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Una de fanzines.

No se me ocurre un modo mejor de calentar motores para el GRAF de este fin de semana que pasar revista a unos cuantos fanzines que he leído en los últimos tiempos, y que me han encantado. Todos tienen en común que forman parte de lo más artesanal del fenómeno: pequeños cuadernillos grapados, totalmente libres en su contenido. No es lo único que hay en GRAF, claro, pero sí es una parte que tiene especial interés para mí porque representa el futuro más furioso e imprevisible.

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Empezamos con un fanzine colectivo publicado por Lupa y sombrero, o lo que es lo mismo, Inma Lorente y Chema Peral. Boogie Woogie es un cuaderno muy cuidado en el que se dan cita un autor consagrado como Miguel B. Núñez, otra camino de estarlo, como Ana Galvañ, y un puñado de jóvenes entre los que están, por ejemplo, María Herreros y Nestor F. Lo más sorprendente es encontrarse al jovencísimo Tino, que tras su primer fanzine largo, Cosas brillantes, demuestra una evolución muy significativa. Cada vez dibuja mejor y si sigue así va a hacer cosas muy interesantes de mayor. Su historia, un homenaje a Michael Jackson, gira en torno al baile, al igual que la mayoría de las colaboraciones. La de Nestor F., sobre un dandy farsante, es buena, pero la que más me ha gustado de todas es la aportación de Joaquín Aldeguer, un ejercicio plástico brutal sobre una coreografía.

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Una cuestión menor de Conxita Herrero seguramente sea lo mejor que he leído de esta autora. De ella me gusta no sólo su dibujo, excelente, sino también la libertad con la que aborda su obra. No tiene la necesidad de mantenerse fiel al cómic, simplemente usa lo que necesita en cada momento para conseguir lo que desea. En los pequeños gestos cotidianos, en los silencios y en las frases lanzadas al vuelo Herrero encuentra una espacio narrativo que huye de modelos clásicos —sus historias de una página en el último Migas son buen ejemplo— y busca las sensaciones, las reflexiones íntimas que por su sinceridad nos llegan y provocan las propias. En Una cuestión menor hay textos y hay cómic, pero todo forma parte de un mismo hilo. Una pregunta importante pero formulada banalmente, que provoca una conversación de la que Herrero ofrece mútiples variantes cambiando los diálogos pero manteniendo la misma página. Y después, las opiniones de familia y amigas, y una deducción lógica a la que no le falta humor. Herrero ha encontrado una forma original de abordar temas cotidianos y sencillos, y está demostrando una espontaneidad fantástica. Y, por supuesto, a cada nueva obra mejora, y ésta ya tiene nivelazo.

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De Klari Moreno he leído recientemente tres fanzines, que me confirman que es una de las dibujantes más prometedoras de la escena fanzinerosa. Está haciendo ya cosas interesantísimas, dibuja con osadía, se atreve con todo, no para de sorprender y, se nota, poco a poco se va encontrando con su propia voz. Mierda de golondrina es una pequeña recopilación de historietas, textos e ilustraciones. Es un ejemplo perfecto de su versatilidad: si toca dibujar realista tira líneas y puntos de fuga como nadie, y si toca ponerse cartoon, hace unas historias con perros antropomorfos a las que, seguramente, todavía le faltan un par de vueltas pero que hablan de cosas importantes. Lxs autoshxxters —en colaboración con Cráneo Prisma— entra en terrenos más experimentales, donde Moreno se mueve mejor aún, en mi opinión. Es una especie de ensoñación en la que una chica se transmuta en animal y vive una pequeña aventura con otro. Estos animales de poder, por llamarlos de algún modo, se mueven con total libertad por la página, rompen los límites de las viñetas, flotan por el vacío… El trazo espontáneo de Herrero es perfecto para representar el movimiento de los animales sin envaramientos académicos, y me gusta, sobre todo, que el dibujo nunca deja de ser consciente de que lo es, y de que en la página puede pasar cualquier cosa y no basta con imitar la realidad.

