a priori menos peliagudo hablar de «Grandes marcas» que de políticos, religión o monarquía, pero, en realidad, muchos humoristas gráficos aseguran que los mayores problemas de censura con su trabajo que han tenido tiene que ver con marcas comerciales poderosas. ¿Por qué? Bueno, en dos palabras: la publicidad. Todo medio de comunicación tradicional se mantiene gracias a la inyección de pasta que meten los anunciantes, entre ellos, por cierto, la publicidad institucional, que los gobiernos emplean como moneda de cambio. No es censura legal, es algo mucho más sutil y perverso: usted tiene libertad para hacer un chiste de mi cadena de tiendas, por supuesto, o para contar los chanchullos del presidente ejecutivo, pero yo también soy libre de cerrar el grifo de los anuncios, y entonces a ver qué pasa. La crisis ha endurecido todavía más esto, porque los medios ya apenas tienen margen de maniobra, y así, se ven obligados a contar los desahucios como si fueran fruto de una especie de banco astral, etéreo, sin nombre, o a guardar silencio sepulcral sobre determinadas sentencias judiciales que afectan a poderosas empresas.

Por eso esperaba con muchas ganas el momento en el que OyS decidiera meterse en este jardín, que sabía que tenía que llegar tarde o temprano, porque OyS nació para meterse en jardines, por supuesto. El resultado es fantástico, uno de los mejores números hasta ahora. No sé si se ha hecho esperar porque estaban encontrando el momento y documentándose, pero se notan las ganas de los autores de ajustar cuentas después de años trabajando en medios en los que les han tocado las narices con chuminadas, por si acaso el señor Telefónica se enfada.

Ya el editorial trata el tema y es muy divertido, especialmente el personaje de Guillermo, pero el dossier en sí está lleno de información y es interesantísimo. Monteys se ocupa de una primera página necesaria precisamente para que los lectores entiendan la razón de ser del dossier, y además le mete mano al caso de la fábrica de Coca-Cola cerrada en Fuenlabrada y las arteras artimañas para desobeceder las sentencias judiciales. Informado y con la gracia de siempre, es una de las mejores historietas de este número. Manel Fontdevila, en otro tono, se ceba con las siniestras prácticas laborales de El Corte Inglés —si conocéis a alguien que tenga la suerte de currar en uno, sabréis que casi se queda corto—. Guillermo y Luis Bustos completan el póker del dossier encargándose del Banco Santander / Emilio Botín y Zara / Amancio Ortega respectivamente. Los cuatro levantan bastantes ampollas. También hay un buen texto de Isaac Rosa sobre El Corte Inglés de nuevo, una historieta sobre Mercadona de Mel, y algunos chistes de una página, entre ellos uno muy meta con RBA de Bustos, antológico.

¿Y el resto del número? Pues continúan las series en marcha con entregas de «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio» —muy buena—, «El show de Albert Monteys», el maravilloso caos de las series de Paco Alcázar, y el «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual, que pienso que a estas alturas ya podemos decir que es de lo mejor que ha hecho el autor. Las aportaciones de Alberto González Vázqquez, especialmente las que protagoniza Ferrá Adriá, son divertidísimas, y además demuestran que no necesita ser cafre para hacer gracia. Fontdevila le mete una colleja a Pablo Iglesias que me gusta no sólo por aquello de repartir a todos, sino sobre todo porque demuestra que el humor necesita no ser complaciente con su público. La colaboración de Lalo Kubala es especial porque trata de sus vacaciones en Túnez, que coincidieron con el atentado reciente.

Quiero destacar la historieta de Morán y Triz, porque normalmente se queda en un segundo plano. En esta ocasión me ha parecido fantástica y muy sagaz al desarrollar a dónde nos puede llevar la afición del gobierno de cambiar el nombre a las cosas —ya sabéis, «investigado» por «imputado»—. Me parece inteligentísima la manera en la que acaban cuestionando cómo las palabras importan y dan forma a la realidad, sin salirse nunca del gag de Mariano y Soraya.

En fin, que OyS sigue muy en forma, afinando cada vez más y sin perder de vista nunca su razón de ser. Y haciendo historia del cómic español, vamos a decirlo claro.

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Fulgencio Pimentel.

