GRAF vuelve a Madrid.

Parece mentira pero ya casi ha pasado un año desde que GRAF celebró su segunda edición, la primera en Madrid. Bueno, o lo habrá pasado cuando se celebre de nuevo, los días 14 y 15 de noviembre. GRAF va a ser siempre un evento especial para mí, por muchos motivos, y espero que siempre mantenga el efecto revitalizador que me provoca. GRAF es el sitio ideal para creer en el futuro del cómic español, pero también para creer en el ser humano. Lo digo de verdad. Hay mucha gente buena en él. De momento no me enrollo más y os dejo con la nota de prensa (con dos días de retraso, pero dos días loquísimos para mí) y el fastuoso cartel de Nacho García, que cuanto más miro más me gusta. Pronto se irán anunciando, como siempre, expositores y actividades, que os adelanto que en esta ocasión vienen calentitas. Ya veréis, ya.

GRAFCARTEL

LA CUARTA EDICIÓN DE GRAF SE CELEBRARÁ

EN EL MUSEO ABC DE MADRID

El evento dedicado al cómic independiente y de autor da un salto cualitativo

El GRAF, evento autogestionado en torno al cómic de autor y la edición independiente, continúa su recorrido y vuelve a la ciudad deMadrid los días 14 y 15 de noviembre. Como ya viene siendo habitual en las citas previamente celebradas en Madrid y Barcelona, GRAF contará con una muy interesante selección de expositores, con una variada muestra del panorama gráfico del momento, charlas en torno al mundo del cómic y la ilustración, y diversos actos paralelos como exposiciones y sesiones musicales.

En esta ocasión, GRAF da un salto cualitativo y se muda al Museo ABC (C/ Amaniel, nº 29-31), una localización de lujo tanto por la mejora en las instalaciones como por lo que supone en el ámbito simbólico. Desde que abriera sus puertas en 2010, el Museo ABC ha realizado una importante labor en la conservación y difusión de nuestro patrimonio gráfico, además de albergar importantes exposiciones y de servir como punto de encuentro de la comunidad de aficionados al cómic con numerosas charlas y presentaciones de autores nacionales e internacionales. El Museo ABC ofrecerá sus instalaciones e infraestructura para la celebración de GRAF, que además se verá reforzada por la exposición “Dibujar Las Meninas”, con originales del libro “Las Meninas” de Santiago García y Javier Olivares que se clausura en las mismas fechas en el mismo recinto.

El cartel de la presente edición de GRAF, que abunda en el espíritu vanguardista y transgresor del evento, ha sido realizado por Nacho García (Logroño, 1987), autor plástico que combina en su trabajo de forma ecléctica y desvergonzada el cómic, el dibujo y la ilustración.

Por último, GRAF hace un llamamiento a aquellos que son el auténtico corazón del evento, los expositores, que desde ya pueden solicitar información sobre mobiliario ofertado, condiciones y tarifas para contar con un espacio de exposición y venta enwww.grafcomic.com/stands o escribiéndonos a graf.contacta@gmail.com.

En breve se irán anunciando las distintas actividades planeadas para esta cuarta edición del GRAF, que se comunicarán a través de notas de prensa y de la web http://www.grafcomic.com. Permanezcan atentos a sus pantallas.

Y, si aún no sabes qué es GRAF, sigue leyendo.

Qué es GRAF

Es un punto de encuentro que recoge la actual efervescencia de la edición independiente en los ámbitos del cómic, la ilustración y todo lo que suponga adentrarse en el lenguaje del dibujo y el grafismo.

Cómo se articula GRAF

GRAF se plantea como un evento puntual autogestionado e itinerante con una doble vertiente. Por un lado, la instalación de diversos stands de autores, agrupaciones y editores independientes permite al público acceder a sugerentes materiales de distribución limitada y elaboración prácticamente artesana. Por otra parte, la organización de mesas redondas y charlas suponen una oportunidad para discutir el panorama actual de las artes gráficas y todas sus posibles vertientes y potencialidades.

Cuál es el objetivo de GRAF

La variada selección de obras que se presentan en GRAF tiene como objetivo último ampliar el espectro de oferta gráfica para un público interesado en este lenguaje, poniendo el acento en el autor, en los márgenes de la industria, en el intenso momento actual de la edición independiente y en trabajos personales, arriesgados y originales. Asimismo, GRAF cumple una función catalizadora al poner en contacto a autores y editores y al reunir en un mismo espacio a una gran diversidad de creadores con afinidad de intereses que han entrado en el mercado por una vía alternativa, promoviendo el establecimiento de planes de cooperación. Por último, las mesas redondas y charlas plantean con claridad y desde la experiencia problemas comunes como la distribución o la falta de recursos y de atención mediática, tendiendo puentes y proponiendo soluciones sobre aspectos concretos y relevantes.

