Versus, de Luis Bustos.

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Luis Bustos lleva el tiempo suficiente en el negocio del cómic como para haber conocido tiempos difíciles, más difíciles que los actuales. El páramo de los noventa explica que autores más jóvenes tengan más producción que la generación de Bustos —por supuesto teniendo en cuenta todas las particularidades de los casos concretos, hablo grosso modo—: no existe ese peso que atenazó a muchos autores, algunos mayores que Bustos y otros de su quinta, sobre qué podía hacerse y cómo. Este autor pareció quitarse buena parte de ese lastre de encima con Endurance (Planeta, 2009), que es una muy buena novela gráfica, pero es una muy buena novela gráfica de 2009. Cinco años parecen pocos, pero en el cómic español es una eternidad. En esos cinco años han pasado muchas cosas, entre ellas la aparición de obras como Aventuras de un oficinista japonés de José Domingo (Bang, 2011) o El héroe de David Rubín (Astiberri, 2011-2012) que junto con otras abrieron caminos nuevos y expandieron los límites de lo que podía hacerse; cada vez es más evidente. En estos últimos años se están desterrando muchos complejos históricos y muchos tabúes. Se está demostrando que en España sí se puede.

Cuento todo esto antes de entrar a valorar Versus, la última obra de Bustos, porque es una reflexión que he tenido siempre en mente mientras duraba su lectura. En este tebeo de formato atípico —un signo de los tiempos—, magníficamente editado por una pequeña editorial  —otro signo más— que no acumula aún ni una decena de referencias en su catálogo como es Entrecomics Comics, creo muy evidente que su autor se ha vaciado. Que no ha calculado la ganancia, ni las horas que merecía la pena invertir. Luis Bustos, me parece, ha hecho en Versus lo que he le ha dado la gana y ha llegado tan lejos como ha podido: ha echado el resto porque, bueno, si no, para qué meterse en historias, si la vida te la resuelves por otra parte. Creo que él, como muchos otros autores, ha tomado conciencia de que las cosas no van a cambiarse solas y que el primer paso es hacer no sólo buenas obras, sino obras sinceras como ésta.

 

Versus adapta libremente un relato de Jack London, A piece of steak, una historia sobre un viejo boxeador, pero como los buenos adaptadores Bustos se lleva el texto original a su terreno para realizar una obra intrínsicamente personal y desatar todo su talento como dibujante, que está a la altura de los mejores del panorama español. Y pocos cómics pueden leerse que merezcan el apelativo de tour de force más que éste. Versus es un pulso constante en el que Bustos libra su propio combate y se obliga a salir de su zona de seguridad para sorprender en cada página, para que cada viñeta, como cada golpe en una lucha sobre el cuadrilátero, importe. La estructura que adopta intercala flashbacks para mostrar cómo se ha llegado al combate que se narra en forma directa y permite a Luis Bustos un relato de ritmo clásico, en el que subimos y bajamos la intensidad pero que mantiene una línea ascendente que estalla justo cuando debe… Y que deja al lector impresionado en su final.

Una de las cosas más interesantes de Bustos como dibujante es su habilidad para imitar y destilar influencias sin dejar de ser él. Lo hemos visto, por ejemplo, en sus colaboraciones en Orgullo y satisfacción. En Versus resuenan los ecos de Jack Kirby, Will Eisner o Frank Miller, pero también de muchos mangakas, sobre todo de Osamu Tezuka, admirado por Bustos, quien no mira sólo hacia atrás, sino también a los lados, como si fuera consciente de que Versus tiene que ser una obra de su tiempo un cómic español de 2014 que se encuadra en unos presupuestos determinados. El equilibrio entre intelectualización del trabajo propio y la visceralidad que pide un un relato como éste es casi perfecto: Bustos consigue páginas salvajes, furiosamente expresionistas, sobre todo cuando, en el asalto final, deja que el pincel corra desbocado en unas páginas que pienso que no están al alcance de muchos dibujantes, de aquí o de fuera, da lo mismo.

