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Una tanda de fanzines.

Vamos con unos cuantos fanzines que he leído en las última semanas y que no quiero dejar pasar sin comentar, porque merecen la pena.

sisaledale

El primero es una pequeña joya de Conxita Herrero, Si sale dale. Herrero es una de las dibujantes jóvenes más interesante del fanzinerismo actual. Tiene algo de Alexis Nolla o de Peter Jojaio en la limpieza de línea y en el carácter icónico de su dibujo, pero añade un toque enigmático y a veces perturbador al arrebatarle a sus personajes los ojos y la boca. Más allá de eso, de Herrero me interesa mucho su manera de ver la narrativa, abrupta, desconcertante, nunca convencional. Sus historias no son tales, parecen más bien momentos capturados al vuelo, desubicados y sin referencia. Sus páginas evocan sensaciones y afrontan lo irrepresentable con una sencillez desarmante. Estoy convencido de que pronto pegará un golpe en la mesa con una obra rotunda, si es ésa su intención, pero mientras podemos disfrutar fanzines tan sugerentes como éste. Un relato críptico de textos cercanos al caligrama, pura simbología en la que Herreros explica su relación con el lío —así, en abstracto—. Lo ilustra con dibujos sencillos y poderosos, sin renunciar al humor.

taxidermia

El siguiente es otro fanzine publicado por Carinio Ediciones, el sello que dirigen Herrero, Klari Moreno y Alejandra Pastrana: Taxidermia Fanzine. Se trata de un cuadernillo colaborativo y multidisciplinar lleno de ideas y colaboraciones sugerentes. Hay relato breve, ilustración, una historieta de dos páginas de Conxita Herrero sobre el miedo a morir fabulosa, fotografía, citas… Y una entrevista a una taxidermista que confieso que no he podido terminar de leer porque la taxidermia es superior a mis fuerzas… uno de mis grandes traumas es visitar el museo de ciencias naturales de Madrid y encontrarme con cientos de animales disecados. El conjunto es algo irregular, pero se salva porque tiene una gran virtud: la sinceridad. Sus páginas rebosan de rabia, una rabia juvenil, introspectiva, todavía interior. Y eso lo hace un artefacto interesante.

grone

Cambio de tercio y me voy a Valencia, a Ediciones Valientes. Martín López Lam continua su infatigable producción con un pequeño fanzine extraordinariamente editado: Grone. El camino que está tomando su trabajo cada vez me gusta más. En las pequeñas historias de este cuadernito parece fusionar su vertiente narrativa más clásica con el rupturismo gráfico y formal de experimentos como Chemtrail. En la historieta central, «Una escena de playa», su dominio del negro —sobre páginas rosas—, la figura y el movimiento le bastan para prescindir de palabras y contar una historia de sexo y violencia perturbadora en la medida en la que no podemos saber del todo qué está pasando o cuáles son las relaciones entre los personajes. En otras, sin embargo, da rienda suelta a su sentido del color, casi psicodélico: «Odioso verano», un cuento fantástico, y «Jungle», una escena selvática montada en capas superpuestas. Abre el fanzine «Still life», un estudio de alimentos, animales y vegetales, que acaba siendo algo completamente diferente. He destacado lo que más me ha gustado, pero todo es interesante: López Lam siempre lo es cuando se deja llevar y hace lo que nadie más hace aquí y ahora.

las tierras del señore

Y el último fanzine —por hoy— también se debe a la mano de Ediciones Valientes: Las tierras del señor. Una recopilación de dibujos de Fernando del Toro, a quien yo no conocía, pero que me ha resultado muy sorprendente. Todas en blanco y negro y al tamaño que permite el pequeño fanzine, pero con una reproducción óptima. De del Toro me ha gustado cómo mezcla el dibujo naturalista, con proporciones clásicas, con notas discordantes en forma de técnicas de puro dibujo: rayas, puntos, tramas manuales… Consigue efectos muy interesantes. Además, esa mezcla de personajes reales —políticos, sobre todo— e iconos pop, no por explotada deja de ser, aún, efectiva. Hay también citas al cómic americano clásico y una página de historieta final buenísima, llena de asociaciones de ideas locas.

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Sólo para gigantes y Sudd, de Gabi Martínez y Tyto Alba.

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Sólo para gigantes, de Gabi Martínez y Tyto Alba, era una lectura pendiente que tenía desde su aparición en 2012. De Alba he leído recientemente la interesante La casa azul (Astiberri, 2014) y El hijo (Glénat, 2009), con guión de Mario Torrecillas. Creo que es un dibujante extraordinario, el que mejor ha asimilado la tradición de la nouvelle BD en España, y que además no para de evolucionar. Y su color es de los mejores que puedo recordar ahora mismo. Puede que no tenga aún una obra maestra incontestable, no ha hecho su Los surcos del azar o su Beowulf, pero en pocos años ha acumulado un puñado de obras notables. Quizá nunca llegue a hacer esa obra maestra, quién sabe, pero no a todos los autores les hace falta hacerla. De momento, en colaboración o en solitario, está contando historias interesantísimas, que es de lo que se trata.

