Arte, cómic y masas.

El carácter único de la obra de arte es lo mismo que su imbricación en el conjunto de relaciones de la tradición […]. El modo originario de inserción de la obra de arte en el sistema de la tradición encontró su expresión en el culto. Las obras de arte más antiguas surgieron, como sabemos, al servicio de un ritual que primero fue mágico y después religioso […] por primera vez en la historia del mundo la reproductibilidad técnica de la obra de arte libera a ésta de su existencia parásita dentro del ritual […]. De la placa fotográfica es posible hacer un sinnúmero de impresiones; no tiene sentido preguntar cuál de ellas es la impresión auténtica. Pero si el criterio de autenticidad llega a fallar ante la producción artística, es que la función social del arte en su conjunto se ha trastornado. En lugar de su fundamentación en el ritual, debe aparecer su fundamentación en otra praxis, a saber: su fundamentación política.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936).

La religión del arte jerarquizó siempre y dispuso que lo verdaderamente encomiable era un fruto escogido que el genio entregaba directamente al hombre superior. Entre tanto, las masas, en proceso creciente de concienciación y organización, tenían sus supersticiones y sus santos agoreros condenados en los tratados, aunque no tanto desde el púlpito: eran los medios y lo que estos suministraban, el opio popular, el “pseudoarte ramplón”, la carnaza para el ignorante.

Juan Antonio Ramírez, Medios de masas e historia del arte (1976).

La situación conocida como cultura de masas tiene lugar en el momento histórico en que las masas entran como protagonistas en la vida social y participan en las cuestiones públicas. Estas masas han impuesto a menudo un ethos propio, han hecho valer en diversos periodos históricos exigencias particulares, han puesto en circulación un lenguaje propio, han elaborado pues proposiciones que emergen desde abajo. Pero, paradójicamente, su modo de divertirse, de pensar, de imaginar, no nace desde abajo: a través de las comunicaciones de masa, todo ello le viene propuesto en forma de mensajes formulados según el código de la clase hegemónica […] una cultura de masas en cuyo ámbito un proletariado consume modelos culturales burgueses creyéndolos una expresión autónoma propia.

Umberto Eco, Apocalípticos e integrados (1964).

En 1968, el Museo del Louvre y el Museo de las Artes Decorativas de París celebraron una exposición dedicada al cómic. Aunque estaba clara la vocación de reconocer el valor artístico de la historieta […] la exposición se rendía a Hal Foster y Burne Hogarth como máximos representantes del arte del cómic. Se entendía la calidad artística de éste en función de la eficacia con la que algunos de sus dibujantes eran capaces de reproducir los modelos que la ilustración comercial de los años 20 y 30 había derivado de la figuración romántica decimonónica.

Santiago García, “Después del cómic. Una introducción”, en Súpercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea (2013)

Unos extractos de cuatro libros con los que estoy trabajando estos días, para la ponencia que impartiré en el curso de verano de Alcalá sobre cómic. No sé qué sugieren leídos por separado, pero mi trabajo está siendo precisamente demostrar que están estrechamente relacionados entre sí. Seguiremos informando.

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Isaac el pirata y la BD de aventuras en el blog de librería Muga.

Hoy he publicado un nuevo artículo en Las calles de Venecia, el blog de la librería Muga, donde llevo ya casi un año coordinando su club de lectura de novela gráfica. En esta ocasión, como el próximo título que vamos a leer es Isaac el pirata de Christophe Blain, aprovecho para hacer un repaso al cómic francobelga de aventuras. Aquí podéis leerlo.

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Orgullo y Satisfacción 9, de VVAA.

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Llevo un mes entre unas cosas y otras que no paro y me van quedando cosas en el tintero, pero aunque sea con retraso quiero seguir con la tradición de comentar cada nuevo número de Orgullo y satisfacción. En mayo se ha publicado ya el noveno número, que siga la buena tónica de los últimos y no asienta tanto la parte más crítica y política como la más, por llamarla de algún modo, lúdica.