Ayer por la noche la cuenta de Twitter de Fulgencio Pimentel informaba de una triste noticia: han robado en su sede y se han quedado, de la noche a la mañana, sin sus herramientas tecnólogicas de trabajo. Teniendo en cuenta que Fulgencio Pimentel es una editorial pequeña en la que solamente trabajaban tres personas, esto es un golpe económico muy duro. Así que han lanzado esta pequeña campaña en la que, por la compra de un libro en su página web, regalan otro procedente de devoluciones de librerías.

Lo mínimo que puedo hacer yo es difundirlo en este pequeño espacio. Si teníais pendiente comprar alguno de esos libros —u otros de la editorial— éste puede ser un buen momento. Si no es así, os animo a probar, porque deduzco que si entráis en este blog es porque os gustan los tebeos, y nadie edita tebeos con el gusto de Fulgencio Pimentel. Son editores de tiempos pasados, que realizan una labor que ya pocos quieren o pueden hacer: seleccionan, ordenan, deciden. Editan, en definitiva. Realizan un trabajo de verdadera edición para crear libros propios y únicos, con diseños personalizados y un concepto estético y ético que respalda a cada uno de ellos. En tiempos de estandarización industrial, Fulgencio Pimentel insiste en otro modelo, más complicado, con menos resultados a corto plazo, pero que, sin duda, ahí quedará para los restos. Publican lo que debe publicarse, lo que estiman que necesita publicarse, y no lo que podría reportarles más beneficios. Esto es una opción, por supuesto, no estoy diciendo que lo contrario sea malo, pero sí que es con la que yo más puedo simpatizar. Fulgencio Pimentel nunca publica un libro que no pueda defender, y me consta que esto no es una pose, va en serio.

Y gracias a ese espíritu hemos tenido la suerte de ver publicados en España cómics como los cuatro libros de Frank,de Jim Woodring, que se ha convertido en uno de mis cómics favoritos, una auténtica obra maestra que jamás había sido publicada en España. También están publicando toda la obra de Olivier Schrauwen, uno de los autores de vanguardia más importantes del momento. O a la nueva sensación, Simon Hanselmann, al que incluso trajeron de gira por las Españas hace poco. Han publicado además algunos tebeos de uno de mis autores favoritos, Joann Sfar, y han recuperado historietas inéditas de los Hernandez Bros, nada menos. Y están a punto de publicar las obras completas de una autora clave del independiente norteamericano, Julie Doucet. Tampoco se olvidan de los autores españoles, y por ejemplo puede encontrarse en su catálogo una joya como Pulir, la puesta de largo de Nacho García, o Culto Charles de José JaJaJa, otro joven valor. Y no puedo olvidarme de una de sus mejores iniciativas, la publicación de una antología de cómic de vanguardia con autores de aquí y del extranjero, una maravilla que el mercado español necesitaba desesperadamente: Terry.

Aquí hago hincapié en los tebeos porque la cabra tira al monte, pero Fulgencio Pimentel también publica maravillosos libros infantiles, poemarios y libros de prosa (junto a Pepitas de calabaza), con el mismo criterio con el que edita sus cómics. La labor que hace esta editorial tiene, para mí, mucho valor. Me han dado a conocer autores nuevos y recuperado obras de otros que considero de los mejores. Es de esas editoriales que saben que su labor no puede ser solamente ganar dinero. Estoy seguro de que este revés no los tumbará, pero necesitan un empujoncito que tal vez entre todos podamos darles. No se trata de caridad, sino de solidaridad, de comprar ahora lo que tarde o temprano compraríamos. Lo merecen de veras.

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Lecturas variadas.

Aprovecho que es viernes —una excusa tan buena como otra cualquiera— para comentar brevemente algunas lecturas que he ido haciendo estas últimas semanas y que me temo que no tengo tiempo de reseñar con más calma.

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El primero es Negras son las estrellas (Norma Editorial), la tercera entrega de Ralph Azham, la serie de fantasía de Lewis Trondheim con la que parece quitarse —y quitarnos—el mono de La mazmorra. Sigue sin ser lo mismo porque falta Sfar en la ecuación y porque el mundo de aquella serie y su reparto de personajes había crecido ya mucho, pero a pesar de ello es un buen tebeo, aunque lo lea sin el entusiasmo con el que recibía cada álbum de La mazmorra —eso es cosa mía—. Trondheim pincha tópicos y le da la vuelta a situación clásicas del género fantástico, tan sobado ya, pero no por eso deja de tomarse en serio lo que cuenta, y se aplica en superar las limitaciones del formato y hacer avanzar la trama bastante en cada entrega. A estas alturas la historia ya ha alcanzado una dimensión global, tras partir de la típica situación con chico desarraigado en pueblo perdido de la mano de dios, y se ha oscurecido bastante. Creo que tras dos álbumes que leía por ser de Trondheim, básicamente, me he encariñado con los personajes. Sin este componente emocional creo que es imposible disfrutar de verdad de una serie así, así que espero que ahora venga lo mejor. Eso sí, el ritmo de publicación me sigue matando. ¿De verdad no sería mejor publicar esto en tomos directamente, Lewis?

