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Orgullo y Satisfacción 8, de VVAA.

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El dossier del número de abril de Orgullo y satisfacción es aunque no lo parezca el más osado y el que más marca la distancia con los medios tradicionales de los que han publicado hasta ahora. Tal vez si no se conocen los entresijos de esto parezca a priori menos peliagudo hablar de «Grandes marcas» que de políticos, religión o monarquía, pero, en realidad, muchos humoristas gráficos aseguran que los mayores problemas de censura con su trabajo que han tenido tiene que ver con marcas comerciales poderosas. ¿Por qué? Bueno, en dos palabras: la publicidad. Todo medio de comunicación tradicional se mantiene gracias a la inyección de pasta que meten los anunciantes, entre ellos, por cierto, la publicidad institucional, que los gobiernos emplean como moneda de cambio. No es censura legal, es algo mucho más sutil y perverso: usted tiene libertad para hacer un chiste de mi cadena de tiendas, por supuesto, o para contar los chanchullos del presidente ejecutivo, pero yo también soy libre de cerrar el grifo de los anuncios, y entonces a ver qué pasa. La crisis ha endurecido todavía más esto, porque los medios ya apenas tienen margen de maniobra, y así, se ven obligados a contar los desahucios como si fueran fruto de una especie de banco astral, etéreo, sin nombre, o a guardar silencio sepulcral sobre determinadas sentencias judiciales que afectan a poderosas empresas.

Por eso esperaba con muchas ganas el momento en el que OyS decidiera meterse en este jardín, que sabía que tenía que llegar tarde o temprano, porque OyS nació para meterse en jardines, por supuesto. El resultado es fantástico, uno de los mejores números hasta ahora. No sé si se ha hecho esperar porque estaban encontrando el momento y documentándose, pero se notan las ganas de los autores de ajustar cuentas después de años trabajando en medios en los que les han tocado las narices con chuminadas, por si acaso el señor Telefónica se enfada.

Ya el editorial trata el tema y es muy divertido, especialmente el personaje de Guillermo, pero el dossier en sí está lleno de información y es interesantísimo. Monteys se ocupa de una primera página necesaria precisamente para que los lectores entiendan la razón de ser del dossier, y además le mete mano al caso de la fábrica de Coca-Cola cerrada en Fuenlabrada y las arteras artimañas para desobeceder las sentencias judiciales. Informado y con la gracia de siempre, es una de las mejores historietas de este número. Manel Fontdevila, en otro tono, se ceba con las siniestras prácticas laborales de El Corte Inglés —si conocéis a alguien que tenga la suerte de currar en uno, sabréis que casi se queda corto—. Guillermo y Luis Bustos completan el póker del dossier encargándose del Banco Santander / Emilio Botín y Zara / Amancio Ortega respectivamente. Los cuatro levantan bastantes ampollas. También hay un buen texto de Isaac Rosa sobre El Corte Inglés de nuevo, una historieta sobre Mercadona de Mel, y algunos chistes de una página, entre ellos uno muy meta con RBA de Bustos, antológico.

¿Y el resto del número? Pues continúan las series en marcha con entregas de «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio» —muy buena—, «El show de Albert Monteys», el maravilloso caos de las series de Paco Alcázar, y el «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual, que pienso que a estas alturas ya podemos decir que es de lo mejor que ha hecho el autor. Las aportaciones de Alberto González Vázqquez, especialmente las que protagoniza Ferrá Adriá, son divertidísimas, y además demuestran que no necesita ser cafre para hacer gracia. Fontdevila le mete una colleja a Pablo Iglesias que me gusta no sólo por aquello de repartir a todos, sino sobre todo porque demuestra que el humor necesita no ser complaciente con su público. La colaboración de Lalo Kubala es especial porque trata de sus vacaciones en Túnez, que coincidieron con el atentado reciente.

