The War Lord, de Franklin J. Schaffner.

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Hace unos días Absence escribió en su blog sobre The War Lord, una película de 1965 dirigida por Franklin J. Schaffner y protagonizada por Charlton Heston. Y para que luego digan que la blogosfera no sirve de nada, gracias a eso ayer vi la película, de cuya existencia sabía, pero que nunca me había animado a ver. Me gustó y me pareció interesante por muchos motivos, uno de ellos una cuestión que me ha interesado mucho siempre: el choque del mundo pagano con el cristiano, el viejo orden y el nuevo. Sobre esto no me voy a extender porque ya lo explica perfectamente Absence con abundantes capturas de la película, pero sí quiero destacar algo que él menciona: la deliberada ambigüedad en torno al personaje de Bronwyn —interpretada por Rosemary Forsyth—, la joven pagana de la que se enamora el caballero Crysagon de la Cruz, hecho que desencadena toda la trama de la película. Bronwyn es la hija adoptada del líder de la comunidad pagana, su origen es incierto, sabe de plantas y la sospecha de que es bruja está siempre en la mente de los cristianos. Su cambio de actitud hacia Crysagon, la manera en la que abandona a su recientísimo esposo y una simbología sutil y bien escogida alimentan las dudas y generan un interrogante que no se resuelve nunca: la película puede leerse en clave realista o en clave mágica, y eso la convierte en una obra ambigua, entre mundos, en el límite. Que son las que a mí suelen gustarme más. En este caso lo interesante es que a esto se llega de una forma que hoy en día sería inconcebible en una película del gran circuito comercial.

¿Pero por qué sería inconcebible? Esto es lo interesante. En la mayoría de los blockbusters de los últimos años todo está sobreexplicado y sobredialogado. Las motivaciones de cada personaje se explicitan y subrayan —en algunas películas varias veces— a través del diálogo mucho más que de la acción. Los personajes son lo que dicen, lo que dicen además muchas veces a cámara, en monólogos artificiales. No tienen vida interior, no hay nada detrás de su discurso porque éste ya lo integra todo, ya le dice al espectador todo lo que necesita saber. Sabemos por qué hace lo que hace cada personaje y nada puede escapársenos, porque el director le ha colocado un cartel de neón a cada punto candente de su historia para que no nos perdamos y nos entre la ansiedad. Por poner un ejemplo: es lo que pasa punto por punto en la trilogía de Batman de Christopher Nolan.

Por eso es un ejercicio interesante recuperar películas comerciales y taquilleras de hace cuatro o cinco décadas y comprobar que había —hay— otra manera de hacer las cosas. Porque The War Lord no es arte y ensayo: es una película comercial producida por un gran estudio, perteneciente a un género, el drama histórico, que entonces estaba de moda, y protagonizada además por una estrella, el galán y héroe de acción Heston. Y sin embargo hay espacio para una doble lectura que por básica que sea ya anima muchísimo el acto de ver la película: nos obliga a ser activos y no meros receptores de una historia mil veces contada con otros envoltorios. El silencio de muchas escenas, los diálogos parcos, medidos y en ocasiones contradictorios entre sí hace que no siempre sepamos exactamente qué están sintiendo los personaje y por tanto no sabemos qué puede pasar a continuación. Sabemos que al caballero cristiano el primer encuentro con la muchacha pagana lo ha trastornado, pero no qué quiere hacer y a qué está dispuesto. Tampoco sabemos si a ella él la atrae, ni podemos anticipar —o al menos yo no pude— que se enamore de él y se entregue con gusto. La película también nos obliga a estar atentos porque las cosas no se dicen dos veces, ni se recalcan visual o sonoramente. Por ejemplo, el sopapo que el caballero le da a su hermano, delante del resto de los hombres, parece algo sin importancia sólo hasta que, hora y media después —en estándares del cine actual, cuando el 75% del público se habría olvidado por completo de la escena— se produzca el enfrentamiento final entre ambos. Los personajes, en general, se guardan lo que les pasa por la cabeza. Probablemente un director o un guionista del siglo XXI habría sentido la necesidad de introducir una escena del hermano mirando con envidia u odio al caballero, o incluso algún diálogo que dejara claro que le guarda rencor y quiere ser califa en lugar del califa. Y sentirían esa necesidad porque si no correrían el riesgo de que luego no se entendiera su decisión, de que el espectador pensara que no era coherente, que aquello no tenía suficiente sentido, como si en la vida las cosas siempre lo tuvieran, como si todo lo viésemos venir y la gente jamás nos sorprendiera, decepcionara o traicionara. O como si lo que estamos viendo no fuera suficiente y necesitásemos que los propios personajes nos los tradujeran e interpretaran.

