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Bob y amigos 4, de Roberta Vázquez

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Roberta Vázquez, de quien ya hablé por aquí hace un tiempo, no para. Publica un cómic tras otro, tanto con editoriales pequeñas como por su cuenta. Y está cada vez mejor. Confieso que me preocupaba que su prolificidad menoscabara su progreso, que no le permitiera reflexionar sobre su propio trabajo y la dirección que estaba tomando. Pero el cuarto número de Bob y amigos empieza a ser una cosa muy seria. Es lo mejor que he leído de Vázquez: con más variedad, con personajes tan bien perfilados como siempre, con el mismo sabor espontáneo de todas sus historias, pero con cierta concreción que antes no existía, con mejores remates, con una contundencia inusitada. Sigue hablando de sus cosas y de su entorno, pero ya no me resulta tan liviana; está encontrando la manera de elaborar un poco más todo sin perder frescura.

Como es costumbre en la serie, el cuadernillo contiene varias historias breves, protagonizadas por el círculo de amigos de Bob el conejo, algunos tan interesantes como Pepperoni-boy, una porción de pizza antropomorfa. Su historia en cuatro páginas cuenta un concierto, al que acude disfrazado de rocker, y que acaba de un modo totalmente inesperado. Los textos de esta historia breve en tercera persona generan una distancia sobre lo que se cuenta infrecuente en la obra de Vázquez, pero sirve para recalcar tanto el humor como el patetismo de la situación. «Tienes un E-mail», protagonizada por el murciélgo Baty, cuenta una experiencia rápida y frustrada en una web de contactos. Como se ve, la frustración siempre aparece de un modo u otro en las historias de este número, porque, de alguna forma, la sensación de no encajar de este puñado de freaks se ha reforzado. Siguen desfasando, pero empieza a aparecer cierta amargura.

Pero lo que me ha sorprendido —y gustado— más es la trama de la ruptura de Bob y su pareja, llena de elipsis e incógnitas. Aparece en páginas sueltas, desperdigadas por todo el cómic, tanto en ilustraciones como en historieta. Aparecen viendo vídeos de fails en Youtube mientras comen pizza y fuman porros, al principio del cuaderno, pero después vemos que ya no están juntos. La fantástica portada ya anuncia un tono más sombrío, que después confirma cada página sobre la pareja. «Dona compra», por ejemplo, es una maravilla: ella va a comprar y, antes las preguntas curiosas del tendero, se inventa las respuestas para no reconocer la ruptura o su situación de desempleo: sus bocadillos mienten, pero los cartuchos de texto, su voz interior, nos revelan la verdad. Otra página muestra un retazo del pasado en dos viñetas, en las que la pata parece se cuestiona la relación mientras Bob duerme en el sofá. Esta página me encanta, y diría que es mi favorita del número, si no fuera por la última, que no puedo dejar de mirar: una reinterpretación de un cuadro de Lichtenstein en la que integra una conversación de Whatsapp y una frase de una fuerza y una rabia inéditas en la obra de Vázquez.

Si este número 4 de Bob y amigos indica la dirección que la serie va a tomar, tengo la sensación de que me va a gustar mucho. El personaje de la pata me parece fantástico, y todos los demás siguen desarrollándose. Da la sensación de que este universo —recordemos que todos los cómics de Vázquez comparten mundo— puede expandirse en cualquier sentido; como en la vida, uno nunca sabe qué le va a pasar mañana. Mientras, Roberta Vázquez sigue pasándoselo bien, contando historias que capturan el espíritu de nuestra época, con todos esos personajes extremos, locos, diferentes y divertidos. Su dibujo, fresco, de aire underground —esos sombreados manuales, por ejemplo— también mejora, poco a poco. Todo lo que su obra prometía se está empezando a plasmar, mucho antes de lo que yo esperaba, la verdad.

 

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Usted no es una persona normal, de Borja Crespo

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Borja Crespo es una de esas personas con las que trabajar es un gustazo. Serio cuando hay que serlo, profesional, cordial… Y un currante. Creo que su labor en el sector del cómic español es esencial para entender el camino que hemos recorrido. Y dice mucho de su carácter que sea de los pocos que empezó a picar piedra en el medio en los años 90 en la divulgación y la organización de eventos que aún sigue al pie del cañón, sin haberse quemado. Todo esto es cierto, pero también lo es que Borja, al menos en internet, es un misántropo gruñón que señala los vicios del público y siempre da una nota discordante. Siempre he pensado que los cínicos son, en realidad, humanistas: sólo si te importan lo suficiente la sociedad y la gente te molestas en criticarlas.

Por eso es interesante leer la recopilación de textos que ha publicado Libros de Autoengaño bajo el título de Usted no es una persona normal. En este libro —cuyo título tiene connotaciones positivas— Crespo despliega una prosa directa, de frases cortas y a veces duras, como una ráfaga de balas de humor negro y sana escatología. Cada uno de los textos, aparecidos en medios como Cactus o El butano popular, es un golpe contundente. Dentro de su estilo, algunas piezas son redondas: buscan la provocación, pero cuando la consigue por el camino fácil, él mismo se censura y hasta se ridiculiza, porque no se excluye de la crítica.