Quiero destacar la historieta de Morán y Triz, porque normalmente se queda en un segundo plano. En esta ocasión me ha parecido fantástica y muy sagaz al desarrollar a dónde nos puede llevar la afición del gobierno de cambiar el nombre a las cosas —ya sabéis, «investigado» por «imputado»—. Me parece inteligentísima la manera en la que acaban cuestionando cómo las palabras importan y dan forma a la realidad, sin salirse nunca del gag de Mariano y Soraya.

En fin, que OyS sigue muy en forma, afinando cada vez más y sin perder de vista nunca su razón de ser. Y haciendo historia del cómic español, vamos a decirlo claro.

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Lecturas variadas.

Aprovecho que es viernes —una excusa tan buena como otra cualquiera— para comentar brevemente algunas lecturas que he ido haciendo estas últimas semanas y que me temo que no tengo tiempo de reseñar con más calma.

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El primero es Negras son las estrellas (Norma Editorial), la tercera entrega de Ralph Azham, la serie de fantasía de Lewis Trondheim con la que parece quitarse —y quitarnos—el mono de La mazmorra. Sigue sin ser lo mismo porque falta Sfar en la ecuación y porque el mundo de aquella serie y su reparto de personajes había crecido ya mucho, pero a pesar de ello es un buen tebeo, aunque lo lea sin el entusiasmo con el que recibía cada álbum de La mazmorra —eso es cosa mía—. Trondheim pincha tópicos y le da la vuelta a situación clásicas del género fantástico, tan sobado ya, pero no por eso deja de tomarse en serio lo que cuenta, y se aplica en superar las limitaciones del formato y hacer avanzar la trama bastante en cada entrega. A estas alturas la historia ya ha alcanzado una dimensión global, tras partir de la típica situación con chico desarraigado en pueblo perdido de la mano de dios, y se ha oscurecido bastante. Creo que tras dos álbumes que leía por ser de Trondheim, básicamente, me he encariñado con los personajes. Sin este componente emocional creo que es imposible disfrutar de verdad de una serie así, así que espero que ahora venga lo mejor. Eso sí, el ritmo de publicación me sigue matando. ¿De verdad no sería mejor publicar esto en tomos directamente, Lewis?

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Hombre pobre, hombre rico (ECC) es la segunda entrega de la Antología poética de El Papus, la recuperación del material de la mítica revista que está llevando a cabo Toni Guiral en el seno de ECC. De nuevo es una serie de Ja, que junto con Ivá era el más bestia de la revista y al mismo tiempo el más reivindicable hoy, por mucho que su humor sobrepase muchos de los límites que los tiempos han establecido hoy —y no hablo de censura solamente, sino de sensibilidad social—. Esta sección tenía mucho de comentario de actualidad, aunque fuera tan anárquica como cabría esperarse de Ja. Comienza de hecho acompañando al editorial, aunque pronto pasa a páginas interiores para dejar espacio en la tercera a una historia sin título fijo, más adaptable. En Hombre pobre, hombre rico Ja juega a comparar a dos personajes, primero siempre simbólicos, pero más adelante con nombres y apellidos, que representan dos situaciones reales, aparecidas en prensa —con titulares fotocopiados refrendando su autenticidad—. Con ese recurso repetitivo pone de manifiesto las diferencias de clase, el diferente trato que la justicia otorgaba a unos y a otros, y el tratamiento de los medios de comunicación en ambos casos. Todo, por supuesto, burrísimo, sin preocuparse demasiado de las consecuencias, y con su lenguaje habitual, vivísimo. Una vez más, de quitarse el sombrero los artículos de Guiral, que contextualizan y explican las referencias de las historietas para el público que no viviera la época.

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Caspa en los sobacos (Rat Inkdustries) de Piñata es otra recopilación de humor, pero muy diferente. Es material del más cafre y escatológico aparecido en TMEO, una mezcla de mierda, sangre, semen y pus que no parece tener límites. Precisamente por eso, recopilado este material pierde impacto porque uno no siente asco realmente, a pesar de que por separado cada una de las páginas asquerosas de Piñata son un monumento al horror vacui más cerdo. «Altercado en el palacio X», precisamente porque tiene un argumento un poco más elaborado sin renunciar a la escatología, es mi historia favorita.