 

En este relato clásico de héroe crepuscular hay mucha amargura. El viejo Tom King lo fue todo, pero ya no es nada. Sus tiempos de gloria pasaron y sólo queda jugársela contra un muchacho insolente que empieza ahora su propio camino hacia la fama y el éxito. Más allá de ciertos elementos del relato original propios de la época que suenan hoy un tanto huecos —me refiero al melodrama presente en cuestiones como el ultimátum de la esposa de King— Versus funciona a un nivel simbólico y mítico perfectamente en el momento en el que entendemos que la lucha entre King y el joven Jesse Sandel es una lucha ancestral entre lo viejo y lo nuevo, entre la experiencia y la fuerza de la juventud, y que se repetirá siempre, porque estamos condenados a declinar y ser superados por los que vienen detrás. King lucha, en el fondo, contra sí mismo.

Es imposible no empatizar con él y vibrar con cada golpe que dibuja Bustos, que revienta cánones y rompe el diseño de página constantemente, y que juega de forma inteligentísima como el diseñador que es con tipografías, rótulos y el propio diseño del libro, por no hablar de su soberbio uso de las tramas que imitan el zip-a-tone e introducen los matices en un blanco y negro de contraste tan rotundo como el de los mangas de Tezuka.

 

Con Endurance, creo que Luis Bustos hizo un gran tebeo como es debido. Ahora, cinco años después, su propia evolución como artista y el contexto que lo rodea le han permitido hacer una gran novela gráfica libre de ciertos valores que en 2009 todavía pesaban en la idea que de la novela gráfica podía tenerse entonces. Porque, es obvio pero parece que haya que recordarlo de vez en cuando, los conceptos culturales están vivos y mutan constantemente, y las cosas nunca son iguales en diferentes momentos ni pueden sustraerse de ellos. Lo mejor de Versus es el propio Versus; el placer primario y el goce estético que aporta a quien lo lea. Pero además cuando uno termina de leer este cómic de vanguardia que demuestra que la vanguardia puede ser comercial —porque lo comercial hoy no es lo que era comercial hace veinte años— queda una sensación de lo más agradable, y que también se encuentra en otras obras fantásticas de la actualidad: esto es sólo el principio, el golpe en la mesa que antecede a obras mejores aún.

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Orgullo y satisfacción n.º 2, de VVAA.

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Tras revolucionar el mercado del cómic digital y vender nada menos que 35.000 ejemplares durante el verano, Orgullo y satisfacción se convirtió en revista mensual y en un proyecto sólido y, de momento, viable para sus autores. Pasada la novedad, lo normal es que la salida de cada número no sea noticia y la revista se integre en la cotidianidad del mercado, pero me apetece, al menos, comentar algunas cosas concretas de este segundo número, dedicado al trabajo.

El número se abre con una historieta de Monteys que muestra la reunión de redacción para decidir los contenidos de esta segunda entrega. Aparte de la gracia innata que tiene —con ese Guillermo sustituido por fotografías de Alain Delon porque a Monteys no le sale bien—, la historia es interesante porque introduce el elemento metanarrativo y con él la historia de la propia publicación y su mecánica de funcionamiento, que desde el principio han estado en primer plano.

Después de esa introducción los contenidos aparecen más ordenados, más de revista que en el número 1. Hay un índice, una primera parte miscelánea, y un dossier central que concentra las páginas relacionadas con el tema del trabajo, más la sección de «Últimas Letizias» con temas de última hora que entran con la escasez de margen que permite la edición digital. Si no me equivoco todos los colaboradores de los primeros números están aquí, aunque en algunos casos con chistes puntuales, como los de Asier y Javier. Pasada la sorpresa el nivel se mantiene, aparecen series nuevas y otras continúan: me parece un acierto que no se caiga en la rutina ni en la conveniencia de la fórmula que funciona.

Y sobre todo me parece un acierto la libertad total que se le está dando a todos los autores. Los que son humoristas gráficos más puros, como Malagón o Mel, hacen lo que saben y lo hacen muy bien. Luis Bustos y Paco Alcázar, por su parte, hacen básicamente lo que les da la gana y están simplemente geniales. Las páginas de anuncios falsos de Bustos —a lo Chris Ware, para entendernos— es de antología, y la historia de la piscina de Alcázar certifica que, sea cual sea el tema, este autor tiene la virtud de llevárselo a su universo, que me parece uno de los más ricos del panorama nacional.

