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Picnic saturnal, de Peter Jojaio

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Picnic saturnal (Apa-Apa, 2016) de Peter Jojaio, se lee en poco rato, pero su impacto permanece mucho tiempo. Inocular el desconcierto es una de las mayores virtudes de un autor aún joven (1988), que se mueve de un modo un tanto esquivo en el panorama de vanguardia, con colaboraciones en fanzines colectivos, alguna monografía autoeditada y, en mi opinión, dos grandes hits: «Mañana serás papá» en Tik Tok —por supuesto, no podía faltar en este portal— y «Tétanos», su historia incluida en Terry (Fulgencio Pimentel, 2014). Jojaio proviene de Bellas Artes y no está interesado en trabajar un solo estilo de dibujo, porque, como muchas otras figuras emergentes, ni proviene del cómic comercial ni le interesa llegar a él.

Por eso puede practicar un formalismo perfeccionista con «Tétanos» y luego ofrecer en este Picnic saturnal un dibujo caricaturesco engañosamente descuidado, en el que el color estridente —en la línea de un maestro de este campo como Tommi Musturi— refuerza la condición de irrealidad del relato, que comienza in media res, pero con un argumento conocido que permite que nos situemos: dos monitores y dos niños scouts, perdidos en el bosque y refugiados en una cueva. No sabemos cómo han llegado aquí, ni qué les pasa —y me refiero a qué les pasa psicológicamente—; el clima onírico, reforzado no sólo por el comportamiento errático de los dos adultos, sino también por los diálogos, carentes de lógica, nos envuelve desde la primera página.

En un primer momento, lo ridículo de la situación y la escatología de la primera escena nos hacen pensar que estamos ante una comedia un tanto burra: un torpe y fuera de forma monitor que resbala y cae sobre su propia mierda puede ser un humor muy burdo, pero sigue siendo humor. Sin embargo, Jojaio demuestra una habilidad admirable para dirigir su relato desde este arranque extraño pero banal, incluso podríamos decir tontorrón, como de comedia adolescente estadounidense, a una catarsis de violencia, fuego y muerte. Lo hace sin espacio, en poquísimas páginas, donde cada viñeta cuenta: pim, pam, pum. Lo hace sin desarrollo de personajes al uso ni una trama coherente; lo hace cmo se supone que no pueden hacerse las cosa si atendemos a las reglas clásicas, pero lo hace. Las últimas páginas profundizan en el tópico de la vuelta lo atávico del hombre civilizado al tomar contacto con la naturaleza, pero lo hace de un modo directo y, sobre todo gráfico: con las armas que da la imagen, sin necesidad de replicar la densidad literaria para transmitir ideas. Las imágenes, no debería hacer falta decirlo, también se leen y portan tanta información como la palabra.

Como decía al principio, Picnic saturnal se lee en un suspiro, unos pocos minutos que son como una descarga. No sabe a poco, ni deja con ganas de más, porque la locura que emanan sus últimas páginas —se atisba perfectamente en algunas viñetas de las mismas— perturba. Atrae, por supuesto, pero sabemos que no es buena idea acercarse. Al trabajo de Peter Jojaio, en cambio, uno tiene que acercarse todo lo que pueda.

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Peeping Frank, de Jim Woodring y Charles Barnard

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Las láminas en tres dimensiones son una de esas cosas que me hacen quedarme boquiabierto como un niño, al igual que me sucede con los libros de pop up. Por eso me hizo muy feliz la noticia de la publicación de Peeping Frank por parte de Fulgencio Pimentel, un libro de Jim Woodring y Charles Barnard que sumerge el universo del Unifactor en la magia de las 3D.

El libro tiene un evidente factor lúdico, de descubrimiento y asombro a cada plancha que observamos con las gafas que incluye el artefacto. Es un 3D alucinante, técnicamente impecable. No soy experto en la cuestión, pero no recuerdo ver un libro que emplee esta tecnología con tantos planos, unos volúmenes tan suaves como realistas, ni contrastes tan logrados. Barnard ha aplicado a las ilustraciones de Woodring un laborioso proceso —explicado en el propio libro— que consigue unos resultados espectaculares, que casi cuesta creer.

