El rastreador, de Jiro Taniguchi.

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Hubo una época en la que se publicaban al año tantas novedades de Jiro Taniguchi que era casi imposible no acabar dejando pasar alguna. Es el caso de la que acabo de recuperar gracias a mi amiga la biblioteca pública: El rastreador.

            Taniguchi se ha acercado muchas veces al género policíaco, aunque aquí no se han publicado muchas de estas obras, quizás porque se dio a conocer al gran público con El almanaque de mi padre y se prefirió apostar por tebeos similares a éste. El rastreador es un thriller, una historia, si no policíaca, sí con tintes negros, aunque Taniguchi se la lleva a su terreno con la presencia de un elemento recurrente en su obra: la montaña. De esta forma, la historia empieza y acaba en la naturaleza, pero se desarrolla en una ciudad llena de bullicio y hasta peligrosa, a la que Shiga se ve obligado a volver para buscar a la desaparecida Megumi, la hija adolescente de su mejor amigo, muerto hace años en la que iba a ser su última ascensión. Shiga le juró que cuidaría de ella y ante la noticia de su desaparición, acude para hacer lo que pueda por encontrarla.

            El argumento puede parecer típico, y en realidad lo es. La investigación que lleva a cabo Shiga cumple con todos los tópicos y se desarrolla sin sorpresas hasta que da con el paradero de la chica. Y el protagonista responde al estereotipo de hombre callado, misterioso y duro que tan recurrente ha resultado en el género. Afortunadamente  Taniguchi sabe llevarlo todo un poco más lejos, y a través de su inconfudible estilo —da igual de qué trate: un cómic de Taniguchi siempre es ante todo un cómic de Taniguchi— y usando con mesura los recursos narrativos rítmicos del manga construye un relato del que el lector es incapaz de despegarse hasta que termina. El rastreador engancha como los buenos relatos policíacos, y da lo mismo su simplicidad: no podemos dejar de leer hasta saber qué ha sido de Megumi.

Y creo que eso también es un valor, aunque la calidad del cómic esté lejos de la de los mejores de Taniguchi. Es un manga construido con la habilidad de un artesano, con todos los mecanismos en su sitio para que funcione perfectamente como lo que es, sin más pretensiones. Taniguchi es capaz incluso de que aceptemos como plausible la resolución final de la búsqueda, que incluye la inverosímil escalada de un rascacielos.

Más allá de lo bien que me lo he pasado leyéndolo, El rastreador me deja una reflexión. Taniguchi es un autor que hemos conocido en España tarde y desordenado, nos han ido llegando sus cómics de forma no cronológica, y eso genera una imagen del autor que luego hay que deconstruir para entenderlo en su justa medida. Lo que quiero decir es que cuando se dice que Taniguchi se repite, se olvida de que hablamos de un autor veterano de sesenta y cuatro años que ya ha pasado por sus etapas y ha tenido una evolución que le ha llevado hasta donde está. Y que cuando observamos anquilosamiento y repetición puede deberse al hecho de que vemos publicadas en un espacio muy breve de tiempo obras que se publicaron originalmente en uno mucho más amplio.Lo cual, claro, no hace que sea menos cierto que Taniguchi no se va a dar ya a muchas experimentaciones. Es comprensibles, y poco censurable, la verdad: se me ocurren muy pocos autores con una carrera tan prolífica y redonda.

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DC y las estadísticas.

Llegaba esta mañana, vía el twitter de Álvaro Pons, a este artículo, donde se hacían eco de un estudio estadístico que ha llevado a cabo DC recientemente entre sus lectores. Se ha realizado en tiendas de cómics, a través de internet con un formulario y entre los compradores de las ediciones digitales. Y el resultado no por esperado es menos desolador.

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            Quizás lo más llamativo es que el reboot tan sólo ha atraído a una cantidad de nuevos lectores anecdótica: un 5% del total. Era obvio que pasaría. Cualquiera que leyera unos cuantos números uno de las nuevas series podía ver que aquello no sólo era más de lo mismo, sino que además era peor en muchos casos, con autores flojos y una visión del género completamente endogámica, lo que sumado al cacao que ellos mismos se habían armado —nadie tenía muy claro en qué orden pasaban las cosas, si todo sucedía en el mismo momento, si lo anterior contaba, si no lo hacía­…— hacía bastante fácil suponer que esto únicamente podía interesar a los de siempre. La editorial, y algún ingenuo, pensaba que con el cebo de los números uno bastaría para que la chavalada se abalanzara sobre los cómics a lo bestia. Pero no ha sido así, claro, porque, simplemente la estética, el espíritu de esos cómics, está pensado para los lectores que empezaron a leer en los años noventa y sienten nostalgia de esos primeros tebeos.

