Un crowdfunding para CuCo

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Puede que muchos de los lectores habituales de este blog ya lo sepan por otra vía, pero quiero contaros que ayer lanzamos una campaña de crowdfunding con el objetivo de sufragar una serie de gastos que CuCo, Cuadernos de cómic, ha ido generando a medida que crecía. Para garantizar que ese crecimiento continúe al tiempo que sigue siendo un proyecto sin ánimo de lucro y gratuito, que de cabida a todas las personas que están investigando sobre cómic en la actualidad, mi compañero Octavio Beares y yo hemos decidido organizar este crowdfunding. El arranque nos ha dejado sin palabras: en menos de doce horas se habían acabado las diez recompensas más cuantiosas, y ahora mismo llevamos recaudados más de mil euros. El objetivo lo hemos marcado en mil setencientos; lo que hemos calculado que necesitamos. Si conoces CuCo y te apetece colaborar con el proyecto, aquí puedes hacerlo.

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El guión de cómic

Al fin puedo anunciar que el próximo 3 de mayo verá la luz un libro de entrevistas con guionistas de cómic en el que he estado trabajando varios meses. Su título es El guión de cómic, y edita Diminuta Editorial. En breve os contaré más del proyecto; de momento, os dejo con la portada y con los datos editoriales:

el guión de cómic

Enrique Sánchez Abulí, Antonio Altarriba, Juan Díaz Canales, Santiago García y David Muñoz son los profesionales con los que hemos conversado en torno a su profesión. Estos cinco profesionales son representativos de las diferentes corrientes y escuelas del cómic contemporáneo, y su experiencia tanto en el mercado español como en el internacional sin duda resultará enriquecedora tanto para aspirantes a guionista como para personas aficionadas al cómic.

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166 páginas

PVP 18 euros

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Wassalon y ¿Quién ama a las fresas?, de Clara-Tanit

El domingo pasado dediqué la mañana a leer Wassalon (Astiberri, 2007) de Clara-Tanit, y me ha gustado tanto que acto seguido he releído ¿Quién ama a las fresas?(Astiberri, 2010), que, por otra parte, tenía bastante olvidado. Ha sido un ejercicio interesante leer las dos obras seguidas, y creo que me ha revelado claves del trabajo de la autora en las que no había reparado por falta de perspectiva.

Clara-Tanit Arquet (Girona, 1981) responde a un perfil de autora cada vez más habitual: proviene de una formación académica, primero en interiorismo y luego en ilustración, en la famosa escuela Massana, y llega al cómic tarde, como lectora y como autora (toda esta información la he extraido de esta entrevista en Entrecomics). Es decir, que nunca fue aficionada, de modo que no acarrea un bagaje lector que, si bien aporta muchas cosas, también puede ser limitador cuando lo que se pretende hacer es algo nuevo o rupturista. Este tipo de autores no se plantean si tal o cual cosa se puede hacer en el cómic: simplemente la hacen, porque les apetece, lo necesitan o encaja con su obra, no con las verdades sobre la naturaleza del medio que se han repetido hasta la saciedad. Por eso Clara-Tanit no sigue ninguna regla en cuanto a secuencia y composición de página: a veces se limita a una plantilla funcional de viñetas, otras elimina sus marcos, otras utiliza una página entera para mostrar una ilustración sin texto. Creo que también influye esa falta de afición previa a convertirse en autora —y provenir de otro campo creativo— en su variedad de registros y técnicas mixtas: no siente la necesidad de generar un estilo personal siempre reconocible. Y, de hecho, en «¡Vámonos a vivir al campo! —me dijiste”», su historia incluida en Panorama (Astiberri, 2013) apenas se rastrea la huella estilística de ¿Quién ama a las fresas?.