Pero hay un determinado momento en el proceso de lectura de estas imágenes en el que la sonrisa de maravilla se congela, porque, en realidad, lo que estamos observando es una colección de las pertubadoras visiones de Woodring. Sus personajes de sonrisa inquietante, el repugnante Manhog, las criaturas amorfas del Unifactor, la falta de empatía ante el sufrimiento que caracteriza a este mundo donde todo es posible. Con el agravante, además, de que no son historias, sino momentos congelados en el tiempo: no sabemos qué está pasando exactamente, ni cómo se ha llegado a esa situación. Incluso los momentos de calma, de descanso de Frank y sus amigos, están teñidos de es sensación que, sin darnos cuenta, hemos dejado que nos envuelva. Engullidos sensorialmente por el 3D que nos provoca un efecto de caída hacia la página, nos habíamos centrado en admirar la forma, de modo que bajamos las defensas contra el contenido infeccioso de sus páginas. El mayor poder de este libro es hacernos disfrutar como críos con las imágenes malsanas que siempre han caracterizado la obra monumental de Woodring. Puede que nos demos cuenta cuando un Manhog de tres caras nos mire directamente con una de ellas —saliendo de la página, por obra y gracia de la tercera dimensión—, o cuando Frank ría divertido mientras lo que parecen partes del cuerpo de alguna criatura anfibia se esparcen por el suelo. O tal vez cuando una miriada de pequeñas criaturas inunde la página, como si de una imagen de El Bosco se tratara, cada una de ellas con su propio volumen y posición en el plano.

Peeping Frank es un regalo. Un regalo envenenado, como los mejores, que complementa los cuatro volúmenes publicados hasta el momento por Fulgencio Pimentel, que plantea un acercamiento diferente al universo de Jim Woodring, igualmente perturbador y atávico, aunque se envuelva en la sofisticación de un 3D imposible de lograr sin herramientas informáticas. Acordaos de quitaros las gafas cada cierto rato si no queréis perderos para siempre en el Unifactor.

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Los ángeles de María, de Roberto Bartual y Julián Almazán

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Los ángeles de María de Roberto Bartual y Julián Almazán funciona muy bien como entretenimiento, y como sátira —a veces cruel y a veces cariñosa— tanto de una España tardofranquista donde la Iglesia más reaccionaria y los usos sociales retrógrados seguían vigentes como de todo el fenómeno paranormal que alcanzó su pico de popularidad en esos mismos años —seguramente, no por casualidad—. También funciona tan fantásticamente como Dramáticas aventuras, el fanzine en el que ambos autores colaboran, como remezcla pop-castiza de muchos elementos tanto de la cultura adoptada —la americana— como la propia, rara vez codificada en términos pop. En sus páginas el brazo incorrupto de Santa Teresa y la familia Franco se mezclan con los inevitables nazis, aliens grises o los superhéroes. Y el inefable padre Pilón, líder del grupo Hepta, jesuita e investigador de sucesos paranormales: lo más parecido a un profesor Xavier que hemos tenido en España, como verdadera estrella de un show grotesto dibujado con mucho acierto por Almazán con un ojo puesto en Bruguera y otro en South Park. La historia de tres niños a los que se les aparece la virgen para dotarlos de poderes que pasan a estar bajo la tutela de los servicios secretos jesuítas y son adiestrados por el padre Pilón —y su wild pack de monjas particular— es un desmadre loquísimo y muy divertido.

Sin embargo, lo que más me ha interesado de este librito con apariencia de novela de a duro de tiempos antiguos es el juego constante entre realidad y ficción. O, por decirlo de otro modo, entre verdad y mentira, que es en realidad el mismo juego que llevamos jugando desde la transición, fundamentada en mitos y realidades por igual, y con demasiados hitos envueltos aún en la niebla del secreto oficial. Bartual acierta al sustentar ese juego en lo transmedia, porque el medio es el mensaje, y esa ambigüedad que persigue se logra del modo más efectivo al presentar el relato en soportes verídicos: noticias aparecidas en periódicos, documentos oficiales y páginas de publicidad. Todo ello se intercala con las páginas de cómic y con otro juego referencial, un fragmento de una novela protagonizada por los tres niños con poderes católicos escrita por Enid Blyton, pero en realidad el conjunto forma un relato con una narrativa lineal, que, simplemente, adopta el formato más adecuado para transmitir la información necesaria en cada momento.