Más signos de tiempos pasados: en The War Lord hay muy poca autoayuda y muy poco camino del héroe. De la Cruz es un caballero medieval, lo cual equivale a decir que, según nuestros valores, es un auténtico cabrón. Trata a la plebe como lo que son para él, dentro de su forma de entender el mundo: gusanos inferiores. Es un bruto violento, una máquina de matar, pero sin embargo trata bien a sus hombres, que le respetan y están dispuestos a morir por él. Le mueve el honor, quiere obedecer al Duque, que es quien lo envía a las tierras del pantano, y quiere hacerse con tierras porque su padre perdió las que habrían sido su herencia —esto, por cierto, fue un problema real en la Europa medieval: me refiero a los nobles empobrecidos que según los usos sociales no podían dedicarse a los negocios o a trabajos manuales—. Al inicio de la película, en el que se plantea el choque de culturas que tantas veces hemos visto en el cine, podríamos pensar que lo que va a suceder es que el hosco y cuadriculado caballero cristiano se redimiría gracias al amor de la sencilla campesina pagana y a través de ella aprendería a valorar y defender ese mundo de creencias más apegadas a la tierra y por lo tanto más auténticas. Y luego la historia terminaría bien o mal según el tono de drama más o menos grave que se busque. Probablemente sería el esquema que adoptaría hoy una película así, que es el mismo que hemos visto ya tantas veces en películas como Pocahontas o Avatar, y en otras más antiguas, como Un hombre llamado Caballo.

Pero las cosas no suceden así en The War Lord. De la Cruz no aprende gran cosa y las antiguas creencias paganas se la traen al pairo al principio y al final. Quizás al final incluso más que al principio, porque dejan de darle miedo. Bronwyn, por su parte, no parece tener demasiados problemas para renunciar a todo lo que antes le importaba en cuanto se enamora del caballero, aunque el silencio que mantiene casi en todo momento desde entonces no ayuda a escrutar sus pensamientos. Esas tradicionaes antiguas, por cierto, tan edulcoradas y mistificadas a partir de finales de los sesenta, son tan terribles como las del caballero cristiano, en tanto que sancionan y legitiman la violación de las recién casadas vírgenes por parte de su señor, por mucho que se convierta en un bonito ritual lleno de máscaras y fuego. Por otra parte están los frisones, bárbaros del otro lado del mar que pasan de ser voraces enemigos a aliados de los aldeanos contra el señor que ha traicionado sus creencias, y posteriormente incluso quedan en tan buena situación con De la Cruz, que les devuelve el niño robado para terminar con el ciclo de violencia, que acogen a Bronwyn en sus tierras.

No quiero decir con todo esto que The War Lord no tenga sus propios problemas fruto de su época, claro. Aunque en realidad algunos son una cuestión de percepción y de contexto del espectador tanto como de la obra. El cine siempre es ilusorio, y lo que cada generación considera realismo no es más que un código concreto que nuestro bagaje nos enseña a leer como tal. Hoy The War Lord parece blanda, poco sangrienta, y el Technicolor le da una textura y una luz algo irreales, al igual que la banda sonora, que choca bastante, pero desde luego estoy seguro de que a los espectadores de 1965,  acostumbrados a las fantastías tardorrománticas a lo Ivanhoe o Prince Valiant, con sus princesas ricamente ataviadas y sus deportivas justas a caballo, esto les pareció un pasado oscuro y sombrío. Del mismo modo, lo que a nosotros hoy nos parece realista y ajustado a como fueron las cosas, pongamos por caso la excelente Valhalla Rising, en realidad maneja otro tipo de estilización, pero no es una fotografía del pasado. Valhalla Rising, ahora que la he sacado a colación, también es una reconstrucción de la edad media que escenifica el choque entre lo viejo y lo nuevo, entre las creencias telúricas y politeístas y el orden cristiano, aún verde y poco definido. En cierta forma, ambas se parecen mucho. Lo cual creo que habla muy bien de las dos.