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Pero el que más me ha gustado es Canina. Con él he despejado cualquier duda que pudiera quedarme sobre el futuro que le espera a Moreno. Es una obra mucho más redonda, más hecha, sin perder espontaneidad e inmediatez. Se nota que está dibujando mucho, y eso, a ciertas edades, no puede hacerse sin que vaya acompañado de una mejora palpable. Canina sigue en cierta forma el camino de Lxs autoshxxters; una aventura muda que desdeña la narrativa clásica para centrarse en el movimiento, pero aquí eso contrasta con un sentido de lo geométrico, de puro dibujo técnico, fantástico. En esta historia, que me ha recordado a algunas de Gabriel Corbera, una mujer poderosa, de cuyo cuerpo mana una especie de fuego, se ve impulsada a avanzar. Simplemente avanzar, a través del paisaje y de la línea, de la propia página. No hay palabras porque no hacen falta: lo esencial queda claro. Lo gráfico es ya sorprendentemente sólido en una autora tan joven, pero lo mejor es saber que en el próximo, seguramente, hará algo totalmente diferente.

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Por último, la última creación de Nacho García, una de las voces más personales y locas del cómic español. Suddenly Christian es una colección de historias protagonizadas por un monigote en precarias 3D que es cristiano —y habla en inglés—. Gags sin chiste final, sorprendentes, que juegan con la composición del muñeco, formado por varias partes. Es un gráfico hecho por ordenador que no oculta su naturaleza. Como en otras obras de Nacho, su aparente sencillez encierra una acidez subterránea, y este cristiano tristón que no entiende el arte ni tiene sueños, que parece dejarse llevar por la vida y ser tan gris que hasta sus ojos pasan de él, lo demuestra. Pero además es divertido de un modo tan puro que me hace feliz. Los tebeos de Nacho son como rayos de sol.

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Orgullo y Satisfacción 9, de VVAA.

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Llevo un mes entre unas cosas y otras que no paro y me van quedando cosas en el tintero, pero aunque sea con retraso quiero seguir con la tradición de comentar cada nuevo número de Orgullo y satisfacción. En mayo se ha publicado ya el noveno número, que siga la buena tónica de los últimos y no asienta tanto la parte más crítica y política como la más, por llamarla de algún modo, lúdica.

Algunas series están alcanzado cotas muy interesantes. Es el caso de «El show de Albert Monteys» de Monteys —obviamente—, que es siempre una de las primeras secciones que leo de la revista. Me encanta el humor contra sí mismo, y la parodia de su propio viejunismo y el cabreo que se pilla a cuenta de los emoticonos. Y qué demonios, que tiene mucha gracia dibujando. Lo mismo puede decirse de las series de Paco Alcázar, anárquicas y sin orden fijo, dado que una, «La fábrica de problemas», en realidad es un contenedor de tiras que pueden desaparecer de una semana a otra. En «La gran época», la otra serie de Alcázar, en este número aparece uno de sus personajes más grandes. Y no digo más.

«Tebeos basura» de Paco Sordo sigue excelente, cada vez más fino. «Bordes, raros y bobos» de Iu Forn y Bernardo Vergara también afina en esa renovación del comentario de titular de prensa —reproducido literalmente— que se remonta a los tiempos de El Papus y las secciones de Ivá. «Paco Pánico» de Mel, en cambio, no termina de entrarme, más allá de alguna tira concreta; prefiero sus colaboraciones puntuales. «Adonis, activista de la pista» parece estancada, como Manel Fontdevila estuviera buscando aún la mejor manera de desarrollar al personaje. Espero que dé con ello, porque su función es necesaria: hay que parodiar también al progre. En este número falta a su cita Manuel Bartual, pero a cambio tenemos serie nueva de Triz, «Eva… hace lo que puede». De momento es pronto para juzgar.