El resultado de esta estrategia es que cuando lees Los ángeles de María no sabes si te estás riendo de algo inventado o de algo que sucedió realmente. ¿Cuántos de los recortes de prensa que aparecen están manipulados? No lo sabemos. El cómic es un simulacro, una farsa que nos recuerda que, en realidad, todo lo es: lo que leemos en la prensa seria también puede serlo. De hecho, precisamente el componente cómico y/o falso de ciertas noticias se revela de un modo mucho más contundente cuando se insertan en un tebeo con un aspecto deliberadamente trash como éste, que abraza gozoso los códigos del cómic y la literatura de derribo y que ofrece un aspecto rudo, con fuentes tipográficas en los bocadillos chirriantes y montajes de imágenes que parecen de otra época.

En la entrevista al padre Pilón que se incluye, se destaca como titular la siguiente cita textual: «Es fundamenal saber distinguir el fraude de lo genuino». La carga irónica de semejante afirmación termina de redondear una lectura en la que, precisamente, es imposible saber distinguir el fraude de lo genuino. Quizá también lo sea para Pilón, inmerso en una conspiración dentro de una conspiración que concluye con un prometedor vistazo al futuro, unos posibles años noventa en el que, como no podría ser de otra forma, los ya adolescentes son dibujados a la Jim Lee. Me tomo esto como una promesa en firme sobre la continuidad del cómic en nuevas aventuras que sigan profundizando en nuestor pasado reciente, que, a veces parece que sólo revisitando en clave de farsa podemos llegar a comprender.

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Bob y amigos 4, de Roberta Vázquez

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Roberta Vázquez, de quien ya hablé por aquí hace un tiempo, no para. Publica un cómic tras otro, tanto con editoriales pequeñas como por su cuenta. Y está cada vez mejor. Confieso que me preocupaba que su prolificidad menoscabara su progreso, que no le permitiera reflexionar sobre su propio trabajo y la dirección que estaba tomando. Pero el cuarto número de Bob y amigos empieza a ser una cosa muy seria. Es lo mejor que he leído de Vázquez: con más variedad, con personajes tan bien perfilados como siempre, con el mismo sabor espontáneo de todas sus historias, pero con cierta concreción que antes no existía, con mejores remates, con una contundencia inusitada. Sigue hablando de sus cosas y de su entorno, pero ya no me resulta tan liviana; está encontrando la manera de elaborar un poco más todo sin perder frescura.

Como es costumbre en la serie, el cuadernillo contiene varias historias breves, protagonizadas por el círculo de amigos de Bob el conejo, algunos tan interesantes como Pepperoni-boy, una porción de pizza antropomorfa. Su historia en cuatro páginas cuenta un concierto, al que acude disfrazado de rocker, y que acaba de un modo totalmente inesperado. Los textos de esta historia breve en tercera persona generan una distancia sobre lo que se cuenta infrecuente en la obra de Vázquez, pero sirve para recalcar tanto el humor como el patetismo de la situación. «Tienes un E-mail», protagonizada por el murciélgo Baty, cuenta una experiencia rápida y frustrada en una web de contactos. Como se ve, la frustración siempre aparece de un modo u otro en las historias de este número, porque, de alguna forma, la sensación de no encajar de este puñado de freaks se ha reforzado. Siguen desfasando, pero empieza a aparecer cierta amargura.

Pero lo que me ha sorprendido —y gustado— más es la trama de la ruptura de Bob y su pareja, llena de elipsis e incógnitas. Aparece en páginas sueltas, desperdigadas por todo el cómic, tanto en ilustraciones como en historieta. Aparecen viendo vídeos de fails en Youtube mientras comen pizza y fuman porros, al principio del cuaderno, pero después vemos que ya no están juntos. La fantástica portada ya anuncia un tono más sombrío, que después confirma cada página sobre la pareja. «Dona compra», por ejemplo, es una maravilla: ella va a comprar y, antes las preguntas curiosas del tendero, se inventa las respuestas para no reconocer la ruptura o su situación de desempleo: sus bocadillos mienten, pero los cartuchos de texto, su voz interior, nos revelan la verdad. Otra página muestra un retazo del pasado en dos viñetas, en las que la pata parece se cuestiona la relación mientras Bob duerme en el sofá. Esta página me encanta, y diría que es mi favorita del número, si no fuera por la última, que no puedo dejar de mirar: una reinterpretación de un cuadro de Lichtenstein en la que integra una conversación de Whatsapp y una frase de una fuerza y una rabia inéditas en la obra de Vázquez.