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El guión, el dibujo y el método Marvel (y Daredevil de Ann Nocenti)

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Acabo de terminar de leer el tomazo que editó Panini el año pasado recopilando los primeros números del Daredevil de Ann Nocenti, Zona Cero. Terminarlo me ha llevado cierto tiempo porque el tomo es bastante voluminoso —incluye catorce cómics— pero también porque en muchas historias la lectura me ha costado y me dejaba con más ganas de descansar que de leer la siguiente. Me gusta mucho Daredevil a partir de la etapa de Frank Miller y me suele entretener, como mínimo, cualquier cómic del personaje, y además me gusta en general Nocenti y en particular disfruté mucho los dos tomos con material posterior a éste, con John Romita Jr. Por eso me doy cuenta de que los problemas que veo aquí son otros, y me parece interesante analizarlos.

Primero digamos lo obvio: el marrón de continuar Daredevil tras «Born Again», que es no sólo la mejor historia del personaje sino, en mi opinión, la mejor historia que ha publicado Marvel —y quizás lo mejor de Miller—, no es pequeño. Es enorme, de hecho, y sólo por asumir la tarea Nocenti ya merece un respeto. En «Born Again» Miller y Mazzucchelli destrozan la vida de Matt Murdock sin compasión, pero también cuentan cómo vuelve a levantarse, cómo «resucita» a una nueva vida. Una vida sin la abogacía, con una rehabilitada Karen Page, una vida que, aparentemente, también podría estar libre de Daredevil. Punto final perfecto, punto y seguido nefasto. En la etapa de Nocenti la relación amorosa con Karen es tan sosa y falta de interés como cabría esperar, y un Matt Murdock equilibrado es… aburrido. Toda esta etapa, que cubre nada menos que dos años de publicación de la serie, da la sensación de ser un interinato extraño a veces; en otras ocasiones parece que Nocenti está intentando por todos los medios buscar su propio statu quo, librarse de la sombra de Miller y generar su propia plantilla de personajes secundarios. Ben Urich, por ejemplo, apenas aparece. Kingpin está en la sombra en algunos momentos, pero sólo sale a la palestra en los últimos tebeos. Murdock no para de dar bandazos: primero no quiere ni hablar de ejercer de nuevo, luego sí, luego no… No quiere tener nada que ver con la asesoría que monta Karen Page para ayudar a la gente sin recursos de la Cocina del infierno, luego sí… Los secundarios, en general, no están desarrollados de una manera coherente o al menos adecuada para que nos importen o hagan evolucionar al protagonista. Los temas que se tratan son lo que entonces  —y posiblemente ahora— se entendían en el género como «comprometidos»: política, ecología, drogas, pobreza … Es algo que siempre se asocia a la etapa de Nocenti en la serie, y está ahí, desde luego, pero tampoco creo que haya que sobredimensionarlo, sinceramente. El tratamiento de muchos temas es bastante superficial e incluso simplista, aunque esto, en  realidad, era la norma en el cómic comercial de los ochenta, y que se exagere con ello creo que tiene que ver más con la actitud de los fans y de algunos críticos que con la intención de la propia Ann Nocenti. Pero más allá de eso, en varias ocasiones, por ejemplo en lo que respecta a la organización ecologista y la multinacional Kelco —la trama más larga del tomo— se aprecia muy bien que pese a la valentía de tratar determinados temas también hay una preocupación excesiva por ser objetiva y mantener una actitud equidistante que puede llegar a ser tibia, directamente. Se critican el extremismo y los métodos violentos pero pocas veces se llega al meollo de los asuntos, a las causas profundas de los problemas sociales: digamos que son cómics anticorrupción pero prosistema. El gobierno no es malo: los malos son determinados funcionarios y cargos corruptos. Todo esto —que es justo decir que va mejorando con el tiempo— no impide que la visión de la guionista sea de izquierdas. Pero una izquierda moderada, dentro del sistema ideológico americano, que empuja a la marginalidad cualquier cosa más a la izquierda que la socialdemocracia y que, desde luego, ni tuvo ni tiene cabida en un cómic de Marvel.

