El pitufo es un pitufo para el pitufo.

La abundante mercadotecnia, el propio cariz que fueron tomando sus álbumes, el Padre Abraham y sobre todo la serie de televisión producida por Hanna-Barbera, consagraron a los Pitufos como un producto exclusivamente infantil y desactivaron la lectura crítica que muchas de las historias de su época dorada, con Yvan Delporte en los guiones, tenían implícita. Pero existía. Especialmente en álbumes como Pitufo verde, verde pitufo y sobre todo El rey pitufo, Delporte y el creador de los Pitufos, Peyo, ofrecían una sutil crítica de la política y la sociedad, y en suma, de la naturaleza humana, aunque estuviera disfrazada de duendes azules. Ofrecían una doble lectura: no es que un niño no pudiera divertirse sin más con historias como éstas, pero un lector adulto encontraba jugosos mensajes que merece la pena analizar: son mucho más ácidos e hirientes de lo que pudiera pensarse.

Cojamos El rey pitufo: un tratado de politología perfecto en el que los pitufos pasan por todos los estados posibles del juego político, con una lectura global verdaderamente demoledora. El álbum, por cierto, fue publicado originariamente en 1965: antes pues de la revolución de mayo del 68 y de todo lo que supuso en la política y sociedad francesas (aunque, como me recuerda un lector, tanto Delporte como Peyo eran belgas).

La historia comienza con Papá Pitufo realizando en plena noche un experimento, y comprobando que necesita euforbio para que funcione bien. Papá Pitufo es, como todos sabemos, el líder de los pitufos. Nunca se nos explica cómo accedió al poder, claro. La sociedad pitufa no es una estructura familiar, dado que en realidad Papá Pitufo no es el padre de los pitufos, como demuestra la traducción más acertada que usaba Bruguera de Gran Pitufo —Papá Pitufo era el nombre del doblaje al castellano neutro de la serie de animación, del que extrae todos los nombres de pitufos el traductor de la edición de Planeta que estoy manejando—. Es, simplemente, el más sabio y el más viejo de todos ellos. Es decir, que el sistema de gobierno de los pitufos es una gerontocracia en toda regla. Pero es más: los pitufos no se rigen por ninguna ley, ni tienen constitución ni nada que se le parezca. Sus leyes son el sentido común y una suerte de “ley natural” basada en principios morales de tradición judeocristiana: solidaridad, respeto al prójimo, compartir pero respetando la propiedad privada… Pero en última instancia el que da las órdenes es Papá Pitufo: es, por tanto, un dictador. Uno benévolo y que gobierna por consenso sin oposición, pero dictador al fin y al cabo.

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La autoridad de Papá Pitufo es la que mantiene cohesionada la sociedad pitufa. En cuanto se marcha de la aldea en busca del euforbio, son necesarias únicamente tres viñetas para que estalle el caos y los pitufos intenten llenar el hueco de poder que se acaba de producir. El Pitufo Filósofo, una de las figuras clave de la historia, intenta apelar a una especie de derecho natural de sucesión, sin mucho éxito. Otro pitufo apela a la edad, pero también se le descarta. La primera reacción es liarse a palos, pero un pitufo tiene una idea genial: aplicar el sufragio universal.

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Los pitufos, inmaduros políticamente, sin cultura democrática porque Papá Pitufo siempre ha pensado por ellos, reunidos en la plaza para votar, gritan, todos a una, un cómico “¡Yo voto por mí!”. El Pitufo Gruñón, la voz de la razón en todo este esperpento, declarará que a él no le gustan los “míes”.

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Así, el primer intento de aplicar la democracia se salda con un fracaso. Los pitufos se toman una noche de descanso y reflexión, y a la mañana siguiente comienza la campaña electoral. Pitufo Filósofo, en su visión irreal de la situación, cree que será elegido porque sus compañeros reconocerán su autoridad en ausencia del líder. Mientras, un pitufo al que nunca se le da más nombre que Pitufo, comienza con su particular táctica para conseguir votos, a base de prometer favores para cuando salga elegido o incluso realizándolos ya durante la campaña. Una red de clientelismo de tomo y lomo, vamos. La corrupción campa a sus anchas gracias a la nula integridad que demuestran los pitufos y su desconocimiento total de las reglas del juego —salvo, de nuevo, el Pitufo Gruñón: “a mí no me gustan los pitufos que quieren que les vote”.

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La democracia fracasa estrepitosamente. En el genial discurso final del candidato, Delporte y Peyo ponen en su boca una cháchara demagógica en la que, jugando con el divertido idioma pitufo, en realidad no dice nada, pero que obtiene igualmente la aclamación de la masa. A su oponente, el Pitufo Filósofo, nadie lo escucha, porque cuando Pitufo termina su alocución, invita a todos los asistentes a zumo de frambuesa y dejan desierto el recinto, salvo por el Pitufo Gruñón y el propio Filósofo, que suelta su discurso sin importarle que nadie lo escuche.