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Hombre pobre, hombre rico (ECC) es la segunda entrega de la Antología poética de El Papus, la recuperación del material de la mítica revista que está llevando a cabo Toni Guiral en el seno de ECC. De nuevo es una serie de Ja, que junto con Ivá era el más bestia de la revista y al mismo tiempo el más reivindicable hoy, por mucho que su humor sobrepase muchos de los límites que los tiempos han establecido hoy —y no hablo de censura solamente, sino de sensibilidad social—. Esta sección tenía mucho de comentario de actualidad, aunque fuera tan anárquica como cabría esperarse de Ja. Comienza de hecho acompañando al editorial, aunque pronto pasa a páginas interiores para dejar espacio en la tercera a una historia sin título fijo, más adaptable. En Hombre pobre, hombre rico Ja juega a comparar a dos personajes, primero siempre simbólicos, pero más adelante con nombres y apellidos, que representan dos situaciones reales, aparecidas en prensa —con titulares fotocopiados refrendando su autenticidad—. Con ese recurso repetitivo pone de manifiesto las diferencias de clase, el diferente trato que la justicia otorgaba a unos y a otros, y el tratamiento de los medios de comunicación en ambos casos. Todo, por supuesto, burrísimo, sin preocuparse demasiado de las consecuencias, y con su lenguaje habitual, vivísimo. Una vez más, de quitarse el sombrero los artículos de Guiral, que contextualizan y explican las referencias de las historietas para el público que no viviera la época.

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Caspa en los sobacos (Rat Inkdustries) de Piñata es otra recopilación de humor, pero muy diferente. Es material del más cafre y escatológico aparecido en TMEO, una mezcla de mierda, sangre, semen y pus que no parece tener límites. Precisamente por eso, recopilado este material pierde impacto porque uno no siente asco realmente, a pesar de que por separado cada una de las páginas asquerosas de Piñata son un monumento al horror vacui más cerdo. «Altercado en el palacio X», precisamente porque tiene un argumento un poco más elaborado sin renunciar a la escatología, es mi historia favorita.

bumf

Bumf (Reservoir Books) es una nueva obra de Joe Sacco, nada menos. El registro es muy diferente al que estamos acostumbrados, y se adentra en el complicado terreno de la sátira política. Que además en este caso es además profundamente americana y alegórica, inserta en una tradición muy concreta. Sacco, no descubro nada, es inteligentísimo y sutil, y cada escena de esta historia parece encerrar algún doble significado. Plantea, básicamente, un organismo de control de la población a lo Gran Hermano, no muy diferente del que sueñan los garantes de la seguridad —y no sólo en EE. UU.—, y una especie de Guantánamo ubicado en otro planeta, al que se accede por un portal dimensional, y en el que, obvio, no se aplica la legalidad vigente y todo es posible. Seguramente presentar al presidente de la nación como un capullo imbécil manejado por los poderes en la sombra no sea muy original, pero Sacco mueve todo con gracia y mucha mala leche, y no deja mucho espacio a la esperanza, en la mejor tradición de la sátira, claro. Sin embargo, tengo que decir que me ha dejado un poco frío. Intelectualmente lo entiendo y lo he disfrutado, pero me temo que al lector español le faltan referentes para disfrutar totalmente un cómic que, pese a ello, merece la pena.

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La muchacha salvaje y Mireia Pérez en el club de lectura de novela gráfica de Muga.

El próximo miércoles 18, a las 19:00 horas, vuelve el club de lectura de novela gráfica que  coordino en la librería Muga de Vallecas, en la que será la primera sesión del ciclo de cómic de aventuras. En esta ocasión debatiremos en torno a La muchacha salvaje: Nómada, y tendremos el privilegio de recibir la visita de Mireia Pérez, que ha aceptado nuestra invitación para participar en el club. Os animo un mes más a que os paséis por la librería y participéis en el debate, que os aseguro que es cada vez más enriquecedor y divertido.

