¡Cuidado, que te asesinas!, de Lorenzo Montatore

Primera consideración: existe un modo de narrar, una mirada sobre la realidad social intrínsecamente española, que se rastrea hasta la literatura medieval y que da brillantes frutos en El Quijote, El Lazarillo de Tormes, El Buscón o el ciclo del esperpento de Valle-Inclán. Es una mirada cruelmente humorística, sucia y descarnada, que se burla de lo que somos como forma de ver si espabilamos y podemos ser otra cosa, aunque sin mucha esperanza de lograrlo. Es ese humor desacralizador y blasfemo el que define buena parte de nuestra narrativa y el que mejor ha funcionado para explicarnos a nosotros mismos. Luces de bohemia es España. La de su tiempo y casi la del nuestro.

Segunda consideración: existe toda una corriente de dibujo dentro del cómic que, lejos de buscar la perfección académica de raíz clásica y la imitación fotográfica de la realidad —aunque llamar realista al dibujo de Hal Foster o Alex Raymond sea un gran error—, se mueve en un terreno más fluido y mutante, porque entendió —intuyó— desde el principio, desde Töpffer, que esa vía, que tan bien puede funcionar con cierto tipo de historias, puede acabar capando, si se convierte en hegemónica, el potencial del cómic para deformar esa realidad y para crear un lenguaje nuevo con el que expandirla.

Tercera consideración: existe un dibujante de cómics que se llama Lorenzo Montatore que entiende ambas cosas y que lleva tiempo experimentado con su mixtura. Ha entendido que la deformación del lenguaje —del literario, del historietístico— puede revelar nuevas verdades ocultas. Que la desfiguración de la imagen que provocaban los espejos del callejón de la calle del Gato en Luces de bohemia equivale a la caricatura. En La muerte y Román Tesoro (DeHavilland, 2016) y en sus muchos fanzines ya nos avisó de hasta dónde podía llevarnos con esa visión única del lenguaje que ha escogido para expresarse, que roba magia de otros medios y otros creadores sin pudor, porque no hay mejor homenaje a sus ídolos que hacer justamente eso.

Pero ha sido en ¡Cuidado, que te asesinas! (La Cúpula, 2018) donde el talento y la personalidad de Montatore, madrileño afincado en Barcelona pese al aire italiano de su nombre artístico, han explotado en toda su magnitud. Hay mucho que leer y mucho que decir de este cómic que ya desde su título y su ilustración de cubierta está avisando de que es algo diferente, incluso dentro de la corriente de cómic diferente en la que se adscribe. El título: una frase sacada de su entorno, según él mismo ha explicado, pero que remite en su sonoridad y en su uso incorrecto e inesperado del verbo al teatro del absurdo y al humor de un Mihura o un Jardiel Poncela. La ilustración de cubierta: un muppet fabricado a mano y único, por tanto, de Centramina, la protagonista.

Son muchas las influencias de Montatore que se han detectado y enumerado. Francisco Umbral, Tono, las ya citadas y que no repito por no aburrir, la copla española, los videojuegos… Pero a mí me interesa mucho más su modo de cocinar que los ingredientes que emplea. Porque consigue algo verdaderamente difícil: remitir a toda esa tradición de humor triste español; sonar, de hecho, genuinamente español, pero, al mismo tiempo, ser rabiosamente nuevo. Y eso tiene más que ver con su propia mirada que con los condimentos que pueda emplear. Por ejemplo: en realidad, la influencia del videojuego retro es más bien estética, le interesa en cuanto que es otra representación bastarda de la realidad, con sus propios códigos de reemplazo. Cuando Centramina entra en el metro, este parece un portal teleportador del Portal; cuando entra a comprar en una tienda, parece el típico local que hemos visto mil veces en videojuegos de 8 bits. Son rasgos que integra en su propia manera de escribir la realidad. El Madrid que dibuja es el de verdad y al mismo tiempo es un mundo nuevo, sin reglas, un mundo propio y totalmente personal.

E interior: he aquí el triple salto mortal de Montatore. Lo viejo, lo nuevo, y lo íntimo. Lo grandísimo que hace este autor es, precisamente, comportarse como tal y crear algo nuevo, que no tiene tanto que ver con la brillante superficie —tamaña reinvención del cartoon no se ve todos los días— sino aplicar el esperpento a su propia persona. Para ver tu tiempo con esa mirada cruel y sardónica sólo hace falta ser un cínico; para mirar dentro de ti mismo con esas gafas, hace falta estar hecho de una pasta más especial. Y eso es lo que creo que hace Montatore cuando construye el viaje de Centramina y su amigo del pasado, Optalidón.

