Quartznaut, de Álex Red.

quartznaut

Quartznaut de Álex Red es el último cómic publicado por Dehavilland, una joven editorial que está apostando por autores noveles con un perfil muy marcado: grafismo rupturista, narrativas alejadas de paradigmas clásicos y nexos muy claros con la ilustración contemporánea.

Álex Red —cuyo trabajo desconocía— cumple todo esto con una historia ambiciosa que mezcla elementos fantásticos que entroncan con el primitivismo cósmico norteamericano con esoterismos varios y ciertos toques de humor. Gráficamente, el órdago es considerable, y lo sorprendente es que sale totalmente airoso del brete en el que él mismo escoge meterse: cuatro niveles narrativos, cada uno con su paleta de colores y su estructura. Su estilo tiene ese toque cartoon tan engañoso de muchos autores actuales, de línea limpia y formas cerradas pero totalmente loco, sin reglas. Por momentos recuerda al desenfreno visual del José Domingo de Aventuras de un oficinista japonés, sobre todo porque en la línea principal, la protagonizada por la criatura amarilla gobernada por su propia mano, no hay apenas texto y la narración es eminentemente visual. Las páginas del Búho y el rábano del destino —tal cual— son más discretas, pero a mí me han gustado incluso más.

Semejante despliegue viene al caso porque Red arma una historia llena de cuestiones sin resolver, sin una estructura nítida. Las cuatro líneas narrativas suceden en diferentes planos de realidad, conectados entre sí a través de cristales de cuarzo, y hay dos personajes que viajan desde nuestro plano —o eso parece, pero nunca podemos estar seguros— a uno superior, donde se reproduce una batalla ancestral que se da a entender que es cíclica, y de cuyo resultado dependerá la existencia de todo este multiverso.

Sin embargo lo interesante de Quartznaut es dejarse llevar, vivirla como la aventura gráfica que es. De hecho si uno intenta racionalizar demasiado y entender todo caerá inevitablemente en los cabos sueltos y en los puntos débiles de este cómic, porque, en realidad, estructura (maravillosamente) loca aparte, la historia es una fantasía clásica de mal puro que se encarna periódicamente y que debe ser vencido por un héroe armado de un objeto mágico. Álex Red dota a este mito arquetípico de elementos novedosos por una vía cada vez más clara en la narrativa contemporánea: la de la distancia irónica, que sumada a su espectacular grafismo consigue una historia genuinamente posmoderna.

La línea que está siguiendo Dehavilland es interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que no se ha explotado mucho en España hasta la fecha. La novela gráfica ha tendido —generalizando mucho, por supuesto— a temáticas más costumbristas o históricas, y la principal influencia de muchos autores viene del independiente americano y sus seguidores; sin embargo hay otras tendencias, cada vez más plurales, especialmente en lo que se conoce como small press norteamericana y en editoriales como la británica Nobrow, que quizás sea el referente más claro de Dehavilland. En ambos casos hay un claro interés por recuperar la temática fantástica y, extirpándole los vicios de décadas de material de derribo publicado por inercia de mercado, dotarla de aire fresco, de un nuevo aspecto más brillante y acorde con la sensibilidad de nuestro tiempo. Las mismas historias de siempre contadas de una forma nueva: un mecanismo que opera en todas las artes a través de la historia y que en el cómic ha estado siempre frenado o interferido por su condición, durante buena parte de su existencia, de material infantil de consumo rápido. Pero mientras ciertos aficionados de toda la vida insisten en aferrarse a un concepto de lo artístico reaccionario y, en el fondo, muerto, el cómic contemporáneo se abre al fin al mundo y se inserta en el contexto de las artes de vanguardia. El cómic no es arte solamente cuando quien lo dibuja imita a Alex Raymond, sino que lo es SIEMPRE. Si eso no se entiende, si la definición de arte que se maneja en cierta crítica de cómic es una que lleva ciento cincuenta años desfasada en otros medios, es normal que determinadas personas no entiendan qué está pasando y se pongan apocalípticas.

Pero me estoy liando, y al fin y al cabo esto pretendía ser solamente una crítica de Quartznaut. Así que terminaré diciendo que hay que seguir a Álex Red, y que no es una obra rotunda pero sí un gran debut, cuya mayor virtud es su refrescante desparpajo, compartido con toda una generación de autores que ahora está empezando a irrumpir y que no ha crecido queriendo emular a los grandes maestros. Afortunadamente.

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PERO.

PERO. En los últimos cuatro días he leído demasiadas veces esa palabra. Normalmente introduciendo una adversativa tras una declaración de buenas intenciones de perogrullo. «Condeno el uso de la violencia PERO». «Estoy a favor de la libertad de expresión PERO». Hablo, claro, de las reacciones al atroz, terrible crimen que varios terroristas cometieron en París y que acabó con las vidas de diecisiete personas, entre ellas cinco dibujantes de la revista Charlie Hebdo, blanco del ataque. En un primer momento, cuando sucedió, me quedé completamente bloqueado. Incapaz de reaccionar, ni mucho menos de escribir sobre lo que había pasado. No quería escribir en caliente, no quería decir cosas en público de las que luego pudiera arrepentirme. Quería tener cierto duelo antes de hablar, porque el dolor en ocasiones no es buen consejero. Y esto me ha dolido muchísimo. Necesitaba distancia y cierta reflexión. Por desgracia, fui de los pocos que pensó así.

Desde el instante siguiente al ataque las redes comenzaron a llenarse de opiniones de personas que resultaron ser expertas en el Islam —aunque confundieran árabe con musulmán; pequeños detalles sin importancia—, en libertad de expresión, en geopolítica en general y en la historia de la Charlie Hebdo en particular. Y así, junto a la farsa habitual y esperable —medios que llevan años secuestrados por intereses políticos y económicos diciendo que ellos también son Charlie, el gobierno de Rajoy haciéndose cruces mientras aprueba la Ley Mordaza— he asistido con pena y rabia a un desfile de opiniones lanzadas desde la izquierda, o desde cierta izquierda, o desde ciertas personas de izquierda.

Pienso que hay, en ciertas personas, una necesidad de disentir casi patológica, de ir más allá de la mayoría, incluso de los de su cuerda, de ver lo que nadie ve, de querer ser más papista que el papa: de ser más izquierda que nadie. Normalmente esto conlleva una seriedad exagerada, un ansia de trascendencia que deviene en una superioridad moral tan dañina como la de la derecha más tradicional. Desde arriba, nos juzgan y señalan nuestros pecados. Y se pasan, claro. Creo de veras que cierta izquierda, en esa especie de carrera por ver quién es más abierto, tolerante y respetuoso, han acabado dando la vuelta completa y cayendo en cierto tipo de conservadurismo. Es lo que ha sucedido estos días en torno a Charlie Hebdo.