Pero las bombas de este número son otras. Lo de Luis Bustos, por ejemplo, otra currada monumental, esta vez para hablar de Blablacar y seguir haciendo crónica de nuestros tiempos con un dibujo que recoge tantas tradiciones diferentes que el resultado por fuerza tenía que ser bueno. No, en realidad eso es mentira; es muy complicado hacer esto bien. Y encima redondea su participación con un retrato chulísimo de Lemmy en la sección de textos de John Tones. Y otro que nunca falla es Alberto González Vázquez. Prefiero cuando entra a saco en temas políticos, pero tengo que reconocer que esta historieta sobre Antonio Banderas es brutal.

Y casi todo lo incluído en el dossier de las elecciones municipales también lo es. Lo que más me ha gustado es que por un lado evitan ponerse aleccionadores y decirnos a quién tenemos o no que votar, sin caer tampoco en el demagogo «todos son iguales», porque no lo son. Pero, por otro lado, como ya vienen demostrando desde el principio, no están aquí para dorarnos la píldora ni decirnos lo listos que somos. «¡Si el año que viene seguimos igual de mal, es que somos tontos del culo!», escribe Vergara, y creo que da totalmente en el clavo. Todos y todas tenemos nuestra parte de responsabilidad en esta mierda, y el humorista político no puede obviarlo. Aparte de lo de Vergara, están muy bien las aportaciones de Fontdevila y Monteys sobre los alcaldes, el lado más oscuro, chanchullero y populista de la política. Y ahora que han pasado unos días desde la publicación de este número y hemos entrado de lleno en la campaña electoral lo estamos viendo de sobra.

Dos apuntes más antes de cerrar: Guillermo está cada vez mejor. Que es un caricaturista supremo ya lo sabíamos, pero se está poniendo las pilas, o eso me parece a mí, y ganando en la distancia larga. Su historieta sobre Ana Botella es fantástica, por ejemplo.

Y el último: Fontdevila está últimamente dándole coba a una faceta suya muy negra que me encanta, que casi parece heredar un tipo de humor tremendista que pareció morir con la democracia: el que hacían los Chumy Chúmez, Gila y Summers, por ejemplo, toda la escuela de Hermano Lobo. A la página 98 me remito.

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Murcia, de Magius.

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Por muchos motivos, demasiados para profundizar aquí en ellos, la ficción española parecía reacia a mezclar nuestra historia y nuestra identidad con códigos de género y, más concretamente, con asuntos del fantástico. Cuando el cómic español ha tirado por esos derroteros casi siempre ha sido mediante una deslocalización: rara vez una historia fantástica se ambienta aquí. Lo nuestro era más el realismo sucio, más o menos estilizado o exagerado, desde Makinavaja a Makoki. Tal vez alguna historia de Martí sí tirara por ese camino, y por supuesto, a su manera, el Fanhunter de Cels Piñol demostró que se podía hacer ciencia ficción ambientada en España y que al público le interesara. Pero, seguramente, quien más ha hecho por abrir una vía del fantástico español que no sea una mera imitación neutra es Álex de la Iglesia, que con películas como Acción mutante y, sobre todo, El día de la bestia, demostró que el realismo y la sátira podían mezclarse con tramas fantásticas; y que la historia resultante podía asentarse totalmente en la realidad española más esperpéntica sin que por ello el resultado fuera cutre. Al contrario: potenciando ese esperpento se alcanzaba algo nuevo.

Y ahora, en 2015, acabamos de ver en la televisión estatal una serie, El ministerio del tiempo, que se entrega al fantástico sin rubor y lo entremezcla con medidas dosis de realidad social y hasta velada crítica política. Y mientras, ¿qué pasa en los tebeos? Hace muy poco tuvimos una fantástica muestra de esta tendencia: Nosotros llegamos primero, de Furillo. Pero en este caso el humor más bestia estaba en primer plano. La propuesta que hoy tengo entre manos es más sutil y requiere, seguramente, de una lectura más calmada.

