Sal Buscema.

Hace unos días, a raíz de toda esta historia de la muerte de Spider-man, he estado releyendo viejos tebeos de cuando yo empecé a coleccionar la serie. Y me he asombrado otra vez con la enorme capacidad de Sal Buscema. Hace mucho tiempo que sé lo gran dibujante que es, claro. Ya en su momento era el que más me gustaba de los dibujantes de entonces. No sabía quién era, ni qué edad tenía; para mí era un dibujante anónimo —de pequeño uno tarda en fijarse en los títulos de crédito, en ser consciente de que los tebeos los hace gente—, no entendía el porqué de las diferencias entre él y los demás. Pero siempre me gustó más que Alex Saviuk, entonces en Web of Spider-man, y desde luego mucho más que McFarlane, que siempre me pareció horrible. Y claro, cuando descubrí sus trabajos de juventud flipé por la diferencia.

Porque Sal Buscema se había criado como dibujante en la Marvel de finales de los sesenta y setenta, a la sombra de su hermano John, aprendiendo la narrativa y recursos del género, como pudo verse en sus números de The Avengers. Perdón por el blanco y negro, pero la Biblioteca Marvel es lo que tiene:

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Sal Buscema fue siempre un corredor de fondo, un tipo solvente y rápido. Con el tiempo, prácticamente dibujó a todos los grandes de la editorial salvo a los X-Men, creo. En los setenta firmó varios números de Marvel Team-Up junto al guionista Bill Mantlo, su primer contacto continuado con Spider-man. En ellos podemos ver a un artista con un estilo completamente consolidado que sabe mover perfectamente a los personajes, eso que yo llamo “la coreografía” del cómic de superhéroes.

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Su Spider-man estaba, claro, muy influido por el de John Romita, que era aún el canónico, y lo sería de hecho hasta McFarlane por lo menos, salvo por el paréntesis de Ron Frenz, que miraba a Ditko.

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Pero a finales de los ochenta, el amigo Sal se convirtió en el dibujante regular de The Spectacular Spider-man, primero con Peter David pero enseguida con el hijo pródigo, Gerry Conway. Venía de dibujar la grandísima etapa de Walter Simonson en Thor desde que éste se limitó al guión. El cambio todavía no es tremendo. Su estilo es plenamente reconocible, especialmente en su manera de dibujar las caras, pero hay un cambio fundamental: a partir de ahora Sal se entintará a sí mismo.

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Su Spidey está al principio de esta nueva etapa un poco a medio camino entre el que dibujaba en los setenta y el que acabaría dibujando en los noventa. Porque poco a poco, Sal se reinventa a sí mismo de manera sorprendente. Alarga las formas, hace más duro el trazo, más anguloso. Spider-man se vuelve más delgado, menos blando, se le alargan las piernas, le remarca los rasgos faciales —ahora le notaremos la curva del entrecejo y la nariz cuando esté de perfil—, se retuerce de manera más arácnida, probablemente por influencia del citado McFarlane. Su entintado limpio, de línea finísima, acentúa esa violencia en su trazo, dando un giro radical a su estilo clásico.

Y cuando llegó el guionista J.M. DeMatteis al título, el acabose. No sé qué pensaría alguien como Sal Buscema de los guiones depresivos e introspectivos que escribía DeMatteis, pero desde luego la simbiosis entre ambos fue espectacular. Exigido por su guionista, Buscema tiene que dibujar tebeos en los que se aleja muchísimo de la típica historia de superhéroes y combates. Y tiene que empezar a jugar con las expresiones faciales —brutales los cambios que metía de una viñeta a otra con el mismo personaje en la misma posición—, a dibujar páginas y páginas sin un mal puñetazo, a jugar con la composición. A hacer páginas como éstas:

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Nunca ha sido un Steranko o un Miller, obviamente, pero cuando debía hacerlos, los juegos con la composición eran tan buenos como esta secuencia de tres páginas:

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O esta página “espejo invertido”, con Peter y Harry en la cama con sus respectivas mujeres:

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Merece la pena decir que todo esto lo empezó a hacer con cincuenta y cinco años; no era un autor joven, cualidad que solemos asociar con la experimentación. Era un señor maduro que sin embargo supo evolucionar y hacer un tipo de cómic muy diferente, explotando cualidades que hasta entonces permanecían ocultas. Y si se trataba de hacer acción, seguía siendo de los mejores: personajes saltando por los aires, esas bocas abiertas imposiblemente, esos puñetazos que violentaban la viñeta entera… Y cómo ganó en dinamismo gracias a su nuevo trazo:

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Cuánto tendrían que aprender muchos de los actuales hot-artist de esta página, en serio. De cómo hacer que el personaje viva y se mueva en lugar de posar, cómo hacer que salte de la viñeta, que sea el centro de la acción y todo gire a su alrededor. Que sí, que Bryan Hitch será más detallado y más bonito y todo lo que quieran, pero a ver qué página suya es capaz de transmitir tantísimo sin textos como éstas dos, mudas, que cerraban el The Spectacular Spider-man #200, el de la muerte de Harry.

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Fue la primera vez que lloré con un cómic de superhéroes. Hay tanta alma, tantísima historia contenida en esas dos páginas, en esa foto de la última viñeta… Eso sólo lo hace un grande de verdad. Y Sal Buscema lo era. Su hermano en la plenitud de su carrera fue mejor que él, no lo vamos a negar. John Buscema fue uno de los discípulos más aventajados de Hal Foster y el puntal de Marvel desde que se fue Jack Kirby. Pero Sal supo reinventarse y adaptarse a los nuevos tiempos mucho mejor, manteniendo su personalidad artística pero demostrando que seguía siendo un autor inquieto, con ganas de experimentar y de no acomodarse.

Marvel, como de costumbre, la fastidió cuando trasladó a DeMatteis a The Amazing Spider-man. Lo bueno de sus historias era que al estar en uno de los títulos secundarios podía hacer de todo, desde dedicarle tres números seguidos a un villano como hacer un número en el que sólo se mantenían conversaciones. En el título principal había que meter acción, mucha acción. Y además pilló en medio la saga del clon, claro. Y sus guiones lucían mucho menos con Mark Bagley. Sal Buscema siguió en The Spectacular una temporada, con guiones de Tom DeFalco, que llegó desde The Amazing. Llegó a realizar casi cien números, en algo menos de una década, sin fallar prácticamente ninguno número, haciendo siempre lápiz y tinta y perfectamente complementado con los sobrios colores de un colorista excelente y hoy olvidado: Bob Sharen. Durante la saga del clon, sin embargo, pudimos ver algo realmente extraño: Buscema entintado por… ¡Bill Sienkiewicz!

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No deja indiferente, eso desde luego. Cuando dejó la franquicia del trepamuros, pasó una temporadilla en DC, dibujando Superboy, por ejemplo. Hoy, curtido en mil batallas, todavía, a los setenta y cuatro añazos, entinta algunas cosas y hace alguna cubierta de forma ocasional.

Y nada, que me apetecía rendirle un pequeño homenaje y dejar aquí dicho que este hombre es uno de los grandes. Porque creo, y no soy el único, que está demasiado olvidado, e infravalorado, por los mismos que cuando muera dirán lo “excelente profesional” que era, eufemismo que siempre me ha hecho mucha gracia cuando se aplica a este tipo de dibujantes que, como Sal, nunca gozó del favor del fandom pero que siempre, siempre, estuvo ahí, asentando los cimientos de Marvel. Tal vez, y qué jodido es decir esto, porque tiene narices, si no hubiese sido el hermano de John Buscema otro gallo habría cantado. Pero creo que el que sabe de esto de los superhéroes aprecia de verdad la labor del pequeño de los Buscema en su justa medida. Un tal Carlos Pacheco, que malo no es, dijo una vez que él quería ser como Sal Buscema. Por algo sería.

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