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Al día siguiente tiene lugar la votación: los pitufos van pasando por una cabina para que el voto sea secreto y depositan las papeletas en un ánfora. El Pitufo Filósofo también intenta, a su manera, pervertir el sistema, votando varias veces, aunque es descubierto. El resultado de las elecciones es demoledor: gana Pitufo por mayoría absoluta. De inmediato queda patente que su intención no era, lógicamente, ayudar a sus semejantes, sino alcanzar el poder como fin, no como medio. El poder por el poder. Y para hacerse con él, no duda en aprovecharse del sistema democrático en el que no cree, con la aquiescencia de un pueblo que se deja comprar. El paralelismo con el ascenso del partido nazi en la Alemania del 33 es claro, y se enfatizará más todavía a lo largo de la historia. Hitler explotó los miedos de la población y la situación de crisis; Pitufo se aprovecha de la codicia de sus paisanos y sobre todo de su ignorancia.

De inmediato Pitufo muestra su verdadero talante al vestirse con un traje de oro y exigir que se le llame Rey Pitufo en adelante. Ante tamañan megalomanía, los sencillos pitufos se parten de risa, para enfado del Rey. Su reacción es comenzar a crear lo que los pitufos jamás han tenido: leyes. Su “artículo primero” reza así: “Los pitufos deben respeto y obediencia al Rey Pitufo. ¡Cualquier incumplimiento será severamente castigado!”.

La imposición de una norma en una sociedad que funcionaba por la tradición y el consenso es demasiado para los pitufos, que se enfadan y deciden hacer algo al respecto. Y aquí viene otra de las escenas donde más ácidos y críticos son Peyo y Delporte: surge la figura del Pitufo Fortachón, que no es otra cosa que el héroe del pueblo. Fortachón se erige en representante de todos los pitufos y se encamina a ver al Rey Pitufo: va a enfrentarse a la autoridad para reestablecer la justicia. Pero el Rey Pitufo desarticula la breve revuelta como tantas veces se anula a los rebeldes: corrompiéndolos. Al ofrecerle un puesto de poder a Fortachón, éste acepta de inmediato seducido por la pompa de su título, “Gran Capitán”, y olvida sus reivindicaciones. Se convierte así en el brazo armado del poder, y selecciona a otros tres pitufos para que se conviertan en la guardia de corps del rey e impongan por la fuerza de las armas sus órdenes. Los pitufos, por cierto, jamás han usado armas en otros álbumes, y mucho menos para coaccionar a sus iguales. Pero es que ya no son iguales, claro: la igualitaria, salvo por la figura de Papá Pitufo, sociedad pitufa se ha convertido en una sociedad de élites, de estamentos: el rey, los militares, la masa trabajadora.

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Así, los pitufos son obligados a construir un enorme palacio para que sirva como pomposa residencia del Rey Pitufo. El Pitufo Filósofo, una vez llenado el vacío de autoridad, vuelve a su rol habitual de siervo del poder y merodea alrededor del Rey como antes hacía con Papá Pitufo, sin cuestionar sus órdenes y glosando sus virtudes ante los demás pitufos.

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El detonante de la verdadera revolución popular, no obstante, es el encarcelamiento del Pitufo Bromista, por gastarle una de sus típicas bromas con regalo explosivo al rey. Los pitufos se unen y avanzan hacia el palacio, pero son repelidos por una guardia mucho más numerosa que en su anterior aparición. Ya son, dentro de lo que permite el escaso número de pitufos, todo un ejército. El siguiente paso lógico es la conspiración política: un grupo de pitufos con antifaz y capa se reune al amparo de la noche, y “reescriben la historia”: el Pitufo Bromista es calificado de “héroe”, y el vulgar gamberro se convierte en preso político. Entre los conspiradores, por cierto, está el Pitufo Filósofo, que se arrima al sol que más calienta.

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Los conspiradores entran esa misma noche en la cárcel, liberan al Pitufo Bromista y huyen al bosque, aunque dejan atrás a Filósofo, que es capturado. Por supuesto, clama que él no ha hecho nada y suplica al Rey Pitufo.

¿Siguiente paso? La guerra de guerrillas. Al estilo pitufo, sin violencia excesiva, pero sí más de la que suele verse en la serie. Los rebeldes llevan a cabo actos de “terrorismo de baja intensidad”: pintadas en la aldea en contra del Rey Pitufo, por ejemplo. Los pitufos comienzan a desertar poco a poco y huyen al bosque para unirse a la guerrilla: el Rey Pitufo responde militarizando a todos los pitufos, que al principio se niegan pero que son convencidos, simplemente, dándoles una medalla de oro. El Rey Pitufo organiza entonces una “expedición de castigo” al bosque, donde los rebeldes les han preparado una serie de emboscadas que ríete tú del Vietcom.