Observando el conjunto con cierta perspectiva, Usted no es una persona normal supone un retrato a brochazos del momento actual, dominado por internet y las redes sociales. Tiene cierta intención sociológica, y analiza cómo somos aquí y ahora: cómo nos ha cambiado la vida, qué buscamos en la red, cómo ha generado una nueva forma de relacionarse… Y cómo ha afectado a la producción y el consumo de cultura, una de las claves del libro. En estos relatos de autoficción se muestra una crítica ácida, poco complaciente, que apunta a la pérdida de autenticidad y sinceridad, y subraya la construcción del gigantesco simulacro que vivimos a diario. Textos como «Facefuck», «Tu muro de Facebook» o «Hipsterical: muerte de un bloguero» hablan de una carrera a ninguna parte por ser el más popular o el que tiene más likes del pueblo, a costa de lo que sea: una actitud que tan bien satirizó Crespo en Neuroworld, el largometraje que dirigió en 2014 basándose en el universo de Miguel Ángel Martín —otro misántropo que no se rinde.

Crespo se acuerda de cuando las cosas eran de otra forma, cuando para localizar a alguien tenías que llamarle al fijo —bueno, lo llamábamos «teléfono», a secas— o recorrerte los bares buscándole. Pero no mitifica todo aquello; de hecho, la inclusión de un par de historias de su infancia deja claro que tampoco es que piense que antes todo era maravilloso. No es casual que la palabra «contradicción» aparezca con frecuencia en estas páginas. Al fin y al cabo, fueron publicadas previamente en medios digitales, de los que viven, en parte, de los likes y la difusión. Como gestor cultural —«La puta gestión cultural»—, Crespo sabe bien que la promoción y el saberse vender son claves. Él mismo es usuario de redes sociales y mantiene una presencia en internet desde antes de que fuera algo verdaderamente masivo y generalizado; en ese equilibrio precario lleno de contradicciones se tiene que mover uno hoy. Yo, que aunque no sea de su generación recuerdo la época en la que nadie tenía móvil, y cómo con veintipocos años juraba y rejuraba que nunca jamás me metería en internet, entiendo bien esa postura y empatizo con ella: miradme ahora, con blog, twitter y toda la pesca. Aunque con móvil del Pleistoceno, eso sí.

Lo más importante que nos da Usted no es una persona normal —que incluye, no lo he dicho aún, un magnífico prólogo de Rubén Lardín y un buen puñado de dibujos de artistas de todo tipo— es la conciencia de que cierta resistencia es posible. Una especie de tercera vía entre lo apocalíptico y lo integrado, en la que se reivindica la mesura, el autocontrol, dejar a veces de lado el egocentrismo del selfie y disfrutar las cosas directamente. Escuchar en silencio en un concierto, ver la película en el cine, guardarte alguna cosa para ti y los tuyos, sin necesidad de compartirlo todo en red. Hay que ver los nuevos tiempos no como un campo abonado para el exhibicionismo onanista, sino como una oportunidad única en la historia de la humanidad: al final, internet nos ha dado mucho más de lo que nos ha quitado, y en nuestras manos está recuperar esto último. Crespo, en esta colección de relatos a ratos divertidos, a ratos negros y a ratos llenos de una costra de roña, en el fondo lo demuestra, aunque parezca lo contrario.

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La favorita, de Matthias Lehmann

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A veces encuentro obras que me interesan más por sus errores que por sus aciertos, en las que me enseñan más los primeros que los segundos. La favorita (La Cúpula, 2016) de Matthias Lehmann es el último buen ejemplo de esto. Se trata de una lectura interesante, que ha mantenido mi interés durante toda su extensión, con un clima asfixiante, donde la cerrazón social se refleja en el encierro en una antigua casa de una pequeña que vive con sus abuelos, recluida. Los visos de verosimilitud, de estar basada en hechos reales, como bien señala Óscar Gual, le beneficia mucho. El dibujo de Lehmann, inspirado en el grabado, acompaña el espíritu pseudovictoriano —que obtiene una interesante lectura cuando descubrimos que en realidad la cronología del relato lo situa en los años sesenta del siglo XX—, refuerza esa opresión, y juega con la composición de página con lecciones bien aprendidas de unos maestros a los respeta demasiado. Desde el principio el aislamiento de la familia se vincula con la presencia invisible de secretos largo tiempo guardados, apuntados al lector con la sutileza adecuada: la homosexualidad reprimida del abuelo, el cuadro de la hija muerta en la pared…  Todo se lee con agrado, la cosa engancha, y de pronto llegan las sorpresas.

La favorita tiene dos puntos de giro claves en el relato, a los que Lehmann parece fiar el juicio final de este cómic. El primero funciona perfectamente: en determinado punto, descubrimos —tras indicios de que algo no encaja— que la niña protagonista es en realidad un niño fozado desde pequeño a vestirse como una niña. A partir de ahí, se explora su descubrimiento de la identidad sexual —en sus juegos simbólicos asume roles tradicionalmente considerados femeninos y masculinos— y el despertar del deseo sexual, cuando entra en contacto con otros niños y niñas, con una sensibilidad hacia el tema bastante desarrollada y sutil, sin abusar de la explicación textual: más bien asistimos a sus reacciones. La voz narrativa en primera persona está tan contenida que en determinados momentos incluso desaparece; es entonces cuando La favorita alcanza sus mejores momentos: por ejemplo, en la secuencia del juego junto al río.

