Lo que más me gusta son los monstruos, de Emil Ferris

La cuestión de la representación —entendida en un sentido muy amplio— se ha convertido en una de las claves centrales de la novela gráfica contemporánea y, seguramente, es la que más me interesa en estos momentos, como investigador y como crítico. No hablo únicamente de la representación de hechos traumáticos o tabúes, sino también de cómo se relaciona la representación de la realidad con la propia realidad, y cómo puede utilizarse la condición específica del dibujo, de los gráfico, para expresar realidades complejas que no siempre pueden representarse con una simple traslación naturalista —porque, de hecho, muchas veces ni siquiera tienen una naturaleza material—. Reflexiono unos momentos y me doy cuenta de que prácticamente todas las obras que más me han interesado y gustado en los últimos años abordan esta cuestión de un modo u otro: Maus de Art Spiegelman, La ascensión del Gran Mal de David B., Fun Home de Alison Bechdel, El fotógrafo de Emmanuel Guibert, Didier Lefèvre y Frédéric Lemercier, la mayor parte de la obra de Chris Ware, Las meninas de Santiago García y Javier Olivares, Rey Carbón de Max y tantas otras. Por ello, si se piensa bien, resulta lógico que una de las grandes sensaciones del pasado 2018 también aborde la cuestión —¿el problema?— de la representación, y que lo haga, además, a su propia y original manera: hablo de Lo que más me gusta son los monstruos, de Emil Ferris (Chicago, 1962) publicado en España por Reservoir Books.

De la autora y sus circunstancias ya se ha escrito mucho, pero interesa rescatar algunos datos. Ferris debuta a una edad madura, inusual para una dibujante de cómics. De hecho, en la industria estadounidense, su edad es en la que un dibujante suele estar ya alejado de los grandes proyectos y las series regulares. Ferris siempre se había dedicado al diseño, pero fue tras contraer una grave enfermedad que la dejó paralizada parcialmente cuando decidió dibujar su primera novela gráfica, como parte de un proceso de recuperación y rehabilitación. Pero lo que más me interesa es que Ferris tuvo que reaprender a usar su mano derecha y, por tanto, a dibujar. Y lo hizo sin la capacidad de aprendizaje intuitivo que tendría una niña, sino, más bien, de forma consciente y trabajosa: podemos suponer que hubo mucho tiempo para reflexionar acerca del acto en sí de dibujar y de expresarse a través del dibujo. La historia de Lo que más me gusta son los monstruos rezuma autoficción, de forma que hay una evidente implicación personal en lo que se cuenta. Ferris proyecta su infancia en la de Karen Reyes, aunque los hechos que se narran no sucedieron. He aquí un primer nivel de análisis: la representación de una memoria a través no de un relato directo, sino de una ficción impregnada de verdad. Puede que el entorno familiar de Karen no corresponda al de Ferris, pero los sentimientos de la protagonista sí reflejan la infancia de la autora, fascinada por los monstruos y aquejada de una enfermedad que, a ojos de sus compañeros de clase y vecinos, la convertía simbólicamente en uno. Tampoco implica menor compromiso con esa verdad que la trama beba de la imaginería de las historias de terror del cine de la Hammer y las revistas de los sesenta para desarrollarse, después, como una trama canónica del cine de género negro. Ferris no es la primera que recurre a los géneros clásicos para hablar de ella misma, por supuesto; pero sí puede decirse que lo hace de una manera única, al tratarlos desde una posición metarreferencial, ya que no es exactamente una historia de monstruos y detectives, sino que la protagonista está imaginando esa historia, y el lector atisba a través de ella una serie de hechos de la cruda realidad. La manera en la que el relato relativamente ingenuo de Karen nos guía resulta no solo muy inteligente, sino también efectiva para contar algo que, de otra manera, podría caer en las convenciones del folletín. Evidentemente, Karen no quiere contarnos esos hechos que, en realidad, no entiende o tarda en entender, pero Ferris sí sabe muy bien como hacernos llegar esa información fragmentada a través del relato de la niña, sin romper nunca el pacto de ficción ni sonar falsa, gracias, también, a lo magníficamente escritos que están los textos.

