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Más allá del arco iris, de Ana Galvañ.

más allá del arco iris

Ana Galvañ es una de las autoras españolas más potentes del momento. Me interesa todo lo que hace y procuro seguirle la pista, cosa que a veces no es fácil, porque casi toda su producción es autoeditada, o publicada por pequeñas editoriales. Su trabajo en Trabajo de clase, la mitad de un tebeo a medias con Marc Torices, me pareció fantástico y de lo mejor de 2014 —y me refiero al conjunto del cómic—. Recientemente se ha autopublicado Más allá del arco iris, un fanzine que recupera páginas aparecidas en Tik Tok y en otro fanzines, como Bulbasaur, y completan una historia redonda y gráficamente muy sugerente.

Se trata de una historia de adolescentes con las hormonas disparadas, que quedan en una cueva para tocar la guitarra, ponerse de orfidales robados a la madre de una de ellas y arreglar el mundo. Se roban los novios, se enamoran de sus profes y se prestan los apuntes. Todo muy convencional, salvo por el hecho de que las dos protagonistas son ponis. Al estilo de My Little Pony, pero en macarras y antropomorfas. Este detalle descontextualiza lo que habría sido una historia convencional y la resitúa en otro nivel, porque si son ponis, y se reconocen como tales, lo que vemos es una representación estilizada de su realidad; ¿cómo pueden dos ponis coger una guitarra, tomar apuntes o ponerse sus mochilas? ¿Por qué andan a dos patas o a cuatro, según la escena? La respuesta es más sencilla de lo que parece: porque son dibujos, y funcionan con la lógica del dibujo. Por eso pueden ser todo eso de manera simultánea, y por eso además, en determinados momentos pueden imaginarse como yeguas realistas, extraídos de grabados veterinarios del siglo XVII.

Las revelaciones adolescentes —«soy yo la que está con el Richard»— se entremezclan con las elucubraciones metafísicas, fruto en parte del orfidal y en parte de la propia angustia adolescente, que tiende a pensar que todo es una mierda, que algo más debe haber… Moverse en estos dos niveles es complicado, pero Galvañ lo hace perfectamente. Ambos son igual de importantes cuando eres una chavala, todo es cuestión del momento y de en qué punto estén las hormonas. Aprobar el examen de mañana es, en el fondo, equivalente a llegar más allá del arco iris.

Pero la jugada maestra de este fanzine está en su final —ojo, que obviamente lo cuento a partir de aquí—. Lo que parecía una historia de costumbrismo teen pasada por el tamiz loco de la mirada de Galvañ se convierte, en sus dos últimas páginas en una exploración súbita sobre la posibilidad de que existan realidades alternativas superpuestas. Ana Galvañ se pone cuántica y nos plantea una disyuntiva, dos líneas divergentes y superpuestas a partir del momento en el que una enorme roca cae sobre las ponis; ¿se ha salvado Vero, o ha sido aplastada? Ambas cosas al mismo tiempo, de la misma manera que las dos ponis son ponis de verdad y ponis de tebeo simultáneamente.

Por supuesto, el dibujo de Galvañ es otro de los valores de Más allá del arco iris. Representa el viaje de orfidal por caminos nada obvios —la representación de los alucinógenos en el cómic está, paradójicamente, bastante estandarizada— y consigue generar ambientes veraces con muy pocos elementos. Es una gran dibujante de cómics, con ideas originales que contar y una visión única, que es lo que diferencia a los buenos de los grandes.

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… No Option! 5 y 6, de Pep Pérez.

En los años sesenta y setenta, con la primera oleada internacional de cómic adulto, los creadores tuvieron que esforzarse en demostrar que la historieta podía ser muy seria. Así fue como a los géneros clásicos se les añadió no sólo una buena dosis de sofisticado erotismo, sino también un subtexto metafísico que pretendía tocar los temas relevantes del momento a través de la alegoría. Por supuesto todo era puro zeitgeist: la espiritualidad de aquella generación en crisis, que desconfiaba de los valores de sus padres y buscaba una trascendencia que no encontraban en el consumismo capitalista, se filtró a los productos de ocio, imbuidos de una mística con afán trascendente que dio, convenientemente mezclada con las drogas alucinógenas, maravillosas obras cósmicas de exploración interior. Había que conocerse a uno mismo, explicarse el universo desde el individuo. Fue la época del rock prog más excesivo, de la ciencia ficción moralista, del auge de El Señor de los Anillos y la nostalgia del terruño, y fue por supuesto la época de esos cómics de ci-fi lisérgica, llena de colores y formas abstractas, visiones de viajes que buscaban una verdad oculta. Fue la época de Los Humanoides Asociados, de Alejandro Jodorowski y Moebius, Druillet y Caza. Aquellas obras expandieron la mente de sus lectores, pero también los límites de lo que podía contarse en el cómic. De repente, uno podía encontrarse obras densas, con discurso, con niveles de lectura, con la misma intención que una novela de ciencia ficción o un ampuloso disco conceptual. La vigencia de todas estas obras hoy en día depende mucho de la sensibilidad del receptor, claro: yo amo el rock progresivo pero me cuesta mucho leer ese tipo de cómic de ciencia ficción. Y me sucede, precisamente, por todo lo que en su momento fue novedoso y revolucionario: la seriedad excesiva, el afán de trascendencia, los textos farragosos y muchas veces demasiado explicativos. Leer Zora y los hibernautas de Fernando Fernández hoy, por ejemplo, me empacha.