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Sin embargo sí hay algunas constantes: el dibujo sencillo, sin demasiados accesorios, el trazo irregular y el aspecto en parte naíf. En Wassalon experimenta menos con los cambios de registro y técnica, pero ya ensaya algunas soluciones narrativas que se salen de lo habitual —la página donde explica cómo se aparean las babosas, por ejemplo—. Las dos obras comparten temas y motivos. El universo de Clara-Tanit está cerca del de otros contemporáneos como Martín Romero, Lola Lorente o Alberto Vázquez; comparte con ellos el tono melancólico y oscuro —si bien no incluye la influencia gótica de alguno de ellos—, y el interés por explorar la soledad y la alienación en personajes marginados, diferentes y únicos. Resulta interesante preguntarse por qué este tipo de historias proliferan en un momento en el que, precisamente, hay cada vez más diversidad en todos los ámbitos sociales; tal vez sea precisamente por eso que son necesarias. Clara-Tanit representa a esos personajes diferentes a través de lo visual: Wassalon es una lavadora, su pareja un Patoconejo, la protagonista de ¿Quién ama las fresas? es una chica con cabeza de fresa, etcétera. No son simples convenciones gráficas, no se está jugando con un código del cómic clásico como pudo hacer Maus: son realmente lo que parecen, al modo de lo que hoy hace Roberta Vázquez en sus cómics. Wassalon trabaja como lavadora en una lavandería, de hecho. Y Fresi tiene realmente cabeza de fresa, y todas las personas a su alrededor son conscientes de ello y de su diferencia. De este modo, Clara-Tanit consigue que lo que no deja de ser una impresión común a todos los adolescentes —«soy distinto a los demás y por eso nadie puede comprenderme»— sea algo objetivo y evidente para todo el mundo.

Wassalon es el primer trabajo largo de Clara-Tanit. Aunque se compone de varias historias cortas, el conjunto tiene unidad narrativa completa. El tono es costumbrista, sin demasiadas incursiones en lo irreal o en lo onírico, más allá de que, claro, el costumbrismo es un poco raro cuando transcurre en un mundo poblado por animales antropomorficos, monstruos informes y máquinas dotadas de vida. Por lo demás, y es un acierto por parte de la autora, todo es como en nuestra realidad: trabajos precarios, insatisfacción permanente en una generación a la que se le había prometido todo y no tiene nada. Resulta muy llamativo que estos temas aparezcan en un cómic dibujado entre 2006 y 2007, teóricamente antes de la crisis económica. Ya entonces, resultaba pertinente contar la historia de una lavadora que está harta de trabajar como una autómata haciendo lo que otros han decidido que haga: merece una reflexión, porque demuestra que la cosa viene de lejos y que ha problemas que tienen más de ocho años.

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Pero además de eso, en Wassalon se explora la desazón vital de la lavadora protagonista, cuyos sentimientos están determinados por su naturaleza mecánica, que la hacen diferente y dificulta sus relaciones de pareja. Por eso rompe con Patoconejo —que se llama así porque es hijo de Madre Conejo y Padre Pato, por supuesto— y deja al mismo tiempo su cómodo pero ingrato puesto de trabajo. Su falta de humanidad convencional es tal vez lo que la lleva a acabar con la vida de un gato que adopta Patoconejo, en una de las escenas más duras y a la vez interesantes del cómic. La deriva vital de Wassalon provoca cierta morosidad narrativa, no del todo bien resulta en los tramos finales. No estoy pidiendo un final cerrado en el que todo quede bien claro, pero sí creo que el camino que toma aleja al lector, quizás un pelo de más. Intenta un equilibrio entre desconcierto, misterio y empatía con los protagonistas difícil de lograr, de todas formas, y esto es un más que interesante primer ensayo.

Tres años después llega ¿Quién ama a las fresas?, gracias a la beca Alhóndiga. En ese tiempo han pasado muchas cosas en el mercado español. Wassalon se había publicado el mismo año en el que Astiberri ponía a la venta Arrugas (de Paco Roca) y María y yo (de Miguel Gallardo), los dos tebeos que lo cambiarían todo, comenzando a introducir en la novela gráfica española al gran público mediante temas socialmente relevantes, que interesaron a un lector adulto. Tal vez era pronto para que un trabajo de las características de Wassalon saltara a ese ámbito, como también lo fue para Psiconautas, de Alberto Vázquez, publicado en 2006 por Astiberri. Pero en 2010 se podían concebir cosas diferentes: por ejemplo, editar un libro de tapa dura y ciento cincuenta páginas con una historia atípica y dibujo en bitono. Clara-Tanit también se atreve a más y llega más lejos, en parte por la evolución lógica como autora, pero también porque puede contar con más espacio, y eso afecta al tipo de estructura que puede desarrollar, a la profundidad del tratamiento de los personajes y los temas, y la cohesión de toda la obra, en definitiva. No es lo mismo acumular capítulos breves casi autoconclusivos como hizo en Wassalon que concebir y ejecutar una historia unitaria.

