Magical Girl, de Carlos Vermut.

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CONTIENE SPOILERS

Cuando hace algo más de dos años vi por primera vez Diamond Flash quedé impactado. Lo que Carlos Vermut había conseguido con cuatro duros era muy grande, y lo era precisamente porque el factor económico no fue el más importante. La grandeza de aquel primer largometraje estaba en la mirada de su director, en la firme determinación y el compromiso con una manera de contar historias atípica. Por eso tenía muchísimas ganas de ver Magical Girl. Y hace unos días pude hacerlo, al fin. Lo hice condicionado, claro, por aquel impacto de Diamond Flash y por la simpatía que me produce Carlos, que es no sólo un tipo de talento, sino un agradable e incansable conversador con el que además comparto quinta, que es algo que siempre provoca empatía. Y por supuesto uno  no puede ver la película virgen tras su éxito en el festival de cine de San Sebastián.

De Magical Girl se puede decir, para empezar, que es fiel al universo de Vermut. Refleja sus intereses y modos de hacer las cosas, aunque también se han limado asperezas desde Diamond Flash, y se ha ganado en concreción, que es algo que a aquélla no le hacía falta pero que seguramente ha influido en la tremenda fuerza que tiene Magical Girl durante todo su metraje. La historia trata, en inicio, sobre una niña con leucemia, una otaku, y un padre desesperado que quiere cumplir su último deseo. Ambos están magníficamente interpretados por Lucía Pollán y Luis Bermejo. El tópico de la niña moribunda se desbarata, como siempre, con la mirada, con el tratamiento. Basta una escena en la que la hija le pide fumar un cigarro al padre, que con total normalidad le ofrece uno, para que entendamos que ella sabe que va a morir y que el padre sabe que ella lo sabe. Y no deja de ser muy significativo que Vermut, que escribe medidos diálogos que parecen el centro de la narración, consiga decirnos tanto a través de lo no verbal, de la imagen y del símbolo. En ese equilibrio está en realidad la clave no sólo de su cine, sino de todo el buen cine.

Ya dije cuando escribí sobre Diamond Flash algo así como que los espectadores estamos mal acostumbrados —hablo de memoria—: nos lo ponen demasiado fácil últimamente con el cine más comercial. Yo estoy harto de anticipar qué va a pasar cuando veo según qué películas, y eso que no es me trague diez cada semana, precisamente. Es sólo que se ha extendido un modelo narrativo muy uniforme y, sobre todo, que explica demasiado. Hay un miedo visceral a salirse del manual y perder al espectador, porque se teme que eso suponga perder un cliente. Carlos Vermut ha manifestado varias veces que él considera que el espectador es un ser inteligente, que puede aceptar el desafío de un visionado activo, que es más bien un diálogo constante con la película. Él y su equipo ponen unas piezas y nosotros ponemos otras. En Magical Girl incluso hay un puzle literal y una pieza perdida que en realidad está ahí desde casi el principio de la película.

Por todo esto que digo sobre la narración lineal y sin riesgos en el fondo es muy fácil descolocar al espectador: basta con quitarle las ruedecitas de seguridad a la bici. En el momento en el que no sabemos qué va a pasar a continuación y nos faltan referentes para intuir qué está pasando sentimos una inquietud adictiva. Es un permanente desasosiego que engancha, que obliga a estar pendiente y nos implica tanto que la carga emocional de determinadas escenas golpea a lo bestia. También, por supuesto, por el excelente trabajo de los actores y actrices, y por la contención formal que ya caracterizó Diamond Flash:  por ejemplo en Diamond Flash sí hay música extradiegética, pero es mínima, y la diegética tiene mucha más presencia. No hay grandes movimientos de cámara, ni macarradas bruscas. Son planos fijos, juegos de plano y contraplano, miradas a los actores y que hablen ellos, que sean ellos y su guión los que acaparen el protagonismo y marquen el ritmo del relato. Vermut ha perfeccionado aún más esa capacidad para perturbar con los cotidiano, para introducir elementos disonantes, giros posmodernos, y obligarnos a mirar. Mantiene la cámara fija cuando queremos apartar la mirada, y nos niega la visión explícita cuando lo que querríamos sería mirar. Siempre lo hace bien y siempre consigue perturbarnos más, porque sabe cuándo nos va a joder más ver algo y cuándo es mejor dejar que nuestra (malsana) imaginación se desboque: el caso más claro es lo que le sucede a Bárbara (Bárbara Lennie: magnífica) en la casa de campo durante sus dos visitas. Es un equilibrio complicado pero resuelto con brillantez, y no es el único equilibrio que mantiene Magical Girl: lo profundamente español frente a lo universal, lo dramático contra lo cómico, que no deja de ser, ahora que lo pienso, algo profundamente español.