Y esto nos lleva, de nuevo, a la representación como gran clave de Lo que más me gusta son los monstruos. Se encuentra incluso en el formato en el que se presenta la obra: la apariencia de cuaderno anillado de papel pautado nos está subrayando constantemente —y de un modo intencionadamente excesivo— que lo que leemos es un relato que Karen nos cuenta. Lejos del modelo de narración clásica, que tiende a invisibilizar lo extradiegético para sumergirnos en un mundo que no existe pero que, mediante las convenciones del pacto ficcional, aceptamos como real, en este libro siempre somos conscientes de que lo que vemos es lo que la protagonista va dibujando sobre su diario. Un diario que, en determinado momento de la narración, otro personaje afirma haber leído, de modo que se hace evidente que tenemos en las manos una pieza del propio relato. Es importante subrayar, además, que Karen nunca tiene intención de dibujar un cómic como los que lee en sus revistas de terror, por lo que la forma final escapa de las convenciones. Para empezar porque, como es sabido, Ferris emplea los mismo bolígrafos para dibujar sus páginas que Karen utiliza en la ficción para su diario. El rayado meticuloso, denso, le confiere a muchas páginas una textura artesanal muy concreta, casi física, con la que Ferris consigue unos volúmenes muy marcados, que le sirven, también, para forzar las perspectivas con fines expresionistas. El libro/cuaderno está trufado, además, de elementos que Karen recoge en su investigación: un dibujo de su hermano Deeze, una nota, los fragmentos de una fotografía. Adquiere, así, una cualidad adicional, de cuaderno de campo, que potencia la habilidad más destacada de Ferris como dibujante: la modulación de su propio trazo en función de las circunstancias de cada momento del relato. Si asumimos que estas páginas son obra de una niña de 10 años muy dotada para el dibujo, tenemos también que asumir que no siempre estará en las condiciones óptimas para dibujar. En las páginas en las que Karen puede dibujar con calma, y retrata —muchas veces, de memoria—, a algún personaje, o los cuadros del museo, el dibujo de Ferris se llena de detalles, colores o matices. Cuando la niña quiere capturar una conversación que ha escuchado, el dibujo se vuelve rápido y furioso. Si está dibujando oculta, mientras presencia una escena, más aún, o si, como sucede en gran parte del libro, está transcribiendo en dibujos el relato de la asesinada Anka, grabado en unas cintas que conserva su marido.

Esta premisa da lugar a situaciones muy interesantes. Por ejemplo, en las primeras páginas, en las que, sutilmente, la voz de Karen nos sitúa dentro de las reglas del juego narrativo, en un momento dado explica cómo, a veces, para escuchar conversaciones familiares, finge estar absorta en el dibujo. Y, en ese momento, se concentra en inmortalizar la hamburguesa con patatas que se está comiendo: al girar la página, podemos ver justamente ese dibujo, pues era en el mismo cuaderno que estamos leyendo donde lo estaba dibujando. Lo mismo sucede con las espectaculares copias de portadas de revistas de terror apócrifas, que nos permiten intuir el paso del tiempo y aportan información sutil o anticipan, simbólicamente, los verdaderos significados de hechos que Karen tiende a interpretar de una forma más ingenua o traducidos a su propio código.

Las implicaciones de este manera de representar van más allá. De nuevo, la propia naturaleza del libro nos indica siempre que todo está filtrado por una mirada subjetiva. Empezando por la propia autoimagen: Karen se dibuja como un monstruo, como una niña loba. Se está construyendo una identidad diferenciada de aquellos que la acosan, y se convierte en lo que quiere ser: un monstruo poderoso, que acabe con sus enemigos y salve a su madre enferma. Los muertos vivientes no pueden morir. Aunque se ejecute de una forma totalmente diferente, es imposible no pensar en la idea que animaba a David B. cuando realizó La ascensión del Gran Mal. Pero es importante, además, darnos cuenta de que esta niña loba bien podría ser un hombre lobo, o, simplemente, lo licántropo, porque lo que aquí opera no es otra cosa que la capacidad perfomativa del dibujo: cuando Karen se dibuja como monstruo desatado, al comienzo del libro, desaparecen los atributos convencionalmente atribuidos a lo femenino y es, simplemente, un monstruo. Esta representación se elabora al tiempo que descubre su propia sexualidad disidente, lo que la lleva a identificarse con el detective masculino de gabardina y sombrero de ala ancha, el estereotipado protagonista de las películas de cine negro que Karen está intentando replicar con su investigación. El otro personaje representado como un monstruo —el de Frankenstein— es, significativamente, el otro personaje homosexual, un compañero de Karen. La feminidad normativa se proyecta solamente en la representación de las dos personas hacia las que la niña siente atracción: Anka, que alcanza categoría mítica en su imaginación, y, hasta cierto punto, en su amiga de clase, distanciada en el momento en el que comienza el relato, a quien ve como una fría vampira.