 

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Triz, ya sea junto a Morán o en solitario, está cada vez mejor. Bernardo Vergara es uno de los que más dibujan y está tan fino y tan demoledor como siempre. Guillermo, pese a que no siempre acierta, cuando acierta es brillante, y además me parece el mejor caricaturista de la actualidad. Sus retratos tienen la cualidad de los grandes satíricos: deforman el rostro y el cuerpo para mostrar el carácter y sobre todo la misera moral de la calse política. Es decir, destapan la verdad que late bajo la apariencia a través del dibujo y de su visión.

Monteys no llega a los niveles de «El ecosistema ibérico» del número uno pero tiene páginas brillantes, especialmente las primeras, ya mencionadas, y la del voto de los antiabortistas. Monteys está en estado de gracia desde hace tiempo, y pare páginas con la facilidad, al menos aparente, que le corresponde a ese estado. Manuel Bartual da un par de lecciones de síntesis en tiras de viñetas que funcionan como un tiro y que condensan verdaderas historias completas.

 

Y Manel Fontdevila, bueno, me parece que pocos se acercar hoy por hoy a su nivel. Casi todo lo (mucho) que dibuja en este número me parece brillante, pero «¡Matar a Pujol» es increíble. Lo tiene todo y es de lo mejor que he leído últimamente, en cualquier género. Fontdevila, además de la mirada certera y afilada, de esa cualidad tan útil en el humor político de ir casi siempre un poco más allá de lo obvio, otra cosa esquiva e indefinible: la gracia. Él la tiene; la tienen sus dibujos y la tienen sus textos, y la manera en la que desarrolla esas historias de extensión media en las que parece sentirse totalmente libre.

En conjunto, me gusta que este número de Orgullo y Satisfacción no vaya a lo fácil, atizar a los empresarios únicamente, y tire a los sindicalistas, y a los propios trabajadores, víctimas la mayoría de los casos, sí, pero en ocasiones demasiado acomodaticios y sumisos. Todo tiene una presencia proporcionada y coherente que evidencia la excelente labor de coordinación que se esconde detrás de la revista.

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Presentación de Breve historia del cómic en la biblioteca de Vallecas.

El próximo sábado 11 de octubre, a las 12:30 de la mañana, tendré el placer de presentar Breve historia del cómic en mi barrio. Bueno, en mi distrito, más concretamente, pero nos entendemos. Será exactamente en la biblioteca pública de Vallecas, en la calle Rafael Alberti. Me acompañará en el acto Igor Muñiz, el librero de Muga, la librería donde llevamos varios meses organizando un club de lectura de novela gráfica. Aquí os dejo más información.

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Justine, de Gauthier.

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Llevo un par de semanas queriendo escribir sobre Justine, un cómic muy breve de Anne Charlotte Gauthier que ha sido el primero publicado por Diminuta Editorial. En realidad me doy cuenta de que tampoco tengo demasiado que decir, pero tal vez sea mejor así, porque el cómic es breve y conciso por un motivo.

En la presentación de Diminuta de hace unos días, en la que participé, dijo Mireia Pérez sobre Justine que debería repartirse en los colegios para ser leído por los adolescentes. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. Este cómic de dibujo sencillo y claro, de pocas viñetas por página y síntesis total en su argumento, constituye un panfleto, en la mejor de las acepciones de la palabra: es un arma de lucha política. Una historia que de manera muy cruda y directa —sin reflexiones en forma de narrador, por ejemplo— expone el camino de una persona en su búsqueda de una identidad. Su dilema es de género y sexo: de niña se sentía niño, en la adolescencia tuvo que pasar por la dura experiencia de sentir unos cambios en su cuerpo que evidenciaban aún más su malestar. Después empieza el tortuoso deambular por consultas de médicos, sobre todo psiquiatras, hasta dar con uno que entiende la situación y prescinde de protocolos para procurarle herramientas con las cuales se construya una identidad y un cuerpo con los que sentirse plenamente satisfecho.