Mención aparte creo que merecen las mujeres que escribe Nocenti. También es algo que irá mejorando en los números siguientes, pero en éstos son sorprendentemente anodinas frente a Matt, que, paradojas, se muestra tremendamente seguro, él que duda tanto, cuando tiene que adoptar el papel de macho alfa. Karen Page es flojita, casi volátil. Depende de Murdock para estar equilibrada de una forma que me molesta y, al final, hace al personaje antipático, salvo que sea eso lo que esperas de un personaje femenino de un cómic de superhéroes. Pero todavía es más sorprendente la Viuda Negra que escribe en estos números, que resulta casi inverosímil: toda una espía rusa curtida en las cloacas del estado soviético traumatizada por la violencia y la muerte, debilitada como heroína y como persona, que necesita de la guía inflexible de Daredevil, que la dirige paso a paso con autoridad en «El hombre reverso» para que recupere la confianza. Es desconcertante.

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Hasta aquí lo que entiendo que es responsabilidad de Nocenti, al menos en un amplio porcentaje. Pero hay otra cuestión aquí que me ha hecho reflexionar acerca de cómo funcionaba la industria y cómo el método de trabajo determina de manera decisiva el resultado. Decía antes que estos dos años parecen un interinato. Y sobre todo lo decía porque la cantidad de dibujantes que pasan por la serie en ese tiempo no admite comparación con ninguna otra de los ochenta. Directamente no hay dibujante fijo, casi parece la serie una sucesión de fill-ins, obra de jóvenes dibujantes pero también antiguas estrellas: de un irreconocible Todd McFarlane a un Steve Ditko de vuelta en la editorial y realizando trabajos muy menores. Pero la cuestión no es que los dibujantes no hagan un buen trabajo: Rick Leonardi, Louis Williams o Barry Windsor-Smith lo hacen muy bien. El problema es el baile y todo lo que conlleva. Realmente no sé si el fan medio es consciente de lo complicado que puede ser hacer un buen cómic al mes si el equipo creativo no funciona con cierta complicidad. Y aquí es lo que se aprecia. Da igual la ambición que tenga Nocenti: al final su guión será dibujado y plasmado en el producto final por un dibujante que acaba de llegar y que no estará al mes siguiente, y con el que supongo que el contacto era mínimo. ¿Sabría siquiera quién iba a dibujar su guión del mes siguiente en todos los casos? Ignoro si Nocenti seguía el método Marvel, pero si era así eso no haría sino aumentar el problema. Porque el método Marvel sólo puede dar frutos interesantes desde el entendimiento y la complicidad, o desde, no sé cómo llamarlo: la anomalía cósmica del Amazing Spider-Man de Stan Lee y Steve Ditko, que a partir de determinado momento ni se hablaban. Posiblemente por faltar esa complicidad y confianza Ann Nocenti se excede en los diálogos y en los textos de apoyo, sobreexplica todo, repite información, cae en el sermón… Daredevil piensa demasiado y piensa de una manera convencional, como piensan los personajes en los tebeos clásicos: para que les escuche el lector. Son el equivalente al aparte teatral. Y es la manera de dotar de matices y profundidad al trabajo visual que realiza un dibujante que, como no tiene un guión detallado que le informe de verdad de qué siente y piensa el personaje en cada escena, tiene que recurrir a poses y expresiones de repertorio para que luego la guionista complete el cuadro con sus textos. Hay ciertas cosas que pueden hacerse así, desde luego, pero hay un punto de complejidad y eficacia narrativa que simplemente pienso que no puede alcanzarse trabajando de manera tan aislada. Y por eso la mayoría de historias que incluye este tomo pueden resultar morosas en su ritmo y algo fatigosas.