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Cuaderno uno, de Miguel B. Núñez.

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Recientemente he podido leer Cuaderno uno, de Miguel B. Núñez, editado por Libros de Autoengaño en una modesta tirada de doscientos ejemplares de impresión digital en A5. Núñez es un autor interesante que siempre ha ido un poco a su aire, sin demasiado éxito de público, aunque, por ejemplo, El fuego (¡Caramba!, 2013) me parece uno de los cómics más injustamente ignorados en los últimos años. En este Cuaderno uno la intención es muy diferente: se trata de un diario dibujado en un estilo mucho más convencional y espontáneo, donde Núñez apunta anécdotas que le han sucedido o reflexiones que le vienen a la cabeza desde 2009 a 2013.

El tono contemplativo, favorecido por el propio carácter de Núñez y por su residencia en una zona rural muy tranquila, con terrenos y algunos animales de su propiedad, resulta muy cercano al que parece su gran inspiración: Las pequeñeces de Lewis Trondheim. Pero mientras el francés cierra sus páginas con una intención narrativa más consciente —en el sentido de que finaliza las pequeñas historias— y busca a veces el humor, Núñez es más libre. Parece como si realmente esto lo estuviera dibujando exclusivamente para él. Sea cierto o no, esa intimidad se traslada al lector, que entra en su mundo sin darse cuenta: su interés por la ciencia, sus gustos musicales, sus cómics, su relación de pareja, el nacimiento del primer hijo…

Me ha encantado la delicadeza de este librito. La manera humilde en la que Núñez reflexiona en voz alta, la inmediatez con la que está dibujado, y la sencillez con la expone todo. Me habría gustado que las páginas estuvieran un poco más limpias, especialmente en lo que respecta a los textos, pero seguramente así se habría perdido la sensación de estar prácticamente leyendo el mismo cuaderno que el autor dibujó.

Este tipo de obras, que para algunos son de las que «no cuentan nada», en el fondo son las que más profundamente nos acercan a la naturaleza de la vida real. Las pequeñas cosas del día a día se mezclan con las grandes alegrías y tragedias que sobrevienen sin más, sin guión previo, como este cómic. En su últimas páginas, tras un salto en el tiempo de más de un año, no podemos evitar sentir una punzada de amargura cuando descubrimos qué ha pasado en ese tiempo en la vida de Núñez. Y si es así es únicamente porque en todas las páginas anteriores ha conseguido que empaticemos con él y entremos de lleno en su vida, que no es nada extraordinaria, pero que es tan interesante como cualquier otra vida.

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Capitán América: el soldado de invierno y Iron Man 3.

En los últimos días he recuperado un par de películas de Marvel Studios, por ir abriendo boca antes de la segunda parte de Los Vengadores. No soy de estar meses dando saltos esperando los estrenos —de hecho las películas suelo verlas mucho después—, y que, en general, no me vuelven loco —Los Vengadores sí me gustó bastante, ojo—, pero en esta ocasión las dos películas me han sugerido cosas interesantes que quiero comentar.

Se trata de Capitán América: el soldado de invierno, dirigida por  Anthony y Joe Russo, y Iron Man 3, dirigida por Shane Black. La primera me ha divertido mucho y la segunda no tanto, pero ambas comparten algo que considero esencial: tratan temas de nuestro tiempo, relevantes en la sociedad de hoy en día. Es algo que siempre ha acompañado a los buenos cómics de superhéroes, hasta que en algún momento de los 90 éstos se perdieran en su propia historia y dejaran de mirar hacia afuera para mirarse el ombligo. En el momento que fue más importante arreglar la continuidad que reflejar la realidad algo se perdió; aunque es justo decir que durante los últimos años se ha recuperado eso, al menos dentro de Marvel. Lo cual, aclaro, no tiene nada que ver con la calidad de los cómics, o en cualquier caso no es un factor definitivo.