            Y eso nos lleva al otro drama: un 98% de los lectores son mayores de 18 años. Paraos un segundo a pensar lo que esto significa. Que sí, que evidentemente todos somos conscientes, desde dentro, de cuál es la edad del lector medio. Pero en cifras, a lo bruto, como que duele más. Yo sinceramente no me esperaba un porcentaje tan contundente, pensaba, no sé, quizás en un 75%, como mucho. Pero no. Nos pasamos la vida oyendo que los superhéroes son para niños y resulta que ya no hay, ya no niños, sino adolescentes leyéndolos. Los superhéroes son cosa de adultos. Y eso es lo jodido, porque creo que es muy complicado que si un chaval no ha leído tebeos de Superman con 12 años empiece a hacerlo con 18. Este modelo es un callejón sin salida, o con una sola salida: lleva a la reducción inexorable del mercado en tanto que no se renueva. Pero además se da la paradoja de que pocos contenidos son verdaderamente adultos, o lo que yo entiendo por adulto; son cómics hechos para el viejo fan, con los elementos de siempre, pero sazonado con altas dosis de violencia y un sentido de lo sexual completamente inmaduro, incompleto, infantil, en definitiva. E insultante para las mujeres.

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            Y eso me lleva al último punto —cómo estoy de fino hoy hilando temas, ¿eh?—: sólo un 7% de lectoras. Una cifra igual de triste, para mí. Confirma el tópico de que las mujeres “no leen tebeos”… dentro del género claro. Porque afortunadamente ya es completamente normal que lo hagan, sólo que no éstos. Y eso que yo conozco bastantes mujeres que leen cómics de superhéroes. O sea, que las hay. Pero muy pocos las tienen en cuenta como público potencial. Y por supuesto no se trata de hacer superhéroes “para niñas”, sino de hacer superhéroes “para todos”, sin ser excluyentes, sin dar una imagen de la mujer totalmente insultante, salvo la muy honrosa excepción de Batwoman. ¿Cómo va a interesar eso a las mujeres, por mucho ejercicio de relativismo que hagan? La publicidad de los años ochenta de Forum nos decía que los superhéroes eran para nosotros, y que le compráramos Barbie a nuestras hermanitas. Hoy, el contenido de los propios tebeos lo dice directamente, a base de mujeres de pechos descomunales que se desnudan sin motivo y siempre tienen la necesidad de colgarse de algún hombre que las ponga en su sitio, en todos los sentidos. Joder, si me siento insultado yo, puedo imaginarme cómo se siente una lectora, y más aún si es una nueva lectora que se acerque al material por primera vez. Todos sus prejuicios confirmados de golpe, y adiós para siempre, como es comprensible.

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            Me podrá decir alguno: “Ah, pero mira las cifras de venta: han subido, así que tan mal no les ha salido la jugada”. Han subido, sí, pero porque estaban tan por los suelos que casi era imposible que cualquier movimiento, por desacertado que fuera, no se notara. Siguen estando a eones de distancia de las cifras de los noventa, y de hecho, desde el mes en que salieron los números uno han ido bajando de nuevo. Pero, además, si enfrentamos los datos de las ventas con este estudio, queda claro que ese aumento se ha debido no a la afluencia de nuevos lectores, sino a que los de siempre se han dejado más dinero. Han comprado más colecciones de las que compraban antes. Pero, como es lógico, a cada mes que pasa van poco a poco gastándose menos otra vez.Van seleccionando y, superada la pulsión coleccionista del fan, van abandonando las series que considera peores. Y por eso inmediatamente comienzan los reajustes, las cancelaciones, los cambios en los equipos creativos. Pero siempre dentro del mismo paradigma. Y ese paradigma ha demostrado, y aquí está la prueba, que no sirve para abrir el mercado ni para atraer a nuevos lectores. Sólo para que los que de siempre se gasten un poco más de dinero durante un tiempo limitado. No sé qué hará DC ante esto. Pero creo que este estudio estadístico puede acabar siendo algo más: el certificado de defunción de toda una forma de entender la industria del comic book.

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Supergod en Entrecomics.

Ya está disponible una nueva reseña en Entrecomics, en esta ocasión de uno de los cómics de Warren Ellis para Avatar: Supergod. Aquí la dejo.