La historia de GRAF

La primera edición de GRAF, cuyo logo e imagen corrió a cargo de Gabriel Corbera, se celebró el 13 de abril de 2013 en el Centro de Arte Mutuo de Barcelona. Participaron, con presencia en diversos stands, 36 creadores, agrupaciones y editoriales de toda la geografía española, y se celebraron encuentros entre autores y editores, mesas redondas con la participación de renombradas personalidades de la cultura y sesiones de firmas, además de organizarse exposiciones paralelas y proyecciones. A lo largo del día el evento recibió cerca de1.000 visitantes, un éxito de público que no solo quedó reflejado en lo cuantitativo sino también en lo cualitativo, ya que tanto el grueso de los expositores como de las personas que se acercaron a conocerlos calificaron la experiencia como enriquecedora, original y necesaria. Tras esta primera experiencia, GRAF se plantea como un evento aperiódico e itinerante, de manera que se potencie la rotación de público y expositores y de este modo se genere una repercusión social aún mayor.

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Breve historia del cómic continúa su camino.

Han pasado ya casi tres semanas desde que Breve historia del cómic se puso a la venta. El jueves 18 hicimos la presentación en Generación-X de la calle Puebla, lo cual me gustó por varios motivos, el principal que es una de las librerías que más hace por promover el medio a través de presentaciones y otros eventos. Sus responsables han entendido que en 2014, en la era de los grandes supermercados culturales, las descargas de internet y Amazon, un librero no puede limitarse a vender libros de forma pasiva para sobrevivir. Hay que generar cultura. Pero además me hizo ilusión porque en Generación-X, hace ya unos tres años, me puse por primera vez en el papel de presentador, gracias a la oportunidad que me dieron mis amigos de Entrecomics Comics cuando publicaron su primer libro, el Moowiloo Woomiloo de Molg H. y Néstor F.. Queda cursi, pero sentí que se cerraba un círculo o algo así.

Por lo demás no podría estar más contento con el interés que está suscitando el libro. Dado que es el primero que publico y que al fin y al cabo mi carrera es aún corta, lo único que puedo hacer es agradecer todas las muestras de interés y los comentarios que me está llegando sobre mi trabajo. A estas alturas ya he detectado varias cosas que cambiaría, corregiría o expresaría de otra forma, como me pasa siempre, pero al mismo tiempo siento que el libro está sirviendo para lo que fue escrito y eso legitima en cierta forma su valor.

Yo quería ofrecer un libro divulgativo y general para un lector interesado pero no experto. Y precisamente por eso me está pareciendo genial que me llamen de programas culturales donde el cómic se trata ya con (casi) la misma asiduidad y normalidad que cualquier otra manifestación artística. En las entrevistas que me han realizado hasta la fecha detecto el interés por el momento actual, por el cómic que se hace ahora, y en concreto por el cómic que se hace ahora aquí. Contestar a esas preguntas me permite prolongar la labor divulgativa del propio libro y contribuir aún un poco más a que el cómic sea integrado, conocido y leído cada vez más, que es en la batalla en la que estamos ahora mismo, y eso me parece muy importante, dado que es un objetivo que yo nunca pierdo del todo de vista cuando escribo.

No me enrollo más y os dejo aquí algunos enlaces a las entrevistas que he atendido estos días.
La primera es es una entrevista de una hora de duración en el programa de Onda Madrid De uno en uno, dirigido y presentado por Isabel Gª Regadera, a quien agradezco especialmente su amabilidad al invitarme al programa.

También he sido entrevistado en Radiografía exterior de Radio Exterior de España.

Además, me hizo ilusión que me entrevistaran en un programa especializado en cómic como es Metrópoles Delirantes (a partir del minuto 7).

La última entrevista que me han hecho ha corrido a cargo de Alejandro López Menacho, que se ha pegado un buen tute de transcripción que le agradezco infinitamente. El resultado lo podéis leer en El club de los imposibles.

Y ya que estoy, os recuerdo la primera: la que tuvo a bien realizarme Óscar Senar en Viñetario.

Por último, han aparecido ya las primeras reseñas de Breve historia del cómic: en La casa de El, en Comix V2 y en Triskelion Cómics. Gracias a todos ellos.

Y seguimos dando el callo; gracias a todos.

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Teleñecos crepusculares.

the muppets 2011

Que los Muppets son lo mejor de la vida es una verdad universal tan obvia que no me molesto ni en argumentarla. Lo que Jim Henson y su equipo consiguieron con el programa original, The Muppet Show, fue algo único: un programa de variedades al que acudieron como invitados algunas de las personalidades del arte y la cultura más destacadas de su tiempo, lleno de imaginación y un humor inteligentísimo, fino, que no desdeñaba el slapstick ni le hacía ascos al juego de palabras más dadá. Un programa que podía ver un niño pero que satisfacía a los adultos. Un programa protagonizado por un puñado de marionetas de gomaespuma y felpa que están, a todos los efectos, vivas. Ése es el secreto de los Muppets, a los que amo sin necesidad de que sean exactamente parte de la memoria de mi infancia; Barrio Sésamo sí, claro, pero The Muppet Show no lo pude ver en condiciones hasta bien entrado en la veintena.

Ha pasado mucho tiempo desde la cancelación del programa original (1976-1981), y ahora The Muppets es una franquicia —como todo— en manos de Disney —como casi todo—. Desde entonces, tuvimos los últimos proyectos de Henson, —El cuentacuentos, Laberinto, Cristal oscuro—, tuvimos una serie de animación lamentable que convertía a los teleñecos en bebés —Los pequeñecos, se llamó en España; como los Pequeniques—, una secuela más que interesante que cambiaba el teatro por un estudio de televisión, Muppets Tonight y varios largometrajes, entre los que hay de todo. Pero en 2011 hacía doce años que los Teleñecos estaban alejados de las pantallas de forma regular.

