Isolada, de Keiler Roberts

La primera vez que uno lee Isolada (Alpha Cómic, 2019; traducción de Alberto García Marcos), el primer cómic de Keiler Roberts publicado en España, seguramente quedará desconcertado. A mí me sucedió, porque su relato, aparentemente, no parece ir a ningún sitio, ni tener objetivo alguno. Pero hay algo tan atractivo en sus páginas, engañosamente livianas, que la relectura es inevitable. Y, entonces, empieza a aflorar una voz única, que practica una autobiografía luminosa y oscura al mismo tiempo.

Roberts ofrece un puñado de momentos y de pequeñas anécdotas, sin hilo conductor y sin propósito narrativo concreto. Solo cápsulas de su vida cotidiana, de su relación con su pareja, su madre y, sobre todo, su hija Xia y sus ingeniosas ocurrencias. La falta de estructura en esas anécdotas, que muchas veces comienzan in media res o no tienen cierre al uso, alimentan la sensación de que no hay apenas procesamiento en su exposición, que la vida de Roberts y su familia nos llega directamente. Por supuesto, esto se debe a su pericia narrativa, principalmente, porque siempre hay elaboración, incluso cuando contamos una anécdota de forma oral; en el caso del cómic, se añade otro nivel, el de la representación gráfica. Pero el dibujo rápido y sencillo de la autora también trabaja en esa misma dirección. Hay una crudeza en el estilo que traducimos inevitablemente por sinceridad e inmediatez, y que permite una lectura más cercana a su universo. En este punto, por cierto, resulta crucial la rotulación manual de Daniel Tudelilla, rotulista habitual de Fulgencio Pimentel, que hace un gran trabajo traduciendo la tipografía de Roberts de una forma muy fiel.

En el tono también resulta clave el hieratismo del dibujo, sus figuras aquejadas de cierta rigidez y las caras serias, muchas veces inexpresivas, de sus personajes. Hay muy pocas sonrisas en el libro, y eso que, sin embargo, hay mucho humor. Lo que sucede es que no es un humor de cómic, y esto es, quizás, lo que más me ha interesado de Isolada. No hay gags visuales, no hay recursos clásicos para enfatizar las reacciones o subrayar los punchlines. No hay estructura de comedia, ni chistes. Todo lo más, las ocurrencias de Xia, una niña con unas salidas inesperadas divertidísimas: cuando la madre no recuerda si ha tomado su medicación, le pregunta a su hija si la ha visto tomársela, que le contesta: «Recuerdo verte no tomártela». Es un tipo de absurdo involuntario que siempre me ha gutado mucho, y en esta obra Xia nos provee de varias. Pero más allá de eso, hay un persistente aire pocho en todo lo que cuenta Roberts, que resulta humorístico, aunque no se exageren las cosas con esa intención. Tiene más que ver con su mirada que con lo que está pasando, y, en esto, me recuerda un tanto a Gabrielle Bell, otra autora que practica una autobiografía con dosis de humor triste y que plantea, en ocasiones, temas similares a los de Roberts en Isolada.

Pero ¿cuál es la relación que tiene el libro con la verdad? Quién sabe. Basta ver una fotografía de Keiler Roberts para ver que no se parece demasiado a su propia representación ni proyecta las mismas sensaciones. La protagonista de Isolada parece una mujer cansada, sin mucho ánimo ni ganas de nada. La propia portada la muestra dormida sobre una alfombra, mientras que uno de sus perros come algo sobre su espalda. ¿Es así realmente? La respuesta carece de importancia; lo que cuenta es la parte de su vida que ella escoge convertir en su obra. Roberts decide centrarse en lo banal del día a día, pero también en la desgana, en los momentos en los que a una no le queda más remedio que ser mala madre, o en la respuesta cortante que le da a su madre o a su pareja. No hay mucho acerca de su trabajo como dibujante, más allá de una reflexión que ahonda en la soledad que siente dentro de una comunidad de la que cree que no termina de formar parte. Los momentos en los que no tiene ganas de hacer cosas o se siente de bajona son los protagonistas, lo cual no significa que sea lo único que existe en su vida.

Pero, inevitablemente, su tratorno bipolar aparece en determinados puntos y, de una forma u otra, está siempre presente al fondo de la página. Se ha destacado mucho en las críticas que ha recibido Isolada en su valor para explicar esta condición o, incluso visibilizarla, pero yo disiento de esta visión. No veo esa intención en Roberts, aunque puedo equivocarme, ni hay efecto terapéutico o didáctico: ni explica qué es ni cómo le afecta, directamente. Si vemos alguna visita al médico o conversaciones sobre medicación es porque ambas cosas forman parte de su vida, pero la exposición de esta es siempre directa, mediante la acción. No hay discursos, ni monólogos, ni diálogos trascendentales. Si hay alguna enseñanza en el libro, la construimos cada lector en nuestras cabezas.

Por eso creo que Isolada es un libro muy valioso en su originalidad. En un campo tan visitado como el del cómic autobiográfico, cada vez valoro más las voces disidentes, que esquivan la autoayuda y emplean el cómic para expresar cuestiones más profundas, que van más allá de lo que el lenguaje verbal puede transmitir. Lo importante de esta obra está oculto, es algo inefable que, sin embargo, impregna cada página y nos provoca emociones contenidas, porque no todo es melodrama, risas o lágrimas. La vida no tiene arco narrativo.


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