Pero cuando se acerca a su conclusión, Lehmann se da cuenta de que hay muchas cosas que no ha contado y necesita contar sobre el pasado. Tal y como ha planteado el relato, necesita descubrir el misterio. Pero llega a un callejón sin salida, no sé si debido a cierta falta de planificación, en el que, sencillamente, no hay ninguna forma de que la verdad sobre esta siniestra familia se descubra de un modo orgánico, mediante la acción. Pero el autor necesita contarlo igualmente, porque es la única manera de desatascar la historia y llegar la final, que es evidente que tiene muy claro cuál debe ser. Así que no tiene más remedio que anteponer la necesidad del relato a la lógica interna. Como necesita contar una serie de cosas… las cuenta. Interrumpe el relato principal en el presente, rompe con el narrador en primera persona e introduce un narrador en tercera omnisciencente inexistente hasta el momento, que nos desgrana con pelos y señales TODO lo que necesitamos saber para que el final tenga sentido. Llegado a ese punto, a mí no me importa que lo que cuente sea más o menos truculento, sorprendente, o coherente con todos los indicios que nos han ido mostrando; la forma en la que se presenta todo es tan burda, tan poco imaginativa, que me saca por completo. Había una alternativa, igualmente burda, pero seguramente con un efecto menos violento, porque no habría supuesto una ruptura de la diégesis: que todo esto lo contara el abuelo cuando va a denunciar la situación a la comisaría. El final, en el que la realidad irrumpe en el ambiente de folletín dickensiano simbólicamente —la policía viste como corresponde a su época; los abuelos del protagonista parecen, en cambio, personajes victorianos— es interesante y adecuado, pero llega después de ese corte abrupto con la lógica interna.

¿Por qué decía al principio que a veces los errores nos enseñan más que los aciertos? Porque leyendo La favorita se demuestra que no es suficiente con tener una buena historia: hay que ser muy consciente de que la forma en la que la contamos también es discurso, y está íntimamente ligada al contenido. Y si se descuida la forma, todo el edificio puede venirse abajo. Tal vez habría sido mejor dejar cosas en el aire, no explicarlo todo, dejar que el lector especulase con el motivo de la detención policial, o que simplemente supiéramos que el protagonista fue objeto de un secuestro, sin desarrollarlo más. O dosificar más la información a lo largo del libro. No lo sé ni pretendo saberlo, por supuesto; sólo estoy especulando. Estoy entrando en el terreno de las obras no escritas, y únicamente puedo juzgar La favorita que se ha hecho y cuáles, desde mi punto de vista personal, son sus problemas.

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Wassalon y ¿Quién ama a las fresas?, de Clara-Tanit

El domingo pasado dediqué la mañana a leer Wassalon (Astiberri, 2007) de Clara-Tanit, y me ha gustado tanto que acto seguido he releído ¿Quién ama a las fresas?(Astiberri, 2010), que, por otra parte, tenía bastante olvidado. Ha sido un ejercicio interesante leer las dos obras seguidas, y creo que me ha revelado claves del trabajo de la autora en las que no había reparado por falta de perspectiva.

Clara-Tanit Arquet (Girona, 1981) responde a un perfil de autora cada vez más habitual: proviene de una formación académica, primero en interiorismo y luego en ilustración, en la famosa escuela Massana, y llega al cómic tarde, como lectora y como autora (toda esta información la he extraido de esta entrevista en Entrecomics). Es decir, que nunca fue aficionada, de modo que no acarrea un bagaje lector que, si bien aporta muchas cosas, también puede ser limitador cuando lo que se pretende hacer es algo nuevo o rupturista. Este tipo de autores no se plantean si tal o cual cosa se puede hacer en el cómic: simplemente la hacen, porque les apetece, lo necesitan o encaja con su obra, no con las verdades sobre la naturaleza del medio que se han repetido hasta la saciedad. Por eso Clara-Tanit no sigue ninguna regla en cuanto a secuencia y composición de página: a veces se limita a una plantilla funcional de viñetas, otras elimina sus marcos, otras utiliza una página entera para mostrar una ilustración sin texto. Creo que también influye esa falta de afición previa a convertirse en autora —y provenir de otro campo creativo— en su variedad de registros y técnicas mixtas: no siente la necesidad de generar un estilo personal siempre reconocible. Y, de hecho, en «¡Vámonos a vivir al campo! —me dijiste”», su historia incluida en Panorama (Astiberri, 2013) apenas se rastrea la huella estilística de ¿Quién ama a las fresas?.

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Sin embargo sí hay algunas constantes: el dibujo sencillo, sin demasiados accesorios, el trazo irregular y el aspecto en parte naíf. En Wassalon experimenta menos con los cambios de registro y técnica, pero ya ensaya algunas soluciones narrativas que se salen de lo habitual —la página donde explica cómo se aparean las babosas, por ejemplo—. Las dos obras comparten temas y motivos. El universo de Clara-Tanit está cerca del de otros contemporáneos como Martín Romero, Lola Lorente o Alberto Vázquez; comparte con ellos el tono melancólico y oscuro —si bien no incluye la influencia gótica de alguno de ellos—, y el interés por explorar la soledad y la alienación en personajes marginados, diferentes y únicos. Resulta interesante preguntarse por qué este tipo de historias proliferan en un momento en el que, precisamente, hay cada vez más diversidad en todos los ámbitos sociales; tal vez sea precisamente por eso que son necesarias. Clara-Tanit representa a esos personajes diferentes a través de lo visual: Wassalon es una lavadora, su pareja un Patoconejo, la protagonista de ¿Quién ama las fresas? es una chica con cabeza de fresa, etcétera. No son simples convenciones gráficas, no se está jugando con un código del cómic clásico como pudo hacer Maus: son realmente lo que parecen, al modo de lo que hoy hace Roberta Vázquez en sus cómics. Wassalon trabaja como lavadora en una lavandería, de hecho. Y Fresi tiene realmente cabeza de fresa, y todas las personas a su alrededor son conscientes de ello y de su diferencia. De este modo, Clara-Tanit consigue que lo que no deja de ser una impresión común a todos los adolescentes —«soy distinto a los demás y por eso nadie puede comprenderme»— sea algo objetivo y evidente para todo el mundo.