Algunas series están alcanzado cotas muy interesantes. Es el caso de «El show de Albert Monteys» de Monteys —obviamente—, que es siempre una de las primeras secciones que leo de la revista. Me encanta el humor contra sí mismo, y la parodia de su propio viejunismo y el cabreo que se pilla a cuenta de los emoticonos. Y qué demonios, que tiene mucha gracia dibujando. Lo mismo puede decirse de las series de Paco Alcázar, anárquicas y sin orden fijo, dado que una, «La fábrica de problemas», en realidad es un contenedor de tiras que pueden desaparecer de una semana a otra. En «La gran época», la otra serie de Alcázar, en este número aparece uno de sus personajes más grandes. Y no digo más.

«Tebeos basura» de Paco Sordo sigue excelente, cada vez más fino. «Bordes, raros y bobos» de Iu Forn y Bernardo Vergara también afina en esa renovación del comentario de titular de prensa —reproducido literalmente— que se remonta a los tiempos de El Papus y las secciones de Ivá. «Paco Pánico» de Mel, en cambio, no termina de entrarme, más allá de alguna tira concreta; prefiero sus colaboraciones puntuales. «Adonis, activista de la pista» parece estancada, como Manel Fontdevila estuviera buscando aún la mejor manera de desarrollar al personaje. Espero que dé con ello, porque su función es necesaria: hay que parodiar también al progre. En este número falta a su cita Manuel Bartual, pero a cambio tenemos serie nueva de Triz, «Eva… hace lo que puede». De momento es pronto para juzgar.

Pero las bombas de este número son otras. Lo de Luis Bustos, por ejemplo, otra currada monumental, esta vez para hablar de Blablacar y seguir haciendo crónica de nuestros tiempos con un dibujo que recoge tantas tradiciones diferentes que el resultado por fuerza tenía que ser bueno. No, en realidad eso es mentira; es muy complicado hacer esto bien. Y encima redondea su participación con un retrato chulísimo de Lemmy en la sección de textos de John Tones. Y otro que nunca falla es Alberto González Vázquez. Prefiero cuando entra a saco en temas políticos, pero tengo que reconocer que esta historieta sobre Antonio Banderas es brutal.

Y casi todo lo incluído en el dossier de las elecciones municipales también lo es. Lo que más me ha gustado es que por un lado evitan ponerse aleccionadores y decirnos a quién tenemos o no que votar, sin caer tampoco en el demagogo «todos son iguales», porque no lo son. Pero, por otro lado, como ya vienen demostrando desde el principio, no están aquí para dorarnos la píldora ni decirnos lo listos que somos. «¡Si el año que viene seguimos igual de mal, es que somos tontos del culo!», escribe Vergara, y creo que da totalmente en el clavo. Todos y todas tenemos nuestra parte de responsabilidad en esta mierda, y el humorista político no puede obviarlo. Aparte de lo de Vergara, están muy bien las aportaciones de Fontdevila y Monteys sobre los alcaldes, el lado más oscuro, chanchullero y populista de la política. Y ahora que han pasado unos días desde la publicación de este número y hemos entrado de lleno en la campaña electoral lo estamos viendo de sobra.

Dos apuntes más antes de cerrar: Guillermo está cada vez mejor. Que es un caricaturista supremo ya lo sabíamos, pero se está poniendo las pilas, o eso me parece a mí, y ganando en la distancia larga. Su historieta sobre Ana Botella es fantástica, por ejemplo.

Y el último: Fontdevila está últimamente dándole coba a una faceta suya muy negra que me encanta, que casi parece heredar un tipo de humor tremendista que pareció morir con la democracia: el que hacían los Chumy Chúmez, Gila y Summers, por ejemplo, toda la escuela de Hermano Lobo. A la página 98 me remito.

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No es un día cualquiera.

Ayer se emitió un reportaje sobre la historia del cómic en el programa “No es un día cualquiera”, de RNE, en el que me realizaron una entrevista teléfonica. A partir del minuto 9:50 podéis escucharlo.

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Murcia, de Magius.