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Los derechos de autor, las commissions y la justicia.

Eres un dibujante de superhéroes de la Edad de Plata. Durante alrededor de dos décadas dibujaste lo mejor que supiste lo que te mandaron, personajes creados por ti o por otros, y contribuiste con tu trabajo a hacerlos populares y cada vez más rentables para la editorial para la que dibujabas. Durante esos años, te pagaron moderadamente bien, no te hiciste millonario, pero viviste dignamente, aunque, eso sí, te mataste a trabajar. No te devolvían tus originales, y los reimprimieron siempre que quisieron sin pagarte. Además, usaron tus dibujos para todo tipo de objetos de coleccionismo sin que tampoco vieras un solo dólar. Cuando el tiempo pasó y los gustos del público cambiaron, simplemente dejaron de darte trabajo. Tú tenías cuarenta, cincuenta como mucho, y sólo sabías hacer una cosa: dibujar. Nadie te había animado o enseñado a evolucionar, o a cambiar de estilo. Al contrario, te pidieron que siempre hicieras lo mismo, que dibujaras como tal o cual estrella del momento, y sobre todo te desalentaron siempre a crear y publicar tu propio material. Cuando te encontraste sin trabajo, tal vez tenías algo de dinero ahorrado, pero tarde o temprano se acabaría. Si te hacías lo suficientemente viejo, o tenías la desgracia de caer enfermo, probablemente tu dinero se acabaría aún más rápido, porque vives en un país donde tienes que costearte los gastos médicos íntegramente. Y entonces sólo se te ocurre una forma de sobrevivir. Descubres que hay viejos fans que recuerdan y admiran tu trabajo y que están dispuestos a pagarte una buena cantidad por un dibujo hecho expresamente para ellos y firmado por ti: las commissions. Técnicamente, estás consiguiendo una ganacia con personajes cuyo copyright no te pertenece, incluso aunque lo hayas diseñado tú. ¿Está bien entonces que ganes dinero con ello?

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            Eso es lo que se está empezando a cuestionar a raíz del caso, triste caso, de Gary Friedrich. La historia de arriba podría ser, a grandes rasgos, la de George Tuska, que dibujó commissions prácticamente hasta que murió, o la de Gene Colan, que se pagó en parte con ellas su carísimo tratamiento. El caso de Friedrich no es exactamente igual; él no era dibujante, y lo que vendía eran unas láminas de Ghost Rider que firmaba. Además, es bastante evidente que Marvel lo que busca con la demanda que le ha interpuesto es más achantar a otros y escarmentarle a él. Pero ya se empiezan a mencionar las commissions. ¿Realmente es tan descabellado pensar que Marvel, esta Marvel, deje un día de hacer la vista gorda con este tema y empiece a denunciar? Yo creo que no, que es algo que vamos a ver. Es un mercado que está ahí y que mueve dinero; y Disney con eso es implacable. Lo mismo para los dibujantes que acuden a convenciones y hacen dibujos cobrando, práctica habitual en EE UU: es exactamente lo mismo.

            Tristemente, me temo que la ley estaría de parte de Marvel. Porque si lo reducimos a lo básico, lo que esos dibujantes hacen es comerciar con objetos que llevan imágenes propiedad de Marvel. Tiene mala defensa. Claro que si algo hemos aprendido últimamente es que ley y justicia no siempre son sinónimos. De hecho cada vez lo son menos. Y difícilmente puede negársele el derecho moral a estos profesionales que fueron claramente explotados en mayor o menor medida y que se encuentran, en su vejez, completamente deasistidos.

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            Durante años, Marvel ha construido un emporio que mueve muchísimos millones de dólares —sí, los cómics cada vez venden menos, pero está el cine— a costa de un trabajo que nunca se pagó como correspondía a los beneficios que daba a la empresa. Se funcionó como si los personajes salieran de la nada, o como si Marvel fuera una especie de ser vivo pluricelular que generaba personajes y contenidos. Y no. Marvel, ya lo dije con el tema Kirby, no existe. Es un ente abstracto que no genera nada, que lo que hace es parasitar. “Ah, que no hubieran firmado los autores, ya sabían lo que había”, dicen algunos fans, al parecer no sólo de Marvel, sino también del neoliberalismo que nos machaca día sí y día también. Porque eso vale para todo, ¿no? ¿Eres un licenciado que hablas tres idiomas al que le ofrecen el salario mínimo interprofesional por trabajar diez horas diarias? Aaaah, no firmes, si firmas, te callas, y no exijas tus derechos, porque has firmado. Y te alimentas, a ti y a tu familia, del aire, claro. En serio, me saca de mis casillas semejante argumento, más propio del siglo XIX. Vamos a ver: ¿qué opción tenían? Su profesión era dibujar. Les tocó vivir en una época en la que la autoedición era un imposible y no había otras editoriales que ofrecieran otras condiciones. Aquello eran lentejas. Y no tuvieron más narices que firmar. O ni siquiera eso, porque la situación contractual de los primeros años de Marvel no está demasiado clara en todos los casos. Por eso hay lugar para juicios, evidentemente. Y en todo caso, señores: que un contrato puede ser abusivo, y contrario a la legislación laboral. El argumento de “si firmas te jodes” es absurdo. Porque puedes estar firmando algo que no es legal, y entonces no tiene validez por mucha firma tuya que lleve.

