Röhner, de Max Baitinger

Al observar las páginas de Röhner (Fulgencio Pimentel, 2018) se tiene la impresión de estar ante un trabajo de una pulcritud maquinal, con líneas vectoriales que reflejan un mundo perfecto en sus formas. Sin embargo, si nos detenemos en un detalle, si acercamos la vista a una de esas formas, se revelan sus imperfecciones. Lo que parece trazado por una inteligencia artificial se delata humano e irregular, y, allí donde se unen dos líneas, vemos que el autor no ha querido borrar el error.

Es exactamente lo mismo que le sucede a la vida aparentemente perfecta y calculada del protagonista: que en cuanto se fija uno con la suficiente atención, revela sus imperfecciones. Por eso este libro demuestra —por si todavía hace falta demostrarlo— que la forma de representación no es solamente una opción estética en el cómic. La forma es discurso, y eso que llamamos estilo nunca es irrelevante. El argumento de esta segunda novela gráfica de Max Baitinger es bien sencillo: la ordenada y pulcra vida de un joven que vive solo se ve perturbada por completo por la llegada de un viejo amigo bastante insoportable. Pero decir esto dice más bien poca cosa de Röhner; es un argumento que podría abordarse desde el drama o la sitcom, con el dibujo de un Joe Matt o un Peter Bagge, pero, por supuesto, el resultado sería totalmente diferente. Lo que en verdad importa aquí no es lo que sucede, sino cómo se elige mostrarlo, a qué se le da importancia y a qué no. La contracubierta del libro habla de «la pesadilla de un arquitecto», y algo de eso ahí, sí: las líneas gruesas e ininterrumpidas surcan páginas llenas de blanco y delinean un espacio que tiene algo de teatral, en cuanto que no finge las tres dimensiones de un modo naturalista, pero que también resulta artificial porque el piso del protagonista parece un espacio de exposición de Ikea, un habitáculo ideal pero muerto que define a una persona cuya interacción social parece limitarse a intercambios de favores con su extraña vecina. Hay en la reiteración y monotonía de su vida, y en la parsimonia fría de su voz —narrador en primera persona— que recuerda  Kafka o al Thomas Bernhard de Maestros antiguos, pero muy tamizada por un humor personal que encuentra un gozo especial en el sufrimiento del protagonista, que parece responder al tipo obsesivo compulsivo —como evidencian el minucioso procedimiento para preparar café, o el hecho de que sea capaz de tirar una alfombra en la que se ha derramado confeti—. La distancia entre él y el resto de la gente se subraya con un recurso que ofrece el lenguaje del cómic: nunca lo vemos dialogar directamente mediante bocadillos con otros personajes, sino que es la voz narradora la que, con estilo indirecto, nos informa de lo que les dice.

El grafismo, por su parte, nos lleva a un terreno irreal y frío, aunque hay espacio para la expresividad en la cara del insoportable Röhner —cuyas tonterías, por cierto, traduce magníficamente Esther Cruz Santaella—. En ese terreno, realidad y ficción puede mezclarse sin necesidad de variar el estilo. Lo que sucede en el escenario de la historia puede deformarse y descomponerse en las ensoñaciones del protagonista, que fantasea con partirle la cara a su amigo o decirle cuatro verdades a la ídem. Por supuesto, nunca es capaz de hacer nada, y sus planes para librarse de él resultan ridículos en su sobredimensión. Otra cuestión que permite reflejar el estilo de Baitinger son los procesos de todo tipo. Es la manera más eficaz de mostrar una personalidad obsesiva en el cómic: a través de los detalles, de los pasos meticulosos que sigue para llevar a cabo la tarea más rutinaria, desde hacer un café a inflar un colchón, pasando por un paseo en bicicleta —quizás la página más rotunda de este libro sea aquella en la que una gruesa lluvia comienza a caer durante ese paseo— o, sobre todo, el proceso de masticación y formación del bolo alimenticio que, finalmente, acaba vomitado en el inodoro. Se muestra de manera bastante abstracta y geométrica, pero, de alguna forma, entrelazada con el texto aséptico, acaba por dar verdadero asco.

Cuando hablamos de vanguardia o de abstracción —ya sean las históricas o las corrientes que hoy podemos etiquetar así— a menudo caemos en el error de pensar en formalismos e intelectualismos, en algo que podemos disfrutar fríamente, pero que no contiene emociones. Es un prejuicio evidente que se desmonta cuando nos situamos delante de un cuadro de Kandinsky o Mondrian: una cosa es que no podamos describir una narrativa convencional en sus trabajos, y otra que no transmitan éstos todo un abanico de emociones a través de sus volúmenes y colores. Lo mismo sucede con el cómic más experimental de la última hora, que algunos piensan que no puede emocionar como las buenas historias. Se habla aquí, en realidad, de un sentimentalismo dramático, de situaciones tratadas de forma que nos muevan a la piedad, el odio o la tristeza. Pero, al margen de que esto no es una obligación ni un requisito indispensable en una obra —sólo una convención de la narrativa más mainstream desde la modernidad—, cómics como Röhner niegan la mayor: hay muchas sensaciones en sus páginas. La repetición de las figuras, la deformación de los espacios y los seres humanos o la geometría como forma de representar lo abstracto generan agobio, incomodidad o inquietud. O asco, como decía antes. Hay que ser muy bueno, por ejemplo, para tramar la secuencia de la fiesta, especialmente a partir de la irrupción de la policía. Y si he insistido tanto en este texto en la importancia de la forma, dediquemos unas palabras al formato, que, en ciertas obras, no es menos importante. El tamaño y el aspecto del libro Röhner potencia todas sus cualidades; parece un catálogo, un tanto tosco, pero su papel de alto gramaje le otorga una cualidad muy física. Las dimensiones de las páginas contrastan con lo que se muestra, con unos dibujos simples y abundantes espacios que podrían caber y entenderse perfectamente en un formato más reducido, pero que multiplican su impacto con ese tamaño, y nos avocan a un abismo.

Por todo esto, la lectura de Röhner resulta una experiencia estética y narrativa perturbadora. El libro nos absorbe porque parece que quepamos en sus páginas, y el grafismo único de Max Baitinger —autor a seguir a partir de ahora, sin duda— nos dirige a través de una de esas historias pequeñas que se hace grandes mediante un tratamiento entre lo tragicómico y lo épico cotidiano. El protagonista no es un héroe, desde luego, pero sus tragedias se magnifican a través del dibujo y de su propio trastorno, que acaban siendo una misma cosa, y que vuelven la vida una pesadilla, o hacen indistinguibles una de otra.

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