¿A qué viene todo este rollo? Viene a que hoy, en 2015, que estamos ya de vuelta de todo, cada vez que veo un producto que apela únicamente a la nostalgia de aquella época —o de los ochenta— e intenta replicar sin más su espíritu, tiendo a huir. Pero hay otro camino. Siempre lo hay. ¿Cómo recuperar aquel espíritu sin caer en el revival plano o, casi peor, en la parodia cutre? Pues a través de la locura y el humor. Dándole la vuelta como a un calcetín a aquella ciencia ficción, mirarla con ojos actuales, desmitificadores y posmodernos. Todo eso ha sido… No option!, la obra de Pep Pérez publicada en seis cuadernillos por Entrecomics Comics. Arrebatarle las palabras a la ciencia-ficción verborreica la devuelve al terreno de lo simbólico y lo sensorial. Pérez se centra en iconos muy propios del universo pulp —nazis, dinosaurios, bárbaros…— pero los lleva a un terreno loquísimo, narrativo pero entrecortado, donde el color es el protagonista absoluto. Se podría escribir mucho sobre cómo el color narra en …No Option!, y cómo genera texturas, volúmenes, y efectos de profundidad. No sé cómo lo hace, pero el color de Pep Pérez es uno de mis favoritos del cómic actual.

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Ya he hablado de los números uno a cuatro, así que tampoco quiero repetirme. Pero sí diré que los dos últimos son un final magnífico, sobre todo porque le ha dado la vuelta a las expectativas: las diferentes miniseries que incluye … No Option! empezaron a lo loco, pero las historias se podían seguir, se atisbaban relaciones entre varias de ellas… Y uno tiende a esperar que las cosas se aclaren y se expliquen, que al final todo tenga sentido, porque así nos han adiestrado en la ficción, incluso en la más atípica. Por eso es tan maravilloso que nada se aclare, que dejemos de entender lo poco que entendíamos, que la acción furiosa y cromática se adueñe de todo. En el quinto número Mister Electrón, el gurú que flota en medio del cosmos en perfecta armonía con el mismo, se revela como una especie de demiurgo que desencadena la traca final al golpear la ficha de dominó que inicia la caída imparable de toda la fila. Posiblemente ésa sea mi página favorita de toda la serie, aunque candidatas las hay a montones.

Cuidados como objetos artísticos que son, los seis números de … No Option! son un disfrute delirante, un lugar al que acudir para dejarse llevar y permitir que sus imágenes nos inunden. Constituyen la primera parte, según informa la última página del sexto número. ¿Habrá más … No Option!? Espero que sí.

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Fanzines “de-generados”.

La reapropiación de los géneros clásicos del cómic por parte de las corrientes más rupturistas y autorales ha sido una constante desde el underground y sus parodias de los superhéroes o los funny animals, pero más allá de eso, ha adquirido una gran relevancia en los últimos años, sobre todo en lo que respecta a la autoedición. Especialmente en toda la small press norteamericana, donde, lejos de quedarse en una superficial parodia, autores como CF, Josh Bayer o William Cardini van más allá y construyen gigantescos edificios formales donde las citas a esos géneros —fantasía, superhéroes, o lo que sea— sirven como refererentes lejanos, asideros para el lector, en algún caso, pero no se busca recuperar la sensación primaria, no es un revival ni un homenaje, ni siquiera hay siempre algún rastro de ironía posmoderna: lo único que queda más allá de esas citas es el disfrute que suponen aquellos tebeos, la emoción básica, pero esta expresada a través de lo formal, del dibujo puro. No es casualidad que muchos de estos autores prescindan de los diálogos, e incluso de la historia en su sentido más clásico. Como sucedía con el cómic abstracto, esta tendencia ha llegado a la autoedición española, y aunque sigue habiendo muchos fanzines que buscan precisamente lo contrario —recuperar exactamente las mismas sensaciones que sus autores tenían ante el material original— en el último GRAF encontré muchos que responden más bien a ese modelo ejemplificado por CF.

La Furia

El más cercano a ese formalismo vacilón es seguramente Las furias, el mejor tebeo que he leído hasta las fecha de Los Bravú. Impreso a dos tintas —azul y rosa chicle— con risografía, el cómic presenta una aventura protagonizada por dos chonis y un cani que se enfrentan a una especie de banda de enemigos en una playa. Los Bravú, que siempre están experimentando con diferentes estilos y técnicas, adoptan aquí un dibujo muy geométrico y distante, donde el diseño de las viñetas y las páginas lo es todo. Hay algo del citado CF, algo de Yuichi Yokoyama e incluso de Gabriel Corbera —pionero en España, sin duda, de este tipo de cómic—, pero nunca deja de reconocerse el universo de Los Bravú. El detalle y lo cinético están en el centro de toda la narración, que es no es más que eso, los preparativos de la batalla y la batalla en sí, todo contado de manera hiperbólica, jugando con las dos tintas, las onomatopeyas y los recursos formales que sólo permite el dibujo, por ejemplo descomponiendo una cabeza en sus líneas básicas cuando un personaje habla al oído de otro, o sustituyendo cabezas por nubes de humo cuando se les dispara. Lo más asombroso ni siquiera es el despliegue gráfico, sino la madurez que Los Bravú han alcanzado con muy poca obra aún. Ese futuro esplendoroso que se les adivinaba en sus primeras obras está aquí.