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Bumf (Reservoir Books) es una nueva obra de Joe Sacco, nada menos. El registro es muy diferente al que estamos acostumbrados, y se adentra en el complicado terreno de la sátira política. Que además en este caso es además profundamente americana y alegórica, inserta en una tradición muy concreta. Sacco, no descubro nada, es inteligentísimo y sutil, y cada escena de esta historia parece encerrar algún doble significado. Plantea, básicamente, un organismo de control de la población a lo Gran Hermano, no muy diferente del que sueñan los garantes de la seguridad —y no sólo en EE. UU.—, y una especie de Guantánamo ubicado en otro planeta, al que se accede por un portal dimensional, y en el que, obvio, no se aplica la legalidad vigente y todo es posible. Seguramente presentar al presidente de la nación como un capullo imbécil manejado por los poderes en la sombra no sea muy original, pero Sacco mueve todo con gracia y mucha mala leche, y no deja mucho espacio a la esperanza, en la mejor tradición de la sátira, claro. Sin embargo, tengo que decir que me ha dejado un poco frío. Intelectualmente lo entiendo y lo he disfrutado, pero me temo que al lector español le faltan referentes para disfrutar totalmente un cómic que, pese a ello, merece la pena.

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Cuaderno uno, de Miguel B. Núñez.

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Recientemente he podido leer Cuaderno uno, de Miguel B. Núñez, editado por Libros de Autoengaño en una modesta tirada de doscientos ejemplares de impresión digital en A5. Núñez es un autor interesante que siempre ha ido un poco a su aire, sin demasiado éxito de público, aunque, por ejemplo, El fuego (¡Caramba!, 2013) me parece uno de los cómics más injustamente ignorados en los últimos años. En este Cuaderno uno la intención es muy diferente: se trata de un diario dibujado en un estilo mucho más convencional y espontáneo, donde Núñez apunta anécdotas que le han sucedido o reflexiones que le vienen a la cabeza desde 2009 a 2013.

El tono contemplativo, favorecido por el propio carácter de Núñez y por su residencia en una zona rural muy tranquila, con terrenos y algunos animales de su propiedad, resulta muy cercano al que parece su gran inspiración: Las pequeñeces de Lewis Trondheim. Pero mientras el francés cierra sus páginas con una intención narrativa más consciente —en el sentido de que finaliza las pequeñas historias— y busca a veces el humor, Núñez es más libre. Parece como si realmente esto lo estuviera dibujando exclusivamente para él. Sea cierto o no, esa intimidad se traslada al lector, que entra en su mundo sin darse cuenta: su interés por la ciencia, sus gustos musicales, sus cómics, su relación de pareja, el nacimiento del primer hijo…

Me ha encantado la delicadeza de este librito. La manera humilde en la que Núñez reflexiona en voz alta, la inmediatez con la que está dibujado, y la sencillez con la expone todo. Me habría gustado que las páginas estuvieran un poco más limpias, especialmente en lo que respecta a los textos, pero seguramente así se habría perdido la sensación de estar prácticamente leyendo el mismo cuaderno que el autor dibujó.

Este tipo de obras, que para algunos son de las que «no cuentan nada», en el fondo son las que más profundamente nos acercan a la naturaleza de la vida real. Las pequeñas cosas del día a día se mezclan con las grandes alegrías y tragedias que sobrevienen sin más, sin guión previo, como este cómic. En su últimas páginas, tras un salto en el tiempo de más de un año, no podemos evitar sentir una punzada de amargura cuando descubrimos qué ha pasado en ese tiempo en la vida de Núñez. Y si es así es únicamente porque en todas las páginas anteriores ha conseguido que empaticemos con él y entremos de lleno en su vida, que no es nada extraordinaria, pero que es tan interesante como cualquier otra vida.

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Orgullo y satisfacción 7, de VVAA.