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Por muchos motivos, demasiados para profundizar aquí en ellos, la ficción española parecía reacia a mezclar nuestra historia y nuestra identidad con códigos de género y, más concretamente, con asuntos del fantástico. Cuando el cómic español ha tirado por esos derroteros casi siempre ha sido mediante una deslocalización: rara vez una historia fantástica se ambienta aquí. Lo nuestro era más el realismo sucio, más o menos estilizado o exagerado, desde Makinavaja a Makoki. Tal vez alguna historia de Martí sí tirara por ese camino, y por supuesto, a su manera, el Fanhunter de Cels Piñol demostró que se podía hacer ciencia ficción ambientada en España y que al público le interesara. Pero, seguramente, quien más ha hecho por abrir una vía del fantástico español que no sea una mera imitación neutra es Álex de la Iglesia, que con películas como Acción mutante y, sobre todo, El día de la bestia, demostró que el realismo y la sátira podían mezclarse con tramas fantásticas; y que la historia resultante podía asentarse totalmente en la realidad española más esperpéntica sin que por ello el resultado fuera cutre. Al contrario: potenciando ese esperpento se alcanzaba algo nuevo.

Y ahora, en 2015, acabamos de ver en la televisión estatal una serie, El ministerio del tiempo, que se entrega al fantástico sin rubor y lo entremezcla con medidas dosis de realidad social y hasta velada crítica política. Y mientras, ¿qué pasa en los tebeos? Hace muy poco tuvimos una fantástica muestra de esta tendencia: Nosotros llegamos primero, de Furillo. Pero en este caso el humor más bestia estaba en primer plano. La propuesta que hoy tengo entre manos es más sutil y requiere, seguramente, de una lectura más calmada.

Diego Corbalán es murciano, y este dato, que en otros autores podría ser más o menos anecdótico, es esencial para entender su obra reciente. Aquí, investido como Magius, culmina con una historia larga su búsqueda de algo así como una mitología oscura enraizada en la historia y la naturaleza murciana: Lovecraft en la huerta. En las páginas de Murcia se nos presenta un culto arcano, que se debate entre el dios cristiano y las deidades paganas, y cuyos miembros salen en procesión igual que realizan pactos de tintes satánicos en ignotos sótanos, que incluyen sodomía y sacrificios humanos. Pero hay algo más allá de la iconografía y la trama, digamos, oscura: la verdadera dimensión de este cómic no se entiende sin atender qué está reflejando, que es donde está el verdadero veneno. Los protagonistas son un grupo de empresarios conservadores y religiosos, con muchísimo dinero y ninguna intención de dejar de tenerlo. Controlan en la sombra la política y la economía de Murcia y tejen una red clientelar a la que atan con obligaciones mágicas, mientras usan como meros peones a la gente de clase baja, «los huertanos». La metáfora es maravillosa, y alude directamente a una casta que se ha situado en los principales puestos de poder de las empresas y bancos españoles, e incluso en los ministerios. Magius no menciona su nombre, «Opus Dei», pero sí alude a la universidad católica y al «camino neocatecumenal». Esa ligazón con una realidad tan oscura o más que la que se muestra en Murcia es lo que otorga a la obra una dimensión verdaderamente perturbadora.

Por lo demás, es interesante cómo Magius emplea el folclore murciano, bastante desconocido en el resto de la península. Los trajes regionales convertidos en uniformes sectarios, la huerta como siniestro escenario de sacrificio a los dioses arcanos —en una secuencia soberbia—, el dialecto panocho convertido en lengua críptica empleada por un grupo religioso-terrorista… Me encanta el ambiente que consigue y, sobre todo, pienso que es tremendamente original, algo de vaor incalculable cuando se publica tanto como ahora.

La edición de Entrecomics Comic acierta de lleno en el formato, suficientemente grande como para que los densos textos respiren y se lean con comodidad, y el dibujo de Magius, tan certero en la caricatura como en el reflejo de los ambientes de Murcia, se complementa con una paleta de colores sobria y oscura, perfecta. El final abierto redondea la estructura atípica de la historia, que deja enigmas por el camino; tal vez por eso perturba al lector como lo hace, aunque, como en los grandes esperpentos, el humor siempre está ahí.