Sólo para gigantes está basada en una novela homónima de Gabi Martínez, quien aparece acreditado como coautor a pesar de que la adaptación al cómic corrió a cargo de Alba, sin que Martínez escribiera un guión específico. Me parece bien que el novelista aparezca —lo digo por si acaso se malinterpreta—, pero lo comento porque me parece importante para entender cómo trabaja Tyto Alba y cómo se lleva el material a su terreno para hacer de él una obra personal sin que deje de ser una adaptación. La novela gráfica recorre la vida de Jordi Magraner, un zóologo español que pasó media vida entre Paquistán y Afganistán buscando al yeti e involucrándose en la política de la zona del Hindu Kush. El relato es apasionante porque parece una novela de aventuras, pero además el personaje de Jordi, lleno de aristas y puntos oscuros, se revela fascinante en sus excesos y sus contradicciones. Como muchos hombres y mujeres notables, su carácter le procuró enemigos y amigos por igual, y su tendencia al extremismo lo convirtió en un personaje polémico y, en última instancia, le deparó la muerte.

El dibujo está dotado de una fuerza expresiva incontestable. Tyto Alba trabaja a menudo directamente a tinta, y procura que su trazo sea tan espontáneo como sea posible. A veces aplica primero el color y luego traza líneas bastas y furiosas sobre él. Se maneja con registros muy diferentes, a la manera de Joann Sfar, que parece su gran referente, pero mantiene cierta dureza en los rasgos faciales y en las figuras que lo aleja al mismo tiempo de él, siempre más blando y amable con sus personajes. Alba brilla especialmente en los paisajes naturales, pintados más que dibujados. Sus acuarelas aplican colores no naturalistas que evocan emociones y estados de ánimo. En esto recuerda a Sfar, de nuevo, aunque aquí hay que tener siempre la precaución de pensar si no será que Alba maneja las mismas influencias de las vanguardias pictóricas que tanto interesan al autor francés. Sea como sea, el resultado es magnífico.

No voy a extenderme en los detalles de los acontecimientos que se cuentan; sólo añadiré que hay algo muy poético en la manera en la que el yeti se convierte en el macguffin de la historia y, por extensión, de la propia vida de Magraner, que nunca dejó oficialmente de buscarlo pero que se volcó en realidad en la cultura kalash y en su defensa frente a los talibanes. Buscando una criatura mítica acabó inmerso en la realidad humana más dura. Y, al final, toda búsqueda quimérica es en realidad una búsqueda interior.

Al cómic se le nota en varios momentos su origen literario en la abundancia de texto; en algunos puntos hasta directamente se ofrecen páginas de prosa para explicar información. Salvo en algún momento muy concreto, esto no supone un problema porque la narración es bastante absorbente y el interés del lector nunca se le escapa de las manos.

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Poco después de Sólo para gigantes leo Sudd (Glénat, 2011), la primera colaboración entre Martínez y Alba, con la misma dinámica: adaptación de la novela del primero a cargo del segundo, con comunicación entre ambos durante el proceso. Sudd es una historia más breve, en cuanto a páginas y extensión temporal, y menos compleja. Cuenta un viaje en barco por el Nilo a la altura de Sudán, para celebrar la paz en el país, que se tuerce y acaba siendo una aventura bastante oscura. Especialmente porque incide en lo interior; no hay demasiadas peripecias, sino que todo sucede en ese microuniverso que se crea en el barco, que reproduce las viciadas dinámicas sociales y políticas, los juegos de poder y las rencillas personales, y donde toda la oscuridad del ser humano se concentra y se adueña del espacio público.

En Sudd Alba está menos contenido, más excesivo que en Sólo para gigantes. Varía más de estilo y ofrece páginas más rompedoras, en las que el ambiente del pantano donde el barco queda atrapado se convierte en un infierno expresionista. A su manera funciona igual de bien aunque los dos años que separan ambos cómics también se notan; Alba mejora obra tras obra.

Decía que Sudd es un guión menos complejo, porque aunque hay que atender a muchos personajes, en el fondo es lineal. Tiene menos densidad que Sólo para gigantes y menos textos, pero, a pesar de eso, la sensación que provoca sí es más pesada. Satura en varios puntos y muchos de los textos se leen con cierto hastío, quizás también por la tipografía y la manera en la que, en contadas ocasiones, se reduce su tamaño para encajarla en el bocadillo. ¿Por qué sucede esto?