Si este número 4 de Bob y amigos indica la dirección que la serie va a tomar, tengo la sensación de que me va a gustar mucho. El personaje de la pata me parece fantástico, y todos los demás siguen desarrollándose. Da la sensación de que este universo —recordemos que todos los cómics de Vázquez comparten mundo— puede expandirse en cualquier sentido; como en la vida, uno nunca sabe qué le va a pasar mañana. Mientras, Roberta Vázquez sigue pasándoselo bien, contando historias que capturan el espíritu de nuestra época, con todos esos personajes extremos, locos, diferentes y divertidos. Su dibujo, fresco, de aire underground —esos sombreados manuales, por ejemplo— también mejora, poco a poco. Todo lo que su obra prometía se está empezando a plasmar, mucho antes de lo que yo esperaba, la verdad.

 

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Usted no es una persona normal, de Borja Crespo

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Borja Crespo es una de esas personas con las que trabajar es un gustazo. Serio cuando hay que serlo, profesional, cordial… Y un currante. Creo que su labor en el sector del cómic español es esencial para entender el camino que hemos recorrido. Y dice mucho de su carácter que sea de los pocos que empezó a picar piedra en el medio en los años 90 en la divulgación y la organización de eventos que aún sigue al pie del cañón, sin haberse quemado. Todo esto es cierto, pero también lo es que Borja, al menos en internet, es un misántropo gruñón que señala los vicios del público y siempre da una nota discordante. Siempre he pensado que los cínicos son, en realidad, humanistas: sólo si te importan lo suficiente la sociedad y la gente te molestas en criticarlas.

Por eso es interesante leer la recopilación de textos que ha publicado Libros de Autoengaño bajo el título de Usted no es una persona normal. En este libro —cuyo título tiene connotaciones positivas— Crespo despliega una prosa directa, de frases cortas y a veces duras, como una ráfaga de balas de humor negro y sana escatología. Cada uno de los textos, aparecidos en medios como Cactus o El butano popular, es un golpe contundente. Dentro de su estilo, algunas piezas son redondas: buscan la provocación, pero cuando la consigue por el camino fácil, él mismo se censura y hasta se ridiculiza, porque no se excluye de la crítica.

Observando el conjunto con cierta perspectiva, Usted no es una persona normal supone un retrato a brochazos del momento actual, dominado por internet y las redes sociales. Tiene cierta intención sociológica, y analiza cómo somos aquí y ahora: cómo nos ha cambiado la vida, qué buscamos en la red, cómo ha generado una nueva forma de relacionarse… Y cómo ha afectado a la producción y el consumo de cultura, una de las claves del libro. En estos relatos de autoficción se muestra una crítica ácida, poco complaciente, que apunta a la pérdida de autenticidad y sinceridad, y subraya la construcción del gigantesco simulacro que vivimos a diario. Textos como «Facefuck», «Tu muro de Facebook» o «Hipsterical: muerte de un bloguero» hablan de una carrera a ninguna parte por ser el más popular o el que tiene más likes del pueblo, a costa de lo que sea: una actitud que tan bien satirizó Crespo en Neuroworld, el largometraje que dirigió en 2014 basándose en el universo de Miguel Ángel Martín —otro misántropo que no se rinde.