Diego Corbalán es murciano, y este dato, que en otros autores podría ser más o menos anecdótico, es esencial para entender su obra reciente. Aquí, investido como Magius, culmina con una historia larga su búsqueda de algo así como una mitología oscura enraizada en la historia y la naturaleza murciana: Lovecraft en la huerta. En las páginas de Murcia se nos presenta un culto arcano, que se debate entre el dios cristiano y las deidades paganas, y cuyos miembros salen en procesión igual que realizan pactos de tintes satánicos en ignotos sótanos, que incluyen sodomía y sacrificios humanos. Pero hay algo más allá de la iconografía y la trama, digamos, oscura: la verdadera dimensión de este cómic no se entiende sin atender qué está reflejando, que es donde está el verdadero veneno. Los protagonistas son un grupo de empresarios conservadores y religiosos, con muchísimo dinero y ninguna intención de dejar de tenerlo. Controlan en la sombra la política y la economía de Murcia y tejen una red clientelar a la que atan con obligaciones mágicas, mientras usan como meros peones a la gente de clase baja, «los huertanos». La metáfora es maravillosa, y alude directamente a una casta que se ha situado en los principales puestos de poder de las empresas y bancos españoles, e incluso en los ministerios. Magius no menciona su nombre, «Opus Dei», pero sí alude a la universidad católica y al «camino neocatecumenal». Esa ligazón con una realidad tan oscura o más que la que se muestra en Murcia es lo que otorga a la obra una dimensión verdaderamente perturbadora.

Por lo demás, es interesante cómo Magius emplea el folclore murciano, bastante desconocido en el resto de la península. Los trajes regionales convertidos en uniformes sectarios, la huerta como siniestro escenario de sacrificio a los dioses arcanos —en una secuencia soberbia—, el dialecto panocho convertido en lengua críptica empleada por un grupo religioso-terrorista… Me encanta el ambiente que consigue y, sobre todo, pienso que es tremendamente original, algo de vaor incalculable cuando se publica tanto como ahora.

La edición de Entrecomics Comic acierta de lleno en el formato, suficientemente grande como para que los densos textos respiren y se lean con comodidad, y el dibujo de Magius, tan certero en la caricatura como en el reflejo de los ambientes de Murcia, se complementa con una paleta de colores sobria y oscura, perfecta. El final abierto redondea la estructura atípica de la historia, que deja enigmas por el camino; tal vez por eso perturba al lector como lo hace, aunque, como en los grandes esperpentos, el humor siempre está ahí.

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La vida se te escapa, de Joaquín Guirao.

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Hay una manera de que la ficción conecte con la época en la que se engendra —si es que esto no sucede siempre de una forma u otra— que no tiene tanto que ver con las citas a la actualidad o el reflejo obvio de situaciones concretas, sino que escarba más profundamente y pretende algo diferente: plasmar lo que hay por debajo, lo emocional, el estado de las cosas más que las cosas en sí. Es la forma en la que funciona la obra de Joaquín Guirao, al que yo considero uno de los que mejor ha sabido entendernos en el cómic español de hoy. En las páginas de Bienvenido a Zaira, el webcómic posteriormente recopilado en papel de Guirao, los animales que protagonizan sus historias no viven en España, ni están en paro —que sepamos—, ni aparece Mariano Rajoy. Pero captan algo que va más allá de lo circunstancial: hablan de las enfermedades sociales, de la neurosis, de la incapacidad para la comunicación y de la casi permanente insatisfacción en la que vivimos. En Love thing, una de sus mejores historias, trazaba un certero retrato de la adolescencia, que es la época donde quizá todo eso se exacerba.