Obviamente muchas de esas personas ni siquiera conocían la revista previamente. A partir de cuatro portadas que satirizaban el Islam se han formado una rápida opinión para desmarcarse de la corriente y descubrirnos que ahora lo verdaderamente de izquierdas es censurar y poner límites, porque, claro, Charlie Hebdo es una revista islamófoba. Porque satiriza el Islam. Da lo mismo que durante sus cinco décadas de historia hayan disparado a todo y a todos, da lo mismo que tengan multitud de portadas y chistes donde arremeten contra otras religiones, incluyendo la católica. Da lo mismo que hayan cargado abiertamente contra la derecha y contra las políticas xenófobas de la misma, da igual que varios de los dibujantes sean de origen árabe. Han visto una imagen en la que han detenido la mirada tres segundos y eso es suficiente para sentar cátedra.

Criticar el Islam es racista y xenófobo, dicen. Es una falta de respeto innecesaria a las creencias de unas personas. Ok. Supongo entonces que toda esa gente se sentirá fatal cuando Mongolia ridiculiza las creencias de los católicos españoles. Pero no, por supuesto. A esas personas de izquierda les parece bien eso, les parece bien la crítica sin límites a nuestras tradiciones, entienden que eso es progresista, y de hecho ponen el grito en el cielo con cada condena de nuestra deficiente legislación a un humorista. Porque, dicen, la libertad de expresión es sagrada. Cómo ha cambiado el cuento en tres días. De repente, las mismas personas que seguramente compartirían entusiasmados viñetas de El Papus de los años setenta cargando contra la Iglesia, los mismos que quizás sin saber su procedencia hayan aplaudido antes alguna portada de Charlie Hebdo crítica con Franco— por ejemplo—, nos dicen que libertad de expresión sí PERO.

Nos estamos equivocando terriblemente. En serio. Si ése va a ser el discurso, si la izquierda va a ser así, perdón pero yo me bajo. Esto no es ser de izquierdas, o al menos no es la idea que yo tengo de ser de izquierdas. Primero: la oración «Estoy a favor de la libertad de expresión» debe ser simple y terminar con un punto. No admite matices. Si los tiene, entonces ya no es libertad. Si consideras que una cosa es la libertad de expresión y otra faltar al respeto, entonces no has entendido absolutamente nada. La libertad de expresión incluye la posibilidad de faltar al respeto. Porque si tenemos que respetar las creencias, entonces tenemos que respetarlas todas; incluso las absurdas o las que sólo sostiene una persona. Lo cual equivale a decir que no podemos reírnos de nada. Pero si la cuestión es que alguien considera que no puede satirizarse una religión porque es la que profesa un pueblo oprimido, entonces vamos todavía peor. Primero, por el paternalismo etnocentrista de quien está intentando ser más tolerante y multicultural que nadie. Y segundo, porque precisamente es la versión dura de esa religión la que está oprimiendo a millones de árabes. Musulmanes o no, religiosos o no. Estáis errando el tiro: no es con el radicalismo y el fanatismo con el que debéis ser tolerantes. No son «sus costumbres»; es un sistema de control totalitario y asfixiante que está matando, sobre todo, árabes. Que oprime a las mujeres, que castiga la disidencia, que tortura. Que hace todo lo que aquí hemos luchado, desde la izquierda, por erradicar. Y ahora, por no querer pecar de lo que con acierto denunciáis en la derecha, por no dar pie a que nadie dude de vuestro respeto a otras culturas, estáis comulgando con ruedas de molino. Ruedas de molino peligrosas, además. Y se cae en una esquizofrenia cultural llamativa: se defiende el velo porque las monjas también llevan la cabeza cubierta y al mismo tiempo se critica la iglesia católica por relegar a las mujeres a ese rol. Se exige el laicismo para nosotros pero se respeta el integrismo para ellos. Sólo que ya no hay un nosotros separado de un ellos. No me extiendo aquí porque me faltan conocimientos y porque precisamente ayer leí, vía Pepo Pérezeste artículo de Ilya U. Topper al que os remito, porque creo que expone la cuestión con claridad cristalina.

No es una cuestión cultural. Se trata de opresión y tiranía. Y, creedme, a nadie le gusta ser oprimido. Pensaba que eso sí lo teníamos claro. Si ante la prohibición de dibujar a Mahoma la respuesta es no dibujarlo, entonces han ganado los opresores. «¿Por qué molestar?», se preguntan algunos; «De acuerdo, a favor al cien por cien con la libertad de sátira de Charlie Hebdo, pero si sabían lo que podía pasar, para qué arriesgarse?». El argumento del miedo me apena más incluso que el anterior, que más bien me cabreaba. «¿Qué necesidad hay de provocar? Hombre… seamos juiciosos». Tanto darle vueltas a los límites del humor y de la libertad de expresión para llegar a la conclusión de que el límite está en las pistolas. Así de triste. Di lo que quieras pero si te pueden pegar un tiro, cállate. Esto no me lo estoy inventando, ni estoy haciendo parodia: son comentarios que se escuchan y leen en estos días, dichos por gente supuestamente tolerante y abierta. «Se lo han buscado», «Ya sabían el riesgo que corrían». El argumento de ser tolerante con la intolerancia porque las consecuencias pueden ser sangrientas es, lo voy a decir claro, aterrador. Supone una derrota absoluta, en mi opinión, de unos valores y una ideología que debería buscar todo lo contrario: la valentía, el arrojo, la lucha por lo que se cree. Si nos metemos con unos porque no nos ponen bombas pero con los que sí lo hacen nos callamos, hemos perdido. Y ellos han ganado. Es un argumento que, tristemente, he tenido que ver cómo sostiene alguien por lo general tan lúcido como Joe Sacco, que para mi sorpresa toma la parte por el todo y se cuestiona si no tendríamos que respetar la exigencia de unos fanáticos para no molestar a millones de personas.

Pero, ¿sabéis? Quizás la pregunta sea lícita. Hablamos de vidas, es cierto. Hemos vivido días terribles. Charb, Cabu, Honoré, Tignous y Wolinski han muerto por dibujar. Otras doce personas ha sido igualmente asesinadas, supongo que, según los que intentan justificar en alguna medida lo que ha sucedido, por pasar por allí. Los cinco dibujantes habían «provocado»; ¿qué había hecho el resto, según los que argumentan con esos PEROS? Da igual, no quiero entrar en eso. Quiero hacerme preguntas. ¿Por qué se arriesgaron? Es cierto.

¿Por qué se arriesgaron a dibujar a Mahoma si sabían que los podían matar?

¿Por qué El Papus se reía de la ultraderecha si sabían que les podían poner una bomba?

¿Por qué negarse a pagar el impuesto revolucionario a ETA si sabes que te pueden pegar un tiro?

¿Por qué exigir democracia si te pueden torturar en una comisaría?

«Por qué los negros pedían derechos si sabían que el Ku Klux Klan acechaba?

¿Por qué no se quedaron en su casa Martin Luther King, Nelson Mandela o Malala Yousafzai?

¿Por qué hablar, por qué arriesgarse?

La respuesta es sencilla: porque nadie más lo hacía.