En mi opinión, aunque Sólo para gigantes sea a priori más textual —que no más literario, al menos no en la idea que tengo yo de un cómic literario— el conjunto funciona mejor porque el tipo de narración está pidiendo ese tipo de densidad. Al mezclar el relato de la vida de Jordi con la investigación que Gabi Martínez realizó sobre su vida, con todo lo que eso conlleva respecto a narrador en tercera persona casi constante, multiplicidad de voces de testigos y demás, el texto se convierte en una herramienta imprescindible para acercarse a la compleja red de personajes, viajes y acontecimientos de la vida del protagonista. Es un cómic histórico, y la historia necesita la palabra. Por el contrario, Sudd, pese a que técnicamente cuente una historia, está mucho más centrada en lo introspectivo, en lo psicológico. Es un cómic emocional. Y en ese terreno el texto se hace rápidamente más superfluo porque determinadas cuestiones no se pueden transmitir a través de largas secuencias de diálogo; tiene que haber algo más. Los personajes tienen que hacer además de decir. Es el espacio en el que el dibujo debería desarrollar su poder simbólico para mostrar aquello que no puede expresar la palabra. O expresar de manera gráfica lo que sí puede verbalizarse, como camino para dotar de sentido a esta adaptación. En algunas secuencias los diálogos son demasiado extensos y al final uno no sabe muy bien a dónde van; hay cierta sensación de deriva que acaba provocando desinterés por los personajes, y eso es un problema porque es una obra centrada en ellos, o más concretamente en su caída moral. Pero no nos importan lo suficiente, porque, en lugar de buscar la implicación emocional a través de otros recursos, se opta la mayor parte de las veces por la exposición verbal de los conflictos, bien en diálogo, bien en monólogo del traductor protagonista. Que al final de la lectura de Sudd lo que más recuerde sean imágenes me parece muy significativo. Sudd tiene menos texto que Sólo para gigantes, pero por su naturaleza tiene demasiado texto, sobra más que en la obra más reciente. Parece una paradoja pero en el fondo tiene sentido; no podemos aplicar una sola vara de medir cuando criticamos obras culturales. Cada una tiene su objetivo y sus técnicas, y aplicar fórmulas científicas de forma indiscriminada nos aleja más que nos acerca a sus claves, en mi opinión.

Con todo esto no quiero decir que Sudd no sea una buena obra o que carezca de interés: tiene grandes momentos y Alba dibuja de muerte. Pero Sólo para gigantes es más redonda y lograda en su conjunto. En todo caso ambas demuestran, como lo hacen las otras obras de Tyto Alba, que es uno de los llamados a ser grandes de su generación.

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Nietzsche, de Michel Onfray y Maximilien Le Roy.

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A menudo los cómics biográficos contemporáneos surgen de algún tipo de iniciativa institucional y tienden a estar más al servicio de su finalidad que de la intención autoral y artística. Por supuesto hay ocasiones en las que la voz del artista es incuestionable —me viene a la cabeza, por ejemplo, el extraordinario Louis Riel de Chester Brown—, pero otras, especialmente en casos en los que los autores no tienen demasiada trayectoria, se tiende al producto neutro, a la narrativa funcional.

Si cuento todo esto es porque tengo que admitir que cuando me dispuse a leer esta biografía de Nietzsche publicada por Sexto Piso me temía algo así, a pesar de lo cual edtaba dispuesto a leerlo porque la figura de Nietzsche siempre me ha interesado. Afortunadamente no he acertado, porque me he encontrado un cómic más que aceptable.

El autor es Maximilien Le Roy, un joven dibujante francés del que, haciendo una búsqueda rápida en internet, observo que se ha especializado en este tipo de obras: también ha dibujado biografías de Thoreau y Gaugin. En esta ocasión el cómic es una adaptación de La inocencia del devenir, un libro de Michel Onfray que presentaba un guión cinematográfico sobre la vida de Nietzsche. Tal vez por esa peculiaridad le ha resultado más fácil a Le Roy adaptar de manera amena y ágil el texto.

El dibujo es interesante porque, no sé si de forma involuntaria, el buscado realismo de base fotográfica consigue un efecto extraño, teatral, como si los personajes sobreactuaran. Especialmente cuando hay movimientos o expresiones de sorpresa o enfado esto es evidente. Sin embargo en líneas generales funciona para recrear la época y fijar como históricos los hechos que se cuentan. El realismo y los colores sobrios cumplen aquí la función de la fotografía en otros medios y validan lo narrado como cierto. Hay además de esto unas cuantas secuencias en las que Le Roy se suelta la coleta aprovechando las fiebres de Nietzsche, enfermo casi toda su vida, e introduce colores disonantes y algún efecto gráfico curioso.