Wassalon es el primer trabajo largo de Clara-Tanit. Aunque se compone de varias historias cortas, el conjunto tiene unidad narrativa completa. El tono es costumbrista, sin demasiadas incursiones en lo irreal o en lo onírico, más allá de que, claro, el costumbrismo es un poco raro cuando transcurre en un mundo poblado por animales antropomorficos, monstruos informes y máquinas dotadas de vida. Por lo demás, y es un acierto por parte de la autora, todo es como en nuestra realidad: trabajos precarios, insatisfacción permanente en una generación a la que se le había prometido todo y no tiene nada. Resulta muy llamativo que estos temas aparezcan en un cómic dibujado entre 2006 y 2007, teóricamente antes de la crisis económica. Ya entonces, resultaba pertinente contar la historia de una lavadora que está harta de trabajar como una autómata haciendo lo que otros han decidido que haga: merece una reflexión, porque demuestra que la cosa viene de lejos y que ha problemas que tienen más de ocho años.

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Pero además de eso, en Wassalon se explora la desazón vital de la lavadora protagonista, cuyos sentimientos están determinados por su naturaleza mecánica, que la hacen diferente y dificulta sus relaciones de pareja. Por eso rompe con Patoconejo —que se llama así porque es hijo de Madre Conejo y Padre Pato, por supuesto— y deja al mismo tiempo su cómodo pero ingrato puesto de trabajo. Su falta de humanidad convencional es tal vez lo que la lleva a acabar con la vida de un gato que adopta Patoconejo, en una de las escenas más duras y a la vez interesantes del cómic. La deriva vital de Wassalon provoca cierta morosidad narrativa, no del todo bien resulta en los tramos finales. No estoy pidiendo un final cerrado en el que todo quede bien claro, pero sí creo que el camino que toma aleja al lector, quizás un pelo de más. Intenta un equilibrio entre desconcierto, misterio y empatía con los protagonistas difícil de lograr, de todas formas, y esto es un más que interesante primer ensayo.

Tres años después llega ¿Quién ama a las fresas?, gracias a la beca Alhóndiga. En ese tiempo han pasado muchas cosas en el mercado español. Wassalon se había publicado el mismo año en el que Astiberri ponía a la venta Arrugas (de Paco Roca) y María y yo (de Miguel Gallardo), los dos tebeos que lo cambiarían todo, comenzando a introducir en la novela gráfica española al gran público mediante temas socialmente relevantes, que interesaron a un lector adulto. Tal vez era pronto para que un trabajo de las características de Wassalon saltara a ese ámbito, como también lo fue para Psiconautas, de Alberto Vázquez, publicado en 2006 por Astiberri. Pero en 2010 se podían concebir cosas diferentes: por ejemplo, editar un libro de tapa dura y ciento cincuenta páginas con una historia atípica y dibujo en bitono. Clara-Tanit también se atreve a más y llega más lejos, en parte por la evolución lógica como autora, pero también porque puede contar con más espacio, y eso afecta al tipo de estructura que puede desarrollar, a la profundidad del tratamiento de los personajes y los temas, y la cohesión de toda la obra, en definitiva. No es lo mismo acumular capítulos breves casi autoconclusivos como hizo en Wassalon que concebir y ejecutar una historia unitaria.

Sin embargo, también es cierto que en ¿Quién ama a  las fresas? están los mismos temas que en la obra anterior, sólo que más elaborados, con resultados más redondos. Clara-Tanit es mejor autora, y por tanto está mejor preparada para contar lo que quiere, obviamente. De este modo la simbología es un poco más profunda, está mejor sugerida, y aunque hay cierta continuidad en algunos rasgos narrativos —por ejemplo, poner a los personajes nombres obvios y descriptivos, de modo que identidad y naturaleza son una misma cosa— la manera de plantear la historia hace posibles variantes interesantes. En este caso, los personajes anómalos son más escasos. Al contrario que en Wassalon, la mayoría de la gente son personas, seres humanos convencionales. Eso hace que Fresi se sienta totalmente sola y diferente, más diferente aún que Wassalon, porque al menos ésta podía sentir cierta hermandad con otros marginados. Pero aunque esto sea así, al mismo tiempo Fresi es idéntica a su madre —que, según cuenta, proviene de una familia donde todos son fresas, pero la abandonó para seguir su camino—; y no hay nada más terrible para una adolescente que sentir que es igual que su madre. Así que, por supuesto, le culpa de todo lo que le sucede y dirige su ira, recientemente aparecida junto a la pubertad, contra su progenitora, a quien la situación desborda por completo.

Todo esto lo vamos descubriendo según leemos; no es un punto de partida, sino que se se va desgranando en escenas siempre subjetivas, porque todo lo vemos a través de los recuerdos de una Fresi que se encuentra en coma. Además de recordar, imagina un viaje onírico, lleno de símbolos que podemos relacionar con su vida real. El contraste produce un ritmo perfecto y resalta el valor alegórico de la historia, sin caer nunca en lo obvio o en lo intrascendente.