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Pero es llegar Romita Jr. y todo empieza a cambiar. El resultado es mejor no sólo porque Romita sea un dibujante excepcional y además estuviera en su mejor momento, por supuesto, sino también porque, al fin, hay un equipo creativo que merezca tal nombre. Hay otra manera de componer la página y la secuencia, y la acción ya no tiene que ser tan convencional para que los textos luego encajen sin problemas. Los planos de las escenas de conversaciones son también menos rutinarios, y empiezan a tener cabida ciertos experimentos visuales que antes eran impensables. El volumen de texto va menguando de forma progresiva pero muy significativa, seguramente, pienso yo, porque Nocenti se daba cuenta de que ya no era tan necesario. Ahora las historias son más fluídas y mejores, y tienen más carga simbólica. ¿Sería posible el protagonismo ominoso de Kingpin sin que Romita lo dotara de esa presencia monolítica tan acojonante?

Cuanta más distancia se interponga entre dos elementos que en realidad son un todo indivisible, por mucho que la gran industria nos haya intentado convencer de lo contrario, peor será el resultado. En líneas generales; por supuesto que hay excepciones. Pero todo tiende a ser más orgánico y más cohesionado si el dibujante no funciona como un mero ilustrador de un relato breve —que es lo que se entendía por «argumento» en la mayoría de los casos— a cuyo trabajo le añade textos de apoyo y bocadillos el autor de dicho relato. ¿Era peor guionista Nocenti tres meses antes de la incorporación de Romita Jr. al título, o hacía peor su trabajo o con menos ganas? Yo creo que no. Simplemente las condiciones no la ayudaban en absoluto.

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Patrulla 142, de Mike Dawson.

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De Mike Dawson leí hace unos cuatro años su Freddie y yo, que no me pareció buenísimo pero me dejó el suficiente buen sabor de boca como para sacar de la biblioteca y leer Patrulla 142, que publicó La Cúpula en 2012. Lo del buen sabor de boca lo pensé ayer cuando lo tomé de la estantería, pero la verdad es que releyendo la reseña que le dediqué en su momento veo que le encontré bastantes problemas. Y eso me hace pensar que a veces es curioso cómo funciona la memoria, porque al final lo que quedó en mi cabeza de Freddie y yo fueron las cosas que me gustaron, y quizás eso significa algo.

Da lo mismo, vamos al lío. Patrulla 142. El relato de una semana de convivencia en un campamento scout típico norteamericano. Me interesaba porque todo lo que tiene que ver con los scouts siempre me ha generado cierto rechazo. Hablo de los boy scouts tradicionales, los de Baden-Powell, con sus nomenclaturas y reglas que podemos llamar tradicionales pero también, perfectamente, retrógradas, con su homofobia y conservadurismo moral. Sí, claro, obviamente hay valores ahí bonitos y atractivos, de respeto a la naturaleza, de compañerismo y vida sencilla, pero no puedo evitar sentirme un poco… no sé, tenso, ante algo que en parte veo como un club masculino donde un puñado de adultos reverdecen laureles mientras ponen a competir entre sí a niños y adolescentes. Desde fuera, insisto, que no tengo experiencia de primera mano, y sabiendo que hoy en día hay decenas de asociaciones que llevan otro rollo muy diferente.

Por todo esto, aunque parezca paradójico, me gusta leer tebeos donde aparezcan scouts o campamentos de verano. Quiero entenderlo, y quiero saber qué significa esto para un niño, y sobre todo qué valor tiene como rito de paso, que es algo que siempre me ha interesado. Y el retrato de todo esto que refleja Dawson es muy jodido. Básicamente tiene todo lo malo que me imaginaba. A través de Alan, uno de los monitores, Dawson parece manifestar todas las dudas que tiene sobre los scouts, aunque no cargue las tintas, ni se cebe en detalles truculentos. Pero Alan no termina de sentirse integrado ni de entender ciertas cosas. Sobre todo lo que tiene que ver con los valores tradicionales que mencionaba antes, encarnados en un viejo jefe al que los pantalones cortos del uniforme scout no le sientan ya muy bien, y que defiende la tradición sólo porque lo es. A Alan le molestan especialmente dos cosas: que los scouts tengan que ser creyentes por cojones y que sea una organización abiertamente homófoba, como demuesta el discurso final del viejo jefe, que se jacta de ello jaleado por la mayoría de los presentes. Esto era en 1995, por si alguien se está preguntando si la historia procede de la infancia del autor. Luego está el veto a las niñas, que convierte el campamento en un club de chicos con las hormonas a reventar, vigilados por unos monitores, que francamente, dan un poco de grima, especialmente el sieso con bigote. Hay algo sórdido en esos adultos que se empeñan en que los chavales disfruten y entiendan lo guay que es ser scout, pero que lo hacen a base de castigos, gritos y malas caras. Porque, además, tampoco es que ellos parezcan pasárselo muy bien. Simplemente continuan con una tradición, y aunque todo acaba siendo bastante desastroso, volverán al año siguiente.