Mientras los demás sucumbían al miedo o eran víctimas de su propia confusión, los autores de Charlie Hebdo no cedieron. No se dejaron silenciar por la violencia, no rebajaron ni un ápice su sátira feroz contra quienes pretenden oprimir y recortar la libertad. No dejaron nunca de ser dignos de una tradición satírica profundamente francesa, que hunde sus raíces en el siglo XIX, en las figuras de autores como Honoré Daumier: tal vez él también debería haberse abstenido de caricaturizar el rey, y se habría ahorrado la cárcel.

El humor es libertad absoluta. El humor ofende, por supuesto que ofende. Para eso está. Para señalar al poderoso, para denunciar la injusticia, para gritar allí donde los demás callan. Para jugársela, por todos nosotros. También por los que tuercen el gesto, también por los que opinan que va «demasiado lejos». Ahora todos son Charlie Hebdo. Pero no es cierto. La mayoría callamos mientras ellos se la jugaban, mientras se ponían conscientemente en el punto de mira porque lo contrario era la derrota que, tal vez, estemos viviendo estos días. Hago mías las lúcidas palabras de Isaac Rosa en el homenaje de Orgulo y satisfacción: «“Yo soy Charlie”, repetimos todos estos días. Pero qué va. Charlie eran solo unos pocos, los que se jugaron la vida». Así es. No soy Charlie, no me atrevería a decir que lo soy, porque no tuve el valor de hacer lo que ellos hicieron. Ahora, lamentablemente, tenemos que asistir al juicio desinformado a su labor por parte de quienes se dicen defensores de la libertad. Y tenemos que ver cómo una ultraderecha a la que siempre atacaron capitaliza su tragedia, y cómo gentes que querrían prohibir la sátira contra sus creencias proclaman la libertad de expresión para criticar las de enfrente.

No hay que estigmatizar a quien elige no jugársela. Pero tampoco podemos criminalizar a quien sí tiene el valor para ello, porque es perverso. Y quiero decir para terminar que estoy lleno de dudas. Cada vez más. Y que por eso me asombra que muchos tengan perfectamente claro y ordenado el mundo en su cabeza y puedan juzgar con tanta alegría unos hechos y a unas personas desde el minuto uno. Me maravilla tanta certeza en un mundo tan complejo; ojalá yo tuviera tanta seguridad ideológica, ahorra muchos disgustos. Pero sí creo tener algo claro: como sociedad no podemos ceder. Si lo hacemos, si dejamos de hacer humor no ya para no herir susceptibilidades, sino para que no nos vuelen la cabeza, esto no terminará nunca. Será la mayor victoria del terror, y el mayor fracaso de todos los que queremos libertad, de cualquier parte del mundo. Y será el peor favor que hacerles a los millones de árabes que son las primeras víctimas del fanatismo, por añadidura. Pero no puedo ser optimista. No con lo que estoy presenciando. La corrección política es peligrosísima; no sabéis cuánto. Deviene en un nuevo conservadurismo que rápidamente se volverá en nuestra contra. Ya lo está haciendo.

Charlie Hebdo: gracias. Lo siento. No os merecéis las balas; tampoco os merecéis tanto PERO.

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Orgullo y Satisfacción n.º 5, de VVAA.

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El primer Orgullo y Satisfacción del año se puso ayer a la venta, coincidiendo con el cumpleaños de Juan Carlos I, al que los autores de la publicación no olvidan —seguro que se siente muy conmovido, el exmonarca—. Y si, según Mariano, 2015 va a ser el año de la recuperación de la economía —otra vez—, para OyS espero que sea el año de la consolidación definitiva. Este quinto número no supera, en mi opinión, al cuarto, que fue fantástico y el mejor hasta el momento, pero tiene contenidos brutales y sobre todo sirve para ver por dónde van a ir los tiros de una publicación que está ya muy hecha, creativamente encauzada hacia el modelo que sus autores quieren desarrollar pero, al mismo tiempo, trufada de sorpresas de las que hacen cada número diferente.

Lo primero que me llama la atención de este número es que, posiblemente, sea el primero en el que la política no tiene una posición central, aunque en realidad lo impregne todo siempre, porque el dossier sobre compartir piso en tiempos de crisis no es atemporal, precisamente, sino que responde a políticas económicas muy concretas. De todas formas esa diversificación no es mala, y menos en un mes como diciembre. OyS nunca quiso ser solamente una revista que se metiera con el rey y los políticos, ni solamente una revista donde decir lo que no podría decirse en ningún otro sitio, aunque eso siga estando ahí y no deje nunca de ser una máxima en la publicación. Se trata de no perder la esencia y al mismo tiempo ser capaz de evolucionar, de sorprender, de no anquilosarse. En ese equilibrio está la clave de la pervivencia de cualquier publicación humorística y creo que OyS no sólo lo está consiguiendo sino que en su autoconsciencia y su compromiso encontrará la forma de que el idilio con los lectores no se rompa nunca. Hay una sinceridad y un trato de tú a tú maravillosos en la revista, sin que eso sirva para caer en el peloteo, al contrario: la mejor manera de demostrar que se respeta a alguien en señalarle también con el dedo, no dorar la píldora sin más ni pasarle la mano por el lomo. En ese sentido la sección que estrenaron el mes pasado, «Astutos lectores», funciona fantásticamente.

Pero creo que lo más importante del número 5 es que las series ya se han asentado y todas están funcionando bien. Por supuesto hay algunas que dan esa sensación desde el principio, como las dos de Paco Alcázar, «La gran época» y «La fábrica de problemas», pero en este número ofrecen algunas de sus mejores entregas. Concretamente las páginas de Alcázar son fantásticas. Para la tira de «Francisco Ibáñez» no tengo palabras, directamente, es lo más gracioso que he leído en mucho tiempo, y al mismo tiempo tan turbia como las mejores historias del autor. Pero es que además en «La gran época» nos espera una sorpresa que no voy a desvelar aquí. Manel Fontdevila y Mel también afinan respectivamente «Adonis, activista de la pista» y «Paco Pánico» y están mejor que nunca. El segundo, con el que hasta ahora no conectaba mucho, me ha hecho reír con su historia de la estufa. Otra serie con una entrega fantástica es «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual, que se monta una historieta experimental acojonante en sólo tres páginas. «Cuaderno de campo de etología política» de Lalo Kubala, que es una serie que requiere una lectura calmada y no sé si calificar de humor —tiene chistes, pero a mí me deprime mucho porque está bien documentada y expone cosas jodidas—, me ha gustado más que nunca con su radiografía de Florentino Pérez, un sujeto que en Madrid sufrimos a base de bien. «El show de Albert Monteys» aunque no alcanza las cotas de la primera entrega —que fue maestra— sigue siendo excelente, y «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio» de Fontdevila también. Miguel Brieva sigue en su línea; a Paco Sordo y su «Tebeos basura» lo he visto por debajo de las primeras entregas, que me encantaron, pero sigue siendo divertido.