Kann

Víctor Puchalski ha sido todo un descubrimiento. Sus dos números de Kann son un revoltijo bien sazonado de cine de artes marciales, ficción sobrenatural y macarrismo de cine quinqui. La sexualidad hipertrofiada —esa primera página del segundo número con una polla repleta de venas en primer plano— se entremezcla con la violencia más desfasada, que se concreta en técnicas de lucha escatológicas, al estilo de las que encontramos en el Pudridero de Johnny Ryan. El dibujo acompaña a este despliegue, con unos colores potentes y planos, un buen uso de las manchas —en esto me ha recordado un poco lo que hace Rubín en Beowulf— y sobre todo encuadres arriesgados, primerísimos planos y un intencionadamente agobiante afán por llenarlo todo, ya sea de detalles o de fluidos que estallan a borbotones. Es un tebeo sudoroso y sangrante, donde el protagonista da mucha grima y las peleas pueden acabar de cualquier forma. Diversión pura en dosis demasiado pequeñas, quizá su punto más débil. Tengo la sensación de que esto funcionaría mucho mejor como un pequeño tomo.

ultratiempo

Por último, hoy quiero comentar un pequeño fanzine, Más allá del valle del ultratiempo, obra de Javi de Castro, un autor que se caracteriza precisamente por darle un par de vueltas de tuerca a los géneros tradicionales y vertebrar sus historias a través de lo gráfico y de un recurso concreto. Este minicómic es básicamente eso: una idea. De Castro agujerea las páginas centrales, y ese agujero real es además un portal temporal que atraviesa un personaje para evitar una traición en el futuro. El resultado es ingenioso y simpático, y aunque no tiene mucho que ver con los anteriores que he comentado, me parece que sí está relacionado con esa idea de retorcer los géneros desde lo gráfico.

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Orgullo y satisfacción n.º 10, de VVAA

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El décimo número de Orgullo y satisfacción preludia algunas cuestiones que la revista tendrá que plantearse en el futuro cercano. No creo que sea excesivamente aventurado decir que entre la gente que la lee habrá una mayoría de izquierdas y, concretamente, muchas personas afines a los nuevos partidos de izquierda que han surgido en los últimos años con el fin de disputarle el poder al binomio PP / PSOE. Y pese a lo que tiende a creerse, esa gente no tiene más sentido del humor o tolerancia hacia la chanza sobre sus cosas que la de derechas. Muy al contrario, el dogmatismo y la falta de humor son enfermedades muy extendidas entre gente de todo signo. ¿Qué pasará cuando estos nuevos partidos asuman sus cargos en pocos días, que pasaría si en las próximas elecciones generales es Podemos, o una coalición de fuerzas de nueva izquierda, la que llegue al poder? El humorista político tiene que hacer humor siempre, claro, pero se encuentra permanentemente en un equilibrio muy complicado: no puede «dar palos a todos los lados» indiscriminadamente porque sí, ya que no son «todos los lados» los que día tras día nos joden a base de bien. Y tampoco tiene por qué renunciar a su ideología, porque además de imposible sería contraproducente. Pero por otro lado tampoco puede es cerrar los ojos a los desmanes o las chorradas, no puede; por usar otra frase manida, «casarse con nadie». No puede ser hipócrita.

En Orgullo y satisfacción ya ha habido chistes sobre Podemos, y especialmente sobre declaraciones o manifestaciones de ego de algunos de sus dirigentes. Pero otra cosa diferente será cuando toquen poder, cuando figuras evidentemente simpáticas como Manuela Carmena o Ada Colau accedan a cargos públicos y entonces sean ellas el poder, ese poder al que el humor debería señalar siempre. ¿Cómo lo llevarán sus seguidores? ¿Se aceptará con la misma alegría un chiste sobre Colau que los que Esperanza Aguirre se lleva constantemente? Y ya ni siquiera es una cuestión de recepción: es que Aguirre, Botella, Montoro, Rajoy y el resto de la pandi son oro para la profesión. Están tan podridos que los chistes les rezuman por las pústulas. ¿Qué pasará cuando ya no estén? ¿Qué ocurrirá si las cosas van a mejor y el humor deja de ser tan necesario como válvula de escape?

Muchas preguntas, que el tiempo contestará —o no—. De momento, en esta décima entrega, la gente de OyS comienza a demostrar que sí, que se puede caricaturizar a figuras carismáticas y esperanzadoras como las mencionadas, empezando por la portada de Guillermo, incluso aunque parodie, más bien, el pánico —impostado— de la derecha rancia. Hasta cierto punto, puede verse como un traspaso de poderes, simbolizado en la página 8, obra de Monteys, con dos tiras —la primera titulada, precisamente, «Botella, Carmena y el traspaso de poderes»— en las que aparecen la posible nueva alcaldesa de Madrid, la vieja, y Aguirre y Rita Barberá. Las figuras salientes protagonizan muchas de las páginas de la revista, casi como si sus autores quisieran despedirse de ellas y agradecerles los servicios prestados. Las páginas sobre Aguirre de Alberto González Vázquez son tan buenas como de costumbre, apuntaladas por un artículo de El Mundo Today de lo mejor que ha publicado en la revista. Y hay muchos chistes más sobre los resultados de las elecciones y la reacción de los políticos.