Todo es un juego de miradas: la de Ferris sobre sus personajes, la de Karen sobre su familia y vecinos, y la nuestra sobre todo el conjunto. Por eso la portada de Lo que más me gusta son los monstruos no podría ser más certera: en los ojos de Anka, dotada de una belleza azulada sobrenatural, se refleja, sutilísimamente, la cara monstruosa de la representación que Karen hace de sí misma. Todos los personajes están filtrados por su mirada y su habilidad con los bolígrafos, de modo que la caricatura está siempre presente y refleja, como siempre ha sido su función, la psicología y moral de cada personaje. El dibujo fluye y se modula de una forma totalmente orgánica, de modo que no hay un grado cero, un punto neutro no connotado. Todo el libro es la expresión de una pura subjetividad en la que la ficción de Karen trasluce una realidad que es, a su vez, otra ficción imaginada por Ferris, pero que representa, simbólicamente, una verdad profunda que atañe a su propio ser. La obra transita por estos caminos sinuosos con maestría y fluidez, sin pisar la línea roja del artificio ni traicionar sus propias premisas. No se trata tanto de que el lector descifre el enigma que se plantea, sino de que contemple una panóptica en la que todas las realidades-ficciones ocupan el mismo espacio simultáneo. Ni siquiera patina en el momento más arriesgado y, al mismo tiempo, más sobrecogedor del libro: aquel en el que Deeze, tras leer el diario de Karen, la obliga a mirar su propio reflejo en un espejo, para que asuma que es una niña y no un monstruo. Es el único momento en el que vemos su verdadero rostro, que es otra representación más, claro, y un punto de la obra muy perturbador, porque, tras tantas páginas, se llega a asumir como normal su aspecto monstruoso. A todos los efectos, para el lector, esa representación del personaje es el personaje, pues su aspecto real nos es negado hasta ese momento, que provoca una disonancia cognitiva radical.

¿Queda alguna duda acerca de las intenciones que persigue Emil Ferris con este artefacto narrativo y representacional? Si es así, si alguien puede dudar de la cualidad simbólica, del potencial transformador que la autora le atribuye al dibujo, basta fijarse en cómo la madre de Karen, creyente fiel de las supersticiones de su herencia gitana, quema la imagen de un objeto que ha provocado mal fario para evitarlo. Esta suerte de exorcismo a través de la destrucción simbólica no está tan lejos de la forma en la que Karen conjura sus deseos a través del dibujo y evoca, con obsesiva delicadeza, el rostro de Anka.

Este personaje, muerto al inicio del relato, es una de sus piedras angulares. Solo la conocemos a partir de un testimonio grabado, del recuerdo de su marido y de las fantasías de Karen; pero está en el centro mismo de la encrucijada de niveles de significados que plantea Ferris. A través de ella, el tema de la misma muerte se aborda tanto en la figura de Anka como en la de la madre de la protagonista, pero no es el único presente. Si algo caracteriza a una gran obra, esto es la multiplicidad de lecturas y facetas. La investigación de Karen va desvelando, sin que ella misma se dé cuenta, los problemas de la clase trabajadora guetificada en el Chicago del 68, y el racismo contra los hispanos, que se refleja en el que sufrió la propia Anka en la República de Weimar. El deseo, problematizado tanto en la figura de pederastas como en cuanto a los prejuicios que atacarán a Karen cuando esta se defina socialmente como lesbiana —es demoledora, en este sentido, la conversación que mantiene con su hermano—. La construcción de una identidad propia en el margen de lo normativo, mediante la celebración de lo monstruoso como gozosa diferencia, y la relación de lo freak con lo queer… Y, sobre todo ello, el poder de la ficción y el dibujo para sobrevivir. El rito de paso de Karen Reyes es el de Emil Ferris.

En poco tiempo debería publicarse el segundo libro que termine la historia de Lo que más me gusta son los monstruos. El final de este primer volumen no augura tiempos sencillos para Karen, quien acaba por descubrir un secreto familiar que sobrevuela todo el relato. Si Ferris concluye su obra manteniendo el mismo nivel, estaremos, sin duda, ante uno de los grandes cómics contemporáneos. Quizá lo estemos ya, pase lo que pase.


3 respuestas a “Lo que más me gusta son los monstruos, de Emil Ferris

  1. Así da gusto Gedardo. Muchísimas gracias por tu reseña, certera y dedicada. Me gustaría poder decir algo más, pero siento que aún estoy asimilando lo que he leído. Terminé el cómic hace unos días, también finalice el de Irmina hace poco. Cando me despierto tengo sus historias y complejidades en la cabeza… Te seguiré leyendo, poder escuchar tu punto de vista es muy enriquecedor. Miles de gracias.

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