Sin embargo, también es cierto que en ¿Quién ama a  las fresas? están los mismos temas que en la obra anterior, sólo que más elaborados, con resultados más redondos. Clara-Tanit es mejor autora, y por tanto está mejor preparada para contar lo que quiere, obviamente. De este modo la simbología es un poco más profunda, está mejor sugerida, y aunque hay cierta continuidad en algunos rasgos narrativos —por ejemplo, poner a los personajes nombres obvios y descriptivos, de modo que identidad y naturaleza son una misma cosa— la manera de plantear la historia hace posibles variantes interesantes. En este caso, los personajes anómalos son más escasos. Al contrario que en Wassalon, la mayoría de la gente son personas, seres humanos convencionales. Eso hace que Fresi se sienta totalmente sola y diferente, más diferente aún que Wassalon, porque al menos ésta podía sentir cierta hermandad con otros marginados. Pero aunque esto sea así, al mismo tiempo Fresi es idéntica a su madre —que, según cuenta, proviene de una familia donde todos son fresas, pero la abandonó para seguir su camino—; y no hay nada más terrible para una adolescente que sentir que es igual que su madre. Así que, por supuesto, le culpa de todo lo que le sucede y dirige su ira, recientemente aparecida junto a la pubertad, contra su progenitora, a quien la situación desborda por completo.

Todo esto lo vamos descubriendo según leemos; no es un punto de partida, sino que se se va desgranando en escenas siempre subjetivas, porque todo lo vemos a través de los recuerdos de una Fresi que se encuentra en coma. Además de recordar, imagina un viaje onírico, lleno de símbolos que podemos relacionar con su vida real. El contraste produce un ritmo perfecto y resalta el valor alegórico de la historia, sin caer nunca en lo obvio o en lo intrascendente.

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También se genera un contraste interesante entre los recuerdos y sueños de Fresi y lo vivido por su propia madre, que la observa en el hospital y que acaba teniendo una aventura con su médico —el doctor Médico—. Mientras Fresi busca al chico con una manzana por cabeza, recuerda su pérdida de la virginidad con un chico con cabeza de ratón, también diferente pero bien integrado en la clase a la que pertenecen ambos, conoce a una amiga que representa lo que Fresi querría llegar a ser —alguien orgulloso de su diferencia— y se hace acompañar de un panda de peluche que supone otro nexo de unión con Wassalon, y que es enterrado simbólicamente al final de la historia, cuando Fresi despierta de ese coma provocado por su cerebro para permitir un reseteo de su memoria y empezar de cero.

Lamentablemente, una obra tan destacada como ¿Quién ama las fresas? no ha tenido, por el momento, continuidad, más allá de alguna historia corta, como la que mencionaba antes incluida en Panorama. En ésta, Clara-Tanit confirma su desinterés por encontrar algo parecido a una fórmula, ni en sus temas ni en su estilo de dibujo —que ahora vira a la preeminencia de la mancha de color—, aunque de algún modo se sigue viendo su mano, que es la mano de una precursora de la explosión del cómic de vanguardia que experimentamos en los últimos tres o cuatro años. Ojalá volvamos a leer una obra suya muy pronto, porque de alguna forma siento que éste es el momento perfecto para hacerlo.

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Unos cuantos fanzines de GRAF.

En el pasado GRAF de Barcelona adquirí un número bastante elevado de fanzines, por decirlo suavemente. Compré o me regalaron bastantes cosas que me llamaron la atención, obras de gente que ya conocía y de otra que no. Eso es lo mejor de GRAF: siempre vas a conocer a un autor que no conocías hasta entonces. El nivel medio de la autoedición que puede verse en GRAF —hago énfasis en esto, porque en GRAF obviamente no están todos los que son— me parece notable, y más aún teniendo en cuenta que hablamos de un sector bastante horizontal en el que encontramos profesionales y aficionados. Hay mucha gente haciendo cosas fantásticas, y por eso me apremian aún más las ganas de escribir sobre ellas. Así que vamos con unos cuantos —no todos— fanzines que me traje de GRAF, más algún otro extra.

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De hecho, el primero esperaba su reseña desde un tiempo antes. Se trata del número cero de Chicos, de Mireia Pérez. Se trata de un cuadernillo lleno de textos y dibujos que giran en torno al sexo y al cuerpo, donde Pérez demuestra que cada vez dibuja mejor y, sobre todo, nunca dibuja igual. El fanzine se acompaña con pegatinas y láminas. De Chicos me gusta su cualidad física, la carne mutable y sudorosa, los coños por todas partes, y el coño corazón. Una mujer que dibuja «lo que me sale del coño. También lo que entra», que cuenta pequeños cuentos de enamoramientos infantiles y adultos y que es malvada. Me encanta, sobre todo, la página muda en la que se cuenta un encuentro entre chico y chica, con carnívoros resultados. A modo de complemento, Pérez llevó a GRAF un minizine, Ñam, un desplegable que incluye un coño dibujado con todo lujo de detalles, un Ingres intervenido, y varias ilustraciones de carne y sudor.