Tras aquella joya, tenía muchas ganas de leer La vida se te escapa, publicado recientemente por mis amigos de Entrecomic Comics, porque sentía curiosidad por ver cómo Guirao se adaptaba a la narración larga. En este cómic lo que se plantea es aparentemente humilde: un día en la vida de un pobre perdedor cualquiera —¿acaso no lo podemos ser todos?— que comienza una etapa nueva en una nueva ciudad y con un nuevo trabajo como profesor, que le permitirá dedicar tiempo a su pasión, la escritura. Por supuesto, todo se tuerce desde el primer momento. La manera en la que Guirao amontona meteduras de pata y desencuentros, ninguno catastrófico pero terribles por acumulación, consigue una respuesta inmediata en los lectores: una profunda empatía. Yo lo paso mal con estas historias, porque el clima constante de incomodidad —concretado en esas caras tan características que dibuja Guirao, matizadas con puros recursos de historieta— está muy bien medido.

Leemos La vida se te escapa con el deseo de que algo, aunque sea una chorrada, le salga bien al protagonista, pero al mismo tiempo sabemos que muchas veces la vida es justo así: un cúmulo de circunstancias que se nos escapan, situaciones que sobrepasan nuestra capacidad y que se imponen a nuestra voluntad, por buenas que sean nuestras intenciones. Esa zozobra, ese permanente malestar que se adueña del personaje, es quizás un signo no de debilidad, sino de consciencia. De hecho, ahí está la clave: el protagonista es el tipo más normal —neurótico y nervioso, pero por lo demás normal— del tebeo; son el resto los que hacen y dicen cosas extrañas, y él se da cuenta. Bueno, más que extrañas… completamente disonantes. La sensibilidad de Guirao aquí no admite comparación. Siento la tentación de asemejar su capacidad para reventarnos la cabeza asociando ideas inasociables y  saltándose lo verosímil a la de David Sánchez, pero en realidad son muy diferentes; Sánchez es más hermético. Guirao explica más, su protagonista, que es nuestra proyección en ese universo alterado, se asusta y sorprende como lo haríamos nosotros. Y hay, por supuesto, mucho humor. Humor jodido, del que te hace sentir mal por reírte, pero humor al fin y al cabo: la secuencia en casa de la profesora me parece una cumbre.

Quier destacar también algo esencial: Joaquín Guirao es un dialoguista brillante. Tiene un tono personal finísimo, que capta lo oral y llena de matices a sus personajes: ese «pásatelo pirata», por ejemplo, combinada con la cara sosa del que lo dice.

A Guirao se le puede emparentar con cierta tradición satírica americana, y de hecho conoce a muchos viñetistas clásicos. Yo siempre le he visto algo de Daniel Clowes, y por supuesto tiene cierta influencia de The Simpsons. Pero más allá de eso, el resultado es profundamente personal. Sus obras parecen inmediatas, sobre todo por el humor y el dibujo suelto, pero al mismo tiempo hay detrás una inteligencia a la hora de presentar los temas inusitada. Cada página deja huella y ganas de volver, no podemos abandonar a esos personajes machacados por la vida, explotados por la sociedad y abandonados a su suerte. Pero, en el fondo, Guirao es un humanista. Quiere a sus personajes y los trata con cariño. Al protagonista, desde luego, pero también a cada uno de los tarados con los que se cruza. Parece decirnos, sobre todo con su final, que sí, que la vida es un asco, pero que no estamos solos del todo. Tal vez no haya redención, tal vez nadie vaya a salvarnos, pero al menos alguien puede comprendernos cuando la vida se nos escapa. Guirao, que todavía es joven, es ya un autor a tener en cuenta. Lo es por personalidad, originalidad y relevancia, por su sintonía con el momento actual. Lo es porque cada tebeo suyo es mejor que el anterior, y porque en lugar de demagogia, autoayuda y/o nihilismo, ofrece algo más chungo y a la vez más necesario: preguntas sobre nuestra propia naturaleza.

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Orgullo y Satisfacción 8, de VVAA.