Alberto González Vázquez y Luis Bustos me siguen pareciendo dos puntales de la revista. El primero realiza una historia protagonizada por Pedro Sánchez, el renovador, y el segundo una guía de tipos de pisos compartidos dentro del dossier magníficamente dibujada, como siempre.

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Dentro de ese dossier aparte de eso destaco las páginas de Monteys, «Jerarquía del piso compartido», y por supuesto el sorpresón de encontrarme al gran Xabi Tolosa, quien con Esto se ha hecho mil veces ya demostró que tiene un máster en la materia. Confío en que no sea la última vez que lo veamos por las páginas de OyS. También me han parecido muy buenas las páginas de «Cómo protagonizar un piso compartido» de Ágreda y Bartual.

Otros contenidos que sí tratan la política más directamente y que son de lo mejor del número: la primera historieta de Bernardo Vergara, «¿Saldremos de la crisis en 2015?», muy cabrona. Vergara a veces me da la sensación de ser el gran tapado de OyS, aquél que siempre está a un nivel alucinante y que, además, sabe muy bien de los temas que dibuja. Es un humorista político de raza, y junto con Fontdevila, el mejor renovador de la disciplina. Mel me ha hecho mucha gracia con sus páginas sobre la ley mordaza; lo veo cada vez mejor, más a gusto. La nueva incorporación, Oroz, cuyo trabajo no conocía previamente, me ha gustado.

Dos cosas antes de acabar con el repaso: el «Últimas Letizas» de este número es sensacional, muy afinado y con pequeñas píldoras de temas de los últimos días que dan en la diana muchas veces. Concretamente el chiste de Fontdevila de la página 96 es inmenso. Y dos: las páginas finales de Patricio y El Fisgón, dos humoristas de la revista mexicana El Chamuco, sobre la situación de su país, pensadas para el lector español. La idea es interesante y lo que cuentan, además de ser terrible, nos demuestra hasta qué punto pasan de ciertas cosas los medios informativos serios. Y el gobierno español y sus palmeros, de paso, señalando chuminadas de Cuba o Venezuela y pasando totalmente de la corrupción mexicana. Seguramente estas páginas no serán las más populares de este OyS, pero yo me alegro mucho de su publicación y agradezco de veras la idea. Para estas cosas es para lo que merece la pena tener un medio libre.

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Las aventuras de Baltasar y Franco, de VVAA.

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Recientemente hablaba, a propósito de Nosotros llegamos primero de Furillo, del cierto miedo que hay aún a tratar desde el humor el franquismo y la figura de Franco. Todavía levanta ampollas y las críticas suelen ser serias incluso cuando son contundentes y no se andan con medias tintas. Pero el humor ofrece la posibilidad de la desactivación, y eso es justo lo que vemos en Las aventuras de Baltasar y Franco, un fanzine escrito a cuatro manos entre DNM, Isa, Cristina y Pablo —así firman— y dibujo del propio Pablo, alias Peúbe. Son cuatro amigos, y eso se nota en el cómic, que destila el buen rollo del trabajo colectivo que han hecho, sin caer en la autorreferencia y el chiste privado más que lo justo con algún homenaje que no entorpece en nada la lectura. Pero también son jóvenes, y esto es importante porque pertenecen a una generación que no sólo nació cuando la transición ya llevaba tiempo oficialmente clausurada, sino que lo hicieron en una época de relativa bonanza, en los años finales del felipismo, donde se empezaba a ver qué había en las cloacas de la era dorada del socialismo con varios escándalos relacionados con la corrupción. Esa generación nacida en torno al año noventa no vivió en sus carnes ciertos traumas, ni siente la necesidad de guardar las formas, ni siquiera la de tener cuidado con lo que dice porque al contrario que otros críticos y humoristas de más edad saben —más o menos— que no se la juegan cuando atacan a ciertas figuras. Y esto, que demasiadas veces se ha utilizado para despreciarla, como si una generación fuera culpable de la situación sociopolítica heredada de la anterior, o como si fuera culpa de uno que ya no haya grises delante de los que correr, es lo que es da una nueva libertad iconoclasta que contrasta con las tradicionales acusaciones de desmovilización política. Las épocas de auge económico, aunque sean endebles, siempre desactivan políticamente, y eso efectivamente sucedió en los noventa y primero dosmiles, pero ha bastado que las cosas se tuerzan para que se vea que esos jóvenes están dispuestos a moverse.

Pero lo hace, como no podía ser de otra forma, en sus propios términos, que no siempre son los deseados por los mayores. Digo todo esto porque, seguramente, la manera en la que aborda Las aventuras de Baltasar y Franco la figura del dictador pueda parecerles a muchos irrespetuosa con sus víctimas, dado que convierte a Franco en un bobo infantiloide, en un estúpido que no se entera de nada. Pero hay mucho por debajo de eso. El humor de este cómic parece absurdo, basado en situaciones y diálogos antes que en gags visuales, y en apariencia no hace crítica política… pero esta ahí, por debajo de esa cursilería del caudillo, que efectivamente siempre fue un elemento de su régimen que tiende a olvidarse, y que llega mejor porque huye de lo panfletario y recurre a otros caminos más sutiles y locos. Hay mucha influencia de La hora chanante y Muchachada Nui, y de hecho Peúbe dibuja a Franco como si fuera Carlos Areces caracterizado, pero también hay muchas situaciones negras que remiten a Monty Python y al propio carácter de los autores, por supuesto. Lo absurdo surge de un brainstorming loco que aunque presencié juro que no sé cómo pudo llegar a la conclusión de que Baltasar era el compañero de aventuras lógico de Franco, y lo negro está en la concreción de esa idea: los dos colegas protagonizan una especie de buddy movie en la que visitan el País Vasco, la Alemania nazi y el África natal de Baltasar. Chistes con ETA, con los campos de concentración y con negros, como si siguieran el manual de la incorrección política deliberadamente, pero metiéndonosla doblada por el enfoque, y por ese dibujo amable entre la escuela Bruguera y el cartoon moderno de Peúbe —creo que es su mejor trabajo—. Y porque realmente se percibe que no es tanto un intento por forzar eso tan rancio que son los límites del humor sino una forma de hablar de ciertos temas desde la libertad que da no haber luchado por la libertad.

O quizás esté equivocado por completo. Porque esa lucha vuelve a ser ahora totalmente necesaria. También en el campo del humor, donde esos márgenes que parecían ya abiertos vuelven a estrecharse. Incluso con su apariencia encantadora, la verdad es que dudo mucho que un medio profesional se atreviera a publicar un cómic en el que Franco visita a Hitler, que le sirve Fanta y luego lo lleva a visitar un campo de concentración donde hay muchos compatriotas suyos y Baltasar se tropieza con una carretilla llena de polvo y huesos. Por mucho que esté mezclado con chistes buenos, y chistes que de tan malos son buenos —el agur de fresa, por el amor de dios—, y por mucho que las últimas historias den una nueva vuelta de tuerca y sitúen a la pareja protagonista en situaciones propias del cine cómico americano: la doble cita con disfraces y la visita desfasada a Las Vegas. Es ahí, en la desubicación del icono franquista, donde el sinsentido se torna grotesco y Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios, queda reducido al monigote ridículo que, si España hubiera sido un país normal, siempre habría sido.

