Politeísmos, de Álvaro Naira.

No os podéis imaginar las ganas que tenía de escribir este post, aunque al final las cosas hayan salido como han salido. Lo de Politeísmos ha sido para Álvaro Naira un parto largo y doloroso, sin epidural, y en el que al final ha habido que hacer cesárea, pero sobre esto creo que ya se ha dicho todo cuanto había que decir. Lo importante ahora es que aquél que quiera leer el libro ya puede hacerlo comprándolo aquí, y por tanto ha llegado el momento de hablar de él.

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A estas alturas todos sabéis que Naira es mi amigo (bueno, amigo; es un cabrón que me jode las bolsas free-acid para guardar los cómics cuando se los dejo, pero eso es otro tema), y no voy a ocultar que he seguido de forma muy estrecha el proceso de creación de Politeísmos. Por eso mismo no me apetece (ni posiblemente podría) intentar ser frío y objetivo en este post. No puedo, cuando he visto al autor dejarse la vida en ella, matándose a trabajar, dejar de salir de casa más que para que mearan sus perros. Viviendo única y exclusivamente para escribirla. Sí, es una novela que para mí significa demasiadas cosas; pero también es una buena novela, y lo que pretendo con este texto es que sepáis de qué trata y por qué deberíais leerla.

El propio Naira insiste siempre en que es una novela juvenil, aunque yo no lo tengo tan claro. Muchos de sus personajes son jóvenes, pero las altas cantidades de alcohol, drogas y sexo (eso sí, siempre seguro) no sé yo si encajarían con lo que hoy en día se entiende por literatura juvenil, que es algo bastante más políticamente correcto que el concepto que podía tenerse hace veinte años. En todo caso, yo creo que es una novela que puede apasionar a un chaval, pero que a otro nivel dice muchísimo a la gente de nuestra generación, esos que hemos acabado los estudios, que estamos ya más cerca de los treinta que de los veinte. Luego os explico por qué. Antes: ¿de qué trata la novela? Pues básicamente de un grupo de gente en el Madrid del año 2000 que tiene la creencia de que dentro de ellos anidan almas animales que luchan con las humanas para destruirlas. El protagonista es un lobo, y en palabras de Álvaro, si le habláis de tótems, se partirá la polla u os partirá los dientes, según el día. La cita del libro que Naira extrajo para la contraportada resume esto mejor que yo:

“Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre”.

Ésta es su visión: la que corresponde a un predador. Otros personajes tienen otras. Hay un cuervo argentino de lo más sectario, un ciervo niujero, un coyote oportunista, y tres niñas góticas de diverso pelaje que hacen ouijas para hablar con sus animales interiores. Y todas son válidas, al igual que lo serán las vuestras.

Pero lo que siempre resalto como su principal valor, es la presencia de un conflicto que es imposible que no os afecte, sobre todo a ciertas edades: la domesticación. ¿Nos hemos dejado llevar por la vida? ¿Hemos renunciado a nuestros sueños, a nuestros ideales, por la cruda realidad? Miremos atrás: ¿conseguimos todo lo que queríamos cuando teníamos quince años y todo estaba meridianamente claro? Yo siempre defino Politeísmos como una advertencia, un aviso de que lo que le pasa a ciertos personajes de la novela te puede pasar a ti. Que cuando llegas a ciertas edades el peligro de rendirte siempre está ahí, donde todo deja de estar en blanco y negro y aparecen los grises, el momento en el que hay que elegir: caseta cálida o monte agreste.