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Del sinsentido de esto parece darse cuenta Alan cuando tiene que consolar a su propio hijo, que acaba harto del rollo scout. También se debe a que los chavales no sólo no parecen pasárselo bien, sino que además son entre ellos tan hijos de puta como cabría esperarse. Insultos, bromas crueles, acoso directo a un pobre chaval que es el blanco de todo el campamento… La vida es un infierno cuando eres adolescente y estás rodeado de otros sin piedad. Los valores de los scouts no calan entre la muchachada, no sólo porque los vean absurdos y no signifiquen nada para ellos, sino porque sus monitores fracasan totalmente en intentar inculcárselos, y están mucho más preocupados por mantener el orden y sobre todo por promover una competitividad feroz, que quizás es lo que más alergia me da de este tipo de cosas: la carrera loca de insignias y premios, la escala de mandos, la carrera que en última instancia sirve para marcar las diferencias entre unos y otros. La cultura del esfuerzo puede rápidamente convertirse en una cultura clasista en la que cada uno vale lo que valen los parches que tienen cosidos en los uniformes. Y la presión social no ayuda a que un chaval que simplemente no puede llevar a cabo una prueba física se sienta mejor.

Patrulla 142 me gusta además de por todo lo anterior porque cuando he terminado de leerla no me ha quedado claro si Dawson quería ser implacable o sólo fiel a su experiencia. Y me agrada esa incertidumbre. Lo digo porque pese a las putadas entre adolescentes, las tonterías típicas de la institución —que Alan observa con suspicacia, y no hablo sólo de las reglas excluyentes, sino hasta de las canciones de fuego de campamento— y el desaliento generalizado con el que todos vuelven a casa, abre la historia con el lema scout: «Siempre dispuesto». Y la cierra dedicándosela a su patrulla scout. Así que es complicado decidir su intención, más aún porque tiene un estilo dibujando bastante limpio y hasta neutro, que connota poco lo que se muestra, con poca carga psicológica, para decirlo de algún modo. Eso no significa que no resuelva con habilidad muchas escenas, incluso algunas bastante complicadas, pero no tiene intención de ir más allá con el dibujo. Por eso el final, en el que se ve que la vida sigue y tras el grupo scout cuya historia hemos leído vendrá otro, y que las vidas de los chavales protagonista siguen, a su vez, no da al lector una sensación de clausura, y le deja sin saber muy bien qué pensar. Esa sensación de plenitud artificiosa que dan muchas obras de ficción tras cuya lectura entendemos todo no hace acto de presencia, y lo queda es lo contrario, cierto vacío, cierta necesidad, también, de volver a leer para saber qué piensa Dawson, si condena o justifica la institución, si piensa que es positivo para los chavales o una tortura. Quizás el error esté en esto, y se trate, simplemente de que cada uno de los lectores se forme su propia opinión.

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«Las superheroínas de Marvel no necesitan ser liberadas».

Al hilo del artículo que he publicado hoy en Entrecomics, «¡Cerdos chovinistas!», me ha parecido interesante traducir un par de cartas del correo de Avengers que comentan el contenido del número 83, uno de los dos tebeos de los que escribo en dicho artículo.

Queridos Stan y compañía:

El número 83 de Avengers ha sido al mismo tiempo un shock y una decepción. Me cuesta creer que Roy Thomas y John Buscema hayan podido crear semejante monstruosidad. No quiero faltarles al respeto a Roy o a John. Tengo en alta estima el talento de ambos, pero ésta es mi sincera opinión.