Al margen de esto, como de costumbre, apunto unas cuantas cosas que me parecen destacables del número 10:

Como de costumbre, Bernardo Vergara está muy bien. En este número explora algunos chistes clásicos que yo, como fan irredento que soy de los buenos chistes malos, he adorado. Lo hace en su entrega de «Vida de perros», pero también en un chiste a una página (p. 72) y en otro de la sección de «Bordes, raros y bobos» sobre un pato, que me tuvo riéndome un buen rato.

Tremenda la entrega de «El show de Albert Monteys», en esta ocasión centrada en la relación entre el autor y sus lectores y en las reacciones del primero a las críticas del segundo. Antológico.

Fontdevila apostilla el especial del número anterior sobre grandes marcas con unas páginas sobre Movistar y la precariedad laboral que son acidísimas. Y su chiste sobre Pérez-Reverte, épico.

El dossier de este mes es un, digámoslo así, metachiste. No digo más.

Monteys atiza las dinámicas de las redes sociales en una tira brillante sobre Marhuenda. Esto de meterse tanto con la gente es jugar con fuego, pero alguien tiene que hacerlo.

Lo mismo hace Fontdevila en un chiste sobre los pactos de Podemos (p. 90), que me hace volver a las preguntas que planteaba al principio: ¿cómo se lo tomarán sus votantes?

Sin embargo, el mejor trabajo de Fontdevila en este número está en el chiste de la página 9, acerca de la reacción de los antidisturbios ante la posibilidad de que Colau sea alcaldesa de Barcelona. No se puede decir más con menos.

Isaac Rosa está cada vez mejor con sus textos. Le va pillando el punto y, en cierta forma, su presencia actualiza la larga tradición de prosa satírica que hay en España. Por Favor, El Jueves o Hermano Lobo además de historietas iban cargados de textos de las mejores plumas de su tiempo, y conviene recordarlo.

Vuelve Palmiro Capón, el mítico personaje de Lalo Kubala. Sus páginas sobre figuras de la política española me resultaban más adecuadas para una revista como Orgullo y Satisfacción, pero a ver qué hace con su personaje fetiche.

Por último: «Banda tributo», de Paco Alcázar, es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Cuando quiere, es un maestro del absurdo insuperable.

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Bordados, de Marjane Satrapi.

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Seguramente no haya en los últimos veinte años de BD un cómic más importante a nivel de mercado que Persépolis de Marjane Satrapi. Los hay, a mi juicio, mejores, más relevantes artísticamente, pero pocos se le acercan en cuanto a impacto social. Persépolis abrió muchas puertas y demostró muchas cosas, pero no es el momento de glosar aquí sus aciertos o sus logros —cosas que, por otra parte, son más que sabidas—. Me interesa más el día después; ¿qué haces tras vaciarte personalmente en una obra del alcance de ésta? ¿Cómo afrontas el síndrome Maus? David B., maestro de Satrapi, abandonó tras La ascensión del Gran Mal la autobiografía directa y se sumergió en su rico mundo de referencias esotéricas, de modo que se evitarían las comparaciones constantes con su obra magna. Satrapi, por el contrario, incluso aunque ha practicado la ficción en Pollo con ciruelas, nunca se ha alejado de la sombra de Persépolis, y no sé si tal vez por eso, o porque estaba más interesada en contar historias que en el dibujo como medio para ese fin, no ha producido muchos más cómics. Pero me faltaba por leer uno: Bordados.

No recuerdo demasiado de Pollo con ciruelas, la verdad, pero creo que Bordados bien puede ser la mejor novela gráfica de Satrapi. Desde luego es muy madura, en todos los aspectos. Gráficamente mejora mucho desde su primera obra —especialmente desde sus primeras entregas—. Parece haberse liberado también de la obligación de hacer un cómic bien hecho, y relajarse en este aspecto le ha venido muy bien a su dibujo, que funciona así mucho mejor. Tiene algunos dibujos de mujeres, hechos con cuatro trazos, preciosos. Y la disposición de páginas es igualmente laxa, casi como si fuera uno de los Carnets que muchos compañeros de la Nouvelle BD dibujan en ratos libres. No hay viñetas como tales, no teme derivar hacia el texto ilustrado si cree que es la mejor forma de transmitir las historias que cuenta. Todo está al servicio de eso, y al renunciar a los ornamentos se descubre una Satrapi más íntima incluso que la de Persépolis.

Lo que se plantea en Bordados me resulta interesantísimo. Para empezar porque recrea un espacio de libertad para las mujeres iraníes que desde occidente solemos pensar que es imposible. Es verdad, por supuesto, que el Irán de la revolución cultural no es precisamente benévolo con ellas, y que su lugar en la sociedad está totalmente subordinado al de los hombres. Pero hay un ámbito privado donde han sabido liberarse, siquiera durante un tiempo, de la mirada de los hombres, y es entonces cuando se descubre que detrás de los velos y de los burkas hay mujeres reales, con mentalidades diferentes y opiniones variadas sobre la vida. Cuando mandan a los hombres a echar la siesta, es el momento de sincerarse y de poner en común las experiencias vitales. Es un modo de empoderarse, tal vez el único que les está permitido.