En cuanto al relato, da lo mismo que el estilo sea realista: sigue siendo un relato. Uno más de los que podrían hacerse de la vida de Friedrich Nietzsche, seguramente el pensador más influyente de su época, y desde luego de los fundamentales para entender la filosofía y el arte del siglo XX. Pero también tenía sus cosas peliagudas, y su biografía marca en gran medida los derroteros que tomó su pensamiento y su literatura, despreciada por el público y los editores, como se ve en el libro. El guión, más que tomarse licencias, escoge momentos muy puntuales de la vida del escritor y construye con ellos un relato poco denso, salvo en algunas conversaciones puntuales donde el resultado es demasiado forzado, con personajes poco creíbles en sus diálogos. Pero en general, ya digo, funciona bien y produce un retrato de Nietzsche interesante y ajustado. No lo convierte en un histrión —a veces, con personajes históricos controvertidos, es la tentación de los creadores contemporáneos—, e incide en una paradoja sin la cual yo no entiendo su obra: el teórico de la voluntad de poder y el superhombre vivió lastrado por la enfermedad, impedido para llevar a cabo una vida normal, y frustrado en sus intentos amorosos. Eso se refleja bien, incluso a pesar de que hay ciertas cosas que se cuentan en elipsis o simbólicamente, como el rechazo de Lou Salomé. Las líneas generales de su pensamiento se exponen superficialmente, porque la obra se centra más bien en su vida social, en sus relaciones humanas: Wagner y Paul Rée especialmente.

Y otra cuestión muy significativa es que, a veces, me da la sensación de que el guión de Onfray busca indultar a Nietzsche de ciertas acusaciones. En mi opinión no creo que esto sea necesario: ahí está su obra para quien quiera leerla realmente y juzgar por sí mismo la ideología subyacente. Pero es verdad que su figura ha sido denostada en ciertas épocas, principalmente por la manipulación torticera de sus escritos que llevó a cabo su hermana junto con su marido, ambos cercanos al nacionalsocialismo de Hitler. En un par de conversaciones entre Nietzsche y su hermana, precisamente, Onfray hace que el pensador niegue su antisemitismo explícitamente y se aleje de teorías pangermanistas. Todo fue mucho más complejo que aquello —para empezar porque el pangermanismo no puede pensarse desde el nazismo; es anterior, y sus connotaciones no pueden ser las mismas, por tanto— pero se agradece la visión de los autores, aunque sea simple. No hay que olvidar, además, que hablamos de un cómic de sólo 132 páginas que pretende abarcar toda la vida de Nietzsche. Es el equivalente a un largometraje que tira de escenas icónicas, las más populares —el incidente con el caballo al que abrazó, la fotografía del carro con Salomé y Réé— para construiri un relato simple por necesidad pero, creo, suficientemente afinado para servir de carta de presentación de Nietzsche para desconocedores de su figura.

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Tres lecturas en curso.

Por casualidades de la vida han coincidido en las librerías al mismo tiempo nuevas entregas de varias series que sigo con mucho interés. Como en todos los casos he realizado reseñas largas y sesudas de los primeros libros y aún quedan varios para que todas concluyan, voy a apuntar algunas ideas de cada uno de ellos a continuación, a modo de entremés entre esa primera valoración y la que podré hacer en el futuro.

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El primero de ellos es el segundo libro del Kitaro de Shigeru Mizuki. Ya sabéis que aquí a Mizuki se le ama y se le respeta como el maestro de primer orden que es. Operación muerte, NonNonBa o su Autobiografía me parecen auténticas obras maestras. Pero Kitaro es su serie más complicada para el occidente de 2015, porque fue creada originalmente para ser consumida por niños japoneses de los años sesenta. La brecha me temo que es insalvable para un crío español de ahora, pero ¿y los adultos? ¿Puede gustarles Kitaro sin que medie un esfuerzo contextualizador? Creo que sí, porque lo salva el humor y el componente pop de una serie lo suficientemente oscura como para sobrevivir al paso del tiempo. Lo que más sorprende de Kitaro es que no es nada ingenua. El niño fantasma protagonista y sus «amigos» pueden ser benévolos o unos cabrones, en función de cómo se les trate o de sus intereses. Los seres humanos conocen la existencia de los yokai y la aceptan como parte de la realidad, pero se filtra, entre las aventuras locas de Kitaro, una reflexión profunda: «cuando estés con Kitaro tienes que cambiar tu forma de ver el mundo». El mundo sobrenatural de los yokai es para Mizuki una vía de conocimiento que expande nuestra mente y nos permite mirar a la realidad desde puntos de vista no estrictamente racionales. Por supuesto, más allá de eso es un tebeo muy divertido, aunque sea un tebeo divertido del Japón sesentero. El partido de béisbol, por ejemplo, está muy bien, y la aventura en la que el Hombre Rata se vuelve contra Kitaro es seguramente mi favorita del libro. Y Mizuki ya era un dibujante colosal, capaz del dibujo naturalista más detallado —en especial en lo que respecta a la naturaleza—, la caricatura más graciosa y el yokai más aterrador. Sus diseños son tremendos.

