Simplemente Samuel, de Tommi Musturi

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El nuevo libro de Tommi Musturi publicado por Aristas Martínez es Simplemente Samuel, una suerte de continuación de las aventuras de este personaje silente que en su primer cómic sólo caminaba explorando mundos de forma interminable. En éste como en aquél, Samuel es un personaje vacío, sin personalidad, un conducto para que la aventura gráfica se desarrolle. Sin embargo, al mismo tiempo es lo mismo y otra cosa diferente, una recopilación de páginas más experimentales y profundas, donde Musturi ha logrado dar un salto al vacío y llegar un territorio nuevo.

A priori, la estructura de página y la dinámica de la narración pueden hacer pensar en Aventuras de un oficinista japonés (Bang Ediciones, 2011) de José Domingo, aunque esta obra estaba dotada de mayor coherencia y presentaba una historia larga. Sin embargo, en realidad creo que tiene más que ver con el Frank de Jim Woodring. Quizá sea una visión menos retorcida, también menos angustiosa. Y, por supuesto, está la diferencia del color y el tratamiento del dibujo: donde Frank es una pesadilla del nonsense y lo irreal, Samuel es un sueño brillante y lleno de colores nórdicos, puros y esplendorosos. Musturi tiene una de las paletas de colores más alegres de Europa.

No obstante las tres obras citadas tienen en común dos cosas. La primera, la ausencia de palabras. Pero, si bien el oficinista japonés o Frank son capaces de comunicarse a pesar de ello, en el universo de Samuel todo es acción y emoción. No hay conversaciones ni más interacción que la física. Sólo una vez la muchedumbre comienza a hablar, pero lo hace con bocadillos sin palabras dentro, que inundan todo y acaban transformándose en nubes. Otra diferencia significativa: mientras que la cara de Frank era pura expresión cartoon, Samuel mantiene siempre un rictus inexpresivo. Su propio diseño, humanoide pero con un solo ojo —nada suprime más la humanidad que romper la simetría del rostro—, parece decirnos que no es real, que no tiene fisicidad; es sólo un dibujo. Y por eso carece de personalidad, más allá de una cierta curiosidad primaria y una pulsión que lo obliga a avanzar, aunque nunca llegue a ninguna parte. Las diferentes secciones presentan a Samuel avanzando por un escenario que no parece conectado con el resto, y cuyas reglas físicas pueden variar. Incluso puede avanzar por un gigante cuerpo humano. Y sus aventuras tienen más con estar que con hacer, porque no es que haga grandes cosas. Se las hacen a él, en todo caso.

Y es que ésta es una de las claves de las historias de Samuel: lo que le hacen. Más concretamente, las transformaciones que sufre. Samuel es un ser maleable, más flexible que el oficinista y Frank, con quienes lo he comparado. Esas transformaciones van de lo lúdico —esas páginas en las que el personaje aparece disfrazado de populares figuras de ficción— a lo metafísico. Porque, como no puede ser de otra forma si se quiere alcanzar algo que vaya más allá del simple gag, las diferentes transformaciones físicas son metáfora de otras. Samuel, que es pura esencia, se convierte en el espermatozoide que fecundó el óvulo del que surgió su propio embrión. Se transforma, previa ingesta de una píldora sospechosa, en diferentes seres para acabar transformado en dos personajes idénticos, que primero luchan y luego follan hasta fusionarse… para dar lugar al Samuel original. Todo fluye, pero todo vuelve siempre al mismo punto, porque da igual lo que le suceda a este ser: al inicio de la siguiente secuencia vuelve a su esencia, incluso aunque haya sido despedazado. Hay, además, una especie de desdoble: aparecen varios personajes que son en parte familia y en parte facetas del propio Samuel. Y sólo uno que rompa la uniformidad del diseño de todos ellos —y el rasgo del ojo único—, y es, significamente, un perro, un Milú que sale de un cuadro cuando Samuel borra al resto de personajes con pintura blanca.

El tono decididamente poético —que no afectado— de sus historias no se plasma solamente en la belleza de sus colores o el diseño basado en las líneas curvas y rectas —hay, por ejemplo, una doble página de un paisaje selvático voluptuoso y cautivador—, ni tampoco en las transformaciones de Samuel o la constante negación de un final a cada pieza, que no tiene, en realidad, principio y final definido. Hay algo más, que tiene que ver con cómo las imágenes se relacionan entre sí a través de relaciones retóricas, metafóricas o metonímicas, que van más allá de cualquier clasificación que parta de la narrativa clásica. La narratividad no está aquí, por tanto, en el hecho de que la acción de la viñeta A suceda después de la que aparece en la viñeta B, sino en la relación conceptual que hay entre dos imágenes. Así, por ejemplo, vemos cómo, después de la escena de sexo de Samuel consigo mismo, aparece una botella de champán en el momento del descorchado, que se descubre como (manida pero cómica) metáfora de la eyaculación, a la que sigue una secuencia en la que una legión de espermatozoides con cabezas variadas pugnan por llegar al óvulo. En otra ocasión, la relación entre ambas imágenes es más compleja: el ascenso de Samuel por un cuerpo de giganta termina con él durmiendo usando las pelusas que ha recogido en el ombligo como almohada, que apoyada en el pezón del pecho de la mujer: la siguiente escena es una escena a doble página en la que una enorme gorila amamanta al personaje. Y un último ejemplo, quizá el más hermoso: tras perder la cabeza, Samuel tiene un accidente y cae el vacío, para quedar destrozado: al girar la página encontramos una enorme ilustración de un cuerpo humano descuartizado, como, si de algún modo, se quisiera evidenciar que Samuel es un reflejo de nosotros…

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… O no exactamente. Porque los personajes gigantes de aspecto humano, a los que casi nunca vemos las caras, intervienen en la acción como si de dioses se tratara, de forma que esa viñeta podría representar la muerte de dios. No lo sabemos porque cuando no hay palabras tenemos que activar otros mecanismos cognitivos y entender las cosas de un modo más intuitivo, sin concretarlas en palabras que definan. Eso es lo interesante y hermoso de obras como Simplemente Samuel, a las que siempre se acaba por volver.


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