En las diferentes historias de Bordados —que es un término polisémico que en el cómic alude, sobre todo, a una argucia para fingir  la virginidad— se da voz a diferentes generaciones de mujeres de clases sociales diversas, cuyas experiencias con los hombres han sido de todo tipo. Sus biografías están marcadas por el devenir político, pero todas tienen en común que, lejos de aceptar la sumisión, han vivido intentando encontrar su espacio de libertad. Para alguna eso supuso el matrimonio, en tanto que puerta de escape a situaciones familiares opresivas, para otras lo contrario: el divorcio. Pero en esta amalgama de voces se revela, sobre todo, una realidad compleja en la que no hay un solo modo de vivir correcto. Cada una de estas mujeres hizo lo que consideró mejor, y la comprensión —no exenta de crítica— que obtiene de sus compañeras genera una sisterhood que se extiende a los lectores y lectoras. En ese espacio íntimo de confesiones y recuerdos familiares, de amores y desamores, infidelidades, embarazos y desengaños, se despliegan diferentes estrategias, algunas tan polémicas como la cirugía plástica. Pero Satrapi no juzga. Cada una hizo lo que estimó oportuno para ser feliz; ninguna lo tuvo fácil.

La variedad en las edades de las protagonistas permite la pluralidad de miradas: las hay ingenuas, generalmente las de las más jóvenes, desengañadas, cínicas… Yo, personalmente, me quedo con la increíble tía de Marjane: «¿Y por qué somos las mujeres las que debemos permanecer vírgenes? ¿Por qué hay que sufrir ese martirio para satisfacer a un gilipollas?». Muchas de las claves de Bordados giran, por supuesto, en torno a la vida sexual: el mero hecho de que las mujeres hablen de ella, y se reconozcan como sujetos sexuales activos, es ya subversivo en una sociedad tradicional. Ellas disfrutan del sexo, pueden hablar de penes, pueden hacer chistes. Sin embargo, cuesta sacudirse el peso de la tradición, y la virginidad sigue siendo un valor absoluto para muchas. Al final, ahí está el meollo de Bordados: ante eso las mujeres iraníes pueden optar por engañar con un bordado para transgredir la norma, de modo que siempre que lo deseen podrán ser vírgenes de nuevo y permanecer dentro del sistema, o pueden revelarse y negar el valor de la virginidad… con todo lo que conlleva socialmente. No es una decisión fácil, y el gran acierto de Satrapi es que no nos dice nunca no ya cuál es la opción correcta, sino ni siquiera cuál cree ella que lo es. Son opciones de vida, estrategias adaptativas con las que se intenta conquistar un espacio que deja pocos márgenes de actuación. La exclusión social ha sido  siempre una amenaza efectiva para el individuo, y antes de juzgar, merece la pena examinar nuestros propios comportamientos y comprobar hasta qué punto también tragamos y optamos por la argucia para engañar al sistema antes que por la revolución social.

Diría que me sorprende un poco lo desapercibido que ha pasado este cómic, pero dado que yo mismo lo había ignorado hasta que hace muy poco me lo prestaron, no tengo mucho que decir. Quizás el síndrome Maus no sólo afecta a los autores.

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Fanzines de vanguardia.

Estos días estoy revisando algunos capítulos de La novela gráfica de Santiago García, y leyendo sus capítulos finales me he topado de frente con una cuestión sobre la que estaba pensando escribir. Cito a García: «Hasta el momento, los autores españoles parecen concentrados en descubrir nuevos campos temáticos —la memoria personal o histórica, la biografía—, relegando la experimentación formal a una función secundaria» (p. 264). Pienso que eso era cierto, y está relacionado con otro punto que trata ampliamente el mismo autor: la cuestión de la densidad en la novela gráfica. Durante sus primeros años, convivió con la necesidad de posicionarse en el contexto de las artes narrativas, de reivindicarse como un medio que podía ser tan importante como el cine o la literatura. El resultado de esa corriente suele ser una obra, efectivamente, densa, con mucha información, con una historia compleja y temas relevantes. Por supuesto eso nunca —o casi nunca— significó que lo gráfico no importe, al contrario: pienso que Maus, epítome de esta tendencia, bien puede ser el cómic mejor dibujado de la historia. Pero es cierto que la vanguardia gráfica, la experimentación extrema, no era el principal objetivo de Spiegelman en Maus, como tampoco lo era para Marjane Satrapi o Joe Sacco.

En el caso español además influye el hecho de que el movimiento llegó más tarde, al menos en lo que respecta a la repercusión comercial. Porque aunque ya durante finales de los noventa teníamos un Nosotros somos los muertos, lo cierto es que Maus llegó como libro muy tarde, en 2001. La vida es buena si no te rindes de Seth no se recopiló hasta 2004, año en el que también aparecieron dos cómics en formato libro muy importantes para la novela gráfica española, creo: Píldoras azules de Frederick Peeters y Blankets de Craig Thompson. Éste último, además, supuso la prueba de que el mercado español ya estaba preparado para absorber novelones gráficos de más de seiscientas páginas. Por el contrario, la vertiente más experimental del cómic de autor, desde los ochenta, permaneció hasta cierto punto inaccesible para el lector español. Gary Panter, por ejemplo, es un gran desconocido aquí.