Justine habla de algo que en el fondo va más allá de un cambio de sexo. Trata sobre la libertad individual para construirse una identidad y liberarse de la programación de género y del código binario implacable: o mujer u hombre. Explica, de una manera totalmente clara, que definirse como una u otro no es sinónimo de felicidad, y que encajar en un modelo concreto de sexualidad es más tranquilizador para los que te rodean, pero devastador para uno mismo. Por eso me parece tan interesante que Gauthier muestre no sólo el proceso de maduración personal de Justine / Justin, sino las reacciones de su entorno, que vive, especialmente su madre, su propio proceso de aceptación.

Como decía antes, veo Justine como un arma, y por tanto un cómic dibujado con un objetivo concreto en mente. Por eso aunque creo que el desarrollo es precipitado y todo lo que se cuenta habría necesitado más páginas, veo bien que se sacrifique todo eso para alcanzar el objetivo del tebeo. De hecho, también pienso que el efecto va más allá del buscado, y que Justine tiene algo que decir a cualquier persona que se esté buscando a sí misma, en el terreno sexual o en cualquier otro. Porque su mensaje trata de que hay que olvidar ese tópico que dicta que hay que aceptarse tal y como se es y aprender, poco a poco, a tomar las riendas y construirnos a nosotros mismos.

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GRAF vuelve a Madrid.

Parece mentira pero ya casi ha pasado un año desde que GRAF celebró su segunda edición, la primera en Madrid. Bueno, o lo habrá pasado cuando se celebre de nuevo, los días 14 y 15 de noviembre. GRAF va a ser siempre un evento especial para mí, por muchos motivos, y espero que siempre mantenga el efecto revitalizador que me provoca. GRAF es el sitio ideal para creer en el futuro del cómic español, pero también para creer en el ser humano. Lo digo de verdad. Hay mucha gente buena en él. De momento no me enrollo más y os dejo con la nota de prensa (con dos días de retraso, pero dos días loquísimos para mí) y el fastuoso cartel de Nacho García, que cuanto más miro más me gusta. Pronto se irán anunciando, como siempre, expositores y actividades, que os adelanto que en esta ocasión vienen calentitas. Ya veréis, ya.

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LA CUARTA EDICIÓN DE GRAF SE CELEBRARÁ

EN EL MUSEO ABC DE MADRID

El evento dedicado al cómic independiente y de autor da un salto cualitativo

El GRAF, evento autogestionado en torno al cómic de autor y la edición independiente, continúa su recorrido y vuelve a la ciudad deMadrid los días 14 y 15 de noviembre. Como ya viene siendo habitual en las citas previamente celebradas en Madrid y Barcelona, GRAF contará con una muy interesante selección de expositores, con una variada muestra del panorama gráfico del momento, charlas en torno al mundo del cómic y la ilustración, y diversos actos paralelos como exposiciones y sesiones musicales.

En esta ocasión, GRAF da un salto cualitativo y se muda al Museo ABC (C/ Amaniel, nº 29-31), una localización de lujo tanto por la mejora en las instalaciones como por lo que supone en el ámbito simbólico. Desde que abriera sus puertas en 2010, el Museo ABC ha realizado una importante labor en la conservación y difusión de nuestro patrimonio gráfico, además de albergar importantes exposiciones y de servir como punto de encuentro de la comunidad de aficionados al cómic con numerosas charlas y presentaciones de autores nacionales e internacionales. El Museo ABC ofrecerá sus instalaciones e infraestructura para la celebración de GRAF, que además se verá reforzada por la exposición “Dibujar Las Meninas”, con originales del libro “Las Meninas” de Santiago García y Javier Olivares que se clausura en las mismas fechas en el mismo recinto.

El cartel de la presente edición de GRAF, que abunda en el espíritu vanguardista y transgresor del evento, ha sido realizado por Nacho García (Logroño, 1987), autor plástico que combina en su trabajo de forma ecléctica y desvergonzada el cómic, el dibujo y la ilustración.