El argumento de la Liberación está fuera de lugar. No voy a debatir sobre los pros y los contras del Movimiento de Liberación de las Mujeres. Estoy seguro de que ambas partes tienen cosas buenas y cosas malas. Tampoco voy a manifestar mis creencias personales sobre el tema. Ambas cosas estarían fuera de lugar aquí.

En realidad lo que quiero es intentar explicar por qué creo que las superheroínas [lady heroes en el original] de Marvel no necesitan ser liberadas. Básicamente es verdad que los héroes varones son más poderosos y suelen tener poderes más fuertes. Pero también es cierto que las heroínas femeninas son importantes activos en los Cuatro Fantásticos, Vengadores, etcétera. Gente como Medusa, Avispa, Viuda Negra y la Bruja Escarlata comparten las mismas oportunidades y asumen los mismos riesgos. Esto las hace iguales que todos y cada uno de los superhéroes varones.

También era muy obvio que Valkiria tenía control sobre el resto de las Liberadoras. Una vez que se revela su verdadera identidad, [contar] eso sólo añade sal a la herida. No puedo imaginarme a la Encantadora como una mujer rechazada. ¿Tan cursis podéis llegar a ser?

La última viñeta es la peor. Después de todo lo que Goliath y la Bruja Escarlata han pasado juntos, ¿cómo puede él jugar el papel de hombre condescendiente y sobreconfiado? Como decía el robot de Perdidos en el espacio: «Eso no es computable».

Shirley A. Gorman. Hereford, Texas Avengers 87.

(…) ¡El número 83 fue totalmente original! Fue delicioso, con la liberación de las mujeres, la falsa Valkiria, el uso de hechos reales y de una ciudad real que no fuera Nueva York, ¡la aparición de Roy y Jean Thomas! Las mujeres lo hicieron muy bien, especialmente Wanda… su personalidad fue la más despierta, poderosa e inteligente, al superar el bloqueo de Van Lunt [el supuesto nombre real de la Valkiria], sospechar la verdad detrás de Valkiria y vencerla. Disfruté de la discusión entre Wanda y Clint. ¿Hay alguna posibilidad de romance ahí, ahora que Natasha se ha ido? Sólo hay un pero, y es que luchar contra un grupo de superhéroes no tiene mucho que ver con la Liberación de la mujer. Son cuestiones mucho más complejas que implican leyes y estructuras sociales, y no quién lucha mejor. Espero que desarrolléis más el tema (…).

Marlene Jablonski. Park Ridge, Illinois. Avengers 90.

Además de estas dos cartas, que son las que aluden a la cuestión de la Liberación y el feminismo, otros lectores comentan el tebeo. En el número 88, Gail Abraham, de Miami, Florida, comentaba errores de coloreado y de coherencia con lo que se sabía de los poderes de algunos personajes —incluso pregunta si merece un no-premio—, pero nada del contenido sobre feminismo.  W.P. Mills, de Eau Claire, Wisconsin, comenta de pasada que es una buena elección de tema pero se centra en pequeños detalles y en la posibilidad de que haya un romance entre la Bruja Escarlata y la Visión.

No me resisto a hacer un par de comentarios, aunque las cartas son bastante elocuentes. Primero me llama la atención que escriben bastante lectoras, y segundo, que el nivel de argumentación es relativamente alto. Ninguna de las dos cosas dan para sacar muchas conclusiones, dado que son una muestra muy pequeña de los centenares de miles de lectores que tenía la serie mensualmente. También es llamativo que ya entonces hubiera lectores que se dieran cuenta de que faltaba cierta profundidad en los guiones y que eran incoherentes en muchos casos, pero que, claro, siguieran leyendo y reclamaran mejoras. Pero más allá de eso sorprende que ninguna de las dos lectoras encuentre especialmente insultante o frívolo el tratamiento del tema, sino más bien algo accesorio dentro del conjunto del número. Shirley, la autora de la primera carta, se mantiene en una posición equidistante y afirma que ambas partes tienen cosas buenas y malas —¿a qué «ambas partes» se refiere? ¿A los que consideran que las mujeres deben tener los mismos derechos y los que no?— pero considera que las superheroínas ya están liberadas. Marlene Jablonski da un pequeño tirón de orejas porque considera que el tema es más complejo que como se muestra en el cómic —¿se podía esperar otra cosa en un comic book de los Vengadores?—, pero por otro lado de la discusión entre Ojo de Halcón y la Bruja Escarlata lo que más le interesa es si hay alguna posibilidad de que se enrollen.