¿Por qué retomarlos entonces, en 2011, puede esa decisión ocultar una intención artística que vaya más allá de lo crematístico? Sí, porque parte de la voluntad de un autor, Jason Segel, coautor del guión junto a Nicholas Stoller, protagonita humano de la película y declarado seguidor de los muppets. La película —dirigida por James Bobin— ofrece lo que era de esperar; una comedia musical con canciones geniales, diálogos chispeantes y gags divertidos, cuya historia, por lo demás, es intencionadamente típica y se ha visto ya mil veces. Pero más allá de eso el guión se sumerge en la metarreferencia y construye una fascinante reflexión autoconsciente sobre la historia del programa y su lugar en el mundo actual. Es importante darse cuenta de que los Muppets se están interpretando a sí mismos. Kermit es Kermit, Ms. Piggy es Ms. Piggy. Han pasado años desde los tiempos dorados en los que la rana aparecía en la portada de The Times y Johnny Cash interpretaba gags con los teleñecos. El teatro está en ruinas, Kermit vive solo en un casa llena de recuerdos, Ms. Piggy vive en París, Fozzie actúa en un antro de mala muerte y duerme en la calle, Scotter trabaja en Microsoft, Los Electric Mayhem, que tocaron con los más grandes, ahora actúan en el metro. De alguna forma recuerda a la premisa de Toy Story 3, donde los juguetes yacían olvidados desde hacía años en un baúl. Pero mientras que aquí el drama era personal y privado, en The Muppets el olvido alcanza otra dimensión porque son mitos colectivos caídos. No es casualidad que Selena Gomez no sepa quiénes son.

A partir de ahí toca refundar ese mito. Kermit tiene que reunir los pedazos, reparar los vínculos rotos, especialmente con Piggy, a la que plantó en el altar. Es un viaje emocionante para los seguidores de los personajes, aunque quizás lo que más toque la fibra es muy sutil: una fotografía de Kermit con Jim Henson en la pared, entre muchas otras, sin recrearse en el recuerdo o explotarlo con un primer plano obsceno. Lo que opera aquí no es exactamente nostalgia, no si la entendemos como refugio del presente: precisamente, Kermit debe abandonar ese refugio que se ha construido y descubrir si hay un lugar en el mundo actual para los Muppets y su programa. No es casual que ese rescate lo produzcan tres personas que vienen, metafóricamente, del pasado ideal de la década de los cincuenta a la Archie, habitantes de un pueblo irreal, Smalltown, de romances blancos y calles impolutas: época mítica anterior a la emisión del programa original de los Teleñecos, que precisamente estaban conectados íntimamente con su tiempo.

Ese proceso de reconstrucción está lleno, de nuevo, de autoconsciencia. De la misma manera en la que los Muppets saben que son muñecos también se saben conscientes de su condición de ficciones. La película abunda en el metalenguaje porque sus personajes se saben protagonistas de una película. Eso permite colar la simplicidad de la trama, por ejemplo: basta con un mero comentario sobre ella. También permite a los Muppets saltar sobre cualquier agujero del guión y disparar mecanismos narrativos como el viaje por el mapa, elipsis clásica que sólo es admisible hoy desde la cita irónica.

En un mundo descreído de despiadados empresarios del petróleo —genial villano de opereta— e insensibles cadenas televisivas los Teleñecos reconquistan su espacio reconstruyendo su teatro y su show; esperando su fallo aparece una banda de muñecos apócrifos, versiones macarras y cool de ellos, dispuestos a apropiarse de su nombre. «Sois reliquias», les dice el pérfido empresario.

Pero pese a todas las zancadillas y el escepticismo de todo el mundo menos de Walter, marioneta solitaria en un mundo de humanos que sólo gracias a The Muppet Show encontró la fuerza para ser feliz, cuando empieza la función caen las barreras. It’s time to play the music, it’s time to light the lights… La minuciosa réplica de la cabecera original del programa es quizás el momento más especial de la película. A partir de ahí, pura magia en escena: se suceden los gags y las canciones como si realmente estuviéramos en un programa clásico, vemos las bambalinas del mismo como entonces, y al mismo tiempo la trama avanza, se resuelve el conflicto entre Gary y Mary —lo más prescindible de la película— y los Muppets recuperan su nombre y demuestran que sí, que hay un lugar para la alegría, la diversión con gotas de cítrico pero decididamente positiva. Hay también un lugar para las marionetas análogicas en la era del CGI. Hay un lugar para el legado de Jim Henson porque es, como el de los verdaderos genios, atemporal.

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Vuelve el club de lectura en la librería Muga de Vallecas.

Tras la pausa de agosto, volvemos a la carga con el club de lectura de novela gráfica que coordino en colaboración con la gente de la librería Muga en la Avenida Pablo Neruda (Madrid). Debatiremos en torno a Todo Barrio, de Carlos Giménez, y aunque esté mal que lo diga yo, os aseguro que será interesante porque los participantes habituales hacen que lo sea. Ya os voy adelantando que pronto habrá novedades sobre estas actividades que hacemos en Muga, permaneced a la espera…

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Presentación de “Breve historia del cómic”.