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Siete números ya de Orgullo y satisfacción: más de medio añito. El proyecto sigue adelante y a estas alturas, o al menos en el número de este mes, ya no esperamos grandes revoluciones. Ha encontrado un modelo perfectamente equilibrado entre series, actualidad y las secciones fijas del dossier y las «últimas letizias». La revista es plural, tiene su propia personalidad y al mismo tiempo otorga a cada autor margen de maniobra y libertad para hacer y deshacer en su espacio. Hay alguna novedad, como la sección de Bernardo Vergara e Iu Forn, pero no son grandes movimientos. Por todo esto, la verdad es que no tengo mucho que añadir, en términos generales, a lo que he escrito en meses anteriores. Pero sí quiero comentar algunos de los contenidos de este número 7:

Lo de los editoriales de la revista empieza a ser de antología. En éste, el invitado especial me ha hecho partirme.

Manel Fontdevila ha dibujado las mejores páginas, esta vez. «Lampedusa» es tan negro y descorazonador como Tengo hambre, el cómic que realizó Fontdevila junto a Santiago García. Comparten el mismo humor negrísimo, que es un espacio en el que se siente muy cómodo y desde el que es capaz de lanzar la crítica más despiadada. Cuando se pone serio, simplemente no tiene rival.

Paco Alcázar está sacando diamantes del formato de tira de tres viñetas que maneja en «La fábrica de problemas», que es, de todo cuanto hace ahora, seguramente lo que más me gusta. Espero cada mes la tira de «Francisco Ibáñez» como si fuera maná caído del cielo.

Manuel Bartual está cada vez más loco y divertido en «Bienvenidos al futuro». Se nota lo mucho que disfruta con ella. Visto en perspectiva, creo que, creativamente, ha sido de los dibujantes que más se han beneficiado del cambio.

Albert Monteys, Alberto González Vázquez y Luis Bustos se han convertido en tres pilares básicos de la revista. En este número seguramente no están sus mejores colaboraciones para Orgullo y satisfacción, pero eso sólo demuestra el nivelazo en el que se mueven. Nunca defraudan.

Mel ha dibujado la que creo que es mi tira favorita de «Paco Pánico», que no siempre me hace gracia, la verdad sea dicha. Se trata de la segunda de la página 13.

Este mes vuelve a haber un regalo exclusivo para suscriptores —otro motivo más para convertirse en uno y dejar de estar pendiente de pagar el número de cada mes—, el especial «Leyendas urbanas de la política española». Es una idea original y buenísima en la que se mezclan leyendas urbanas muy conocidas con políticos españoles. Los resultados son loquísimos y rozan el absurdo más delirante. Mis páginas favoritas seguramente sean las viñetas de Paco Alcázar —protagonizada por dos políticos catalanes—, las «Tres ideas en una» de Vergara y la viñetaza de Guillermo con Pedro Sánchez y la chica de la curva.

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Una tanda de fanzines.

Vamos con unos cuantos fanzines que he leído en las última semanas y que no quiero dejar pasar sin comentar, porque merecen la pena.

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El primero es una pequeña joya de Conxita Herrero, Si sale dale. Herrero es una de las dibujantes jóvenes más interesante del fanzinerismo actual. Tiene algo de Alexis Nolla o de Peter Jojaio en la limpieza de línea y en el carácter icónico de su dibujo, pero añade un toque enigmático y a veces perturbador al arrebatarle a sus personajes los ojos y la boca. Más allá de eso, de Herrero me interesa mucho su manera de ver la narrativa, abrupta, desconcertante, nunca convencional. Sus historias no son tales, parecen más bien momentos capturados al vuelo, desubicados y sin referencia. Sus páginas evocan sensaciones y afrontan lo irrepresentable con una sencillez desarmante. Estoy convencido de que pronto pegará un golpe en la mesa con una obra rotunda, si es ésa su intención, pero mientras podemos disfrutar fanzines tan sugerentes como éste. Un relato críptico de textos cercanos al caligrama, pura simbología en la que Herreros explica su relación con el lío —así, en abstracto—. Lo ilustra con dibujos sencillos y poderosos, sin renunciar al humor.