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El dossier del número de abril de Orgullo y satisfacción es aunque no lo parezca el más osado y el que más marca la distancia con los medios tradicionales de los que han publicado hasta ahora. Tal vez si no se conocen los entresijos de esto parezca a priori menos peliagudo hablar de «Grandes marcas» que de políticos, religión o monarquía, pero, en realidad, muchos humoristas gráficos aseguran que los mayores problemas de censura con su trabajo que han tenido tiene que ver con marcas comerciales poderosas. ¿Por qué? Bueno, en dos palabras: la publicidad. Todo medio de comunicación tradicional se mantiene gracias a la inyección de pasta que meten los anunciantes, entre ellos, por cierto, la publicidad institucional, que los gobiernos emplean como moneda de cambio. No es censura legal, es algo mucho más sutil y perverso: usted tiene libertad para hacer un chiste de mi cadena de tiendas, por supuesto, o para contar los chanchullos del presidente ejecutivo, pero yo también soy libre de cerrar el grifo de los anuncios, y entonces a ver qué pasa. La crisis ha endurecido todavía más esto, porque los medios ya apenas tienen margen de maniobra, y así, se ven obligados a contar los desahucios como si fueran fruto de una especie de banco astral, etéreo, sin nombre, o a guardar silencio sepulcral sobre determinadas sentencias judiciales que afectan a poderosas empresas.

Por eso esperaba con muchas ganas el momento en el que OyS decidiera meterse en este jardín, que sabía que tenía que llegar tarde o temprano, porque OyS nació para meterse en jardines, por supuesto. El resultado es fantástico, uno de los mejores números hasta ahora. No sé si se ha hecho esperar porque estaban encontrando el momento y documentándose, pero se notan las ganas de los autores de ajustar cuentas después de años trabajando en medios en los que les han tocado las narices con chuminadas, por si acaso el señor Telefónica se enfada.

Ya el editorial trata el tema y es muy divertido, especialmente el personaje de Guillermo, pero el dossier en sí está lleno de información y es interesantísimo. Monteys se ocupa de una primera página necesaria precisamente para que los lectores entiendan la razón de ser del dossier, y además le mete mano al caso de la fábrica de Coca-Cola cerrada en Fuenlabrada y las arteras artimañas para desobeceder las sentencias judiciales. Informado y con la gracia de siempre, es una de las mejores historietas de este número. Manel Fontdevila, en otro tono, se ceba con las siniestras prácticas laborales de El Corte Inglés —si conocéis a alguien que tenga la suerte de currar en uno, sabréis que casi se queda corto—. Guillermo y Luis Bustos completan el póker del dossier encargándose del Banco Santander / Emilio Botín y Zara / Amancio Ortega respectivamente. Los cuatro levantan bastantes ampollas. También hay un buen texto de Isaac Rosa sobre El Corte Inglés de nuevo, una historieta sobre Mercadona de Mel, y algunos chistes de una página, entre ellos uno muy meta con RBA de Bustos, antológico.

¿Y el resto del número? Pues continúan las series en marcha con entregas de «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio» —muy buena—, «El show de Albert Monteys», el maravilloso caos de las series de Paco Alcázar, y el «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual, que pienso que a estas alturas ya podemos decir que es de lo mejor que ha hecho el autor. Las aportaciones de Alberto González Vázqquez, especialmente las que protagoniza Ferrá Adriá, son divertidísimas, y además demuestran que no necesita ser cafre para hacer gracia. Fontdevila le mete una colleja a Pablo Iglesias que me gusta no sólo por aquello de repartir a todos, sino sobre todo porque demuestra que el humor necesita no ser complaciente con su público. La colaboración de Lalo Kubala es especial porque trata de sus vacaciones en Túnez, que coincidieron con el atentado reciente.

Quiero destacar la historieta de Morán y Triz, porque normalmente se queda en un segundo plano. En esta ocasión me ha parecido fantástica y muy sagaz al desarrollar a dónde nos puede llevar la afición del gobierno de cambiar el nombre a las cosas —ya sabéis, «investigado» por «imputado»—. Me parece inteligentísima la manera en la que acaban cuestionando cómo las palabras importan y dan forma a la realidad, sin salirse nunca del gag de Mariano y Soraya.

