El héroe, de David Rubín.

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David Rubín es un autor que siempre me ha parecido prometedor pero con cuyas propuestas nunca he conectado del todo. La tetería del oso malayo o El monte de las ánimas me revelaron a un dibujante excelente y un autor con buenas ideas, pero al que le faltaba algo para hacer una obra verdaderamente grande. Con El héroe, sin embargo tuve desde que leí sobre su argumento un buen presentimiento, que afortunadamente se ha cumplido al cien por cien.

El héroe es muchas cosas, pero primero y ante todo es un cómic de aventura en estado puro, un homenaje a la acción y el sentido de la maravilla de los tebeos de superhéroes, pero también de otras fuentes. El punto de partida no deja de ser arriesgado: una revisión de los mitos de Heracles y sus doce trabajos, a estas alturas de la vida, se antojaba innecesario, y lo sería de verdad si no fuera por el tratamiento único que le da Rubín, que demuestra que sobre ninguna historia está ya todo dicho. Los mitos griegos son aquí una inspiración, una forma de reconocer, precisamente, lo que de inspiración tienen en el mundo de los superhéroes y de la ficción moderna. Además, Rubín va mucho más allá. El mito está certeramente descontextualizado, no sabemos en qué época transcurre la historia, no se define nunca, porque, en realidad, la gracia está en no saberlo, en poderse sorprender continuamente cuadno nuestra idea preconcebida del mito choca con el mundo de El héroe. La magia y los monstruos conviven con la ciencia ficción y la alta tecnología sin traumas, aunque muchos otros detalles remiten a nuestro mundo —tebeos de superhéroes “reales”, pósteres de luchadores mexicanos, i-pads—, Wonder Woman es un personaje secundario, aparecen más razas inteligentes aparte del ser humano, las grandes ciudades contrastan con pequeños pueblos gobernados por tiranos o civilizaciones ocultas. Recuerda, o a mí me recuerda, al menos, al universo de Dragon Ball.

Y probablemente esto no sea casualidad, porque en la narrativa, espectacular narrativa de Rubín, encontramos ecos de Jack Kirby, de Frank Miller, del manga de acción… Ciertos recursos cinemáticos son puramente japoneses —el personaje saltando espada en ristre hacia un enorme enemigo monstruoso, las líneas cinéticas—, pero otros apuntan directamente al cómic de superhéroes más clásico, sin que Rubín deje de lado las exploraciones propias: por ejemplo, su interesante uso de las onomatopeyas. Realmente El héroe, a nivel narrativo, es un pulso constante, un más difícil todavía con el que el lector se sorprende constantemente, consiguiendo algo mucho más complicado de lo que parece: mostrar un espectáculo visual impresionante y ser al mismo tiempo un narrador limpio y claro.

Pero la espectacularidad y la pura diversión que ofrece El héroe no pueden ocultar, aunque quizás su mayor problema como obra es que puede llegar a hacerlo, la reflexión que encierran sus páginas. El héroe trata sobre todo, claro, de héroes. De la naturaleza de lo heroico, de qué supone ser un icono y un modelo inspirador para los demás. Heracles es puro y unidireccional, pero obedece sin cuestionarse al poder establecido, Euristeo, el corrupto gobernante que le impone tareas supuestamente imposibles para provocar su muerte. Heracles quiere “ayudar a la gente”: eso es para él ser un héroe. El statu quo no se toca, la posición de Euristeo es inviolable por derecho divino, y Heracles es una figura publicitaria que vende infinitos productos con su imagen. Poco a poco, según madura, irá cambiando de parecer, primero tras matar a la cierva de Cerineo, sin que ésta fuera una amenaza, simplemente por cumplir órdenes. No será hasta que su amigo Teseo le abra los ojos en un viaje al reino de las amazonas en misión diplomática y que posteriormente tenga un sueño durante un combate en el que se le cuestione su orgullo que Heracles cambiará finalmente de parecer. Hemos visto, sin dramas y sin discursos pretendidamente trascendentes, cómo un niño feliz e irreflexivo se ha convertido en un joven adulto con las ideas claras y una consciencia de sí mismo que debería hacerlo actuar contra Euristeo. En ese justo punto finaliza este primer tomo de El héroe: el reto de Rubín será desarrollar debidamente la reflexión que ha planteado y llevarla a una conclusión a la altura de la ambiciosa obra —por intención creativa, pero también por extensión, edición, etc.— que ha empezado en este tomo. De momento, su primera victoria son las ganas tremendas que tenemos de leer el siguiente.

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