Crespo se acuerda de cuando las cosas eran de otra forma, cuando para localizar a alguien tenías que llamarle al fijo —bueno, lo llamábamos «teléfono», a secas— o recorrerte los bares buscándole. Pero no mitifica todo aquello; de hecho, la inclusión de un par de historias de su infancia deja claro que tampoco es que piense que antes todo era maravilloso. No es casual que la palabra «contradicción» aparezca con frecuencia en estas páginas. Al fin y al cabo, fueron publicadas previamente en medios digitales, de los que viven, en parte, de los likes y la difusión. Como gestor cultural —«La puta gestión cultural»—, Crespo sabe bien que la promoción y el saberse vender son claves. Él mismo es usuario de redes sociales y mantiene una presencia en internet desde antes de que fuera algo verdaderamente masivo y generalizado; en ese equilibrio precario lleno de contradicciones se tiene que mover uno hoy. Yo, que aunque no sea de su generación recuerdo la época en la que nadie tenía móvil, y cómo con veintipocos años juraba y rejuraba que nunca jamás me metería en internet, entiendo bien esa postura y empatizo con ella: miradme ahora, con blog, twitter y toda la pesca. Aunque con móvil del Pleistoceno, eso sí.

Lo más importante que nos da Usted no es una persona normal —que incluye, no lo he dicho aún, un magnífico prólogo de Rubén Lardín y un buen puñado de dibujos de artistas de todo tipo— es la conciencia de que cierta resistencia es posible. Una especie de tercera vía entre lo apocalíptico y lo integrado, en la que se reivindica la mesura, el autocontrol, dejar a veces de lado el egocentrismo del selfie y disfrutar las cosas directamente. Escuchar en silencio en un concierto, ver la película en el cine, guardarte alguna cosa para ti y los tuyos, sin necesidad de compartirlo todo en red. Hay que ver los nuevos tiempos no como un campo abonado para el exhibicionismo onanista, sino como una oportunidad única en la historia de la humanidad: al final, internet nos ha dado mucho más de lo que nos ha quitado, y en nuestras manos está recuperar esto último. Crespo, en esta colección de relatos a ratos divertidos, a ratos negros y a ratos llenos de una costra de roña, en el fondo lo demuestra, aunque parezca lo contrario.

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La favorita, de Matthias Lehmann

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A veces encuentro obras que me interesan más por sus errores que por sus aciertos, en las que me enseñan más los primeros que los segundos. La favorita (La Cúpula, 2016) de Matthias Lehmann es el último buen ejemplo de esto. Se trata de una lectura interesante, que ha mantenido mi interés durante toda su extensión, con un clima asfixiante, donde la cerrazón social se refleja en el encierro en una antigua casa de una pequeña que vive con sus abuelos, recluida. Los visos de verosimilitud, de estar basada en hechos reales, como bien señala Óscar Gual, le beneficia mucho. El dibujo de Lehmann, inspirado en el grabado, acompaña el espíritu pseudovictoriano —que obtiene una interesante lectura cuando descubrimos que en realidad la cronología del relato lo situa en los años sesenta del siglo XX—, refuerza esa opresión, y juega con la composición de página con lecciones bien aprendidas de unos maestros a los respeta demasiado. Desde el principio el aislamiento de la familia se vincula con la presencia invisible de secretos largo tiempo guardados, apuntados al lector con la sutileza adecuada: la homosexualidad reprimida del abuelo, el cuadro de la hija muerta en la pared…  Todo se lee con agrado, la cosa engancha, y de pronto llegan las sorpresas.

La favorita tiene dos puntos de giro claves en el relato, a los que Lehmann parece fiar el juicio final de este cómic. El primero funciona perfectamente: en determinado punto, descubrimos —tras indicios de que algo no encaja— que la niña protagonista es en realidad un niño fozado desde pequeño a vestirse como una niña. A partir de ahí, se explora su descubrimiento de la identidad sexual —en sus juegos simbólicos asume roles tradicionalmente considerados femeninos y masculinos— y el despertar del deseo sexual, cuando entra en contacto con otros niños y niñas, con una sensibilidad hacia el tema bastante desarrollada y sutil, sin abusar de la explicación textual: más bien asistimos a sus reacciones. La voz narrativa en primera persona está tan contenida que en determinados momentos incluso desaparece; es entonces cuando La favorita alcanza sus mejores momentos: por ejemplo, en la secuencia del juego junto al río.