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Cuatro fanzines colectivos.

Voy a empezar el año en The Watcher and the Tower con un post recopilatorio de fanzines largo tiempo postergado por otros textos y estas fechas tan señaladas, pero que tenía muchas ganas de escribir para dejar constancia de estas publicaciones antes de que sea complicado encontrarlas.

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El primero es Les Mejores, un fanzine publicado por la BOSTA de Pablo Taladro, que es el responsable de Solo perros y Solo perras. En Les Mejores se mantiene el formato de historias breves de diferentes autores, los colaboradores habituales del sello y el contenido gira en torno a los superhéroes, pero, claro, no son superhéroes muy normales. Para empezar porque el universo compartido que se crea en sus páginas es en realidad el de Maiame, ese metamundo en el que suceden gran parte de las historias de ese círculo de jóvenes autores afincados en Barcelona: Pau Anglada, Néstor F., Alexis Nolla, Marc Torices… Las historias de Les Mejores van desde la parodia a la reinterpretación indie del género, y cada autor inventa un personaje en una historia breve de cuatro páginas, que a algunos se le quedan claramente cortas, pero que también le dan un toque particular al conjunto, de lectura rápida, de presentación de conceptos que, quizás, se puedan desarrollar más adelante. Mis historias favoritas son la de «Sr. Asombroso» de Anglada, quizás la más seria y reflexiva, la divertida «Megadudas» de Néstor F., «La motovengadora» de Marlene Krause y «Mister Diamante y el Gran Kodiak» del propio Taladro, una sátira de la homofobia muy certera. Pero el conjunto completo merece la pena: todo lo que saca BOSTA me interesa.

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Otro colectivo con autores a seguir es el de Migas Fanthing, cuyo Migas alcanza ya su número diez. Ahí es nada. Los autores fijos del Migas siguen evolucionando y aprendiendo mientras, sobre todo, se lo pasan bien y dibujan lo que les da la gana, empezando por la portada, una genialidad de M. A. que muestra a unas Spice Girls Power Rangers. Entre sus contenidos, como siempre, prima el humor de todo tipo, desde lo escatológico a lo negro, y a veces el chiste tonto. Me ha gustado muchísimo la visión jodida al futuro de Mortadelo y Filemón de Pablo Muñoz, «Situaciones extremas», una burrada de JHF, la doble página de Peter Jojaio con T*nt*n de protagonista, las fantásticas páginas de Iria Alcojor, que como en Sex Motel parece escapa de un Zap Comix, «Élite» de Gabi —de Gabi raro es que no me flipe todo lo que hace, la verdad—,  la fantástica revisión de la transición que hacen Sama y Könnde convirtiendo el búnker del franquismo en una sala de baile con el rey y Suárez dando chupitos con la boca, Fraga bailando break dance… «la fiesta de la democracia». También me han encantado las dos historias de Conxita, una autora que cada vez me gusta más, por su dibujo limpio y mínimo, pero también por su ruptura de los códigos narrativos, que provoca un desconcierto maravilloso. Las páginas de Romano están tan bien como siempre, sobre todo la historia del fin del mundo —más o menos— que dibuja separando dibujo y texto, excelentes. Fresus, que no sé si podría considerarse un artista invitado, hace una historia de política ficción por decirlo de algún modo, pero es Fresus, claro, o sea que el resultado es… muy Fresus. Nacho García aporta una página fantástica con su estilo más actual, y Joaquín Guirao publica la historia de Alparguito —que ya había podido verse en el último Not Funny— y otra más larga sobre una academia de inglés que es una de las cosas más extrañas y fascinantes que le he leído a Guirao. Me dejo algunas cosas, pero en realidad no ha habido nada que me haya disgustado. Es el mejor Migas de los que he leído hasta ahora, sin duda.

Portada Andergraun6

Esto es algo que también puedo decir del Andergraün número 6, otro fanzine veterano, aunque haya editado menos números, coordinado por Diego Núñez, que guioniza la mayor parte de las historias, y con un buen puñado de dibujantes colaborando. La decisión de separar todos los contenidos que no se adscriban al universo superheroico desarrollado por Núñez y publicarlos en otro fanzine gemelo, Meinstrîm, le permite ser más ambicioso, y ensaya algo interesante: por primera vez todas las historias breves funcionan como piezas de un puzle mayor, y construyen así una historia completa. El principal problema que le he visto siempre a la propuesta de Andergraün no es una pega que le ponga sólo a éste, sino que tiene que ver con la saturación que veo de homenajes y versiones del universo DC como forma de contar historias de Superman, Batman, Wonder Woman y demás sin usar a los personajes originales. Pero, por otro lado, si hay editoriales profesionales y autores de prestigio jugando a esto una y otra vez hasta la extenuación, no veo motivo para que un grupo de autores jóvenes lo haga en un fanzine como forma de foguearse y divertirse. El caso es que pese a todo esto, me ha gustado este sexto número porque veo ideas interesantes, empezando por la estructura que ya he comentado, pero también en el tratamiento de los medios de comunicación, en las gotas de humor, en las metarreferencias a la realidad —más que a la cuestión del universo ficcional—… hay buenas ideas por parte de Núñez. Entre los dibujantes el nivel es dispar pero, en conjunto, bueno. Destacan Víctor Gómez, Aitor I. Eraña —los dos más cartoon—, Chus Bartolomé, Javi de Castro y Manuel Torres, para mi gusto. Este último es además el dibujante que junto con Núñez crea una de mis historias favoritas, «Girls, girls, girls», con unos muy buenos diálogos de dos heroínas jóvenes rompiendo clichés de género —en las dos acepciones de la palabra.

Meinstrim 1

Y en cuanto a Meinstrîm, el hermano recién nacido de Andergraün, sirve de repositorio de todo el material de éste que no pertenecía al género de los superhéroes, y por ello el conjunto es casi un cajón de sastre antes que un verdadero intento por coordinar un un fanzines con contenidos raros. Funciona como réplica de Andergraün más bien: todo lo que no sean superhéroes, estará en él. Por eso podemos encontrar género clásico —en «El círculo», de Núñez con Laurielle y Ángel Alonso Miguel, y en «La casa está maldita» de Juan Fender y un inspirado Chus Bartolomé, por ejemplo— junto a secciones habituales de humor de Andergraün, entre ellas mis adorados «Píxeles» de Cristian Timoneda o unas páginas escatológicas de David Ramírez. Pero mi historia favorita de este cómic es «El futuro de los simios», la colaboración entre Núñez y Joaquín Guirao, costumbrismo jodido en el planeta de los simios. Me ha parecido un gran guión de Núñez que se ajusta sin lucha de egos al universo de Guirao y a su tono decadente cuando aborda ese costumbrismo adolescente, y el resultado es fantástico, muy bueno por ambas partes. Habrá que ver cómo evoluciona Meinstrîm y si acaba adoptando su propia personalidad, pero de momento la decisión de separar los contenidos en dos publicaciones me parece que beneficia a ambas.