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El tercer tomo de Baco mantiene el nivel de esta serie tan extraña y tan difícil de ubicar. Eddie Campbell consigue una mezcla totalmente personal entre lo reflexivo y lo cómico, y no para de pinchar el globo de las expectativas trascendentales de una serie protagonizada por inmortales para, en el momento más inesperado meterla de tapadillo. Con eso logra un tono que me encanta, porque, en el fondo, el tono lo es todo, y la distancia irónica es lo que diferencia muchas veces las obras maduras de las obras juveniles, se reconozcan o no como tales. En Baco 3 hay más combates y más acción que nunca pero da lo mismo, el tratamiento de la misma le quita cualquier atisbo épico, especialmente en la descacharrante batalla a lo Dragon Ball entre el niño Ojos y Hermes, el último de los dioses olímpicos. Lo que más me ha gustado, no obstante, ha sido el tratamiento de la omnisciencia que adquiere Teseo y cómo se aplica narrativamente a la trama, de un modo inteligente y que, a pesar de saber qué va a pasar, no resta interés, sino que lo redobla. Por lo demás, me he dado cuenta de que en toda la serie, marcada por un tono crepuscular —por mucho que incluya humor, o precisamente por eso—, en realidad se está contando el siguiente paso en un ciclo eterno en el que los dioses de un viejo mundo dejan paso a los de uno nuevo. Igual que Zeus apioló a Cronos, el niño Ojos se cargó a los olímpicos y hoy todo lo que nos queda de aquel pasado mítico son los restos ajados de su esplendor: el viejo Baco, Teseo, y el loco niño Ojos.

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El último cómic que voy a comentar es la segunda entrega de Los mejores enemigos. Una historia de las relaciones entre Estados Unidos y Oriente medio, con guión del experto en el Islam Jean-Pierre Filiu y dibujo de David B. La primera entrega se publicó hace unos dos años, pero dado que es un ensayo y no una obra narrativa, no es mayor problema para continuar la lectura. Si aquel primer libro comprendía los acontecimientos entre 1783 y 1953, el segundo solamente se ocupa de lo sucedido entre ese año —creación del estado de Israel— y 1984. Cuarenta años complejísimos que justifican la desaceleración del ritmo de este tebeo, porque hay muchos frentes que atender y Oriente Medio fue una de las zonas más calientes del planeta; aún lo es. Muchos personajes históricos, muchos movimientos y mucha política internacional de cloaca que sintetizar y ofrecer de un modo coherente. No es fácil, pero desde luego los dibujos de David B. ayudan. Ya sabéis que me vuelve loco David B.: La ascensión del Gran Mal seguramente sea mi cómic favorito de todos los tiempos. Su capacidad para la metáfora visual, para crear un universo simbólico rico y coherente, no admite comparación con casi ningún coetáneo. En el anterior tomo aún había algunas viñetas más descriptivas o convencionales, pero en éste prácticamente en todas las viñetas inventa una imagen poderosa y con calado ideológico. El texto de Filiu, por supuesto, no es neutro: el relato histórico nunca lo es. Menos aún en un tema en el que la equidistancia es muy complicada, porque las versiones oficiales contradictorias inundan la labor del cronista. Pero sí son textos concisos, en presente simple y sin demasiados adjetivos. Deja que las connotaciones las aporte, principalmente, el repertorio infinito de David B.

El formato ayuda, pero, en el fondo, me parece evidente que no es una lectura para todos los públicos. Y eso es genial. Es un ensayo sobre un tema concreto y no tiene por qué interesar a todo el mundo, como no interesan a todos los lectores excelentes ensayos y libros teóricos escritos en prosa. Pero el cómic arrastra ese sambenito aún… y de hecho es habitual encontrarse reseñas donde se objeta a muchas obras que no sean para todo el mundo o que exijan conocimientos previos. Lo cual demuestra, me temo, que cierto camino aún está por recorrer.

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Orgullo y satisfacción 6, de VVAA.

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El número 6 de Orgullo y satisfacción se abre con una portada que incluye un ominoso aviso a navegantes de Bernardo Vergara y con el habitual editorial dibujado, donde esta vez es Albert Monteys quien da voz a las virtuales reuniones del consejo de la revista. Esta vez no informa sobre eventos ni lanza las campanas al vuelo, más allá de dar el dato de los 5.000 suscriptores —repito: cinco mil señores y señoras que en la España de 2015 pagan por contenidos digitales. Una barbaridad—, sino que reflexiona de un modo casi serio sobre la labor del humor en estos tiempos. Bajo la sombra y el impacto del atentado sangriento contra Charlie Hebdo, los responsables de OyS asumen la exigencia de la gente que lo está pasando mal, como dice el Fontdevila dibujado. Me ha gustado mucho encontrarme con esa idea nada más abrir el número, porque creo que, independientemente del rumbo que tome la revista —que va diversificando sus temáticas, con acierto—, es ése el punto de compromiso que la acompaña desde su nacimiento, y de hecho está en el centro de su fundación. Me gusta que no lo pierdan de vista nunca.(ACTUALIZACIÓN: Eeejem; me parece que a veces no vivo en este planeta y no había visto este vídeo que parodia el editorial y que me acaban de pasar. Ahora lo veo de una forma un poco distinta, digámoslo así.)

