Donde viven los monstruos.

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Tengo que decir algo: los niños no son gilipollas. Son niños. ¿Obvio? Para la gente normal supongo que sí; para los productores de cine de los últimos veinte años, me parece que no. La sobreprotección que la sociedad occidental dedica a la infancia ha conseguido que los productos enfocados a la misma sean cada vez más insípidos, ñoños, y carentes de significado. La corrección política y el miedo a traumatizar a los críos se ha adueñado de ellos; eso, y el miedo a las asociaciones de padres, claro. Porque evidentemente esto conoce su máxima expresión en el mayor productor de cultura y entretenimiento del mundo, EE UU, también conocido como la tierra dorada de las demandas. La etiqueta de “infantil” no sólo ha justificado la creación de productos asépticos, sino, lo que casi es peor, de productos de ínfima calidad y nula complejidad. Por eso es de celebrar que en los tiempos que corren aparezcan personas con la valentía y la capacidad de hacer una película como Donde viven los monstruos.

Donde viven los monstruos es lo que es porque, fundamentalmente, es una película enfocada completamente al niño, sin tener un ojo puesto en los padres. No lo tiene en el sentido en el que pueden tenerlo películas como Shrek o Up —que tienen, claramente, un doble nivel que las hace disfrutables por adultos— ni en el que tienen otros productos exclusivamente infantiles pero que son confeccionados pensando siempre en agradar a los adultos, en ser lo que los adultos de hoy en día consideran que deben ser. Como si los niños fueran de cristal, intentan evitarles cualquier tipo de imagen o situación que, bajo su criterio, pudieran traumatizarlos para siempre. No se ha escapado de esto Donde viven los monstruos. Le han llovido críticas desde antes de ser estrenada, principalmente porque el aspecto de los monstruos parecía a a mucha gente demasiado siniestro, porque pensaban que a un crío eso le daría demasiado miedo. Error. Otros aseguraban que, en realidad, es una película para adultos. Error de nuevo.

Donde viven los monstruos es una película para niños, clarísimamente. Dirigida directamente a su sensibilidad y a su forma de ver el mundo. Max, el protagonista, no es un niño leyendo diálogos de adulto; ni siquiera me atrevo a llamarlo actor. Es, simplemente, un niño real jugando y pasándoselo pipa. No da nunca la impresión de estar actuando, y en eso reside el mayor acierto del director Spike Jonze, que ha sabido recrear un universo infantil auténtico, a través de una historia netamente emocional. Los monstruos —que son diferentes aspectos de la propia personalidad de Max, y quizás, de su familia— se comportan como críos y ellos, como Max, pueden ser tiernos, crueles, amables o egoístas, de un momento a otro. Por eso es una película gamberra y en ocasiones bruta: porque los niños lo son. Un adulto que vea la película con ojos de adulto pensará, probablemente, que muchas cosas no tienen sentido, que no hay coherencia en lo que va pasando. Un niño jamás tendrá ese problema. Para él, así es la vida. De la misma forma, no hay en realidad una trama. Max huye de casa y se refugia en su imaginación, y allí juega. No hay canciones, no hay moralina, no hay mensajes. Hay, ya digo, emociones. Y diversión, juegos primarios, momentos escalofriantes y la amistad entendida como la entiende un niño. Hay muchísima ambigüedad. ¿Los monstruos son malos, buenos…? Ni una cosa ni otra. Pueden ser tiernos, pero también se zampan a los niños —esos huesos de antiguos reyes que se ven cuando Max los encuentra por primera vez—. El monstruo Carol, un reflejo del propio Max, intenta desesperadamente que las cosas no cambien, que vuelvan a ser como eran antes. Intenta no crecer, como lo intenta Max. Una maravilla para dejarse llevar, en suma, entrar en ese universo de Max, en el que existen, como sucedía en Laberinto, todas las cosas que le importan. Y como Sarah en aquella joya de Jim Henson, Max acaba dándose cuenta de que no puede esconderse eternamente, y acaba volviendo, despidiéndose, en una escena completamente desgarradora, de los monstruos a los que ha creado.

La estética personalísima y atractiva de la película es otro de los grandes alicientes de la misma, al igual que la acertada banda sonora. Quizás el principal pero que le puedo poner es que, realmente, no está adaptando el libro de Maurice Sendak, una obra maestra de la literatura para primeros lectores —sí, hay obras maestras aquí, como en todo— con muchas escenas espectaculares, especialmente aquella en la que la habitación de Max se transforma en el bosque donde viven los monstruos. Si se salva ese escollo, sin embargo, la película puede disfrutarse totalmente, siempre que sepamos dejarnos llevar y poner al volante al niño que fuimos, dejarnos invadir por el torrente de sensaciones que propone la película, y sentir miedo a un momento y alegría al siguiente. Entender de forma inconsciente el juego de símbolos, sin querer racionalizar todo lo que vemos.

Creo de verdad que esta película perdurará y se convertirá en un clásico del cine infantil/juvenil. Creo que, lejos de horrorizarle, Donde habitan los monstruos encantará a cualquier niño que no esté ya echado a perder por los Teletubbies y los productos Disney. Recupera una forma de hacer cine fantástico, además, ya totalmente perdida. Demuestra que puede hacerse un cine para niños que no insulte su inteligencia, que es mayor de lo que muchos se creen. La manera, sin ir más lejos, en la que los trataba Henson. A él le habría encantado esta película. Por eso me parece casi poético que su compañía se haya encargado de diseñar y fabricar los monstruos, que son, como hacía muchísimo que no veía en una película, muppets de cuerpo entero. Sólo por eso, gracias. De verdad.

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