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También se genera un contraste interesante entre los recuerdos y sueños de Fresi y lo vivido por su propia madre, que la observa en el hospital y que acaba teniendo una aventura con su médico —el doctor Médico—. Mientras Fresi busca al chico con una manzana por cabeza, recuerda su pérdida de la virginidad con un chico con cabeza de ratón, también diferente pero bien integrado en la clase a la que pertenecen ambos, conoce a una amiga que representa lo que Fresi querría llegar a ser —alguien orgulloso de su diferencia— y se hace acompañar de un panda de peluche que supone otro nexo de unión con Wassalon, y que es enterrado simbólicamente al final de la historia, cuando Fresi despierta de ese coma provocado por su cerebro para permitir un reseteo de su memoria y empezar de cero.

Lamentablemente, una obra tan destacada como ¿Quién ama las fresas? no ha tenido, por el momento, continuidad, más allá de alguna historia corta, como la que mencionaba antes incluida en Panorama. En ésta, Clara-Tanit confirma su desinterés por encontrar algo parecido a una fórmula, ni en sus temas ni en su estilo de dibujo —que ahora vira a la preeminencia de la mancha de color—, aunque de algún modo se sigue viendo su mano, que es la mano de una precursora de la explosión del cómic de vanguardia que experimentamos en los últimos tres o cuatro años. Ojalá volvamos a leer una obra suya muy pronto, porque de alguna forma siento que éste es el momento perfecto para hacerlo.

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Unos cuantos fanzines de GRAF.

En el pasado GRAF de Barcelona adquirí un número bastante elevado de fanzines, por decirlo suavemente. Compré o me regalaron bastantes cosas que me llamaron la atención, obras de gente que ya conocía y de otra que no. Eso es lo mejor de GRAF: siempre vas a conocer a un autor que no conocías hasta entonces. El nivel medio de la autoedición que puede verse en GRAF —hago énfasis en esto, porque en GRAF obviamente no están todos los que son— me parece notable, y más aún teniendo en cuenta que hablamos de un sector bastante horizontal en el que encontramos profesionales y aficionados. Hay mucha gente haciendo cosas fantásticas, y por eso me apremian aún más las ganas de escribir sobre ellas. Así que vamos con unos cuantos —no todos— fanzines que me traje de GRAF, más algún otro extra.

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De hecho, el primero esperaba su reseña desde un tiempo antes. Se trata del número cero de Chicos, de Mireia Pérez. Se trata de un cuadernillo lleno de textos y dibujos que giran en torno al sexo y al cuerpo, donde Pérez demuestra que cada vez dibuja mejor y, sobre todo, nunca dibuja igual. El fanzine se acompaña con pegatinas y láminas. De Chicos me gusta su cualidad física, la carne mutable y sudorosa, los coños por todas partes, y el coño corazón. Una mujer que dibuja «lo que me sale del coño. También lo que entra», que cuenta pequeños cuentos de enamoramientos infantiles y adultos y que es malvada. Me encanta, sobre todo, la página muda en la que se cuenta un encuentro entre chico y chica, con carnívoros resultados. A modo de complemento, Pérez llevó a GRAF un minizine, Ñam, un desplegable que incluye un coño dibujado con todo lujo de detalles, un Ingres intervenido, y varias ilustraciones de carne y sudor.

Relacionarse muy duro es el nuevo fanzine de la prolífica Klari Moreno. Se trata de un fanzine de factura artesanal, con detalles aplicados a mano —cada portada es dibujada de forma individualizada—, que funciona como una alegoría de las relaciones humanas de todo tipo. Sus dibujos mínimos, sin escenarios, repartidos por unas páginas que respiran con grandes espacios en blanco, representan personitas que interactúan entre sí. Con el mutismo habitual en los cómics de Moreno, los personajes se tocan, hablan con bocadillos abstractos, se enrollan dentro de burbujas, tiran de cuerdas tensas, y se agobian con sus nudos en el estómago. El repertorio de recursos estrictamente gráficos es suficiente para mostrar la complejidad que entraña el acto de relacionarse con nuestros semejantes. Me gusta mucho el detalle final: en la página de créditos, una chica aparece tranquilamente sentada en el suelo, junto a su perra: una imagen que contrasta con la tensión inherente a todas las relaciones humanas que se han mostrado en el fanzine.

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La misma autora se asocia con Joaquín Guirao en Hocicos húmedos¸ precisamente para asomarse al universo de los perretes. Desde el encantador y genial prólogo, escrito por un miembro de la especie canina, el fanzine despliega piezas de Guirao y Moreno en las que se juega, a veces, con el contraste entre el aspecto adorable de los perros y el contexto oscuro: un perro protagoniza una portada de black metal, tres adorabilísimos cachorritos portan una pancarta en la que leemos «Kill all humanity»… Contrasta también la caricatua cartoon de Guirao con el trazo sueltísimo y sintético de Moreno, que refleja con un naturalismo engañosamente simple los movimientos y posturas de los animales protagonistas.

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Puta mierda, obra de Andrea Ganuza, es un fanzine a la antigua usanza: libre, puro y muy punk. Contiene seis historias en primera persona, sinceras y directas, que hablan de borracheras, sexo y relaciones sentimentales. Composiciones de página imaginativas y un efectivo dibujo a tinta de pinceladas gruesas que contienen mucha fuerza, pero también mucho humor. Aunque sea un poco amargo. Me gusta mucho cómo integra las fotografías en el conjunto, dotando de más verosimilitud a la voz de la autora. Mi historia favorita es sin duda «Las hilanderas», que empieza con un sueño y acaba con el cuadro de Velázquez como metáfora de hermandad entre mujeres y del autoconocimiento y la independencia a través del sexo con una misma.