El próximo jueves día 18, a las 18:00 horas, presentaremos Breve historia del cómic en la librería Generación-X de la calle Puebla, en Madrid. En el acto me acompañarán, además de la gente de Nowtilus, el gran Roberto Bartual, que será el presentador de la cosa. Espero veros por allí y que lo pasemos bien un ratito.
Aquí os dejo la información completa:

Invitacion Breve historia del comic

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Lecturas dominicales.

Voy a aprovechar la tarde domingo para comentar un par de cosas de tres cómics que he leído en los últimos días, uno de cada punta del planeta, casualmente.

analectas

El primero es en realidad el último que he leído, hace unos minutos: Las analectas de Confucio. El manga. Sí, justo: un nuevo manga filósofico publicado por East Press Co. en Japón y por Herder en nuestro país. Ya me he declarado alguna vez fan de estos cómics, aunque aún me queden varios por leer: la mezcla de recursos narrativos y visuales típicos del shônen, tono didáctico y referencias pop loquísimas dan como resultado un producto que si bien nunca pierde de vista lo que es y cuál es su función no deja de sorprender y de encontrar nuevos caminos para la adaptación de textos políticos, filosóficos y literarios clásicos. Las analectas se ha convertido en uno de mis favoritos, o al menos su primera parte, porque el tomo que ha publicado Herder es doble y está compuesto de dos tomos japoneses. Mientras que en títulos anteriores los guionistas optan por llevar la acción a la época del autor del texto original, en esta ocasión toman el camino inverso: el manga comienza con el atentado del 11 S y la frase «Estamos en el siglo XXI, y sin embargo…», que deja claro que tratarán de demostrar que las enseñanzas del sabio chino tienen validez en el mundo actual. Y entonces, viene la genialidad: en realidad la lección de ética y moral aparece inserta en una trama de manual de típico manga de instituto, con un protagonista positivo y optimista, una chica seria y melancólica —pero que, felizmente, no quiere ser ni cantante, ni actriz ni madre de familia, sino investigadora— y un «antagonista» hosco y malrrollero. Y en ese contexto se escenifican las típicas tensiones generacionales, que se resuelven, finalmente, gracias al pensamiento de Confucio, que introduce en el instituto una profesora sustituta que tiene… CABEZA DE VACA. Tal cual. Por supuesto, eso no es un problema para que dé clase y se gane a sus alumnos, que aprenderán valiosas lecciones de vida escuchándola hablar de Confucio. Sólo en Japón es posible una locura así. La segunda parte es más convencional y pesada como lectura: diez años después, los estudiantes de la profesora Muu se reúnen con motivo de su muerte, y uno de ellos, que ha llegado a ser profesor de filosofía, narra a los demás la biografía de Confucio. Aquí echo en falta un poco de crítica o por lo menos mesura hacia la figura del pensador, que se aborda prácticamente desde la hagiografía. Ni todo lo que enseñó puede aplicarse tal cual hoy ni muchas de sus ideas no dejan de ser fuertemente conservadoras y conformistas. Pero incluso aunque tengamos en cuenta sólo la primera parte de este tomo, es un manga divertidísimo y tan marciano que se lee con mucho gozo.

los hijos de sitting bull

El siguiente cómic ha sido publicado por Astiberri recientemente: Los hijos de Sitting Bull, de Edmond Baudoin. Baudoin, que me parece un gran dibujante y del que valoro su capacidad para cambiar de técnica y estilo, suele dejarme un poco frío, al menos con el par de cómics suyos que he leído. Nada que objetarle, pero tampoco nada que me llegue de verdad. Los hijos de Sitting Bull iba por ese camino, pero ha acabado por sorprenderme gratamente. Se trata de una biografía del abuelo del propio Baudoin, que emigró a Norteamérica y conoció a, entre otros, Sitting Bull y Buffalo Bill. Es un relato poco denso, por momento casi una memoria ilustrada, y el tono equidistante y descriptivo de Baudoin no parece el más adecuado. Sin embargo, hay algo interesante: el uso de la fotografía como «certificado de verdad», tanto de personas como de documentos que demuestran que lo que cuenta el autor sucedió tal cual… o no, por supuesto, porque, en el fondo, esas fotografías sólo certifican una parte de esa verdad: efectivamente existen referentes tras esas imágenes, que, por extensión, también son percibidos como los referentes de los dibujos de Baudoin, a pesar de que su estilo sea tan poco realista. De alguna forma las fotos fijan los dibujos a la realidad, les añaden un valor de cara al lector, que recibe un mensaje claro: así es como sucedió. Pero se trata de un recurso más al servicio de la narración y, quizás, de la ficción. Supongo que andar en estos días leyendo y pensando sobre todo esto ha hecho que leyera Los hijos de Sitting Bull en esta clave, en una de esas coincidencias felices que suceden cuando uno se centra en un tema. No quiero terminar con el cómic de Baudoin sin comentar que cuando la biografía se transforma en autobiografía y el autor se siente libre de abandonar la neutralidad gana muchos enteros, quizás porque se vuelve más personal, o más sincero… En el breve relato de su viaje a América para documentar la historia de su abuelo hay más verdad que en todo lo anterior. Con un estilo sencillo, de frases cortas, que en parte me ha recordado al tono que suele emplear Emmanuel Guibert, me ha implicado e interesado mucho más. «… Me siento en un neumático. Dibujo lo que tengo enfrente. Se acercan unos niños. Viene un hombre que los coge de la mano. No soy bienvenido». Muy bien.