En Capitán América: el soldado de invierno el tema central es la elección entre seguridad y libertad. Es una cuestión que siempre ha existido, por supuesto, pero tras el 11-S se ha convertido, quizás, en la gran decisión de nuestra época, hasta el punto de marcar la agenda de los gobiernos de EE. UU. La manera en la que se expone no es excesivamente compleja, pero sí es la justa para que no sienta uno que lo toman por idiota. Es la adecuada para una película de acción y no se come la trama con diálogos expositivos, como sucedía en el tercer Batman de Nolan. Y desde luego pienso que acierta de pleno al situar al Capitán América en el bando de la libertad. Para él nada justifica recortar los derechos de los ciudadanos. Es lo que el Capitán América debería ser siempre, y no la imagen distorsionada que algunos tiene de él: no es un boy-scout, sabe que hay que luchar y emplar la violencia, pero siempre tiene claro que representa unos ideales antes que un gobierno o una política concreta. No es el facha chulangas de The Ultimates ni un capullo ingenuo, sino el defensor de los derechos civiles que escribían Englehart, Stern o Gruenwald.

En Iron Man 3 el aparente villano es un terrorista árabe, el Mandarín. Sin embargo en determinado momento se descubre que todo es una farsa, de manera que se ponen sobre la mesa dos temas: el simulacro a través de los mass media como método para generar —y controlar— el miedo en la población, y el hecho, por otro lado, de que el verdadero peligro es interior: un pringao que cumple el sueño americano y se convierte en un exitoso hombre de negocios al frente de IMA y que monta la mundial para vengarse de Stark. Los temas no son tan centrales como en la película del Capitán América, sino que todo está mucho más centrado en la historia personal de Stark, pero son parte del trasfondo. La puesta en escena del Mandarín, literalmente teatral, recuerda a la de los vídeos de Al Qaeda o a los de los escalofriantes vídeos de ISIS, que los medios occidentales, por cierto, no tienen ninguna duda ética en difundir.

Luego cada una de las películas funciona a su manera. La protagonizada por el Capitán América tiene un ritmo impecable y combina acción, drama personal y humor con mucha chispa. Y sobre todo, como en Los Vengadores, al verla me creo completamente a los superhéroes de carne y hueso. En este caso era además complicado porque tanto él como el Halcón y la Viuda Negra, coprotagonistas, son humanos casi normales, sin poderes extraordinarios. Pero las flipadas que hacen funcionan, porque se mide bien el uso de los efectos especiales y los muñecos de CGI, pero también porque existe la convicción de que puede hacerse. La forma de luchar y de lanzar el escudo del Capitán es puramente de tebeo, no guarda ningún tipo de lógica física ni pretendió nunca ser verosímil. Sin embargo escenas como la lucha contra el vehículo volador que intenta impedir la huida del Capitán demuestran que puede hacerse algo más que digno.

En Iron Man 3 la acción también está bien rodada y representada, pero las elecciones sobre cómo funcionan las armaduras de Iron Man llevan a que ésta sea un poco aburrida. No me gusta nada la manera en que funcionan sin piloto, se rompen en partes, se caen a cachos cuando golpean al portador, ni me gusta, sobre todo, la forma en la que Stark cambia de armadura en medio de la pelea o sale de ellas para huir de un golpe, sólo para que otra lo recoja y se le enganche en plena caída. Diría que hasta me puso algo nervioso, la verdad. Pero, de todas maneras, la armadura y las peleas de superhéroes tienen aquí mucha menos importancia. Iron Man 3 quiere ser sobre todo una película sobre Tony Stark, un Tony Stark en su peor momento, en shock tras estar a punto de morir en Los Vengadores. Es, y por eso creo que no me ha interesado demasiado, otra vez la historia del camino del héroe, con ligeros cambios. Tony tiene que pasar su propio calvario, desprovisto de sus atributos y expulsado de su hogar. Tiene que volver a creer en sí mismo y reconstruirse para poder enfrentar y vencer a su enemigo. Admito que tiene su coña que aquí el adyuvante mágico sea un niño superdotado, pero al final todo es tremendamente previsible, incluyendo la no muerte de Pepper, y la resolución final demasiado apresurada. El cambio de sentido de la frase que pronunció al final de la primera película, «Yo soy Iron Man» pierde fuerza al tener claro que, dado que hay una segunda película de los Vengadores, la renuncia de Stark a la armadura será sólo temporal.