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Grandes mujeres que quizás no conoces es un pequeño fanzine de ilustraciones, encuadrado dentro de la iniciativa «Primera vez» del sello Fosfeno. Salvo Erica Fustero, sus dibujantes me resultaban desconocidos: Adrián Rodríguez, Bárbara Cachán, María Martínez y María Rodilla. En sus páginas podemos encontrar retratos en estilos muy diversos, desde el más naif hasta el realismo casi fotográfico, de diferentes mujeres destacadas en todos los campos del conocimiento. Cada ilustración viene acompañada por un pequeño texto que contextualiza sus figuras. Me encanta la mezcla totalmente transversal y rupturista con la clasificación en alta y baja cultura, que permite que encontremos a Federica Montseny —excelente dibujo, por cierto— en el mismo cuadernillo que Frida Kahlo, Rosalind Franklin o Suzy Quatro.

ohg!

A Lorenzo Montatore lo acabo de descubrir gracias al fabuloso La muerte y Román Tesoro (DeHavilland, 2016). En GRAF pude adquirir un par de fanzines suyos, editados por su propio sello Panoli, que me confirman que es un autor a seguir, libre, divertido y que se divierte un montón dibujando lo que le da la gana, historias locas en las que lo gráfico se despendola y absorbe todo. Ohg!, publicado en 2015, es un fanzine de edición muy cuidada, en el que una divinidad que surge de la pura abstracción gráfica crea el mundo tal y como el dios del Génesis hizo, para luego crear a un ser humano que debe darle un nombre a este dios gamberro. Por supuesto, todo se descontrola hacia el final, de un modo maravillosamente inesperado. Por su parte, El enigma de Boskov es más inconexo, ya que recopila ilustraciones y un par de páginas de cómic que tienen que ver con Boskov, un personaje extraño y desconcertante, que se enfrenta a otros personajes y monstruos. Todo parece girar en torno a una misteriosa piedra que concede poderes indefinidos. El resultado es magnético, aunque carezca del punch de Ohg!.

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De Pablo Taladro también me traje dos fanzines. Taladro practica un estilo sencillo de dibujo, y temáticamente tiene claras reminisciencias del underground, pero también de aquellos autores de la «línea tremenda» que publicaron trabajos en los años noventa, sobre todo en Subterfuge, los Ladrón, Serra, Crespo e incluso el primer Paco Alcázar. En No te confíes, Taladro presenta una serie de historias cortas protagonizadas por personajes oscuros y marginales, caricaturas de tipos sociales que muestran no ya defectos, sino una psicopatía social importante. Se van cruzando en relaciones malsanas —el secundario de una se convierte en protagonista de otra posterior— de traición y apariencias precariamente mantenidas. Es una sátira gruesa de las convenciones sociales que todos mantenemos, irregular, pero con buenos momentos. Superbien me ha gustado mucho más; había leído ya algún capítulo en algún fanzine colectivo —no consigo recordar en cuál— de esta historia larga protagonizada por el profesor Buen Hombre y Perro Abandonado. Perro resulta ser el típico cabrón que se aprovecha de la bondad de quien sólo quiere ayudarle, y cuando el profesor lo acoge en su casa, convierte su vida en un infierno: engancha a su hijo a la droga, se acuesta con su mujer… Es la representación del mal absoluto, que incluso llega a corromper a dios. Es una historia oscura y grotesca, en la que no podemos evitar sentir una empatía dolorosa con el profesor Buen Hombre.

Algunas de las imágenes de este post las he tomado de la web de Fatbottom Books.

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Tres libros sobre cómic.

En los últimos meses he podido leer varios libros teóricos sobre cómic, de muy diversa naturaleza. La publicación de libros así, cada vez más frecuente, es un signo muy positivo y que dice mucho sobre el momento actual. Hay un interés sobre la historia del medio y sus entresijos que va más allá de la mera lectura evasiva, y que indica no sólo un mayor reconocimiento cultural, sino un interés por parte de la academia: hay muchas tesis doctorales sobre cómic que se están leyendo en estas fechas, coincidiendo con la extinción del plan antiguo de doctorado. Y que seguro que, en un plazo de tiempo prudente, comienzan a traducirse en más libros teóricos. Es algo no sólo deseable, sino necesario.

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El primer libro que he estado leyendo no es exactamente teórico. Se trata de Robert Crumb. Entrevistas y cómics (Gallo Nero, 2014), una recopilación de entrevistas aparecidas en The Comics Journal entre 1984 y 1995. El interlocutor de Crumb es, casi siempre, Gary Groth, uno de los dos principales responsables de la revista y de la editorial Fantagraphics. Las conversaciones entre ambos reflejan no sólo el complejo universo personal de Crumb, sino diferentes momentos de la industria del cómic estadounidense, y la evolución del cómic de autor desde el seminal underground que protagonizó el propio Crumb hasta el alternativo de los noventa, que estaba ya preludiando la novela gráfica. El retrato de Crumb es, por supuesto, fascinante. Se trata de un artista total, un misántropo consciente de serlo, que no tiene filtros en su arte. Es un personaje extremo, de opiniones políticas complejas y hasta contradictorias. Eso, la contradicción, en realidad está presente en todo su discurso y obra, y es, de hecho, lo que creo que lo hace único y central en la historia del cómic americano. Alterna opiniones lucidísimas con otras más que discutibles, pero siempre da la sensación de ser brutal e inconscientemente sincero. Puede ser graciosísimo cuando cuenta cosas muy duras sobre su familia, por ejemplo. Groth, que es uno de los mejores entrevistadores que he leído nunca, sabe llevar la conversación a donde Crumb puede explayarse, sin ceñirse a su obra y al medio: precisamente, uno de los problemas de algunas entrevistas sobre cómic es que el entrevistador parece más interesado en qué número de pincel usa el entrevistado que en sus opiniones sociales y políticas. Y es algo que no sucede, en general, en otros ámbitos. Pero lo que Crumb tiene que decir sobre la política neocon de su país en la era Reagan, sobre el recorte de libertades y la deriva puritana de la sociedad americana desde los locos sesenta a los temerosos ochenta, merece ser escuchado. Al igual que sus opiniones sobre el trabajo de varios colegas, sobre la autobiografía en el cómic, sobre el feminismo —profundamente contradictoria, de nuevo—… No siempre se estará necesariamente de acuerdo con él, pero siempre es interesante. La obra de Crumb puede entenderse un poco mejor si leemos cómo ve el mundo y, sobre todo, cómo se ve a sí mismo.