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            Las situaciones cambian y la legislación evoluciona. Y los autores que entonces trabajaban para Marvel ahora entienden, algunos, que su situación no era justa, comparada con otras artes donde, por duras que sean las condiciones, el autor siempre es el autor. Y por eso reclaman. Se les acusa de oportunistas, de acudir al olor del dinero de las adaptaciones cinematográficas. ¡Evidentemente! ¿Es que no es lógico que sientan que, vale, hasta aquí ha llegado la cosa, cuando ven a su creación en pantalla y reportando millones de dólares a la compañía? Porque a mí me parece lo más natural. Pero claro, aquí parece que la única que puede ganar dinero es la compañía. Compañía, por cierto, que no tiene ya absolutamente nada que ver con la de los 60, que ha cambiado de manos varias veces y que, por tanto, habría que ver hasta qué punto tiene derecho a hacer y deshacer con contratos firmados por otra gente.

            Yo no estoy diciendo que el personaje tal o cual tenga que volver a su creador. Pero sí creo que éste debería recibir un dinero justo no sólo por las páginas que entregó, sino también por el dinero que le hace ganar a la empresa. Es de sentido común. Si el personaje que tú has creado da para que la editorial publique cuatro series durante años, pues no pasa nada porque te dé un dinero. Si vende los derechos para la televisión o el cine, tampoco. Y a todos los defensores de la tesis contraria, que defienden la justicia del caso Friedrich, les preguntaría por qué entonces no critican que Stan Lee si pillara su pellizco en su día, por qué él, en términos de derechos de autor, debe ser diferente. Por qué tiene derechos que no tuvo Jack Kirby, o que ahora no tiene Friedich, o que no tuvieron Marv Wolfman y Gene Colan cuando crearon a Blade. Y a los que hablan de sinergia creativa y dicen que la creación de un personaje es fruto de muchas mentes, bien, perfecto, entonces que no cobre Marvel tampoco cuando se haga una película, ¿no?

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            Luego están los que dicen: “cuando un sillero hace una silla, le pagan por ella una vez y deja de ser suya, no le pagan cada vez que alguien se sienta”. Bueno, yo no he visto muchas películas protagonizadas por sillas. Por favor, no reduzcamos la cuestión a lo absurdo: una obra de arte no es una silla. Si consideras que los tebeos son como sillas, en lugar de como novelas, discos o cuadros, entonces luego no vengas reivindicando no sé qué dignidad. La realidad es que un señor que escribe una novela cobra cada vez que la reeditan, y también si la adaptan a otro medio. El señor que crea un álbum de música también cobra cada vez que se vende. Las distribuidoras, las editoriales, las discográficas, se llevan su parte, a mi juicio excesiva, pero, al menos, en esos negocios hay pastel para todos. Luego está claro que otro modelo de negocio es posible. Y de hecho ya se está dando. Image, con todos sus errores, abrió la puerta a un tebeo mainstream en el que los autores retendrían lo que es suyo y es inalienable: los derechos de autor. Y el escenario hoy es diferente, y Marvel y DC deben cambiar si no quieren que sus tebeos acaben siendo mierda pura. Porque la gente no es imbécil y cada vez hay más guionistas que pasan de trabajar para ellas en cuanto se han hecho con un nombre, como Warren Ellis o Mark Millar, y trabajan con creaciones propias que les son más rentables. Ante esto, muchos aficionados piensan “oh, qué pena, con lo bien que podría hacerlo Millar con el personaje tal”. Bien, pídele a Marvel que pague justamente a Millar en lugar de pedirle a Millar que haga el capullo perdiendo dinero. ¿O es que al argumento de que “esto es un negocio, no una ONG” sólo vale para un lado?