Pero cuando se acerca a su conclusión, Lehmann se da cuenta de que hay muchas cosas que no ha contado y necesita contar sobre el pasado. Tal y como ha planteado el relato, necesita descubrir el misterio. Pero llega a un callejón sin salida, no sé si debido a cierta falta de planificación, en el que, sencillamente, no hay ninguna forma de que la verdad sobre esta siniestra familia se descubra de un modo orgánico, mediante la acción. Pero el autor necesita contarlo igualmente, porque es la única manera de desatascar la historia y llegar la final, que es evidente que tiene muy claro cuál debe ser. Así que no tiene más remedio que anteponer la necesidad del relato a la lógica interna. Como necesita contar una serie de cosas… las cuenta. Interrumpe el relato principal en el presente, rompe con el narrador en primera persona e introduce un narrador en tercera omnisciencente inexistente hasta el momento, que nos desgrana con pelos y señales TODO lo que necesitamos saber para que el final tenga sentido. Llegado a ese punto, a mí no me importa que lo que cuente sea más o menos truculento, sorprendente, o coherente con todos los indicios que nos han ido mostrando; la forma en la que se presenta todo es tan burda, tan poco imaginativa, que me saca por completo. Había una alternativa, igualmente burda, pero seguramente con un efecto menos violento, porque no habría supuesto una ruptura de la diégesis: que todo esto lo contara el abuelo cuando va a denunciar la situación a la comisaría. El final, en el que la realidad irrumpe en el ambiente de folletín dickensiano simbólicamente —la policía viste como corresponde a su época; los abuelos del protagonista parecen, en cambio, personajes victorianos— es interesante y adecuado, pero llega después de ese corte abrupto con la lógica interna.

¿Por qué decía al principio que a veces los errores nos enseñan más que los aciertos? Porque leyendo La favorita se demuestra que no es suficiente con tener una buena historia: hay que ser muy consciente de que la forma en la que la contamos también es discurso, y está íntimamente ligada al contenido. Y si se descuida la forma, todo el edificio puede venirse abajo. Tal vez habría sido mejor dejar cosas en el aire, no explicarlo todo, dejar que el lector especulase con el motivo de la detención policial, o que simplemente supiéramos que el protagonista fue objeto de un secuestro, sin desarrollarlo más. O dosificar más la información a lo largo del libro. No lo sé ni pretendo saberlo, por supuesto; sólo estoy especulando. Estoy entrando en el terreno de las obras no escritas, y únicamente puedo juzgar La favorita que se ha hecho y cuáles, desde mi punto de vista personal, son sus problemas.

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Wassalon y ¿Quién ama a las fresas?, de Clara-Tanit

El domingo pasado dediqué la mañana a leer Wassalon (Astiberri, 2007) de Clara-Tanit, y me ha gustado tanto que acto seguido he releído ¿Quién ama a las fresas?(Astiberri, 2010), que, por otra parte, tenía bastante olvidado. Ha sido un ejercicio interesante leer las dos obras seguidas, y creo que me ha revelado claves del trabajo de la autora en las que no había reparado por falta de perspectiva.

Clara-Tanit Arquet (Girona, 1981) responde a un perfil de autora cada vez más habitual: proviene de una formación académica, primero en interiorismo y luego en ilustración, en la famosa escuela Massana, y llega al cómic tarde, como lectora y como autora (toda esta información la he extraido de esta entrevista en Entrecomics). Es decir, que nunca fue aficionada, de modo que no acarrea un bagaje lector que, si bien aporta muchas cosas, también puede ser limitador cuando lo que se pretende hacer es algo nuevo o rupturista. Este tipo de autores no se plantean si tal o cual cosa se puede hacer en el cómic: simplemente la hacen, porque les apetece, lo necesitan o encaja con su obra, no con las verdades sobre la naturaleza del medio que se han repetido hasta la saciedad. Por eso Clara-Tanit no sigue ninguna regla en cuanto a secuencia y composición de página: a veces se limita a una plantilla funcional de viñetas, otras elimina sus marcos, otras utiliza una página entera para mostrar una ilustración sin texto. Creo que también influye esa falta de afición previa a convertirse en autora —y provenir de otro campo creativo— en su variedad de registros y técnicas mixtas: no siente la necesidad de generar un estilo personal siempre reconocible. Y, de hecho, en «¡Vámonos a vivir al campo! —me dijiste”», su historia incluida en Panorama (Astiberri, 2013) apenas se rastrea la huella estilística de ¿Quién ama a las fresas?.