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La vida se te escapa, de Joaquín Guirao.

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Hay una manera de que la ficción conecte con la época en la que se engendra —si es que esto no sucede siempre de una forma u otra— que no tiene tanto que ver con las citas a la actualidad o el reflejo obvio de situaciones concretas, sino que escarba más profundamente y pretende algo diferente: plasmar lo que hay por debajo, lo emocional, el estado de las cosas más que las cosas en sí. Es la forma en la que funciona la obra de Joaquín Guirao, al que yo considero uno de los que mejor ha sabido entendernos en el cómic español de hoy. En las páginas de Bienvenido a Zaira, el webcómic posteriormente recopilado en papel de Guirao, los animales que protagonizan sus historias no viven en España, ni están en paro —que sepamos—, ni aparece Mariano Rajoy. Pero captan algo que va más allá de lo circunstancial: hablan de las enfermedades sociales, de la neurosis, de la incapacidad para la comunicación y de la casi permanente insatisfacción en la que vivimos. En Love thing, una de sus mejores historias, trazaba un certero retrato de la adolescencia, que es la época donde quizá todo eso se exacerba.

Tras aquella joya, tenía muchas ganas de leer La vida se te escapa, publicado recientemente por mis amigos de Entrecomic Comics, porque sentía curiosidad por ver cómo Guirao se adaptaba a la narración larga. En este cómic lo que se plantea es aparentemente humilde: un día en la vida de un pobre perdedor cualquiera —¿acaso no lo podemos ser todos?— que comienza una etapa nueva en una nueva ciudad y con un nuevo trabajo como profesor, que le permitirá dedicar tiempo a su pasión, la escritura. Por supuesto, todo se tuerce desde el primer momento. La manera en la que Guirao amontona meteduras de pata y desencuentros, ninguno catastrófico pero terribles por acumulación, consigue una respuesta inmediata en los lectores: una profunda empatía. Yo lo paso mal con estas historias, porque el clima constante de incomodidad —concretado en esas caras tan características que dibuja Guirao, matizadas con puros recursos de historieta— está muy bien medido.

Leemos La vida se te escapa con el deseo de que algo, aunque sea una chorrada, le salga bien al protagonista, pero al mismo tiempo sabemos que muchas veces la vida es justo así: un cúmulo de circunstancias que se nos escapan, situaciones que sobrepasan nuestra capacidad y que se imponen a nuestra voluntad, por buenas que sean nuestras intenciones. Esa zozobra, ese permanente malestar que se adueña del personaje, es quizás un signo no de debilidad, sino de consciencia. De hecho, ahí está la clave: el protagonista es el tipo más normal —neurótico y nervioso, pero por lo demás normal— del tebeo; son el resto los que hacen y dicen cosas extrañas, y él se da cuenta. Bueno, más que extrañas… completamente disonantes. La sensibilidad de Guirao aquí no admite comparación. Siento la tentación de asemejar su capacidad para reventarnos la cabeza asociando ideas inasociables y  saltándose lo verosímil a la de David Sánchez, pero en realidad son muy diferentes; Sánchez es más hermético. Guirao explica más, su protagonista, que es nuestra proyección en ese universo alterado, se asusta y sorprende como lo haríamos nosotros. Y hay, por supuesto, mucho humor. Humor jodido, del que te hace sentir mal por reírte, pero humor al fin y al cabo: la secuencia en casa de la profesora me parece una cumbre.

Quier destacar también algo esencial: Joaquín Guirao es un dialoguista brillante. Tiene un tono personal finísimo, que capta lo oral y llena de matices a sus personajes: ese «pásatelo pirata», por ejemplo, combinada con la cara sosa del que lo dice.