La película está dividida en tres actos en los que se va desarrollando, sin que la veamos venir, una trama de chantajes apoyada en secretos del pasado de Bárbara que salen a la luz durante la misma. Las decisiones que desembocan en una especie de retorcida tragedia griega no están subrayadas nunca, porque son intencionadamente naturales. Son decisiones terribles que, en realidad, todos podríamos tomar si se dieran las circunstancias oportunas. No porque seamos malos, sino porque todos somos capaces de dejar la moral aparcada cuando nos fuerzan a ello. El gran mérito de Vermut es que jamás dejamos de ver a Luis como un buen hombre al que el paro y la enfermedad de su hija le llevan a hacer algo que un ciudadano como él jamás concebiría: acostarse con una mujer casada sólo para chantajearla luego y conseguir la pasta que vale el traje de la magical girl de la cual su hija es fan. Como en la vida, cuando conseguimos lo que queremos casi nunca colma nuestras expectativas, y ese traje no es suficiente para Alicia, que en realidad nunca lo pide explícitamente a su padre. Falta algo —siempre falta algo para ser feliz—, el cetro del personaje. Que cuesta mucho más. Y eso lleva a Luis a doblar la apuesta y jugársela de nuevo donde la primera vez le salió bien, y a Bárbara le lleva a hacer lo propio. Y entonces entra en juego el tercer vértice de este triángulo malsano: Damián. El TREMENDO José Sacristán compone un personaje medido al milímetro, contenido, del que efectivamente te crees que es una «buena persona», como se dice literalmente, pero al mismo tiempo sabes que ha sido capaz de hacer algo terrible por Bárbara en el pasado —aunque nunca conozcamos exactamente qué ha pasado entre ellos—, y que será totalmente capaz de hacerlo de nuevo, incluso en el final de su vida. Es un perverso héroe crepuscular, alguien que vuelve a vestirse para la guerra una última vez —en una secuencia magnífica, que remite a los clásicos— no para salvar a la comunidad ni provocar el cambio de paradigma, sino tan sólo para vengarse del daño de Bárbara, incluso a pesar de que ésta lo manipula para ello. Llegado a determinado punto eso no le importa, porque su obsesión, incluso en la vejez, está por encima de la razón.

Y la razón está muy presente en Magical Girl en tanto que se muestra en permanente conflicto con la emoción. Es una lucha tan antigua como el ser humano, por supuesto: Apolo contra Dionisos. En la película todos los personajes se enfrentan a esta dicotomía, que es también el choque entre el deber y el tener que. Especialmente Bárbara, aquejada de algún tipo de patología mental que no llega a saberse, es un «animal salvaje» —como la propia Lennie la define en una entrevista— que su marido, psiquiatra, intenta en vano contener. Pero también es el dilema de Luis, y el de Damián.

Recuperar la copla española —La niña de fuego de Manolo Caracol— y poner los pelos de punta con ella a una generación cuyos referentes son totalmente diferentes es otra muestra de la inteligencia de Carlos Vermut como director. Sabe lo que está haciendo, igual que sucede con su elecciónn del reparto, extraordinario: el fantástico David Pareja, la precisa Elisabet Gelabert —que repite con Vermut tras su impresionante actuación en Don Pepe Popi—, los siempre inquietantes miembros de Canódromo Abandonado… Son los vínculos de Carlos Vermut con un low cost español que rebosa ideas y talento y que está demostrando a golpe de películas excelentes —y otras no tanto, claro, como es normal— qué puede hacerse más allá de las limitaciones económicas. Carlos Vermut, de alguna forma, hace el cine que podría ser el cine español si el mainstream no hubiera vuelto la espalda al género durante tantos años y si el género no hubiera vuelto la espalda a la tradición costumbrista. En el cruce de ambos caminos, en el punto en el que se tocan Manolo Caracol y Sailor Moon, que es precisamente el lugar donde ahora hay que estar, se encuentra Vermut, como se encontró en sus mejores películas Álex de la Iglesia.

Estoy convencido de que a medida que vaya viendo más veces Magical Girl se enriquecerá mi interpretación, porque veré más símbolos, más detalles de los muchos que sugiere Vermut. Ya me pasó con Diamond Flash. Y gracias a aquélla sé también que nunca llegaré a saberlo todo, que siempre faltará, al menos, una pieza del puzle. Como debe ser.

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