matadero

El último de los cómics de los que quiero escribir hoy también ha sido publicado por Astiberri: se trata del cuarto libro de Parker, las adaptaciones de novelas de Richard Stark que lleva años haciendo Darwyn Cooke. Matadero es la primera entrega de la serie que leo; no me ha interesado nunca particularmente el género negro —aunque Criminal curiosamente sí suele gustarme mucho—, y aunque Cooke me gusta como dibujante, en general no me llama mucho la atención lo que hace con superhéroes, me parece demasiado nostálgico e incluso cursi. Sin embargo esta historia me ha gustado mucho. O mejor dicho, me ha gustado cómo la desarrolla Cooke, que no es lo mismo… y al mismo tiempo lo es, porque para eso esto es un cómic. Me explico mejor: me refiero a que la trama en sí —un atracador cercado con un botín en un parque de atracciones cerrado y un grupo de polis corruptos que le quieren dar caza— no me interesa nada, pero Cooke ha conseguido, simplemente a base de recursos de puro dibujo, engancharme y hacer que lea el cómic del tirón y con interés. No repite dos veces el mismo recurso o composición de página y no aburre nunca. Me gusta mucho, además, el bitono que emplea, que luce mucho más gracias a que el parque de atracciones está nevado, lo que permite jugar con masas de blanco constantemente. Se nota, y eso es importante, que Cooke está haciendo lo que quiere hacer y que se lo pasa bien en el proceso.

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Apuntes sobre Harry el sucio.

Recientemente he terminado de ver las cinco películas de la saga de Harry el sucio, estrenadas entre 1971 y 1988. Las he visto a raíz de releer varios textos de Pepo Pérez en su blog sobre Frank Miller, Clint Eastwood y el mito del sacrificio heroico. De niño o de adolescente estoy bastante seguro de haber visto alguna de ellas, pero la verdad es que no me acordaba de nada y mi visión del protagonista y sus historias era muy de segunda mano. Por eso me apeteció verlas en orden e ir apuntando cosas mientras lo hacía: la figura del héroe crepuscular es algo que me interesa muchísimo. Tengo que decir que ninguna me ha parecido una gran película, y de hecho, si soy sincero, me costó terminar Sudden Impact, y eso que es la que dirigió Eastwood. Pero no estaba interesado en su calidad, sino en otras cosas.

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Por empezar por algún sitio, diré que como tantas veces se ha dicho las películas de Harry el sucio, en especial las dos primeras, son en el fondo un western urbano, ambientado en un San Francisco lleno de crimen y violencia que sólo puede combatirse con más violencia. Pero creo que Harry no es el típico protagonista de western marginal, fuera del sistema, que con sus acciones extremas contribuye a fundar o a asegurar la comunidad. Sobre todo por algo fundamental: Callahan es un policía, y por tanto es parte de ese sistema, es el brazo ejecutor del mismo, el que se encarga de aplicar la violencia legítima contra aquellos que traspasan el marco legal que el sistema se ha dado a sí mismo. Es una violencia extrema, claro, Callahan no se corta a la hora de disparar y se carga a una media de seis o siete delincuentes por película. Sus métodos son expeditivos y no se preocupa del papeleo o de las normas del cuerpo —lo cual le cuesta en Dirty Harry algún disgusto—, pero sí de otras que están por encima: las morales. Callahan es una fantasía de poder definitiva porque pasa por encima de lo cotidiano y los pequeños compromisos y concesiones que todos tenemos que hacer para que el sistema funcione de modo práctico y atiende sólo a los grandes valores. El mundo real es una amalgama de grises, pero Callahan se rige por el blanco y negro. Cuando alguien le dice «No es tan sencillo» Harry el sucio esboza una sonrisa, porque para él efectivamente sí lo es. Todo es sencillísimo en su cabeza, al menos la mayor parte del tiempo —luego veremos un momento en el que se enfrenta al relativismo—, y por eso está fuera de su tiempo en los años setenta, los años en los que se empieza a hablar de corrección política, los años de las protestas sociales y los movimientos reivindicativos que en ocasiones la propia policía sofocaba. Los años en los que a los polis se los llamaba pigs, incluso en los tebeos de la Marvel. Ahora la policía tiene que cuidar su imagen, no traspasar ciertas normas, y asumir que los delincuentes tienen derechos. Para Harry Callahan eso supone darles una ventaja que no está dispuesto a conceder: él, por acudir al clásico, combate el fuego con el fuego. Pero, insisto, jamás pierde la legitimidad porque él es un agente de la ley y nunca hiere a un inocente.