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            En este escenario de injusticia moral, no queda otro remedio que recurrir a esa práctica semilegal que pueden ser las commissions. Lógicamente, los fans quieren ver dibujados a los personajes de Marvel —o DC—, aquellos que estos dibujantes hicieron populares, aquellos que les permitieron dibujar. Si también les cortan esto, si les impiden ganarse la vida así sin darles nada a cambio… muchos deberían replantearse qué están apoyando con su actitud mitómana.

Mark Evanier sobre el caso de Gary Friedich (inglés)

Joel Mercè explica en un párrafo de qué habla Marvel en realidad cuando habla de derechos de “autor”.

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Wimbledon Green, de Seth.

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Los designios del lector de cómics son inexcrutables. Eso es lo único que (no) explica que corriera a comprar vía internet The Great Northern Brotherhood of the Canadian Cartoonists en cuanto estuvo a la venta y en cambio esté esperando pacientemente desde 2005 a que Wimbledon Green fuera publicada en castellano.

            Pero el caso es que al fin lo tengo y lo he leído, y me ha parecido fabuloso. Como decía Santiago García, forma un un díptico con GNBCC, son dos obras que se complementan a la perfección y cuyas gestaciones están muy unidas entre sí. Son dos tebeos improvisados, dibujados en cuadernos de notas según iban ocurriéndosele cosas a Seth. Y claro, sabiendo esto, lo primero que sorprende al leer cualquiera de los dos es la increíble coherencia y sentido que tienen las historias que está contando para no estar planificadas desde el principio. Es fruto de sus conocimientos sobre el medio pero también de sus ideas sobre el mismo. Porque si algo ha quedado claro sobre Seth a lo largo de los años es eso: tiene las ideas muy claras. Ha visto la evolución del medio que ama y ha reflexionado sobre él, ha creado un discurso como autor reconocible y con sentido. Todo lo que hace lo hace por algo. Luego por supuesto los tebeos que dibuja gustarán más o menos, serán mejores o peores, pero no da puntada sin hilo.

            Centrándome en Wimbledon Green —de GNBCC ya hablé en su día—, es la historia del mayor coleccionista de comic books de la historia. Vive inmerso en un mundo casi al margen del real, de subastas, guías de precios, estados de conservación y primeras ediciones que, aunque está exagerado por Seth, no está muy lejos del mundillo del coleccionismo real. Las habilidades de Green —puede reconocer el año de un cómic sólo viendo sus grapas— también han de estarlo, porque tienen que parecer marcianas al lector habitual de tebeos, igual que a nuestros amigos que no son lectores habituales les resulta marciano que podamos diferenciar a un Spiderman de Gil Kane, de uno de Ross Andru o de otro de John Romita.

            Donde GNBCC nos daba una visión desde dentro de la industria, desde el punto de vista del creador, Wimbledon Green nos la da desde fuera, desde el lector, o, más bien, desde el coleccionista, que no es lo mismo. El coleccionista que retrata Seth es un individuo al que lo que menos le importa es el contenido de los cómics que atesora. Se sabe de memoria los nombres de autores y personajes, todas las cabeceras de cada editorial y los años de edición. Pero valora los tebeos como objetos, como piezas de una colección inabarcable. Los hay que buscan desesperadamente recuperar su infancia, y otros que van más atrás y quieren volver a una época que nunca vivieron —como el villano Jonah, de aspecto sospechosamente parecido al del propio Seth—. Pero todos se ven inmersos en un disparatado mundo de engaños, mentiras y traiciones, un mundo de personajes sin ética dispuestos a todo contal de conseguir el cómic raro que les falta. Se va viendo en todas las secuencias documentales pero sobre todo está presente en la disparatada aventura central, The Green Ghost, donde la búsqueda del tebeo más raro del mundo deriva en un argumento digno de cualquier película de espías.

            No es lo único que hay en Wimbledon Green. Con extraordinaria habilidad, Seth entrelaza ese alucinante mundo del coleccionismo con las historias personales de varios de los coleccionistas, y al mismo tiempo desarrolla una investigación sobre la verdadera identidad de Green, todo un misterio. Pero sobre todo trata de la industria, del aficionado al cómic de la vieja guardia, de autores perdidos en el tiempo. Y de una actitud que Seth cree, y estoy de acuerdo, que terminó por hacerle mucho daño al cómic.

Reseña de Wimbledon Green en Entrecomics, por Iñaki Sanz.

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