Por último, GRAF hace un llamamiento a aquellos que son el auténtico corazón del evento, los expositores, que desde ya pueden solicitar información sobre mobiliario ofertado, condiciones y tarifas para contar con un espacio de exposición y venta enwww.grafcomic.com/stands o escribiéndonos a graf.contacta@gmail.com.

En breve se irán anunciando las distintas actividades planeadas para esta cuarta edición del GRAF, que se comunicarán a través de notas de prensa y de la web http://www.grafcomic.com. Permanezcan atentos a sus pantallas.

Y, si aún no sabes qué es GRAF, sigue leyendo.

Qué es GRAF

Es un punto de encuentro que recoge la actual efervescencia de la edición independiente en los ámbitos del cómic, la ilustración y todo lo que suponga adentrarse en el lenguaje del dibujo y el grafismo.

Cómo se articula GRAF

GRAF se plantea como un evento puntual autogestionado e itinerante con una doble vertiente. Por un lado, la instalación de diversos stands de autores, agrupaciones y editores independientes permite al público acceder a sugerentes materiales de distribución limitada y elaboración prácticamente artesana. Por otra parte, la organización de mesas redondas y charlas suponen una oportunidad para discutir el panorama actual de las artes gráficas y todas sus posibles vertientes y potencialidades.

Cuál es el objetivo de GRAF

La variada selección de obras que se presentan en GRAF tiene como objetivo último ampliar el espectro de oferta gráfica para un público interesado en este lenguaje, poniendo el acento en el autor, en los márgenes de la industria, en el intenso momento actual de la edición independiente y en trabajos personales, arriesgados y originales. Asimismo, GRAF cumple una función catalizadora al poner en contacto a autores y editores y al reunir en un mismo espacio a una gran diversidad de creadores con afinidad de intereses que han entrado en el mercado por una vía alternativa, promoviendo el establecimiento de planes de cooperación. Por último, las mesas redondas y charlas plantean con claridad y desde la experiencia problemas comunes como la distribución o la falta de recursos y de atención mediática, tendiendo puentes y proponiendo soluciones sobre aspectos concretos y relevantes.

La historia de GRAF

La primera edición de GRAF, cuyo logo e imagen corrió a cargo de Gabriel Corbera, se celebró el 13 de abril de 2013 en el Centro de Arte Mutuo de Barcelona. Participaron, con presencia en diversos stands, 36 creadores, agrupaciones y editoriales de toda la geografía española, y se celebraron encuentros entre autores y editores, mesas redondas con la participación de renombradas personalidades de la cultura y sesiones de firmas, además de organizarse exposiciones paralelas y proyecciones. A lo largo del día el evento recibió cerca de1.000 visitantes, un éxito de público que no solo quedó reflejado en lo cuantitativo sino también en lo cualitativo, ya que tanto el grueso de los expositores como de las personas que se acercaron a conocerlos calificaron la experiencia como enriquecedora, original y necesaria. Tras esta primera experiencia, GRAF se plantea como un evento aperiódico e itinerante, de manera que se potencie la rotación de público y expositores y de este modo se genere una repercusión social aún mayor.

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Breve historia del cómic continúa su camino.

Han pasado ya casi tres semanas desde que Breve historia del cómic se puso a la venta. El jueves 18 hicimos la presentación en Generación-X de la calle Puebla, lo cual me gustó por varios motivos, el principal que es una de las librerías que más hace por promover el medio a través de presentaciones y otros eventos. Sus responsables han entendido que en 2014, en la era de los grandes supermercados culturales, las descargas de internet y Amazon, un librero no puede limitarse a vender libros de forma pasiva para sobrevivir. Hay que generar cultura. Pero además me hizo ilusión porque en Generación-X, hace ya unos tres años, me puse por primera vez en el papel de presentador, gracias a la oportunidad que me dieron mis amigos de Entrecomics Comics cuando publicaron su primer libro, el Moowiloo Woomiloo de Molg H. y Néstor F.. Queda cursi, pero sentí que se cerraba un círculo o algo así.

Por lo demás no podría estar más contento con el interés que está suscitando el libro. Dado que es el primero que publico y que al fin y al cabo mi carrera es aún corta, lo único que puedo hacer es agradecer todas las muestras de interés y los comentarios que me está llegando sobre mi trabajo. A estas alturas ya he detectado varias cosas que cambiaría, corregiría o expresaría de otra forma, como me pasa siempre, pero al mismo tiempo siento que el libro está sirviendo para lo que fue escrito y eso legitima en cierta forma su valor.