A Guirao se le puede emparentar con cierta tradición satírica americana, y de hecho conoce a muchos viñetistas clásicos. Yo siempre le he visto algo de Daniel Clowes, y por supuesto tiene cierta influencia de The Simpsons. Pero más allá de eso, el resultado es profundamente personal. Sus obras parecen inmediatas, sobre todo por el humor y el dibujo suelto, pero al mismo tiempo hay detrás una inteligencia a la hora de presentar los temas inusitada. Cada página deja huella y ganas de volver, no podemos abandonar a esos personajes machacados por la vida, explotados por la sociedad y abandonados a su suerte. Pero, en el fondo, Guirao es un humanista. Quiere a sus personajes y los trata con cariño. Al protagonista, desde luego, pero también a cada uno de los tarados con los que se cruza. Parece decirnos, sobre todo con su final, que sí, que la vida es un asco, pero que no estamos solos del todo. Tal vez no haya redención, tal vez nadie vaya a salvarnos, pero al menos alguien puede comprendernos cuando la vida se nos escapa. Guirao, que todavía es joven, es ya un autor a tener en cuenta. Lo es por personalidad, originalidad y relevancia, por su sintonía con el momento actual. Lo es porque cada tebeo suyo es mejor que el anterior, y porque en lugar de demagogia, autoayuda y/o nihilismo, ofrece algo más chungo y a la vez más necesario: preguntas sobre nuestra propia naturaleza.

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Sobre cómic juvenil.

La supuesta escasez de cómics infantiles y juveniles es un argumento constante entre los aficionados al cómic en España. Mucha gente parece tener muy claro que 1) no hay apenas; y 2) los editores están cometiendo un error terrible al no hacer cantera y fidelizar a los lectores y lectoras desde su infancia. Dejando aparte el hecho de que si esto último fuera una estrategia tan clara ya habría editores en ello, lo cierto es que llevo tiempo pensando que este modo de pensar no se corresponde del todo con la realidad. Para empezar, hay que entender que el mercado ha cambiado muchísimo, que ya no hay suficientes menores como para sostener con sus compras un mercado masivo, que el envejecimiento de la población ha precisado que el cómic acompañe a su público, y que grosso modo, la infancia abandonó el cómic antes de que el cómic abandonara la infancia, para entendernos. Dicho de otro modo, dejó de haber tantos cómics infantiles porque su público dejó de comprarlos, así de sencillo.

Sin embargo hay aquí otra cuestión importante: la percepción que tiene el aficionado del sector, creo, está distorsionada por su propia idea de qué debe ser un cómic infantil, que suele corresponderse con lo que leía en su propia infancia. No voy a extenderme mucho porque creo que mi compañero Octavio Beares da con varias claves en este texto sobre el mismo tema, con el que estoy bastante de acuerdo; hay suficientes ejemplos de cómic infantil. Y, añado, la mayoría de personas que lamentan su escasez no conocen toda la oferta que hay, en realidad. Es normal, porque son personas adultas que consumen cómics para adultos, pero una mirada atenta al mercado es muy reveladora: incluso ese cómic que leían los niños hace tres décadas se está reeditando ahora —Los pitufos, Don Miki—, o siempre ha estado disponible —Astérix, Tintín—. Por supuesto, no creo que esos cómics estén en realidad dirigidos a la infancia actual, sino más bien a la nostalgia del comprador maduro; pero hay muchos nuevos cómics pensados para los niños y las niñas de hoy. Un dato que no demuestra nada, pero que me parece significativo: en las últimas votaciones de lo mejor del año en Entrecomics aparecen 51 títulos en el apartado de cómic infantil. ¿Conocerán aquellos que se lamentan obras como Hilda, Marieta o Ana y Froga? ¿O la colección Mamut, o mangas como Yotsuba? Tal vez, se me ocurre, parte de la respuesta a esta pregunta la encontremos en el hecho de que rara vez las librerías especializadas en cómic se molestan en tener éstos en su stock.