Y quizás debido a todo eso la novela gráfica española se haya centrado en ofrecer grandes historias. De nuevo, no es que en las obras españolas que podemos adscribir a esta tendencia en los últimos años no tengan en cuenta lo gráfico. No es así ni en El arte de volar (Altarriba y Kim, 2009), ni en Una posibilidad entre mil (Durán y Giner, 2009), ni en Los surcos del azar (Paco Roca, 2013), pero en todas ellas el guión tiene un peso específico y el tema es central. García escribió que la corriente más vanguardista y experimental era marginal y citaba casos aislados como Felipe Almendros, Leandro Alzate y Juanjo Sáez.

Pero la buena noticia y el motivo de que esté escribiendo este texto es que, una vez superada la necesidad de posicionarse y reivindicar la validez el medio, cinco años después de que Santiago García escribiera La novela gráfica, las cosas parecen haber cambiado mucho. Y esa corriente vanguardista, que no enfatiza el componente narrativo y busca el valor diferencial, aquello que define al cómic como lenguaje, se ha desarrollado muy rápidamente en España. Se debe a muchos factores, claro: la difusión de autores extranjeros, la aparición de editoriales dispuestas a apostar por la experimentación como Fulgencio Pimentel, Apa-Apa, o más recientemente sellos de autoedición como Ediciones Valientes y Fosfatina… pero sobre todo la toma de conciencia de una generación que no ha vivido el proceso de reconversión y reciclaje que definió la anterior. No han sido dibujantes que dieran sus primeros pasos en un contexto industrial, ni siquiera, en su mayoría, soñaron nunca con hacerlo. Han partido de la expresión personal. No se preguntan si el cómic es un arte. Y en estos cinco años ese Juanjo Sáez que mencionaba García ha obtenido el éxito comercial, pero más allá de eso, que bien podría considerarse anecdótico, han publicado cómics Gabriel Corbera, José JaJaJa, Nacho García, Ana Galvañ, Clara Tanit, Sergi Puyol o Irkus M. Zeberio. Algunos autores de generaciones anteriores han vuelto a la palestra con obras con vocación experimental, como es el caso de Micharmut —que siempre la tuvo—, o Pep Pérez. Otros, con propuestas quizás a medio camino, pero con un componente experimental fundamental, han alcanzado cierta repercusión, como puede ser el caso de José Domingo, Antonio Hitos o Cristian Robles. Y además de eso se ha impulsado, espero que definitivamente, un verdadero circuito alternativo de autoedición, que es el espacio perfecto para que los autores y las autoras más vanguardistas no tengan que preocuparse de la viabilidad comercial de lo que hacen. Este circuito, que es tanto un espacio creativo como físico —dado que se apoya en toda una serie de eventos de reciente aparición—, está generando sinergias entre sus protagonistas y ofreciendo resultados interesantes a mucha velocidad. Y está demostrando que hay un público ahí fuera interesado  en este tipo de cómics. ¿Minoritario? Claro. No puede ser de otra forma. Pero también pienso que es creciente, y que además es diferente al público que históricamente se ha interesado por el cómic.

En la última edición de GRAF, celebrada hace menos de dos semanas, creo que fui del todo consciente de hasta qué punto interesa ahora mismo la experimentación gráfica y la abstracción en el cómic. Superada, al menos a nivel teórico, la premisa de que el cómic debe ser narrativo siempre, resulta sorprendente todo lo que puede uno encontrarse en esta línea. Paso a comentar algunas de las propuestas más interesantes, que no las únicas.

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Fosfatina también alberga cómics más tradicionales, pero parece apostar más decididamente por la vanguardia gráfica. Sin duda la autora de su catálogo que más me ha sorprendido es Begoña García-Alén, cuyo Perlas del infierno he reseñado recientemente. Pero en GRAF puede adquirir también el segundo número de Lujo infinito, un fanzine editado con primor que incluye varias piezas cortas. Hace unos días el ilustrador Puño me puso sobre la pista de Alexis Beauclair, un dibujante que es referente importante en el trabajo de García-Alén —algo que es más evidente en Perlas del infierno que en Lujo infinito, creo—. Beauclair, por cierto, también me ha parecido influencia clara de José JaJaJa en Culto Charles. En este segundo número de Lujo infinito se aprecia un esfuerzo consciente por limpiar de drama y emociones el dibujo, que se enmarca en un formalismo muy interesante, porque no se encierra en un solo modelo de representación. Las dos primeras páginas, por ejemplo, son una conversación telefónica que conocemos a través de planos fijos; lo que dice el personaje está representado a través de dibujos crípticos que sustituyen el texto y contribuyen a una sensación de extrañamiento que, en el fondo, es el principal objetivo de todas las páginas. Lo más interesante es la historia más larga, que cierra el cuaderno, donde se mueve entre un estilo aséptico, de línea de rotulador finísimo, y otra más basta, a lápiz. Espacios vacíos, dos personajes femeninos, y una página final donde afronta la abstracción como solo puede mostrarla el cómic: ofreciendo la descomposición de la realidad paso a paso.