taxidermia

El siguiente es otro fanzine publicado por Carinio Ediciones, el sello que dirigen Herrero, Klari Moreno y Alejandra Pastrana: Taxidermia Fanzine. Se trata de un cuadernillo colaborativo y multidisciplinar lleno de ideas y colaboraciones sugerentes. Hay relato breve, ilustración, una historieta de dos páginas de Conxita Herrero sobre el miedo a morir fabulosa, fotografía, citas… Y una entrevista a una taxidermista que confieso que no he podido terminar de leer porque la taxidermia es superior a mis fuerzas… uno de mis grandes traumas es visitar el museo de ciencias naturales de Madrid y encontrarme con cientos de animales disecados. El conjunto es algo irregular, pero se salva porque tiene una gran virtud: la sinceridad. Sus páginas rebosan de rabia, una rabia juvenil, introspectiva, todavía interior. Y eso lo hace un artefacto interesante.

grone

Cambio de tercio y me voy a Valencia, a Ediciones Valientes. Martín López Lam continua su infatigable producción con un pequeño fanzine extraordinariamente editado: Grone. El camino que está tomando su trabajo cada vez me gusta más. En las pequeñas historias de este cuadernito parece fusionar su vertiente narrativa más clásica con el rupturismo gráfico y formal de experimentos como Chemtrail. En la historieta central, «Una escena de playa», su dominio del negro —sobre páginas rosas—, la figura y el movimiento le bastan para prescindir de palabras y contar una historia de sexo y violencia perturbadora en la medida en la que no podemos saber del todo qué está pasando o cuáles son las relaciones entre los personajes. En otras, sin embargo, da rienda suelta a su sentido del color, casi psicodélico: «Odioso verano», un cuento fantástico, y «Jungle», una escena selvática montada en capas superpuestas. Abre el fanzine «Still life», un estudio de alimentos, animales y vegetales, que acaba siendo algo completamente diferente. He destacado lo que más me ha gustado, pero todo es interesante: López Lam siempre lo es cuando se deja llevar y hace lo que nadie más hace aquí y ahora.

las tierras del señore

Y el último fanzine —por hoy— también se debe a la mano de Ediciones Valientes: Las tierras del señor. Una recopilación de dibujos de Fernando del Toro, a quien yo no conocía, pero que me ha resultado muy sorprendente. Todas en blanco y negro y al tamaño que permite el pequeño fanzine, pero con una reproducción óptima. De del Toro me ha gustado cómo mezcla el dibujo naturalista, con proporciones clásicas, con notas discordantes en forma de técnicas de puro dibujo: rayas, puntos, tramas manuales… Consigue efectos muy interesantes. Además, esa mezcla de personajes reales —políticos, sobre todo— e iconos pop, no por explotada deja de ser, aún, efectiva. Hay también citas al cómic americano clásico y una página de historieta final buenísima, llena de asociaciones de ideas locas.

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Sólo para gigantes y Sudd, de Gabi Martínez y Tyto Alba.

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Sólo para gigantes, de Gabi Martínez y Tyto Alba, era una lectura pendiente que tenía desde su aparición en 2012. De Alba he leído recientemente la interesante La casa azul (Astiberri, 2014) y El hijo (Glénat, 2009), con guión de Mario Torrecillas. Creo que es un dibujante extraordinario, el que mejor ha asimilado la tradición de la nouvelle BD en España, y que además no para de evolucionar. Y su color es de los mejores que puedo recordar ahora mismo. Puede que no tenga aún una obra maestra incontestable, no ha hecho su Los surcos del azar o su Beowulf, pero en pocos años ha acumulado un puñado de obras notables. Quizá nunca llegue a hacer esa obra maestra, quién sabe, pero no a todos los autores les hace falta hacerla. De momento, en colaboración o en solitario, está contando historias interesantísimas, que es de lo que se trata.