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Cuando se califica a Harry Callahan —o a Clint Eastwood o Don Siegel, director de la primera entrega— de fascista, asumo por supuesto que no se está pensando en los fascistas de verdad, en los de Mussolini, sino que más bien se está aludiendo a un comportamiento o tendencia del estado a emplear la violencia contra los ciudadanos, a limitar sus derechos o vulnerarlos, a aplicar de forma abusiva esa violencia legítima que el estado asume. Callahan es abusivo, claro, se pasa tres pueblos y hace «lo que sea necesario» para detener —lo que equivale prácticamente siempre a matar— a los criminales. No se preocupa por sus derechos ni tampoco por las causas sociales tras el crimen, no se para a pensar cómo podría reducirse reduciendo la pobreza, por ejemplo. No está para eso. A Callahan la política no le interesa en absoluto, sólo quiere hacer su trabajo. «You’re a dinosaur, Cahallan. Your ideas don’t fit today», le espeta un superior a Harry en Sudden Impact (Clint Eastwood, 1983), a lo que él responde tajante: «Just what ideas are these? That murder’s a crime, that it shouldn’t be punished?».

Puede ser malhablado, bruto, directo, poco educado en sus opiniones, pero en realidad muchas de las posiciones que asociamos a lo que vulgarmente llamamos «fascista» no se le pueden aplicar, por mucho que el personaje ya haya sido condenado a cargar con esa etiqueta. Por ejemplo, no es en absoluto racista. Siguiendo la tradición del compañero del héroe que al final es sacrificado por la trama para que la ira motive al protagonista —algo que de todas formas no es que haga mucha falta aquí— Callahan tiene un compañero hispano en Dirty Harry (Siegel, 1971), uno negro en Magnum Force (Ted Post, 1973) y en Sudden Impact y uno asiático en The Dead Pool (Buddy Vanhorn, 1988). Con ninguno tiene ningún problema, aunque sí lo tiene con el hecho de que se los asignen por cuestiones de corrección política, para dar buena imagen. Es lo mismo que le molesta cuando su compañera es una joven recién ascendida a detective en The Enforcer (James Fargo, 1976). Cuando dicha compañera demuestra su valía, Callahan deja a un lado sus reservas y comienza a respetarla y confiar en ella, por supuesto antes de que sea tiroteada para que el tipo duro pueda vengarla. Otro ejemplo: cuando un policía se burla de un grupo de novatos que visten de forma moderna y siempre van juntos llamándolos queers Callahan replica con su sarcamos habitual: «if the rest of you could shoot like them… I wouldn’t care if the whole damn department was queer». Es, en el fondo, una actitud muy «americana», al menos idealmente: juzgar a la gente como individuos, no por sus signos externos, por su procedencia o condición, sino por su valía individual. Por último, tampoco se puede pasar por alto la ironía, a veces un poco negra, que está presente en la serie, sobre todo en las primeras tres películas.

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Una de las entregas más interesantes de la saga es Magnum Force, la segunda película. En ella Callahan tiene que encargarse de limpiar el cuerpo de agentes corruptos que se están tomando la justicia por su mano y tiroteando a mafiosos que son absueltos en los tribunales de manera irregular o no. Es interesante porque marca una distancia clara entre ese modo de actuar y el de Harry el sucio, que lleva al límite el método del sistema pero jamás saldrá de su marco. La paradoja está en el hecho de que el grupo de jóvenes policías que cumplen las órdenes de un oficial corrupto admira a Callahan sinceramente. Cuando el juego se descubre y éstos se enfrentan a Callahan le dicen: «You of all people should understand that». No lo entiende, claro, o mejor dicho, no le importa una mierda. Son elementos incontrolados, han matado a un policía y pueden matar a gente inocente, no puede confiar en ellos porque han renunciado a las reglas, reglas que él puede forzar porque sabe lo que está haciendo. Es un héroe furiosamente individualista que sólo confía en sí mismo y en los ideales que lo han forjado. La situación, por cierto, me recordó mucho a una trama del Punisher de Garth Ennis y Steve Dillon, en la que aparecen tres vigilantes inspirados por los métodos del Castigador, a los que acribilla sin dudar, porque sabe que no puede permitir que exista nadie como él. Aunque ya he dicho que Harry el sucio es todo lo opuesto a un vigilante, y esta película lo deja bien claro: no es el Castigador, ni por supuesto tampoco es Rorschach, que sin duda sería tenazmente perseguido por Callahan. Ahora que saco el ejemplo del tarado de Watchmen —bueno, dicho así parece que sea el único de ese cómic, digamos que es el más tarado— en esta misma película hay un personaje que anticipa una de sus frases más célebres, casi tal cual; hablo de un compañero apreciado por Cahallan, mayor que él, y que casi podemos ver como una versión de Harry el sucio que ha perdido la cabeza por la presión de una lucha que no puede ganar. Cuando Harry le sugiere que tal vez debería pensar en retirarse, el policía veterano es contundente: «I’ll never retire. Never».