Relacionarse muy duro es el nuevo fanzine de la prolífica Klari Moreno. Se trata de un fanzine de factura artesanal, con detalles aplicados a mano —cada portada es dibujada de forma individualizada—, que funciona como una alegoría de las relaciones humanas de todo tipo. Sus dibujos mínimos, sin escenarios, repartidos por unas páginas que respiran con grandes espacios en blanco, representan personitas que interactúan entre sí. Con el mutismo habitual en los cómics de Moreno, los personajes se tocan, hablan con bocadillos abstractos, se enrollan dentro de burbujas, tiran de cuerdas tensas, y se agobian con sus nudos en el estómago. El repertorio de recursos estrictamente gráficos es suficiente para mostrar la complejidad que entraña el acto de relacionarse con nuestros semejantes. Me gusta mucho el detalle final: en la página de créditos, una chica aparece tranquilamente sentada en el suelo, junto a su perra: una imagen que contrasta con la tensión inherente a todas las relaciones humanas que se han mostrado en el fanzine.

hocicos húmedos

La misma autora se asocia con Joaquín Guirao en Hocicos húmedos¸ precisamente para asomarse al universo de los perretes. Desde el encantador y genial prólogo, escrito por un miembro de la especie canina, el fanzine despliega piezas de Guirao y Moreno en las que se juega, a veces, con el contraste entre el aspecto adorable de los perros y el contexto oscuro: un perro protagoniza una portada de black metal, tres adorabilísimos cachorritos portan una pancarta en la que leemos «Kill all humanity»… Contrasta también la caricatua cartoon de Guirao con el trazo sueltísimo y sintético de Moreno, que refleja con un naturalismo engañosamente simple los movimientos y posturas de los animales protagonistas.

puta mierda

Puta mierda, obra de Andrea Ganuza, es un fanzine a la antigua usanza: libre, puro y muy punk. Contiene seis historias en primera persona, sinceras y directas, que hablan de borracheras, sexo y relaciones sentimentales. Composiciones de página imaginativas y un efectivo dibujo a tinta de pinceladas gruesas que contienen mucha fuerza, pero también mucho humor. Aunque sea un poco amargo. Me gusta mucho cómo integra las fotografías en el conjunto, dotando de más verosimilitud a la voz de la autora. Mi historia favorita es sin duda «Las hilanderas», que empieza con un sueño y acaba con el cuadro de Velázquez como metáfora de hermandad entre mujeres y del autoconocimiento y la independencia a través del sexo con una misma.

grandes mujeres

Grandes mujeres que quizás no conoces es un pequeño fanzine de ilustraciones, encuadrado dentro de la iniciativa «Primera vez» del sello Fosfeno. Salvo Erica Fustero, sus dibujantes me resultaban desconocidos: Adrián Rodríguez, Bárbara Cachán, María Martínez y María Rodilla. En sus páginas podemos encontrar retratos en estilos muy diversos, desde el más naif hasta el realismo casi fotográfico, de diferentes mujeres destacadas en todos los campos del conocimiento. Cada ilustración viene acompañada por un pequeño texto que contextualiza sus figuras. Me encanta la mezcla totalmente transversal y rupturista con la clasificación en alta y baja cultura, que permite que encontremos a Federica Montseny —excelente dibujo, por cierto— en el mismo cuadernillo que Frida Kahlo, Rosalind Franklin o Suzy Quatro.

ohg!

A Lorenzo Montatore lo acabo de descubrir gracias al fabuloso La muerte y Román Tesoro (DeHavilland, 2016). En GRAF pude adquirir un par de fanzines suyos, editados por su propio sello Panoli, que me confirman que es un autor a seguir, libre, divertido y que se divierte un montón dibujando lo que le da la gana, historias locas en las que lo gráfico se despendola y absorbe todo. Ohg!, publicado en 2015, es un fanzine de edición muy cuidada, en el que una divinidad que surge de la pura abstracción gráfica crea el mundo tal y como el dios del Génesis hizo, para luego crear a un ser humano que debe darle un nombre a este dios gamberro. Por supuesto, todo se descontrola hacia el final, de un modo maravillosamente inesperado. Por su parte, El enigma de Boskov es más inconexo, ya que recopila ilustraciones y un par de páginas de cómic que tienen que ver con Boskov, un personaje extraño y desconcertante, que se enfrenta a otros personajes y monstruos. Todo parece girar en torno a una misteriosa piedra que concede poderes indefinidos. El resultado es magnético, aunque carezca del punch de Ohg!.