Más allá de que la primera me gustara y la segunda no, hay otra cosa que me parece destacable de ellas, y en general de todas las películas de Marvel Studios: la manera en la que han asimilado el concepto de continuidad de los cómics. No era fácil, porque en los cómics el ritmo de publicación permite mucho margen. Cuando tienes que ofrecer una aventura cada mes no hace falta que todas ellas sean significativas para la biografía del protagonista, no hace falta cambiar nada, puede ser una aventura rutinaria más, la dosis de acción pertinente. Pero cuando lo que ofreces es un largometraje de dos horas y pico cada dos o tres años, no puedes permitirte que sea una aventura más. Iron Man 2 me dejó esa sensación de relleno, pero esono sucede con la tercera entrega, al margen de su calidad. La manera en la que se alude al resto de películas en cada una también es muy inteligente: no se pierde al espectador pero da la sensación de cohesión. Hasta parece, en momentos como el flashback en el que Tony revive el final de Los Vengadores, que estamos viendo una de esas viñetas con una llamada al pie que remite a un número anterior. El problema es que está continuidad concentrada y en miniatura tiene fecha de caducidad, porque los actores y actrices, al contrario que los dibujos, envejecen o simplemente deciden dejar de trabajar en la franquicia. Y escoger a intérpretes conocidos hace complicado que se les cambie sin reiniciar la historia, pero reiniciar la historia una y otra vez —como está pasando con Spider-Man— resta interés.

En cualquier caso, echando un vistazo a cómo están ahora las cosas, me resulta evidente que el foco de interés, la zona cero del género de los superhéroes, se ha trasladado definitivamente al cine. No sólo porque es, para el gran público, su hábitat natural —los tebeos no aumentan las ventas de forma significativa con cada película—, sino porque gran parte de los aficionados a los cómics se muestran claramente más interesados en los estrenos cinematográficos y en los movimientos previos.

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Orgullo y satisfacción 7, de VVAA.

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Siete números ya de Orgullo y satisfacción: más de medio añito. El proyecto sigue adelante y a estas alturas, o al menos en el número de este mes, ya no esperamos grandes revoluciones. Ha encontrado un modelo perfectamente equilibrado entre series, actualidad y las secciones fijas del dossier y las «últimas letizias». La revista es plural, tiene su propia personalidad y al mismo tiempo otorga a cada autor margen de maniobra y libertad para hacer y deshacer en su espacio. Hay alguna novedad, como la sección de Bernardo Vergara e Iu Forn, pero no son grandes movimientos. Por todo esto, la verdad es que no tengo mucho que añadir, en términos generales, a lo que he escrito en meses anteriores. Pero sí quiero comentar algunos de los contenidos de este número 7:

Lo de los editoriales de la revista empieza a ser de antología. En éste, el invitado especial me ha hecho partirme.

Manel Fontdevila ha dibujado las mejores páginas, esta vez. «Lampedusa» es tan negro y descorazonador como Tengo hambre, el cómic que realizó Fontdevila junto a Santiago García. Comparten el mismo humor negrísimo, que es un espacio en el que se siente muy cómodo y desde el que es capaz de lanzar la crítica más despiadada. Cuando se pone serio, simplemente no tiene rival.

Paco Alcázar está sacando diamantes del formato de tira de tres viñetas que maneja en «La fábrica de problemas», que es, de todo cuanto hace ahora, seguramente lo que más me gusta. Espero cada mes la tira de «Francisco Ibáñez» como si fuera maná caído del cielo.

Manuel Bartual está cada vez más loco y divertido en «Bienvenidos al futuro». Se nota lo mucho que disfruta con ella. Visto en perspectiva, creo que, creativamente, ha sido de los dibujantes que más se han beneficiado del cambio.

Albert Monteys, Alberto González Vázquez y Luis Bustos se han convertido en tres pilares básicos de la revista. En este número seguramente no están sus mejores colaboraciones para Orgullo y satisfacción, pero eso sólo demuestra el nivelazo en el que se mueven. Nunca defraudan.

Mel ha dibujado la que creo que es mi tira favorita de «Paco Pánico», que no siempre me hace gracia, la verdad sea dicha. Se trata de la segunda de la página 13.

Este mes vuelve a haber un regalo exclusivo para suscriptores —otro motivo más para convertirse en uno y dejar de estar pendiente de pagar el número de cada mes—, el especial «Leyendas urbanas de la política española». Es una idea original y buenísima en la que se mezclan leyendas urbanas muy conocidas con políticos españoles. Los resultados son loquísimos y rozan el absurdo más delirante. Mis páginas favoritas seguramente sean las viñetas de Paco Alcázar —protagonizada por dos políticos catalanes—, las «Tres ideas en una» de Vergara y la viñetaza de Guillermo con Pedro Sánchez y la chica de la curva.

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