Hay pendiente otra publicación relacionada con Núñez y Andergraün, pero la dejo para un futuro post porque me gustaría explayarme un poco más. De momento, con estos cuatro fanzines colectivos ya tenéis para un rato, ¿no? Seguimos pronto.

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Ya llegó el tercer número de CuCo.

Bueno, pues ya está aquí, al fin. Ayer a última hora publicamos en la web el númeo 3 de CuCo, Cuadernos de cómic. Ha sido un mes de mucho trabajo, cuyas circunstancias (las fiestas, claro)  fueron complicadas. Pero tengo que decir que una vez más ha sido un placer enorme sacarlo adelante y trabajar con mis compañeros y amigos de la revista, así como con los colaboradores, que teniendo en cuenta las fechas, merecen un monumento. Y Martín López Lam, nuestro primer entrevistado en la revista, que se prestó en todo momento a colaborar y nos brindó todo el material gráfico que acompaña a la entrevista. Las fotografías de la misma son obras de Alejandro López Menacho, al que también quiero lanzar un saludo desde aquí.

En fin, que como siempre, merece la pena. Tanto que me metería de lleno ahora mismo en el número 4. Bueno, tal vez después de un par de días de descanso, pero ya me entendéis. Aquí podéis descargar la revista, espero que la disfrutéis.

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2014: Lo mejor de lo mejor.

Otro año que se acaba —rancio fact—, y otro año que me apetece dar un repaso rápido de los cómics que he leído que más me han gustado. No va a ser tan exhaustiva como la de 2013 porque he leído mucho, más incluso que el año pasado, y ha habido muchas cosas que me han resultado interesantes o gustado, pero no tantas que me hayan gustado de verdad. Para ver una lista completa ya están las reseñas que he ido escribiendo durante todo 2014, pero aquí esta vez prefiero ser más breve.

Lo primero que tengo que decir es que aunque no tengo cifras, pienso que se ha publicado muchísimo. Hace años que el volumen de novedades anuales es simplemente inabarcable por una sola persona, de modo que esta lista sólo puede ser estrictamente personal. Me he sentido, ésa es la verdad, relativamente desbordado en algunos puntos del año, en los que no daba abasto. Y eso que de haber tenido posibilidades económicas habría leido más. Se publica muchísimo, seguramente demasiado. Y me pregunto si hay mercado para tanto producto que va destinado al mismo nicho. Pero son preguntas retóricas, sin cifras serias de ventas y facturación, así que no le doy más vueltas. Se publica lo que se publica, y así hay donde elegir, aunque este año he tenido la sensación de que se está empezando a dar cierta homogeneización. Al menos a ciertos niveles. No lo sé, en realidad, digo esto sin racionalizarlo mucho, es una impresión para poner en el frigorífico un tiempo y ver qué va pasando. Todavía hay mucha variedad y experimentación, pero de alguna forma creo que se va quedando cada vez más en los márgenes del sistema. Veo mucho cómic de aventuras o de género muy estandarizado, mucho humor referencial y costumbrista, mucha novela gráfica sin riesgo… Bueno, igual es cosa puntual de este año, o igual la crisis hace que se vaya a lo seguro y se siga publicando cada vez más —que es, de hecho, la manera en la que la industria editorial suele afrontar las crisis, y tiene lógica, aunque sea perversa—. O igual son mis gustos, que van cambiando. Por otro lado, veo la autoedición y la microedición cada vez más entusiasta y potente. O kamikaze, según se mire. Pero eso es genial. Cada vez estoy más atento a ese tipo de iniciativas porque pienso que hay mucha creatividad ahí, y muchas ganas de hacer cosas de maneras diferentes. Mientras esos circuitos funcionen —y cada vez hay más eventos donde pueden hacerlo— sé que esto seguirá en marcha.

Por otro lado, lo natural y lógico es que una gran mayoría de lo que se publique no me interese. Le pasa a cualquier lector, aunque a veces parece que algunos consideran que absolutamente todo lo que se publica debería estar pensado y dirigido al «fandom», y cualquier cosa que no les interese es proscrita. Lo vimos con Culto Charles, que provocó una polemiquita donde más de uno se retrató. Pero en realidad ya digo que lo normal es que muchas cosas no interesen, y eso se aplica también al crítico. Hemos trabajado demasiado tiempo bajo la falsa premisa —en mi opinión— de que al experto en cómic le tienen que interesar por igual todos los cómics y tiene que hablar de todos ellos. No es algo que suceda en literatura, por ejemplo, ni por asomo. La mayor amplitud de corrientes y temáticas debería llevarnos a una especialización de la crítica: no veo por qué alguien interesado en novela gráfica contemporánea debería sentirse obligado a hablar de Los pitufos o de Pulgarcito, por ejemplo. Aunque por supuesto cada uno es libre de hacer lo que quiera.

En fin, no quiero enrollarme más con estas cosas, aunque es posible que algún día escriba algo má largo y meditado sobre crítica. De momento, vamos con el repaso prometido, si es que hay alguien que siga leyendo después de una página de postergarlo.

 Comentaba el otro día por redes sociales que pienso que ha sido un año un poco extraño en cuanto a cómics extranjeros. 2013 fue un año impresionante, y seguramente irrepetible. Publicaron obras de Guibert, Sfar, Chester Brown, Jaime Hernandez, Seth, Anders Nielsen, Burns, Clowes… Y los que me dejo. En 2014 no hemos tenido tantos nombres incontestables, si bien hay tres, cuatro o cinco cómics que muy claramente destacan sobre los demás.

Empiezo, como no podía ser de otra forma, con Fabricar historias de Chris Ware (Random House / Mondadori). Apareció a principios de año y creo que es el cómic más importante de la década, sin más. No hay otro que haya llegado tan lejos en tantos aspectos como esta caja llena de cómics que reformula en concepto de novela gráfica y revoluciona la narración en imágenes. He visto Fabricar historias en varias listas de lo mejor del año, pero más allá de eso me temo que la repercusión crítica que ha tenido ha sido bastante escasa. Y es algo que me sorprende mucho, porque no me imagino la misma situación con una obra literaria equivalente, por ejemplo. Creo que merece la pena pensar un poco en los motivos de esto, algunos de los cuales me los apuntaron en esa conversación: el alto precio de la obra en su edición en castellano, su complejidad y el hecho de que muchos ya la leímos cuando apareción en inglés. Este último es totalmente cierto, si bien tampoco es que durante 2013 hubiera una avalancha de textos sobre Building Stories. Los dos primeros seguro que también tienen su influencia, y eso me parece más preocupante, porque habla del nivel de la crítica española y del punto en el que está su profesionalización. Me parece triste que el precio de un cómic sea el motivo de que tenga poca repercusión crítica —no mediática, ojo; eso no es exactamente lo mismo—, y me parecería más triste aún que su complejidad fuera el motivo de su ostracismo. Se supone que es con ese tipo de cómics con los que un crítico tiene que echar el resto, los que tiene que ver como un reto a su labor y no como un incómodo compromiso que es mejor evitar. Bueno, no es el momento ni el lugar para hablar de esto, pero queda apuntado para el futuro —y van dos cosas ya.