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Los tiempos avanzan, y es muy interesante ver cómo el cambio de década afecta al entorno de Callahan y a su propia personalidad. Los ochenta son años de individualismo y cinismo, dicho generalizando y por tanto mal, pero es una aseveración que más o menos nos sirve para entender por qué en Sudden Impact y The Dead Pool las calles pierden protagonismo y las tramas se centran más en historias personales que en la corrupción del sistema o en la violencia de bandas más o menos organizadas. Los casos que tiene que resolver Harry en ambos filmes son particulares, episódicos, unos más de tantos que, intuimos, el policía ha tenido a lo largo de su carrera. Pero introducen cierto relativismo moral, sobre todo Sudden Impact. En ésta, el villano es una joven artista que busca venganza contra los violadores que abusaron de ella y de su hermana años atrás. Mientras Harry investiga, ella va cargándose uno a uno a todos los responsables, hasta que por supuesto sólo queda uno que la atrapa y que termina fiambre, a manos, claro, de Harry. Y entonces, el dilema, muertos todos los violadores: ¿arresta y denuncia a la mujer que fue víctima de aquello y con la que además ha entablado cierta relación? ¿O la encubre para que no sufra todavía más? Callahan opta por lo segundo. Es decir, se contesta a sí mismo cuando, en la misma película, hablaba de que el crimen debe ser castigado. Se enfrenta a una situación ambigua —recordemos, que no es casual, que Eastwood es el director de ésta, aunque el guión sea de Joseph Stinson—, y parece que ante ella traiciona su ética inquebrantable. Harry el sucio entra en los ochenta; aparentemente entra en la posmodernidad y asume que su mundo en blanco y negro ya no es válido. Igual que cambia su icónico pistolón por uno más moderno, parece que cambia de valores o por lo menos los flexibiliza un poco.

Sudden Impact parecía enfilar la saga al territorio de la incertidumbre, de un Harry más humano, al que las cosas le afectan más y que no puede seguir aplicando su código de manera sistemática. Pero The Dead Pool no tiene nada que ver con eso. Estrenada cinco años después, es una oportunidad perdida terrible, posiblemente la peor de todas las películas. No se explora la vía abierta en la anterior y tampoco se explota el hecho de que Callahan esté evidentemente envejecido, interpretado por un Eastwood que en 1988 ya rondaba los sesenta. Es una aventura más, que sólo tiene el interés de ver a Callahan operando en el mundo loco de finales de los ochenta, en una trama con un asesino enfermo mental, un director de cine pseudogore —Liam Neeson con coletilla— y música de Guns N’Roses. La dureza de las calles y el lumpen se torna glamour cutre de estrellas de rock que se chutan speedball, y sólo interesa la reflexión de los medios de comunicación. En la década de la MTV y de las conexiones vía satélite, la prensa, hasta ahora ausente de las tramas, se convierte en un tema central. La obsesión por estar en antena, la carrera por conseguir la noticia, etc. la salda Callahan con su sutileza habitual al reventar una cámara contra el suelo. Su aparición en la portada de una revista, el celo de sus superiores por estar a bien con la prensa y el tarado que se quiere prender fuego porque es un don nadie y así al menos saldrá por la televisión hacen evidente que es, en realidad, el verdadero tema de la película. Pero en todo caso no me extraña que Miller dijera que «“Esto no es la última película de Harry el Sucio; te voy a mostrar la última historia de Harry el Sucio.” Y entonces hice Ese cobarde bastardo» —la traducción es de Pepo Pérez, y la he tomado de aquí—. La película acaba como todas las demás y aquí no pasa nada. Sólo que nunca hubo otra; no hubo un verdadero final para Harry el sucio.

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Viendo The Dead Pool no podía evitar pensar que en realidad posiblemente no era el momento para la reflexión que yo querría haber visto, incluso a pesar del final de Sudden Impact. La posmodernidad no había llegado ahí aún, no era el tiempo de la deconstrucción ni de la revisión del mito heroico; faltaba, posiblemente, autoconsciencia. Por supuesto en 1986 ya habíamos tenido Watchmen y The Dark Knight Returns, que era precisamente eso: el héroe envejecido que ya no encaja en el mundo pero que se sacrifica para salvarlo. En las dos últimas entregas de Dirty Harry éste sigue haciendo las mismas proezas físicas y el pulso no le tiembla. De hecho, en la última se aseguran de incluir un par de escenas en las que le pasa la mano por la cara haciendo deporte a su compañero, mucho más joven que él. Es un superhombre que no da síntomas de cansancio o decadencia. Es eterno y no falla nunca. Tuvimos que esperar a Gran Torino (Eastwood, 2008) para presenciar esa última historia apócrifa de Harry el sucio, aunque ahora, tras haber visto toda la saga del personaje, me doy cuenta de que el protagonista de Gran Torino no es exactamente un calco de Callahan: tiene elementos de otros personajes y otros arquetipos, y los años no pasan en vano ni para él ni para Eastwood. Nadie piensa igual a lo largo de toda su vida. Callahan y Kowalski comparten sus métodos y su incapacidad para entender el mundo moderno. La inteligencia de Eastwood y de sus guionistas, Nick Schenk y Dave Johannson, les hizo llevar al arquetipo más allá, darle una vuelta de tuerca, como se la dio Miller en Ese cobarde bastardo, enfrentarlo a la necesidad de cambiar de estrategia para detener la espiral de violencia. Porque, en el fondo, Callahan no hace una mierda para mejorar el mundo de verdad: se limita a cauterizar las heridas, a acabar con los síntomas a base de tiros. Pero no soluciona nada. Para solucionar los problemas, para terminar con la violencia, hace falta algo más que fuerza: es necesario el tipo de pensamiento lateral que emplean Kowalski y Hartigan.