En fin, que OyS sigue muy en forma, afinando cada vez más y sin perder de vista nunca su razón de ser. Y haciendo historia del cómic español, vamos a decirlo claro.

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Lecturas variadas.

Aprovecho que es viernes —una excusa tan buena como otra cualquiera— para comentar brevemente algunas lecturas que he ido haciendo estas últimas semanas y que me temo que no tengo tiempo de reseñar con más calma.

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El primero es Negras son las estrellas (Norma Editorial), la tercera entrega de Ralph Azham, la serie de fantasía de Lewis Trondheim con la que parece quitarse —y quitarnos—el mono de La mazmorra. Sigue sin ser lo mismo porque falta Sfar en la ecuación y porque el mundo de aquella serie y su reparto de personajes había crecido ya mucho, pero a pesar de ello es un buen tebeo, aunque lo lea sin el entusiasmo con el que recibía cada álbum de La mazmorra —eso es cosa mía—. Trondheim pincha tópicos y le da la vuelta a situación clásicas del género fantástico, tan sobado ya, pero no por eso deja de tomarse en serio lo que cuenta, y se aplica en superar las limitaciones del formato y hacer avanzar la trama bastante en cada entrega. A estas alturas la historia ya ha alcanzado una dimensión global, tras partir de la típica situación con chico desarraigado en pueblo perdido de la mano de dios, y se ha oscurecido bastante. Creo que tras dos álbumes que leía por ser de Trondheim, básicamente, me he encariñado con los personajes. Sin este componente emocional creo que es imposible disfrutar de verdad de una serie así, así que espero que ahora venga lo mejor. Eso sí, el ritmo de publicación me sigue matando. ¿De verdad no sería mejor publicar esto en tomos directamente, Lewis?

hombre pobre

Hombre pobre, hombre rico (ECC) es la segunda entrega de la Antología poética de El Papus, la recuperación del material de la mítica revista que está llevando a cabo Toni Guiral en el seno de ECC. De nuevo es una serie de Ja, que junto con Ivá era el más bestia de la revista y al mismo tiempo el más reivindicable hoy, por mucho que su humor sobrepase muchos de los límites que los tiempos han establecido hoy —y no hablo de censura solamente, sino de sensibilidad social—. Esta sección tenía mucho de comentario de actualidad, aunque fuera tan anárquica como cabría esperarse de Ja. Comienza de hecho acompañando al editorial, aunque pronto pasa a páginas interiores para dejar espacio en la tercera a una historia sin título fijo, más adaptable. En Hombre pobre, hombre rico Ja juega a comparar a dos personajes, primero siempre simbólicos, pero más adelante con nombres y apellidos, que representan dos situaciones reales, aparecidas en prensa —con titulares fotocopiados refrendando su autenticidad—. Con ese recurso repetitivo pone de manifiesto las diferencias de clase, el diferente trato que la justicia otorgaba a unos y a otros, y el tratamiento de los medios de comunicación en ambos casos. Todo, por supuesto, burrísimo, sin preocuparse demasiado de las consecuencias, y con su lenguaje habitual, vivísimo. Una vez más, de quitarse el sombrero los artículos de Guiral, que contextualizan y explican las referencias de las historietas para el público que no viviera la época.

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Caspa en los sobacos (Rat Inkdustries) de Piñata es otra recopilación de humor, pero muy diferente. Es material del más cafre y escatológico aparecido en TMEO, una mezcla de mierda, sangre, semen y pus que no parece tener límites. Precisamente por eso, recopilado este material pierde impacto porque uno no siente asco realmente, a pesar de que por separado cada una de las páginas asquerosas de Piñata son un monumento al horror vacui más cerdo. «Altercado en el palacio X», precisamente porque tiene un argumento un poco más elaborado sin renunciar a la escatología, es mi historia favorita.