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Extrasolar de Roberto Massó es otro título de Fosfatina, y el primero de una colección titulada Fosfatina 2000 impresa en papel de periódico y mediante risografía. La condición de objeto en Extrasolar es esencial: la portada mancha los dedos de azul varios días después de su compra. El contenido muestra un viaje espacial mudo, por lo que obviamente se trata de un viaje gráfico. El Massó de este tebeo me ha gustado mucho más que el de Medieval Rangers, quizá porque el estilo adoptado —influido por Olivier Schrauwen— me ha resultado más interesante. Medieval Rangers además era una singularidad, mientras que aquí intuyo un camino que Massó podrá seguir, si así lo quiere. Como en otros de los cómics de los que estoy escribiendo aquí, en Extrasolar los espacios vacíos sin fundamentales. El futurismo de Massó es tan retro como el de Schrauwen, pero lo combina con un sentido del ritmo diferente, más de aventura. Aunque tampoco puede resistirse a la abstracción alégorica para representar la última fase del viaje espacial, una maniobra que está hasta en 2001. Una odisea espacial pero que Massó ejecuta de manera muy personal. Son dos páginas brillantes.

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Pepa Prieto Puy es otra autora joven que descubro gracias a Fosfatina. Buscando por internet veo que es también ilustradora y maneja un estilo sencillo, de líneas limpias y muchos espacios, aunque en el cómic que he leído, el segundo de Fosfatina 2000, El matatenias, todo parece algo más sucio —también influye la risografía, por supuesto—. En esta ocasión sí tenemos una historia más o menos al uso: una píldora administrada a una chica viaja hasta su intestino para asesinar a una tenia. La agonía del parásito y la muerte de la píldora son lo que centran el relato, pero evidentemente la fuerza del mismo recae en la manera en que se muestra más que en la anécdota en sí. Todavía tiene mucho margen de mejora, pero me ha encantado este cómic, y creo que irá a más.

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El siguiente es un cómic radicalmente abstracto, sin título, de Cráneo Cómics. Es tan abstracto, de hecho, que no se sabe cuál es la portada y cuál la contraportada… y por tanto puede leerse abriéndolo por cualquiera de las dos. Sus páginas, en blanco y negro, se componen de plantillas de 4 x 3 viñetas, cuadradas y regulares, en las que serpentean líneas curvas. A veces el efecto buscado es la simetría, otro la secuencia —las líneas van subiendo o bajando, siguiendo cierta narratividad—, otras veces las formas trascienden las viñetas y forman un dibujo geométrico conjunto. No es más que eso, un experimento gráfico, en la línea de algunos realizados —también— por Alexis Beauclair, pero estéticamente el resultado es muy poderoso.

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El último fanzine es otro sin título, que reúne tres trabajos: «Estadios» de Klari Moreno, «Apología» de Maik y «Apartamento» de Craneo Prisma. Los tres tienen en común que no tienen personajes humanos: son imágenes de espacios vacíos de interior, puro dibujo técnico, aunque se nota la mano de cada dibujante, su voz propia. Y por supuesto, la cosa va más allá de eso. En «Apología», por ejemplo, unos inquietantes bultos envueltos en bolsas de basura pueblan los escenarios. «Apartamentos» exhibe el estilo de dibujo más mecánico, espacios asépticos y geométricos, como croquis de una vivienda… salvo por cuerpos poliédricos extraños que aparecen en algunas aberturas. «Estadios», de Moreno, es el más orgánico, el menos limpio, y muestra sugerentes espacios deshabitados y abandonados, degradados. El conjunto me ha recordado un poco al experimental The Cage de Martin Vaughn-James (1975), que precisamente he visto citado en La novela gráfica.

Todos estos fanzines tienen en común la juventud de sus artífices. Son propuestas de gente aún en formación, que están empezando a producir obra desde hace muy poco, sin masticar aún sus referentes, sin más intención que la de disfrutar y expresarse artísticamente. Su contexto histórico es muy diferente al de la generación anterior. No es que el modelo de partida —o incluso el modelo a derribar, según lo iconoclasta que se sea— no esté ya en el cómic industrial / tradicional, es que ni siquiera está ya en la novela gráfica. El sustrato es más amplio, y está compuesto de influencias venidas del cómic contemporáneo, pero también de la ilustración, el diseño gráfico,  el arte de galería, los videojuegos… Cada vez hay menos prejuicios. Cabría preguntarse, si su intención y edad fueran otras, si estos fanzines podrán traducirse algún día en obras publicadas por canales profesionales y con viabilidad comercial. Aunque a mí eso ahora me importa poco. Me acucia más otra cuestión, presente en todo el tiempo que he necesitado para escribir este texto: la necesidad de que la crítica se forme y adquiera las herramientas adecuadas para criticar esta corriente artística. Lo narrativo y lo figurativo han sido tan predominante en los cómics que han generado una crítica muy concreta, que atiende a aspectos determinados de los tebeos, aspectos que en estos cómics muchas veces no están o son muy diferentes. Creo que la crítica tiene que acostumbrarse a esta nueva densidad, y en consecuencia, aprender a analizar obras que escapan de cualquier plantilla previa. Lo cual, por supuesto, es muy emocionante.

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Una de fanzines.

No se me ocurre un modo mejor de calentar motores para el GRAF de este fin de semana que pasar revista a unos cuantos fanzines que he leído en los últimos tiempos, y que me han encantado. Todos tienen en común que forman parte de lo más artesanal del fenómeno: pequeños cuadernillos grapados, totalmente libres en su contenido. No es lo único que hay en GRAF, claro, pero sí es una parte que tiene especial interés para mí porque representa el futuro más furioso e imprevisible.