Es un buen número, en el que se sigue asentando el modelo de revista que quieren sus creadores y se afina con los contenidos, que logran un equilibrio casi perfecto entre actualidad política variada, series más o menos independientes y el dosier monográfico. El éxito de una publicación periódica de humor no está tanto en inventar la rueda en cada número y dejar a todo el mundo sorprendido, sino en conjugar las sorpresas y los contenidos mediáticos —por ejemplo, el retorno de Silvio José del número 5— con una rutina atractiva por sí misma. Y leer OyS se ha convertido en un gustazo. Uno lee buscando lo que más le gusta pero acaba leyendo todo porque el nivel medio es el que corresponde a la calidad de sus autores y a la exigencia que se imponen, pero, además, lee sabiendo que va a a sorprenderse, que siempre va a haber alguno que va a ir un poquito más allá del límite, que siempre habrá algo que nos recuerde que determinadas cosas sólo son posibles en una revista independiente alejada de grupos mediáticos, bancos y controles políticos.

Y en este número 6, sin duda, es Alberto González Vázquez quien cumple este papel con su historia del polvo entre Aznar —posbigotito— y Botella, en el que el primero le pide a la segunda que se haga la muerta. Tal cual. Bueno, así empieza. Cómpo acaba no voy a decirlo. Pero no hay palabras para describir el asco que provoca, claro. Sin embargo la mayor trasgresión del autor no está ahí, sino en algo aún más perverso y sutil: provocarnos empatía por Ana Botella. Eso es propio de un genio.

El conjunto de contenidos está muy marcado por las mentiras descaradas en torno a la recuperación y el recorte bestial de libertades que estamos sufriendo. Realmente es necesario decir alto y claro que la policía, en España, se excede más de la cuenta, y que el nuevo código penal abre la puerta a abusos aún mayores. El dosier está dedicado a la ley mordaza y en él están muy bien Mel, que trata las devoluciones en caliente de Melilla y la maniobra del gobierno para legalizar semejante aberración, Vergara y el cachondeo de no poder fotografías ni filmar agentes de policía, y Monteys con un repaso a la ley magistral.

Monteys, de hecho, me parece el más inspirado en este número, porque además de esas páginas firma una entrega de «El show de Albert Monteys» excelente, que trata sobre las dudas del autor ante su trabajo y la necesidad de feedback, más unas páginas sobre la estrategia más reciente del PP para negar la crisis demoledoras y llenas de rabia, sin perder por eso el ingenio fino que caracteriza a Monteys.

Fontdevila se limita en este número a sus dos series y a algún chiste de una página, alguno bastante impactante. Pero lo que más me ha gustado es la historia de «Adonis, activista de la pista», la mejor hasta el momento de la serie, en la que Fontdevila expone su postura frente a las caricaturas de Mahoma y asume sus dudas y miedos de manera brillante y sincera.

Paco Alcázar y Manuel Bartual, por su parte, siguen explorando sus series nuevas y ofrecen muy buenas entregas. Alcázar además recupera a otro personaje mítico. Luis Bustos no deslumbra como en anteriores números con despliegues impresionantes, pero su running gag de Willy Toledo, quizás el personaje de izquierdas más parodiable del panorama actual, es hilarante, por verdadero. No hay exageración en el personaje. Por el contrario, la nueva serie de Vergara, siendo sincero, no me ha parecido tan buena como sus aportaciones sobre política, pero las series suelen tardar en arrancar y hay que valorarla más a largo plazo.

Más cosas que me han gustado mucho: la genial entrega de «Tebeos basura» de Paco Sordo en torno al embarazo, el texto de John Tones sobre las reacciones al atentado contra Charlie Hebdo, «¡La prensa!» de Iu Forn, que retoma la labor que hacía en El Jueves comentando titulares, un chiste de Toni sobre la donación a partidos con mucha gracia, el chiste sobre las multas por fumar porros de Alcázar, la tira de Triz sobre el recientemente descubierto macarrismo del papa Francisco…

En conjunto, casi todos los autores están cómodos y dando lo mejor de sí; otra cuestión es, por supuesto, los gustos personales. Parece mentira, pero OyS lleva ya seis meses en el mercado y se ha asentado totalmente estrechando el lazo con los lectores y ofreciendo una calidad que acompañan de una libertad real de la que son conscientes en cada viñeta, y que saben cuándo usar para romper tabúes desde sus propios intereses y estilos.

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Quartznaut, de Álex Red.

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Quartznaut de Álex Red es el último cómic publicado por Dehavilland, una joven editorial que está apostando por autores noveles con un perfil muy marcado: grafismo rupturista, narrativas alejadas de paradigmas clásicos y nexos muy claros con la ilustración contemporánea.