COBERTA PUIGMIQUEL

El siguiente libro que quiero comentar es Ángel Puigmiquel. Una aventura gráfica (Diminuta Editorial, 2015), un volumen que recopila una generosa muestra del trabajo de Puigmiquel, un artista olvidado dentro de la historia del cómic español. De él había leído El ladrón de pesadillas, recuperado por Glénat hace unos años, pero no sabía mucho más sobre él y su obra. El breve texto que acompaña y vertebra el material gráfico, escrito por Joan Manuel Soldevilla Albertí, aporta un recorrido por su vida y construye un retrato cercano y emotivo de una personalidad creativa y siempre inquieta. Puigmiquel trabajó en varios ámbitos, cultivó estilos muy diferentes, probó la aventura americana… Fue un artista único, de obra difícilmente encajable en las corrientes principales que los historiadores han acuñado, y sin personajes de peso que el público pueda identificar. Tal vez por eso ha quedado tan oscurecido, y por eso un libro como éste es importante: creo firmemente en que una de las principales labores de la crítica debe ser esta recuperación. Puigmiquel se ganó la vida como pudo pero, en sus últimos años sufrió el olvido y la dificultad para reinventarse; como tantos otros autores de la vieja industria del tebeo, se había acostumbrado a una forma de trabajar que se estaba extinguiendo. Años y años de negar la libertad artística y la experimentación no pasan sin haber hecho mella: el último trabajo, inédito por la quiebra de Toutain Editorial, es un vigoroso intento de no perder el tren de la modernidad, pero también evidencia la quiebra entre el viejo paradigma y el nuevo.

PortadaRAF

Otro libro centrado en un autor de cómics que trabajó principalmente en ese viejo paradigma es Raf. El ‘Gentleman’ de Bruguera (Amaníaco ediciones, 2015), escrito por Jordi Canyissà. Se trata de un trabajo de investigación de años, equiparable a una tesis doctoral, escrito desde la pasión pero también desde el rigor investigador. Es una labor titánica, con dificultades específicas que se suman a las habituales cuando uno se sumerge en la búsqueda de fuentes: la escasez de ejemplares de las revistas necesarias, la falta de entrevistas y documentos teóricos previos, dado el poco interés cultural y artístico que despertaban los tebeos, la vaguedad de ciertos datos…

Canyissà asume las limitaciones de su tarea, pero las solventa con vigor y con un entusiasmo encomiable. Sin que eso, como decía, empañe su rigor y su visión crítica, que lo llevan a reconstruir un relato perdido y fragmentado e incluso a corregir errores de la historiografía previa, muy limitada por la falta de fuentes y método. Como sucede en muchos autores de perfiles similares al de Raf, la poca importancia que se da a ciertos trabajos de encargo y las condiciones laborales hacen que el autor construya una biografía parcial e ideal, en la que omite aquellas cosas con las que no quedó contento o que simplemente ha olvidado. Le toca al investigador luchar contra esa autoimagen proyectada desde escasas entrevistas, y recuperar todo lo que el tiempo amenaza con enterrar.

Así, la obra completa de Raf emerge a la superficie, inmensa y vastísima. Canyissà ha realizado un trabajo de documentación impecable, ha leído una tonelada de páginas de historieta, y eso le ha permitido trazar un mapa minucioso y completo de dicha obra. Pero lo ha insertado en un relato compacto y unitario, en el que, de modo cronológico y con un excelente ritmo periodístico, desgrana la vida de Raf. No sólo eso, sino que también despliega una panorámica de un país y de una industria de la historieta que todavía tenemos que descubrir, porque se ha escrito mucho de ella, pero no siempre manejando las fuentes adecuadas. Canyissà, de hecho, en esto acierta al mezclar entrevistas propias, revistas, libros y entrevistas hechas por otras personas. El relato es ecuánime con sus fuentes, aunque se aplique una mirada crítica: cuando las versiones contradictorias sobre un mismo hecho no permiten conocer la verdad, el autor del libro lo deja ahí, para que cada cual extraiga sus conclusiones: es muy importante conocer los límites de nuestra labor como historiadores.

Canyissà no sólo mantiene siempre el interés, sino también el perfecto equilibrio —y era complicado— entre exposición de datos, relato personal y profesional, y descripción de obra. Aquí, aunque siempre sea evidente que el autor admira profundamente a Raf —tampoco lo oculta—, lleva a cabo una labor de crítica artística muy destacable; es uno de los aspectos que más he disfrutado de este libro, de hecho. Canyissà analiza cada serie de Raf explicándolas a partir de su contexto, sin eludir la crítica negativa cuando procede y analizando trazo, composición, guión…

Por todo esto, creo que es un libro interesante no sólo para fans de Raf —yo no lo soy especialmente—, sino para cualquiera interesado en la historia del cómic español y en la labor de crítica. Yo le agradezco no sólo los conocimientos que he adquirido, sino también la manera en la que ha desarrollado mi sensibilidad artística hacia la obra de Raf.