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Bumf (Reservoir Books) es una nueva obra de Joe Sacco, nada menos. El registro es muy diferente al que estamos acostumbrados, y se adentra en el complicado terreno de la sátira política. Que además en este caso es además profundamente americana y alegórica, inserta en una tradición muy concreta. Sacco, no descubro nada, es inteligentísimo y sutil, y cada escena de esta historia parece encerrar algún doble significado. Plantea, básicamente, un organismo de control de la población a lo Gran Hermano, no muy diferente del que sueñan los garantes de la seguridad —y no sólo en EE. UU.—, y una especie de Guantánamo ubicado en otro planeta, al que se accede por un portal dimensional, y en el que, obvio, no se aplica la legalidad vigente y todo es posible. Seguramente presentar al presidente de la nación como un capullo imbécil manejado por los poderes en la sombra no sea muy original, pero Sacco mueve todo con gracia y mucha mala leche, y no deja mucho espacio a la esperanza, en la mejor tradición de la sátira, claro. Sin embargo, tengo que decir que me ha dejado un poco frío. Intelectualmente lo entiendo y lo he disfrutado, pero me temo que al lector español le faltan referentes para disfrutar totalmente un cómic que, pese a ello, merece la pena.

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Cuaderno uno, de Miguel B. Núñez.

cuaderno uno

Recientemente he podido leer Cuaderno uno, de Miguel B. Núñez, editado por Libros de Autoengaño en una modesta tirada de doscientos ejemplares de impresión digital en A5. Núñez es un autor interesante que siempre ha ido un poco a su aire, sin demasiado éxito de público, aunque, por ejemplo, El fuego (¡Caramba!, 2013) me parece uno de los cómics más injustamente ignorados en los últimos años. En este Cuaderno uno la intención es muy diferente: se trata de un diario dibujado en un estilo mucho más convencional y espontáneo, donde Núñez apunta anécdotas que le han sucedido o reflexiones que le vienen a la cabeza desde 2009 a 2013.

El tono contemplativo, favorecido por el propio carácter de Núñez y por su residencia en una zona rural muy tranquila, con terrenos y algunos animales de su propiedad, resulta muy cercano al que parece su gran inspiración: Las pequeñeces de Lewis Trondheim. Pero mientras el francés cierra sus páginas con una intención narrativa más consciente —en el sentido de que finaliza las pequeñas historias— y busca a veces el humor, Núñez es más libre. Parece como si realmente esto lo estuviera dibujando exclusivamente para él. Sea cierto o no, esa intimidad se traslada al lector, que entra en su mundo sin darse cuenta: su interés por la ciencia, sus gustos musicales, sus cómics, su relación de pareja, el nacimiento del primer hijo…

Me ha encantado la delicadeza de este librito. La manera humilde en la que Núñez reflexiona en voz alta, la inmediatez con la que está dibujado, y la sencillez con la expone todo. Me habría gustado que las páginas estuvieran un poco más limpias, especialmente en lo que respecta a los textos, pero seguramente así se habría perdido la sensación de estar prácticamente leyendo el mismo cuaderno que el autor dibujó.

Este tipo de obras, que para algunos son de las que «no cuentan nada», en el fondo son las que más profundamente nos acercan a la naturaleza de la vida real. Las pequeñas cosas del día a día se mezclan con las grandes alegrías y tragedias que sobrevienen sin más, sin guión previo, como este cómic. En su últimas páginas, tras un salto en el tiempo de más de un año, no podemos evitar sentir una punzada de amargura cuando descubrimos qué ha pasado en ese tiempo en la vida de Núñez. Y si es así es únicamente porque en todas las páginas anteriores ha conseguido que empaticemos con él y entremos de lleno en su vida, que no es nada extraordinaria, pero que es tan interesante como cualquier otra vida.

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