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Sin embargo sí hay algunas constantes: el dibujo sencillo, sin demasiados accesorios, el trazo irregular y el aspecto en parte naíf. En Wassalon experimenta menos con los cambios de registro y técnica, pero ya ensaya algunas soluciones narrativas que se salen de lo habitual —la página donde explica cómo se aparean las babosas, por ejemplo—. Las dos obras comparten temas y motivos. El universo de Clara-Tanit está cerca del de otros contemporáneos como Martín Romero, Lola Lorente o Alberto Vázquez; comparte con ellos el tono melancólico y oscuro —si bien no incluye la influencia gótica de alguno de ellos—, y el interés por explorar la soledad y la alienación en personajes marginados, diferentes y únicos. Resulta interesante preguntarse por qué este tipo de historias proliferan en un momento en el que, precisamente, hay cada vez más diversidad en todos los ámbitos sociales; tal vez sea precisamente por eso que son necesarias. Clara-Tanit representa a esos personajes diferentes a través de lo visual: Wassalon es una lavadora, su pareja un Patoconejo, la protagonista de ¿Quién ama las fresas? es una chica con cabeza de fresa, etcétera. No son simples convenciones gráficas, no se está jugando con un código del cómic clásico como pudo hacer Maus: son realmente lo que parecen, al modo de lo que hoy hace Roberta Vázquez en sus cómics. Wassalon trabaja como lavadora en una lavandería, de hecho. Y Fresi tiene realmente cabeza de fresa, y todas las personas a su alrededor son conscientes de ello y de su diferencia. De este modo, Clara-Tanit consigue que lo que no deja de ser una impresión común a todos los adolescentes —«soy distinto a los demás y por eso nadie puede comprenderme»— sea algo objetivo y evidente para todo el mundo.

Wassalon es el primer trabajo largo de Clara-Tanit. Aunque se compone de varias historias cortas, el conjunto tiene unidad narrativa completa. El tono es costumbrista, sin demasiadas incursiones en lo irreal o en lo onírico, más allá de que, claro, el costumbrismo es un poco raro cuando transcurre en un mundo poblado por animales antropomorficos, monstruos informes y máquinas dotadas de vida. Por lo demás, y es un acierto por parte de la autora, todo es como en nuestra realidad: trabajos precarios, insatisfacción permanente en una generación a la que se le había prometido todo y no tiene nada. Resulta muy llamativo que estos temas aparezcan en un cómic dibujado entre 2006 y 2007, teóricamente antes de la crisis económica. Ya entonces, resultaba pertinente contar la historia de una lavadora que está harta de trabajar como una autómata haciendo lo que otros han decidido que haga: merece una reflexión, porque demuestra que la cosa viene de lejos y que ha problemas que tienen más de ocho años.

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Pero además de eso, en Wassalon se explora la desazón vital de la lavadora protagonista, cuyos sentimientos están determinados por su naturaleza mecánica, que la hacen diferente y dificulta sus relaciones de pareja. Por eso rompe con Patoconejo —que se llama así porque es hijo de Madre Conejo y Padre Pato, por supuesto— y deja al mismo tiempo su cómodo pero ingrato puesto de trabajo. Su falta de humanidad convencional es tal vez lo que la lleva a acabar con la vida de un gato que adopta Patoconejo, en una de las escenas más duras y a la vez interesantes del cómic. La deriva vital de Wassalon provoca cierta morosidad narrativa, no del todo bien resulta en los tramos finales. No estoy pidiendo un final cerrado en el que todo quede bien claro, pero sí creo que el camino que toma aleja al lector, quizás un pelo de más. Intenta un equilibrio entre desconcierto, misterio y empatía con los protagonistas difícil de lograr, de todas formas, y esto es un más que interesante primer ensayo.