Más cosas. Decía que la novela transcurre en Madrid, y en 2000. Y, al contrario de lo que sucede en muchas novelas actuales, el escenario no es de cartón piedra. Pese a que la novela puede considerarse fantástica, la historia hunde sus raíces en un Madrid sucio y real, fruto de una labor de documentación bestial. Naira ha estado en todos los lugares que aparecen en la novela, ha calculado cuánto se tarda en recorrer cada uno de los trayectos que recorren los personajes, y se ha fijado en ambos casos no en qué ve y siente él, sino en qué verían y sentirían esos personajes, siempre con la dificultad de que no bastaba con saber cómo es un sitio, sino cómo era en el año 2000. El Madrid de la novela descubrirá a los que como yo seáis madrileños y estéis hasta los huevos de esta ciudad un Madrid distinto, con lugares mágicos, con rincones en los que aún hay sitio para la maravilla (el templo de Debod, los jardines de Sabatini…). Y a los que no seáis de Madrid, bueno, ya tenéis sitios que visitar cuando vengáis). En Politeísmos, los diálogos son otro de los puntos fuertes. El estilo engañosamente llano de Naira consigue una naturalidad en los diálogos muy difícil de encontrar hoy en día, y más allá de eso, hay tres, cuatro pasajes en la novela prodigiosos. Concretamente el capítulo cuatro del primer arco es un mecanismo de relojería impecable. Todo esto no es fortuito, igual que tampoco lo es la perfecta estructura de espejo que organiza sus dos arcos argumentales. No, es fruto de una labor de corrección y autocrítica bastante poco habitual, y es que hasta prácticamente el último momento antes de enviar el archivo por correo electrónico a Lulú, estaba revisando y cazando erratas. Naira miente como un bellaco cuando dice que ha leído la novela cien veces: yo os aseguro que no bajan de quinientas. ¿Os parece obsesivo? Lo es. Pero si la literatura no es obsesión, entonces no es nada.

Gracias a eso, hoy tenemos una novela que es tan buena como puede ser sin dejar de ser ella. Naira escribirá mejores novelas: probablemente ahora mismo ya sería capaz de hacerlo. Hay cosas mejorables, por supuesto. Pero la visceralidad con la que está escrito y la rabia que destila en muchos momentos, demuestran que es un libro escrito con las tripas, con momentos desgarradores que se te clavan muy dentro. Como las buenas novelas de fantasía, Politeísmos no es escapismo. Como las realmente buenas novelas de fantasía, Politeísmos agita algo dentro de nosotros, remueve cosas que están ocultas pero que son parte de nosotros. Araña, como dice Álvaro. Cuenta una historia en la que es imposible no involucrarse y vivirla casi como propia, porque como decía antes, expone un conflicto que es, fue, o será el del lector. Además lo hace de forma que cuando pasa algo “fantástico” el contraste es mucho más brusco, porque los protagonistas no son criaturas mágicas habitantes de mundos exóticos, sino gente que podrías toparte por la calle, que anda por Gran Vía, come en el MacDonalds y compra en los chinos de la esquina. Álvaro me suele decir que si yo no hubiera vivido tan de cerca la creación de Politeísmos y lo leyera ahora como cualquier otra novela, no me gustaría tanto. Puede que tenga razón. No lo sé. Son demasiadas conversaciones, demasiadas noches en vela. Demasiadas cosas que han convertido esta experiencia en una de las más enriquecedoras de mi vida. No puedo saberlo, no, ni falta que me hace. A veces sentía envidia del que podría leer el libro con ojos nuevos, descubriéndolo por primera vez, pero hace tiempo que llegué a la conclusión de que he tenido una inmensa suerte por leer Politeísmos como jamás volveré a leer una novela, según se escribía, leyendo no sólo la novela que llegará a vuestras manos, sino todas las que podían haber sido, viendo entrar y salir personajes y escenas que quedarán en el limbo, acumulando experiencias y aprendiendo mucho sobre el oficio del escritor. Creo también que parte del valor de un libro reside en su capacidad de afectarte. Pocos libros tienen la capacidad de cambiar al lector, pero estoy seguro de que Politeísmos es uno de ellos. A mí me ha pasado. Politeísmos ha conseguido que cada vez que escuche nombrar los jardines de Sabatini sienta un escalofrío en la nuca, que cuando paso por la calle Lagasca mire siempre a un punto determinado de la acera, por si acaso. Ha conseguido que (¡horror!) me guste una canción de Depeche Mode. Que siempre que conozca a alguien piense inevitablemente en su animal interior. Simplemente, me ha dado algo en lo que creer. Y si lo leéis, también os lo dará a vosotros, estoy seguro.

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