Hay que tener en cuenta también que el público infantil no es un bloque uniforme. A menudo se olvida esto. Seguramente sí exista cierta escasez de cómics para primeros lectores, pero aquí me parece evidente que, en realidad, lo que sucede es que hay una mezcla de medios: muchos libros infantiles que ningún aficionado percibe como tebeos emplean su lenguaje. A una niña de dos o tres años le da lo mismo la etiqueta, por supuesto, pero ya está disfrutando en cierta forma de un cómic. En cualquier caso, desde los seis años la oferta se va ampliando hasta el punto de que pienso que, a partir de los trece años, la inmensa mayoría de cómics del mercado son perfectamente válidos, incluyendo superhéroes, BD de aventuras, muchísimos mangas… Otra cuestión en la que no quiero entrar ahora en profundidad, pero que me parece interesante, es cómo la generación que leyó 1984 o Conan el bárbaro con doce años se ha vuelto bastante pacata con respecto a lo que les parece aceptable para sus hijos e hijas.

Pero en realidad de lo que quería escribir es otra cosa. Hasta ahora he mencionado cómics producidos por las grandes industrias del pasado o del presente, y series infantiles en formato álbum. Pero ¿qué tiene que aportar la novela gráfica a ese segmento de edad? Durante mucho tiempo, la necesidad de expresarse fuera de los términos estrechos de la industria y de significarse como un medio para adultos dirigió de un modo casi natural a los novelistas gráficos a pensar en un público maduro cuando realizaban sus obras. Pero ahora que esa batalla está ganada, creo que tal vez puede decirse que estar destinada exclusivamente a un público adulto era para la novela gráfica más un rasgo circunstancial que una condición sine qua non. En una época en la que los niños ya no consumen tebeos masivamente, la novela gráfica puede recuperarlos en parte, pero no será ofreciendo más de lo mismo, ni con series interminables, franquicias o versiones más o menos actualizadas de los personajes que gustaban a sus progenitores. El nuevo cómic juvenil no replica esas inercias, sino que bebe de otra tradición: la literaria. La literatura juvenil, al contrario que aquel cómic, no perdió el favor del público en la misma medida. De hecho es uno de los sectores que mejor está soportando la crisis del mercado editorial. La fantasía —medieval, futurista, o steampunk— y lo que se denomina Young Adult funcionan, y producen sus best-sellers con regularidad, fenómenos editoriales que generan a su vez un fenómeno fan. Esa dinámica basada en libros unitarios, pero también series cerradas de tres, cinco o siete libros, es la que está funcionando, y la que, creo, la novela gráfica contemporánea puede trasladar al cómic. Veamos algunos ejemplos.

En una línea un tanto híbrida entre el modelo literario y la herencia del mercado del cómic mainstream es donde creo que se mueve, por ejemplo, Battling Boy de Paul Pope, y su serie paralela, El momento de Aurora West que dibuja David Rubín, ambas publicadas por Reservoir Books en España. Pulp, superhéroes y mitos mezclados con gracia, con un envoltorio molón, chavalas y chavales con actitud que hablan y se comportan como tales, monstruos que dan el miedo justo… Y un formato que busca explícitamente que el público los asimile con los tomos de manga, sólo que en este caso la serie se prevee más breve: dos tomos de cada serie, al menos por el momento.

Otro cómic recientemente publicado en España, Aquel verano (La Cúpula, 2014), de Jillian y Mariko Tamaki, se acerca con su historia de verano adolescente a toda la tradición de literatura de rito de paso y tránsito de la niñez a la adolescencia. Es un excelente tebeo que el público adulto ha disfrutado —a mí personalmente me encantó—, pero, en realidad, ¿qué mejor edad hay para leerlo y que nos afecte como debería que los catorce años? Es una historia que habla de cambio, del primer amor, de las amistades infantiles que se enfrían, de la inocencia que se pierde. Un adultó podrá leerlo y recordar su propia adolescencia; una adolescente se verá reflejada y por tanto significará mucho más para ella.