Yo quería ofrecer un libro divulgativo y general para un lector interesado pero no experto. Y precisamente por eso me está pareciendo genial que me llamen de programas culturales donde el cómic se trata ya con (casi) la misma asiduidad y normalidad que cualquier otra manifestación artística. En las entrevistas que me han realizado hasta la fecha detecto el interés por el momento actual, por el cómic que se hace ahora, y en concreto por el cómic que se hace ahora aquí. Contestar a esas preguntas me permite prolongar la labor divulgativa del propio libro y contribuir aún un poco más a que el cómic sea integrado, conocido y leído cada vez más, que es en la batalla en la que estamos ahora mismo, y eso me parece muy importante, dado que es un objetivo que yo nunca pierdo del todo de vista cuando escribo.

No me enrollo más y os dejo aquí algunos enlaces a las entrevistas que he atendido estos días.
La primera es es una entrevista de una hora de duración en el programa de Onda Madrid De uno en uno, dirigido y presentado por Isabel Gª Regadera, a quien agradezco especialmente su amabilidad al invitarme al programa.

También he sido entrevistado en Radiografía exterior de Radio Exterior de España.

Además, me hizo ilusión que me entrevistaran en un programa especializado en cómic como es Metrópoles Delirantes (a partir del minuto 7).

La última entrevista que me han hecho ha corrido a cargo de Alejandro López Menacho, que se ha pegado un buen tute de transcripción que le agradezco infinitamente. El resultado lo podéis leer en El club de los imposibles.

Y ya que estoy, os recuerdo la primera: la que tuvo a bien realizarme Óscar Senar en Viñetario.

Por último, han aparecido ya las primeras reseñas de Breve historia del cómic: en La casa de El, en Comix V2 y en Triskelion Cómics. Gracias a todos ellos.

Y seguimos dando el callo; gracias a todos.

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Teleñecos crepusculares.

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Que los Muppets son lo mejor de la vida es una verdad universal tan obvia que no me molesto ni en argumentarla. Lo que Jim Henson y su equipo consiguieron con el programa original, The Muppet Show, fue algo único: un programa de variedades al que acudieron como invitados algunas de las personalidades del arte y la cultura más destacadas de su tiempo, lleno de imaginación y un humor inteligentísimo, fino, que no desdeñaba el slapstick ni le hacía ascos al juego de palabras más dadá. Un programa que podía ver un niño pero que satisfacía a los adultos. Un programa protagonizado por un puñado de marionetas de gomaespuma y felpa que están, a todos los efectos, vivas. Ése es el secreto de los Muppets, a los que amo sin necesidad de que sean exactamente parte de la memoria de mi infancia; Barrio Sésamo sí, claro, pero The Muppet Show no lo pude ver en condiciones hasta bien entrado en la veintena.

Ha pasado mucho tiempo desde la cancelación del programa original (1976-1981), y ahora The Muppets es una franquicia —como todo— en manos de Disney —como casi todo—. Desde entonces, tuvimos los últimos proyectos de Henson, —El cuentacuentos, Laberinto, Cristal oscuro—, tuvimos una serie de animación lamentable que convertía a los teleñecos en bebés —Los pequeñecos, se llamó en España; como los Pequeniques—, una secuela más que interesante que cambiaba el teatro por un estudio de televisión, Muppets Tonight y varios largometrajes, entre los que hay de todo. Pero en 2011 hacía doce años que los Teleñecos estaban alejados de las pantallas de forma regular.