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Migas, de VVAA.

migas portada

Hace unos meses apareció el último número de Migas Fanthing, y si no he hablado antes del acontecimiento, ha sido por querer esperar a un momento en el que pudiera dedicarle cierta reflexión. Han sido cinco años de fanzine colectivo —aunque yo lo descubrí bastante tarde—, por el que han pasado numerosas firmas que se han unido al núcleo duro que, en 2010, inició el proyecto en la facultad de Bellas Artes de Madrid. Lo interesante de Migas ha sido que ha dado espacio a varias decenas de dibujantes, de todo tipo de estilos, y en diferentes momentos de su progresión. Los ha habido más y menos verdes, pero siempre se ha tenido presente que, precisamente, se trataba de dar espacio para crecer. Y siempre, por supuesto, ha dado la sensación de ser un proyecto de amigos, que se lo pasaban genial haciéndolo y que eran además muy prolíficos: en cada evento donde iban llevaban siempre un buen puñado de novedades.

Con ese espíritu, no sorprende el eclecticismo que ha estado siempre presente en todos sus números. Migas ha tenido todo tipo de influencias, temas y estilos. Es muy difícil clasificarlo en el panorama del fanzine español, porque no es exactamente vanguardia, pero tampoco es underground —o lo que hoy podemos considerar como heredero del underground original—; no es humor escatólogico, aunque a veces lo contenga, ni es paródico, aunque tenga parodias, ni friki, aunque algunas referencias lo sean. Es una especie de cristal de muchas facetas: según cuál miremos, nos parece una cosa u otra. Por momentos, parece seguir la estela de Adobo, pero otras, se sumerge en las historias desconcertantes, narrativamente rompedoras, de Daniel Clowes o David Sánchez. Pero siempre se hace desde la libertad y lo lúdico, sin tabúes, sin límites, con la conciencia de qué supone editar un fanzine a nivel de autogestión, aunque rara vez haya una militancia explícita.

En las páginas de Migas he visto encontrar un estilo sintético y modo de contar las cosas totalmente personal a Pablo Romano¸ a Gabi desarrollar un universo hermético y magnético, a Montoya o Sama pulirse y alcanzar interesantes cotas, a MA convertirse en un dibujante versátil y a Riquelme en uno técnicamente notable. En Migas fue donde descubrí al siempre oscuro Antoine Le Viril, y fue el primer sitio donde vi páginas de Conxita Herrero o Iria Alcojor, y donde ha publicado algunas de sus mejores historietas Joaquín Guirao. Han pasado por el fanzine El otro Samu, Fresús y Nacho García, por nombrar a algunos de los invitados más interesantes; pero, si repasamos la lista completa, es sorprendente cómo han conseguido liar a tanta gente buena. O no, porque el proyecto siempre ha sido abierto, y su espíritu es contagioso.

¿Qué podemos encontrar en este último número? Voy a ser sincero: para mí, de los números que he podido leer el mejor ha sido el décimo, el de las Spice Girl Power Rangers en portada. Es la cima de Migas. Pero el último está a una muy buena altura, la verdad. Tiene la novedad de incorporar un encarte central a color, con páginas muy potentes de Sama y Leo Könndeplus, además de dos de Nacho García en su registro más loco y fuera de la realidad. Una historieta cotidiana y desarmantemente sincera de Fresús abre el Migas, una buena forma de empezar la despedida. Las historias de Roberta Vázquez y Conxita Herrero son fantásticas, y el siempre interesante Joaquín Aldeguer entrega varias páginas de chistes y dibujos sueltos en su habitual estilo geométrico. «Coleguis» de JHF funciona como un tiro, igual que las páginas de Daniel Tudelilla, «La gata», una historia dura y sorprendentemente sombría. Iria Alcojor está tan bien como siempre: tengo muchas ganas de ver algo suyo un poco más largo. Guirao tiene dos historietas, una sobre un fanzinero elitista que se sitúa casi en las antípodas del proyecto de Migas, y otra de un roboto, en su línea más narrativamente oscura. Romano se despide con una historieta cómica y negra, Montoya lo hace con una crítica de la crítica al arte moderno.

Son mis piezas favoritas de este número, pero hay bastantes más autores. Es uno de los Migas con más invitados, y con más variedad de estilos, lo que supone un fantástico colofón al que ha sido uno de los fanzines más interesantes de su época. Leo las últimas páginas con cierta tristeza, porque el Migas siempre era un placer, pero también con la ilusión de entender que se cierra una etapa, que no es el fin de nada, sino el principio. Estoy seguro de que el núcleo de Migas seguirá dibujando, y seguirá creciendo. Son parte de una generación que lo tiene todo para ser la más libre artísticamente de todas, y las voces que ellos aportan resultan imprescindibles en este nuevo escenario que está gestándose desde la autoedición. No sabemos dónde estarán dentro de, pongamos, cinco años, pero esa incertidumbre es emocionante. Todo es posible. Pero el Migas quedará siempre como un muestrario de talento en crudo, sin procesar, que en el futuro se recordará como la primera publicación donde pudieron leerse páginas de artistas destacados.

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