superbien

De Pablo Taladro también me traje dos fanzines. Taladro practica un estilo sencillo de dibujo, y temáticamente tiene claras reminisciencias del underground, pero también de aquellos autores de la «línea tremenda» que publicaron trabajos en los años noventa, sobre todo en Subterfuge, los Ladrón, Serra, Crespo e incluso el primer Paco Alcázar. En No te confíes, Taladro presenta una serie de historias cortas protagonizadas por personajes oscuros y marginales, caricaturas de tipos sociales que muestran no ya defectos, sino una psicopatía social importante. Se van cruzando en relaciones malsanas —el secundario de una se convierte en protagonista de otra posterior— de traición y apariencias precariamente mantenidas. Es una sátira gruesa de las convenciones sociales que todos mantenemos, irregular, pero con buenos momentos. Superbien me ha gustado mucho más; había leído ya algún capítulo en algún fanzine colectivo —no consigo recordar en cuál— de esta historia larga protagonizada por el profesor Buen Hombre y Perro Abandonado. Perro resulta ser el típico cabrón que se aprovecha de la bondad de quien sólo quiere ayudarle, y cuando el profesor lo acoge en su casa, convierte su vida en un infierno: engancha a su hijo a la droga, se acuesta con su mujer… Es la representación del mal absoluto, que incluso llega a corromper a dios. Es una historia oscura y grotesca, en la que no podemos evitar sentir una empatía dolorosa con el profesor Buen Hombre.

Algunas de las imágenes de este post las he tomado de la web de Fatbottom Books.

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Tres libros sobre cómic.

En los últimos meses he podido leer varios libros teóricos sobre cómic, de muy diversa naturaleza. La publicación de libros así, cada vez más frecuente, es un signo muy positivo y que dice mucho sobre el momento actual. Hay un interés sobre la historia del medio y sus entresijos que va más allá de la mera lectura evasiva, y que indica no sólo un mayor reconocimiento cultural, sino un interés por parte de la academia: hay muchas tesis doctorales sobre cómic que se están leyendo en estas fechas, coincidiendo con la extinción del plan antiguo de doctorado. Y que seguro que, en un plazo de tiempo prudente, comienzan a traducirse en más libros teóricos. Es algo no sólo deseable, sino necesario.

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El primer libro que he estado leyendo no es exactamente teórico. Se trata de Robert Crumb. Entrevistas y cómics (Gallo Nero, 2014), una recopilación de entrevistas aparecidas en The Comics Journal entre 1984 y 1995. El interlocutor de Crumb es, casi siempre, Gary Groth, uno de los dos principales responsables de la revista y de la editorial Fantagraphics. Las conversaciones entre ambos reflejan no sólo el complejo universo personal de Crumb, sino diferentes momentos de la industria del cómic estadounidense, y la evolución del cómic de autor desde el seminal underground que protagonizó el propio Crumb hasta el alternativo de los noventa, que estaba ya preludiando la novela gráfica. El retrato de Crumb es, por supuesto, fascinante. Se trata de un artista total, un misántropo consciente de serlo, que no tiene filtros en su arte. Es un personaje extremo, de opiniones políticas complejas y hasta contradictorias. Eso, la contradicción, en realidad está presente en todo su discurso y obra, y es, de hecho, lo que creo que lo hace único y central en la historia del cómic americano. Alterna opiniones lucidísimas con otras más que discutibles, pero siempre da la sensación de ser brutal e inconscientemente sincero. Puede ser graciosísimo cuando cuenta cosas muy duras sobre su familia, por ejemplo. Groth, que es uno de los mejores entrevistadores que he leído nunca, sabe llevar la conversación a donde Crumb puede explayarse, sin ceñirse a su obra y al medio: precisamente, uno de los problemas de algunas entrevistas sobre cómic es que el entrevistador parece más interesado en qué número de pincel usa el entrevistado que en sus opiniones sociales y políticas. Y es algo que no sucede, en general, en otros ámbitos. Pero lo que Crumb tiene que decir sobre la política neocon de su país en la era Reagan, sobre el recorte de libertades y la deriva puritana de la sociedad americana desde los locos sesenta a los temerosos ochenta, merece ser escuchado. Al igual que sus opiniones sobre el trabajo de varios colegas, sobre la autobiografía en el cómic, sobre el feminismo —profundamente contradictoria, de nuevo—… No siempre se estará necesariamente de acuerdo con él, pero siempre es interesante. La obra de Crumb puede entenderse un poco mejor si leemos cómo ve el mundo y, sobre todo, cómo se ve a sí mismo.