Voy acelerando, que como me pare tanto con cada uno me tiro escribiendo hasta Nochevieja. No llegan al nivel de Ware, pero Herr Seele y Kamagurka son dos maestros, y su Cowboy Henk, del que Autsaider Comics ha publicado una selección, es una maravilla y una las obras que más he disfrutado este año. La historia larga «Cowboy Henk y los regaladores de caballos» es una obra maestra. Otra de las joyas del año es Arsène Schrauwen, de Olivier Schrauwen, del cual Fulgencio Pimentel ha publicado dos número, además de Mowgli en el espejo y «Grises» dentro de Terry, su antología. Ha sido su año, y se ha confirmado como uno de los mejores autores de la actualidad. El segundo volumen de Baco de Eddie Campbell es fantástico, aún mejor que el primero. Es otro de los grandes olvidados del año, pese a ello. Mi podio lo completa Joann Sfar. Este año se han publicado L’Amour (Fulgencio Pimentel) y Klezmer 4 (Norma Editorial), los dos extraordinarios.

Luego, como decía, hay un buen puñado de cómics buenos o muy buenos, pero que no me parecen, digamos, incontestables o por usar el término sobado, obras maestras. Pero ¿cuántas lo son, cuando el tiempo les pasa por encima? En ese segundo grupo, por parte de los autores americanos tenemos La gran guerra de Joe Sacco (Reservoir Books) y Tiempo de canicas de Beto Hernandez (La Cúpula), ambas fantásticas pero no entre lo mejor de sus autores, para mi gusto, aunque este Hernandez me interese mucho. De otro clásico independiente, Peter Bagge, hemos tenido La mujer rebelde. La historia de Margaret Sanger (La Cúpula), que se ajusta a lo que he comentado para Beto y Sacco: muy buena, pero no de lo mejor de Bagge. Aquel verano de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki, publicado por La Cúpula ha sido una sorpresa muy grata. Otro de los mejores cómics que he leído este año no se ha publicado todavía en España: Ant Colony de Michael DeForge. Pero sí que puede leerse una historia corta suya en Terry (Fulgencio Pimentel), donde hay también material de Sammy Harkham. Otra de las sorpresas de 2014, porque sus cómics estaban inéditos en España, ha sido el maravilloso Hechizo total (Fulgencio Pimentel) de Simon Hanselmann, al que incluyo aquí por ser anglosajón, pero que es realmente australiano.

Dentro del material de género, superhéroes y afines, ha habido varias cosas interesantes. He disfrutado mucho con The Private Eye (Panel Syndicate) de Brian K. Vaughan y Marcos Martín, Bella muerte (Astiberri) de Kelly Sue DeConnick y Emma Ríos y Prophet (Aleta) de Brandom Graham y otros. Dentro de Marvel, hemos leído los segundos tomos de Capitana Marvel (Panini) de DeConnick y varios dibujantes y también de Ojo de Halcón (Panini) de Matt Fraction y David Aja, serie que sigue siendo excelente a pesar de que se ha generado cierto caos con las colaboraciones de otros autores y el orden de lectura. El segundo de FF (Panini), de los hermanos Allred, es también fantástico, una locura. He leído varias series más de Marvel que me han gustado, pero he quedado en no hacer esto interminable: aquí podéis leer unas cuantas cosas más que escribí en su momento sobre esto.

De Latinoamérica han llegado un par de obras muy interesantes, de la mano de Ediciones Valientes de Martín López Lam. El tebeo que más me ha gustado de los que ha publicado este año es Traducciones, de Inés Estrada. Caballos muertos permanecen a un lado de la carretera de Pedro Franz también es excelente.

Por el lado europeo, tengo una sensación parecida: buenos cómics, casi ninguno rotundo. En parte porque algunos son obras de autores jóvenes muy prometedores, pero con camino por recorrer. Lo cual, por supuesto, es muy interesante, no tiene nada de malo y es otro tipo de novedad que me hace especialmente feliz. Ha habido nueva entrega de Ralph Azham (Norma Editorial) de Lewis Trondheim y la conclusión de Aama (Astiberri) de Frederik Peeters, pero como decía lo más interesante son los debús: Habitaciones íntimas (Bang Ediciones) de Cristina Spanó y Planeta Tierra (La Cúpula) de Aisha Franz no aparecerán en muchas listas, pero merecen mucha más atención de la que han recibido. Entre los autores veteranos y reconocidos, lo mejor para mí ha sido el regreso al cómic del italiano Gipi, Unahistoria (Salamandra Graphic), Cuadernos rusos (Salamandra Graphic) de Igort y El gato perdido (Astiberri) de Jason. Los tres son de lo mejor de la obra de sus autores.

Un año más me queda la sensación de que no leo tanta BD como debería, y seguro que me he dejado por el camino cosas interesantes, aunque tampoco os voy a engañar: estoy bastante seguro de que hay muchos cómics francobelgas de línea muy clásica que no me dirían demasiado. Respecto al manga, me pasa algo parecido: como en 2013, me he quedado con ganas de leer varias cosas que me llaman mucho la atención. Oldboy, por ejemplo, o I am a hero, Las vacaciones de Jesús y Buda, Black Paradox… Algún día. Mientras tanto, sí puedo recomendar los dos tomos autoconclusivos de Osamu Tezuka que se han publicado: La canción de Apolo (ECC) y sobre todo Alabaster (Astiberri); otro manga excelente es obra de Shintaro Kago: Cuadernos de masacres. Los extraños incidentes de Tengai (EDT).

Pero, mientras todos estos cómics se iban publicando, ¿qué pasaba con los autores españoles que publican directamente su obra en España? Ha sido un año con un gran volumen de novedades, en el que seguramente he leído más cómic español que en ningún otro, y eso que tengo aún pendientes varias cosas. Ha habido calidad, cierta variedad de formatos y muchas iniciativas al margen de las editoriales ya establecidas. El año pasado fue bastante potente y, sobre todo en el último tramo, aparecieron un buen puñado de cómics de los que podemos decir que son imprescindibles. En éste se ha publicado mucho material interesante, prometedor o ambas cosas. Hay bastantes cómics que he leído muy buenos, pero hay menos imprescindibles que el año pasado. Pese a ello, creo que ha sido un gran año también.