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El nuevo fracaso y las cada vez más frecuentes deserciones deciden al Rey Pitufo a hacer construir una muralla. Manipula la información, como buen dictador: la excusa es proteger a la población de los rebeldes, la verdadera causa, impedir las deserciones. No sé si Peyo y Delporte tenían en la cabeza el muro de Berlín, pero el parecido es obvio.

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Llegamos al clímax: los rebeldes instan al Rey Pitufo a abdicar o enfrentarse a la guerra. Éste se niega, claro, y estalla el conflicto… a tomatazos. Los rebeldes abren una brecha en la muralla y combaten al rey y sus fieles en la aldea pitufa. La cosa va subiendo de intensidad y violencia hasta que los pitufos están a puntos de lanzar la ofensiva final, armados con palos, contra el Rey Pitufo y sus ya escasos seguidores.

Es entonces cuando llega Papá Pitufo, justo a tiempo para evitar que la sangre llegue al río. El líder pitufo se enfada, lógicamente, pero bastan cuatro gritos para que de pronto todos los pitufos se den cuenta de que estaban haciendo el cafre. La aldea ha quedado destrozada. El Pitufo Filósofo, gracias a que la cárcel ha quedado reducida a escombros, consigue escapar, cantando “la Pitufesa”… es decir, la Marsellesa. El himno nacional francés, símbolo de la libertad y de la lucha contra el fascismo durante la segunda guerra mundial, puesto en boca del pitufo más servil, del que ha estado cambiando de bando durante toda la historia según soplaba el viento. No me digan que no tiene su coña.

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La historia acaba con la vuelta al orden establecido. La libertad de la que han gozado los pitufos ha desembocado en el caos absoluto. La democracia, como en la teoría política platónica, ha devenido en tiranía. Sin el líder, los pitufos han sido incapaces de autogobernarse, por eso celebran la vuelta de esa autoridad legítima, natural, que es Papá Pitufo, que lógicamente nunca es cuestionado por ellos. “¡Os habéis comportado como seres humanos!”, les grita Papá Pitufo, haciendo quizá la alegoría que es toda la historia demasiado obvia. No es necesario ningún castigo; basta con haber aprendido la lección. Con la vuelta de la autoridad vuelven sus valores, y cuando el exrrey pitufo, arrepentido, se dispone a limpiar el desastre que ha provocado, todos los pitufos lo ayudan. Su manto y su traje de oro acaban sirviendo de espantapájaros.

A mí me parece demoledor este álbum, en serio. También me gustan los que son aventura en estado puro, como El Ketekasko o El Astropitufo, pero no tienen una segunda —¿o primera?— lectura tan jugosa. Habrá quien piense que me he pasado un poco de rosca, que son simplemente los pitufos, que son un tebeo para niños. Bueno, a ésos sólo puedo remitirles al primer párrafo, y vuelta a empezar. A mí no me cabe duda de que lo que tenían en sus pitufas cabezas Delporte y Peyo era, justamente, esto.

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13 thoughts on “El pitufo es un pitufo para el pitufo.

  1. Jodidamente bueno, si todos los capítulos tienen un trasfondo como éste, más que un cuento para niños es una obra maestra incluso hasta subvalorada. Honestamente me resulta difícil pensar que así son todos los capítulos, pero igualmente me resulta fácil pensar lo fácil que se me escaparon todos esos detalles al ver la historia.

  2. No, con tanta chicha aparte de éste sólo está Pitufo verde y verde pitufo. Pero incluso los que son más “aventureros” tienen siempre cierta mala leche que los hace muy disfrutables también por un adulto.

  3. Sólo quería hacer una pequeña puntualización, y es que ni Peyo ni sus editores eran franceses sino belgas (francófonos, eso sí)… precisamente el enfrentamiento de base lingüística entre los pitufos del norte y del sur en “Pitufo verde, verde pitufo” siempre he pensado que era una alegoría directa de las siempre tensas relaciones entre belgas de habla flamenca y belgas de habla francesa…

  4. ¡Ay! Menudo fallo. Típico dato que no compruebas porque lo das por hecho. Estoy mirando que Delporte también era belga. Mil gracias por la corrección, Liam, lo cambio ahora mismo.

  5. Estupendo artículo, la verdad. Me fascinan las críticas sociales de Goscini pero estos no se quedan atrás. al conocer casi exclusivamente a los Pitufos por la serie, nunca he sabido lo que había detrás. He de echarles un ojo bien echado.

  6. Gran análisis de uno de los mejores albunes de los Pitufos, lo has expresado muy bien, me encantaria que me dieras permiso para enlazarlo o publicar este gran articulo (huele a goma por mi parte…) en un blog que hacemos unos amigos y yo de pitufos, “pitufando en Azul” hay pocos buenos articulos de los comics, ¿que te parece?

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