Sólo para gigantes está basada en una novela homónima de Gabi Martínez, quien aparece acreditado como coautor a pesar de que la adaptación al cómic corrió a cargo de Alba, sin que Martínez escribiera un guión específico. Me parece bien que el novelista aparezca —lo digo por si acaso se malinterpreta—, pero lo comento porque me parece importante para entender cómo trabaja Tyto Alba y cómo se lleva el material a su terreno para hacer de él una obra personal sin que deje de ser una adaptación. La novela gráfica recorre la vida de Jordi Magraner, un zóologo español que pasó media vida entre Paquistán y Afganistán buscando al yeti e involucrándose en la política de la zona del Hindu Kush. El relato es apasionante porque parece una novela de aventuras, pero además el personaje de Jordi, lleno de aristas y puntos oscuros, se revela fascinante en sus excesos y sus contradicciones. Como muchos hombres y mujeres notables, su carácter le procuró enemigos y amigos por igual, y su tendencia al extremismo lo convirtió en un personaje polémico y, en última instancia, le deparó la muerte.

El dibujo está dotado de una fuerza expresiva incontestable. Tyto Alba trabaja a menudo directamente a tinta, y procura que su trazo sea tan espontáneo como sea posible. A veces aplica primero el color y luego traza líneas bastas y furiosas sobre él. Se maneja con registros muy diferentes, a la manera de Joann Sfar, que parece su gran referente, pero mantiene cierta dureza en los rasgos faciales y en las figuras que lo aleja al mismo tiempo de él, siempre más blando y amable con sus personajes. Alba brilla especialmente en los paisajes naturales, pintados más que dibujados. Sus acuarelas aplican colores no naturalistas que evocan emociones y estados de ánimo. En esto recuerda a Sfar, de nuevo, aunque aquí hay que tener siempre la precaución de pensar si no será que Alba maneja las mismas influencias de las vanguardias pictóricas que tanto interesan al autor francés. Sea como sea, el resultado es magnífico.

No voy a extenderme en los detalles de los acontecimientos que se cuentan; sólo añadiré que hay algo muy poético en la manera en la que el yeti se convierte en el macguffin de la historia y, por extensión, de la propia vida de Magraner, que nunca dejó oficialmente de buscarlo pero que se volcó en realidad en la cultura kalash y en su defensa frente a los talibanes. Buscando una criatura mítica acabó inmerso en la realidad humana más dura. Y, al final, toda búsqueda quimérica es en realidad una búsqueda interior.

Al cómic se le nota en varios momentos su origen literario en la abundancia de texto; en algunos puntos hasta directamente se ofrecen páginas de prosa para explicar información. Salvo en algún momento muy concreto, esto no supone un problema porque la narración es bastante absorbente y el interés del lector nunca se le escapa de las manos.

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Poco después de Sólo para gigantes leo Sudd (Glénat, 2011), la primera colaboración entre Martínez y Alba, con la misma dinámica: adaptación de la novela del primero a cargo del segundo, con comunicación entre ambos durante el proceso. Sudd es una historia más breve, en cuanto a páginas y extensión temporal, y menos compleja. Cuenta un viaje en barco por el Nilo a la altura de Sudán, para celebrar la paz en el país, que se tuerce y acaba siendo una aventura bastante oscura. Especialmente porque incide en lo interior; no hay demasiadas peripecias, sino que todo sucede en ese microuniverso que se crea en el barco, que reproduce las viciadas dinámicas sociales y políticas, los juegos de poder y las rencillas personales, y donde toda la oscuridad del ser humano se concentra y se adueña del espacio público.

En Sudd Alba está menos contenido, más excesivo que en Sólo para gigantes. Varía más de estilo y ofrece páginas más rompedoras, en las que el ambiente del pantano donde el barco queda atrapado se convierte en un infierno expresionista. A su manera funciona igual de bien aunque los dos años que separan ambos cómics también se notan; Alba mejora obra tras obra.