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Pero volviendo a Harry el sucio, no me sorprende que de nuevo Miller dijera que «Clint Eastwood está más cerca de lo que deberían ser los superhéroes que, virtualmente, cualquiera en los cómics» —sigue en el mismo artículo de Pérez—. No tiene superpoderes pero sí tiene atributos heroicos: su coche y sobre todo su pistola. Es, como dice Miller, «larger than life». Se enfrenta a sus enemigos con la certeza de que no puede morir, sin miedo. Su pose es icónica como la de Superman cuando vuela con el puño en alto: erguido, con la pistola en la mano y el brazo extendido. Su silueta es tan amenazadora como la de Batman, y uno casi puede imaginarse a los delincuentes de San Francisco susurrando su nombre con miedo. Cuando Harry el sucio se enfrenta a sus enemigos lo hace de cara, aparece en escena sin correr, sin alterarse. Sus movimientos son deliberadamente lentos y tranquilos, como si se moviera a otra velocidad: como si existiera en otro plano. Como si fuera consciente de ser un ente de ficción moviéndose en la realidad. Sus enemigos disparan antes que él y ni lo rozan: él mata al primer disparo. En alguna ocasión se lleva una paliza por aquello de la tensión dramática, pero se recupera de todo con una facilidad pasmosa. Harry Callahan, en realidad, no es humano: es… bueno, un héroe. Su sacrificio no llega nunca, pero habría sido su final lógico. Mientras tanto, en realidad, se está sacrificando. Está condenado a perder a todos sus amigos, vive en un cuchitril, perdió a su mujer… Nunca encontrará la paz. ««I’ll never retire. Never» es una frase que realmente debería haber dicho Callahan.

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Pero precisamente lo peor de estas películas, a mi juicio, es que no profundizan todo lo que podrían ni en la dimensión mítica de su protagonista ni tampoco en el choque entre ésta y la realidad. No hay vuelta de hoja. El héroe no cae, no falla nunca, puede con todo y todo lo soluciona a tiros. Si no fuera por la exageración y el humor serían películas difícilmente asumibles. Harry es como una fuerza de la naturaleza pero no se le opone nada verdaderamente capaz de tumbarlo. No hay un antagonista de su talla. El sistema sabe que en el fondo lo necesita y aunque haya tensiones lo tolera y le deja el margen suficiente para que haga su trabajo. Pero no se explota esa paradoja, no hay, por ejemplo, ningún momento en el que un político o un juez corrupto le quite la placa a Callahan y éste tenga que enfrentarse a una nueva realidad, reinventándose para vencer. Todo lo más, los policías vigilantes de la segunda película, pero son manzanas podridas, algo que puede extirparse de un sistema que, en lo esencial, funciona. Sólo al final de la primera entrega, cuando las garantías que el sistema da a los criminales dejan libre a un asesino al que Harry ajusticia, para luego lanzar su placa al mar, parece que hay una duda. Pero no queda ni rastro de ella en Magnum Force. Los valores en los que cree Callahan, pese a su cinismo, están por encima de actuaciones puntuales, nunca le fallan y siempre serán la base de su sociedad. Él, simplemente, lo sabe y puede actuar en consecuencia, sin renuncias, sin medias tintas, sin circunstancias personales que lo aten y lo obliguen a transigir. En eso sí se parece a Rorschach, que puede ser consecuente hasta el final. Pueden permitirse ese lujo porque no son personas reales, sino encarnaciones de ideales. Figuras míticas, héroes de la comunidad, como tan bien explica Pepo Pérez en sus textos. Aunque en el caso de Dirty Harry, sí, evidentemente, la violencia y lo reaccionario estén ahí. Hay algo primario e infantil en la idea de que los problemas de una sociedad puede arreglarse con una Magnum, y creo que precisamente las historias que llevan eso al límite son las verdaderamente valiosas. Aquellas que exigen un sacrificio final… o lo contrario, una traición a uno mismo.

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Una última cuestión que no tiene que ver estrictamente con los temas que me ha sugerido la saga de Harry el sucio. Es muy curioso comprobar cómo funciona nuestra percepción de los productos culturales, en este caso películas, de diferentes épocas. Ahora mismo, por los gustos actuales, por el momento en el que estamos y por las tendencias estéticas imperantes, creo que es más fácil entrar en el mundo de los setenta que el de los ochenta, aunque éste esté más cercano. Todas las películas de Dirty Harry recurren a clichés y a códigos de su época, ninguna es verdaderamente auténtica… pero la ilusión de realidad se mantiene mucho mejor, a ojos de un espectador de 2014, en las tres películas estrenadas en los setenta, con su estética sucia, su fotografía, su música… Precisamente esos mismos elementos son los que me alejan de las dos entregas de los ochenta, especialmente de The The Dead Pool, del 88. La música de sintetizador, la fotografía, la iluminación… todo me parece falso. Hasta, por supuesto, las pintas que llevan muchos de los personajes, pero especialmente los heavies de palo tan de la época y la coletilla y chupa de cuero del personaje que interpreta Liam Neeson. Todo parece un decorado, y hasta las escenas de acción parecen tener menos fuerza.

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