COBERTA PUIGMIQUEL

El siguiente libro que quiero comentar es Ángel Puigmiquel. Una aventura gráfica (Diminuta Editorial, 2015), un volumen que recopila una generosa muestra del trabajo de Puigmiquel, un artista olvidado dentro de la historia del cómic español. De él había leído El ladrón de pesadillas, recuperado por Glénat hace unos años, pero no sabía mucho más sobre él y su obra. El breve texto que acompaña y vertebra el material gráfico, escrito por Joan Manuel Soldevilla Albertí, aporta un recorrido por su vida y construye un retrato cercano y emotivo de una personalidad creativa y siempre inquieta. Puigmiquel trabajó en varios ámbitos, cultivó estilos muy diferentes, probó la aventura americana… Fue un artista único, de obra difícilmente encajable en las corrientes principales que los historiadores han acuñado, y sin personajes de peso que el público pueda identificar. Tal vez por eso ha quedado tan oscurecido, y por eso un libro como éste es importante: creo firmemente en que una de las principales labores de la crítica debe ser esta recuperación. Puigmiquel se ganó la vida como pudo pero, en sus últimos años sufrió el olvido y la dificultad para reinventarse; como tantos otros autores de la vieja industria del tebeo, se había acostumbrado a una forma de trabajar que se estaba extinguiendo. Años y años de negar la libertad artística y la experimentación no pasan sin haber hecho mella: el último trabajo, inédito por la quiebra de Toutain Editorial, es un vigoroso intento de no perder el tren de la modernidad, pero también evidencia la quiebra entre el viejo paradigma y el nuevo.

PortadaRAF

Otro libro centrado en un autor de cómics que trabajó principalmente en ese viejo paradigma es Raf. El ‘Gentleman’ de Bruguera (Amaníaco ediciones, 2015), escrito por Jordi Canyissà. Se trata de un trabajo de investigación de años, equiparable a una tesis doctoral, escrito desde la pasión pero también desde el rigor investigador. Es una labor titánica, con dificultades específicas que se suman a las habituales cuando uno se sumerge en la búsqueda de fuentes: la escasez de ejemplares de las revistas necesarias, la falta de entrevistas y documentos teóricos previos, dado el poco interés cultural y artístico que despertaban los tebeos, la vaguedad de ciertos datos…

Canyissà asume las limitaciones de su tarea, pero las solventa con vigor y con un entusiasmo encomiable. Sin que eso, como decía, empañe su rigor y su visión crítica, que lo llevan a reconstruir un relato perdido y fragmentado e incluso a corregir errores de la historiografía previa, muy limitada por la falta de fuentes y método. Como sucede en muchos autores de perfiles similares al de Raf, la poca importancia que se da a ciertos trabajos de encargo y las condiciones laborales hacen que el autor construya una biografía parcial e ideal, en la que omite aquellas cosas con las que no quedó contento o que simplemente ha olvidado. Le toca al investigador luchar contra esa autoimagen proyectada desde escasas entrevistas, y recuperar todo lo que el tiempo amenaza con enterrar.

Así, la obra completa de Raf emerge a la superficie, inmensa y vastísima. Canyissà ha realizado un trabajo de documentación impecable, ha leído una tonelada de páginas de historieta, y eso le ha permitido trazar un mapa minucioso y completo de dicha obra. Pero lo ha insertado en un relato compacto y unitario, en el que, de modo cronológico y con un excelente ritmo periodístico, desgrana la vida de Raf. No sólo eso, sino que también despliega una panorámica de un país y de una industria de la historieta que todavía tenemos que descubrir, porque se ha escrito mucho de ella, pero no siempre manejando las fuentes adecuadas. Canyissà, de hecho, en esto acierta al mezclar entrevistas propias, revistas, libros y entrevistas hechas por otras personas. El relato es ecuánime con sus fuentes, aunque se aplique una mirada crítica: cuando las versiones contradictorias sobre un mismo hecho no permiten conocer la verdad, el autor del libro lo deja ahí, para que cada cual extraiga sus conclusiones: es muy importante conocer los límites de nuestra labor como historiadores.