Lorenzo Montatore mira a su pasado y a su presente, y enfrenta ambos armado con el lenguaje del dibujo. No es poca cosa. El lenguaje es lo único que tenemos frente a la inmensidad. Es lo único que puede hacer el mundo ligeramente inteligible. Puede configurarse en un sistema filosófico, en una doctrina política o en una religión, pero también en una obra artística como ¡Cuidado, que te asesinas!, que sabe a catarsis pero no busca la redención ni la tranquilidad vital. Centramina puede ser Montatore, sí: una escritora que debe tomar litio todos los días y con un pasado de noches de farra, que, atascada en su última obra, se miente diciéndose que volviendo a la noche de su juventud encontrará el final de su novela. Vuelve así al barrio y se encuentra con Optalidón, su mejor amigo, enamorado de ella en tiempos, y maltratado por la vida hasta convertirse en un gusano que se arrastra. Y empieza así un viaje que remite directamente al de Max Estrella y don Latino de Hispalis en Luces de bohemia, que es lo mismo que decir que remite indirectamente a otros viajes de ilustres dúos: de La divina comedia a El Quijote. Optalidón es un buenazo comparado con el cínico don Latino, y funciona más bien como intento de conciencia de Centramina. Las citas a la obra valleinclanesca están ahí: desde la mención al inolvidable marqués de Bradomín a la taberna del Asteris, trasunto de la de Pica Lagartos, pero el viaje no sigue la estructura de Luces de bohemia, aunque comparta nexos. En determinado momento ambos protagonistas también se separan, Centramina, como Max Estrella, también da con sus huesos en una celda, y los encuentros con diferentes personajes son los que la van llevando a su anunciado final —anunciado porque la primera página empieza por la conclusión de su periplo—, además de servir de caótica toma de conciencia de cómo su pasado la ha convertido en lo que es. Si en la obra de Valle-Inclán Max Estrella quiere reclamar unas cochinas pesetas y acaba encontrándose con la grotesca realidad de la España en la que vivía, Centramina parte en buscar de algo más elevado —la inspiración— y se da de bruces consigo misma.

Esa ciudad de formas geométricas y colores chillones se va adaptando a lo que necesita Centramina, que es lo mismo que decir que se adapta a lo que necesita Montatore como autor. Lo he dicho antes: no hay reglas. Los personajes no guardan una coherencia entre sí. Son formas, monstruos, semihumanos. Digamos que son dibujos, que se entenderá todo mejor. Esa sensación de que todo puede suceder al pasar la página está muy medida por parte de Montatore: el libro tiene la extensión justa para mantener la sorpresa sin caer en la rutina. Organizada en escenas que se entrelazan con las de la propia historia que está pergreñando Centramina —ironía: es una novela pero Montatore la representa sólo con dibujos— sus dos finales se precipitan en el momento justo, con una asociación de hermoso simbolismo: el final de Centramina llega al encontrar lo que buscaba. Pero si lo gráfico muta y se configura de formas nuevas e inesperadas, lo mismo sucede con el lenguaje escrito, una de las más destacadas virtudes de Montatore. En esto sigue la estela de Valle-Inclán: puede que a ojos legos parezca que el lenguaje de sus personajes populares en Luces de bohemia —como el de las obras de Jacinto Benavente o el de las zarzuelas— reproduce el habla de la época, pero no es sino una magnífica ficción. Valle-Inclán tomaba referencias literarias, expresiones de la calle y palabras y expresiones inventadas para parir genialidades como «¡Naturaca!» o «Aquí todos estamos con la pupila dilatada y tenemos opción a darle un vistazo a ese kilo de billetaje». Montatore actualiza el concepto y mezcla referencias pop con una manera de hablar que parece la propia de dos amigos que mantienen un código privado, pero, al mismo tiempo, pone la sonoridad y la asociación de ideas inesperada a la misma altura que el mensaje. Ese camello que se despide con un «Tener cuidaíllo», «repasar la cisterna» como eufemismo de meterse una raya o el muy pesadísimo Peluca, que siempre «habla en minúsculas» están construyendo una manera de expresión tan personal y rica como la del dibujo: ambos elementos, en realidad, están perfectamente unidos y surgen de un tronco común, en una celebración gozosa de lo que es o debería ser un cómic: una alquimia con un punto mistérico que sobrepasa los análisis reduccionistas que atienden solamente a los dibujos o a las palabras.

¡Cuidado, que te asesinas! es un libro que apetece releer una y otra vez. El mundo creado por Montatore absorbe y deja el poso que sólo dejan las cosas nuevas y verdaderas, como el Frank de Jim Woodring, otro autor que lo tiene. Hay mucha verdad oculta en la locura, porque sólo la locura puede explicar ciertas cosas. Querer darle sentido a la vida es, acaso, el mayor sinsentido en el que el ser humano insiste en caer. Santiago García, que apadrina con su texto de contracubierta, junto a otro de Max —uno diferente al Mala Estrella—, la nueva obra, habla de la «macabra sabiduría» de una frase que encontramos cerca del final del libro: «¿A dónde nos llevan estas falsas perspectivas?» ¿Se refiere a las perspectivas de la representación académica del espacio, o a las perspectivas vitales que albergamos? ¿O tal vez a ambas? Ésa es la inquietud que deja esta obra diferente —diferente de verdad— que alcanza a rozar con sus páginas una verdad personal que es, por supuesto, también universal.

Escribió Valle-Inclán las penúltimas palabras de Max Estrella: «El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Tras la posmodernidad y la literatura del yo, el adjetivo «española» puede eliminarse, y la frase funciona para explicar la vida de cada individuo, que es lo que intenta Lorenzo Montatore en este cómic que, creo, nació ya clásico.

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