Álex Red —cuyo trabajo desconocía— cumple todo esto con una historia ambiciosa que mezcla elementos fantásticos que entroncan con el primitivismo cósmico norteamericano con esoterismos varios y ciertos toques de humor. Gráficamente, el órdago es considerable, y lo sorprendente es que sale totalmente airoso del brete en el que él mismo escoge meterse: cuatro niveles narrativos, cada uno con su paleta de colores y su estructura. Su estilo tiene ese toque cartoon tan engañoso de muchos autores actuales, de línea limpia y formas cerradas pero totalmente loco, sin reglas. Por momentos recuerda al desenfreno visual del José Domingo de Aventuras de un oficinista japonés, sobre todo porque en la línea principal, la protagonizada por la criatura amarilla gobernada por su propia mano, no hay apenas texto y la narración es eminentemente visual. Las páginas del Búho y el rábano del destino —tal cual— son más discretas, pero a mí me han gustado incluso más.

Semejante despliegue viene al caso porque Red arma una historia llena de cuestiones sin resolver, sin una estructura nítida. Las cuatro líneas narrativas suceden en diferentes planos de realidad, conectados entre sí a través de cristales de cuarzo, y hay dos personajes que viajan desde nuestro plano —o eso parece, pero nunca podemos estar seguros— a uno superior, donde se reproduce una batalla ancestral que se da a entender que es cíclica, y de cuyo resultado dependerá la existencia de todo este multiverso.

Sin embargo lo interesante de Quartznaut es dejarse llevar, vivirla como la aventura gráfica que es. De hecho si uno intenta racionalizar demasiado y entender todo caerá inevitablemente en los cabos sueltos y en los puntos débiles de este cómic, porque, en realidad, estructura (maravillosamente) loca aparte, la historia es una fantasía clásica de mal puro que se encarna periódicamente y que debe ser vencido por un héroe armado de un objeto mágico. Álex Red dota a este mito arquetípico de elementos novedosos por una vía cada vez más clara en la narrativa contemporánea: la de la distancia irónica, que sumada a su espectacular grafismo consigue una historia genuinamente posmoderna.

La línea que está siguiendo Dehavilland es interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que no se ha explotado mucho en España hasta la fecha. La novela gráfica ha tendido —generalizando mucho, por supuesto— a temáticas más costumbristas o históricas, y la principal influencia de muchos autores viene del independiente americano y sus seguidores; sin embargo hay otras tendencias, cada vez más plurales, especialmente en lo que se conoce como small press norteamericana y en editoriales como la británica Nobrow, que quizás sea el referente más claro de Dehavilland. En ambos casos hay un claro interés por recuperar la temática fantástica y, extirpándole los vicios de décadas de material de derribo publicado por inercia de mercado, dotarla de aire fresco, de un nuevo aspecto más brillante y acorde con la sensibilidad de nuestro tiempo. Las mismas historias de siempre contadas de una forma nueva: un mecanismo que opera en todas las artes a través de la historia y que en el cómic ha estado siempre frenado o interferido por su condición, durante buena parte de su existencia, de material infantil de consumo rápido. Pero mientras ciertos aficionados de toda la vida insisten en aferrarse a un concepto de lo artístico reaccionario y, en el fondo, muerto, el cómic contemporáneo se abre al fin al mundo y se inserta en el contexto de las artes de vanguardia. El cómic no es arte solamente cuando quien lo dibuja imita a Alex Raymond, sino que lo es SIEMPRE. Si eso no se entiende, si la definición de arte que se maneja en cierta crítica de cómic es una que lleva ciento cincuenta años desfasada en otros medios, es normal que determinadas personas no entiendan qué está pasando y se pongan apocalípticas.

Pero me estoy liando, y al fin y al cabo esto pretendía ser solamente una crítica de Quartznaut. Así que terminaré diciendo que hay que seguir a Álex Red, y que no es una obra rotunda pero sí un gran debut, cuya mayor virtud es su refrescante desparpajo, compartido con toda una generación de autores que ahora está empezando a irrumpir y que no ha crecido queriendo emular a los grandes maestros. Afortunadamente.

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Orgullo y Satisfacción n.º 5, de VVAA.

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El primer Orgullo y Satisfacción del año se puso ayer a la venta, coincidiendo con el cumpleaños de Juan Carlos I, al que los autores de la publicación no olvidan —seguro que se siente muy conmovido, el exmonarca—. Y si, según Mariano, 2015 va a ser el año de la recuperación de la economía —otra vez—, para OyS espero que sea el año de la consolidación definitiva. Este quinto número no supera, en mi opinión, al cuarto, que fue fantástico y el mejor hasta el momento, pero tiene contenidos brutales y sobre todo sirve para ver por dónde van a ir los tiros de una publicación que está ya muy hecha, creativamente encauzada hacia el modelo que sus autores quieren desarrollar pero, al mismo tiempo, trufada de sorpresas de las que hacen cada número diferente.