Canyissà no sólo mantiene siempre el interés, sino también el perfecto equilibrio —y era complicado— entre exposición de datos, relato personal y profesional, y descripción de obra. Aquí, aunque siempre sea evidente que el autor admira profundamente a Raf —tampoco lo oculta—, lleva a cabo una labor de crítica artística muy destacable; es uno de los aspectos que más he disfrutado de este libro, de hecho. Canyissà analiza cada serie de Raf explicándolas a partir de su contexto, sin eludir la crítica negativa cuando procede y analizando trazo, composición, guión…

Por todo esto, creo que es un libro interesante no sólo para fans de Raf —yo no lo soy especialmente—, sino para cualquiera interesado en la historia del cómic español y en la labor de crítica. Yo le agradezco no sólo los conocimientos que he adquirido, sino también la manera en la que ha desarrollado mi sensibilidad artística hacia la obra de Raf.

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Yo estuve en GRAF.

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El sábado pasado a estas horas estaba en Barcelona, participando en la organizado de la séptima edición de GRAF. Desde que volví a Madrid el domingo no he parado, así que he tenido que posponer demasiado tiempo, más del que me habría gustado, este texto.

Creo que ha sido en muchos aspectos el mejor GRAF hasta la fecha. Mucho público, más que nunca, que ha respondido al pequeño órdago qu lanzamos al extender el GRAF y su horario de stand desde el viernes por la tarde hasta el domingo a medio día. Siempre había gente; ni siquiera a la hora de comer se vaciaba del todo. El espacio de Fabra i Coats es simplemente perfecto para dar cabida a mucha gente sin que haya sensación de aglomeración ni agobio, ni para el público ni para los expositores. Sobre el público, por cierto, tengo que decir que en mis ratos en taquilla no sólo vendí entradas a mucha gente, sino también a gente muy diferente. Ya sé que el tópico cuenta que este tipo de evento sólo interesa a modernos, pero la realidad es muy diferentes: mujeres y hombres de todas las edades, familias con niños, todo tipo de pintas… Gente, sin más, interesada en la cultura y en la autoedición, concretamente. Otro de los tópicos, el de que a estas cosas se va sólo «a figurar», queda desmontado en cuanto uno ve el espacio de charlas casi siempre lleno —o en todo caso con un público mínimo siempre superior al que acostumbra verse en los grandes salones de Madrid o Barcelona—, o habla con las editoriales y autores presentes y constata que no sólo ha habido movimiento, sino que se ha vendido mucho. Algunos comentaban que ha sido, en este aspecto, el mejor GRAF.

Yo, por mi parte, disfruté muchísimo de la mesa redonda sobre teoría y crítica en la que participé, moderada por mi compañera Mireia Pérez, y también de la presentación de Que no, que no me muero con María Hernández Martí y Javi de Castro, y de la mesa que yo mismo moderé sobre edición y autoedicion. Pero sobre todo disfruté del ambiente. Llevo ya siete ediciones de GRAF, cuatro de ellas colaborando en la organización, y afortunadamente no dejo de sentir la misma ilusión y la misma sensación de pilas recargadas cuando termina. Ahora, además, tengo la sensación de que el evento se ha asentado, que se ha convertido en referencia y escaparate de una escena viva, siempre cambiante, que está llena de autores y autoras interesantes y en constante progresión. Dos cosas a destacar aquí: en esta escena hay, por primera vez, verdadera paridad. Incluso diría que había más autoras que autores. El hecho de que el cómic sea algo a la que la gente llega desde ámbitos muy diversos, y no sólo a través de la afición infantil que perdura o el fandom, está equilibrando esto a niveles normales en otros sectores artísticos. Y la segunda cuestión: hay talento. MUCHO talento. Cada vez veo más calidad y más artistas con cultura, con amplitud de influencias, con discurso. Tenemos mucha suerte por disfrutar de un espacio en el que encontrar obras de gente tan diferente como Klari Moreno, Joaquín Guirao, Irkus M. Zeberio, Anabel Colazo, Conxita Herrero, Marlene Krause, Pau Anglada, Marc Torices, Martín López Lam, Pablo Taladro, Lorenzo Montatore, Mirena Ossorno, Antoine Marchalot, Clara Soriano, Ana Belén Rivero, Sergi PuyolMireia Pérez o Roberta Vázquez. Por citar nombres que me vienen a la cabeza y que estaban presentes en GRAF; habría una lista aún más larga que añadir con las ausencias. En esta ocasión, sin embargo, contamos con la gente de Kus! y Chile com carne, que dotaban a GRAF de cierta dimensión internacional que yo echaba en falta, porque creo que es un signo de identidad de la nueva escena de autoedición.