No se pueden sacar demasiadas conclusiones porque no tenemos forma de saber si llegaron cartas más duras o más indignadas con el tebeo, aunque a Stan Lee no le importaba publicar cartas críticas, lo hacía con frecuencia. Pero, bueno, ahí quedan este par de ejemplos a modo de testimonio histórico.

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Entrevista con Juan Berrio en Entrecomics.

Hoy he publicado una larga entrevista que mantuve con Juan Berrio hace unas semanas. Ha sido quizás la más ambiciosa que he llevado a cabo hasta el momento, en lo que se refiere a temas abarcados: toda la carrera de Berrio. Ha sido mucho trabajo previo y posterior a la entrevista, en el que se ha implicado totalmente el propio Juan, al que le estoy muy agradecido por ello. Espero que lo disfrutéis tanto como yo. Bueno, con que sea casi tanto está bien, porque yo lo he disfrutado mucho.

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Breve historia del cómic.

Hoy tengo algo que anunciaros algo importante: en septiembre publicaré mi primer libro. Será sobre cómic, claro, y su título es Breve historia del cómic. Se trata de una obra divulgativa, fruto de bastante tiempo de trabajo y lectura. La editorial que va a publicarlo es Nowtilus, y aquí mismo podéis ver una previa del libro con una selección de páginas. Más adelante iré comentando más aspectos de la realización de la obra, y por supuesto iré informando cuando se encuentre en tiendas y en la web de Nowtilus, dado que también se va a vender en formato digital.

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Comics Class, de Matthew Forsythe.

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Al dibujante e ilustrador Matthew Forsythe no lo conocía de nada hasta que hace un par de días Mireia Pérez, autora, librera y sin embargo amiga, me recomendó Comics Class, un pequeño cómic de un tamaño un poco mayor que el de una caja de CD que trata sobre la experiencia de Forsythe como profesor de cómic en un colegio. En la contraportada se dice que está «más o menos» basado en experiencias reales, pero como sucede a menudo eso es lo de menos; lo que cuenta es que este tebeo es muy divertido.

Forsythe dibuja de modo muy expresivo y suelto, motivo por el que no entiendo muy bien la decisión de aplicarle tramas gruesas a las viñetas, algo que resta frescura más que aporta otros valores. Pero a pesar de eso el dibujo logra cierto tono vacilón y exagerado, que potencia ciertos gags visuales muy logrados. Forsythe no se preocupa de de dibujarse muy parecido de un episodio a otro, porque siempre está claro quién es él: el profesor.

Lo que más gracia me hace es el choque entre lo inútil que se dibuja como profesor y las reacciones de unos alumnos escépticos, por decirlo suavemente. Son niños pequeños y no duros adolescentes, si no duraba dos telediarios, el hombre. La trama del cómic parodia deliberada y explícitamente la típica historia de profesor desarraigado pero con corazón que acaba penetrando la coraza de la indiferencia juvenil y marcando las vidas de sus alumnos para siempre. Pero es demasiado inútil para eso. Hay diálogos verdaderamente hilarantes con los que sus pupilos lo dejan con el culo al aire, lo pillan en contradicciones obvias y dejan en evidencia un método cutre y sin pies ni cabeza: esa niña, por ejemplo, que le dice que llevan ya siete semanas de clases, que cuándo van a hacer un puto cómic de una vez.

Comics Class se lee en un suspiro, y es un aperitivo perfecto, pero sería un error leerlo como algo «sin pretensiones» —etiqueta que cada vez detesto más, por cierto—, porque en su retranca veo una crítica picante a la profesión de dibujante y sobre todo a la educación reglada, de cómics o de cualquier otra cosa. Los alumnos de Forsythe en la ficción no aprenden nada, aunque estoy seguro de que los reales aprendieron una o dos cosas sobre lo más importante cuando uno se pone a crear: pasárselo de puta madre.

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