Lo primero que me llama la atención de este número es que, posiblemente, sea el primero en el que la política no tiene una posición central, aunque en realidad lo impregne todo siempre, porque el dossier sobre compartir piso en tiempos de crisis no es atemporal, precisamente, sino que responde a políticas económicas muy concretas. De todas formas esa diversificación no es mala, y menos en un mes como diciembre. OyS nunca quiso ser solamente una revista que se metiera con el rey y los políticos, ni solamente una revista donde decir lo que no podría decirse en ningún otro sitio, aunque eso siga estando ahí y no deje nunca de ser una máxima en la publicación. Se trata de no perder la esencia y al mismo tiempo ser capaz de evolucionar, de sorprender, de no anquilosarse. En ese equilibrio está la clave de la pervivencia de cualquier publicación humorística y creo que OyS no sólo lo está consiguiendo sino que en su autoconsciencia y su compromiso encontrará la forma de que el idilio con los lectores no se rompa nunca. Hay una sinceridad y un trato de tú a tú maravillosos en la revista, sin que eso sirva para caer en el peloteo, al contrario: la mejor manera de demostrar que se respeta a alguien en señalarle también con el dedo, no dorar la píldora sin más ni pasarle la mano por el lomo. En ese sentido la sección que estrenaron el mes pasado, «Astutos lectores», funciona fantásticamente.

Pero creo que lo más importante del número 5 es que las series ya se han asentado y todas están funcionando bien. Por supuesto hay algunas que dan esa sensación desde el principio, como las dos de Paco Alcázar, «La gran época» y «La fábrica de problemas», pero en este número ofrecen algunas de sus mejores entregas. Concretamente las páginas de Alcázar son fantásticas. Para la tira de «Francisco Ibáñez» no tengo palabras, directamente, es lo más gracioso que he leído en mucho tiempo, y al mismo tiempo tan turbia como las mejores historias del autor. Pero es que además en «La gran época» nos espera una sorpresa que no voy a desvelar aquí. Manel Fontdevila y Mel también afinan respectivamente «Adonis, activista de la pista» y «Paco Pánico» y están mejor que nunca. El segundo, con el que hasta ahora no conectaba mucho, me ha hecho reír con su historia de la estufa. Otra serie con una entrega fantástica es «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual, que se monta una historieta experimental acojonante en sólo tres páginas. «Cuaderno de campo de etología política» de Lalo Kubala, que es una serie que requiere una lectura calmada y no sé si calificar de humor —tiene chistes, pero a mí me deprime mucho porque está bien documentada y expone cosas jodidas—, me ha gustado más que nunca con su radiografía de Florentino Pérez, un sujeto que en Madrid sufrimos a base de bien. «El show de Albert Monteys» aunque no alcanza las cotas de la primera entrega —que fue maestra— sigue siendo excelente, y «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio» de Fontdevila también. Miguel Brieva sigue en su línea; a Paco Sordo y su «Tebeos basura» lo he visto por debajo de las primeras entregas, que me encantaron, pero sigue siendo divertido.

Alberto González Vázquez y Luis Bustos me siguen pareciendo dos puntales de la revista. El primero realiza una historia protagonizada por Pedro Sánchez, el renovador, y el segundo una guía de tipos de pisos compartidos dentro del dossier magníficamente dibujada, como siempre.

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Dentro de ese dossier aparte de eso destaco las páginas de Monteys, «Jerarquía del piso compartido», y por supuesto el sorpresón de encontrarme al gran Xabi Tolosa, quien con Esto se ha hecho mil veces ya demostró que tiene un máster en la materia. Confío en que no sea la última vez que lo veamos por las páginas de OyS. También me han parecido muy buenas las páginas de «Cómo protagonizar un piso compartido» de Ágreda y Bartual.

Otros contenidos que sí tratan la política más directamente y que son de lo mejor del número: la primera historieta de Bernardo Vergara, «¿Saldremos de la crisis en 2015?», muy cabrona. Vergara a veces me da la sensación de ser el gran tapado de OyS, aquél que siempre está a un nivel alucinante y que, además, sabe muy bien de los temas que dibuja. Es un humorista político de raza, y junto con Fontdevila, el mejor renovador de la disciplina. Mel me ha hecho mucha gracia con sus páginas sobre la ley mordaza; lo veo cada vez mejor, más a gusto. La nueva incorporación, Oroz, cuyo trabajo no conocía previamente, me ha gustado.

Dos cosas antes de acabar con el repaso: el «Últimas Letizas» de este número es sensacional, muy afinado y con pequeñas píldoras de temas de los últimos días que dan en la diana muchas veces. Concretamente el chiste de Fontdevila de la página 96 es inmenso. Y dos: las páginas finales de Patricio y El Fisgón, dos humoristas de la revista mexicana El Chamuco, sobre la situación de su país, pensadas para el lector español. La idea es interesante y lo que cuentan, además de ser terrible, nos demuestra hasta qué punto pasan de ciertas cosas los medios informativos serios. Y el gobierno español y sus palmeros, de paso, señalando chuminadas de Cuba o Venezuela y pasando totalmente de la corrupción mexicana. Seguramente estas páginas no serán las más populares de este OyS, pero yo me alegro mucho de su publicación y agradezco de veras la idea. Para estas cosas es para lo que merece la pena tener un medio libre.

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