Sólo me queda agradecer a Borja, Iñaki, Mireia y Pedro todo el trabajo y el esfuerzo —antes, durante y después de GRAF— y a Judith, Klari, David, Clara y Laura por su ayuda desinteresada. Y al resto de personas que echó una mano en organización o en montaje, a la gente de Fabra i Coats, a los responsables del bar, a Christian y su Microtebeoteca… y a los que me dejo. Lo mejor de GRAF es, sin duda, que es un esfuerzo colectivo. Y ahora, a por el siguiente.

Nota de prensa oficial post GRAF aquí.

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Sobre la polémica en torno a Mamen Moreu y Manuel Darias.

Manuel Darias lleva varias décadas publicando una sección sobre cómics en el Diario de avisos. Desde allí, ha hecho una labor de difusión del medio indiscutible. Sin embargo, en los últimos tiempos, según podemos apreciar todas las personas que recibimos puntualmente en nuestro buzón de correo electrónico su sección, ha generado mucha polémica con opiniones políticas y sociales muy conservadoras y afines a la derecha. Hasta aquí, entiendo que ejerce su derecho a la libertad de expresión y no tengo nada que objetar, aunque no comparta sus opiniones en absoluto. Sin embargo, recientemente, su tono se ha radicalizado y ha atacado a colectivos y personas utilizando términos inaceptables, en mi opinión. Sucedió cuando varios autores decidieron abandonar El Jueves y fundar Orgullo y satisfacción, y sucedió cuando las autoras de cómic llamaron al boicot al pasado festival de cómic de Angulema por la ausencia de nominadas que Darias justificó con agresividad, dureza e insultos —«feminazi» lo es—. Más allá de que considere que no tiene razón en su visión de las autoras y su valor y papel en la historia del cómic, insisto en que lo que me mueve a escribir este texto son sus formas, con las que creo que cruzó una línea que no debería cruzarse desde una tribuna pública.

Ayer Darias volvió a generar una riada de críticas en redes sociales por su artículo más reciente, titulado «El manifiesto de Mamen Moreu», en el que cuestiona las opiniones de la autora respecto a la remuneración de su trabajo y cómo mucha gente pide colaboraciones gratuitas. Mi rechazo frontal a la posición de Darias, que cuestiona una serie de elementos a los que sencillamente no tiene acceso —como que Moreu no cobra sus participaciones en charlas— y equipara realizar un dibujo a un fan con trabajar gratis, no es, de nuevo, lo que me ha resultado inaceptable.

Lo que creo que, honestamente, no puedo dejar pasar sin pronunciarme en público es el tono agresivo de Darias, su ataque personal a una autora de la que, parece, molesta que exprese sus opiniones. Me pregunto si no hay cosas que comentar en el mundo del cómic, novedades que reseñar, autores a los que entrevistar, antes que dedicar una sección de una página a un ataque resentido como éste.

Pero, por concretar, hay tres cuestiones que considero total y absolutamente inadmisibles en la práctica del periodismo y de la crítica:

  • La expresión de tales afirmaciones sin ponerse en contacto con la autora, con el fin de que corrobore las opiniones del periodista.
  • El uso de una fotografía sin el permiso expreso de su autora ni la cita a la autoría.
  • Las alusiones al aspecto físico y la sonrisa de la autora protagonista de la sección, en un epígrafe titulado «Poniendo rostro a Mamen» completamente desconectado de la argumentación principal y que sólo puede entenderse desde el machismo.

Por todo ello, quiero expresar públicamente mi rechazo a estas prácticas, así como mi solidaridad con Mamen Moreu. Me sumo, asimismo, a su petición de disculpas públicas y rectificación por parte de Diario de avisos y Manuel Darias.

Y por último, y tras meditarlo muy seriamente, he decidido renunciar públicamente al premio que el Diario de avisos me concedió al Mejor comentarista de 2014. Agradecí y agradezco de corazón ese premio, pero haciendo examen de conciencia, no puedo conservar un galardón otorgado por una persona y un medio que están difundiendo ideas y maneras que chocan frontalmente con todo en lo que creo. Lamento mucho tener que hacerlo, pero es la única forma en la que puedo pronunciarme en público sobre lo que ha sucedido sin sentirme hipócrita.

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