¿Por qué retomarlos entonces, en 2011, puede esa decisión ocultar una intención artística que vaya más allá de lo crematístico? Sí, porque parte de la voluntad de un autor, Jason Segel, coautor del guión junto a Nicholas Stoller, protagonita humano de la película y declarado seguidor de los muppets. La película —dirigida por James Bobin— ofrece lo que era de esperar; una comedia musical con canciones geniales, diálogos chispeantes y gags divertidos, cuya historia, por lo demás, es intencionadamente típica y se ha visto ya mil veces. Pero más allá de eso el guión se sumerge en la metarreferencia y construye una fascinante reflexión autoconsciente sobre la historia del programa y su lugar en el mundo actual. Es importante darse cuenta de que los Muppets se están interpretando a sí mismos. Kermit es Kermit, Ms. Piggy es Ms. Piggy. Han pasado años desde los tiempos dorados en los que la rana aparecía en la portada de The Times y Johnny Cash interpretaba gags con los teleñecos. El teatro está en ruinas, Kermit vive solo en un casa llena de recuerdos, Ms. Piggy vive en París, Fozzie actúa en un antro de mala muerte y duerme en la calle, Scotter trabaja en Microsoft, Los Electric Mayhem, que tocaron con los más grandes, ahora actúan en el metro. De alguna forma recuerda a la premisa de Toy Story 3, donde los juguetes yacían olvidados desde hacía años en un baúl. Pero mientras que aquí el drama era personal y privado, en The Muppets el olvido alcanza otra dimensión porque son mitos colectivos caídos. No es casualidad que Selena Gomez no sepa quiénes son.

A partir de ahí toca refundar ese mito. Kermit tiene que reunir los pedazos, reparar los vínculos rotos, especialmente con Piggy, a la que plantó en el altar. Es un viaje emocionante para los seguidores de los personajes, aunque quizás lo que más toque la fibra es muy sutil: una fotografía de Kermit con Jim Henson en la pared, entre muchas otras, sin recrearse en el recuerdo o explotarlo con un primer plano obsceno. Lo que opera aquí no es exactamente nostalgia, no si la entendemos como refugio del presente: precisamente, Kermit debe abandonar ese refugio que se ha construido y descubrir si hay un lugar en el mundo actual para los Muppets y su programa. No es casual que ese rescate lo produzcan tres personas que vienen, metafóricamente, del pasado ideal de la década de los cincuenta a la Archie, habitantes de un pueblo irreal, Smalltown, de romances blancos y calles impolutas: época mítica anterior a la emisión del programa original de los Teleñecos, que precisamente estaban conectados íntimamente con su tiempo.

Ese proceso de reconstrucción está lleno, de nuevo, de autoconsciencia. De la misma manera en la que los Muppets saben que son muñecos también se saben conscientes de su condición de ficciones. La película abunda en el metalenguaje porque sus personajes se saben protagonistas de una película. Eso permite colar la simplicidad de la trama, por ejemplo: basta con un mero comentario sobre ella. También permite a los Muppets saltar sobre cualquier agujero del guión y disparar mecanismos narrativos como el viaje por el mapa, elipsis clásica que sólo es admisible hoy desde la cita irónica.

En un mundo descreído de despiadados empresarios del petróleo —genial villano de opereta— e insensibles cadenas televisivas los Teleñecos reconquistan su espacio reconstruyendo su teatro y su show; esperando su fallo aparece una banda de muñecos apócrifos, versiones macarras y cool de ellos, dispuestos a apropiarse de su nombre. «Sois reliquias», les dice el pérfido empresario.

Pero pese a todas las zancadillas y el escepticismo de todo el mundo menos de Walter, marioneta solitaria en un mundo de humanos que sólo gracias a The Muppet Show encontró la fuerza para ser feliz, cuando empieza la función caen las barreras. It’s time to play the music, it’s time to light the lights… La minuciosa réplica de la cabecera original del programa es quizás el momento más especial de la película. A partir de ahí, pura magia en escena: se suceden los gags y las canciones como si realmente estuviéramos en un programa clásico, vemos las bambalinas del mismo como entonces, y al mismo tiempo la trama avanza, se resuelve el conflicto entre Gary y Mary —lo más prescindible de la película— y los Muppets recuperan su nombre y demuestran que sí, que hay un lugar para la alegría, la diversión con gotas de cítrico pero decididamente positiva. Hay también un lugar para las marionetas análogicas en la era del CGI. Hay un lugar para el legado de Jim Henson porque es, como el de los verdaderos genios, atemporal.

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