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Empezamos con un fanzine colectivo publicado por Lupa y sombrero, o lo que es lo mismo, Inma Lorente y Chema Peral. Boogie Woogie es un cuaderno muy cuidado en el que se dan cita un autor consagrado como Miguel B. Núñez, otra camino de estarlo, como Ana Galvañ, y un puñado de jóvenes entre los que están, por ejemplo, María Herreros y Nestor F. Lo más sorprendente es encontrarse al jovencísimo Tino, que tras su primer fanzine largo, Cosas brillantes, demuestra una evolución muy significativa. Cada vez dibuja mejor y si sigue así va a hacer cosas muy interesantes de mayor. Su historia, un homenaje a Michael Jackson, gira en torno al baile, al igual que la mayoría de las colaboraciones. La de Nestor F., sobre un dandy farsante, es buena, pero la que más me ha gustado de todas es la aportación de Joaquín Aldeguer, un ejercicio plástico brutal sobre una coreografía.

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Una cuestión menor de Conxita Herrero seguramente sea lo mejor que he leído de esta autora. De ella me gusta no sólo su dibujo, excelente, sino también la libertad con la que aborda su obra. No tiene la necesidad de mantenerse fiel al cómic, simplemente usa lo que necesita en cada momento para conseguir lo que desea. En los pequeños gestos cotidianos, en los silencios y en las frases lanzadas al vuelo Herrero encuentra una espacio narrativo que huye de modelos clásicos —sus historias de una página en el último Migas son buen ejemplo— y busca las sensaciones, las reflexiones íntimas que por su sinceridad nos llegan y provocan las propias. En Una cuestión menor hay textos y hay cómic, pero todo forma parte de un mismo hilo. Una pregunta importante pero formulada banalmente, que provoca una conversación de la que Herrero ofrece mútiples variantes cambiando los diálogos pero manteniendo la misma página. Y después, las opiniones de familia y amigas, y una deducción lógica a la que no le falta humor. Herrero ha encontrado una forma original de abordar temas cotidianos y sencillos, y está demostrando una espontaneidad fantástica. Y, por supuesto, a cada nueva obra mejora, y ésta ya tiene nivelazo.

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De Klari Moreno he leído recientemente tres fanzines, que me confirman que es una de las dibujantes más prometedoras de la escena fanzinerosa. Está haciendo ya cosas interesantísimas, dibuja con osadía, se atreve con todo, no para de sorprender y, se nota, poco a poco se va encontrando con su propia voz. Mierda de golondrina es una pequeña recopilación de historietas, textos e ilustraciones. Es un ejemplo perfecto de su versatilidad: si toca dibujar realista tira líneas y puntos de fuga como nadie, y si toca ponerse cartoon, hace unas historias con perros antropomorfos a las que, seguramente, todavía le faltan un par de vueltas pero que hablan de cosas importantes. Lxs autoshxxters —en colaboración con Cráneo Prisma— entra en terrenos más experimentales, donde Moreno se mueve mejor aún, en mi opinión. Es una especie de ensoñación en la que una chica se transmuta en animal y vive una pequeña aventura con otro. Estos animales de poder, por llamarlos de algún modo, se mueven con total libertad por la página, rompen los límites de las viñetas, flotan por el vacío… El trazo espontáneo de Herrero es perfecto para representar el movimiento de los animales sin envaramientos académicos, y me gusta, sobre todo, que el dibujo nunca deja de ser consciente de que lo es, y de que en la página puede pasar cualquier cosa y no basta con imitar la realidad.

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Pero el que más me ha gustado es Canina. Con él he despejado cualquier duda que pudiera quedarme sobre el futuro que le espera a Moreno. Es una obra mucho más redonda, más hecha, sin perder espontaneidad e inmediatez. Se nota que está dibujando mucho, y eso, a ciertas edades, no puede hacerse sin que vaya acompañado de una mejora palpable. Canina sigue en cierta forma el camino de Lxs autoshxxters; una aventura muda que desdeña la narrativa clásica para centrarse en el movimiento, pero aquí eso contrasta con un sentido de lo geométrico, de puro dibujo técnico, fantástico. En esta historia, que me ha recordado a algunas de Gabriel Corbera, una mujer poderosa, de cuyo cuerpo mana una especie de fuego, se ve impulsada a avanzar. Simplemente avanzar, a través del paisaje y de la línea, de la propia página. No hay palabras porque no hacen falta: lo esencial queda claro. Lo gráfico es ya sorprendentemente sólido en una autora tan joven, pero lo mejor es saber que en el próximo, seguramente, hará algo totalmente diferente.

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Por último, la última creación de Nacho García, una de las voces más personales y locas del cómic español. Suddenly Christian es una colección de historias protagonizadas por un monigote en precarias 3D que es cristiano —y habla en inglés—. Gags sin chiste final, sorprendentes, que juegan con la composición del muñeco, formado por varias partes. Es un gráfico hecho por ordenador que no oculta su naturaleza. Como en otras obras de Nacho, su aparente sencillez encierra una acidez subterránea, y este cristiano tristón que no entiende el arte ni tiene sueños, que parece dejarse llevar por la vida y ser tan gris que hasta sus ojos pasan de él, lo demuestra. Pero además es divertido de un modo tan puro que me hace feliz. Los tebeos de Nacho son como rayos de sol.

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