Plenamente integradas en la fantasía young adult contemporánea encontramos dos obras que ha publicado Sapristi —el sello de Roca con el que recientemente se ha lanzado a la edición de cómics—: Los Wrenchies de Farel Dalrymple y En la vida real de Cory Doctorow y Jen Wang.

los wrenchies

Ambos son dos ejemplos excelentes de cómo hacer cómic de autor de calidad dirigido a un público juvenil, sin que eso signifique rebajar el contenido o renunciar a cierta profundidad. Los Wrenchies es una locura ci-fi, tal vez incluso demasiado loca —muchos personajes y muchos conceptos a la vez—, que mezcla realidades paralelas, mundos de ficción que se vuelven reales —la sombra de Morrison es alargada— y magia arcana. La mayor parte de la historia sucede en un futuro posapocalítpico donde sólo los niños han sobrevivido: un gancho infalible para el lector infantil. Peleas brutales entre infantes, crueldad y compañerismo. Es una fórmula arriesgada, que además conforme avanza la historia se vuelve más y más oscura, y se llena de drogas, muertes y transformaciones personales. Y el dibujo de Dalrymple —al que conocía de la serie moderna de Omega the Unknown— es muy potente y claro a la vez. Me da la sensación de que Los Wrenchies encaja en ese tipo de tebeo que ciertos lectores nunca considerarían juvenil por su contenido, pero que, en realidad, es justo lo que alguien con quince años está deseando leer: nadie a esa edad quiere algo para niños.

en la vida real

Por su parte, En la vida real es un estupendo tebeo, con un dibujo precioso, original y que no renuncia a cierta experimentación. Trata sobre una chica con un problema de autoestima que comienza a jugar a un juego de rol on line, claro trasunto de World of Warcraft. A partir de entonces el cómic se mueve en dos niveles de representación, pero lo más interesante y logrado es el proceso por el cual Amanda madura en la vida real a través de su experiencia en el juego, donde se escenifica perfectamente la dinámica económica y social real. Doctorow introduce cuestiones incómodas y plantea dilemas que un adolescente occidental debería plantearse más a menudo, aunque nuestros sistemas educativos no parezcan muy dispuestos a ello: ¿cómo vive en otras partes del mundo un chaval de tu edad? ¿Qué implica tu bienestar económico para otros países? ¿Cuáles son los derechos de los trabajadores y cómo luchar por ellos? Por eso me ha resultado tan interesante este cómic, que por supuesto no es revolucionario, pero sí muy crítico con un sistema que rara vez se cuestiona. Y eso lo hace sin renunciar a la diversión y a la propia historia de crecimiento personal de Amanda, que permite que los y las lectoras nunca dejen de sentirse vinculados a ella. Amanda se empodera gracias al juego y toma conciencia de su propia capacidad de actuar localmente para mejorar el mundo: es un mensaje responsable e inspirador que no cae en la autoayuda ni en la demagogia, y que no sermonea, que es precisamente lo que odia cualquier adolescente.

Significativamente, tanto estos dos cómics como Battling Boy y Aquel verano fueron publicados originalmente por la editorial First Second. Un vistazo a su catálogo nos hace ver que la intención de llegar al público joven es clara. Por ejemplo, publican The Chronicles of Claudette de Jorge Aguirre y Rafael Rosado, que seguramente no tarde en aparecer en España, aunque sólo sea por su ambientación fantástico-medieval y su dibujo cartoon. También veo algunos títulos de los que no he visto nada pero que tienen pinta de seguir una línea similar, como Athena, de George O’Connor, Boxers de Gene Luen Yang o Broxo de Zang Giallongo. Y por supuesto, también hay que recordar clásicos como Bone de Jeff Smith y las obras de Jill Thompson, Scary Godmother y Beast of Burden —con Evan Dorkin—, que siempre han buscado al público juvenil sin renunciar a un tono oscuro fantástico.

En fin, que algo parece moverse en este sentido. La pregunta ahora sería si esta dinámica llegará al mercado español, cuya novela gráfica parece, por el momento, todavía en esa fase de reafirmación que comentaba al principio. Tal vez ha llegado el momento, o tal vez no, pero, en cualquier caso, la clave está en algo tan sencillo y a la vez tan complicado como que, ahora, los autores pueden elegir qué quieren hacer y para quién. Pero sea como fuere, no será por cómics infantiles y juveniles, desde luego.

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