Decía que Sudd es un guión menos complejo, porque aunque hay que atender a muchos personajes, en el fondo es lineal. Tiene menos densidad que Sólo para gigantes y menos textos, pero, a pesar de eso, la sensación que provoca sí es más pesada. Satura en varios puntos y muchos de los textos se leen con cierto hastío, quizás también por la tipografía y la manera en la que, en contadas ocasiones, se reduce su tamaño para encajarla en el bocadillo. ¿Por qué sucede esto?

En mi opinión, aunque Sólo para gigantes sea a priori más textual —que no más literario, al menos no en la idea que tengo yo de un cómic literario— el conjunto funciona mejor porque el tipo de narración está pidiendo ese tipo de densidad. Al mezclar el relato de la vida de Jordi con la investigación que Gabi Martínez realizó sobre su vida, con todo lo que eso conlleva respecto a narrador en tercera persona casi constante, multiplicidad de voces de testigos y demás, el texto se convierte en una herramienta imprescindible para acercarse a la compleja red de personajes, viajes y acontecimientos de la vida del protagonista. Es un cómic histórico, y la historia necesita la palabra. Por el contrario, Sudd, pese a que técnicamente cuente una historia, está mucho más centrada en lo introspectivo, en lo psicológico. Es un cómic emocional. Y en ese terreno el texto se hace rápidamente más superfluo porque determinadas cuestiones no se pueden transmitir a través de largas secuencias de diálogo; tiene que haber algo más. Los personajes tienen que hacer además de decir. Es el espacio en el que el dibujo debería desarrollar su poder simbólico para mostrar aquello que no puede expresar la palabra. O expresar de manera gráfica lo que sí puede verbalizarse, como camino para dotar de sentido a esta adaptación. En algunas secuencias los diálogos son demasiado extensos y al final uno no sabe muy bien a dónde van; hay cierta sensación de deriva que acaba provocando desinterés por los personajes, y eso es un problema porque es una obra centrada en ellos, o más concretamente en su caída moral. Pero no nos importan lo suficiente, porque, en lugar de buscar la implicación emocional a través de otros recursos, se opta la mayor parte de las veces por la exposición verbal de los conflictos, bien en diálogo, bien en monólogo del traductor protagonista. Que al final de la lectura de Sudd lo que más recuerde sean imágenes me parece muy significativo. Sudd tiene menos texto que Sólo para gigantes, pero por su naturaleza tiene demasiado texto, sobra más que en la obra más reciente. Parece una paradoja pero en el fondo tiene sentido; no podemos aplicar una sola vara de medir cuando criticamos obras culturales. Cada una tiene su objetivo y sus técnicas, y aplicar fórmulas científicas de forma indiscriminada nos aleja más que nos acerca a sus claves, en mi opinión.

Con todo esto no quiero decir que Sudd no sea una buena obra o que carezca de interés: tiene grandes momentos y Alba dibuja de muerte. Pero Sólo para gigantes es más redonda y lograda en su conjunto. En todo caso ambas demuestran, como lo hacen las otras obras de Tyto Alba, que es uno de los llamados a ser grandes de su generación.

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Nietzsche, de Michel Onfray y Maximilien Le Roy.

nietzsche

A menudo los cómics biográficos contemporáneos surgen de algún tipo de iniciativa institucional y tienden a estar más al servicio de su finalidad que de la intención autoral y artística. Por supuesto hay ocasiones en las que la voz del artista es incuestionable —me viene a la cabeza, por ejemplo, el extraordinario Louis Riel de Chester Brown—, pero otras, especialmente en casos en los que los autores no tienen demasiada trayectoria, se tiende al producto neutro, a la narrativa funcional.

Si cuento todo esto es porque tengo que admitir que cuando me dispuse a leer esta biografía de Nietzsche publicada por Sexto Piso me temía algo así, a pesar de lo cual edtaba dispuesto a leerlo porque la figura de Nietzsche siempre me ha interesado. Afortunadamente no he acertado, porque me he encontrado un cómic más que aceptable.