Mi podio particular lo componen tres obras. Fútbol. La novela gráfica (Astiberri) y Las meninas (Astiberri) comparten guionista, Santiago García, y su dibujo corre a cargo de Pablo Ríos y Javier Olivares respectivamente. Son los dos cómics españoles más apasionantes, sugerentes e incluso desafiantes hacia mi labor de crítico que he leído este año, sin más. Obras verdaderamente adultas que tratan temas adultos, que hablan del arte, del ser humano y de la realidad y la ficción. Son además cómics apasionados, que derrochan sinceridad. Y eso, creedme, no es algo que haya visto en muchos tebeos de los que he leído este año, incluso en varios que me han gustado. Tengo que decir además que me apena la poca repercusión crítica que ha tenido Fútbol, porque no lo considero inferior a Las meninas; sólo diferente en su enfoque y objetivos. Pero no quiero volver a ese tema ahora. El podio lo completa un pequeño tebeo grapado y autoeditado: Hot Metal, de Gabriel Corbera. Es alucinante, un cómic que no puedo parar de releer, visualmente inmenso y emocionalmente devastador. Corbera se ha terminado de convertir este año en uno de mis autores favoritos, de ahora y de siempre. También ha publicado otra maravilla, su cómic más largo por el momento, Days Longer Than Long Pork Sausages (Spaceface Books) pero yo me quedo con Hot Metal.

El humor adulto ha sido siempre un sector muy importante del cómic español, y este año creo que buena parte de lo mejor que se ha publicado puede encuadrarse en él, aunque sean obras muy distintas. Tengo hambre (¡Caramba!) de Santiago García y Manel Fontdevila, El fin del mundo (¡Caramba!) del mismo García y Javier Peinado, Ranciofacts (¡Caramba!) de Pedro Vera y Nosotros llegamos primero (Autsaider Cómics) de Furillo son algunos de los que más he disfrutado, sobre todo por su elemento de crítica social, irrenunciable hoy en día. Y hablando de eso, llego a Orgullo y Satisfacción, la revista digital autoeditada que pusieron en marcha cerca de una veintena de dibujantes que dejaron de colaborar con El Jueves por el veto de la empresa propietaria a una portada aprobada en el consejo editorial. Han visto la luz ya cinco números y un especial para suscriptores, y cualitativamente no admite comparación posible: los mejores dibujantes humorísticos españoles están ahí. Pero además era algo muy necesario en nuestro mercado, a muchos niveles.

Por terminar con el capítulo del humor, quiero mencionar Silvio José, enamorado (Astiberri) del gran Paco Alcázar, que supone el final de una de las mejores sagas del tebeo español reciente, y Demasiada pasión por lo suyo (Blackie Books), el debú de Raúl Cimas en el cómic.

Más novelas gráficas potentes por un motivo u otro: Versus (Entrecomics Comics) de Luis Bustos y Lo primero que me viene a la mente (Astiberri) de Juaco Vizuete son sendos golpes en la mesa dados por dos dibujantes con carrera a sus espaldas que realizan, en ambos casos, sus mejores obras. Kiosco (Dibbuks) es uno de los mejores cómics de Juan Berrio, y Murderabilia (Astiberri) es otro muy buen tebeo de Álvaro Ortiz.

Pero curiosamente algunas de las obras que más me han gustado se han publicado en formatos diferentes al libro. Hay muchos cómics grapados, por ejemplo. Es el caso de los alucinantes … No Option! (Entrecomics Comics) de Pep Pérez o el fantástico tebeo doble de Ana Galvañ y Marc Torices, Trabajo de clase / Nuevos románticos (Apa Apa). Ambos son cómics que, de verdad, no me explico cómo no han obtenido más repercusión. Otros casos, por ser autoediciones de escasa tirada, los entiendo un poco más, aunque eso no significa que no sean excelentes. Una blanda oscuridad (Apa Apa) de Sergi Puyol, La mano del hombre, Europa y el cómic incluido en el disco Montaña Thaisan de Irkus (M) Zeberio, Love thing de Joaquín Guirao y Mitosis! de Pablo Romano son tebeos ilusionantes, fruto del trabajo de una generación nueva de autores libres de muchos prejuicios y muchas cargas del pasado. Verlos crecer es una de las mejores cosas de leer cómics y escribir sobre ellos aquí y ahora.

Ya que estoy con jóvenes, 2014 ha acogido varios debús muy prometedores. El más destacado de ellos quizá sea Inercia (Salamandra Graphic) de Antonio Hitos, que ha sido de alguna forma el equivalente a Papel estrujado de Nadar de 2013. Pero le disputa el puesto Culto Charles (Fulgencio Pimentel) de José Ja Ja Ja,  una maravilla que le ha roto los esquemas a mucha gente. Un poco por debajo sitúo Ikea Dream Makers (Dehavilland) de Cristian Robles.

Y ya que estaba con autoediciones y fanzines varios, unos cuantos de los muchos que he leído este año —más que nunca; estoy enganchadísmo— que me han parecido interesantes y de mucha calidad: Solo perras, donde pueden verse páginas excelentes de, entre otras, Laura San Román Ana Galvañ y Miriam Persand —las dos últimas repiten, por cierto, en la antología Enjambre (Norma Editorial)—, el coral Sex Motel publicado por la gente de Migas Fanthing, el Usted de Esteban Hernández, el especial Heil! De Dramáticas aventuras, Lujo, calma y voluptuosidad de Los Bravú, Chemtrail de Martín López Lam, tanto en su versión web como en papel… Ha habido muchos fanzines desbordantes de talento y descaro,  que certifican el gran momento que vive la autoedición.

Ya que mencionaba en el párrafo anterior la versión web de Chemtrail, aprovecho para dejar constancia de otros webcómics que me han gustado mucho. El primero es más bien un portal que aloja varios de autores españoles, algunos muy buenos: Tik Tok Comics. El segundo es ¡Universo! de Albert Monteys, una pequeña joya que en realidad es una serie abierta que seguro que mejora más aún tras su primer número. Y ambos tengo que sumarles las ilustraciones e historietas que han ido subiendo durante todo el año gente como Joaquín Guirao, Michael Perrinow y Molg H.. La manera en la que comparten su trabajo sólo puede calificarse de generosidad infinita, incluso cuando el contenido de sus tiras hace reventar neuronas a granel.

En fin, voy por la sexta página ya y habíamos quedado en que iba a ser breve. Pero creo que casi he terminado. Sólo quiero dejar constancia, una vez más, de que ésta es una lista personal, fruto de mis lecturas, y que de hecho estoy convencido de que hay varios títulos publicados a finales de este año que habría mencionado de haber podido leerlos. Por ejemplo el Yo, asesino de Antonio Altarriba y Keko, Lo mejor de unas lesbianas de cuidado de Alison Bechdel, EGB vs ESO de Bea Tormo o Las cosas de la vida de Lauzier. Pero, bueno, me parece que van un buen puñado de cosas interesantes en este texto, no os quejaréis. Hala, a seguir leyendo, hasta que aguante el cuerpo.

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