Tres años después llega ¿Quién ama a las fresas?, gracias a la beca Alhóndiga. En ese tiempo han pasado muchas cosas en el mercado español. Wassalon se había publicado el mismo año en el que Astiberri ponía a la venta Arrugas (de Paco Roca) y María y yo (de Miguel Gallardo), los dos tebeos que lo cambiarían todo, comenzando a introducir en la novela gráfica española al gran público mediante temas socialmente relevantes, que interesaron a un lector adulto. Tal vez era pronto para que un trabajo de las características de Wassalon saltara a ese ámbito, como también lo fue para Psiconautas, de Alberto Vázquez, publicado en 2006 por Astiberri. Pero en 2010 se podían concebir cosas diferentes: por ejemplo, editar un libro de tapa dura y ciento cincuenta páginas con una historia atípica y dibujo en bitono. Clara-Tanit también se atreve a más y llega más lejos, en parte por la evolución lógica como autora, pero también porque puede contar con más espacio, y eso afecta al tipo de estructura que puede desarrollar, a la profundidad del tratamiento de los personajes y los temas, y la cohesión de toda la obra, en definitiva. No es lo mismo acumular capítulos breves casi autoconclusivos como hizo en Wassalon que concebir y ejecutar una historia unitaria.

Sin embargo, también es cierto que en ¿Quién ama a  las fresas? están los mismos temas que en la obra anterior, sólo que más elaborados, con resultados más redondos. Clara-Tanit es mejor autora, y por tanto está mejor preparada para contar lo que quiere, obviamente. De este modo la simbología es un poco más profunda, está mejor sugerida, y aunque hay cierta continuidad en algunos rasgos narrativos —por ejemplo, poner a los personajes nombres obvios y descriptivos, de modo que identidad y naturaleza son una misma cosa— la manera de plantear la historia hace posibles variantes interesantes. En este caso, los personajes anómalos son más escasos. Al contrario que en Wassalon, la mayoría de la gente son personas, seres humanos convencionales. Eso hace que Fresi se sienta totalmente sola y diferente, más diferente aún que Wassalon, porque al menos ésta podía sentir cierta hermandad con otros marginados. Pero aunque esto sea así, al mismo tiempo Fresi es idéntica a su madre —que, según cuenta, proviene de una familia donde todos son fresas, pero la abandonó para seguir su camino—; y no hay nada más terrible para una adolescente que sentir que es igual que su madre. Así que, por supuesto, le culpa de todo lo que le sucede y dirige su ira, recientemente aparecida junto a la pubertad, contra su progenitora, a quien la situación desborda por completo.

Todo esto lo vamos descubriendo según leemos; no es un punto de partida, sino que se se va desgranando en escenas siempre subjetivas, porque todo lo vemos a través de los recuerdos de una Fresi que se encuentra en coma. Además de recordar, imagina un viaje onírico, lleno de símbolos que podemos relacionar con su vida real. El contraste produce un ritmo perfecto y resalta el valor alegórico de la historia, sin caer nunca en lo obvio o en lo intrascendente.

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También se genera un contraste interesante entre los recuerdos y sueños de Fresi y lo vivido por su propia madre, que la observa en el hospital y que acaba teniendo una aventura con su médico —el doctor Médico—. Mientras Fresi busca al chico con una manzana por cabeza, recuerda su pérdida de la virginidad con un chico con cabeza de ratón, también diferente pero bien integrado en la clase a la que pertenecen ambos, conoce a una amiga que representa lo que Fresi querría llegar a ser —alguien orgulloso de su diferencia— y se hace acompañar de un panda de peluche que supone otro nexo de unión con Wassalon, y que es enterrado simbólicamente al final de la historia, cuando Fresi despierta de ese coma provocado por su cerebro para permitir un reseteo de su memoria y empezar de cero.

Lamentablemente, una obra tan destacada como ¿Quién ama las fresas? no ha tenido, por el momento, continuidad, más allá de alguna historia corta, como la que mencionaba antes incluida en Panorama. En ésta, Clara-Tanit confirma su desinterés por encontrar algo parecido a una fórmula, ni en sus temas ni en su estilo de dibujo —que ahora vira a la preeminencia de la mancha de color—, aunque de algún modo se sigue viendo su mano, que es la mano de una precursora de la explosión del cómic de vanguardia que experimentamos en los últimos tres o cuatro años. Ojalá volvamos a leer una obra suya muy pronto, porque de alguna forma siento que éste es el momento perfecto para hacerlo.

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