El autor es Maximilien Le Roy, un joven dibujante francés del que, haciendo una búsqueda rápida en internet, observo que se ha especializado en este tipo de obras: también ha dibujado biografías de Thoreau y Gaugin. En esta ocasión el cómic es una adaptación de La inocencia del devenir, un libro de Michel Onfray que presentaba un guión cinematográfico sobre la vida de Nietzsche. Tal vez por esa peculiaridad le ha resultado más fácil a Le Roy adaptar de manera amena y ágil el texto.

El dibujo es interesante porque, no sé si de forma involuntaria, el buscado realismo de base fotográfica consigue un efecto extraño, teatral, como si los personajes sobreactuaran. Especialmente cuando hay movimientos o expresiones de sorpresa o enfado esto es evidente. Sin embargo en líneas generales funciona para recrear la época y fijar como históricos los hechos que se cuentan. El realismo y los colores sobrios cumplen aquí la función de la fotografía en otros medios y validan lo narrado como cierto. Hay además de esto unas cuantas secuencias en las que Le Roy se suelta la coleta aprovechando las fiebres de Nietzsche, enfermo casi toda su vida, e introduce colores disonantes y algún efecto gráfico curioso.

En cuanto al relato, da lo mismo que el estilo sea realista: sigue siendo un relato. Uno más de los que podrían hacerse de la vida de Friedrich Nietzsche, seguramente el pensador más influyente de su época, y desde luego de los fundamentales para entender la filosofía y el arte del siglo XX. Pero también tenía sus cosas peliagudas, y su biografía marca en gran medida los derroteros que tomó su pensamiento y su literatura, despreciada por el público y los editores, como se ve en el libro. El guión, más que tomarse licencias, escoge momentos muy puntuales de la vida del escritor y construye con ellos un relato poco denso, salvo en algunas conversaciones puntuales donde el resultado es demasiado forzado, con personajes poco creíbles en sus diálogos. Pero en general, ya digo, funciona bien y produce un retrato de Nietzsche interesante y ajustado. No lo convierte en un histrión —a veces, con personajes históricos controvertidos, es la tentación de los creadores contemporáneos—, e incide en una paradoja sin la cual yo no entiendo su obra: el teórico de la voluntad de poder y el superhombre vivió lastrado por la enfermedad, impedido para llevar a cabo una vida normal, y frustrado en sus intentos amorosos. Eso se refleja bien, incluso a pesar de que hay ciertas cosas que se cuentan en elipsis o simbólicamente, como el rechazo de Lou Salomé. Las líneas generales de su pensamiento se exponen superficialmente, porque la obra se centra más bien en su vida social, en sus relaciones humanas: Wagner y Paul Rée especialmente.

Y otra cuestión muy significativa es que, a veces, me da la sensación de que el guión de Onfray busca indultar a Nietzsche de ciertas acusaciones. En mi opinión no creo que esto sea necesario: ahí está su obra para quien quiera leerla realmente y juzgar por sí mismo la ideología subyacente. Pero es verdad que su figura ha sido denostada en ciertas épocas, principalmente por la manipulación torticera de sus escritos que llevó a cabo su hermana junto con su marido, ambos cercanos al nacionalsocialismo de Hitler. En un par de conversaciones entre Nietzsche y su hermana, precisamente, Onfray hace que el pensador niegue su antisemitismo explícitamente y se aleje de teorías pangermanistas. Todo fue mucho más complejo que aquello —para empezar porque el pangermanismo no puede pensarse desde el nazismo; es anterior, y sus connotaciones no pueden ser las mismas, por tanto— pero se agradece la visión de los autores, aunque sea simple. No hay que olvidar, además, que hablamos de un cómic de sólo 132 páginas que pretende abarcar toda la vida de Nietzsche. Es el equivalente a un largometraje que tira de escenas icónicas, las más populares —el incidente con el caballo al que abrazó, la fotografía del carro con Salomé y Réé— para construiri un relato simple por necesidad pero, creo, suficientemente afinado para servir de carta de presentación de Nietzsche para desconocedores de su figura.

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